miércoles, 17 de agosto de 2016

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Carolina había ofrecido su casa para el festejo de nochebuena pero Valeria fue terminante: en medio de todo el tembladeral que algo siguiera firme para los chicos. Un dolor ver a Camilo en un sillón plegando guirnaldas mientras Luciana brincaba alrededor del árbol colgando las bombitas. Valeria puso la mesa para veinte personas como solo ella sabía: los individuales de encaje, los platos de porcelana, las copas de cristal, los cubiertos de plata, las servilletas almidonadas en los servilleteros rojos y verdes. Luciana y Tobi parecían hormigas llevando tenedores y saleros. Camilo, sentado, lustraba los candelabros. Todos los años Valeria le pedía a Francisco que hiciera tarjetas para los invitados circunstanciales o que repusiera alguna estropeada. Ese le toco perfilar un Julia correspondiente a la nueva novia de su hermano. Junto a las tarjetas en blanco encontró las que ese año serían prescindibles. Vecina a la de la reemplazada Fabiana  encontró una tarjetita que fue una bofetada. Elisa. Cuando se dio cuenta de que ya nunca más compartiría con su madre el vithel toné de Alicia, ni el pan dulce de Valeria, los ojos se le llenaron de lágrimas. El duelo por su hijo había interrumpido el duelo por su madre y en ese momento ambos se sumaban. Qué año infernal. Definitivamente huérfano y con un hijo inválido. ¿En qué columna colocar a Claudia y al bebé en camino? ¿Débitos o réditos? Si en ese momento tuviera el poder de volver el tiempo hacia atrás, no tenía dudas, obviaría el reencuentro con la primera responsable del segundo. A las siete de la tarde Luciana preguntó quién traería la ensalada de frutas ahora que no tengo abuela. Valeria y Francisco se miraron desconcertados. Una hora después, luego de recorrer mil verdulerías hasta encontrar una abierta, Francisco en la cocina cortaba un ananá. Ahora que no tengo mamá.


Durante toda la noche Francisco no pudo librarse de la opresión que le producía ver a Camilo sentado mientras una caterva de niños saltaba a su alrededor. Por eso hubiese necesitado agradecerles a los hijos de Alicia cuando, tratándolo como a un par, entretuvieron a Camilo jugando al truco. Sin embargo, Francisco nunca había podido demostrarles a sus sobrinos cuánto los quería. Los códigos implementados con su hermana, extendidos a ellos. Tampoco supo agradecer cuando Guillermo, al entrar a la cocina y descubrirlo apoyado contra la pared, los ojos cerrados, le oprimió el hombro diciéndole fuerza, hermano. Cuánto que la necesitaba. Cuánto que los necesitaba a todos y no se permitía decirlo.

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