Mamá, el señor del auto. Francisco entró. Olor a pintura, a obra nueva,
ese aroma que lo embriagaba. Un estar de altísimas paredes parecía escapado de
una revista de decoración. Luz, armonía, color. Se alegró por su hija. Pasá le llegó la voz de Claudia desde el fondo
del pasillo. Un dormitorio pequeñito, una cuna, un cambiador. Peluches en los
estantes. En la mecedora, Claudia con la nena prendida del pecho. Francisco
hubiese querido abarcar a las dos en un abrazo pero se acercó civilizadamente y
se limitó a besar a Claudia en la mejilla.
No te esperaba, hasta marzo no te esperaba. La conversación
pareció alertar a la chiquita que soltó el pezón. Claudia aprovechó y se cerró
la ropa. Francisco miró a la nena y la nena lo miró. ¿Puedo agarrarla? Ella
dijo, burlona hacé de cuenta que es tuya. El renacuajo que había
conocido era una rozagante beba de cachetes inflados. Francisco le sintió el
olor. Olor que lo transportó hacia sus hijos, sus legítimos hijos. Rocío entró
al cuarto ¿me la das? y el pedido era una orden. Primero sentáte indicó Claudia. ¿Te
gusta mi bebé? preguntó la nena. Francisco le acarició la cabeza es
preciosa, te felicito. Estoy muerta de hambre, esta chiquilina me
está fagocitando, ¿comés con nosotras?
ofreció Claudia. Francisco se encontró sentado a la mesa con
una mujer y una nena. La otra durmiendo en el canasto. Si mamá te viera. Levantaron los platos. Claudia mandó a Rocío a
acostarse. La chiquilina se despidió refunfuñando. Cuando la vio alejarse, de
atrás, por un instante, se le antojó Luciana. Recordó las revistas mejicanas
que le regalaba su papá. Había una de Superman en un mundo paralelo, un mundo
en el que tenía mujer e hijos.¿Por qué viniste? lo sorprendió desarmado
Claudia. Necesitaba verla, en todo este tiempo no hubo un solo día en que no
haya pensado en ella. Claudia fue dura sin embargo, precisaste que tu
mujer estuviera lejos para animarte a venir; ¿por qué ni siquiera llamaste si
tanto la extrañabas? Las explicaciones de Francisco sobre el cuerpo de
mi hijo juré que no volvería a verte no lograron conmoverla juraste
renunciar al placer y esto que estás ejerciendo
no es un placer, es un deber. La
frase dio en el blanco. Francisco experimentó un violento alivio. Elevo
levemente el cuello y metiendo la mano en el bolsillo agregó además
quería traerte dinero; en dos días me voy a Estados Unidos. Claudia le
frenó el movimiento a mi hija la gesté yo, la parí yo y la mantengo yo. Él,
intensamente dolorido, solo atinó a ofrecer cuando precise algo no tenés
más que pedírmelo miró luego su reloj y dijo se hizo muy tarde, ya me
voy. Claudia lo descolocó ¿querés quedarte a dormir? y ante el espontáneo gesto de Francisco
añadió, zumbona no te asustes, no pienso violarte, en el cuarto de Rocío hay
otra cama. Es mejor que no
contestó Francisco intentando sonreír y le entregó un paquete ¿esto
también me lo vas a rechazar? Un álbum para bebés idéntico al que la
madre de Francisco había ido regalando a cada uno de sus nietos. Porque así
como Luciana nunca llegaría a ser grande para su abuela, Azul no había llegado
a ser. La pregunta de Claudia
lo sobresaltó ¿le contaste a alguien que tenés otra hija? Ante su respuesta
ella comentó todavía no aprendiste a vivir sin tu mamá.
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