Por suerte el tránsito le fue favorable. La
estimada media hora de atraso reducida a veinte minutos. Estacionó frente al
colegio. Bajó del auto al tiempo que Luciana, con las dos mochilas, corría
hacia él. Se le tiró en los brazos, llorando. Bueno, hijita, no es para
tanto, alguna vez en la vida se me puede hacer tarde y recién reaccionando
preguntó ¿dónde está tu hermano? Fue a lo de Leo a llamarte; me dijo
que no me moviera de acá de pronto, avergonzada, la nena se apartó de su
padre y se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano. Francisco buscó su
teléfono: sí, lo había apagado en el hotel. Luciana miraba hacia la dirección
en que había desaparecido su hermano y de pronto dijo mirá, papá, ahí viene.
Él, aliviado, giró sobre sí mismo. Camilo corría por la vereda. Francisco
tuvo noción de que no disminuía la velocidad. Quiso recordarle el reciente curso
de educación vial, había que detenerse en las esquinas. Una flecha, la carita
colorada, el chico bajó el cordón solo mirándolo. Francisco sí vio el auto que
aceleraba intentando obviar el amarillo. ¡¡Cuidado, Camilo!! gritó con todas
sus fuerzas mientras corría hacia la esquina. Como tocado por un rayo el chico
se para en seco al mismo tiempo que se escucha un chirrido de frenos.
Francisco, que sigue corriendo, cierra los ojos. Un instante después los abre y
no ve a Camilo. Al auto sí. Está detenido y es azul. Piensa, mientras sigue
corriendo dónde se habrá metido este chico. Cuando llega a la esquina,
del auto azul baja un hombre agarrándose la cabeza. Francisco lo roza al pasar
frente al coche. De abajo del auto emerge el cuerpo de Camilo. Francisco
escucha un aullido de animal y le toma unos segundos darse cuenta de que
proviene de sí mismo. Se abalanza sobre Camilo, los ojos cerrados, el delantal
blanco. Francisco se arrodilla y sobre el cuerpo inmóvil de su hijo, le jura al
Dios en el que no cree, que si se lo devuelve nunca más Claudia, nunca más.
Camilo abre los ojos un instante y vuelve a cerrarlos. Francisco mete las manos
bajo las axilas del nene y va a jalarlo cuando un grito lo detiene. No lo
mueva, déjelo. Francisco gira aturdido. Un policía se acerca. Ahora sí
escucha alaridos que tiene certeza no provienen de él. Aliviado piensa puede
gritar y se voltea hacia Camilo. El chico sigue exánime. Francisco,
desconcertado, vuelve a girar. Luciana se tira sobre él gritando ¡Camilo se
murió! Francisco se sienta sobre sus talones y la abraza. El policía le ordena levántese.
Francisco no atina a moverse. El hombre lo agarra del codo. Él se incorpora. Un
remolino de gente alrededor. A lo lejos, una sirena. Ya parado, con la nena, enterrada
en su cintura, vuelve a mirar a Camilo. La mitad visible del delantal ya no es
blanca.
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