viernes, 5 de agosto de 2016

90

Cuando salió a la calle tomó conciencia de que ya había comenzado la primavera. Una mañana tibia y dorada. Perfecta. Francisco sostuvo la puerta. Como doce años atrás empujando un cochecito, Valeria salió del hospital empuñando una silla de ruedas.

Entró al estudio demolido. Se dejó caer sobre el sillón y automáticamente lo hizo girar. ¿Cómo está Camilo? le preguntó su secretaria. Contento de volver a casa después de tanto tiempo; sé lo que le duele pero hoy quiso pararse; tiene una fortaleza que conmueve; está ansioso por empezar la rehabilitación. Ella se acercó y le tocó la mano tenga fe, arquitecto; yo rezo por él todas las noches. Francisco se emocionó, últimamente estaba hipersensible gracias, Marcela, ¿llamó alguien? preguntó intentando recomponerse. Sí, la licenciada Ordóñez, otra vez; quería saber cómo seguía Camilo; además se despidió él la miró, inquisitivo se va a vivir al interior del país. Francisco preguntó sin  alterarse ¿adónde? Marcela dudó no me lo dijo, ¿quiere que averigüe? Francisco sacudió la cabeza con energía no, no tiene importancia, alcánceme la carpeta de Riquelme, por favor; y un té. Taza en mano se reclinó sobre el asiento. No le había pasado nada, sus demonios exorcizados. Una suerte de paz bajando sobre él.


 A todo uno se acostumbra solía decir su mamá. Qué equivocada estabas. Imposible habituarse a las huellas de la silla de ruedas sobre la moquet del living. Tanto como pasar por la esquina del accidente sin que el alma se le encogiera. Todavía era temprano. Ahora Francisco siempre llegaba temprano para poder estacionar justo enfrente del colegio. Se recostó sobre el asiento y cerró los ojos. Estaba agotado. Se amodorró. El revuelo de los chicos saliendo de la escuela lo sobresaltó. Luciana apareció cargando las dos mochilas. Al ver a Camilo empujando las ruedas Francisco contrajo el abdomen, el ombligo pegado a la columna vertebral. Torpe estrategia para controlar la angustia. Francisco se bajó y abrió la puerta del auto pero, conteniéndose,  dejó que su hijo se desplazara solo hasta el asiento del auto. Plegó la silla y la metió en el baúl. Instantes después, pruebas, peleas, la charla de siempre. Francisco estaba detenido ante un semáforo cuando la vio de atrás. Las inconfundibles pantorrillas sobre los tacos aguja no lograron alterarlo. Francisco tenía la absurda certeza de que esa indiferencia era lo que iba posibilitando los progresos de Camilo. Un enorme alivio comprobar que ni la presencia de Claudia fuera capaz de sacudirla. El semáforo se puso verde y Francisco avanzó. Entonces la vio de perfil.

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