Esa noche, en la cama, Francisco intentó
hilvanar sus últimas experiencias. Cuánto más sencillo había sido, durante
años, defenestrar la figura de su padre y ensalzar la de su madre; culpar de
todo a esa mujer. Desde el vientre había sido mudo testigo de un juego
de pasiones. Nadie había querido hacerle daño, eso era evidente, pero igual se
lo habían hecho. La misma torpeza demostrada por Claudia, tan sensible frente a
los dolores ajenos, con su propia hija. ¿Sería él mismo incapaz de percibir las
inquietudes de los suyos a quienes consideraba viviendo en un paraíso terrenal?
Era un mito la existencia de una niñez feliz. Cada niño cargaba con la
suficiente inteligencia emocional para leer entre líneas, para captar los verdaderos
sentimientos de los padres a partir de sus vibraciones, de su olor. Quizás el
sexto sentido de sus hijos podía percibir como su cuerpo añoraba el de Claudia,
como su alma la necesitaba. Una parte de sí mismo que, como un perro
abandonado, aullaba por su dueño.
La hamaca buscaba, obstinada, las manos de
Francisco. Las carcajadas de Tobi surcando el aire. Francisco se sintió
salvajemente vivo. Sorpresivamente feliz. ¿Horacio
sabe? Francisco, desconcertado, giró hacia Valeria. ¿Si sabe qué? La cara de su mujer era elocuente. Él bajo los
brazos. ¡Más, papá!
Francisco vio a sus hermanos munirse de muebles
y cuadros que siempre habían desdeñado. Y aunque se revolvía de rabia, no pudo
dejar de pensar que su madre habría estado contenta. Ella había establecido, a
lo largo de toda una vida de acarrearlos de vivienda en vivienda, una relación
muy particular con sus pertenencias. Había amado por igual porcelanas finas y
toscas figuritas de loza. Después de que las piezas de valor fueron
adjudicadas, y sus hermanos, en consecuencia, se hubieran ido, Francisco se
propuso deshacerse de la multitud de cosas inservibles que tapizaban estantes y
paredes. No fue fácil. Compré un angelito me dice mamá y yo le pregunto otro
más y ella me contesta este no es cualquier angelito fijáte tiene tu misma cara
estaba en el remate esperándome. El teléfono sonó, sobresaltándolo. La cena
lista y los chicos muertos de hambre. Aliviado, se lavó las manos y se dirigió
a su casa. Desde un inicio le había resultado mucho más fácil ser padre que
hijo pensaba ya en el auto. A lo mejor los chicos, hasta ahora tan dóciles,
estaban juntando fuerzas para complicarle la vida. Francisco sonrió solo. Inimaginable
Luciana transformada en una Alicia; Camilo en un Guillermo. Y no supo si
alegrarse cuando notó que no sería inconcebible que Tobi se le pareciera.
El yesero meneaba la cabeza, preocupado hacía rato que no veía molduras tan
trabajadas. Francisco supo que el presupuesto adelantado por teléfono iba a
ser considerablemente incrementado. Su mirada siguió la del hombre y recién
descubrió que eran idénticas a la del hall de Amenábar. Un pie en un cuadro
blanco, el otro en uno negro. Una
voz lo sobresaltó me quedé
corto, arquitecto, disculpemé.
Estaba esperando en el auto a Camilo cuando
reparó en que hacía mucho que no lo veía practicar. Entró al club. Qué olor particular. Cloro, adrenalina, sudor,
desodorante. Su hijo estaba luchando. Rojo, jadeante, el dobok abierto
mostrando el pecho transpirado. Qué distinto del aplicado escolar que había
recogido del colegio solo hacía unas horas. Una fulminante patada de Camilo
derribó a su contrincante. El sabonín le levantó el brazo. Recién entonces el
chico lo descubrió. La cara se le iluminó. Mientras Camilo se duchaba el
sabonín se acercó a Francisco las piernas
de este chico valen oro. Francisco pensó las piernas de mi hijo. Fue extraño.
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