lunes, 30 de mayo de 2016

62

En cuanto abrió la puerta, Pepe lo percibió, reclamándolo. Le hizo un par de caricias y le dio de comer. Después se sacó los zapatos y se arrellanó en el sillón del living. Para apagar su cabeza encendió el televisor. Una película épica en blanco y negro. Rojo, azul, verde, amarillo, negro y marrón

No te olvides de pedirle el dinero a tu padre me dice mamá mientras me besa el martes vence la luz y no tengo un peso y yo le contesto sí mamá y me subo al remis y Julio hace su recorrido de  siempre las masas del molino la frutería la rotisería los bombones de liondor las flores para la abuela. A la tarde papá nos lleva al cine a los tres y vemos benur que mucho no entiendo porque los carteles pasan muy rápido y casi no puedo leerlos y cuando salimos vamos a cenar a la emiliana  y yo miro el menú y papá me dice comé lo que quieras  y me fijo en la columna de los precios y veo que cada  plato cuesta más que el buzo que necesito para gimnasia y después el mozo nos trae unos bifes increíbles y una parva gigante de papas fritas y yo me pregunto qué estará comiendo mamá en la heladera no había casi nada y los tres hablan mucho mientras picotean las papas y yo estoy esperando a quedarme solo con papá porque todavía no le pedí la plata hasta que el mozo pregunta y de postre y Guillermo pide un panqueque de manzana que después compartimos y papá y Alicia no y  toman café bien cargado y cuando lo terminan papá paga y salimos y yo pienso que capaz que dejamos primero a los chicos pero papá le dice a Julio tome lacroze y yo me digo se la tengo que pedir se la tengo que pedir pero no me animo y además me duele la panza seguro que por el panqueque aunque mucho no comí y el auto va muy rápido porque llegamos demasiado pronto y cuando Julio estaciona yo digo de un tirón mamá me dijo si le podés dar el dinero y Alicia protesta todavía no es principio de mes y yo le explico es que vence la luz y ella dice eso le pasa porque siempre gasta sin calcular entonces papá dice me lo hubieses pedido antes no tengo efectivo encima y yo insisto pero la luz vence el martes entonces él me dice avisale a tu madre que mañana le mando el dinero con Julio y Alicia dice papá no es tu problema dejala que se arregle sola o que se lo pida a otro y yo abro la puerta y me bajo pero papá me dice Francisco no me saludaste y yo me acerco y le doy un beso a través de la ventanilla abierta y Alicia pregunta para mí no hay nada pero yo solo levanto la mano y me voy y toco el timbre y cuando el auto arranca mamá abre y me dice cómo te fue y se inclina y me besa y  yo le cuento bien fuimos al cine y a cenar y ella me pregunta tu padre te dio el dinero y yo no tengo más remedio que contestarle mañana te lo manda porque hoy no tenía entonces mamá dice más fuerte qué llamativo porque para el cine y el restaurante sí que tenía y yo trato de disculparlo lo que pasa es que yo se lo pedí después y mamá me reta Francisco te dije que se lo pidieras en cuanto llegaras ahora no sé qué vamos a hacer entonces me da rabia y le digo pedíle a Germán y mientras me vienen las lágrimas corro hasta mi cuarto y mamá me llama Francisco y yo cierro la puerta y me tiro sobre la cama pero mamá la abre y entra y se sienta en la cama y me acaricia la cabeza y dice pobrecito mi Francisco y aunque no quiero llorar no me aguanto y se me sacude la panza y se me revuelve hasta que de repente me ilumino y me siento y le ofrezco mamá yo tengo bastante plata adentro del chancho entonces ella me tranquiliza no te preocupes  y me revuelve el pelo y dice Francisco sos mi sol no se qué haría sin vos


Al abrirse las puertas de la camioneta, los chicos se abalanzaron como los perros al recobrar la libertad. Luciana y Tobi corrieron a abrazarlo. Camilo, quizá por la presencia de sus primos, esperó a que él, con los otros dos colgados de las piernas, se acercara. Francisco recibió el equipaje que le tendían y luego de saludos varios entre cuñados y sobrinos, tíos y primos, los chicos entraron y se precipitaron a sus cuartos. Mientras Francisco subía le llegó la voz de Camilo justo el tomo que me faltaba. Luciana, en su cuarto, sentada en el piso, seleccionaba los bordes del rompecabezas como él le había enseñado. Tobi, en el suyo, luchaba con el paquete. Francisco lo ayudó a desenvolverlo y se sentó sobre la alfombra, a jugar con los bloques. Camilo, entrando, reclamó papá, estoy muerto de hambre. Francisco, pese a las protestas de Tobi, se levantó y se encaminó hacia la cocina. Cuando lo vio pasar Luciana gritó papi, yo te ayudo

viernes, 27 de mayo de 2016

61

Estoy jugando a la casita robada con la abuela y justo cuando me agarro un pozo gordísimo suena el teléfono papá va a atender y después vuelve y dice muy serio Francisco vení la abuela lo mira y levanta las cejas y después dice yo cuento los puntos me parece que ganaste entonces dejo las cartas sobre la mesa y lo sigo hasta su escritorio y nos sentamos y papá me dice Francisco el juez y yo no sé qué será un juez decidió que debés volver con tu madre yo pienso qué macana  justo ayer le di mi teléfono nuevo a Enrique y después le pregunto por Guillermo y Alicia y papá me explica el juez determinó que ellos se pueden quedar porque son más grandes y cuándo me tengo que ir pregunto y él me contesta hoy mismo y a mí me dan ganas de llorar pero pocas  porque pienso que es mejor ya me daba un poco de pena por mamá. Y además por aquí no pasa el tranvía.

Salió de la juguetería con tres paquetes. Entró a su casa, distribuyó sobre las camas los regalos y luego bajó. Era exótico estar solo en esa casa siempre poblada de voces, de gritos, del bullicio provocado por células que se reproducían a un ritmo vertiginoso generando, diariamente, centímetros, gramos, destrezas. Fue hasta la cocina, abrió el freezer y esta vez eligió canelones; estaban ricos pero ninguno como los tuyos. Sonó el teléfono. Rocío fue a cenar a lo de una amiga, ¿te paso a buscar y comemos algo? Él, obviando los canelones,  aceptó de inmediato. Porque deberían despedirse

 Papá hace detener el remis bajamos y me ofrece elegí lo que quieras y yo enseguida agarro una caja de lápices carandache de doce y los acerco a mi cara y los huelo pero papá me los saca de la mano y los devuelve a su lugar y le dice a la vendedora déme una caja de treinta y seis y yo no puedo creerlo nadie en el mundo tiene una caja de carandache de treinta y seis y quiero que sea mañana para llevarla a la escuela y la señora me entrega un paquete adentro de una bolsa después subimos al auto y viajamos callados y yo huelo la bolsa y la aprieto hasta que llegamos.

Mientras la esperaba en la esquina registró que la noche era espectacular. El cielo, un mar de estrellas. Su cuerpo, solo un envase para el deseo de verla. Cuando descubrió el auto, acercándose, sonrió a solas, absurdamente feliz. Al subirse, el aroma terminó de cerrar el lazo. Recién con Claudia se había percatado del poder que ejercían sobre él los perfumes. De la pituitaria directo a los testículos.

Julio me tiende la mano para ayudarme a bajar y después saca la valija del baúl y la deja a mi lado y papá también baja qué raro y toca el timbre y después se agacha para quedar a mi altura y me abraza fuerte me parece que así nunca me abrazó pero yo no puedo abrazarlo porque tengo la bolsa entonces me dice el domingo te vengo a buscar y se mete en el coche y yo me quedo parado frente a la puerta con la valija al lado y la bolsa en la mano hasta que abre mamá justo cuando el auto arranca.

El tenedor de Francisco detuvo su trayecto. ¿Qué te pasa? inquirió ella, preocupada. Te miro dijo él. Claudia, automáticamente, se pasó las manos por el cabello ¿tengo algo? Él contestó todo lo que me gusta y supo que, al menos por hoy, era absurdo plantearse prescindir de ella.

Mamá se agacha y me abraza y dice gracias a Dios pero yo no puedo abrazarla porque tengo la bolsa el corazón le late fuerte y me parece que llora pero no me fijo y después se para y agarra mi valija porque yo llevo la bolsa y le digo después te muestro lo que me compró papá y entramos juntos y sobre la mesa del comedor hay un paquete.

No quiso que ella lo llevara hasta su casa. Precisaba caminar. A medida que se iban develando los misterios la sensación era contradictoria. Por una parte el alivio de contar con certezas; por otra, una suerte de vacío. Al delinearse cada imagen, otra era anulada. En eso estribaba la maravilla de saberse ante el principio de una historia. Capítulo cero, símbolo de la máxima energía potencial. Instante en el que todo era posible.  Luego lo pluripotencial se iba diluyendo, transformándose como lo indicaban las leyes de una física remotamente aprendida, en energía cinética, incapaz de volver para atrás. Recordó la emoción experimentada en el momento mágico y fugaz en que un hijo brotaba de Valeria. Segundos después conocer el sexo eliminaba la existencia del contrario; el cabello rubio al negro.


Es para vos dice mamá desde la cocina y yo abro el paquete y es una caja de carandache de seis entonces  pateó mi bolsa debajo del aparador rápido porque mamá entra y yo le digo muchas gracias era lo que yo más quería y ahora sí la abrazo fuerte y nunca tuve tanta pena  y ella me aprieta y me pregunta qué te compró tu padre y yo le contesto un autito y  después le cuento que soy tan  distraído que me  lo olvidé allá. 

miércoles, 25 de mayo de 2016

60

Acostado en el diván Francisco llora mansamente. Él sabe que ella no se acercará. Cuando un incalculable tiempo después las lágrimas deciden interrumpirse  él le cuenta que está en la silla y que Alicia le pregunta y que él no le contesta y que mientras Alicia lo sigue mirando él empieza a mermar en la silla porque sabe que la única posibilidad de salir indemne de esa es desaparecer y cuando él ya es un punto un granito de arena los labios de Alicia amagan con  moverse y él quisiera sellarlos ahorcándola si fuera necesario y en su feroz impotencia pide ayuda que suene el timbre que se corte la luz que haya un incendio y entren los bomberos atronando con su sirena así ella se asusta y se va y lo deja  pero no pasa nada y cuando los labios de Alicia ya se abren y él está perdido porque no puede salvarlo ni superman escucha una voz que dice lo que estás haciendo está muy mal y él cree que es santa maría madre de Dios que lo reta porque tuvo los malos pensamientos y las ganas de ahorcarla y la voz sigue Francisco es chiquito y no puede decidir estás equivocada porque vos también sos demasiado chica y vos también estás sufriendo; si lo querés tanto agarralo y llevátelo pero no le preguntés. La angustia de Francisco va cediendo. Claudia la retó a Alicia y él ya no tiene tanta rabia. A lo mejor hasta puede perdonarla.

Claudia se quedó en el consultorio y él tomó un taxi hacia el estudio. En cuanto llegó miró la agenda. Tantas cosas por resolver.  Levantó el tubo y discó. Atendió Luciana que empezó a darle la lata hasta que Carolina le sustrajo el tubo. La experiencia aún mejor de lo calculado; el regreso, por motivos laborales, adelantado. La noticia le generó sentimientos enfrentados. La alegría de ver pronto a los chicos, la contrariedad ante el fin de su independencia. La primera llamada fue a Carmen. Mañana a la tarde regresan los chicos; por favor prepare milanesas y déjeme papas cortadas. La segunda a su mujer. Pese a las buenas noticias, Valeria tenía mala voz y él no tuvo fuerzas para inquirir sobre los motivos. Cortó con la culpa incrementada. La tercera llamada fue a Claudia. Los tiempos se acortaban. Lo atendió el contestador. Francisco miró el reloj, fastidiado. Mario.

Francisco pasá dice Alicia. Está sentada ante su escritorio y señala la silla de enfrente. Me siento contra el respaldo, las manos sobre el asiento, los pies no me llegan al suelo. Yo me voy a vivir con papá a lo de los abuelos dice y  vos tenés que elegir si te quedás acá o si venís conmigo. Muevo las piernas para adelante para atrás. Estoy esperando tu respuesta. Las muevo un poco más y después le pregunto qué va a hacer Guillermo. No importa lo que haga él dice tenés que tomar tu propia decisión. Pienso en qué puede haber pensado Guillermo: papá, los abuelos, el cine, acostarse tarde, faltar al colegio entonces entusiasmado digo yo también voy. Estás seguro me pregunta mirá que a vos bien que te gusta hacer mimos con mamá. Yo no sabía que estaba mal hacer mimos y me callo la boca a lo mejor es porque ya crecí. Escribe mucho en una hoja y después la da vuelta y arriba de todo dice mamá con dos puntitos y Alicia me indica firma aquí. Me paro y dibujo mi nombre letra a letra en cursiva porque ya aprendí. Mamá se va a poner contenta.

Rojo, azul, verde, amarillo, negro y marrón. Francisco sale del estudio. Por un momento fantasea pasar por el despacho de Alicia. Con qué sentido. No está en condiciones de soportar burlas ni rechazos. Busca un adjetivo que lo califique. Abatido es insuficiente. Aplanado. Hundido.  A lo mejor mamá nunca se dio cuenta trata de consolarse.  Evoca episodios vividos con Valeria, con sus hijos, con amigos. Infinidad de decepciones, de pequeñas tragedias cotidianas van cambiando de lugar en su escala de apreciación a medida que desfilan. El jueguito de té de porcelana de cuando ella era chica que su madre le está entregando a Luciana y que al cambiar de manos cae al piso, estrellándose y arrancando gritos a nieta y abuela, trepa, finalmente, al primer puesto. De los doce hasta acá. Porque nada siquiera se arrima a la infinita compasión que le generan esos seis lápices. Pobrecita mi mamá.


Está parado en la esquina, incapaz de decidir el rumbo de sus pasos. Hasta que recuerda que mañana llegan los chicos. Esboza una sonrisa. Busca una juguetería.

lunes, 23 de mayo de 2016

59

Terminan sendas medialunas mientras los propósitos de Francisco se van disolviendo como el azúcar en el café con leche. Tenía hambre dice Claudia. Señal de que estás bien, el hambre no convive con la desesperación. Ella deja la taza sobre el plato estoy mejor porque ya tomé una resolución él, se pregunta, alarmado, si la resolución lo incluirá cada vez que Rocío va a ver a su padre terminamos así y después me lleva un  par de semanas recomponerla; si él quiere verla tendrá que molestarse; y si no viene, Rocío aprenderá a prescindir de él. Francisco se indigna lo que estás diciendo es durísimo, por malo que sea es el padre, Rocío lo necesita. Claudia es categórica en estas condiciones, le hace más mal que bien, ya lo hablé con ella y está de acuerdo. Francisco experimenta una impropia violencia Claudia, es una criatura, no está en condiciones de resolver. Ella no está dispuesta a reconocer su error Rocío es una nena muy madura y Francisco la increpa durante días te dedicaste a criticar a quienes manejaron mi infancia y ahora estás cometiendo los mismos errores; no puedo creerlo, vos, la analista omnisciente, involucrando a tu hija en semejante decisión. Ella, impertérrita,  intenta calmarlo te ruego que te comportes como una persona civilizada sin embargo solo consigue enojarlo aun más. No puedo tolerar esta conversación sentencia él que un instante después dejará un billete sobre la mesa y se levantará.

Francisco subió al auto profundamente alterado, incapaz de procesar lo que acaba de suceder. Dentro de él, despedazándolo, la bronca, el deseo, el amor. Estaba cerca de su casa cuando, por fin, empezó a entenderse. Estacionó donde pudo. Cerró los párpados, y se recostó contra el asiento.

Un incalculable tiempo después, abrió los ojos. Tuvo la cabal certeza de que esa escena lo constituía. Diáfana, cristalina, transparente y dura. Un antes y un después. Subió a su boca la bilis del rencor. Alicia lo había arrojado irreversiblemente hacia la condena del libre albedrío. Nunca se lo perdonaría. Un par de bocinazos lo arrancaron de su angustia. Estaba frente a un garaje. No tuvo otra opción que arrancar.

Cuando entró, el teléfono sonaba con insistencia. Se apresuró a atender. ¿Se puede saber qué te pasó?  Él recordó la confitería y a Rocío y  dijo preferiría hablar en otro momento, te llamo luego. La voz de ella es dura creo que te tomaste demasiado en serio el protagonismo, ¿no te parece que en este momento mis necesidades deberían ser prioritarias? Claudia estaba accionando sobre su punto débil. No en vano se había desnudado, en presente y en pasado, en cuerpo y alma, frente a ella. Dáme tiempo pidió Francisco. No obstante, media hora después sonaba el timbre. ¿Puedo pasar? Y como él se quedó en el marco de la puerta bloqueando la entrada ella agregó por lo visto, no; parece que mi presencia contamina tu casto hogar. Francisco la desconoció, qué había quedado de su hierática analista. Prefiero que vayamos  a tomar un café atinó a decir. Casualmente conocés un lugar encantador que queda a mil cuadras de aquí. Está descontrolada pensó Francisco, incrédulo, y dijo Claudia sin saber cómo seguir.

Él espera a que el mozo se retire antes de decir lamento lo que pasó pero las situaciones que está atravesando tu hija me retrotraen a mi infancia ella lo mira, dolida  me gustaría que el daño que me hicieron sirviera al menos para evitar que sigan lastimando a Rocío.  Claudia se toma unos segundos y luego dice no es fácil asumir la responsabilidad total; cómo saber si lo que estoy eligiendo para ella con la mejor de las intenciones redundará en su beneficio o en su perjuicio. Nada será peor que obligarla a que decida entre su mamá o su papá afirma él, tajanteLa mirada de ella se hace punzante y recuperando su tono de analista inquiere ¿recordaste algo más? Él asiente y ella reclama contame. Él calla y ella lo observa en silencio, sin insistir, solo esperando; sabe que es la dueña de su pasado, le corresponde, se lo ha ganado en legítimo derecho. Un largo rato después él empieza a contarle que está en la silla y los pies no le llegan al suelo y los ojos se le llenan de lágrimas y Claudia llama al mozo que se acerca cuando las lágrimas empiezan a caer  y se retira cuando Francisco, tapándose la cara con las manos, intenta en vano ocultar los sollozos y Claudia entonces lo toma del brazo, instándolo a incorporarse. Luego lo conduce como a un autómata hasta el auto que ella manejará rumbo al consultorio.


viernes, 20 de mayo de 2016

58

¿Querés que maneje yo? ofreció Francisco rozándole la mejilla. Ella negó con la cabeza, tensa. Él supo que no debía hablar. Ya era noche cerrada y la ruta 2 estaba vacía. Francisco miró hacia atrás. Por un instante la imagen de Luciana se superpuso a la de Rocío. Imaginó a su hija rodeada por tíos, primos, hermanos. La vida era caprichosa en la repartición de los dones. Pobres y ricos, sanos y enfermos, felices y desgraciados, sin ninguna relación con los méritos ni con pecados. Cuál sería la lógica de Dios cuya existencia media humanidad sostenía. Francisco evaluó tal vez estoy sobrestimando la potencia del destino, Rocío lloraba en el asiento trasero porque sus padres habían  privilegiado sus necesidades sobre las de ella. La indignación de Claudia había sido tan intensa que no había podido evitar los gritos y las amenazas frente a esa criatura que solo atinaba a decir basta, mamá, vamos. Francisco volvió a mirar hacia atrás. La nena, ahora, dormía. Francisco se sacó el abrigo, se inclinó y, como pudo, la tapó con su campera.

Estoy tapado con el saco de papá y pusieron la radio suave y ya se me fueron las náuseas y estoy muy bien como si flotara porque esa maneja parejito cuando de pronto pregunta Francisco siempre es tan introvertido y papá contesta sí es bastante callado parece un gatito dice Laura dan ganas de abrazarlo.

Mientras abría la puerta Francisco sintió frío y recién  entonces se percató de que no tenía la campera. El auto se alejaba. Iba a llamarla  cuando descubrió que no le convenía. La excusa era perfecta: imprescindible volver pronto a verla. Cuando entró a su casa lo golpeó el olor a nadie. Ni el olor del limpiamuebles, ni el de los chicos recién bañados, ni el de la salsa, ni siquiera el de su loción para después de afeitar. Las persianas cerradas, varios diarios bajo la puerta, la nota del sifonero, las plantas secas. ¿Cuántos días había estado afuera?, ¿tantos como para justificar tal retiro de la vida? Quizás la felicidad es un globo que solo se mantiene inflado a fuerza de aliento. Así lucía su casa: como un globo días después de un cumpleaños.  A pesar del frío, abrió las ventanas, levantó las cortinas, encendió todas las luces, regó las plantas, puso la radio, correteó con Pepe. Recién entonces se sintió mejor. Como si la sobrevida de los cinco dependiera del salvataje de la infraestructura que, por su descuido, había estado en riesgo de desmoronarse. Fue a la cocina. Ni una cucharita fuera de lugar. Sobre la mesada una nota señor le deje varias comidas preparadas. Abrió el freezer. Las bandejas prolijamente rotuladas como exigía Valeria. Eligió  zapallitos rellenos, necesitaba comida casera. Los calentó en el microondas y, como si Valeria lo estuviera mirando, busco un individual y se puso la mesa. Reconfortado, cenó. Todavía estaba a tiempo de salvar a sus hijos. Rocío en el asiento trasero era el símbolo de su propia niñez.  Su relación con Claudia terminaría. Era un compromiso. Lavó los platos y se acostó.

Sí dice papá es el único de los tres que nunca me dio un problema  tiene un carácter envidiable te miento si le recuerdo algún berrinche y a vos eso te parece normal pregunta Laura este chico está sobreadaptado es imposible que con todo lo que le tocó vivir no presente síntomas por suerte papá me defiende si hay alguien que está bien en esta familia ese es Francisco te lo aseguro no le busques la quinta pata al gato pero ella insiste te equivocás Augusto este chico es humano y padece como cualquiera si fuera mi hijo lo haría tratar conozco un especialista en niños excelente entonces papá le explica mirá Laura yo respeto tu profesión pero te pido que la dejes dentro del consultorio sorteé las dificultades que se me han ido presentando sin necesidad de adjudicarle a alguien de afuera el derecho a juzgar mi transcurrir la vida hay que abarajarla como viene y tratar de amigarse con lo que a uno le toca es lo que siempre he hecho yo y lo que pretendo que aprendan a hacer mis hijos pero Laura lo interrumpe y a vos no te importa que mientras tanto el chico sufra papá levanta la voz mejor dejemos aquí esta conversación tanto que ya no se escucha la radio.  Laura me cae bien pero se equivocó. Yo no sufro.

Lo despertó el teléfono. Soy yo, quería avisarte que tu campera está a salvo. Él advirtió que ella había dicho soy yo con naturalidad plena y tratando de reponerse le preguntó por la nena. En cuanto llegamos revivió,  acabo de dejarla en el colegio; quiero agradecerte la compañía, me ayudó más de lo que puedas suponer: le conté a Rocío que eras un amigo de hace muchísimos años; me di cuenta de que le caíste bien y tratándose de ella no es poca cosa. Francisco permaneció en silencio, una revolución por dentro. ¿Ya desayunaste? preguntó ella.


 Me bajo del auto y papá me dice portáte mal que portarse bien es muy aburrido y tengo miedo de tocar el timbre y que mamá aparezca antes de que el auto se vaya pero por suerte Laura arranca rápido y mamá no la ve y después me pregunta por qué llegaste tan tarde y yo le contesto porque fuimos a comer quiénes fueron quiere saber  papá Guillermo y digo yo al final para que no me diga lo del burro entonces mamá pregunta y Alicia y yo le digo se quedó en lo de los abuelos y me voy rápido para mi cuarto pero mamá me sigue por qué no fue insiste y yo le digo porque no le gustaba adónde íbamos qué raro comenta ella y entonces me pregunta a qué restaurante fueron y yo le contesto no sé cómo se llama y mamá me pregunta qué comiste canelones le respondo pero no eran tan ricos como los tuyos como los tuyos no hay ninguno y mamá dice este Francisco y me da un beso.

miércoles, 18 de mayo de 2016

57

Francisco regresa del baño. Mirá el reloj, las cuatro de la mañana. Con la luz de la luna que se cuela por la ventana puede ver a Claudia durmiendo hecha un ovillo. Se reacomoda a su lado. La tapa con las cobijas y le acaricia el cabello con el dorso de la mano. Ella hace un leve movimiento pero no llega a despertarse. Francisco se incorpora y, apoyado sobre el codo, la contempla. La  boca entreabierta, la piel desnuda y tibia, el olor del amor. Paradójicamente  se absuelve no soy infiel. El rey Salomón lo ha seccionado y cada una de sus mitades pertenece a una mujer. Inferir que su amor por Claudia le quita algo al que siente por Valeria es tan absurdo como suponer que querer a Tobi ha mermado su devoción por los mayores. Se siente inmenso. La caja de las costillas quintuplicando su tamaño para albergar todo el amor del mundo. Recuerda La felicidad. Su estricta adolescencia no había podido menos que juzgar a ese hombre que confesaba a su mujer que tenía una amante y que amaba a ambas. Ahora puede comprenderlo. Claudia suspira y se aproxima aún más a él. Francisco le acaricia el cabello. Ella sonríe entre sueños.  Tal vez el amor que su padre le ha profesado a Laura no le había sido robado a su madre. Durante años lo ha juzgado con dureza. Quisiera desenterrarlo para contarle lo que le está pasando y por primera vez se plantea la posibilidad de no tener que renunciar a Claudia. Él tiene que ser capaz de explicarle a Valeria que este nuevo amor lo ha transformado en un hombre mejor, más sabio, capaz de amarla aún más que antes. Cierra los ojos. Utopías. Existe una única realidad que son sus hijos. Cuál es el saldo de su propia infancia, qué cuotas de disfrute y de sufrimiento soportó. Quizá las difíciles situaciones vividas durante la niñez han nutrido su sensibilidad, su inteligencia. Quizá si no hubiese atravesado cuanto le tocó  no podría querer a Claudia, a Valeria, a sus hijos, a sus hermanos, con ese amor que de tanto le duele. Si modificar el pasado fuera posible, no cambiaría ni una molécula de su infancia. La ama en  su brillo y en sus dolores. Añora su ser en estado puro. Su fidelidad animal. Tan mal no lo habrían querido si pudieron despertar en él tamaña capacidad de amar. Claudia abre apenas los ojos y se reacomoda. Francisco se sumerge entre sus pechos.

Estoy en la mecedora sentado en los brazos de mamá y escucho su corazón muy fuerte. Se hamaca, se hamaca. Papá aparece en el marco de la puerta con una valija y dice me voy. Mamá mira fijo la ventana y papá repite ya me voy. Mamá sigue hamacándose. Papá se va. Intento bajarme pero mamá me agarra fuerte y sigue hamacándonos y el pecho se le sacude y me sacude. Para adelante para atrás.

Lo despertó el ruido de la ducha. Controló la hora. Aunque era demasiado temprano se arriesgó a ser fastidioso. Discó. El tío me enseño a saltar vallas con el caballo  el entusiasmo de Camilo dice que soy un crack. Pasáme con Tobi pidió él. Yo también andé. La sonrisa de Francisco ¿mi muchacho anduvo solito? En el fondo la voz de la nena no hagas con la cabeza porque no te ve. Un lleno de zetas.  Luciana le sacó el tubo ¿ya compraste la quinta? susurró. La sonrisa de Francisco se expandió.  Al cabo de un largo rato logró interrumpir la enmarañada cháchara mañana a la noche los llamo, cuídense mucho, ah, me olvidaba pórtense mal que portarse bien es muy aburrido Claudia regresó desnuda. Papi, ¡mirá si te escuchara mamá!

¿Tenés alguna foto? preguntó ella untando el pan. Francisco buscó la billetera. Iba a abrirla cuando, de pronto, se detuvo. Claudia lo pescó al vuelo mostramela igual. Él dudó un segundo y luego se la tendió. Un primer plano de los cinco, riéndose. Qué chicos preciosos, Tobi tiene tu cara pero los dos mayores son idénticos a la madre, es muy linda tu mujer los dedos de Claudia rozando los rostros de sus hijos. A Francisco le molestó. Ella le devolvió la foto y él experimentó la aguda necesidad de escuchar la voz de su mujer. Mi mujer. Tal vez Claudia podía, además, leerle el pensamiento porque dijo quiero ir a un locutorio a hablar tranquila con Rocío.


Eligen las cabinas más separadas. Francisco no tiene suerte. Me levanté con muchas ganas de escucharte. Todavía estoy en Mar del Plata. Recién hablé con los chicos, sonaban maravillosos. A la noche intento llamarte de nuevo. Un beso demasiado grande. Claudia sale de la cabina demudada. Ya en la calle explica Rocío está muy angustiada, dice que el padre sale todo el día y que la deja sola, me pidió que fuera Claudia hace una breve pausa, quizás intentando organizarse ¿podrás tomar un micro?, necesito ir a buscarla ya mismo. Francisco no duda  te acompaño y después regreso por mi cuenta y ella se resiste no tiene ningún sentido, son como cien kilómetros. Dejáme por una vez que yo haga algo por vos. Claudia lo mira a los ojos y tremendamente seria dice gracias.

domingo, 15 de mayo de 2016

56

Estoy en el muelle pescando con papá y con Guillermo ellos pescan porque yo no saco nada y me da rabia y me da vergüenza pobre papá que me compró el equipo y de pronto papá dice habría que ir volviendo entonces Guillermo avisa yo me voy a nadar un rato y desaparece y enseguida siento un tirón muy fuerte en mi caña y papá grita Francisco pican y yo tiro con fuerza y él me ayuda y saco un pescado enorme y lo apoyo sobre el pasto pero mi pescado no se retuerce como los de ellos me parece que pesqué un pez muerto y justo llega Guillermo chorreando y le muestro mi pescado y él le saca el anzuelo y me dice enano sos un campeón estoy muy orgulloso de vos entonces papá repite vayamos volviendo y cuando meto mi pescado en el balde con agua y hielo busco el primero que pescó Guillermo para compararlos  pero no lo encuentro y tu pescado grande le pregunto y él me contesta se lo regalé a un señor.

Llegó hasta Miramar, comió un sándwich en un bar, dio una vuelta por el vivero, tomó un café en otro, cargó nafta y agarró la misma ruta pero en sentido contrario. La ciudad de los niños

Guillermo dice le voy a dar tu pescado a la abuela para que lo cocine porque es el mejor y el sol está cayendo y vamos los tres caminando con las cañas. Papá me lleva del hombro.

Descubrió, azorado, que durante todo el día había obviado la existencia de los suyos. ¿Podría vivir sin ellos? se encontró pensando. En cuanto llegara a Mar del Plata les compraría  alfajores. Apretó aún más fuerte el acelerador.

Estoy en un remis con Guillermo yendo a la casa de papá y bajamos y la puerta está cerrada y entonces le pregunto cómo vamos a entrar y él dice hay portero eléctrico yo no sabía que existían robots que abrían las puertas y Guillermo toca un botón que no es un timbre y al rato hay un ruido de chicharra y yo le preguntó qué pasó  y él me contesta tarado es el portero eléctrico se ve que el robot trabaja desde arriba y Guillermo empuja la puerta y cuando entramos al ascensor me dice no le hables a esa.

Ya anochecía y Claudia no lo había llamado. Ella estaba en su medio. Como pez en el agua. Todo lo demás venía después, Francisco incluido. Quizás hasta Rocío pensó y se sintió ridículamente asociado a esa criatura que no conocía y que, más allá del dormitorio y los peluches, parecía no existir. Su necesidad de Claudia era, en ese momento, primitiva. Más allá de sus sentidos, visceral. Le costaba respirar. Crisis de abstinencia. No podía seguir en el auto indefinidamente. No tengo un lugar reconoció lo único que garantiza mi existencia es el roce de su piel y pensó que por fortuna su mente no podía ser leída. Cursi era poco, kitsch. Se le cruzó la imagen de Horacio. Insoportable imaginar que su amigo pudiera descubrirlo en esas circunstancias. Para protegerse obvió a Valeria de sus divagaciones y prefirió olvidar que tenía hijos. Como el hambriento para el cual el universo es un  pan gigantesco, para Francisco, en ese instante, el mundo era Claudia, la carencia de Claudia. Se arrimó al cordón pero luego de unos minutos de sentirse peor, puso en marcha el motor. Un inmensurable tiempo después sonó el móvil. Si no hubiera estado preocupado desde antes habría comenzado a estarlo porque su taquicardia llegó como un látigo, feroz. Hace una hora que estoy en el hotel, ¿ya cenaste? En un instante su percepción del mundo cambió. Recordó la muñeca de Luciana, un botón en la cabeza permitía girarle la cara. Del llanto a la risa.  La voz de Claudia es el botón. Francisco maneja con la sonrisa puesta. Va a verla. Como un niño de cuarto B obedece a la señorita Susana y recita hoy los cielos y la tierra me sonríen, hoy llega hasta el fondo de mi alma el sol, hoy la he visto, la he visto y me ha mirado, hoy creo en Dios.

Guillermo toca el timbre y no abre el robot abre  papá y nos da un beso y dice pasen y hay una señora que se acerca y papá le dice Laura estos son mis muchachos Guillermo y Francisco y nos va señalando y esa dice se te parecen pero son más lindos y se ríen los dos yo la conozco me parece que en algún lado la vi es mala pero linda y joven más joven que mamá pero mamá es más linda y esa me da un beso y me dice hola pero yo no digo nada entonces nos sentamos a comer y esa cocinó canelones seguro que de acelga y los pruebo y son de carne y están ricos pero como los de mamá no hay y esa me pregunta a qué grado vas y yo no le contesto y papá dice Francisco qué te pasa y está serio y yo lo miro a Guillermo que baja un poco el mentón entonces le contesto a segundo y esa sigue me contaron que sos muy inteligente y que te va muy bien es cierto y yo levanto los hombros y entonces esa le pregunta a Guillermo a vos te gusta mucho el fútbol ¿no?  y  él sí que le contesta me encanta y esa sigue averiguando de qué cuadro sos  de boca como papá dice Guillermo siempre vamos a la cancha y vos también vas pregunta esa y niego con la cabeza y me pregunta por qué y levanto los hombros y papá dice yo lo invito pero nunca quiere y  esa menea la cabeza y recoge los platos y papá la ayuda qué raro entonces Guillermo me dice al oído sos idiota parecés una momia y yo no entiendo y le digo me dijiste que no hablara y él me explica pero no tenés que exagerar y justo vuelven con el postre que es helado y esa me pregunta de qué querés y yo lo miro a Guillermo que me hace una seña entonces digo chocolate y vuelve a preguntarme de algo más y yo lo miro de nuevo a Guillermo y al rato contesto frutilla y papá dice  Francisco qué te pasa y está muy enojado y ella dice dale tiempo y  Guillermo sonríe y de repente me agarran náuseas  y pido permiso y pregunto dónde está el baño y me dicen y voy contando rápido y por suerte aguanto y me arrodillo frente al inodoro y trato de no salpicar. Los canelones de mamá nunca me caen mal.


viernes, 13 de mayo de 2016

55

Se despiertan temprano. Francisco propone desayunar en la Boston pero Claudia solo tiene un propósito: leer, estudiar, repasar. Piden un desayuno en la habitación que Claudia, condensada en apuntes, a medias consume. Francisco, sabiéndose de más, guarda silencio Minutos después presencia la ceremonia de su  puesta a punto. Cremas, maquillaje, medias de seda subiendo por las piernas, tacos tomando posesión de los pies, el cierre de la falda surcando las caderas. Peine, cepillo, spray, secador. Él, que hasta ese momento solo había disfrutado del resultado, comprueba ahora el esfuerzo invertido en agradar. Recuerda a Valeria calzándose distraída un jean, la cara lavada, el pelo llovido. En la puerta del hotel pregunta a qué hora te desocupás y ella, categórica, responde hasta la noche no existo y a continuación anuncia te dejo el auto. Él entonces dispone te alcanzo. Prefiero tomarme un taxi. Él insiste. Ella es tajante dije que no.

Espléndida mañana. Ni Madrid ni Buenos Aires, igualmente anónimo.  Mar del Plata, fría y radiante, es un ofrecimiento. Aún no son las nueve, y tiene que levantarse el cuello de la campera a pesar del sol. Sus pasos sin consultarlo lo llevan a la rambla. Mira con ternura las cajas con caracoles, las mesitas que compiten exponiendo los minúsculos platos del copetín. Avanza por el Boulevard Marítimo, extasiado. Tantas veces se dijo podría vivir aquí. Está seguro de que si hubiera pertenecido a generaciones precedentes habría construido esas casas. Espléndidas sin ser ostentosas. Resistiendo, sólidas, el embate de viento, años y sal.  Camina y, cada tanto, controla la numeración. Llega a una esquina. Seguramente se equivocó. Coteja la dirección transcripta a su agenda. Desolado comprueba la inexistencia del error. La inexistencia. Un edificio de varios pisos. Ni siquiera demasiado nuevo, irrefutable prueba de que ya hace muchos años que borraron las huellas. Empero, el vacío genera plenitudes. Con los ladrillos provenientes de la demolición de los sucesivos y horizontales balcones va construyendo un chalet precedido por una hornacina para cobijar a Stella Maris, la virgen de los pescadores, al fin de una escarpada escalera surcando la loma. Paredes de piedra, techos de pizarra. Satisfecho, corona su obra con un pequeño salón vidriado donde retumba el rumor del mar y, agotado, como Dios el séptimo día, se sienta en un pequeño muro a contemplar su obra.

Estoy en el jardín de invierno que no sé por qué se llama así si a esta casa solo venimos en verano jugando con el pequeño constructor que me regaló papá y  como ayer terminé el último modelo que es el treinta y cinco ahora me toca empezar de nuevo pongo las cuatro columnas número uno en cuatro agujeros de la base A  deslizo por las ranuras una puerta y tres paños ciegos rojos y encima tres ventanas y fijo todo con una plantilla con cuatro agujeros y arriba pongo el techo y por el hueco de la puerta meto la cama grande y una chica porque más no entra y después la mamá y el papá y un nene en la cama grande y los otros dos amontonados en la chica Guillermo dice que soy un marica pero él no entiende mamá sí por eso me compró los muebles y los muñecos no entiende que yo no juego con los muñecos yo les hago casas y como ya terminé el modelo uno ahora me toca el dos que también tiene un solo cuarto pero más grande por eso entran tres camas y Alicia duerme sola y cuando papá me compre el otro pequeño constructor que me prometió  voy a juntar las dos bases para construir un modelo gigante que de un lado va a tener dos pisos y del otro tres así le pongo distintos techos y además le voy a hacer un jardín de invierno con los paños transparentes que el abuelo me fabricó con el celuloide de los cuellos de las camisas y le voy a hacer una torre como la de la quinta y un balcón con balaustrada como el de amenábar y un garaje como el  de los abuelos porque si hay algo en la vida que me encanta  son las casas.

Estoy por el modelo tres  cuando viene papá y me ofrece querés acompañarme a la rotisería y yo le digo que sí y dejo el techo sin poner porque vamos para que la abuela no cocine que el mar nos da mucha hambre y a mí me gusta caminar por la calle con él que me lleva del hombro y me gusta la rotisería con tantos olores qué querés me pregunta papá y yo le contesto ensalada rusa y él me dice siempre pedís y después sobra y me lo dice serio y me arrepiento mejor no compres pero la señora ya llenó el pote para colmo el más grande y yo le digo te prometo papá hoy me la como toda.

La abuela me sirvió también matambre que ya me lo comí y me falta un poco de ensalada y cargo dos cucharas y la termino quién quiere más  pregunta la abuela y como nadie contesta y queda más de la mitad  digo yo y me sirve un poco y la trago como puedo pero sigue quedando y vuelve a ofrecer y papá me mira y yo digo servíme y me la sirve toda y me duele la panza y papá dice al fin una vez que la ensalada se termina y sigue charlando con Alicia  y me dan arcadas por eso pido permiso y me levanto de la mesa y voy al baño corriendo y cuento unodostres y abro la puerta y la cierro y me arrodillo y levanto la tapa y vomito qué suerte que llegué.

Los pescadores aficionados lo observan con más inquietud que sorpresa. Francisco se sabe de más pero persiste y deambula entre líneas y cajas con anzuelos. Hasta que el rencor contenido en las miradas lo arroja de nuevo a la arena. Francisco camina, reflexiona y camina. Sus recuerdos son dinámicos, como escenas de cine. Acuden y escapan, ingobernables, inasibles en su fluidez. Él necesitaría perpetuarlos, convertirlos en fotos capaces de retener olores, temperaturas, sonidos. La red se va cerrando, al menos ya conoce a los protagonistas. Germán y ahora Laura. Claudia se va a sorprender pero después piensa que quizás a ella ya no le interese escucharlo. Más aún, descubre que el tiempo que les está siendo concedido es demasiado escaso para contaminarlo con algo distinto del urgente presente. De pronto apenado, desiste de la playa y busca una confitería.

Estoy en el jardín de invierno tirado en el piso escribiendo querida mamá hoy fuimos a la playa y de repente me llega la voz de papá que está hablando fuerte por teléfono no Laura no vengas ya te lo he dicho mil veces cuando veraneo con mis hijos quiero estar solo con ellos no te aflijas te quiero tanto como siempre pero en esto soy inflexible nos veremos pronto un beso sí yo también te extraño y se ve que corta porque no lo escucho más y sigo escribiendo me metí en el mar y de pronto papá entra y me pregunta qué estás haciendo y yo le digo estoy pensando que esta casa es muy grande y sobra mucho espacio y que a mí no me molesta que nos vengan a visitar.


Francisco miró el ticket, dejó el dinero sobre la mesa y salió. Subió al auto y creyendo que no sabía adónde se dirigía, arrancó. Minutos después estacionaba frente al hotel del congreso. Entraban y salían  hombres de traje, mujeres acicaladas. Luego de media hora la vio descender la escalinata, charlando animadamente con un señor muy elegante. Francisco entró en pánico. Un desastre que ella lo descubriera. Un bochorno un quemo un papelón. Puso primera y apretó a fondo el acelerador.

jueves, 12 de mayo de 2016

54

Optaron por el auto de Claudia. Sentado a su lado, Francisco levita. Silencio, concierto para clarinete de Mozart, perfume. El deseo es una nube desde la cual la observa. Cabello cuello uñas rodillas muñecas. Casi obscena contemplación. Porque no está dormida ni mucho menos muerta. A ella no parece  molestarle y, cada tanto, le dedica una sonrisa distraída. A Francisco le escuece la piel. Todas las células nerviosas concentradas en su contorno en descarado reclamo. Francisco se avergüenza de su deseo, cuarenta años, y le pregunta qué pensás buscando distraer los sentidos.  Repaso contesta ella mañana tengo que presentar un trabajo. Francisco apaga la radio practicá en voz alta le propone y agrega, remedando a Camilo, no me molesta. Ella luego de unos segundos arranca la amnesia disociativa es una incapacidad para recuperar información personal importante, la cual es demasiado generalizada para ser considerada un olvido normal. Francisco piensa soy un depravado porque las palabras de ella lo retrotraen al diván y tiene que reubicar el diario sobre los muslos para ocultarse.

Rosa trajo a la Susi. Yo la invito a ver mis autos y ella no me contesta pero me sigue y entramos y yo cierro la puerta de mi cuarto y me tiro en el piso a jugar Susi se queda parada y me mira tiene la cara llena de gotitas porque hace calor mucho calor entonces me siento y me saco las boyero y ella de pie las alpargatas yo me paro enfrente y la miro es casi tan alta como yo tiene dos trenzas negras con moños rojos y como tengo calor me saco la remera y el pantalón con las manos sudadas y ella se saca la solera me mira desafiante y se baja la bombacha.

¿Cama matrimonial?

No puedo creer lo que veo lo que no veo en realidad mamá tenía razón se le gastó entonces le digo cochina andate y ella junta el montoncito de su ropa y sale corriendo mientras yo me visto apurado porque estoy temblando. Nunca más me toco nunca más

No estaba subiendo para ver a su analista. Está subiendo con su analista. Como si la presencia de ella supusiera la materialización de tantos pensamientos urdidos en el breve trayecto de ascensor que lo había conducido, durante días, hacia la cruzada contra su amnesia. Todo tenía su lógica. Si subiendo solo le era adjudicado un diván, el obvio resultado de la ecuación número de plazas = número de individuos era la cama matrimonial que en ese ámbito, por extranjeros, súbitamente lícitos,  habían solicitado. Francisco se apartó para contemplarla mejor. Conjunción de curvas y de rectas. La línea del cuello estallando en los pechos; la esbeltez de las piernas, en las caderas. El deseo, otra vez, al acecho. Francisco contó uuunooo, dooos, treees. Ralentar el tiempo. Limitar el espacio. Ahora, siempre, acá. Las puertas, sediciosas, se abrieron.

Entran, dejan los bolsos sobre el piso, y quedan enfrentados mirándose en la habitación de este ya no modesto hotel. Él le va quitando la ropa con forzada lentitud.  Ella lo deja hacer, colaborando solo en lo imprescindible. Él la quisiera chola boliviana, faldas y más faldas. Cuando por fin emerge de la crisálida, la perfección de su cuerpo lo enceguece. Él la contempla como a una modelo el escultor. Ella, los brazos bajos,  serena, ni siquiera sonríe. Sabe que es necesario. Quizás tiene frío porque de nuevo, y gradualmente, los pezones se le avivan. Él descubre que no le alcanza y le dice caminá y no es ni un pedido ni una orden solo la precisa manifestación de su deseo. Él está vestido y la observa. Ella, desnuda, deambula.


Cuando Francisco regresa del baño la encuentra rodeada de papeles. Sentada en la cama, solo los anteojos perturban su desnudez. Él se acerca dispuesto a recomenzar pero la piel de ella lo impugna. No es un pedido, es una orden dejáme, tengo que estudiar.  Francisco descubre que la situación es ostensiblemente grave. Ha comenzado a amarla.

lunes, 9 de mayo de 2016

53

Le tomó unos segundos recordar dónde estaba. Procurando aclarar la voz carraspeó. ¡Al fin! Francisco bruscamente despierto sonrió ¿qué hacé mi pequeña Lulú levantada tan temprano? Claudia, a su lado, abrió los ojos estaba esperando que me llamaras pero como no me llamaste y ayer también te olvidaste tuve que llamarte yo la sonrisa de Francisco se esfumó no me olvidé, muñequita y era cierto cómo olvidarse, solo el temor de que el pecado pudiera traslucirse en su voz intenté varias veces pero estaba en Luján y no tenía señal muy a su pesar, mintió ¿y qué estabas haciendo en Luján? Claudia se levantó fui a ver la quinta que tenía cuando era chiquito desnuda se levantó ¿y cómo es? Francisco la siguió con la mirada muy hermosa, grande, muy vieja  y muy hermosa ella entró al baño yo quiero una quinta, Ximena tiene Francisco estaba escindido cuando sea rico te la voy a comprar padre y amante ¿y cuándo vas a ser rico? él, pese a todo, sonrió nuevamente todavía no lo sé Francisco observó por la cortina entreabierta  seguro que pronto porque trabajás mucho, qué suerte, le voy a contar a los chicos ya había salido el sol de ninguna manera, este va a ser nuestro secreto él descubrió que el tercio del departamento de su madre bien podría convertirse en una quinta para disfrutar con sus hijos, ¿a qué otro fin lo habría destinado ella si le hubiera correspondido esa elección? me subo a los árboles, junto bellotas, me encanta el campo, por eso necesito la quinta él la interrumpió pasáme con tus hermanos, no puedo tanto lo divertía Luciana ¿por qué no podés? Claudia regresó del baño porque están durmiendo ya no estaba desnuda  contame cómo se portan pero sí descalza Camilo siempre me quiere mandonear, pero no te preocupes, no me dejo sus pies eran así, todo o nada Tobi me da mucho trabajo, las zapatillas se le desatan todo el tiempo el cuerpo de Francisco protestó pasáme con la tía inútilmente preparado no puedo Claudia, sin mirarlo descorrió las cortinas ¿por qué? ya había sol están todos durmiendo, te llamé porque estaba aburrida y además ahora tengo hambre, voy a hacer ruido para que se despierten y luego salió del dormitorio mejor come una galletita él escuchó ruidos desde la cocina mami me dijo que no agarrara nada sin preguntar Francisco descubrió que también él tenía hambre este es un caso especial, decíle a la tía que yo te di permiso miró de nuevo el reloj te mando un beso grande y ojo, no te empaches. Cortó y se desperezó con ganas. Irresistible olor a café y a tostadas.

¿Trabajás temprano? pregunta él. Tengo un paciente a las once contesta ella sirviéndole el café. ¿Mario? dice, burlón. El gesto de ella es duro parece que no entendieras lo que es mi profesión, lo que para mí significa mi profesión. Él le roza la mejilla sí que lo sé, también así me toco disfrutarte y percibe su tensión. No hagas bromas de mal gusto Francisco retira la mano ni vuelvas a recordarme que fuiste mi paciente. Él, confuso, opta por el silencio. Jirafa se lo había advertido con la analista no se jode. Desconcertante Claudia: fuego hielo acero miel. Francisco observa las uñas nacaradas sobre la taza que ella sostiene con tanta sencilla elegancia. Aun en bata, aun desnuda, una dama. La señora Ordóñez. Francisco se toca la cara y avergonzado recuerda que lleva más de un día sin afeitarse. Varias tostadas después Francisco se anima a preguntarle ¿ya levantaste la censura? Y como la mirada de ella muta, en la fracción de un segundo, del desconcierto a la agudeza, él reitera ¿cómo sigue esto? Claudia, casi imperceptiblemente, baja los hombros. Minúsculo gesto que conmueve a Francisco. También ella conoce su destino. Esta tarde me voy a Mar del Plata informa Claudia a un congreso. Lo demás no existe, cuestión de supervivencia mantenerla cerca. Te acompaño resuelve.

Marcela lo miró estupefacta ¿cómo que se va? ¿y la reunión con la señora de Urquijo? Él, confirmó su teoría de que las mujeres estaban puestas sobre la tierra para reglar los actos de los hombres y suspirando le respondió postergála ¿Para cuándo? Él, confuso, calculó para la semana que viene. ¿Cuándo se va?  Francisco, cerrando la puerta, informa me estoy yendo.


Por suerte Carmen ya no estaba. Metió tres cosas en un bolso y se disponía a salir cuando comprendió que debía dar explicaciones. Tengo que ir a Mar del Plata a ver un trabajo. Salgo en un rato. Trato de comunicarme desde allí. Besos. Al firmar como siempre yo se dio cuenta de que por una vez su superyo había sido vencido por su ello. Francisco imaginó sus represalias y se preparó para enfrentarlas. Si peco, peco sin más se dijo y se impuso la quimérica meta de ahuyentar la culpa. Solo cuarenta y ocho horas. Ni bien apagó la computadora lo asaltó la campanilla del teléfono. No, no puedo, me estoy yendo a Mar del Plata, por trabajo, por supuesto, lo dejamos para la semana que viene. Mintiéndole también a Horacio. Otra vez se empapó. Superyooó, ¡al ataque! 

viernes, 6 de mayo de 2016

52

Dio mil vueltas hasta que consiguió estacionar al otro lado de la calle, justo enfrente. Mientras maniobraba se vio en el espejo retrovisor. Pálido, ojeroso, veinticuatro horas de barba. Vaya con el galán pensó. Ocho y tres vio salir a un hombre impecablemente trajeado, de mediana edad. Mario determinó. Ocho y cuarto Francisco era un amasijo de palpitaciones y sudor. Se dio plazo hasta las ocho y veinte y a las ocho y veintiuno lo renovó. Ocho y media la vio aparecer. El corazón de Francisco se encabritó. Segundos después, mientras ella caminaba hacia la esquina, se le acercó. Al escuchar pasos tras de sí, ella redobló el ritmo de los propios. Claudia gritó él. Ella se detuvo, sin darse vuelta. Él cubrió la breve distancia que los separaba y le puso una mano en la cintura. Ella entonces giró, la boca entreabierta. Francisco se supo definitivamente perdido.

La intensidad del deseo recuperando la adolescencia. Como entonces, casi un instrumento el otro para descubrir las propias posibilidades. Labios piel pliegues rugosidades tersuras. Humedad, sudor. Orfebres laboriosos, artistas engarzando salientes y oquedades. Lujo de pobres. Sonidos ignorados brotando de la propia voz. Celebración de la naturaleza. Tomad, comed; esto es mi cuerpo. Banquete efímero y perpetuo de los sentidos.

Cuando salimos apenas lloviznaba pero ahora se largó con todo y el agua se cuela por la capota de Victorio y mamá me dice Francisco está lloviendo demasiado es peligroso seguir qué te parece intentamos volver a la quinta o nos quedamos a dormir en un hotel yo no lo puedo creer a un hotel nunca fui con mamá  un hotel cuesta mucha plata le digo y ella me tranquiliza no te preocupes por el dinero entonces digo  si se puede prefiero el hotel.

El sonido de la ducha cesó. Minutos después ingresaba Claudia, fragante y húmeda. Envuelta en una robe azul. Qué coincidencia dijo él. Ella lo miró sorprendida no te entiendo. Él cabeceo, sonriendo, se levantó de la cama y tiró del cinturón, saboreando por anticipado el privado espectáculo.

Un señor agarra el bolso y nos acompaña por las escaleras este hotel es enorme me parece que es de lujo el señor abre la puerta y entrega las llaves y se va hay dos camas una mesa de luz y hasta tiene placar y yo abro mi bolso y empiezo a guardar la ropa y mamá me dice no te entusiasmes hijo y se ríe con su risa y después me pregunta tenés hambre y yo le contesto un poco pero me puedo aguantar Francisco sos demasiado bueno dice entonces salimos a comprar y cuando volvemos mamá esconde el paquete en su bolsito porque hay un cartel que dice prohibido ingresar alimentos y bebidas y yo tengo miedo pero mamá me tranquiliza y cuando el señor de la entrada mira para otro lado subimos la escalera y llegamos y mamá abre la puerta y dice salvados y estamos tentados de la risa. 

Mientras Claudia se afanaba en la cocina, Francisco, usurpando una bata color salmón, portadora de su olor, recorría la casa, apreciando muebles y dimensiones. Deformación profesional pensó. Todo lo que la rodeaba la traslucía. Glamour. Empujó una puerta entornada. Pese a la penumbra distinguió la cama con volados. Peluches, muñecas, muchos almohadones. El corazón se le encogió. Apuráte que se enfría. Claudia lo esperaba sonriente, orgullosa. La mesa puesta con esmero. El tiempo de la ducha de él, le había alcanzado a ella para agasajarlo. Canapés de champignon. Francisco se descubrió hambriento. Inspiró profundamente y el olor de las especies lo embriagó. Claudia le ofreció una botella que él descorchó mientras ella partía el pan. Comed y bebed, dichosos los invitados a esta cena.

Mamá pone un repasador sobre la mesa de luz y saca dos vasitos plegables que siempre llevamos abre el paquete de las empanadas y con el papel arma platitos siéntese señor me dice y me señala mi cama y yo le digo las damas primero y mamá se ríe y se sienta y saca del bolso una botella de cocacola que me compró de sorpresa y las empanadas son riquísimas y mamá compró seis y nos las comemos todas y de repente me doy cuenta de que al día siguiente hay clase pero mamá  me tranquiliza no te preocupes hijo con lo que vos sabés podés faltar un mes  y juntamos los papeles y los tiramos en el cesto y mamá lava los vasos y yo los seco y después doblo el repasador.

Él, revolviendo el café comprende que es incapaz de prescindir de ella y le pregunta ¿puedo quedarme? No podría tolerar que te fueras. Como él esperaba el rechazo, la respuesta absurdamente lo asusta. Claudia dice.  Ella, con un dedo sobre los labios lo frena ni una palabra, Francisco, esta noche no.

  Cuando vuelvo del baño mamá me abrió la cama y me dobló la sábana como solo ella sabe y yo le digo no tengo pijama y ella me dice no importa desvestíte yo no te miro y me saco los zapatos y las medias y ella se da vuelta y me saco los pantalones y me meto rápido en la cama con mi remera y ella me pide ahora date vuelta vos y cierro los ojos y mamá me avisa listo y está acostada con la combinación y apaga la luz y me pregunta querés que te cuente un cuento y yo le digo que sí y le agradezco a Dios por la lluvia.

miércoles, 4 de mayo de 2016

51

Los ojos de su secretaria lo recibieron fulgurantes. Francisco escuchó pacientemente la retahíla de reproches. ¿Terminaste? dijo al fin. Ella lo miró sorprendida. Mirá, Marcela, este es tu trabajo y deberías ser capaz de tolerar mis deficiencias y aun más, de suplirlas. Es que usted antes no era así se defendió, dolida. Él dijo rotundo habré cambiado y se asiló en su escritorio. ¿Le preparo un té? la escuchó, conciliadora, a través de la puerta cerrada. Quedó parado frente al plano inconcluso. Y no era esa la peor tarea pendiente. Más de veinticuatro horas sin comunicarse con su mujer. Encendió la computadora. Valeria puso y Francisco descubrió en un instante el costo de la noche anterior. Desvastado. Más y más a medida que transcurrían los minutos. Ayer no te llamé porque tuve que ir a Luján a ver una obra y aproveché para visitar la quinta que teníamos cuando éramos chicos inició el mail. Como no consiguió seguirlo, lo guardo en borradores y pretextando un almuerzo que no consumiría porque después de mucho tiempo volvía a estar nauseoso, fue a dar una vuelta. En cuanto salió, la brisa sobre la piel lo devolvió al estado alcanzado en el auto. La brusca exacerbación de todos los sentidos. Recordó El perfume. Mientras caminaba intentó reordenarse. Había sido una conjunción maléfica: mujer hermosa + noche de lluvia + esposa lejana. Cualquiera hubiera sucumbido. Por qué no él. Un momento de debilidad que no tenía por qué poner en riesgo su pareja, su familia. Un mal momento. Francisco obvió recordar que la noche había sido de todo menos mala y que el momento llevaba ya varias semanas. El aire fresco y el sol purificándolo, él se sintió capaz de tomar la decisión. Lo lamentaba por Claudia, no había sido su intención usarla, la apreciaba demasiado para eso, no quería herirla, sin embargo, menos todavía quería lastimar a sus hijos, a su mujer. Repentinamente aliviado regresó al estudio. Pasó ante Marcela sin mirarla, se sentó frente a la computadora y cliqueó en borradores. Permutó Valeria por mi amor y se juró que nunca más necesitaría mentirle. Agregó un par de intrascendentes renglones y envió el mail, momento en el que la máquina le avisó que tenía un mensaje nuevo. El remitente le aceleró el pulso. Tal vez cometimos un error, pero gracias a eso los dos pudimos sacarnos veinticinco años de ganas. Aunque te parezca que  me burlo de tu declaración de principios te admiro por ellos; yo también tengo los míos, casi no me conocés. Valeria es tu mujer y vos sos mi paciente. Tratemos de no hacernos daño. Todavía estamos a tiempo. Unos pocos renglones cambiando la carátula. El macho bravío pero ennoblecido por sus remordimientos transformado en un ingenuo intrascendente en la cama. Maldito el momento en que la había encontrado. Que se guardara sus palmaditas en la espalda. Seducido y abandonado. Qué se creía. Los golpes en la puerta lo sobresaltaron. Arquitecto, la señora de Urquijo envió este croquis por fax. Instantes después Francisco trabajaba. La bronca, fiel socia, trabajaba con él. La respiración superficial, el pulso desparejo. De qué se las daba. Era él quien no quería verla más.

Un par de horas después Francisco se plantea si debe contestar ese mail. Luego piensa cómo. Hace varios borradores. En el primero deja constancia de que  él ya había decidido la distancia. En el segundo le agradece que lo haya ayudado a recuperar el pasado. En el tercero confiesa que le da muchísima bronca sentirse usado. Después del cuarto fracaso decide que no contestará. Que se quede con las ganas. Apaga con brusquedad la computadora y enfila para su casa.

Subió al auto y el perfume de Claudia fue un golpe en la nuca. El cuerpo se le abrió en un deseo puro, elemental, casi animal. Asido al volante, olvidó propósitos y mensajes, sucumbiendo ante ese anhelo que exigía, irreflexivo, pronta satisfacción. Buscó el teléfono. Lo atendió el contestador. Luego de insistir varias veces a intervalos ridículos, dejó un mensaje. Minutos después su teléfono vibraba. Las manos le temblaban al descifrar estoy atendiendo llamá luego 8.  Francisco controló el reloj. Siete menos cuarto. Puso el auto en marcha.


Sobre la mesa una nota de Carmen preparé una tortilla llamó la señora Valeria llegó la factura de la luz mañana me retiro más temprano porque tengo médico déjeme dinero para el sifonero. En cuanto percibió el movimiento, comenzaron los ladridos de Pepe. Francisco escuchó el ruido de su cuerpo abalanzándose contra la puerta. Levantó la cortina de enrollar y le abrió. La imagen misma de la alegría. Tantos movimientos simultáneos, imposibles de decodificar. Se agachaba, ya saltaba, ya golpeaba con la cola, ladraba, lo lamía y volvía a ladrar. Como habitado por el demonio pensó Francisco y le tocó la cabeza.  El perro, súbitamente exorcizado, se echó con las patas para arriba solicitando, ahora en tiempo y forma, caricias. Francisco entonces, mientras Pepe cerraba los ojos y gemía, se las proporcionó. Siete y media. Francisco abrió la puerta del jardín y Pepe, con la cabeza gacha, la cola entre las patas, salió. Francisco fue a la cocina, tomó soda en un vaso que no enjuagó, recuperó las llaves que había dejado sobre la mesita, apagó la luz y salió. Como habitado por el demonio.

lunes, 2 de mayo de 2016

50

Estoy con Quique jugando a nuestro juego que es rodear la cocina que tiene un reborde del ancho de un ladrillo y para no caernos nos agarramos de los clavos que clavamos en la pared con un martillo estamos justo en la parte más difícil que es  la casa de Quique porque ahí el reborde es más finito y entonces avanzamos sosteniéndonos con un palo que apoyamos en el piso pero como dejaron los ventiluces abiertos la única solución es enrollar una soga en los clavos y colgarnos con mucho cuidado porque abajo es el mar y si nos caemos nos ahogamos y nos comen los tiburones pero por suerte ya terminamos la vuelta y subimos por una escalera marinera al techo que es una isla y en la isla hay un árbol apoyado y nos trepamos a una gran rama que nos lleva hasta el tronco y por el tronco seguimos subiendo hasta otra rama donde está nuestra casa y allí nos sentamos en dos gajos cruzados que son nuestros bancos  y tomamos el agua que llevo en la cantimplora y ya está.

Revuelven en silencio el café con leche. Francisco piensa qué se dice en estas situaciones porque no tiene experiencia. Mientras mastica sin ganas la tostada suena el ´móvil de Claudia. Hola, Mario, cómo te va a Francisco se le atraganta la tostada te llamé para cambiar el horario porque tuve un inconveniente el pan consigue iniciar su curso pero ya lo solucioné; te espero a las once, como siempre aunque vuelve a atrancarse, Francisco pretende remediarlo con un trago; solo consigue atorarse y termina escupiendo por doquier café y cortezas. Ella se para e intenta auxiliarlo pero él la frena con un gesto y piensa romántico momento mientras se limpia con la servilleta. Por fin logra recuperarse. ¿Te preparo otra tostada? ofrece ella hacía mucho que no comía mermelada casera de ciruelas, está riquísima. Él niega con la cabeza, llama al mozo y  aclara se está haciendo tarde con una sonrisa inescrutable. Ella ladea apenas la cabeza. Por tu paciente, digo.

Justo estamos bajando cuando nos llama la mamá de Quique y entramos a la cocina y sobre la  enorme mesa de mármol está servido el tody que aquí es más rico y estoy por la mitad del vaso cuando escucho los gritos de mamá y voy al fondo y está subida arriba de una escalera podando los frutales y me dice radiante probá Francisco es la primera ciruela de la temporada y yo la agarro y la muerdo y el jugo me corre por la cara y es tan dulce que cuento uno dos tres pero muy lento para que el tiempo dure mucho y pueda quedarme siempre acá.


En la radio del auto, Rachmaninof, concierto número dos. El sol se refleja sobre las calles todavía mojadas. Francisco cuenta para adentro unoo doos trees. Sentada a su lado, Claudia. La mira por el rabillo. El perfil perfecto es la imagen misma de la serenidad. Mona Lisa. Francisco se va desprendiendo de la tensión del desayuno. Del silencio, de la tostada y hasta de Mario. Observa todo con atención. Aprecia los pequeños brotes de las plantas, la primavera ya en ciernes. Abre la ventanilla y el aire fresco le acaricia la cara. Una onda eléctrica le recorre la columna vertebral, aguzando sus sentidos todos. Percibe el aire, como si tocara sus moléculas y sus moléculas lo tocaran. El canto de los pájaros ignora las bocinas. Él se siente leve, puesto sobre el mundo solo para disfrutarlo. Porque el mundo es bello. Ahora sí la mira. Claudia le sonríe. La mano de él abandona el volante y se desliza hacia la rodilla vecina. Ella toma su mano. Ella es bella. En ese instante él también se siente bello.

Vamos a tener que vender la quinta me avisa mamá no puede ser le digo y por qué no puede ser me pregunta porque yo la necesito contesto y ella me dice hijo yo también la necesito pero no la podemos mantener y a quién se la vamos a vender averiguo  y ella me responde a quién la quiera comprar entonces digo vehemente yo la quiero comprar cuando sea grande voy a trabajar mucho y te la voy a comprar primero voy a comprar amenábar y después la quinta te lo prometo mamá

¿Dónde te dejo? Ella controla su reloj ya es tarde, lleváme al consultorio. Francisco imagina el impacto de Mario al verla. Imposible decide en cuanto llegue buscará una varita, y de las zapatillas brotarán urgentes tacos y el pantalón trocará en falda y se borrarán de su piel, centímetro a centímetro, cada una de mis huellas. El ánimo de Francisco desciende, milímetro a milímetro, a medida que se acercan. Quisiera ser un taxista inescrupuloso, dando rodeos, la banderita roja indefinidamente baja, mientras los números se empujan hasta alcanzar una cifra tan astronómica que al no poder ser jamás pagada transforme a la pasajera en su rehén. Te pasaste la voz de Claudia casi un grito. Francisco parpadea, se detiene y luego, sacando la mano, retrocede, paciente dócil y desahuciado. Cómo sigue esto pregunta entonces quizás esperando un mañana lo charlamos. El alma en la mirada, la mano en la manija del auto, ella solo dice debería no seguir. Él no encuentra otro recurso que besarla suavemente en los labios y preguntarle luego ¿vamos a poder? Ella abre la puerta y se baja.

 Mamá se acerca y me dice andá despidiéndote que ya nos vamos entonces junto todas mis bolitas y se las pongo a Quique en la mano y salgo corriendo y me subo a Victorio porque como soy un hombre no voy a llorar y mientras la espero pienso que mejor porque en la quinta hay gatas peludas y avispas y mosquitos y queda lejos y a veces hace frío y a veces no estoy solo con mamá mejor mucho mejor me digo mientras me sorbo los mocos.