No recordaba cómo había llegado allí. Estaba
sentado en una ambulancia con Luciana en las rodillas. A su lado un médico
luchaba sobre Camilo. Agradeció que la espalda del hombre no le permitiera ver
lo que había quedado de su hijo. La sirena atronaba. Se vio en una ambulancia
muda, acompañando a su madre mientras pensaba en su hijo. En ese momento había
creído que estaba sufriendo. Esto era el
dolor. Apretó fuerte a Luciana y al sentir sus espasmos recién percibió que
la nena seguía llorando. No encontró palabras para consolarla porque era él
quien no tenía consuelo.
La nena escondida entre sus brazos, solo uno,
tuvieron que ayudarlos a bajar de la ambulancia. La camilla con Camilo
precediéndolos, corriendo hacia la guardia. Ya adentro, lo primero que divisó
Francisco fue la cara de Valeria, si es que merecían ese nombre los ojos
celestes oscurecidos por el horror, la boca congelada en un grito silencioso.
Ella corrió hacia él. Los tres fueron un abrazo.
Sonó su móvil. Aturdido, atendió. Son casi las ocho, ¿así cumplís tus promesas?
Francisco amagó cortar pero reaccionó a Camilo lo atropelló un
auto. Entre las interjecciones de Claudia agregó tiene las piernas destrozadas, están
intentando salvarlo, Francisco se desmoronó
llegué tarde, por eso lo atropelló. Ella intentó calmarlo Francisco,
fue un accidente. El llanto acudió a él por primera vez ¡ayudame! Ella
dictaminó voy para allá. Desaparecé de mi vida gritó Francisco ¡te
lo pido por favor! Cortó y se desplomó sobre el sillón, se agarró la cabeza
entre las manos y sollozó. Minutos después alguien se sentó a su lado. Él
intentó contenerse. Llorá tranquilo, soy yo. Francisco se descubre la
cara y desandando caminos apoya la cabeza sobre la falda de su hermana.
Valeria regresó del baño con Luciana de la
mano. Francisco se enderezó y trató de rehacerse. La nena corrió hacia Alicia tía,
¡Camilo casi se me muere! Alicia la abrazó quedate tranquila, chiquita,
se va a poner bien, ¿qué te parece si vamos a comer algo? La nena se aferró
a su cintura no tengo hambre. Pero
yo sí, ¿me acompañás? Instantes después Alicia salía con la nena de la
mano. Valeria se sentó al lado de Francisco miró el reloj y propuso recién hace cuarenta minutos que se lo llevaron, el médico
avisó que nunca demoraría menos de seis horas,¿por qué no vas con Alicia y la
nena a tomar un café? Solo preciso estar con vos dijo Francisco y la atrajo contra sí. Como si
conjugándose pudieran retroceder el tiempo. El espermatozoide alcanzando el
óvulo, las piernas invisibles empujando el vientre, las piernas intrépidas
surgiendo de él, las piernas diminutas agitándose en el moisés, las piernas
redondas venciendo al espacio, las piernas entusiastas impulsando el triciclo,
las piernas musculosas pedaleando la bicicleta, las piernas fuertes volteando
un contrincante, las piernas ágiles corriendo sobre la vereda, las piernas
juiciosas deteniéndose en la esquina, las piernas cautelosas cruzando la calle,
llegando hasta él. Quizás con un gran esfuerzo de concentración podía
transformar las piernas destrozadas que alguien estaba intentando rehacer en
aquellas del canasto. Un mal sueño. Que alguien lo despertara de ese mal sueño
con un café con leche Francisco se hace tarde para la escuela.
Retroceder hasta que su propia vida estuviera en blanco para volver a empezar,
para desterrar todo error, toda mezquindad, todas sus debilidades, para ser un
hombre perfecto, inmune a las tentaciones, fiel a sus convicciones; un hombre
que no mereciera ser castigado transformándole en astillas los huesos de su
hijo. Quizá los médicos salvaran a Camilo; sin embargo, la irreversibilidad de
los errores estaba cifrada en la imposibilidad de que las piernas de su hijo
volvieran a ser perfectas. Hubiese
querido gritarle a Valeria su culpa para aliviarse en su confesión pero cómo
atormentarla aún más. Ella se incorporó. Se acercaban Carolina y el marido.
Valeria se abrazó a ellos. Francisco hubiera querido echarlos; estaban
conspirando contra su titánico esfuerzo de retroceder el tiempo. Los odió. Su
presencia arrojaba a Camilo, definitivamente, al pavimento, a la camilla, a la
ambulancia, al quirófano. Ahora fue él el abrazado. Valeria pronunciando
blasfemias. Fémur derecho, rodilla izquierda, tibias, peronés. Músculos
desgarrados, arterias perforadas, transfusiones. Una sarta de mentiras. Para
conseguir impresionarlos, para arrancarles lágrimas. Ellos sabían bien que no
era cierto. Ellos habían visto a su hijo sobre el caballo, las piernas
esbeltas, apretando la montura. Todo era una broma de pésimo gusto, basta Guillermo, una pesadilla que
duraba demasiado. Mamá venime a despertar. Sacudió la cabeza, se estaba volviendo
loco. Se paró y se acercó a la ventana. Era de noche, ya era de noche y un
hombre cruzaba la calle. En la silueta
apurada de su hermano creyó reconocer a su padre. Ayudame, papá.
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