viernes, 29 de enero de 2016

11

Café mediante, anécdotas del secundario fueron surgiendo sobre la mesa como dados arrojados desde un cubilete que iba pasando de mano. Ricardo agregaba un detalle a las imágenes evocadas por Francisco, este precisaba un nombre o una fecha a las aportadas por el primero. Hasta que Ricardo se retrotrajo al primario qué quilombo  se armó cuando agarré uno de los gatos que siempre merodeaba por la escuela y lo largué en el aula; la señorita Susana casi se desmaya; me suspendieron una semana, vos todos los días me alcanzabas las tareas hasta casa, ¿te acordás? El cerebro de Francisco en blanco. Ricardo insistía ¿y cuando tu mamá nos llevó a dar una vuelta para probar el auto que se había comprado? no tenía techo y todos nos miraban; cuando mi vieja se enteró casi me mata, la tuya era la única madre que manejaba;  a veces te dejaba arrancar el auto y todo; cómo te envidiábamos; siempre fuiste el mejor, yo era un animal, si me habrás soplado en las pruebas. Jirafa seguía, sin reparar en que hacía rato que parloteaba solo. Porque Francisco no  tenía ni la menor idea de qué hablaba su amigo. Si le daba crédito a lo que estaba escuchando, tenía que aceptar que otro sabía sobre él más que sí mismo. Una angustia insidiosa. Ricardo continuaba pero Francisco solo en parte lo escuchaba. Tratando de extraer de las neuronas alguna imagen contemporánea a las que le evocaban. Tan inútil como intentar responder sobre el capítulo trece de un libro que no alcanza la docena.   Finalmente Jirafa pareció advertir su silencio che, ¿qué te pasa? Francisco se encontró confesándole lo que siempre  había ocultado, a capa y espada, ante padres, hermanos, mujer, hijos y amigos. No recordaba nada de su infancia. Nada de nada.

Ricardo lo escuchó en silencio y se quedó reflexionando. ¿Te acordás de mi hermana?  preguntó al cabo de unos instantes. La imagen difusa de una adolescente acudió a Francisco que asintió. Es psicoanalista y en este momento está terminando su tesis, que trata justamente sobre las amnesias; si querés le pregunto, a lo mejor puede ayudarte.


Francisco esperó hasta el postre para comentar el encuentro con un compañero del secundario. Los chicos se rieron con la usurpada anécdota del gato. Cuando Valeria preguntó ¿volverán a verse? Francisco recién reparó en que no le había pedido el teléfono. Se dio un interminable baño de inmersión. Con éxito, porque cuando se metió en la cama, Valeria ya dormía. Él apagó de inmediato el velador. Amnesia. Amaneció con náuseas.

miércoles, 27 de enero de 2016

10

Mientras cenaban Luciana comentó la manzana me ayudó. Camilo acotó una fruta es una cosa, no puede ayudarte. Valeria salió al cruce a mí fue una pera quien me ayudó. Mujer e hijos trenzados en una fragorosa competencia verbal sobre la molestia de los dientes flojos, los métodos para lograr que se cayeran, el caudal de la sangre, el monto de las compensaciones. Francisco, suspendido, se escrutaba. Presionó la lengua contra los incisivos, pero lo único que encontró fue resistencia. Su lengua solo registraba resistencias, virgen de otras sensaciones. Los envidió. Luciana, reafirmada, preguntó y a vos, papi, ¿alguna  fruta te ayudó?

Intentó leer pero no pudo concentrarse. Una molestia difusa le recorría el cuerpo. Apagó la luz, y se acomodó de cara a la pared. Valeria entró al cuarto, a oscuras, y se acostó a su lado. Segundos después Francisco reconoció en la espalda los pechos de su mujer, rodillas calzándose en el hueco de las propias, una mano rodeándole la cintura. Pudo percibir su morbidez, su tibieza. Morbidez y tibieza que tenían el poder rotundo de provocarle una inmediata erección. Cualquiera otra noche. Porque esa, en lugar de girar y comenzar con la fase dos del rito, Francisco intentó regular el ritmo de la respiración. Lisa y llanamente, no encontró mejor remedio que hacerse el dormido.


Iba tan ensimismado que no tuvo reflejos suficientes para evitar el impacto. El suelo quedó tapizado de hojas que aunque no eran suyas se agachó a recoger. Momento en que se encontró con su obstáculo humano que se había agachado con idénticas intenciones. Recién entonces se miraron. 

lunes, 25 de enero de 2016

9

Le tomó otros cuantos días juntar fuerzas para regresar. Recorrió en cámara lenta los ambientes atiborrados. La madre nunca había querido deshacerse de sus muebles y a medida que las mudanzas la habían ido privando de metros cuadrados, los objetos se fueron concentrando. Pasó un dedo por la biblioteca. Pese al aparente orden resultaba claro que hacía mucho más de un mes que nadie limpiaba. Fue a la cocina a tomar agua. Sacó de la alacena un vaso tan engrasado que tuvo que lavarlo. Con jabón blanco porque su madre siempre había sostenido que el detergente le estropeaba las manos. Abrió la heladera. Enfrentarse con los restos de huevo pegoteando la huevera fue la confirmación. Él había supuesto que su madre estaba en condiciones de llevar adelante esa casa y era obvio que no había podido. Él no había registrado las condiciones reales en que había vivido su mamá. Siempre demasiado apurado, visitas de médico decía ella. Solo para recoger un impuesto o dejarle dinero. Porque los almuerzos en el comedor atestado de muebles habían quedado atrás. Rememoró con nostalgia las cintas argentinas del 25 de mayo, los churros del 9 de julio. El vermut  servido en el bar, Camilo agitando las piernas en los bancos altísimos tomando granadina con pajita en una copa de cristal. Pero a medida que su familia crecía fue resultando más fácil tocarle el portero eléctrico y venirla a buscar. Casi todos los domingos. Aleatoriamente cuando faltaba Carmen. Aunque en el último año habían ido prescindiendo de su ayuda. Demasiada carga para su artrosis  los tres nietos.  Me contó mi Luciérnaga que el sábado están de casamiento, ¿querés que me quede con los chicos? No hace falta, Valeria  combinó con Carmen. Pero para mí es un gusto. No, mamá, está todo arreglado. ¿Querés traerme a alguno? Por favor, no insistas. ¿Ya ni para cuidar una criatura sirvo? Volvió al living. Sentado en el sillón intentó recorrer con disciplina los empolvados estantes de la biblioteca. Príncipe y mendigo, Sandokán, El pequeño lord, Corazón, Peter Pan, La colina de los conejos. Se incorporó y se acercó a uno de los estantes más altos, colmado de maltrechos libros de lectura. Upa, Cogollitos, Pininos. Tomó uno. En la primera hoja una redonda cursiva infantil germen de la inconfundible caligrafía de su hermana. Alicia Cristina Castillo. 3ro A. Lo hojeó. Retratos y frases enérgicamente tachados. Yo amo a Evita. Yo amo a Perón. Sonrió descubriendo qué antigua era la vocación política de su hermana. Devolvió el libro al estante y tomó otro. Pasó los dedos por el lomo desnudo surcado de hilos. Moroso,  palpó  las esquinas redondeadas, los cantos raídos. Desde las yemas le subió algo indefinible. Abrió el libro al azar. Un señor lavando un auto. Lo cerró con violencia y lo abandonó sin guardarlo. Se puso la campera y salió. Desde el ascensor le avisó a Marcela que iba para el estudio.


No tuvo buen día. Un cruce de palabras con el dibujante. Un presupuesto rechazado. Para ventilarse fue a comer en el bar de la esquina pero le sirvieron un bife que resultó de cartón. Lo abandonó sobre el plato y fue a dar una vuelta. Desazón decía su mamá.  Hasta que las yemas de los dedos le enviaron texturas ajenas al bolsillo. Recordó un artículo que comentaba que cuando a una persona le cortan una mano, por cierto tiempo experimenta percepciones que parecen provenir de ella. Francisco se detuvo. Sacó las manos del bolsillo y se las miró. Y de pronto se dio cuenta de que estaba en la mitad de la calle, que la gente caminaba sorteándolo y que él se miraba las manos. Las regresó a los bolsillos. Tenía náuseas. El bife, seguramente.

viernes, 22 de enero de 2016

8

Llegó y sin posibilidad de contener las preguntas de los chicos, se dio una ducha y se acostó. Despertó, horas después, empapado. Fue hasta el baño y vomitó. Se acostó nuevamente. Valeria le acercó una buscapina y un termómetro. Treinta y nueve. Sin embargo, amaneció sin fiebre. Vamos a dar una vuelta te va a hacer bien distraerte. Con qué fuerzas. Valeria salió con los chicos. Al anochecer, cuando regresaron, él seguía en la cama.                                                 

Tuvo que levantarse y enfrentar de nuevo obligaciones y rutinas. Todo agravado por el descalabro provocado por los días de hospital. En el estudio los problemas lo esperaban en fila y los chicos, como respuesta al primer abandono al que los había sometido, todavía más demandantes que de costumbre. Se sentía fagocitado. Todos intentaban acompañarlo pero él no se animaba a confesarles que lo agobiaban. Precisaba estar solo. Revivir sus últimos instantes de hijo. Como si solo así pudiera prolongar la vida de su madre unos instantes más. Porque ya lo había experimentado con su padre: cada minuto que transcurría iba borrando, lenta pero inexorablemente, las huellas. Y el olor de la ropa se iba diluyendo, el recuerdo del sonido de la voz se iba opacando. Hasta que, en un proceso que quizá demandara años, los últimos átomos de un muerto desaparecían el primer día transcurrido sin que nadie, aunque fuese durante la milésima de un segundo, lo recordara. Por omisión, cómplice uno de la muerte.

Después de dejar a los chicos en el colegio, tras días de postergaciones, se dirigió al departamento. Subió hasta el cuarto piso y tocó tres timbres. Durante unos segundos quedó inmóvil esperando los pasos desparejos, el ruido de la mirilla. Avergonzado, miró a su alrededor. Buscó en el bolsillo la llave que su madre había marcado con esmalte de uñas. Un corazoncito rojo. Desde abajo de la puerta lo asaltaron multitud de papeles amenazantes y antes de agacharse supo que serían los dueños de muchas de sus horas. Impuestos, expensas, reuniones de consorcio, notas del sifonero. Por suerte las persianas habían quedado levantadas y  se colaba el sol. Sin sacarse la campera, se desplomó sobre un sillón, añorando la sonrisa con que se iluminaba el rostro de su madre cuando lo veía llegar. Se reclinó sobre el respaldo. Acudió a su boca el sabor del infaltable té con que  ella intentaba agasajarlo. Agua pura en porcelana. Por qué nunca te pedí que lo hicieras más cargado. Francisco se tocó las mejillas sorprendido: él jamás lloraba. Las lágrimas se fueron transformando en sollozos, que lo sacudieron, haciéndolo temblar. 

miércoles, 20 de enero de 2016

7

Con la luz del amanecer hizo su aparición una anciana sacada de un libro de cuentos. Impecable cabello blanco, pañuelo de seda anudado al cuello,  zapatitos con tacón, cartera colgada del codo. Le costó reconocer en ella a Delia. También su abrazo lo conmocionó. Muchas horas de la vida de su madre se habían llenado con las interminables conversaciones telefónicas con Delia, sobre todo cuando las piernas les empezaron a fallar. Ella los necesitaba tanto,  nunca aprendió a estar sola. Tu madre te adoraba, siempre fuiste la luz de sus ojos. Mientras la ayudaba a subir al taxi, una última frase Elisa fue una mujer excepcional, vos fuiste el único que supo valorarla.


El frío de la muerte se encarnizó con los vivos. Los huesos transformándose en escarcha a medida que bajaban escaleras y recorrían galerías. Advirtió que, salvo los suegros de Alicia, no había representantes de la generación de su madre. Una comitiva cercana a los cuarenta enterrando a su mamá. Se felicitó por no haber dejado que fueran los chicos. Además del frío lacerante y del deseo de aliviarles dolores, no tenía espacio para ellos. Demasiado hijo como para tener que ocuparse de ser padre. Parado frente al nicho calibraba el tamaño de su angustia. Hacía tiempo que ya no precisaba a su madre, que no ocupaba en pensar en ella más que un par de segundos diarios. Sin embargo un agujero se le instalaba en las entrañas. Y así como al nacer su primer hijo había descubierto que ya no ocupaba la punta de la rama, ahora,  al tocar por última vez el cajón elegido con tanto esmero, supo que su árbol genealógico se quedaba sin raíz. Bruscamente se cerró la tapa del nicho. Le entregaron una tarjetita. Galería 28, fila 4, 375. El nuevo domicilio de su mamá. Supo que jamás la visitaría. Se apartó del grupo y salió. El viento arreciaba. Temió salir volando. Sin raíz. Horacio se acercó y lo sujetó del brazo. Un punto de apoyo

lunes, 18 de enero de 2016

6

Absurdo pero rotundo: los tres no estaban velando a la misma madre. Francisco ya estaba acostumbrado a sentirse hijo único. La hermana había decidido que el bienestar de la madre no era asunto que le competiera.  Alicia la llamaba para el cumpleaños y para el día de la madre. Se reunían para Navidad. Pero de responsabilidades, nada. Un día, ante un pálido reclamo, Alicia había sentenciado mirá, Francisco, lo lamento por lo que a vos te toca, pero yo no pienso hacerme cargo de mamá y ahí había concluido la conversación. A Guillermo ni siquiera le había planteado el tema. Y Francisco, de alguna manera, los habilitaba. Pese a las discusiones posteriores con Valeria, que no entendía nada del vínculo entre ellos. ¿Sabés lo que son tus hermanos?, dos vivos, eso es lo que son. Por eso, además de por los chicos, había preferido que Valeria se fuera. Lo único que le faltaba era que el velorio se transformara en una batalla verbal entre sus hermanos y su mujer. Ya con qué sentido. La madre solía utilizar a Francisco para enviarles recados o para averiguar lo que a sus primogénitos no se animaba a preguntar. Cualquier gesto que de ellos procediera se convertía en una fiesta. Motivo por el cual Francisco se había alegrado del par de fugaces visitas de Alicia al hospital. Sin embargo, Guillermo no había ido, ni una sola vez había ido. Estaba tan enredado en sus pensamientos que solo descubrió a Horacio cuando le habló. Se abrazaron apretada y largamente.


La noche transcurrió lentísima. Valeria, pese a sus indicaciones, apareció a las tres de la mañana con un termo y con su chocolate favorito. Era curioso, el sentimiento predominante ante las muertes cercanas era la vergüenza por sus necesidades vitales. Se convencía, entonces, de que no podía tener hambre, sueño, sed. Pero fue tal la insistencia de su mujer que terminó mordisqueando la tableta. Flanqueado por Valeria y por Horacio, vio llegar el amanecer. A gatas contestaba y hasta le molestaba escucharlos charlar. Su mujer y su mejor amigo tan próximos y sin embargo tan ajenos a sus necesidades. Había una porción de sí mismo inmune a los acercamientos. Una cáscara que al tiempo que lo aislaba le daba forma, evitando que se derramara. Como la valva de un molusco. Buscando alivio en el movimiento se acercó al cajón. Miró a su madre. Dentro de unas horas se acabarían, para siempre, las posibilidades de observarla.  Nunca había reparado de dónde procedían las orejas de Luciana, la impecable curvatura de la frente de Camilo, las cejas de Tobi. Jamás la había examinado tan intensamente. Solo a alguien muerto o dormido se lo puede contemplar así. Se concentró en la boca. Tanto que le pareció que los labios se despegaban. Huyó como del diablo, y se reubicó junto a su mujer que dormitaba. Francisco entornó los párpados. El chocolate le había caído mal, empezaba a tener náuseas. Y en esa oscuridad privada descubrió que era huérfano. No por ser adulto dejaba de ser huérfano. Se le ablandaron las costillas de desvalimiento. Valeria se reacomodó y le apoyó una mano sobre el muslo. Francisco la tomó y con delicadeza palpó los nudillos, delineó las uñas ovaladas, perfectas. Entre miles, aun a oscuras, podría reconocer esos dedos. Ambos aumentaron la presión del contacto.

viernes, 15 de enero de 2016

5

Francisco, sentado en otra silla dura, de alguna manera seguía esperando. Y ahora era la mezcla del olor a flores y a cigarrillo lo que provocaba su malestar. Apoyado en la pared, entornó los párpados. Hasta que percibir una respiración a su lado lo obligó a abrirlos. Sin saber por qué, se incorporó. Quizás solo por buena educación, porque una vez que se encontró de pie se le terminaron las intenciones. Me acabo de enterar dijo Guillermo. La expresión de sus ojos increíblemente verdes lo condensaba. Guillermo era como un gato. Libre, seductor y profundamente egoísta. Sin embargo, Francisco no lograba tenerle rencor. Su hermano estaba demasiado desligado de todo y de todos como para ser juzgado con las mismas leyes que se aplicaban al resto de los mortales. Francisco sin decir una palabra, lo abrazó. Guillermo le palmeó la espalda y luego de un instante se apartó, giró sobre sí mismo, en silencio, y se alejó. Francisco, con un solo movimiento, se dejó caer sobre la butaca. Escondió la cabeza entre las manos. Así quedó,  hasta que unos pasos le anticiparon la cercanía de su mujer. Se descubrió la cara. Valeria se sentó a su lado y le tomó la mano, gesto que en lugar de aliviarlo, aumentó su angustia.  Apretó los párpados y cuando los abrió comprobó que Alicia estaba atravesando la puerta. La esperó de pie. Ella caminó hacia él, imponente pese a ser tan menuda. De negro. Aunque siempre vestía de negro. Cómo fue preguntó mientras lo besaba en la mejilla. Francisco se encogió de hombros. ¿Sufrió? Alicia se sentó junto a él y le pasó el brazo sobre el hombro como si fuera una criatura. Francisco no recordaba la última vez que habían estado tan próximos. Instantes después percibió la rigidez de ambos cuerpos. Porque su  familia de origen no había sido afecta a los contactos.  Sin saber tampoco cómo separarse permanecían en silencio. Le quedaba claro que a Alicia solo le daba lástima la lástima del hermano menor. El hermanito. El cuerpo se le aflojó. Cerró los ojos y se entregó al contacto.


Qué distinto el velorio de su padre. Francisco no había podido encontrar un lugar en medio de la caravana de gente importante que Alicia recibía con un aplomo admirable,  a pesar de que él sabía lo que había significado para su hermana esa pérdida. Aplomo que también Guillermo supo demostrar. Francisco había vuelto a ser el nene menor. Nunca consiguió sentirse un hombre frente a su padre. No creía que hubiesen compartido una sola conversación que rozara los sentimientos ni que su padre se hubiera interesado por alguna de las decisiones importantes de su vida. Tenía la certeza de haber sido el menos querido de los tres. Quizás el desconsuelo que experimentó ante su muerte más que por su pérdida fue por no haberlo tenido nunca tanto como lo había necesitado. El intolerable dolor de saber que no era protagonista del dolor.  Un deudo secundario.

miércoles, 13 de enero de 2016

4

Un ruido lo sorprendió. La puerta frente a la cual aguardaba se abría. Francisco miró a su alrededor, ansioso. Hubiera querido pedirle al hombre corpulento que se acercaba que esperaran unos minutos pero no se atrevió. Le llamó la atención que no tuviera uniforme. Hacía días que estaba rodeado de uniformados. El hombre lo condujo por el pasillo hasta que chocaron con una camilla tapada con una sábana inmaculadamente blanca. El hombre la descorrió. Francisco tragó saliva y miró a su madre. Un alivio comprobar que le habían cerrado los ojos. La observó con atención. La piel amarillenta, el cabello pegoteado a la cabeza, profusión de arrugas alrededor de los párpados, de la boca, un rosario de manchas marrones salpicando el rostro, un hilo de baba en la comisura de los labios agrietados. En eso se había transformado su mamá. Sin poder soportarlo, cerró los ojos. Y, entonces, detrás de las pupilas se le superpuso otro rostro. Se resquebrajaron una a una las capas que  recubrían a esa anciana que no era su mamá y la piel se estiró hasta restablecer su tersura, los ojos se deshicieron del velo que los cubría, recuperaron sus contornos nítidos y comenzaron a brillar, la boca volvió a ser su boca y los labios pintados de rojo estallaron en carcajadas. Esa risa se le adentró, hasta colocarse en el centro de su ser. Recobrar la deslumbrante madre de su infancia lo descontroló. Casi corrió por el pasillo. Atravesó la puerta. Valeria ya estaba allí. La abrazó. Ella lo apretó fuerte. Un punto de apoyo; en la vida, hijo, todo se reduce a encontrar un punto de apoyo.

¿Oscuro o claro? ¿herrajes dorados o plateados? fíjese, aquel, por una pequeña diferencia, es notablemente superior, observe el lustre. Ojalá hubiera dedicado tanto tiempo a elegirle un vestido, un regalo. Ni hablar de la cantidad de dinero. Qué más daba. Porque se pudriría tanto en uno como en otro. No obstante, se encontró intentando recordar la madera preferida de su madre. Y no se permitió elegir el más barato. Su mamá no merecía el peor cajón,

lunes, 11 de enero de 2016

3

Acercó al oído su reloj. La pila no se había detenido, lo que estaba detenido era el tiempo. Miró a su alrededor. A pesar del trajinar de médicos y enfermeras, estaba solo. Le dolía el alma, ontológico término que lo remitía, casi con exclusividad, a los labios de su madre. ¿Era el alma ese hueco delimitado por las costillas transformado, ahora, en un punto de dolor? Y no era la misma categoría de dolor que recorría su columna, sus huesos todos. Al cerrar los ojos sus otros sentidos se exacerbaron y el rodar de las camillas se transformó en estruendo, el olor a sopa y a desinfectante en provocación. Volvió a abrirlos. Tomó de pronto conciencia de lo absurdo de la situación. Estaba sentado esperando que muriera su madre. Sentado en el duro banco del pasillo porque tenía la certeza de que si ella intentaba de nuevo hablarle el sistema nervioso de él iba a estallar. Logró serenarse. Quizá los médicos tenían razón y era él el loco. Sí, seguramente era así y no había nada que esperar. Entraría a buscar sus cosas. Empujó la puerta con cuidado y, conteniendo el aliento, de puntillas, se acercó a la cama. Su madre parecía estar esperándolo porque en cuanto lo percibió abrió los ojos, movió los labios y, cuando Francisco estaba a punto de escapar, la madre, con los ojos abiertos, mirándolo, dejó de respirar. 

viernes, 8 de enero de 2016

2


Se despertó sobresaltado. Las cuatro de la mañana. Se paró. El goteo del suero era normal. Se acercó a la cama y reacomodó la mascarilla. Su madre abrió los ojos. El corazón de Francisco se aceleró. Ella lo miró. ¿Qué había en esos ojos? Él le apoyó la mano en la frente. Dos lágrimas pesadas rodaron por la cara de la madre. Dios, ¿había estado consciente durante esa eternidad de horas muertas? La mascarilla comenzó a agitarse. Hecho un impulso, se la quitó. Su madre movió los labios, resecos por el oxígeno. Francisco buscó un algodón en la mesa de luz, lo embebió en agua y se lo acercó a la boca. Ella lo buscó con la lengua. No tenía la dentadura. Hubiera querido golpearla para devolverla a las tinieblas pero se encontró prometiéndole ya va a estar todo bien, mamá. Ella, los ojos fijos, ladeó casi imperceptiblemente la cabeza y emitió un sonido desarticulado. Lo invadió un terror irracional. Tranquila, mamá. Su mano volvió a la frente. Los sonidos se arrastraban indescifrables, guturales,  pero en los ojos de su madre había una intención. Estaba seguro. Hubiese necesitado ser sabio y solo se le ocurrían tonterías. Su madre inspiró hondo y logró articular prometeme… ¿Qué, mamá, por favor qué? Esto no podía estar pasándole. Quería escapar. Que alguien viniera a salvarlo. Valeria, Horacio murmuró mientras humedecía los labios de su madre que continuaba esforzándose. Después cerró los ojos, tal vez vencida. Francisco se apartó de la cama. El estómago revuelto. Se acercó a la ventana y apoyó la frente sobre el vidrio. Un hombre cruzaba la calle. Instantes después regresó junto a su madre, que seguía con los párpados cerrados. Estoy aquí, ¿me escuchás, mamá? Le apretó ambas manos con fuerza sin obtener respuesta. Entonces volvió a ajustarle la mascarilla. Después se sentó en la silla, se apretó a sí mismo con los brazos cruzados, bajó la cabeza e, involuntariamente, comenzó a balancearse. Para adelante, para atrás.


La pasaron a una camilla y de la camilla a una ambulancia. Francisco con ella por la calle todavía oscura. Era la primera vez que se subía a una ambulancia. La sirena no sonaba, qué extraño. A Camilo le hubiera gustado estar allí, en su colección de autitos la ambulancia era la preferida. Ahí estaba él, acompañando a su madre mientras pensaba en su hijo. Su madre y su hijo. Cerró los ojos hasta que lo sorprendió el chirrido de una frenada. Recién entonces juntó coraje para mirarla. Parecía dormida. La bajaron con brusquedad. Vio como la cabeza le retumbaba sobre la almohada. Luego la metieron atada, en un tubo que comenzó a girar. Por favor, mamá, no te despiertes.  A la tarde le dieron los resultados. Un cerebro acorde a su edad. El hemograma perfecto, el pulso parejo, la respiración, ya sin oxígeno, normal. Nada de que preocuparse. Que los médicos dijeran lo que quisieran: su madre se estaba muriendo. Y él sabía que no la iba a poder acompañar.

miércoles, 6 de enero de 2016

1

Uno recordaba una línea de acontecimientos y fechas, desde donde uno se encontraba en aquel momento y hacia atrás. Es decir, una línea temporal (…) cuando se llegaba a la infancia ya no había línea; entonces, más bien aparecía un paisaje de acontecimientos, era imposible recordar el orden, su cronología, tal vez, éstos no siguieran orden alguno, sino que estaban dispersos, como sobre una planicie.

PETER HOEG
Los fronterizos


PRETERITO PERFECTO SIMPLE
.

Francisco levantó la vista del libro. Un esfuerzo leer con tan poca luz. Lo apoyó a los pies de la cama y se incorporó. Controló el goteo del suero y la mascarilla del oxígeno. Ya las dos de la mañana. Quizá Valeria estuviera en lo cierto: su presencia allí no tenía razón de ser. Su madre no había abierto un ojo ni movido un músculo en toda la noche. Francisco alisó las sábanas, apartó ligeramente la silla de la cama, recuperó el libro y volvió a sentarse. Libro que depositó sobre su pantalón arrugado. Una masa de horas, indiscriminada, agobiante. Su madre había empezado a sentirse mal el día del cumpleaños de la nena. Náuseas que se fueron transformando en vómitos incoercibles sin que los médicos entendieran qué estaba pasando. Radiografías de aquí, análisis de allá. Todo encuadrado en la burocracia resultante de su condición de jubilada. Cada práctica médica se realizaba en un lugar diferente, en horarios imposibles que nunca eran respetados. Recuerda con precisión la primera visita al gastroenterólogo. Cuando llegaron, la sala de espera estaba repleta. Decenas de representantes de la tercera edad  sentados, una al lado del otro, en lamentable exposición. Pasen y elijan su anciano favorito. Se ubicaron entre ellos. Después de media hora Francisco comenzó a impacientarse. A las cinco tenía que retirar a los chicos del colegio. Le preguntó a una viejita con bastón sentada a su derecha a qué hora la habían citado. 15 y 30. Algo no andaba bien. Le preguntó, entonces, a un hombre gordísimo instalado al lado de su madre. 15 y 30. Se paró y, recorriendo la sala, repitió infinitamente la pregunta.  Increpó, furioso, a la secretaria ¿por qué todos 15 y 30? Es la hora en que llega el doctor fue la lacónica respuesta y ante la cara desorbitada de Francisco agregó además, ellos no tienen nada que hacer. Hubiera querido trompearla pero tuvo que conformarse con solicitar el libro de quejas. Se acercó a su madre y sin explicaciones la agarró del brazo, la izó y pese a sus ruegos, la arrancó del consultorio, descargando la indignación contra la puerta. Un vía crucis. Encima, escuchar las protestas de Valeria contra sus hermanos. Un diálogo entre las enfermeras, a viva voz, en el pasillo, lo despegó de sus pensamientos. ¿No podían tener más cuidado? No. En el transcurso de esas semanas había llegado a la conclusión de que la mayor parte de los profesionales de la salud perdían de vista que el objeto de sus manipulaciones eran seres de carne y hueso. Cada estudio había representado para Francisco una odisea. Dar mil vueltas hasta conseguir estacionar justo enfrente. Subir a buscarla. Tocar el timbre y esperar, con el corazón galopando por causa de la demora, que le abriera. Más deteriorada, más sucia que el día anterior.  Comprobar que cada vez le costaba más movilizarla. ¿Podía la artrosis avanzar tanto en veinticuatro horas? Subirla al ascensor pensando que tenía que conseguir una empleada. Llegar a la planta baja diciéndose que ya hacía una semana que se lo había propuesto. Mientras la arrastraba hasta la puerta decidir que la situación ya había llegado al límite, su madre no podía estar sola ni un día más. Luego montarla en el asiento rogando llegar a destino sin que vomitara. Francisco se daba cuenta ahora, mientras seguía sosteniendo el libro cerrado sobre las piernas, que en esos momentos  no le había quedado espacio para preguntarse qué habría estado pensando ella, transportada como un objeto, quizás consciente del fastidio de su hijo, luchando contra las náuseas. Náuseas,  él sí que sabía de náuseas. Cerró los ojos. Otra vez pensando en sí mismo. Inspiró profundamente. Mirá todos los trastornos que te causo se disculpaba permanentemente su madre y él no había buscado palabras para confortarla. Hasta el día en que, después de suspender una reunión importante, llegó al hospital con los zapatos nuevos vomitados y la enfermera les comunicó que el ecografista había tenido que retirarse, Francisco estalló. Minutos después los médicos se arremolinaron y lo que parecía imposible se produjo: placas y análisis encadenados en el mismo momento, en el mismo lugar. Francisco se encendió de rabia, ahora al lado de su madre inmóvil, al recordar al traumatólogo blandiendo la radiografía junto a la camilla al tiempo que decía con estas rodillas, que se despida de volver a caminar. Y así fue. Cuando le comunicó que habían decidido internarla, su madre se limitó a encoger los hombros. Francisco no se atrevió a leerle la mirada. La dejó allí. Sola. Llegó a su casa y presionado por Valeria, llamó a Alicia. Si puedo mañana me doy una vuelta, fue su respuesta. El ruido de la puerta abriéndose lo sobresaltó. Un camillero que seguramente había arribado al lugar equivocado porque, sin excusarse, cerró con brusquedad y desapareció. Era él mismo que le había recomendado a la enfermera que tuvo que contratar para que acompañara a su madre. También tuvo que pagar la diferencia para que la trasladaran a una habitación individual. Él iba un par de veces por día, pero permanecer más de diez minutos le resultaba intolerable. Le habían tenido que poner pañales y de solo recordarlo, las náuseas lo amenazaban. Su madre había sido la estampa misma del pudor. Impensable verla ni siquiera en camisón. Tal vez desconectarse fue el único recurso que había encontrado para poder sobrellevar tamaña humillación. Porque hacía unos días que al intentar que su madre tomara la cuchara su impaciente mamá, comé obtuvo un ¿para qué?, que fue lo último que escuchó de ella, y fue también la última vez en que su madre movió alguna parte de sí misma. Los médicos resolvieron la situación fácilmente: no quiere comer igual suero. Recién ayer había conseguido que la viera un neurólogo que después de revisarla y comprobar que pese a la inmovilidad conservaba los reflejos, indicó una tomografía de cerebro. Francisco sintió que esa noche sí debería quedarse. ¿Por qué hoy? había preguntado Valeria. Y aunque no lo sabía, se encontró justificándose con el estudio que le harían en cuanto amaneciera. Además, le vendría bien estar solo. Hacía semanas que se había transformado en una máquina que intentaba, a duras penas, conciliar obligaciones. Estaba cansado, demasiado cansado. Se reacomodó.