viernes, 23 de septiembre de 2016

111 Última entrega

Francisco tocó el portero eléctrico. Instantes después vio que el ascensor se abría. Claudia avanzó por el pasillo, empujó la puerta y, llenándolo de indicaciones, le entregó bolso y nena. Instantes después, parado en la esquina esperando un taxi, Francisco tuvo la extraña sensación de que su juventud había sido arrasada. Tanto que sintió que quien lo viera lo supondría abuelo de su propia hija. Bajó del taxi sosteniendo a la nena dormida entre los brazos. Entró a la confitería. Buscó a Valeria y la encontró en el reservado del fondo. De espaldas, acodada en la mesa, los dedos entrecruzados amparando la frente. Avanzó, silencioso, y se paró junto a ella. Le apoyó su única mano libre en el hombro derecho. Ya llegó Azul anunció. Los dedos de ella resbalaron, descubriendo el  rostro. Como en cámara lenta, Valeria fue girando la cabeza, elevó imperceptiblemente el mentón y por fin, abrió los ojos. 

miércoles, 21 de septiembre de 2016

110

Los altoparlantes anunciaron que el micro estaba demorado. Francisco deambuló por la terminal, tanta su inquietud que le resultaba insoportable estar sentado. Una hora después de lo previsto vio a Claudia descender del ómnibus luchando con el bolso y con la nena. Se acercó para ayudarla e, instantes después se encontró con una beba gorda en brazos, babeándole el cuello de la camisa. Francisco cayó en la cuenta de que era la primera vez que alzaba a su hija en un lugar público y en cuanto Claudia recuperó el cochecito le devolvió la nena con la excusa de cargar el equipaje. Cuando llegaron al auto, Claudia se acomodó atrás con Azul y fueron directamente al hospital. Francisco recordó la remota visita a la escuela, en la que habían jugado a ser una pareja preocupada por el futuro de sus hijos. El juego convertido en realidad. Dígale a su mujer que pase qué edad tiene su esposa cuál es el DNI de su hija. Cómo explicarles que su mujer estaba en su casa, que Valeria pronto cumpliría treinta y ocho, que no había traído el documento de Luciana. Así como en Rosario, entre cuatro paredes, había podido actuar con naturalidad, en el hospital se sentía como un extra al que por  imprevista enfermedad del actor principal, lo meten a protagonista sin haberle dado tiempo para estudiar el libreto. El médico pareció entender la situación porque luego de un par de intentos de hacerlo participar de la consulta terminó dirigiéndose exclusivamente a su mujer. El hombre coincidió con los colegas rosarinos pero solicitó un par de estudios. Cuando terminó la consulta Francisco propuso ir a tomar algo pero la nena ya estaba fastidiosa y ella rechazó el ofrecimiento. Claudia había decidido instalarse en lo de una prima. Allí las dejó Francisco y partió después para su casa. Llegó, al anochecer, destruido. Por suerte los chicos se estaban bañando. Necesitaba un poco de tiempo para desprenderse de una de sus realidades y enfrentar la otra. No obstante, Valeria no le dio tregua ¿cómo les fue? inquirió Y ese les involucrando tanto que Francisco necesitó inspirar profundamente antes de contarles las novedades. ¿Cómo se bancó la chiquita las revisaciones? Francisco pensando que esa conversación era surrealista contestó como un bebé, a los gritos. Valeria sonrió y él pensó que quizás se estaba equivocando al leerle el rostro. Sin embargo ella agregó pobrecita hizo una pausa y luego preguntó ¿ya se sienta? 

lunes, 19 de septiembre de 2016

109

No logro resolverlo; cuando pienso en lo que van a sentir si se los digo, opto por el silencio, y cuando pienso en cómo  juzgaran mi ocultamiento cuando en algún momento de la vida se enteren, considero que debo hablar; no tengo escapatoria, o los defraudo ahora o los defraudo el doble más adelante Francisco le tomó la mano lamento por vos la decisión de mi papá pero se la agradezco desde mi infancia; yo me jodí la vida y se la jodí a todos, a Valeria, a Claudia, a mis cuatro hijos. Laura retiró la mano y declaró, absoluta a la chiquita no; no hay peor castigo que no haber nacido.


 Mientras caminaba, el pulso alterado, hacia el negocio de  Horacio decidió que también hablaría con Jirafa. Dar la cara.

viernes, 16 de septiembre de 2016

108

A las siete de la mañana les permitieron entrar. Claudia salió aliviada, contando me sonrió. En cambio, se asustó frente a Francisco. Su propia hija se asustaba de él. Se lo merecía. Si durante meses sus llamados semanales le habían tranquilizado la conciencia, Azul se encargaba ahora de informarle que no lo reconocía. Salió angustiado. A las ocho dieron el informe. Había respondido al antibiótico, la pasarían a sala y, si seguía evolucionando bien, podría regresar a casa al día siguiente.  Andá, Francisco, yo me arreglo. Él le confesó quisiera no tener que regresar; no sé cómo voy a enfrentar a Valeria. Claudia fue expeditiva no es mi problema; te aseguro que tengo otros.


A medida que se acortaban las distancias crecía el desasosiego de Francisco. La llamó a mitad de camino; quedaron en encontrarse en un bar. Estacionó mientras el corazón le retumbaba. A pesar de que hacía cuatro horas y trescientos seis kilómetros que intentaba organizar su discurso, no lo lograba. Cuando llegó, Valeria ya estaba, en el rincón más apartado. Se acercó y al besarla en la mejilla percibió su rechazo. Te escucho  le exigió, desencajada. Él buscó tiempo no sé qué decirte. Ella fue tajante la verdad. Él bajó la vista no sé cómo decírtela. Valeria levantó el tono  no des más vueltas por favor. Francisco respiró hondo trataré de hacerla corta; el día del accidente llegué tarde a buscar a los chicos porque, por primera vez desde tu regreso, y te pido que me lo creas, estaba con ella. Francisco luego le contó del encuentro fortuito, del embarazo, de su imposibilidad de evitarlo, de Rosario, de Rocío, de sus viajes a visitar la nena. Te juro que el asunto con ella está definitivamente terminado, imposible traicionar lo que prometí cuando Camilo estaba bajo el auto; ayer Claudia me llamó porque habían internado a la nena; sentí que era mi obligación ir, y fui; la beba está fuera de peligro y yo estoy aquí frente a vos, dando la cara a pesar de que era uno de los momentos más difíciles de su vida, Francisco estaba aliviado amo mi familia por sobre todas las cosas de la tierra, y mi familia son mis tres hijos y vos profundamente aliviado te pido por favor que trates de entenderme porque sé que no tengo derecho a pedir que me perdones. Valeria se quedó un largo rato en silencio y luego averiguó ¿qué tiempo tiene? Él, desconcertado, informó cinco meses.  ¿Cómo se llama?  Azul. Ella se restregó los ojos y luego le preguntó  mirándolo fijo ¿la querés? Él decidió ser sincero es mi hija. Ella, inexplicablemente tranquila, indagó ¿qué pensás hacer? Él, otra vez, admiro la entereza de Valeria sé que me equivoqué fiero pero intentó ser buena persona;  si abandonara a la nena, no podría mirarme en el espejo; no podría mirar a la cara a nuestros hijos cuando, más tarde o más temprano, se enteraran de que su padre actuó como un cobarde. Valeria se tomó unos segundos antes de preguntar ¿la querés? Él le confirmó ya te dije que sí. Ella sacudió la cabeza a Claudia, si a ella la querés. Francisco respondió no sé si me creerás, pero, a partir del accidente, murió la parte de mí que a ella le correspondía. Valeria desestimó su respuesta quizás solo está hibernando. Francisco hizo un gesto de impotencia estoy en tus manos, nuestra familia está en tus manos. Valeria levantó los hombros estoy tan rota que no puedo ni pensar; cuando me enteré de tu engaño mi mundo tambaleó, con el accidente de Camilo se desmoronó y ahora, con tu hija, desaparecieron hasta sus ruinas; si me preguntaras si te quiero repetiría tus palabras, la parte mía que te correspondía desapareció; pero, ¿qué puedo hacer?, ¿comunicarle a Camilo que eché a su padre de casa?, ¿decirle a Tobi que su papi no lo va a acostar más?, ¿contarle a Luciana que elegiste a tu otra hija?; no tengo opción, no al menos, en este momento; en cuanto a nosotros, esto no se arregla más; veremos cuánto tiempo podemos sostenerlo. Francisco le agarró la mano gracias. Ella la retiró no me toques, esto no lo hago por vos, ni por vos ni por mí, solo por nuestros hijos. Gracias por ellos, entonces. Quedaron un largo rato en silencio. Valeria lo interrumpió ¿qué tuvo la beba? Francisco, descolocado, explicó una bronconeumonía. Ella fue pragmática como el nene de Carolina; anduvo de mano en mano hasta que cayó en el Gutiérrez; hay un especialista excelente; yo que vos la haría traer para que la viera.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

107

Llegó de madrugada. Claudia en la sala de espera, lloraba en silencio. Francisco se acercó y la abrazó. Es una bronconeumonía severa, le pusieron un respirador artificial. Las preguntas a la enfermera no obtuvieron respuesta. Una hora después salió el pediatra. Está respirando por sus propios medios; en cuanto comience a hacer efecto el antibiótico el cuadro va a revertir; tuvimos suerte, llegó justo a tiempo. Claudia cerró los ojos y pareció desmoronarse. Ya pueden pasar a verla. Claudia salió a los pocos minutos, llorando. ¡No puedo verla así! A Francisco le costó descubrir a la nena entre la maraña de tubos. Si Camilo le había parecido pequeño en la cama de terapia, Azul era solo un botón. Se acercó y le tomó la manita. Dormía. La miró con atención. Estaba grande, era inconcebible tener un hijo y no verlo crecer. La enfermera se acercó y le pidió que se retirara. Se sentó al lado de Claudia. No sabés las que pasé; cinco minutos después de hablar con vos  Azul se ahogó; me subí al primer taxi que pasaba mientras le respiraba en la boca para darle aire; cuando llegamos, ya estaba morada. Él propuso por un rato largo no nos dejarán entrar, vamos a tomar un café. Estaban en la confitería del hospital cuando se acercó una señora mayor muy agitada. Cuando Claudia terminó de narrar nuevamente su calvario se produjo un silencio incómodo.  No los presenté dijo Claudia Francisco, Marta, mi mamá; bueno, en realidad ya se conocen. La mujer lo observó con atención y luego inició un meticuloso interrogatorio que Francisco fue sorteando como pudo. Hasta que la mujer comentó ¿desde Buenos Aires te viniste? Francisco, acorralado, miró al piso. El rostro de la mujer trocó en piedra y decidió me voy para casa a tranquilizar a  Rocío. Instantes después Claudia dormitaba en la sala de espera. A su lado, Francisco, pensaba en Valeria. Por fin se levantó y se alejó. Por suerte lo atendió el contestador.  Quería avisarte que llegué bien; no te pido que no te preocupes porque sé que es inútil; ya hablaremos largo y tendido; te quiero; aunque en este momento lo dudes, te quiero. 

martes, 13 de septiembre de 2016

106

Ese lunes no fueron buenas las noticias. La nena muy afiebrada, con dificultades para respirar.  Vino un pediatra pero no le dio mucha importancia; solo me aconsejó baños de vapor; sin embargo, no me gusta nada, la voy a llevar a la guardia informó Claudia a la tarde. Francisco estaba cenando cuando sonó su teléfono. Por primera vez desde que le había rogado que no lo llamara, Claudia. Se levantó de la mesa y fue a hablar al escritorio. La internaron en terapia, la nena está mal, Francisco, estoy muy asustada. La decisión se tomó sola voy para allá. Recién cuando cortó, Francisco pudo medir las consecuencias de su promesa. Agarró los documentos, la llave del auto, dinero y nada más. Apareció en el comedor desencajado. ¿Qué pasó? preguntó Valeria alarmada. Viajo a Rosario. Ante el estupor de su mujer  Francisco dijo después te explico mientras salía dando un portazo. Cuando Valeria reaccionó y abrió la puerta de calle, él ya había arrancado. Segundos después, Para Elisa. Te prometo que cuando regrese te daré explicaciones. Cortó y ya no la volvió a atender.

viernes, 9 de septiembre de 2016

105

Marzo inaugurando el año escolar. Camilo, recién llegado de Estados Unidos, en la secundaria, absolutamente incapaz de ser independiente. Tobi comenzando el jardín, la adaptación prolongándose más de la cuenta, esclavizando a Valeria. Luciana, demasiado chica para trasladarse sola. Tres escuelas diferentes, tres horarios distintos. Además, la rehabilitación permanente de Camilo, la terapia de Luciana. Un caos reorganizar la vida familiar. Valeria, luego del accidente, había pedido licencia sin goce de sueldo en la universidad por tiempo indeterminado. Las finanzas exprimidas. El trabajo de Francisco empezando a hacer agua, a mostrar las consecuencias de haberlo relegado al último lugar. Imposible blanquear a Azul. El secreto pesando como una piedra. Laura era su única interlocutora. Una costumbre pasar por su casa a tomar un  té, compartir con ella los progresos de la nena de los cuales era notificado por Claudia en la llamada de los lunes que ya formaba parte de la rutina. Afortunadamente Valeria, más allá de que seguía existiendo entre ellos una distancia leve como los hilos de una telaraña,  le ahorraba preguntas que le ahorraban mentiras. Francisco se decía a sí mismo que mentir pertenecía a una categoría de pecado muy superior a la de ocultar. Dejó de visitar a sus amigos.  Horacio estaba ofendidísimo y Francisco no tenía cómo justificarse. Hubiera sido una farsa dejar su vida paralela en las tinieblas, porque con los amigos es tan grave mentir como ocultar.


miércoles, 7 de septiembre de 2016

104

Nadie fue a buscarlo a Ezeiza. En su casa, en lugar de aguardarlo los chicos, solo una nota. Llamó la señora Alicia, hubo un inconveniente y no pudieron salir, dejó este teléfono. Con el pulso acelerado, muerto de miedo, discó. Están arreglando el carburador, saldremos mañana informó Antonio. Como fondo,  Luciana reclamando el tubo. A fuerza de insistencia lo consiguió hola papi no te pudimos esperar con las ganas que tengo de verte la tía Alicia me enseño a jugar al scrabel y siempre me gana pero a Moira también  y eso que es grande cómo está Camilo Tobi solo quiere meterse en el mar con Nico cuándo vuelve mamá el tío Antonio anoche preparó un asado qué me trajiste Francisco sonrió escuchándola, ya parecía la de siempre. Luego Tobi me ustó el mar. Las diez de la mañana. Abrió las valijas, puso la ropa a lavar, se dio una ducha, se afeitó y se vistió de nuevo.

Llegó cerca de las siete. Le abrió ella, limpiándose las manos en un repasador. Qué manía de venir sin avisar, pasá, contame de Camilo. Mientras escuchaba el relato de Francisco, Claudia trajinaba por la cocina. Hasta que el llanto de la nena la interrumpió. Fue en su búsqueda.  Tomá, tenela un rato mientras sirvo el café, quiere brazos todo el día, está fatal, también, con este calorFrancisco se encontró con una beba en pañal. La marca de las sábanas en las mejillas, el cuerpo colorado, el pelo pegado por el sudor, rollitos en la panza, hoyos en los brazos gordinflones. Francisco le sonrió. La nena frunció las cejas y lo miró con atención. Después se relajó y devolvió la sonrisa. Mientras tomaban el café Claudia la amamantó. Francisco evitó mirar esos senos opulentos que había conocido en otras circunstancias. Cuando terminó, Claudia se la entregó de nuevo. Le voy a preparar un baño, está toda transpirada. Con la beba en brazos Francisco contempló el ritual. Abrir el catre, conectar la manguera, regular la temperatura del agua. Cuántas veces le habría tocado ejecutarlo. Claudia cerró la tapa del catre, acostó a la nena y la desvistió. Era la primera vez que veía a su hija desnuda. Cruza de querubín y de lechón, agitando las patitas, salpicando. Se quedo parado como una estaca esperando instrucciones. Hasta que llegaron. Alcanzame la toalla, no, esa es la de Rocío, la otra, la que tiene capuchón. Claudia  estaba sacando la beba del agua, cuando sonó el teléfono. Cuidala un segundo que ya vengo. Francisco la secó. Encontró el talco y, al ponérselo, por primera vez la acarició. Seda para las manos. Cuando regresó Claudia, Azul era una prolija señorita vestida de rosa, peinada con cepillo y todo. Te voy a contratar dijo Claudia divertida.  Es que tengo más experiencia que vos  le siguió la broma, de pronto alegre. Claudia acostó a la nena y luego se sentaron frente a dos tazas de café. ¿Resolviste algo? preguntó ella imprevistamente. El buen humor de Francisco se fue a pique pienso mil maneras de decírselo pero cada una es más torpe que la otra. Claudia fue precisa no vas a encontrar la mejor porque no existe, ¿suponés que si sos más creativo le va a doler menos enterarse de que tenés una hija con otra mujer? Francisco sacudió la cabeza, abatido y ella agregó quizá no llegó el momento, a lo mejor tardás años en encontrarlo. Él, absurdamente, la agredió ¿y mientras tanto inventar mentiras cada vez que venga? El tono de Claudia fue irónico debo deducir de tus palabras que planeás seguir viniendo. Francisco estaba irritado es obvio que no pienso borrarme.  Ella lo presionó ¿porque tu responsabilidad te obliga?, ¿porque tu culpa tan bien entrenada desde que sos chiquito te atormenta? La respuesta le brotó de las vísceras porque la quiero. Pero a ella no le alcanzó y que yo sea la madre es un accidente.  Él levantó la voz los dos sabemos que esta nena no se gestó por casualidad. Ella mantuvo la calma no sé cómo interpretar lo que estás diciendo.  Francisco cabeceó, desanimado dejalo así, mis sentimientos dejaron de existir en el instante en que descubrí a Camilo debajo del auto y luego se incorporó ya me voy, el micro sale a las doce, no me perdonaría no estar cuando lleguen mis hijos. Ella siguió hostigándolo tus otros hijos. Él no encontró fuerzas para contestarle. Se despidieron en la puerta.

lunes, 5 de septiembre de 2016

103

La sala de espera ultramoderna resultó más inhóspita que el hospital del tercer mundo. La gente a su alrededor sufría en otro idioma. Ver aparecer a Alejandra, después de dejar los chicos en el colegio, fue una bendición. Los convenció y fueron a desayunar juntos. Horas por delante. Porque no tenían que arreglarle las piernas, tenían que hacérselas de nuevo. Mientras intentaba tragar el té, a Francisco se le aparecía, con obstinación, la imagen del corazón de su hijo sometido a tantas horas de anestesia y solo a fuerza de voluntad lograba alejarla. Alejandra se fue y ellos siguieron esperando. En silencio. Para qué martirizarse mutuamente con el color de sus pensamientos. Alejandra regresó y los encontró en el mismo sillón. Francisco sintió que la tensión lo superaba. Se paró, comenzó a caminar en redondo y contó rápido para hacer avanzar el tiempo. El método dio resultado porque en el quinientos tres apareció el médico. Por fortuna Alejandra presente. El inglés de Valeria y Francisco empantanado ante la angustia, impotente ante los términos científicos. Cuando el cirujano terminó de hablar Alejandra sonreía. La operación fue un éxito resumió.  ¿Y eso que significa? exigió la impaciencia de Francisco. Eso significa que en unos meses Camilo podrá caminar con muletas explicó su cuñada. Francisco agresivo reclamó ¿cómo con muletas? Alejandra lo demolió Francisco, sé realista, que tu hijo siga teniendo piernas es un milagro de Dios. Dios. Qué Dios.

Verlo entre sondas y tubos fue regresar al infierno. Regresar al infierno escucharlo gritar. Francisco reclamó morfina, en la Argentina le habían dado, pero los médicos se negaron: el dolor iba a acompañar a Camilo por mucho tiempo, demasiado alto el riesgo de aliviarlo ahora. Camilo se fue resignando,  sus gritos fueron aplacándose pero el rictus de dolor pasó a formar parte de su carita tanto como las pecas.  Luego de diez días de internación lo trasladaron a casa de Alejandra. Francisco regresaría inmediatamente, los chicos y el trabajo reclamando; Camilo y Valeria, en cuanto los médicos autorizaran.


Mujeres y niños de compras, Francisco, la tarde antes de irse, quedó a solas con su hijo. Estaban jugando al ajedrez cuando Camilo, con un alfil en la mano, intempestivamente preguntó ¿cómo voy a quedar?  Francisco enmudeció. Aún no habían decidido cuánto decirle. Los ojos de Camilo abiertos como platos incrustados en los de él. Jaque mate. Taladrándolo. Cómo explicarle los médicos dicen que se le arruinó la  vida que vas a necesitar no puede decírselo mirándolo ayuda entonces baja los ojos  y de un tirón confiesa los médicos dicen que vas a necesitar muletas para caminar y aprieta los párpados y todo gira y por suerte ya no  oigo ni siento a lo mejor estoy muerto y no tengo que ver a mi hijo nunca más y puedo ir a la quinta y hacer casitas con los bloques y comer buñuelos y que la abuela me diga pobrecito mi paquito pero le sube la presión y escucha el sabonín siempre me alababa las piernas y decía este chico sí que es bueno. Entonces se da cuenta de que no es él quien necesita consuelo y abre los ojos, se cuelga una sonrisa y afirma las maestras también dicen que sos bueno con convicción porque además es cierto excepcionalmente bueno mientras seca con el dorso de la mano las mejillas de su hijo. Para algo soy un Castillo; como el abuelo, como la tía Alicia, como vos  acota Camilo y eso, papi, nadie me lo puede sacar, ni que me choque un camión me lo van a sacar. La piel de Francisco desgarrada de amor. 

viernes, 2 de septiembre de 2016

102

El vuelo fue pésimo. Llegó a pensar que era el capítulo que faltaba a la hilera de sus desgracias. Desaparecer. A lo mejor, la única solución. Ya en el aeropuerto de Houston buscó entre los rostros ansiando encontrar el de su mujer pero tuvo que conformarse con una réplica imperfecta. Alejandra, y a Francisco lo sorprendió verla tan repuesta, le informó que Valeria había quedado a cargo de hijo y sobrinos. A Camilo es difícil movilizarlo aclaró como si él pudiera olvidar por un segundo el estado del chico. La camioneta de Alejandra se desplazó por autopistas que le confirmaron a Francisco su llegada al primer mundo. Aparcaron en un barrio de casas bajas que parecía escapado de una serie de televisión. Después de la euforia inicial, la realidad imponiéndose. Camilo asustado, Valeria angustiada. Nadie podía ayudar a Francisco a creer, aunque fuera por horas, que ese era un viaje de placer.


Camilo no puede dormir. Francisco lo siente dar infinitas vueltas. Tantas como Valeria. A las cuatro de la mañana Francisco decide terminar con la farsa y enciende la luz. Al instante madre e hijo se sientan en las respectivas camas. Francisco en el colchón. Minutos después los tres charlan animadamente. ¿Cómo están los chicos?  pregunta Camilo. Francisco comienza a contar anécdotas y Valeria pone el grito en el cielo a medida que se va enterando de las travesuras. Media hora después Camilo duerme. Francisco se levanta y lo tapa. Abandona su colchón y se acuesta al lado de su mujer. Esperarán que amanezca en silencio, abrazados.

miércoles, 31 de agosto de 2016

101

Cuando entró, los chicos dormían. Carmen se acercó a saludarlo, le dio el parte y le preguntó si podía retirarse. Era una mañana preciosa. A pesar de que había manejado toda la noche, no estaba cansado. Se dio una ducha, se afeitó y se dispuso a leer el diario que había estado esperándolo debajo de la puerta. No superó la tercera página. Bajó la hoja. Había abandonado el mundo paralelo y lo recibía el real. Un mundo que a pesar de ser real había sido casi idílico hasta la muerte de su madre. La familia modelo convertida en un manojo de dolores. El descubrimiento de las angustias de su infancia, su infidelidad, la reticencia irreversible de Valeria, las piernas de Camilo, las pesadillas de Luciana. Y por si fuera poco, Azul. Involuntariamente sonrió al recordarla. Buscó en la biblioteca el álbum de Tobi. Sí, era igualita. Como una aparición entró el nene. El pijama de Mickey, los piecitos descalzos, colgando de la mano el oso Peloso, corrió hacia Francisco que lo subió a sus rodillas. Estaba mirando tu álbum, este bebé tan lindo sos vos. Tobi abandonó a Peloso, se metió un pulgar en la boca y con la otra mano se colgó del cuello de Francisco. Lo había tenido muy abandonado. Lo apretó fuerte, lo besó en el cuello y lo olfateó. Él también todavía tenía olor a bebé.


Francisco prefirió que los chicos no fueran a Ezeiza. Los abrazó temiendo un llanto que no llegó. Sin embargo, la resignación de sus hijos lo lastimó más que las anteriores lágrimas, índice claro de que ya se habían acostumbrado a los dolores. Guillermo, en la vereda, tocó la bocina. Se estaba haciendo tarde.

lunes, 29 de agosto de 2016

100

Mamá, el señor del auto. Francisco entró. Olor a pintura, a obra nueva, ese aroma que lo embriagaba. Un estar de altísimas paredes parecía escapado de una revista de decoración. Luz, armonía, color. Se alegró por su hija. Pasá  le llegó la voz de Claudia desde el fondo del pasillo. Un dormitorio pequeñito, una cuna, un cambiador. Peluches en los estantes. En la mecedora, Claudia con la nena prendida del pecho. Francisco hubiese querido abarcar a las dos en un abrazo pero se acercó civilizadamente y se limitó a besar a Claudia en la mejilla.  No te esperaba, hasta marzo no te esperaba. La conversación pareció alertar a la chiquita que soltó el pezón. Claudia aprovechó y se cerró la ropa. Francisco miró a la nena y la nena lo miró. ¿Puedo agarrarla? Ella dijo, burlona hacé de cuenta que es tuya. El renacuajo que había conocido era una rozagante beba de cachetes inflados. Francisco le sintió el olor. Olor que lo transportó hacia sus hijos, sus legítimos hijos. Rocío entró al cuarto ¿me la das? y el pedido era una orden.  Primero sentáte indicó Claudia. ¿Te gusta mi bebé? preguntó la nena. Francisco le acarició la cabeza es preciosa, te felicito.  Estoy muerta de hambre, esta chiquilina me está fagocitando, ¿comés con nosotras? ofreció Claudia. Francisco se encontró sentado a la mesa con una mujer y una nena. La otra durmiendo en el canasto. Si mamá te viera. Levantaron los platos. Claudia mandó a Rocío a acostarse. La chiquilina se despidió refunfuñando. Cuando la vio alejarse, de atrás, por un instante, se le antojó Luciana. Recordó las revistas mejicanas que le regalaba su papá. Había una de Superman en un mundo paralelo, un mundo en el que tenía mujer e hijos.¿Por qué viniste? lo sorprendió desarmado Claudia. Necesitaba verla, en todo este tiempo no hubo un solo día en que no haya pensado en ella. Claudia fue dura sin embargo, precisaste que tu mujer estuviera lejos para animarte a venir; ¿por qué ni siquiera llamaste si tanto la extrañabas? Las explicaciones de Francisco sobre el cuerpo de mi hijo juré que no volvería a verte no lograron conmoverla juraste renunciar al placer y esto que estás ejerciendo  no es un placer, es un deber. La frase dio en el blanco. Francisco experimentó un violento alivio. Elevo levemente el cuello y metiendo la mano en el bolsillo agregó además quería traerte dinero; en dos días me voy a Estados Unidos. Claudia le frenó el movimiento a mi hija la gesté yo, la parí yo y la mantengo yo. Él, intensamente dolorido, solo atinó a ofrecer cuando precise algo no tenés más que pedírmelo miró luego su reloj y dijo se hizo muy tarde, ya me voy. Claudia lo descolocó ¿querés quedarte a dormir? y ante el espontáneo gesto de Francisco añadió, zumbona no te asustes, no pienso violarte, en el cuarto de Rocío hay otra cama.  Es mejor que no contestó Francisco intentando sonreír y le entregó un paquete ¿esto también me lo vas a rechazar? Un álbum para bebés idéntico al que la madre de Francisco había ido regalando a cada uno de sus nietos. Porque así como Luciana nunca llegaría a ser grande para su abuela, Azul no había llegado a ser. La pregunta de Claudia lo sobresaltó ¿le contaste a alguien que tenés otra hija? Ante su respuesta ella comentó todavía no aprendiste a vivir sin tu mamá.

viernes, 26 de agosto de 2016

99

Ya nació la nena, Laura, ayer la conocí, es una muñequita informó Francisco en cuanto Laura le sirvió un té.

Luciana, asida a la cintura de su madre, prolongaba al infinito la despedida. Francisco se agachó, abrazó de nuevo a Camilo y luego dictaminó vamos, Lulú, se hace tarde temiendo la escena que se avecinaba. Sin embargo, la nena se apartó resignada. Valeria se dirigía a la puerta de embarque empujando la silla de ruedas  cuando Luciana se soltó de la mano de Francisco y se escapó corriendo, Francisco, tras ella, alcanzó a ver que la nena dejaba algo entre las manos de su hermano. El cortaplumas.

Pasaron por lo de sus cuñados a buscar a Tobi. ¿Te querés quedar a dormir?  le propuso Carolina a Luciana luego de cenar. Pero la nena, para sorpresa de todos, desestimó el ofrecimiento. Partieron. Después de acostar a Tobi, Francisco fue a saludar a Luciana. La encontró sollozando contra la almohada. ¿La extrañás a mamá? le preguntó. La nena levantó apenas la cabeza y, entre hipos, dijo yo le pedí que fuera a llamarte a lo de Leo, él no quería, se quedó rengo por mi culpa.


El llamado de Valeria fue alentador. El médico le había dado muchas esperanzas y una fecha. Francisco decidió que viajaría para llegar un día antes de la operación. Repartió el poco tiempo que quedaba por delante entre las obras que debería dejar encaminadas y la atención de los chicos. Dos días antes del viaje lo invadió una inquietud insobornable. Le pidió a Carmen que se quedara a dormir y partió. Cerca, Rosario siempre estuvo cerca.

miércoles, 24 de agosto de 2016

98

¿Puedo verla? preguntó al cabo de un rato. Claudia lo miró desafiante ¿para qué?  Él no se amilanó es mi hija. Ella fue irónica un poco tarde te acordás. Él dijo Claudia, por favor.

Se pararon frente al vidrio de la nursery. En el fondo, separadas por una pared trasparente, las incubadoras. Claudia golpeó la puerta. Se despertó en cuanto se fue le comentó sonriente una enfermera. ¿Puede entrar? solicitó Claudia. La mujer cabeceó ya sabe que solo están permitidos los familiares más cercanos. Claudia se  aclaró la garganta e informó es el papá. Instantes después, la desinfección  de manos, la bata y el barbijo retrotrayendo a Francisco a momentos que prefería olvidar. La enfermera lo condujo hasta una de las incubadoras. Francisco se acercó. Un ser diminuto, con los ojos abiertos, se retorcía como una araña. Parece mentira, tan chiquita y tan vital dijo la enfermera. Francisco preguntó ¿puedo tocarla? La mujer lo miró con desconfianza. Él dijo es mi cuarta hija y absurdamente pensó mamá, no podrás conocerla. La enfermera abrió la incubadora, cubrió a la nena con la sábana y la colocó entre los brazos de Francisco. No pesaba. La miró con detenimiento. Si los reducidores de cabeza hubiesen experimentado con Tobi no habrían conseguido mejor réplica.  La nena se restregaba las manitos contra la cara. Francisco se las agarró no, así no, que se me va a lastimar. La beba empezó a llorar. Francisco, desconcertado, miró a la enfermera. Voy a buscar a su mujer, tiene que amamantarla.


 Minúscula pero perfecta; me hace acordar a Tobi cuando nació. Ella acotó es que es igual a vos. Siguieron almorzando en silencio hasta que Claudia preguntó ¿cómo está Camilo? Francisco le habló del accidente, la convalecencia, la recuperación, el dolor que no amainaba. A fin de mes Valeria lo llevará a Estados Unidos, la hermana ya hizo los contactos; un gran especialista evaluará si hay posibilidades de realizarle una reconstrucción microquirúrgica de las dos piernas; cuando esté todo resuelto yo viajaré para allá; mirá lo que son las ironías de la vida, el tercio del departamento de mi madre cumpliendo una función que ella nunca pudo llegar a sospechar. Claudia averiguó ¿los otros chicos cómo lo atravesaron? Francisco se puso serio Luciana presenció el accidente, quedó muy impactada; empezó un tratamiento psicológico y ya está mejor. Ella fue irónica ¿aceptaste? Se despertaba todas las noches llorando; la vi sufrir tanto que hubiera admitido cualquier cosa capaz de aliviarla se justificó él. ¿Y Tobi? Francisco sonrió lo más bien. ¿Sin síntomas? inquirió ella. Él sacudió la cabeza es muy chiquito. Ella añadió muy chiquito y muy parecido al papá.  Él se sorprendió ¿qué querés decir? Claudia fue categórica  es imposible que no esté afectado, probablemente percibe que no es el momento de reclamar; no le pierdas el rastro. Francisco se defendió el problema es que cuando hay una crisis de esta naturaleza, todos están mal al mismo tiempo; entre atender los alaridos de Camilo o prestarle atención al silencio de Tobi no había demasiado para pensar y luego trató de cambiar el tema de conversación, lo único que le faltaba era angustiarse por Tobi  y Rocío, ¿cómo se tomó la llegada de la hermana? momento en el que tomó conciencia de que no solo sus hijos asumían para Azul esa condición. Ahora fue Claudia la seria todo fue muy difícil para ella, el cambio de escuela, de casa, de ciudad; no entiende que su padre no es el padre de la hermana. Francisco se alarmó ¿qué le dijiste? Que por el momento no se lo podía explicar; cuando rompí bolsa estaba sola con ella y se asustó muchísimo; para colmo, mientras la beba esté internada, yo ando como los gitanos, hay veces que se queda sola; en cuanto la chiquita vuelva a casa me ocuparé de lleno de Rocío, seguramente tendré que hacerla tratar. Otra vez el silencio. Un silencio pesado. Claudia lo rompió ¿Valeria sabe que estás acá? Francisco cabeceó no, se fueron al campo y luego bajó la vista hace meses que le doy vuelta al asunto y no sé cómo encararlo. Ella inquirió ¿tengo que tomar tu visita como circunstancial?  Él se obligó a mirarla vi a la nena y ya estoy perdido; cuando me vaya me quedará un agujero.  Ella lo presionó pero te irás. Él apoyó el mentón sobre la mano es impensable blanquear la situación por ahora; mi mundo se llama Camilo; cuando vuelva de Estados Unidos vendré a visitarla. Ella lo desafió si te lo permito y él le devolvió el desafío si no fueras a permitírmelo no estaríamos charlando. Minutos después ella entraba en la nursery. Francisco la esperó afuera y luego la  llevó a su casa. En el momento de bajarse del auto, cuando ella ya se incorporaba, él la retuvo de la mano ¿alguna vez podrás perdonarme? Ella lo miró un instante  y luego se soltó. Él se quedó contemplándola hasta que entró. Arrancó  y condujo lentamente observando las vidrieras. Se detuvo ante una. Compró dos docenas de rosas y las hizo enviar. Gracias por Azul.

lunes, 22 de agosto de 2016

97

Llegó a las seis de la mañana. Fue a un bar, tomó un café y pidió la guía. Varios Ordóñez en fila. No recordaba el nombre del padre. Miró el reloj, era demasiado temprano. Hizo tiempo y luego se dirigió a un locutorio. Arriesgó con Ricardo, sin suerte. Entonces empezó con Alberto. A su con Claudia por favor se sucedieron infinitos aquí no vive ninguna Claudia. Cuando llegó a Víctor, ya desahuciado, lo atendió una nena mi mamá está en el sanatorio. La taquicardia de Francisco fue súbita Rocío, soy un amigo de tu mamá, en  qué sanatorio está preguntó. La nena contestó no me acuerdo. Francisco le pidió pasáme con un mayor. Roció le informó estoy sola, mi abuela fue a hacer unas compras. Él intentó ¿sabés el  teléfono de tu mamá? La nena contestó me lo sabía pero lo cambió. Francisco se impacientó Rocío, es importante, tratá de recordar, cómo se llama el sanatorio. Luego de unos instantes la nena contestó triunfal ¡ya sé!, ¡algo de un parque! Francisco cortó y se encontró preguntándole a la mujer del locutorio si había algún sanatorio que se llamara algo de un parque.


La recepcionista buscó en la computadora no hay ninguna Claudia Ordóñez internada. Fíjese en maternidad indicó él. Ella le contestó de mal modo ya le dije que no hay ninguna en ninguna sección. Echó un vistazo al hall de planta baja y luego decidió subir por la escalera, quizás Claudia había ido a hacerse algún estudio o a visitar a alguien. Recorrió pasillo por pasillo, piso por piso. Cuando, ya en el cuarto y último, fracasó, bajó por ascensor hasta el subsuelo. Le habían dicho qué allí estaba la confitería. Contra la ventana, mirando el infinito, por fin la encontró. Con su silueta normal, pero irreconocible. Jeans y zapatillas, el cabello recogido, el rostro sin maquillaje. Francisco se acercó lentamente y, sigiloso, se paró junto a ella. Aun así Claudia pareció percibirlo porque giró la vista hacia él. ¿Qué hacés acá? preguntó con los ojos agrandados por el asombro. Acabo de encontrarte, ¿me puedo sentar? Se quedaron en silencio, mirándose. Francisco preguntó con timidez ¿lo perdiste¿Qué? repreguntó Claudia descolocada. El embarazo contestó él avergonzado, casi en un susurro. No te hagas ilusiones Claudia sonrió despectiva la nena nació hace quince días Francisco palideció un kilo ochocientos, cuarenta centímetros; estuvo bastante mal pero se está recuperando la  sonrisa se hizo orgullosa come como una troglodita, ya pasó los dos kilos. No era su historia. Tenía una hija de quince días y él no lo sabía. Sintió un vació enorme en el estómago. Náuseas.  ¿Cómo se llama? preguntó. Azul. Azul Ordóñez. 

viernes, 19 de agosto de 2016

96

Enero calcinando Buenos Aires. Valeria y los chicos pasando unos días en el campo de Carolina. La promesa de visitarlos el fin de semana. El trabajo relegado durante tantos meses absorbiéndolo. Una refacción demorada que sí o sí debía entregar la semana próxima, dos nuevos proyectos. El primer día que se encontró solo en su casa empezó como un regalo. Insospechado poder tirarse en la cama a leer, a descansar, no tener que montarse en la sonrisa y tapar la angustia que, día a día, le producía la minusvalía de Camilo. La vida era un carrusel. Después de meses de vorágine estar así, acostado, reflexionando. Y el pensamiento que noche a noche acudía a su almohada y que a fuerza de voluntad y de cansancio lograba evitar, abandonando la obediencia. Irrumpiendo. El bebé por llegar. ¿Nacería en marzo? Ante la falta de certezas podía imaginar un embarazo eterno que le diera tiempo para aclarar la situación. ¿Y si alguna vez resolvía verlo y Claudia se lo prohibía? Francisco se alarmó. Desde el principio de la relación habían estado en él, las decisiones, las condiciones, ella siempre dócil a lo que él pudiera ofrecerle. Sin embargo, la Claudia con la que se había enfrentado en la última oportunidad no era la de siempre. Como una perra faldera que al ver en peligro a su cachorro es capaz de saltar al cuello y cortar la yugular de quien durante años la alimentó. Francisco se levantó. Fue a la cocina, se preparó un sándwich y lo mordisqueó con pocas ganas. Encendió el televisor para apagar su cabeza pero no lo logró. Se había comportado con Claudia como un cerdo. Y si, más allá de lo que la lógica pudiera dictar, asociaba su traición a Valeria con el accidente de Camilo, la traición a Claudia, ¿qué nueva desgracia aportaría?, ¿sobre cuál de sus hijos elegiría volcarse?, ¿sobre los legítimos o sobre ese en el que se esforzaba en no pensar? Apagó el inútil televisor y empezó a caminar por el living, de pared a pared, una vez y otra más. Se dio una ducha y armó el bolso.

miércoles, 17 de agosto de 2016

95

Carolina había ofrecido su casa para el festejo de nochebuena pero Valeria fue terminante: en medio de todo el tembladeral que algo siguiera firme para los chicos. Un dolor ver a Camilo en un sillón plegando guirnaldas mientras Luciana brincaba alrededor del árbol colgando las bombitas. Valeria puso la mesa para veinte personas como solo ella sabía: los individuales de encaje, los platos de porcelana, las copas de cristal, los cubiertos de plata, las servilletas almidonadas en los servilleteros rojos y verdes. Luciana y Tobi parecían hormigas llevando tenedores y saleros. Camilo, sentado, lustraba los candelabros. Todos los años Valeria le pedía a Francisco que hiciera tarjetas para los invitados circunstanciales o que repusiera alguna estropeada. Ese le toco perfilar un Julia correspondiente a la nueva novia de su hermano. Junto a las tarjetas en blanco encontró las que ese año serían prescindibles. Vecina a la de la reemplazada Fabiana  encontró una tarjetita que fue una bofetada. Elisa. Cuando se dio cuenta de que ya nunca más compartiría con su madre el vithel toné de Alicia, ni el pan dulce de Valeria, los ojos se le llenaron de lágrimas. El duelo por su hijo había interrumpido el duelo por su madre y en ese momento ambos se sumaban. Qué año infernal. Definitivamente huérfano y con un hijo inválido. ¿En qué columna colocar a Claudia y al bebé en camino? ¿Débitos o réditos? Si en ese momento tuviera el poder de volver el tiempo hacia atrás, no tenía dudas, obviaría el reencuentro con la primera responsable del segundo. A las siete de la tarde Luciana preguntó quién traería la ensalada de frutas ahora que no tengo abuela. Valeria y Francisco se miraron desconcertados. Una hora después, luego de recorrer mil verdulerías hasta encontrar una abierta, Francisco en la cocina cortaba un ananá. Ahora que no tengo mamá.


Durante toda la noche Francisco no pudo librarse de la opresión que le producía ver a Camilo sentado mientras una caterva de niños saltaba a su alrededor. Por eso hubiese necesitado agradecerles a los hijos de Alicia cuando, tratándolo como a un par, entretuvieron a Camilo jugando al truco. Sin embargo, Francisco nunca había podido demostrarles a sus sobrinos cuánto los quería. Los códigos implementados con su hermana, extendidos a ellos. Tampoco supo agradecer cuando Guillermo, al entrar a la cocina y descubrirlo apoyado contra la pared, los ojos cerrados, le oprimió el hombro diciéndole fuerza, hermano. Cuánto que la necesitaba. Cuánto que los necesitaba a todos y no se permitía decirlo.

lunes, 15 de agosto de 2016

94

Estaba en el estudio dando vueltas frente a un presupuesto que debería haber entregado hacía días. Entró Marcela arquitecto, está en el teléfono la señora de  Crespi, dice que hace tres horas que tiene a los albañiles esperando para descargar el material. Francisco recordó que no había llamado para confirmar la entrega no me la pasés, decile que me disculpe, que yo me hago cargo de los jornales; después, por favor, llamá al corralón a ver en qué andan. Intentó volver a su trabajo. Cinco minutos después reapareció Marcela  arquitecto, vino el ingeniero Mercader a buscar los datos para el cómputo. Francisco había estado trabajando en eso la otra tarde mientras esperaba que Luciana saliera del sicólogo, pero no tenía la menor idea de dónde había dejado los papeles. Decile que estoy en una reunión que en cuanto pueda se los alcanzo. Para Elisa lo sobresaltó. Valeria preguntándole si había hablado a la obra social por los reintegros. Él le comunicó que sí, que ya había hablado y que le habían dado un teléfono. Empezó a buscarlo entre sus papeles sin éxito. Cortó prometiendo que la llamaría. Vació los bolsillos, los cajones. No apareció él número  para los reintegros pero sí encontró los datos para Mercader. Le pidió a Marcela que le avisara al ingeniero. Para Elisa de nuevo.  Horacio preocupado por su lejanía, haciéndole planteos, reclamando. Francisco cortó prometiéndole que pronto tomarían un café. Siguió buscando el número de teléfono. Momento en el que se le cayó la carpeta de los contratistas y se mezclaron todas las hojas. Las levantó como pudo. Arquitecto, tiene que retirar a Luciana, ya son las cuatro y media informó Marcela. Francisco buscó las llaves del coche.  Las manos le sudaban, las sienes le latían como si su cabeza fuera a explotar. Se asustó. Las llaves no aparecían. Cinco menos cuarto. Nunca más los haría esperar. Salió temblando. El calor de la calle lo golpeó. Paró un taxi y se subió. Se dejó caer sobre el asiento y cerró los ojos. La camisa empapada.

El salón de actos colmado. Un calor insoportable. El ruido inútil de los ventiladores sumándose al estrépito general. Sentado junto a Valeria, Francisco espera. Mira hacia adelante. Entre sus compañeros de coro, Luciana lo saluda. Mira hacia atrás. Sentados entre la multitud, hermanos, cuñados, Tobi en brazos de Carmen, Horacio, Marcela, Laura. El micrófono solicitando silencio, la bandera de ceremonia, el himno nacional. El discurso de la directora, aplausos. El coro que canta, el telón que se corre y en la gradas, sentado en el extremo de la primera fila, entre sus compañeros parados, Camilo en su silla. Las palabras de la maestra. Álvarez, Julio. Aplausos. Padres que suben, niño que baja, el rollito atado con la cinta argentina que cambia de mano. La rosa para la madre. El grupo para la foto. Los padres que bajan y Álvarez que vuelve a su lugar. Astolfi. Bermúdez. Burstein, Canale. El estómago de Francisco hecho un nudo. Castillo. Francisco y Valeria suben. Camilo arranca con la silla. Llega hasta la mitad. Se detiene. Se acerca un compañero que le entrega las muletas. Se incorpora con esfuerzo. Paso a paso, la cara crispada, avanza. Un aplauso. Dos, diez. El público se pone de pie y lo ovaciona. Valeria se quiebra y solloza. Francisco recibe el diploma que le dan y se lo entrega a su hijo. Se abrazan.


viernes, 12 de agosto de 2016

93

Lo ayudó a Camilo a bañarse y, como cada noche, el rosario de cicatrices le percudió el alma.  Mirá, papi, como muevo la rodilla la lluvia cayendo sobre la pierna levemente elevada de su hijo sentado en un banquito me duele pero puedo, me dijo Juan que si sigo trabajando así pronto me van a dejar pararme. ¿Te pasa algo? preguntó Valeria cuando coincidieron en la cama. Estoy cansado contestó y se acurrucó contra ella. Necesitaba que lo tapasen y le dijeran que sueñes con los angelitos. Pero más allá de que el dolor compartido los había unificado, leía en los ojos de su mujer preguntas congeladas. Quizás ella también había hecho una suerte de pacto interno, porque el accidente de Camilo había rebajado a la característica de insignificante todo aquello que antes parecía trascendente. Dos en uno pero, por momentos, un hálito helado soplaba entre ellos. Y esa noche Valeria no registró que él necesitaba ser cobijado  y él no pudo soñar con los angelitos.  Tampoco con el diablo porque no durmió. A las cuatro de la mañana, harto de sofocar los ruidos del insomnio, se levantó. Fue a la cocina, abrió la heladera y la volvió a cerrar. Optó por un té. Se instaló con la taza en el sofá del living e intentó reordenar lo pensado durante todas esas horas. Aunque lo más sensato era optar por la prescindencia, le resultaba intolerable saber que en algún lugar de Rosario un hijo suyo estaba pateando un vientre que él no tocaría. Recién reparó en que no le había preguntado a Claudia por el sexo. Ella le había comentado que había sido una suerte que Rocío naciera mujer, que los varones necesitaban aún más del padre. ¿A quién le haría más falta él?, ¿quién me golpeará la puerta dentro de quince años? No había solución, alguien tendría que sufrir. Y si la opción era su mujer y sus tres hijos o ese ser que él no había buscado engendrar, no era muy difícil la elección. Sí lo avergonzaba su actitud frente a Claudia, en la vida se había portado peor con alguien. ¿Con la madre de mi hijo? Valeria era la única madre de sus hijos. Y si había valorado a Claudia como amante, como amiga, como profesional, no siempre había estado de acuerdo con su accionar como madre. ¿Él quería que su hijo tuviera a esa mamá? Su concepción de la crianza de los niños estaba centrada en la estabilidad. Los chicos precisan orden, rutinas, equilibrio.  La vida de Rocío había sido una batidora, tantas veces considerada como adulta cuando no era más que una criatura. Insoportable saber que uno de sus hijos remedaría sus vivencias infantiles mientras los otros gozaban de la serenidad de un hogar. Intentó aliviarse recordando que estaban los abuelos, su presencia era importante, seguramente cuidarían al bebé cuando Claudia fuera a trabajar. También con respecto a la situación material estaba tranquilo, no le iba a faltar nada, aunque eso, de todos modos, era lo más sencillo de solucionar.  ¿Qué sería más traumático para los chicos?, ¿enterarse dentro de muchos años que su padre había tenido un hijo al que había abandonado o saber ahora que existía un hermano con el que no se podrían relacionar? Fue una espada en las entrañas. Ese bebé, de alguna manera, era hermano de sus legítimos hijos. Más allá de privarlo de crecer con su progenitor le estaba amputando los hermanos. Nadie iba a poder perdonarlo. Una pesadilla. Escuchó ruidos desde el cuarto de Camilo. Subió inmediatamente ¿Qué pasa, hijo? preguntó alarmado. Me duele, papá, me duele mucho,  Francisco se acercó a la cama, lo ayudó a incorporarse y se sentó junto a él. ¿Te preparo un té? ofreció.  Lo que quiero es un calmante más fuerte pidió Camilo un cortaplumas me está escarbando las piernas. Tanta la angustia de Francisco que no le cabía en el cuerpo.  Ni una brizna más de dolor para este hijo. El otro tendría que esperar.


miércoles, 10 de agosto de 2016

92

Salió y buscó el auto. Ante el volante, intentó clarificarse. Recordó su emoción ante el anuncio de cada uno de sus hijos. La indescriptible sensación de rebrotar. La ilusión de antes transformada en náuseas. Puso el auto en marcha. Porque precisaba ayuda.

Francisco, ¡qué sorpresa! la alegría de Laura se transformó en preocupación ¿pasó algo con Camilo? Francisco cabeceó sigue mejor, soy yo el que está mal. Laura abrió la puerta pasá y decime en qué puedo ayudarte. Francisco le hablo de Claudia, cómo la había conocido, cómo se había ido gestando la relación entre ellos, cómo se había interrumpido  ante el regresó de Valeria, su encuentro con Germán, el descubrimiento del origen de su amnesia, la necesidad insobornable de compartirlo con ella. Te voy a decir algo que no fui capaz de confesarle a nadie Laura lo miró fijamente el auto lo atropelló a Camilo porque me había acostado con Claudia y llegué tarde a buscarlo. Laura le tomó las manos Francisco, llegaste tarde porque ibas, porque cada tarde de tu vida interrumpís tu vida para ir a buscarlos; el auto avanzó en amarillo; Camilo cruzó mal porque es un muchachito tan vital que no hay cordones que lo detengan; la vida no es justa, es absolutamente caprichosa; el auto no rompió las piernas de Camilo para castigarte, cada día miles de personas mueren atropelladas; no hay premios para los buenos ni castigo para los malos; la muerte y la enfermedad llegan porque sí, sin que podamos hacer gran cosa para evitarlos. Laura hizo una pausa y Francisco recordó de súbito el motivo de su visita. La opresión del pecho le dificultó la respiración. Todavía no te conté lo peor anunció y, entrecortadamente, logró transmitirle el fin de la historia. Concluyo diciendo está de cinco meses, ya no hay nada qué hacer. La expresión de Laura fue dura claro, hubieras hecho lo mismo que tu padre. Francisco se quedó perplejo. Laura, entendéme,  no puedo hacerme cargo de esa criatura, no puedo lastimar más a mis hijos. Laura levantó la voz esa criatura también es hijo tuyo. Francisco se aturulló no podés comparar. Laura se incorporó me parece que te equivocaste al elegirme como interlocutora. Instantes después Francisco franqueaba la puerta de entrada en dirección contraria, maldiciéndose por su torpeza

lunes, 8 de agosto de 2016

91

Papá, ¿qué te pasa?, ¿no me escuchás?, ¡hace media hora que te estoy hablando! Francisco miró por el espejo retrovisor. Las trenzas de Luciana se agitaban, airadas. No sabía ni cómo ya habían llegado. Tocó la bocina. Rosa se acercó a ayudar a Camilo. Salgo dijo él y puso primera. Cuadras después se detuvo contra el cordón. Inadmisible arriesgar un solo paso de Camilo.  Arrancó y enfiló hacia el estudio. Se encerró en la oficina. El número solicitado no corresponde a un abonado en servicio. La familia Ordóñez ya no vive aquí; no, no dejaron ningún teléfono. La campanilla del consultorio sonando interminablemente. Pensó en Jirafa, sin embargo, el recurso de localizarla a través de él quedó descartado de cuajo. Ante la crítica mirada de Marcela salió sin dar explicaciones. Tomó un taxi y en un acto de fe, se instaló en el bar de la esquina del consultorio. Casi una hora después, en la que Francisco no supo lo que hizo, ella entró. Cuando lo vio giró sobre sí misma y salió. Francisco se paró, la alcanzó y la agarró de un brazo. Sin decirse una palabra, volvieron a entrar juntos. En cuanto se sentaron Francisco preguntó ¿es mío? Ella lo corrigió es mío. El mundo terminó de derrumbarse. ¿Por qué no me avisaste? Ella serena explicó estabas luchando por la vida de un hijo, no me pareció que estuvieras en condiciones de hacerte cargo de decidir sobre la vida de otro. La voz de él se elevó entonces la decisión la tomaste vos. Ella no se alteró la decisión me tomó a mí. No tenés derecho a traer al mundo un hijo que yo no quiero necesitó agredirla. Ella, firme como un bloque, aclaró no tendría derecho a hacerte responsable de él, nada más ajeno a mi voluntad; que vos estés aquí no formaba parte de mis planes; me instalé en Rosario, por el momento en lo de mis padres; ellos están muy conectados y ya conseguí varios pacientes; Rocío está feliz con sus abuelos; compré una casita y la estoy refaccionando; no necesito nada y nada te reclamo; así como hace meses me pediste que te dejara en paz, soy yo la que ahora te pide lo mismo; me costó mucho equilibrarme, no me sacudas. Francisco se agarró la cabeza vos pensás que es tan sencillo; total que puede importarme a mí que un ser portando mis genes se desplace por el mundo; ¿tan mal me conocés?; sabés lo que significa para mí ser padre, no podés hacerme esto;  mi familia está convaleciente,¿puedo llegar a mi casa y decirle a mi hijo inválido, a la madre destrozada de ese hijo, a la hermana que creyó verlo morir, que voy a tener otro hijo? Ella intentó apaciguarlo cuando llegués a tu casa no tenés que decir nada distinto de buenas noches; olvidate que me viste, no se volverá a repetir; vine aquí solo a retirar mis últimas cosas, en unas horas me voy. Francisco se indignó ¿y qué se supone que tengo que hacer yo?, ¿quedarme en casa esperando que dentro de quince años me  golpee la puerta alguien exigiéndome un ADN? Ella  no se inmutó dentro de quince años Camilo estará curado, tu hija tendrá novio y tu mujer tejerá para sus nietos; y a lo mejor tenés suerte y nunca querrá buscarte. Él insiste Claudia, no podés hacerme esto; no voy a poder seguir respirando si sé que un hijo mío es desgraciado. Ella sonrió, despectiva, no seas tan omnipotente; me encargaré de que esta criatura crezca feliz al margen de tu existencia. Él casi gritó no puede nacer. Ella recuperó su tono profesional no sé si te das cuenta de tus contradicciones; no querés que la criatura sufra y el mejor recurso que encontrás para evitarlo es matarla; la vida de este chico no está en discusión; además, es demasiado tarde. Él le preguntó ¿de cuánto estás? Ella empezó a irritarse casi cinco meses; y más allá de tus complicaciones, podrías preguntarte por qué infiernos atravesé yo; me ofende esta conversación; no solo estás negando la condición de ser humano de mi hijo sino la mía propia. Francisco se retorció las manos perdoname, estoy desesperado, esto no puede estar pasándome a mí. La respuesta de Claudia fue un látigo ni a mí buscó sus cosas y se levantó me voy informó. Francisco la agarró fuerte del brazo no podés irte llevándote a mi hijo. Ella se zafó Rosario no es tan grande y se fue. Él quedó desplomado en la silla con la mente en blanco. Había perdido la capacidad de razonar. Necesitaba ayuda. Pensó en Horacio, pero no podía arriesgarse a que alguien más  conociera su secreto. Tuvo que ir al baño. Llegó a tiempo para vomitar.

viernes, 5 de agosto de 2016

90

Cuando salió a la calle tomó conciencia de que ya había comenzado la primavera. Una mañana tibia y dorada. Perfecta. Francisco sostuvo la puerta. Como doce años atrás empujando un cochecito, Valeria salió del hospital empuñando una silla de ruedas.

Entró al estudio demolido. Se dejó caer sobre el sillón y automáticamente lo hizo girar. ¿Cómo está Camilo? le preguntó su secretaria. Contento de volver a casa después de tanto tiempo; sé lo que le duele pero hoy quiso pararse; tiene una fortaleza que conmueve; está ansioso por empezar la rehabilitación. Ella se acercó y le tocó la mano tenga fe, arquitecto; yo rezo por él todas las noches. Francisco se emocionó, últimamente estaba hipersensible gracias, Marcela, ¿llamó alguien? preguntó intentando recomponerse. Sí, la licenciada Ordóñez, otra vez; quería saber cómo seguía Camilo; además se despidió él la miró, inquisitivo se va a vivir al interior del país. Francisco preguntó sin  alterarse ¿adónde? Marcela dudó no me lo dijo, ¿quiere que averigüe? Francisco sacudió la cabeza con energía no, no tiene importancia, alcánceme la carpeta de Riquelme, por favor; y un té. Taza en mano se reclinó sobre el asiento. No le había pasado nada, sus demonios exorcizados. Una suerte de paz bajando sobre él.


 A todo uno se acostumbra solía decir su mamá. Qué equivocada estabas. Imposible habituarse a las huellas de la silla de ruedas sobre la moquet del living. Tanto como pasar por la esquina del accidente sin que el alma se le encogiera. Todavía era temprano. Ahora Francisco siempre llegaba temprano para poder estacionar justo enfrente del colegio. Se recostó sobre el asiento y cerró los ojos. Estaba agotado. Se amodorró. El revuelo de los chicos saliendo de la escuela lo sobresaltó. Luciana apareció cargando las dos mochilas. Al ver a Camilo empujando las ruedas Francisco contrajo el abdomen, el ombligo pegado a la columna vertebral. Torpe estrategia para controlar la angustia. Francisco se bajó y abrió la puerta del auto pero, conteniéndose,  dejó que su hijo se desplazara solo hasta el asiento del auto. Plegó la silla y la metió en el baúl. Instantes después, pruebas, peleas, la charla de siempre. Francisco estaba detenido ante un semáforo cuando la vio de atrás. Las inconfundibles pantorrillas sobre los tacos aguja no lograron alterarlo. Francisco tenía la absurda certeza de que esa indiferencia era lo que iba posibilitando los progresos de Camilo. Un enorme alivio comprobar que ni la presencia de Claudia fuera capaz de sacudirla. El semáforo se puso verde y Francisco avanzó. Entonces la vio de perfil.

miércoles, 3 de agosto de 2016

89

Se lavó las manos, se puso la bata y siguió a la enfermera. Entre caños y tubos, conectado como una máquina, Camilo. La vista de Francisco viajó instintivamente hacia el extremo de la cama. Dos elevaciones le arrancaron un suspiro de alivio. Recién entonces miró la cabecera. La cara sin rastros sobre la almohada. La nariz respingada, la impecable curvatura de la frente, las pecas, las pestañas espesas, el cabello rubio de Valeria, la marca de la varicela arriba de la ceja izquierda. Francisco le rozó la mejilla con el dorso de la mano. Camilo abrió los ojos la culpa fue mía, soy un tonto. Esos labios hablando de culpas. Francisco lo amó con una profundidad desconocida. Más que a nada en el mundo. Me duele tanto. Francisco, impotente, le acaricia la mano sin suero. Camilo se la aprieta fuerte no aguanto más ayudáme, papá.

Francisco salió de terapia tambaleándose. Un remolino humano precipitándose hacia él, preguntándole. Valeria, hermanos, cuñados, Horacio. Francisco sintió que se le nublaba la vista y con delicadeza se fue desmayando.


Si alguna vez creyó estar pasando un momento difícil, la propia vida se encargó de demostrarle qué solo habían sido preparativos. Asistir, impotente, a los gritos de dolor de su hijo, presenciar las curaciones agarrándole la mano, pasar noches enteras a su lado escuchándolo llorar, saber que, más allá de las palabras de consuelo, los daños de Camilo eran irreversibles. Valeria intentando repartirse entre Camilo, Luciana, que no conseguía reanudar su vida normal y Tobi que, aunque nada reclamaba, era chiquito y precisaba atención.  Francisco la admiró. Y si en más de una oportunidad había asociado el control que ejercía sobre cada uno de sus actos con frialdad, verla desenvolverse en las actuales circunstancias le demostraba que había estado equivocado. Él, sin que ella lo advirtiera, la había descubierto tirada en el piso, en posición fetal, sollozando. Instantes después, ante un llamado de Tobi se había levantado como un resorte, secándose las lágrimas. Nunca le había reprochado  su demora, motivo del accidente, ni había inquirido por los motivos. Estoica, así era. Tu mujer vale oro. Muerta por dentro y repartiendo sonrisas a su alrededor. Para todos, meses de infierno.

lunes, 1 de agosto de 2016

88

No recordaba cómo había llegado allí. Estaba sentado en una ambulancia con Luciana en las rodillas. A su lado un médico luchaba sobre Camilo. Agradeció que la espalda del hombre no le permitiera ver lo que había quedado de su hijo. La sirena atronaba. Se vio en una ambulancia muda, acompañando a su madre mientras pensaba en su hijo. En ese momento había creído que estaba sufriendo. Esto era el dolor. Apretó fuerte a Luciana y al sentir sus espasmos recién percibió que la nena seguía llorando. No encontró palabras para consolarla porque era él quien no tenía consuelo.

La nena escondida entre sus brazos, solo uno, tuvieron que ayudarlos a bajar de la ambulancia. La camilla con Camilo precediéndolos, corriendo hacia la guardia. Ya adentro, lo primero que divisó Francisco fue la cara de Valeria, si es que merecían ese nombre los ojos celestes oscurecidos por el horror, la boca congelada en un grito silencioso. Ella corrió hacia él. Los tres fueron un abrazo.

Sonó su móvil. Aturdido, atendió.  Son casi las ocho, ¿así cumplís tus promesas? Francisco amagó cortar pero reaccionó a Camilo lo atropelló un auto.  Entre las interjecciones de Claudia agregó  tiene las piernas destrozadas, están intentando salvarlo, Francisco se desmoronó  llegué tarde, por eso lo atropelló. Ella intentó calmarlo Francisco, fue un accidente. El llanto acudió a él por primera vez ¡ayudame! Ella dictaminó voy para allá. Desaparecé de mi vida gritó Francisco ¡te lo pido por favor! Cortó y se desplomó sobre el sillón, se agarró la cabeza entre las manos y sollozó. Minutos después alguien se sentó a su lado. Él intentó contenerse. Llorá tranquilo, soy yo. Francisco se descubre la cara y desandando caminos apoya la cabeza sobre la falda de su hermana.


Valeria regresó del baño con Luciana de la mano. Francisco se enderezó y trató de rehacerse. La nena corrió hacia Alicia tía, ¡Camilo casi se me muere! Alicia la abrazó quedate tranquila, chiquita, se va a poner bien, ¿qué te parece si vamos a comer algo? La nena se aferró a su cintura no tengo hambre.  Pero yo sí, ¿me acompañás? Instantes después Alicia salía con la nena de la mano. Valeria se sentó al lado de Francisco miró el reloj y propuso recién hace  cuarenta minutos que se lo llevaron, el médico avisó que nunca demoraría menos de seis horas,¿por qué no vas con Alicia y la nena a tomar un café? Solo preciso estar con vos dijo Francisco y la atrajo contra sí. Como si conjugándose pudieran retroceder el tiempo. El espermatozoide alcanzando el óvulo, las piernas invisibles empujando el vientre, las piernas intrépidas surgiendo de él, las piernas diminutas agitándose en el moisés, las piernas redondas venciendo al espacio, las piernas entusiastas impulsando el triciclo, las piernas musculosas pedaleando la bicicleta, las piernas fuertes volteando un contrincante, las piernas ágiles corriendo sobre la vereda, las piernas juiciosas deteniéndose en la esquina, las piernas cautelosas cruzando la calle, llegando hasta él. Quizás con un gran esfuerzo de concentración podía transformar las piernas destrozadas que alguien estaba intentando rehacer en aquellas del canasto. Un mal sueño. Que alguien lo despertara de ese mal sueño con un café con leche Francisco se hace tarde para la escuela. Retroceder hasta que su propia vida estuviera en blanco para volver a empezar, para desterrar todo error, toda mezquindad, todas sus debilidades, para ser un hombre perfecto, inmune a las tentaciones, fiel a sus convicciones; un hombre que no mereciera ser castigado transformándole en astillas los huesos de su hijo. Quizá los médicos salvaran a Camilo; sin embargo, la irreversibilidad de los errores estaba cifrada en la imposibilidad de que las piernas de su hijo volvieran a ser perfectas.  Hubiese querido gritarle a Valeria su culpa para aliviarse en su confesión pero cómo atormentarla aún más. Ella se incorporó. Se acercaban Carolina y el marido. Valeria se abrazó a ellos. Francisco hubiera querido echarlos; estaban conspirando contra su titánico esfuerzo de retroceder el tiempo. Los odió. Su presencia arrojaba a Camilo, definitivamente, al pavimento, a la camilla, a la ambulancia, al quirófano. Ahora fue él el abrazado. Valeria pronunciando blasfemias. Fémur derecho, rodilla izquierda, tibias, peronés. Músculos desgarrados, arterias perforadas, transfusiones. Una sarta de mentiras. Para conseguir impresionarlos, para arrancarles lágrimas. Ellos sabían bien que no era cierto. Ellos habían visto a su hijo sobre el caballo, las piernas esbeltas, apretando la montura. Todo era una broma de pésimo gusto, basta Guillermo, una pesadilla que duraba demasiado. Mamá venime a despertar. Sacudió la cabeza, se estaba volviendo loco. Se paró y se acercó a la ventana. Era de noche, ya era de noche y un hombre cruzaba la calle.  En la silueta apurada de su hermano creyó reconocer a su padre. Ayudame, papá.

viernes, 29 de julio de 2016

87

Por suerte el tránsito le fue favorable. La estimada media hora de atraso reducida a veinte minutos. Estacionó frente al colegio. Bajó del auto al tiempo que Luciana, con las dos mochilas, corría hacia él. Se le tiró en los brazos, llorando. Bueno, hijita, no es para tanto, alguna vez en la vida se me puede hacer tarde y recién reaccionando preguntó ¿dónde está tu hermano? Fue a lo de Leo a llamarte; me dijo que no me moviera de acá de pronto, avergonzada, la nena se apartó de su padre y se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano. Francisco buscó su teléfono: sí, lo había apagado en el hotel. Luciana miraba hacia la dirección en que había desaparecido su hermano y de pronto dijo mirá, papá, ahí viene. Él, aliviado, giró sobre sí mismo. Camilo corría por la vereda. Francisco tuvo noción de que no disminuía la velocidad. Quiso recordarle el reciente curso de educación vial, había que detenerse en las esquinas. Una flecha, la carita colorada, el chico bajó el cordón solo mirándolo. Francisco sí vio el auto que aceleraba intentando obviar el amarillo. ¡¡Cuidado, Camilo!! gritó con todas sus fuerzas mientras corría hacia la esquina. Como tocado por un rayo el chico se para en seco al mismo tiempo que se escucha un chirrido de frenos. Francisco, que sigue corriendo, cierra los ojos. Un instante después los abre y no ve a Camilo. Al auto sí. Está detenido y es azul. Piensa, mientras sigue corriendo dónde se habrá metido este chico. Cuando llega a la esquina, del auto azul baja un hombre agarrándose la cabeza. Francisco lo roza al pasar frente al coche. De abajo del auto emerge el cuerpo de Camilo. Francisco escucha un aullido de animal y le toma unos segundos darse cuenta de que proviene de sí mismo. Se abalanza sobre Camilo, los ojos cerrados, el delantal blanco. Francisco se arrodilla y sobre el cuerpo inmóvil de su hijo, le jura al Dios en el que no cree, que si se lo devuelve nunca más Claudia, nunca más. Camilo abre los ojos un instante y vuelve a cerrarlos. Francisco mete las manos bajo las axilas del nene y va a jalarlo cuando un grito lo detiene. No lo mueva, déjelo. Francisco gira aturdido. Un policía se acerca. Ahora sí escucha alaridos que tiene certeza no provienen de él. Aliviado piensa puede gritar y se voltea hacia Camilo. El chico sigue exánime. Francisco, desconcertado, vuelve a girar. Luciana se tira sobre él gritando ¡Camilo se murió! Francisco se sienta sobre sus talones y la abraza.  El policía le ordena levántese. Francisco no atina a moverse. El hombre lo agarra del codo. Él se incorpora. Un remolino de gente alrededor. A lo lejos, una sirena. Ya parado, con la nena, enterrada en su cintura, vuelve a mirar a Camilo. La mitad visible del delantal ya no es blanca. 

miércoles, 27 de julio de 2016

86

PRESENTE

Imperioso verla. Estacionó frente al consultorio. Estaba tocando el timbre cuando el portero le avisó que acababa de retirarse. Fíjese en el bar de la esquina  sugirió. Corrió por la calle y allí, en la mesa de siempre, de espaldas, la descubrió. Los huesos se le ablandaron. Se acercó desde atrás y le puso una mano en el hombro. Ella giró la cabeza y miró la mano y así quedó, muda, sin levantar la vista. Hasta que él la retiró y señalando la silla de enfrente pidió ¿puedo? ¿Qué hacés acá? preguntó ella, recién mirándolo. Él le contestó vine a verte. Ella quiso ser irónica ya me doy cuenta; quisiera saber para qué.  Vine a contarte todo lo que descubrí desde que nos separamos; y como el ceño de ella se frunció agregó perdoname, necesitaba compartirlo con vos. La voz de ella sonó helada ¿el pedido de perdón significa que tu presencia es circunstancial? Él se desesperó  mi presencia solo es la constancia de que no pude dejar de venir. Ella se ablandó contame, en principio, contame. A medida que le iba transmitiendo sus encuentros con Laura, con Germán, la sangre de Francisco se entibiaba. Recién compartiéndolas con ella sus vivencias recobraban el sentido. ¿Y cómo te sentís con tanto sobre los hombros? preguntó, al fin, ella. Una sola palabra  acudió a Francisco completo. Completo sin mí rectificó Claudia. No dejaste de estar conmigo ni un instante. Ella buscó precisiones ¿para qué me confesás esto?, ¿cambiaste de opinión? Francisco bajó la vista no es una opinión, es un deber. Claudia lo acorraló creo que tenés dos deberes, el segundo es hacerme el menor daño posible; y si solo viniste para desahogarte, ya lo hiciste, ella sonrió irónica y añadió que el hombre no separe lo que Dios ha unido. Luego el rostro se le endureció y rotunda  ordenó andate. Francisco se quedó en silencio. Andate un grito estrangulando su voz. Francisco solo atinó a balbucear Claudia, por favor.

Cinco menos cinco. Francisco se levantó de súbito y empezó a vestirse. ¿Qué pasa? preguntó ella. Tengo que retirar a los chicos de la escuela. Claudia se incorporó y se dirigió al baño pero él le aclaró me voy ya. Lo único que falta es que me dejes sola acá. Francisco inquebrantable repitió me voy ya atándose los zapatos tomate un taxi. ¡Francisco! Él intentó apaciguarla es tardísimo, me voy volando y ante la cara de indignación de ella concedió los llevo a casa y en menos de una hora paso por el consultorio. Prometemelo exigió ella y Francisco levantó la palma de la mano, frunciendo las cejas palabra de honor.

lunes, 25 de julio de 2016

85

FUTURO

Parado en la esquina esperando un taxi, Francisco tiene la extraña sensación de que su juventud ha sido arrasada. Tanto que imagina que quien lo viera lo supondría abuelo de su propia hija. Baja del taxi sosteniendo a la nena dormida entre los brazos. Entra a la confitería. Busca a Valeria y la encuentra en el reservado del fondo. De espaldas, acodada en la mesa, los dedos entrecruzados amparando la frente. Mientras avanza hacia ella Francisco recuerda la última vez que desayunaron allí. Ambos acababan de dar sangre. Hacía casi un año. Dios mío, qué año.

viernes, 22 de julio de 2016

84

Es incapaz de calcular el tiempo transcurrido sobre ese banco. Había refrescado. Se pone el saco, mete la corbata en el bolsillo y se incorpora. A pesar de que está nauseoso, camina hacia el auto a paso vivo. Es evidente que la relación entre Germán y él nunca fue sencilla, quizás la discordia entre ambos había contribuido a que abandonara a su madre. Está manejando cuando vuelve a Francisco la imagen de su mamá llorando en la cama. Intenta  reconstruirla con precisión. Ella le había dicho acompañáme. ¿Adónde?


 Mamá se levanta de la cama y me lleva de la mano al escritorio y abre un cajón y empieza a sacar cartas y las rompe y abre otro cajón y saca fotos y también las rompe y mirándome fijo me dice escucháme bien Francisco vamos a hacer de cuenta que Germán nunca existió nos olvidaremos de todo y empezaremos de nuevo los dos juntos solo vos y yo estás de acuerdo me pregunta y me aprieta las manos tan fuerte que me duelen entonces yo hago que sí con la cabeza y me abraza y me quiero ir pero no puedo y pienso en todas las fotos en que me rompió porque también estaba ese que nunca existió.

miércoles, 20 de julio de 2016

83

Mamá está tirada sobre la cama y llora yo me acerco pero ella no me ve me acerco más y me quedo callado hasta que después de un rato me descubre y dice estoy rota y yo sé que es por dentro y me pide vení y me toma la mano y me empuja y me acuesto a su lado entonces dice Germán se fue y sé que no es ir a comprar cigarrillos es irse y mamá sigue llorando y se sacude y yo me asusto y como no sé qué hacer no hago nada hasta que se sienta en la cama y los ojos le brillan y después se para y dice acompañáme.

Llegó al estudio y antes de sentarse levantó el teléfono.  No quiero que te sientas en falta con la memoria de mi madre, pero necesito una única información; te prometo que nunca más volveré a mortificarte con el tema. En cuanto colgó le pidió de nuevo la guía telefónica a Marcela y cerró la puerta cual asesino planeando un crimen. Al tiempo que su dedo resbalaba por las columnas de mínimas letras, el corazón le retumbaba. Tan distinto que con Laura.

Aunque mamá se enoje yo solo voy a escribir la tarjeta para mi papá recorto una cartulina porque a ella no quiero pedirle nada y me queda torcida y la rompo y ahora primero la dibujo con la escuadra y después la corto y esta sí quedó casi derecha y ahora le dibujo flores y le pego brillantina como me enseñaron en dibujo y le hago rayas para escribir querido papá espero que te guste la corbata  que compré con la plata que me diste porque otra no tenía gracias por venir a buscarme todos los domingos me encanta que me lleves al cine y al restorán y a la juguetería y estar con vos feliz día del padre te desea tu hijo menor.

Salió al jardín para saludar a Pepe y se encontró a Camilo, en penumbras, tirado en el piso. ¿Qué te pasó? preguntó alarmado. Entreno contestó su hijo al tiempo que retomaba las bicicletas me dijo el sabonín que tengo que trabajar los gemelos. Francisco se dejó caer en el sillón de mimbre y Pepe se acostó a sus pies. Francisco fijó los ojos en las piernas de mi hijo que, infatigables, giraban. Uno, dos, tres contaba Camilo. Ya iba por la cuarenta y tres cuando Valeria los convocó a cenar. Estoy muerto de hambre dijo el nene mientras se incorporaba.

Una jornada muy intensa. La presentación del anteproyecto a la señora de Urquijo había resultado un éxito. Francisco controló el reloj y se sumó al gentío de Corrientes. Hacía añares que no iba a La Paz, cómo había cambiado. Ajeno a sus costumbres, obvió la mesa vacía junto a la ventana. Mientras revolvía el segundo café su inquietud crecía. Giró en la silla y recorrió con atención las mesas a su alcance.  Le dolía la cabeza, se aflojó la corbata. Porque él odiaba usar corbata. Se oprimió las sienes con las yemas de los dedos.

Traéme el cesto de basura me pide la abuela entonces entro al escritorio y busco el papelero y veo el papel abollado y lo saco y lo abro y adentro arrugada está mi tarjeta y la agarro y la rompo en mil pedazos porque ya se le despegó la brillantina.

¿Francisco? Un hombre alto, delgado, buenmocísimo en su madurez, le sonreía. Francisco, sobresaltado, le devolvió la sonrisa pero al verlo sentado frente a él, expectante, sintió que se quedaba sin libreto y bajó la vista. Fue Germán quién rompió el hielo seguís teniendo los ojos de Elisa.  Mamá murió necesitó Francisco defenderse. Me enteré hace una semana y todavía no puedo creerlo. Francisco se descubrió sin propósitos.  ¿A qué debo el honor de tenerte enfrente? preguntó Germán y Francisco fue brutalmente sincero necesito saber por qué abandonó a mi madre. El hombre hizo una pausa espesa y después arrancó Elisa fue el amor de mi vida; sin embargo, desde el instante en que la conocí lo que primó en mí, más allá de la delicia de tenerla, era la sombra de saber que, irremediablemente, la perdería; me preguntás por el final pero para explicarme necesito empezar por el principio; cuando tu padre la dejó, Elisa necesitaba un sueño para sobrevivir a la pesadilla en que se había convertido su vida, y yo tuve el privilegio de ser el elegido; fueron años de ocultamiento, de amor desenfrenado, hasta que ella decidió sacar nuestra relación a luz; tus hermanos no la aceptaron pero Elisa siguió adelante; mucho tiempo después, nos casamos; pronto me di cuenta de que nunca íbamos a poder constituir una familia;  tus hermanos ya se habían ido y te manejaban como a un muñeco a cuerda, no permitieron que te relacionaras afectivamente conmigo; siempre fuiste educado, correcto, cortés pero inaccesible; nos sentábamos los tres a comer y el aire se cortaba con tijera; de todos modos, yo era capaz de soportarlo con tal de estar a su lado; hasta que empecé a observar que Elisa vivía pendiente de las noticias sobre tu padre; cuando lo entrevistaban en la radio o en la televisión el mundo debía detenerse para que pudiéramos escucharlo; cuando volvías de ver a tu padre te enloquecía a preguntas; un día encontré una carpeta donde pegaba recortes del diario, las notitas que él le enviaba con vos ; mi contrincante era un fantasma; solo existía en ella; empecé a enfermarme de celos; pese a todo lo íbamos llevando, hasta que Elisa se enteró de que a tu padre lo había dejado su mujer; poco después me dijo, porque entre nosotros todo era transparente, que iba a intentar recuperarlo; ella esgrimía tu felicidad, su obligación de que pudieras gozar nuevamente de una familia; una tarde salió hacia su encuentro; cuando regresó yo, pese al amor que le tenía y que nunca dejé de tenerle, ya me había ido; tu padre la había rechazado y ella me buscó, me rogó que volviera a su lado, pero mi decisión estaba tomada; en cuanto pude me fui del país, viví durante años en España, allí pude, finalmente, formar una familia; tengo dos hijos y acaba de nacer mi primera nieta.

Francisco se despidió con la certeza de que no volverían a verse. Porque así como ante Laura, desde el primer instante, el afecto había fluido en ambas direcciones, todo el rato que había permanecido frente a Germán, escuchándolo con suma atención, no dejó de acompañarlo un incisivo malestar. Estaba yendo a buscar el auto cuando decidió que tenía ganas de caminar un rato. Necesidad. 

Mañana es el día del padre y quiero comprar una corbata porque ahora tengo plata todavía me quedan cuarenta y cinco pesos las miro bien a todas y por fin me decido por una azul con rayitas celestes y se la doy a  la vendedora y mamá me dice Francisco tendrías que comprar otra para Germán porque ahora él también es tu papá y agarra una marrón con puntitos y se la da a la señora junto con la otra yo no quiero comprarle una corbata a Germán porque yo tengo solamente un padre todo el mundo tiene solo un padre y además la plata me la dio mi papá pero  la vendedora dice son veinticuatro pesos y yo busco dos billetes de diez y cuatro monedas y se los doy y ella me entrega los dos paquetes y salimos caminando y mamá habla pero yo no y cuando llegamos me dice tenés que escribir las tarjetas pero yo le digo no voy a hacer la de Germán si querés hacéla vos y me meto corriendo en mi cuarto y cierro la puerta y mamá me grita Francisco.


Se ve que me trajeron dormido porque me despierto en mi cama y está todo negro y los motores de los autos que pasan son como ráfagas y aguzo el oído porque me parece que maúlla la gata capaz que se quedó afuera y ahora quiere entrar pero cuando escucho mejor me doy cuenta de que no es la gata y me tapo la cabeza con la almohada porque tengo náuseas seguro que por la torta de casamiento con los dos muñequitos.