lunes, 1 de agosto de 2016

88

No recordaba cómo había llegado allí. Estaba sentado en una ambulancia con Luciana en las rodillas. A su lado un médico luchaba sobre Camilo. Agradeció que la espalda del hombre no le permitiera ver lo que había quedado de su hijo. La sirena atronaba. Se vio en una ambulancia muda, acompañando a su madre mientras pensaba en su hijo. En ese momento había creído que estaba sufriendo. Esto era el dolor. Apretó fuerte a Luciana y al sentir sus espasmos recién percibió que la nena seguía llorando. No encontró palabras para consolarla porque era él quien no tenía consuelo.

La nena escondida entre sus brazos, solo uno, tuvieron que ayudarlos a bajar de la ambulancia. La camilla con Camilo precediéndolos, corriendo hacia la guardia. Ya adentro, lo primero que divisó Francisco fue la cara de Valeria, si es que merecían ese nombre los ojos celestes oscurecidos por el horror, la boca congelada en un grito silencioso. Ella corrió hacia él. Los tres fueron un abrazo.

Sonó su móvil. Aturdido, atendió.  Son casi las ocho, ¿así cumplís tus promesas? Francisco amagó cortar pero reaccionó a Camilo lo atropelló un auto.  Entre las interjecciones de Claudia agregó  tiene las piernas destrozadas, están intentando salvarlo, Francisco se desmoronó  llegué tarde, por eso lo atropelló. Ella intentó calmarlo Francisco, fue un accidente. El llanto acudió a él por primera vez ¡ayudame! Ella dictaminó voy para allá. Desaparecé de mi vida gritó Francisco ¡te lo pido por favor! Cortó y se desplomó sobre el sillón, se agarró la cabeza entre las manos y sollozó. Minutos después alguien se sentó a su lado. Él intentó contenerse. Llorá tranquilo, soy yo. Francisco se descubre la cara y desandando caminos apoya la cabeza sobre la falda de su hermana.


Valeria regresó del baño con Luciana de la mano. Francisco se enderezó y trató de rehacerse. La nena corrió hacia Alicia tía, ¡Camilo casi se me muere! Alicia la abrazó quedate tranquila, chiquita, se va a poner bien, ¿qué te parece si vamos a comer algo? La nena se aferró a su cintura no tengo hambre.  Pero yo sí, ¿me acompañás? Instantes después Alicia salía con la nena de la mano. Valeria se sentó al lado de Francisco miró el reloj y propuso recién hace  cuarenta minutos que se lo llevaron, el médico avisó que nunca demoraría menos de seis horas,¿por qué no vas con Alicia y la nena a tomar un café? Solo preciso estar con vos dijo Francisco y la atrajo contra sí. Como si conjugándose pudieran retroceder el tiempo. El espermatozoide alcanzando el óvulo, las piernas invisibles empujando el vientre, las piernas intrépidas surgiendo de él, las piernas diminutas agitándose en el moisés, las piernas redondas venciendo al espacio, las piernas entusiastas impulsando el triciclo, las piernas musculosas pedaleando la bicicleta, las piernas fuertes volteando un contrincante, las piernas ágiles corriendo sobre la vereda, las piernas juiciosas deteniéndose en la esquina, las piernas cautelosas cruzando la calle, llegando hasta él. Quizás con un gran esfuerzo de concentración podía transformar las piernas destrozadas que alguien estaba intentando rehacer en aquellas del canasto. Un mal sueño. Que alguien lo despertara de ese mal sueño con un café con leche Francisco se hace tarde para la escuela. Retroceder hasta que su propia vida estuviera en blanco para volver a empezar, para desterrar todo error, toda mezquindad, todas sus debilidades, para ser un hombre perfecto, inmune a las tentaciones, fiel a sus convicciones; un hombre que no mereciera ser castigado transformándole en astillas los huesos de su hijo. Quizá los médicos salvaran a Camilo; sin embargo, la irreversibilidad de los errores estaba cifrada en la imposibilidad de que las piernas de su hijo volvieran a ser perfectas.  Hubiese querido gritarle a Valeria su culpa para aliviarse en su confesión pero cómo atormentarla aún más. Ella se incorporó. Se acercaban Carolina y el marido. Valeria se abrazó a ellos. Francisco hubiera querido echarlos; estaban conspirando contra su titánico esfuerzo de retroceder el tiempo. Los odió. Su presencia arrojaba a Camilo, definitivamente, al pavimento, a la camilla, a la ambulancia, al quirófano. Ahora fue él el abrazado. Valeria pronunciando blasfemias. Fémur derecho, rodilla izquierda, tibias, peronés. Músculos desgarrados, arterias perforadas, transfusiones. Una sarta de mentiras. Para conseguir impresionarlos, para arrancarles lágrimas. Ellos sabían bien que no era cierto. Ellos habían visto a su hijo sobre el caballo, las piernas esbeltas, apretando la montura. Todo era una broma de pésimo gusto, basta Guillermo, una pesadilla que duraba demasiado. Mamá venime a despertar. Sacudió la cabeza, se estaba volviendo loco. Se paró y se acercó a la ventana. Era de noche, ya era de noche y un hombre cruzaba la calle.  En la silueta apurada de su hermano creyó reconocer a su padre. Ayudame, papá.

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