viernes, 12 de agosto de 2016

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Lo ayudó a Camilo a bañarse y, como cada noche, el rosario de cicatrices le percudió el alma.  Mirá, papi, como muevo la rodilla la lluvia cayendo sobre la pierna levemente elevada de su hijo sentado en un banquito me duele pero puedo, me dijo Juan que si sigo trabajando así pronto me van a dejar pararme. ¿Te pasa algo? preguntó Valeria cuando coincidieron en la cama. Estoy cansado contestó y se acurrucó contra ella. Necesitaba que lo tapasen y le dijeran que sueñes con los angelitos. Pero más allá de que el dolor compartido los había unificado, leía en los ojos de su mujer preguntas congeladas. Quizás ella también había hecho una suerte de pacto interno, porque el accidente de Camilo había rebajado a la característica de insignificante todo aquello que antes parecía trascendente. Dos en uno pero, por momentos, un hálito helado soplaba entre ellos. Y esa noche Valeria no registró que él necesitaba ser cobijado  y él no pudo soñar con los angelitos.  Tampoco con el diablo porque no durmió. A las cuatro de la mañana, harto de sofocar los ruidos del insomnio, se levantó. Fue a la cocina, abrió la heladera y la volvió a cerrar. Optó por un té. Se instaló con la taza en el sofá del living e intentó reordenar lo pensado durante todas esas horas. Aunque lo más sensato era optar por la prescindencia, le resultaba intolerable saber que en algún lugar de Rosario un hijo suyo estaba pateando un vientre que él no tocaría. Recién reparó en que no le había preguntado a Claudia por el sexo. Ella le había comentado que había sido una suerte que Rocío naciera mujer, que los varones necesitaban aún más del padre. ¿A quién le haría más falta él?, ¿quién me golpeará la puerta dentro de quince años? No había solución, alguien tendría que sufrir. Y si la opción era su mujer y sus tres hijos o ese ser que él no había buscado engendrar, no era muy difícil la elección. Sí lo avergonzaba su actitud frente a Claudia, en la vida se había portado peor con alguien. ¿Con la madre de mi hijo? Valeria era la única madre de sus hijos. Y si había valorado a Claudia como amante, como amiga, como profesional, no siempre había estado de acuerdo con su accionar como madre. ¿Él quería que su hijo tuviera a esa mamá? Su concepción de la crianza de los niños estaba centrada en la estabilidad. Los chicos precisan orden, rutinas, equilibrio.  La vida de Rocío había sido una batidora, tantas veces considerada como adulta cuando no era más que una criatura. Insoportable saber que uno de sus hijos remedaría sus vivencias infantiles mientras los otros gozaban de la serenidad de un hogar. Intentó aliviarse recordando que estaban los abuelos, su presencia era importante, seguramente cuidarían al bebé cuando Claudia fuera a trabajar. También con respecto a la situación material estaba tranquilo, no le iba a faltar nada, aunque eso, de todos modos, era lo más sencillo de solucionar.  ¿Qué sería más traumático para los chicos?, ¿enterarse dentro de muchos años que su padre había tenido un hijo al que había abandonado o saber ahora que existía un hermano con el que no se podrían relacionar? Fue una espada en las entrañas. Ese bebé, de alguna manera, era hermano de sus legítimos hijos. Más allá de privarlo de crecer con su progenitor le estaba amputando los hermanos. Nadie iba a poder perdonarlo. Una pesadilla. Escuchó ruidos desde el cuarto de Camilo. Subió inmediatamente ¿Qué pasa, hijo? preguntó alarmado. Me duele, papá, me duele mucho,  Francisco se acercó a la cama, lo ayudó a incorporarse y se sentó junto a él. ¿Te preparo un té? ofreció.  Lo que quiero es un calmante más fuerte pidió Camilo un cortaplumas me está escarbando las piernas. Tanta la angustia de Francisco que no le cabía en el cuerpo.  Ni una brizna más de dolor para este hijo. El otro tendría que esperar.


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