miércoles, 31 de agosto de 2016

101

Cuando entró, los chicos dormían. Carmen se acercó a saludarlo, le dio el parte y le preguntó si podía retirarse. Era una mañana preciosa. A pesar de que había manejado toda la noche, no estaba cansado. Se dio una ducha, se afeitó y se dispuso a leer el diario que había estado esperándolo debajo de la puerta. No superó la tercera página. Bajó la hoja. Había abandonado el mundo paralelo y lo recibía el real. Un mundo que a pesar de ser real había sido casi idílico hasta la muerte de su madre. La familia modelo convertida en un manojo de dolores. El descubrimiento de las angustias de su infancia, su infidelidad, la reticencia irreversible de Valeria, las piernas de Camilo, las pesadillas de Luciana. Y por si fuera poco, Azul. Involuntariamente sonrió al recordarla. Buscó en la biblioteca el álbum de Tobi. Sí, era igualita. Como una aparición entró el nene. El pijama de Mickey, los piecitos descalzos, colgando de la mano el oso Peloso, corrió hacia Francisco que lo subió a sus rodillas. Estaba mirando tu álbum, este bebé tan lindo sos vos. Tobi abandonó a Peloso, se metió un pulgar en la boca y con la otra mano se colgó del cuello de Francisco. Lo había tenido muy abandonado. Lo apretó fuerte, lo besó en el cuello y lo olfateó. Él también todavía tenía olor a bebé.


Francisco prefirió que los chicos no fueran a Ezeiza. Los abrazó temiendo un llanto que no llegó. Sin embargo, la resignación de sus hijos lo lastimó más que las anteriores lágrimas, índice claro de que ya se habían acostumbrado a los dolores. Guillermo, en la vereda, tocó la bocina. Se estaba haciendo tarde.

lunes, 29 de agosto de 2016

100

Mamá, el señor del auto. Francisco entró. Olor a pintura, a obra nueva, ese aroma que lo embriagaba. Un estar de altísimas paredes parecía escapado de una revista de decoración. Luz, armonía, color. Se alegró por su hija. Pasá  le llegó la voz de Claudia desde el fondo del pasillo. Un dormitorio pequeñito, una cuna, un cambiador. Peluches en los estantes. En la mecedora, Claudia con la nena prendida del pecho. Francisco hubiese querido abarcar a las dos en un abrazo pero se acercó civilizadamente y se limitó a besar a Claudia en la mejilla.  No te esperaba, hasta marzo no te esperaba. La conversación pareció alertar a la chiquita que soltó el pezón. Claudia aprovechó y se cerró la ropa. Francisco miró a la nena y la nena lo miró. ¿Puedo agarrarla? Ella dijo, burlona hacé de cuenta que es tuya. El renacuajo que había conocido era una rozagante beba de cachetes inflados. Francisco le sintió el olor. Olor que lo transportó hacia sus hijos, sus legítimos hijos. Rocío entró al cuarto ¿me la das? y el pedido era una orden.  Primero sentáte indicó Claudia. ¿Te gusta mi bebé? preguntó la nena. Francisco le acarició la cabeza es preciosa, te felicito.  Estoy muerta de hambre, esta chiquilina me está fagocitando, ¿comés con nosotras? ofreció Claudia. Francisco se encontró sentado a la mesa con una mujer y una nena. La otra durmiendo en el canasto. Si mamá te viera. Levantaron los platos. Claudia mandó a Rocío a acostarse. La chiquilina se despidió refunfuñando. Cuando la vio alejarse, de atrás, por un instante, se le antojó Luciana. Recordó las revistas mejicanas que le regalaba su papá. Había una de Superman en un mundo paralelo, un mundo en el que tenía mujer e hijos.¿Por qué viniste? lo sorprendió desarmado Claudia. Necesitaba verla, en todo este tiempo no hubo un solo día en que no haya pensado en ella. Claudia fue dura sin embargo, precisaste que tu mujer estuviera lejos para animarte a venir; ¿por qué ni siquiera llamaste si tanto la extrañabas? Las explicaciones de Francisco sobre el cuerpo de mi hijo juré que no volvería a verte no lograron conmoverla juraste renunciar al placer y esto que estás ejerciendo  no es un placer, es un deber. La frase dio en el blanco. Francisco experimentó un violento alivio. Elevo levemente el cuello y metiendo la mano en el bolsillo agregó además quería traerte dinero; en dos días me voy a Estados Unidos. Claudia le frenó el movimiento a mi hija la gesté yo, la parí yo y la mantengo yo. Él, intensamente dolorido, solo atinó a ofrecer cuando precise algo no tenés más que pedírmelo miró luego su reloj y dijo se hizo muy tarde, ya me voy. Claudia lo descolocó ¿querés quedarte a dormir? y ante el espontáneo gesto de Francisco añadió, zumbona no te asustes, no pienso violarte, en el cuarto de Rocío hay otra cama.  Es mejor que no contestó Francisco intentando sonreír y le entregó un paquete ¿esto también me lo vas a rechazar? Un álbum para bebés idéntico al que la madre de Francisco había ido regalando a cada uno de sus nietos. Porque así como Luciana nunca llegaría a ser grande para su abuela, Azul no había llegado a ser. La pregunta de Claudia lo sobresaltó ¿le contaste a alguien que tenés otra hija? Ante su respuesta ella comentó todavía no aprendiste a vivir sin tu mamá.

viernes, 26 de agosto de 2016

99

Ya nació la nena, Laura, ayer la conocí, es una muñequita informó Francisco en cuanto Laura le sirvió un té.

Luciana, asida a la cintura de su madre, prolongaba al infinito la despedida. Francisco se agachó, abrazó de nuevo a Camilo y luego dictaminó vamos, Lulú, se hace tarde temiendo la escena que se avecinaba. Sin embargo, la nena se apartó resignada. Valeria se dirigía a la puerta de embarque empujando la silla de ruedas  cuando Luciana se soltó de la mano de Francisco y se escapó corriendo, Francisco, tras ella, alcanzó a ver que la nena dejaba algo entre las manos de su hermano. El cortaplumas.

Pasaron por lo de sus cuñados a buscar a Tobi. ¿Te querés quedar a dormir?  le propuso Carolina a Luciana luego de cenar. Pero la nena, para sorpresa de todos, desestimó el ofrecimiento. Partieron. Después de acostar a Tobi, Francisco fue a saludar a Luciana. La encontró sollozando contra la almohada. ¿La extrañás a mamá? le preguntó. La nena levantó apenas la cabeza y, entre hipos, dijo yo le pedí que fuera a llamarte a lo de Leo, él no quería, se quedó rengo por mi culpa.


El llamado de Valeria fue alentador. El médico le había dado muchas esperanzas y una fecha. Francisco decidió que viajaría para llegar un día antes de la operación. Repartió el poco tiempo que quedaba por delante entre las obras que debería dejar encaminadas y la atención de los chicos. Dos días antes del viaje lo invadió una inquietud insobornable. Le pidió a Carmen que se quedara a dormir y partió. Cerca, Rosario siempre estuvo cerca.

miércoles, 24 de agosto de 2016

98

¿Puedo verla? preguntó al cabo de un rato. Claudia lo miró desafiante ¿para qué?  Él no se amilanó es mi hija. Ella fue irónica un poco tarde te acordás. Él dijo Claudia, por favor.

Se pararon frente al vidrio de la nursery. En el fondo, separadas por una pared trasparente, las incubadoras. Claudia golpeó la puerta. Se despertó en cuanto se fue le comentó sonriente una enfermera. ¿Puede entrar? solicitó Claudia. La mujer cabeceó ya sabe que solo están permitidos los familiares más cercanos. Claudia se  aclaró la garganta e informó es el papá. Instantes después, la desinfección  de manos, la bata y el barbijo retrotrayendo a Francisco a momentos que prefería olvidar. La enfermera lo condujo hasta una de las incubadoras. Francisco se acercó. Un ser diminuto, con los ojos abiertos, se retorcía como una araña. Parece mentira, tan chiquita y tan vital dijo la enfermera. Francisco preguntó ¿puedo tocarla? La mujer lo miró con desconfianza. Él dijo es mi cuarta hija y absurdamente pensó mamá, no podrás conocerla. La enfermera abrió la incubadora, cubrió a la nena con la sábana y la colocó entre los brazos de Francisco. No pesaba. La miró con detenimiento. Si los reducidores de cabeza hubiesen experimentado con Tobi no habrían conseguido mejor réplica.  La nena se restregaba las manitos contra la cara. Francisco se las agarró no, así no, que se me va a lastimar. La beba empezó a llorar. Francisco, desconcertado, miró a la enfermera. Voy a buscar a su mujer, tiene que amamantarla.


 Minúscula pero perfecta; me hace acordar a Tobi cuando nació. Ella acotó es que es igual a vos. Siguieron almorzando en silencio hasta que Claudia preguntó ¿cómo está Camilo? Francisco le habló del accidente, la convalecencia, la recuperación, el dolor que no amainaba. A fin de mes Valeria lo llevará a Estados Unidos, la hermana ya hizo los contactos; un gran especialista evaluará si hay posibilidades de realizarle una reconstrucción microquirúrgica de las dos piernas; cuando esté todo resuelto yo viajaré para allá; mirá lo que son las ironías de la vida, el tercio del departamento de mi madre cumpliendo una función que ella nunca pudo llegar a sospechar. Claudia averiguó ¿los otros chicos cómo lo atravesaron? Francisco se puso serio Luciana presenció el accidente, quedó muy impactada; empezó un tratamiento psicológico y ya está mejor. Ella fue irónica ¿aceptaste? Se despertaba todas las noches llorando; la vi sufrir tanto que hubiera admitido cualquier cosa capaz de aliviarla se justificó él. ¿Y Tobi? Francisco sonrió lo más bien. ¿Sin síntomas? inquirió ella. Él sacudió la cabeza es muy chiquito. Ella añadió muy chiquito y muy parecido al papá.  Él se sorprendió ¿qué querés decir? Claudia fue categórica  es imposible que no esté afectado, probablemente percibe que no es el momento de reclamar; no le pierdas el rastro. Francisco se defendió el problema es que cuando hay una crisis de esta naturaleza, todos están mal al mismo tiempo; entre atender los alaridos de Camilo o prestarle atención al silencio de Tobi no había demasiado para pensar y luego trató de cambiar el tema de conversación, lo único que le faltaba era angustiarse por Tobi  y Rocío, ¿cómo se tomó la llegada de la hermana? momento en el que tomó conciencia de que no solo sus hijos asumían para Azul esa condición. Ahora fue Claudia la seria todo fue muy difícil para ella, el cambio de escuela, de casa, de ciudad; no entiende que su padre no es el padre de la hermana. Francisco se alarmó ¿qué le dijiste? Que por el momento no se lo podía explicar; cuando rompí bolsa estaba sola con ella y se asustó muchísimo; para colmo, mientras la beba esté internada, yo ando como los gitanos, hay veces que se queda sola; en cuanto la chiquita vuelva a casa me ocuparé de lleno de Rocío, seguramente tendré que hacerla tratar. Otra vez el silencio. Un silencio pesado. Claudia lo rompió ¿Valeria sabe que estás acá? Francisco cabeceó no, se fueron al campo y luego bajó la vista hace meses que le doy vuelta al asunto y no sé cómo encararlo. Ella inquirió ¿tengo que tomar tu visita como circunstancial?  Él se obligó a mirarla vi a la nena y ya estoy perdido; cuando me vaya me quedará un agujero.  Ella lo presionó pero te irás. Él apoyó el mentón sobre la mano es impensable blanquear la situación por ahora; mi mundo se llama Camilo; cuando vuelva de Estados Unidos vendré a visitarla. Ella lo desafió si te lo permito y él le devolvió el desafío si no fueras a permitírmelo no estaríamos charlando. Minutos después ella entraba en la nursery. Francisco la esperó afuera y luego la  llevó a su casa. En el momento de bajarse del auto, cuando ella ya se incorporaba, él la retuvo de la mano ¿alguna vez podrás perdonarme? Ella lo miró un instante  y luego se soltó. Él se quedó contemplándola hasta que entró. Arrancó  y condujo lentamente observando las vidrieras. Se detuvo ante una. Compró dos docenas de rosas y las hizo enviar. Gracias por Azul.

lunes, 22 de agosto de 2016

97

Llegó a las seis de la mañana. Fue a un bar, tomó un café y pidió la guía. Varios Ordóñez en fila. No recordaba el nombre del padre. Miró el reloj, era demasiado temprano. Hizo tiempo y luego se dirigió a un locutorio. Arriesgó con Ricardo, sin suerte. Entonces empezó con Alberto. A su con Claudia por favor se sucedieron infinitos aquí no vive ninguna Claudia. Cuando llegó a Víctor, ya desahuciado, lo atendió una nena mi mamá está en el sanatorio. La taquicardia de Francisco fue súbita Rocío, soy un amigo de tu mamá, en  qué sanatorio está preguntó. La nena contestó no me acuerdo. Francisco le pidió pasáme con un mayor. Roció le informó estoy sola, mi abuela fue a hacer unas compras. Él intentó ¿sabés el  teléfono de tu mamá? La nena contestó me lo sabía pero lo cambió. Francisco se impacientó Rocío, es importante, tratá de recordar, cómo se llama el sanatorio. Luego de unos instantes la nena contestó triunfal ¡ya sé!, ¡algo de un parque! Francisco cortó y se encontró preguntándole a la mujer del locutorio si había algún sanatorio que se llamara algo de un parque.


La recepcionista buscó en la computadora no hay ninguna Claudia Ordóñez internada. Fíjese en maternidad indicó él. Ella le contestó de mal modo ya le dije que no hay ninguna en ninguna sección. Echó un vistazo al hall de planta baja y luego decidió subir por la escalera, quizás Claudia había ido a hacerse algún estudio o a visitar a alguien. Recorrió pasillo por pasillo, piso por piso. Cuando, ya en el cuarto y último, fracasó, bajó por ascensor hasta el subsuelo. Le habían dicho qué allí estaba la confitería. Contra la ventana, mirando el infinito, por fin la encontró. Con su silueta normal, pero irreconocible. Jeans y zapatillas, el cabello recogido, el rostro sin maquillaje. Francisco se acercó lentamente y, sigiloso, se paró junto a ella. Aun así Claudia pareció percibirlo porque giró la vista hacia él. ¿Qué hacés acá? preguntó con los ojos agrandados por el asombro. Acabo de encontrarte, ¿me puedo sentar? Se quedaron en silencio, mirándose. Francisco preguntó con timidez ¿lo perdiste¿Qué? repreguntó Claudia descolocada. El embarazo contestó él avergonzado, casi en un susurro. No te hagas ilusiones Claudia sonrió despectiva la nena nació hace quince días Francisco palideció un kilo ochocientos, cuarenta centímetros; estuvo bastante mal pero se está recuperando la  sonrisa se hizo orgullosa come como una troglodita, ya pasó los dos kilos. No era su historia. Tenía una hija de quince días y él no lo sabía. Sintió un vació enorme en el estómago. Náuseas.  ¿Cómo se llama? preguntó. Azul. Azul Ordóñez. 

viernes, 19 de agosto de 2016

96

Enero calcinando Buenos Aires. Valeria y los chicos pasando unos días en el campo de Carolina. La promesa de visitarlos el fin de semana. El trabajo relegado durante tantos meses absorbiéndolo. Una refacción demorada que sí o sí debía entregar la semana próxima, dos nuevos proyectos. El primer día que se encontró solo en su casa empezó como un regalo. Insospechado poder tirarse en la cama a leer, a descansar, no tener que montarse en la sonrisa y tapar la angustia que, día a día, le producía la minusvalía de Camilo. La vida era un carrusel. Después de meses de vorágine estar así, acostado, reflexionando. Y el pensamiento que noche a noche acudía a su almohada y que a fuerza de voluntad y de cansancio lograba evitar, abandonando la obediencia. Irrumpiendo. El bebé por llegar. ¿Nacería en marzo? Ante la falta de certezas podía imaginar un embarazo eterno que le diera tiempo para aclarar la situación. ¿Y si alguna vez resolvía verlo y Claudia se lo prohibía? Francisco se alarmó. Desde el principio de la relación habían estado en él, las decisiones, las condiciones, ella siempre dócil a lo que él pudiera ofrecerle. Sin embargo, la Claudia con la que se había enfrentado en la última oportunidad no era la de siempre. Como una perra faldera que al ver en peligro a su cachorro es capaz de saltar al cuello y cortar la yugular de quien durante años la alimentó. Francisco se levantó. Fue a la cocina, se preparó un sándwich y lo mordisqueó con pocas ganas. Encendió el televisor para apagar su cabeza pero no lo logró. Se había comportado con Claudia como un cerdo. Y si, más allá de lo que la lógica pudiera dictar, asociaba su traición a Valeria con el accidente de Camilo, la traición a Claudia, ¿qué nueva desgracia aportaría?, ¿sobre cuál de sus hijos elegiría volcarse?, ¿sobre los legítimos o sobre ese en el que se esforzaba en no pensar? Apagó el inútil televisor y empezó a caminar por el living, de pared a pared, una vez y otra más. Se dio una ducha y armó el bolso.

miércoles, 17 de agosto de 2016

95

Carolina había ofrecido su casa para el festejo de nochebuena pero Valeria fue terminante: en medio de todo el tembladeral que algo siguiera firme para los chicos. Un dolor ver a Camilo en un sillón plegando guirnaldas mientras Luciana brincaba alrededor del árbol colgando las bombitas. Valeria puso la mesa para veinte personas como solo ella sabía: los individuales de encaje, los platos de porcelana, las copas de cristal, los cubiertos de plata, las servilletas almidonadas en los servilleteros rojos y verdes. Luciana y Tobi parecían hormigas llevando tenedores y saleros. Camilo, sentado, lustraba los candelabros. Todos los años Valeria le pedía a Francisco que hiciera tarjetas para los invitados circunstanciales o que repusiera alguna estropeada. Ese le toco perfilar un Julia correspondiente a la nueva novia de su hermano. Junto a las tarjetas en blanco encontró las que ese año serían prescindibles. Vecina a la de la reemplazada Fabiana  encontró una tarjetita que fue una bofetada. Elisa. Cuando se dio cuenta de que ya nunca más compartiría con su madre el vithel toné de Alicia, ni el pan dulce de Valeria, los ojos se le llenaron de lágrimas. El duelo por su hijo había interrumpido el duelo por su madre y en ese momento ambos se sumaban. Qué año infernal. Definitivamente huérfano y con un hijo inválido. ¿En qué columna colocar a Claudia y al bebé en camino? ¿Débitos o réditos? Si en ese momento tuviera el poder de volver el tiempo hacia atrás, no tenía dudas, obviaría el reencuentro con la primera responsable del segundo. A las siete de la tarde Luciana preguntó quién traería la ensalada de frutas ahora que no tengo abuela. Valeria y Francisco se miraron desconcertados. Una hora después, luego de recorrer mil verdulerías hasta encontrar una abierta, Francisco en la cocina cortaba un ananá. Ahora que no tengo mamá.


Durante toda la noche Francisco no pudo librarse de la opresión que le producía ver a Camilo sentado mientras una caterva de niños saltaba a su alrededor. Por eso hubiese necesitado agradecerles a los hijos de Alicia cuando, tratándolo como a un par, entretuvieron a Camilo jugando al truco. Sin embargo, Francisco nunca había podido demostrarles a sus sobrinos cuánto los quería. Los códigos implementados con su hermana, extendidos a ellos. Tampoco supo agradecer cuando Guillermo, al entrar a la cocina y descubrirlo apoyado contra la pared, los ojos cerrados, le oprimió el hombro diciéndole fuerza, hermano. Cuánto que la necesitaba. Cuánto que los necesitaba a todos y no se permitía decirlo.

lunes, 15 de agosto de 2016

94

Estaba en el estudio dando vueltas frente a un presupuesto que debería haber entregado hacía días. Entró Marcela arquitecto, está en el teléfono la señora de  Crespi, dice que hace tres horas que tiene a los albañiles esperando para descargar el material. Francisco recordó que no había llamado para confirmar la entrega no me la pasés, decile que me disculpe, que yo me hago cargo de los jornales; después, por favor, llamá al corralón a ver en qué andan. Intentó volver a su trabajo. Cinco minutos después reapareció Marcela  arquitecto, vino el ingeniero Mercader a buscar los datos para el cómputo. Francisco había estado trabajando en eso la otra tarde mientras esperaba que Luciana saliera del sicólogo, pero no tenía la menor idea de dónde había dejado los papeles. Decile que estoy en una reunión que en cuanto pueda se los alcanzo. Para Elisa lo sobresaltó. Valeria preguntándole si había hablado a la obra social por los reintegros. Él le comunicó que sí, que ya había hablado y que le habían dado un teléfono. Empezó a buscarlo entre sus papeles sin éxito. Cortó prometiendo que la llamaría. Vació los bolsillos, los cajones. No apareció él número  para los reintegros pero sí encontró los datos para Mercader. Le pidió a Marcela que le avisara al ingeniero. Para Elisa de nuevo.  Horacio preocupado por su lejanía, haciéndole planteos, reclamando. Francisco cortó prometiéndole que pronto tomarían un café. Siguió buscando el número de teléfono. Momento en el que se le cayó la carpeta de los contratistas y se mezclaron todas las hojas. Las levantó como pudo. Arquitecto, tiene que retirar a Luciana, ya son las cuatro y media informó Marcela. Francisco buscó las llaves del coche.  Las manos le sudaban, las sienes le latían como si su cabeza fuera a explotar. Se asustó. Las llaves no aparecían. Cinco menos cuarto. Nunca más los haría esperar. Salió temblando. El calor de la calle lo golpeó. Paró un taxi y se subió. Se dejó caer sobre el asiento y cerró los ojos. La camisa empapada.

El salón de actos colmado. Un calor insoportable. El ruido inútil de los ventiladores sumándose al estrépito general. Sentado junto a Valeria, Francisco espera. Mira hacia adelante. Entre sus compañeros de coro, Luciana lo saluda. Mira hacia atrás. Sentados entre la multitud, hermanos, cuñados, Tobi en brazos de Carmen, Horacio, Marcela, Laura. El micrófono solicitando silencio, la bandera de ceremonia, el himno nacional. El discurso de la directora, aplausos. El coro que canta, el telón que se corre y en la gradas, sentado en el extremo de la primera fila, entre sus compañeros parados, Camilo en su silla. Las palabras de la maestra. Álvarez, Julio. Aplausos. Padres que suben, niño que baja, el rollito atado con la cinta argentina que cambia de mano. La rosa para la madre. El grupo para la foto. Los padres que bajan y Álvarez que vuelve a su lugar. Astolfi. Bermúdez. Burstein, Canale. El estómago de Francisco hecho un nudo. Castillo. Francisco y Valeria suben. Camilo arranca con la silla. Llega hasta la mitad. Se detiene. Se acerca un compañero que le entrega las muletas. Se incorpora con esfuerzo. Paso a paso, la cara crispada, avanza. Un aplauso. Dos, diez. El público se pone de pie y lo ovaciona. Valeria se quiebra y solloza. Francisco recibe el diploma que le dan y se lo entrega a su hijo. Se abrazan.


viernes, 12 de agosto de 2016

93

Lo ayudó a Camilo a bañarse y, como cada noche, el rosario de cicatrices le percudió el alma.  Mirá, papi, como muevo la rodilla la lluvia cayendo sobre la pierna levemente elevada de su hijo sentado en un banquito me duele pero puedo, me dijo Juan que si sigo trabajando así pronto me van a dejar pararme. ¿Te pasa algo? preguntó Valeria cuando coincidieron en la cama. Estoy cansado contestó y se acurrucó contra ella. Necesitaba que lo tapasen y le dijeran que sueñes con los angelitos. Pero más allá de que el dolor compartido los había unificado, leía en los ojos de su mujer preguntas congeladas. Quizás ella también había hecho una suerte de pacto interno, porque el accidente de Camilo había rebajado a la característica de insignificante todo aquello que antes parecía trascendente. Dos en uno pero, por momentos, un hálito helado soplaba entre ellos. Y esa noche Valeria no registró que él necesitaba ser cobijado  y él no pudo soñar con los angelitos.  Tampoco con el diablo porque no durmió. A las cuatro de la mañana, harto de sofocar los ruidos del insomnio, se levantó. Fue a la cocina, abrió la heladera y la volvió a cerrar. Optó por un té. Se instaló con la taza en el sofá del living e intentó reordenar lo pensado durante todas esas horas. Aunque lo más sensato era optar por la prescindencia, le resultaba intolerable saber que en algún lugar de Rosario un hijo suyo estaba pateando un vientre que él no tocaría. Recién reparó en que no le había preguntado a Claudia por el sexo. Ella le había comentado que había sido una suerte que Rocío naciera mujer, que los varones necesitaban aún más del padre. ¿A quién le haría más falta él?, ¿quién me golpeará la puerta dentro de quince años? No había solución, alguien tendría que sufrir. Y si la opción era su mujer y sus tres hijos o ese ser que él no había buscado engendrar, no era muy difícil la elección. Sí lo avergonzaba su actitud frente a Claudia, en la vida se había portado peor con alguien. ¿Con la madre de mi hijo? Valeria era la única madre de sus hijos. Y si había valorado a Claudia como amante, como amiga, como profesional, no siempre había estado de acuerdo con su accionar como madre. ¿Él quería que su hijo tuviera a esa mamá? Su concepción de la crianza de los niños estaba centrada en la estabilidad. Los chicos precisan orden, rutinas, equilibrio.  La vida de Rocío había sido una batidora, tantas veces considerada como adulta cuando no era más que una criatura. Insoportable saber que uno de sus hijos remedaría sus vivencias infantiles mientras los otros gozaban de la serenidad de un hogar. Intentó aliviarse recordando que estaban los abuelos, su presencia era importante, seguramente cuidarían al bebé cuando Claudia fuera a trabajar. También con respecto a la situación material estaba tranquilo, no le iba a faltar nada, aunque eso, de todos modos, era lo más sencillo de solucionar.  ¿Qué sería más traumático para los chicos?, ¿enterarse dentro de muchos años que su padre había tenido un hijo al que había abandonado o saber ahora que existía un hermano con el que no se podrían relacionar? Fue una espada en las entrañas. Ese bebé, de alguna manera, era hermano de sus legítimos hijos. Más allá de privarlo de crecer con su progenitor le estaba amputando los hermanos. Nadie iba a poder perdonarlo. Una pesadilla. Escuchó ruidos desde el cuarto de Camilo. Subió inmediatamente ¿Qué pasa, hijo? preguntó alarmado. Me duele, papá, me duele mucho,  Francisco se acercó a la cama, lo ayudó a incorporarse y se sentó junto a él. ¿Te preparo un té? ofreció.  Lo que quiero es un calmante más fuerte pidió Camilo un cortaplumas me está escarbando las piernas. Tanta la angustia de Francisco que no le cabía en el cuerpo.  Ni una brizna más de dolor para este hijo. El otro tendría que esperar.


miércoles, 10 de agosto de 2016

92

Salió y buscó el auto. Ante el volante, intentó clarificarse. Recordó su emoción ante el anuncio de cada uno de sus hijos. La indescriptible sensación de rebrotar. La ilusión de antes transformada en náuseas. Puso el auto en marcha. Porque precisaba ayuda.

Francisco, ¡qué sorpresa! la alegría de Laura se transformó en preocupación ¿pasó algo con Camilo? Francisco cabeceó sigue mejor, soy yo el que está mal. Laura abrió la puerta pasá y decime en qué puedo ayudarte. Francisco le hablo de Claudia, cómo la había conocido, cómo se había ido gestando la relación entre ellos, cómo se había interrumpido  ante el regresó de Valeria, su encuentro con Germán, el descubrimiento del origen de su amnesia, la necesidad insobornable de compartirlo con ella. Te voy a decir algo que no fui capaz de confesarle a nadie Laura lo miró fijamente el auto lo atropelló a Camilo porque me había acostado con Claudia y llegué tarde a buscarlo. Laura le tomó las manos Francisco, llegaste tarde porque ibas, porque cada tarde de tu vida interrumpís tu vida para ir a buscarlos; el auto avanzó en amarillo; Camilo cruzó mal porque es un muchachito tan vital que no hay cordones que lo detengan; la vida no es justa, es absolutamente caprichosa; el auto no rompió las piernas de Camilo para castigarte, cada día miles de personas mueren atropelladas; no hay premios para los buenos ni castigo para los malos; la muerte y la enfermedad llegan porque sí, sin que podamos hacer gran cosa para evitarlos. Laura hizo una pausa y Francisco recordó de súbito el motivo de su visita. La opresión del pecho le dificultó la respiración. Todavía no te conté lo peor anunció y, entrecortadamente, logró transmitirle el fin de la historia. Concluyo diciendo está de cinco meses, ya no hay nada qué hacer. La expresión de Laura fue dura claro, hubieras hecho lo mismo que tu padre. Francisco se quedó perplejo. Laura, entendéme,  no puedo hacerme cargo de esa criatura, no puedo lastimar más a mis hijos. Laura levantó la voz esa criatura también es hijo tuyo. Francisco se aturulló no podés comparar. Laura se incorporó me parece que te equivocaste al elegirme como interlocutora. Instantes después Francisco franqueaba la puerta de entrada en dirección contraria, maldiciéndose por su torpeza

lunes, 8 de agosto de 2016

91

Papá, ¿qué te pasa?, ¿no me escuchás?, ¡hace media hora que te estoy hablando! Francisco miró por el espejo retrovisor. Las trenzas de Luciana se agitaban, airadas. No sabía ni cómo ya habían llegado. Tocó la bocina. Rosa se acercó a ayudar a Camilo. Salgo dijo él y puso primera. Cuadras después se detuvo contra el cordón. Inadmisible arriesgar un solo paso de Camilo.  Arrancó y enfiló hacia el estudio. Se encerró en la oficina. El número solicitado no corresponde a un abonado en servicio. La familia Ordóñez ya no vive aquí; no, no dejaron ningún teléfono. La campanilla del consultorio sonando interminablemente. Pensó en Jirafa, sin embargo, el recurso de localizarla a través de él quedó descartado de cuajo. Ante la crítica mirada de Marcela salió sin dar explicaciones. Tomó un taxi y en un acto de fe, se instaló en el bar de la esquina del consultorio. Casi una hora después, en la que Francisco no supo lo que hizo, ella entró. Cuando lo vio giró sobre sí misma y salió. Francisco se paró, la alcanzó y la agarró de un brazo. Sin decirse una palabra, volvieron a entrar juntos. En cuanto se sentaron Francisco preguntó ¿es mío? Ella lo corrigió es mío. El mundo terminó de derrumbarse. ¿Por qué no me avisaste? Ella serena explicó estabas luchando por la vida de un hijo, no me pareció que estuvieras en condiciones de hacerte cargo de decidir sobre la vida de otro. La voz de él se elevó entonces la decisión la tomaste vos. Ella no se alteró la decisión me tomó a mí. No tenés derecho a traer al mundo un hijo que yo no quiero necesitó agredirla. Ella, firme como un bloque, aclaró no tendría derecho a hacerte responsable de él, nada más ajeno a mi voluntad; que vos estés aquí no formaba parte de mis planes; me instalé en Rosario, por el momento en lo de mis padres; ellos están muy conectados y ya conseguí varios pacientes; Rocío está feliz con sus abuelos; compré una casita y la estoy refaccionando; no necesito nada y nada te reclamo; así como hace meses me pediste que te dejara en paz, soy yo la que ahora te pide lo mismo; me costó mucho equilibrarme, no me sacudas. Francisco se agarró la cabeza vos pensás que es tan sencillo; total que puede importarme a mí que un ser portando mis genes se desplace por el mundo; ¿tan mal me conocés?; sabés lo que significa para mí ser padre, no podés hacerme esto;  mi familia está convaleciente,¿puedo llegar a mi casa y decirle a mi hijo inválido, a la madre destrozada de ese hijo, a la hermana que creyó verlo morir, que voy a tener otro hijo? Ella intentó apaciguarlo cuando llegués a tu casa no tenés que decir nada distinto de buenas noches; olvidate que me viste, no se volverá a repetir; vine aquí solo a retirar mis últimas cosas, en unas horas me voy. Francisco se indignó ¿y qué se supone que tengo que hacer yo?, ¿quedarme en casa esperando que dentro de quince años me  golpee la puerta alguien exigiéndome un ADN? Ella  no se inmutó dentro de quince años Camilo estará curado, tu hija tendrá novio y tu mujer tejerá para sus nietos; y a lo mejor tenés suerte y nunca querrá buscarte. Él insiste Claudia, no podés hacerme esto; no voy a poder seguir respirando si sé que un hijo mío es desgraciado. Ella sonrió, despectiva, no seas tan omnipotente; me encargaré de que esta criatura crezca feliz al margen de tu existencia. Él casi gritó no puede nacer. Ella recuperó su tono profesional no sé si te das cuenta de tus contradicciones; no querés que la criatura sufra y el mejor recurso que encontrás para evitarlo es matarla; la vida de este chico no está en discusión; además, es demasiado tarde. Él le preguntó ¿de cuánto estás? Ella empezó a irritarse casi cinco meses; y más allá de tus complicaciones, podrías preguntarte por qué infiernos atravesé yo; me ofende esta conversación; no solo estás negando la condición de ser humano de mi hijo sino la mía propia. Francisco se retorció las manos perdoname, estoy desesperado, esto no puede estar pasándome a mí. La respuesta de Claudia fue un látigo ni a mí buscó sus cosas y se levantó me voy informó. Francisco la agarró fuerte del brazo no podés irte llevándote a mi hijo. Ella se zafó Rosario no es tan grande y se fue. Él quedó desplomado en la silla con la mente en blanco. Había perdido la capacidad de razonar. Necesitaba ayuda. Pensó en Horacio, pero no podía arriesgarse a que alguien más  conociera su secreto. Tuvo que ir al baño. Llegó a tiempo para vomitar.

viernes, 5 de agosto de 2016

90

Cuando salió a la calle tomó conciencia de que ya había comenzado la primavera. Una mañana tibia y dorada. Perfecta. Francisco sostuvo la puerta. Como doce años atrás empujando un cochecito, Valeria salió del hospital empuñando una silla de ruedas.

Entró al estudio demolido. Se dejó caer sobre el sillón y automáticamente lo hizo girar. ¿Cómo está Camilo? le preguntó su secretaria. Contento de volver a casa después de tanto tiempo; sé lo que le duele pero hoy quiso pararse; tiene una fortaleza que conmueve; está ansioso por empezar la rehabilitación. Ella se acercó y le tocó la mano tenga fe, arquitecto; yo rezo por él todas las noches. Francisco se emocionó, últimamente estaba hipersensible gracias, Marcela, ¿llamó alguien? preguntó intentando recomponerse. Sí, la licenciada Ordóñez, otra vez; quería saber cómo seguía Camilo; además se despidió él la miró, inquisitivo se va a vivir al interior del país. Francisco preguntó sin  alterarse ¿adónde? Marcela dudó no me lo dijo, ¿quiere que averigüe? Francisco sacudió la cabeza con energía no, no tiene importancia, alcánceme la carpeta de Riquelme, por favor; y un té. Taza en mano se reclinó sobre el asiento. No le había pasado nada, sus demonios exorcizados. Una suerte de paz bajando sobre él.


 A todo uno se acostumbra solía decir su mamá. Qué equivocada estabas. Imposible habituarse a las huellas de la silla de ruedas sobre la moquet del living. Tanto como pasar por la esquina del accidente sin que el alma se le encogiera. Todavía era temprano. Ahora Francisco siempre llegaba temprano para poder estacionar justo enfrente del colegio. Se recostó sobre el asiento y cerró los ojos. Estaba agotado. Se amodorró. El revuelo de los chicos saliendo de la escuela lo sobresaltó. Luciana apareció cargando las dos mochilas. Al ver a Camilo empujando las ruedas Francisco contrajo el abdomen, el ombligo pegado a la columna vertebral. Torpe estrategia para controlar la angustia. Francisco se bajó y abrió la puerta del auto pero, conteniéndose,  dejó que su hijo se desplazara solo hasta el asiento del auto. Plegó la silla y la metió en el baúl. Instantes después, pruebas, peleas, la charla de siempre. Francisco estaba detenido ante un semáforo cuando la vio de atrás. Las inconfundibles pantorrillas sobre los tacos aguja no lograron alterarlo. Francisco tenía la absurda certeza de que esa indiferencia era lo que iba posibilitando los progresos de Camilo. Un enorme alivio comprobar que ni la presencia de Claudia fuera capaz de sacudirla. El semáforo se puso verde y Francisco avanzó. Entonces la vio de perfil.

miércoles, 3 de agosto de 2016

89

Se lavó las manos, se puso la bata y siguió a la enfermera. Entre caños y tubos, conectado como una máquina, Camilo. La vista de Francisco viajó instintivamente hacia el extremo de la cama. Dos elevaciones le arrancaron un suspiro de alivio. Recién entonces miró la cabecera. La cara sin rastros sobre la almohada. La nariz respingada, la impecable curvatura de la frente, las pecas, las pestañas espesas, el cabello rubio de Valeria, la marca de la varicela arriba de la ceja izquierda. Francisco le rozó la mejilla con el dorso de la mano. Camilo abrió los ojos la culpa fue mía, soy un tonto. Esos labios hablando de culpas. Francisco lo amó con una profundidad desconocida. Más que a nada en el mundo. Me duele tanto. Francisco, impotente, le acaricia la mano sin suero. Camilo se la aprieta fuerte no aguanto más ayudáme, papá.

Francisco salió de terapia tambaleándose. Un remolino humano precipitándose hacia él, preguntándole. Valeria, hermanos, cuñados, Horacio. Francisco sintió que se le nublaba la vista y con delicadeza se fue desmayando.


Si alguna vez creyó estar pasando un momento difícil, la propia vida se encargó de demostrarle qué solo habían sido preparativos. Asistir, impotente, a los gritos de dolor de su hijo, presenciar las curaciones agarrándole la mano, pasar noches enteras a su lado escuchándolo llorar, saber que, más allá de las palabras de consuelo, los daños de Camilo eran irreversibles. Valeria intentando repartirse entre Camilo, Luciana, que no conseguía reanudar su vida normal y Tobi que, aunque nada reclamaba, era chiquito y precisaba atención.  Francisco la admiró. Y si en más de una oportunidad había asociado el control que ejercía sobre cada uno de sus actos con frialdad, verla desenvolverse en las actuales circunstancias le demostraba que había estado equivocado. Él, sin que ella lo advirtiera, la había descubierto tirada en el piso, en posición fetal, sollozando. Instantes después, ante un llamado de Tobi se había levantado como un resorte, secándose las lágrimas. Nunca le había reprochado  su demora, motivo del accidente, ni había inquirido por los motivos. Estoica, así era. Tu mujer vale oro. Muerta por dentro y repartiendo sonrisas a su alrededor. Para todos, meses de infierno.

lunes, 1 de agosto de 2016

88

No recordaba cómo había llegado allí. Estaba sentado en una ambulancia con Luciana en las rodillas. A su lado un médico luchaba sobre Camilo. Agradeció que la espalda del hombre no le permitiera ver lo que había quedado de su hijo. La sirena atronaba. Se vio en una ambulancia muda, acompañando a su madre mientras pensaba en su hijo. En ese momento había creído que estaba sufriendo. Esto era el dolor. Apretó fuerte a Luciana y al sentir sus espasmos recién percibió que la nena seguía llorando. No encontró palabras para consolarla porque era él quien no tenía consuelo.

La nena escondida entre sus brazos, solo uno, tuvieron que ayudarlos a bajar de la ambulancia. La camilla con Camilo precediéndolos, corriendo hacia la guardia. Ya adentro, lo primero que divisó Francisco fue la cara de Valeria, si es que merecían ese nombre los ojos celestes oscurecidos por el horror, la boca congelada en un grito silencioso. Ella corrió hacia él. Los tres fueron un abrazo.

Sonó su móvil. Aturdido, atendió.  Son casi las ocho, ¿así cumplís tus promesas? Francisco amagó cortar pero reaccionó a Camilo lo atropelló un auto.  Entre las interjecciones de Claudia agregó  tiene las piernas destrozadas, están intentando salvarlo, Francisco se desmoronó  llegué tarde, por eso lo atropelló. Ella intentó calmarlo Francisco, fue un accidente. El llanto acudió a él por primera vez ¡ayudame! Ella dictaminó voy para allá. Desaparecé de mi vida gritó Francisco ¡te lo pido por favor! Cortó y se desplomó sobre el sillón, se agarró la cabeza entre las manos y sollozó. Minutos después alguien se sentó a su lado. Él intentó contenerse. Llorá tranquilo, soy yo. Francisco se descubre la cara y desandando caminos apoya la cabeza sobre la falda de su hermana.


Valeria regresó del baño con Luciana de la mano. Francisco se enderezó y trató de rehacerse. La nena corrió hacia Alicia tía, ¡Camilo casi se me muere! Alicia la abrazó quedate tranquila, chiquita, se va a poner bien, ¿qué te parece si vamos a comer algo? La nena se aferró a su cintura no tengo hambre.  Pero yo sí, ¿me acompañás? Instantes después Alicia salía con la nena de la mano. Valeria se sentó al lado de Francisco miró el reloj y propuso recién hace  cuarenta minutos que se lo llevaron, el médico avisó que nunca demoraría menos de seis horas,¿por qué no vas con Alicia y la nena a tomar un café? Solo preciso estar con vos dijo Francisco y la atrajo contra sí. Como si conjugándose pudieran retroceder el tiempo. El espermatozoide alcanzando el óvulo, las piernas invisibles empujando el vientre, las piernas intrépidas surgiendo de él, las piernas diminutas agitándose en el moisés, las piernas redondas venciendo al espacio, las piernas entusiastas impulsando el triciclo, las piernas musculosas pedaleando la bicicleta, las piernas fuertes volteando un contrincante, las piernas ágiles corriendo sobre la vereda, las piernas juiciosas deteniéndose en la esquina, las piernas cautelosas cruzando la calle, llegando hasta él. Quizás con un gran esfuerzo de concentración podía transformar las piernas destrozadas que alguien estaba intentando rehacer en aquellas del canasto. Un mal sueño. Que alguien lo despertara de ese mal sueño con un café con leche Francisco se hace tarde para la escuela. Retroceder hasta que su propia vida estuviera en blanco para volver a empezar, para desterrar todo error, toda mezquindad, todas sus debilidades, para ser un hombre perfecto, inmune a las tentaciones, fiel a sus convicciones; un hombre que no mereciera ser castigado transformándole en astillas los huesos de su hijo. Quizá los médicos salvaran a Camilo; sin embargo, la irreversibilidad de los errores estaba cifrada en la imposibilidad de que las piernas de su hijo volvieran a ser perfectas.  Hubiese querido gritarle a Valeria su culpa para aliviarse en su confesión pero cómo atormentarla aún más. Ella se incorporó. Se acercaban Carolina y el marido. Valeria se abrazó a ellos. Francisco hubiera querido echarlos; estaban conspirando contra su titánico esfuerzo de retroceder el tiempo. Los odió. Su presencia arrojaba a Camilo, definitivamente, al pavimento, a la camilla, a la ambulancia, al quirófano. Ahora fue él el abrazado. Valeria pronunciando blasfemias. Fémur derecho, rodilla izquierda, tibias, peronés. Músculos desgarrados, arterias perforadas, transfusiones. Una sarta de mentiras. Para conseguir impresionarlos, para arrancarles lágrimas. Ellos sabían bien que no era cierto. Ellos habían visto a su hijo sobre el caballo, las piernas esbeltas, apretando la montura. Todo era una broma de pésimo gusto, basta Guillermo, una pesadilla que duraba demasiado. Mamá venime a despertar. Sacudió la cabeza, se estaba volviendo loco. Se paró y se acercó a la ventana. Era de noche, ya era de noche y un hombre cruzaba la calle.  En la silueta apurada de su hermano creyó reconocer a su padre. Ayudame, papá.