Café mediante, anécdotas del secundario fueron
surgiendo sobre la mesa como dados arrojados desde un cubilete que iba pasando
de mano. Ricardo agregaba un detalle a las imágenes evocadas por Francisco, este
precisaba un nombre o una fecha a las aportadas por el primero. Hasta que
Ricardo se retrotrajo al primario qué quilombo se armó cuando agarré uno de los gatos que
siempre merodeaba por la escuela y lo largué en el aula; la señorita Susana
casi se desmaya; me suspendieron una semana, vos todos los días me alcanzabas
las tareas hasta casa, ¿te acordás? El cerebro de Francisco en blanco.
Ricardo insistía ¿y cuando tu mamá nos llevó a dar una vuelta para probar el
auto que se había comprado? no tenía techo y todos nos miraban; cuando mi vieja
se enteró casi me mata, la tuya era la única madre que manejaba; a veces te dejaba arrancar el auto y todo;
cómo te envidiábamos; siempre fuiste el mejor, yo era un animal, si me habrás
soplado en las pruebas. Jirafa seguía, sin reparar en que hacía rato que
parloteaba solo. Porque Francisco no
tenía ni la menor idea de qué hablaba su amigo. Si le daba crédito a lo
que estaba escuchando, tenía que aceptar que otro sabía sobre él más que sí
mismo. Una angustia insidiosa. Ricardo continuaba pero Francisco solo en parte
lo escuchaba. Tratando de extraer de las neuronas alguna imagen contemporánea a
las que le evocaban. Tan inútil como intentar responder sobre el capítulo trece
de un libro que no alcanza la docena.
Finalmente Jirafa pareció advertir su silencio che, ¿qué te pasa? Francisco
se encontró confesándole lo que siempre
había ocultado, a capa y espada, ante padres, hermanos, mujer, hijos y
amigos. No recordaba nada de su infancia. Nada de nada.
Ricardo lo escuchó en silencio y se quedó
reflexionando. ¿Te acordás de mi hermana?
preguntó al cabo de unos instantes. La imagen difusa de una
adolescente acudió a Francisco que asintió. Es psicoanalista y en este
momento está terminando su tesis, que trata justamente sobre las amnesias; si
querés le pregunto, a lo mejor puede ayudarte.
Francisco esperó hasta el postre para comentar el
encuentro con un compañero del secundario. Los chicos se rieron con la
usurpada anécdota del gato. Cuando Valeria preguntó ¿volverán a verse?
Francisco recién reparó en que no le había pedido el teléfono. Se dio un
interminable baño de inmersión. Con éxito, porque cuando se metió en la cama,
Valeria ya dormía. Él apagó de inmediato el velador. Amnesia. Amaneció
con náuseas.
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