Papá, ¿qué te pasa?, ¿no me escuchás?, ¡hace
media hora que te estoy hablando! Francisco miró por el espejo retrovisor. Las trenzas de Luciana se
agitaban, airadas. No sabía ni cómo ya habían llegado. Tocó la bocina. Rosa se
acercó a ayudar a Camilo. Salgo dijo él y puso primera. Cuadras
después se detuvo contra el cordón. Inadmisible arriesgar un solo paso de
Camilo. Arrancó y enfiló hacia el
estudio. Se encerró en la oficina. El número solicitado no corresponde a un
abonado en servicio. La familia Ordóñez ya no vive aquí; no, no dejaron ningún
teléfono. La campanilla del consultorio sonando interminablemente. Pensó en
Jirafa, sin embargo, el recurso de localizarla a través de él quedó descartado
de cuajo. Ante la crítica mirada de Marcela salió sin dar explicaciones. Tomó
un taxi y en un acto de fe, se instaló en el bar de la esquina del consultorio.
Casi una hora después, en la que Francisco no supo lo que hizo, ella entró.
Cuando lo vio giró sobre sí misma y salió. Francisco se paró, la alcanzó y la
agarró de un brazo. Sin decirse una palabra, volvieron a entrar juntos. En
cuanto se sentaron Francisco preguntó ¿es mío? Ella lo corrigió es
mío. El mundo terminó de derrumbarse. ¿Por qué no me avisaste? Ella
serena explicó estabas luchando por la vida de un hijo, no me pareció que
estuvieras en condiciones de hacerte cargo de decidir sobre la vida de otro. La
voz de él se elevó entonces la decisión la tomaste vos. Ella no se
alteró la decisión me tomó a mí. No tenés derecho a traer al mundo un hijo
que yo no quiero necesitó agredirla. Ella, firme como un bloque,
aclaró no tendría derecho a hacerte responsable de él, nada más ajeno a mi
voluntad; que vos estés aquí no formaba parte de mis planes; me instalé en
Rosario, por el momento en lo de mis padres; ellos están muy conectados y ya
conseguí varios pacientes; Rocío está feliz con sus abuelos; compré una casita
y la estoy refaccionando; no necesito nada y nada te reclamo; así como hace
meses me pediste que te dejara en paz, soy yo la que ahora te pide lo mismo; me
costó mucho equilibrarme, no me sacudas. Francisco se agarró la cabeza vos
pensás que es tan sencillo; total que puede importarme a mí que un ser portando
mis genes se desplace por el mundo; ¿tan mal me conocés?; sabés lo que
significa para mí ser padre, no podés hacerme esto; mi familia está convaleciente,¿puedo llegar a
mi casa y decirle a mi hijo inválido, a la madre destrozada de ese hijo, a la
hermana que creyó verlo morir, que voy a tener otro hijo? Ella intentó
apaciguarlo cuando llegués a tu casa no tenés que decir nada distinto de
buenas noches; olvidate que me viste, no se volverá a repetir; vine aquí solo a
retirar mis últimas cosas, en unas horas me voy. Francisco se indignó ¿y
qué se supone que tengo que hacer yo?, ¿quedarme en casa esperando que dentro
de quince años me golpee la puerta
alguien exigiéndome un ADN? Ella no
se inmutó dentro de quince años Camilo estará curado, tu hija tendrá novio y
tu mujer tejerá para sus nietos; y a lo mejor tenés suerte y nunca querrá
buscarte. Él insiste Claudia, no podés hacerme esto; no voy a poder
seguir respirando si sé que un hijo mío es desgraciado. Ella sonrió,
despectiva, no seas tan omnipotente; me encargaré de que esta criatura
crezca feliz al margen de tu existencia. Él casi gritó no puede nacer. Ella
recuperó su tono profesional no sé si te das cuenta de tus contradicciones;
no querés que la criatura sufra y el mejor recurso que encontrás para evitarlo
es matarla; la vida de este chico no está en discusión; además, es demasiado
tarde. Él le preguntó ¿de cuánto estás? Ella empezó a irritarse casi
cinco meses; y más allá de tus complicaciones, podrías preguntarte por qué
infiernos atravesé yo; me ofende esta conversación; no solo estás negando la
condición de ser humano de mi hijo sino la mía propia. Francisco se
retorció las manos perdoname, estoy desesperado, esto no puede estar
pasándome a mí. La respuesta de Claudia fue un látigo ni a mí buscó
sus cosas y se levantó me voy informó. Francisco la agarró fuerte
del brazo no podés irte llevándote a mi hijo. Ella se zafó Rosario no
es tan grande y se
fue. Él quedó desplomado en la silla con la mente en blanco. Había perdido la
capacidad de razonar. Necesitaba ayuda. Pensó en Horacio, pero no podía
arriesgarse a que alguien más conociera
su secreto. Tuvo que ir al baño. Llegó a tiempo para vomitar.
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