viernes, 29 de enero de 2016

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Café mediante, anécdotas del secundario fueron surgiendo sobre la mesa como dados arrojados desde un cubilete que iba pasando de mano. Ricardo agregaba un detalle a las imágenes evocadas por Francisco, este precisaba un nombre o una fecha a las aportadas por el primero. Hasta que Ricardo se retrotrajo al primario qué quilombo  se armó cuando agarré uno de los gatos que siempre merodeaba por la escuela y lo largué en el aula; la señorita Susana casi se desmaya; me suspendieron una semana, vos todos los días me alcanzabas las tareas hasta casa, ¿te acordás? El cerebro de Francisco en blanco. Ricardo insistía ¿y cuando tu mamá nos llevó a dar una vuelta para probar el auto que se había comprado? no tenía techo y todos nos miraban; cuando mi vieja se enteró casi me mata, la tuya era la única madre que manejaba;  a veces te dejaba arrancar el auto y todo; cómo te envidiábamos; siempre fuiste el mejor, yo era un animal, si me habrás soplado en las pruebas. Jirafa seguía, sin reparar en que hacía rato que parloteaba solo. Porque Francisco no  tenía ni la menor idea de qué hablaba su amigo. Si le daba crédito a lo que estaba escuchando, tenía que aceptar que otro sabía sobre él más que sí mismo. Una angustia insidiosa. Ricardo continuaba pero Francisco solo en parte lo escuchaba. Tratando de extraer de las neuronas alguna imagen contemporánea a las que le evocaban. Tan inútil como intentar responder sobre el capítulo trece de un libro que no alcanza la docena.   Finalmente Jirafa pareció advertir su silencio che, ¿qué te pasa? Francisco se encontró confesándole lo que siempre  había ocultado, a capa y espada, ante padres, hermanos, mujer, hijos y amigos. No recordaba nada de su infancia. Nada de nada.

Ricardo lo escuchó en silencio y se quedó reflexionando. ¿Te acordás de mi hermana?  preguntó al cabo de unos instantes. La imagen difusa de una adolescente acudió a Francisco que asintió. Es psicoanalista y en este momento está terminando su tesis, que trata justamente sobre las amnesias; si querés le pregunto, a lo mejor puede ayudarte.


Francisco esperó hasta el postre para comentar el encuentro con un compañero del secundario. Los chicos se rieron con la usurpada anécdota del gato. Cuando Valeria preguntó ¿volverán a verse? Francisco recién reparó en que no le había pedido el teléfono. Se dio un interminable baño de inmersión. Con éxito, porque cuando se metió en la cama, Valeria ya dormía. Él apagó de inmediato el velador. Amnesia. Amaneció con náuseas.

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