Carolina había ofrecido su casa para el festejo
de nochebuena pero Valeria fue terminante: en medio de todo el tembladeral que
algo siguiera firme para los chicos. Un dolor ver a Camilo en un sillón
plegando guirnaldas mientras Luciana brincaba alrededor del árbol colgando las
bombitas. Valeria puso la mesa para veinte personas como solo ella sabía: los
individuales de encaje, los platos de porcelana, las copas de cristal, los
cubiertos de plata, las servilletas almidonadas en los servilleteros rojos y
verdes. Luciana y Tobi parecían hormigas llevando tenedores y saleros. Camilo,
sentado, lustraba los candelabros. Todos los años Valeria le pedía a Francisco
que hiciera tarjetas para los invitados circunstanciales o que repusiera alguna
estropeada. Ese le toco perfilar un Julia correspondiente a la nueva
novia de su hermano. Junto a las tarjetas en blanco encontró las que ese año
serían prescindibles. Vecina a la de la reemplazada Fabiana encontró una tarjetita que fue una bofetada. Elisa.
Cuando se dio cuenta de que ya nunca más compartiría con su madre el vithel
toné de Alicia, ni el pan dulce de Valeria, los ojos se le llenaron de
lágrimas. El duelo por su hijo había interrumpido el duelo por su madre y en
ese momento ambos se sumaban. Qué año infernal. Definitivamente huérfano y con
un hijo inválido. ¿En qué columna colocar a Claudia y al bebé en camino?
¿Débitos o réditos? Si en ese momento tuviera el poder de volver el tiempo
hacia atrás, no tenía dudas, obviaría el reencuentro con la primera responsable
del segundo. A las siete de la tarde Luciana preguntó quién traería la ensalada
de frutas ahora que no tengo abuela. Valeria y Francisco se miraron
desconcertados. Una hora después, luego de recorrer mil verdulerías hasta
encontrar una abierta, Francisco en la cocina cortaba un ananá. Ahora que no
tengo mamá.
Durante toda la noche Francisco no pudo
librarse de la opresión que le producía ver a Camilo sentado mientras una
caterva de niños saltaba a su alrededor. Por eso hubiese necesitado
agradecerles a los hijos de Alicia cuando, tratándolo como a un par, entretuvieron
a Camilo jugando al truco. Sin embargo, Francisco nunca había podido
demostrarles a sus sobrinos cuánto los quería. Los códigos implementados con su
hermana, extendidos a ellos. Tampoco supo agradecer cuando Guillermo, al entrar
a la cocina y descubrirlo apoyado contra la pared, los ojos cerrados, le
oprimió el hombro diciéndole fuerza, hermano. Cuánto que la necesitaba.
Cuánto que los necesitaba a todos y no se permitía decirlo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario