Cuando salió a la calle tomó conciencia de que
ya había comenzado la primavera. Una mañana tibia y dorada. Perfecta. Francisco
sostuvo la puerta. Como doce años atrás empujando un cochecito, Valeria salió
del hospital empuñando una silla de ruedas.
Entró al estudio demolido. Se dejó caer sobre
el sillón y automáticamente lo hizo girar. ¿Cómo está Camilo? le
preguntó su secretaria. Contento de volver a casa después de tanto tiempo;
sé lo que le duele pero hoy quiso pararse; tiene una fortaleza que conmueve;
está ansioso por empezar la rehabilitación. Ella se acercó y le tocó la
mano tenga fe, arquitecto; yo rezo por él todas las noches. Francisco se
emocionó, últimamente estaba hipersensible gracias, Marcela, ¿llamó alguien?
preguntó intentando recomponerse. Sí, la licenciada Ordóñez, otra vez;
quería saber cómo seguía Camilo; además se despidió él la miró, inquisitivo
se va a vivir al interior del país. Francisco preguntó sin alterarse ¿adónde? Marcela dudó no me
lo dijo, ¿quiere que averigüe? Francisco sacudió la cabeza con
energía no, no tiene importancia, alcánceme la carpeta de Riquelme, por favor;
y un té. Taza en mano se reclinó sobre el asiento. No le había pasado nada,
sus demonios exorcizados. Una suerte de paz bajando sobre él.
A todo
uno se acostumbra solía decir su mamá. Qué equivocada estabas. Imposible
habituarse a las huellas de la silla de ruedas sobre la moquet del
living. Tanto como pasar por la esquina del accidente sin que el alma se le
encogiera. Todavía era temprano. Ahora Francisco siempre llegaba temprano para poder
estacionar justo enfrente del colegio. Se recostó sobre el asiento y cerró los
ojos. Estaba agotado. Se amodorró. El revuelo de los chicos saliendo de la
escuela lo sobresaltó. Luciana apareció cargando las dos mochilas. Al ver a
Camilo empujando las ruedas Francisco contrajo el abdomen, el ombligo pegado a
la columna vertebral. Torpe estrategia para controlar la angustia. Francisco se
bajó y abrió la puerta del auto pero, conteniéndose, dejó que su hijo se desplazara solo hasta el
asiento del auto. Plegó la silla y la metió en el baúl. Instantes después,
pruebas, peleas, la charla de siempre. Francisco estaba detenido ante un
semáforo cuando la vio de atrás. Las inconfundibles pantorrillas sobre los
tacos aguja no lograron alterarlo. Francisco tenía la absurda certeza de que
esa indiferencia era lo que iba posibilitando los progresos de Camilo. Un
enorme alivio comprobar que ni la presencia de Claudia fuera capaz de
sacudirla. El semáforo se puso verde y Francisco avanzó. Entonces la vio de
perfil.
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