lunes, 29 de febrero de 2016

24


Acababan de arrancar cuando Para Elisa irrumpió en su teléfono. Me olvidé el trabajo de Sociales arriba de la mesa, si no lo entrego me ponen un uno.  Hijo, estoy trabajando y sin el auto. Claudia le hacía señas. Papá, ¡por favor!  Él tapó con la mano el aparato. Te llevo ofreció ella.  Un absurdo. Pasar por su casa, retirar el trabajo, ir al colegio, dejárselo al nene. Todo con ella, manejando en silencio.  La cara de alivio de Camilo yo sabía que no me ibas a fallar. De la escuela directo a Amenábar. Ella resultó mejor chofer porque sin dar una vuelta de más, estacionó frente al 515. Bajaron. Contemplaron la fachada como si fuera un templo, durante un largo rato. Luego se acercaron a la entrada dispuestos a espiar. En pésimo momento porque se abrió la puerta y la señora casi se los lleva por delante. No pude resistir la tentación de echarle otra mirada se excusó Francisco. Sus rosas todavía están preciosas, no se hubiera molestado; tengo que contarle un secreto: me emocionó; espero que mis declaraciones no le traigan problemas con la señorita. Francisco recorrió nuevamente la casa. Claudia lo seguía en absoluto  silencio. Mientras Francisco inspeccionaba las distintas estancias las imágenes se le agolparon. Increíble que en décimas de segundo cupieran caras, sentimientos, voces. Su cerebro, a punto de estallar, trataba de atrapar las escenas que llegaban y se esfumaban sin que él lograra asirlas. Tenía clara conciencia de que cada nuevo recuerdo tenía el poder de borrar uno anterior. Mientras bajaba la escalera se recitaba los reyes la tortilla el kiosco los dientes en un desesperado esfuerzo por detener la hemorragia de su infancia. Sin darse cuenta ya estaba afuera.

Mientras el auto rueda él cierra los ojos y trata de contabilizar las escenas, pero a medida que lo hace se le van borrando. Un tesoro compuesto de oro líquido se le escurre entre los dedos al tiempo que lo quema. El auto se detiene y él desciende sin fijarse en dónde está. Ella lo hace entrar a un ascensor del que segundos después lo saca. Le abre una puerta y lo conduce hacia el diván. Acostado, los ojos cerrados, deja que las imágenes salgan por su boca. Un ventrílocuo del ayer.



viernes, 26 de febrero de 2016

23

Llegó diez minutos antes. Se apoyó en el respaldo del auto y cerró los ojos. Una olla a presión. Intentó concentrarse en la melodía interna.  Odió el tránsito, los bocinazos. Miró el reloj. Cerró el auto y bajó. Parado ante  la puerta esperó a que los chicos salieran. Enjambres de madres cotorreaban a su alrededor conspirando contra las notas difusas que llegaban solo para irse. Francisco intentaba identificarlas pero se le escurrían. Qué sabés de Valeria le preguntó una de las cotorras. Pestañeó, sobresaltado. Antes de que pudiera reaccionar se vio sepultado por las  mochilas de sus hijos. Mientras iban en el auto Luciana contó estoy enojada con la maestra porque la prueba estaba perfecta y me puso un nueve Francisco escuchaba distraído todo porque marqué el sujeto en rojo y la muy boba lo quiere en azul  Como tocado por un rayo Francisco exclamó triunfal ¡el amor es azul! La nena lo miró desconcertada. Cómo explicarle. Entonces se inclinó hacia atrás y le tiró de las trenzas, el buen humor súbitamente recuperado. ¡Papi, que me despeinás!

Cumplió sin ganas pero con dedicación su ritual de padre. Se disponía a acostarse cuando la melodía volvió a azuzarlo. Bajó y se instaló frente a la computadora. Escribió en la ventana del buscador el amor es azul. Operaciones cibernéticas mediante logró escuchar el tema por la orquesta de Paul Mauriat. Varias veces lo escuchó. No era esa la versión que repiqueteaba en sus oídos. Siendo las dos de la mañana decidió acostarse. Love is blue

Estaba en la casa de música, revolviendo cassetes viejos, cuando sonó su teléfono. Alicia reclamando títulos, impuestos, escrituras que urgían para la sucesión. Los requerimientos de su hermana recordándole que era un hombre grande con demasiadas obligaciones como para entretenerse rastreando la discografía de su adolescencia. Guardó el teléfono y salió. Con las manos vacías. Se las miró. Estaban sucias.

Regresó del estudio temprano y se puso ropa cómoda. Papá, ¿adónde vas? lo detuvo Camilo cuando estaba abriendo la puerta. A la casa de la abuela, a buscar unos documentos. ¿Te puedo acompañar?

Entrar con Camilo fue un impacto. Siempre había tenido la sensación de que no podía compatibilizar los roles. El Francisco que había sobrellevado el vínculo con su madre no parecía ser el mismo que le tocaba a sus tres hijos. Y se sentía tan molesto si su madre lo sorprendía tirado en el piso jugando con los chicos,  como cuando debía conversar con ella frente a alguna cabecita curiosa. Qué raro es tocar las cosas de la abuela sin pedirle permiso. La frase dio en el blanco. Así se sentía cada vez que abría un cajón, tocando a su madre sin permiso. Varios minutos después otro comentario de Camilo papá, ¿no te parece que la abuela está acá, mirándonos? Aunque Francisco encontró enseguida la escritura, la caja de los impuestos resultó un embrollo. A medida que intentaba ordenarla aumentaba su agitación. En su interior bullían imágenes que no se decidían a salir. Sintió que Claudia era la única que poseía la llave. Que sepa abrir la puerta. La voz de Camilo ahora desde el dormitorio lo apartó bruscamente de sus pensamientos hay una bolsa grande con libretas en la cómoda, ¿qué hago? Demasiado para sus fuerzas. Hoy sí que no. Dejala ahí que ya es tarde; andá a lavarte las manos y vamos.

Los chicos ya dormidos, abrió sus mails. No te imaginás lo que me encariñé con mis sobrinos, parece que los hubiera visto crecer, como bien dicen la sangre es más espesa que el agua. Valeria, daba indicaciones, averiguaba, recordaba cumpleaños. Aun a la distancia seguía intentando controlar todo y a todos. Preguntaba, además, por la terapia. Con insistencia. Él no tenía ganas de contarle y solo le dijo va avanzando. Hizo luego el reporte diario y concluyó yo también te extraño. Cumplido su deber marital, abrió el buscador. El amor es azul. Desechó el material escuchado la noche anterior y luego de investigaciones varias se enteró de que el tema  había sido estrenado en el festival de Eurovisión. Bajó el video. Vicky Leandros, por Luxemburgo. Una chiquilina de quince años. La tela liviana del vestido de cuello Mao, pollera a la rodilla, anunciando los pequeños senos. Mangas largas ensanchándose en la muñeca, zapatos con taquitos anchos, pelo lacio con flequillo, ojos muy pintados. La adolescencia compartida con esa desconocida le dolió en la piel. La chiquilina saludó y empezó a cantar doux, doux, l amour  est doux. Ahora sí, esta era la versión. Cuando llegó al bleu, bleu, lamour est blue el alma se le desarmó y Francisco tuvo que cerrar los ojos. Cuando los abrió Vicky bailaba. Los brazos extendidos, los codos fijos, solo manos y antebrazos girando lentamente. Y en el delicado meneo de la cadera, toda la sensualidad del mundo. A Francisco se le secó la boca, el cuerpo ardiendo. Apagó la computadora y fue a acostarse. Como antes, no tuvo otro recurso que aliviarse con las manos.

En cuanto Marcela salió hacia el banco, Francisco se instaló frente a la computadora.  El nuevo milenio no era su época. Su estética era la de Vicky no la de Madonna. La clave está en el deseo mucho más que en su satisfacción. Con la música sonando obstinadamente, cerró los ojos. Entonces pudo verse junto a un wincofon. Pantalón far west, mocasines, pulóver bremer escote en V sobre una camisa escocesa. Era obvio que observaba algo. Sin embargo, como le había sucedido días atrás sobre el piso damero, era incapaz de detectar qué estaba mirando con tanta intención.

No logré recordar nada más, es increíble, porque en cuanto salí de la casa las imágenes se me agolparon, hubiera necesitado transmitírtelas en ese preciso instante comenta Francisco. ¿Querés que te acompañe? ofrece ella. Él la mira desconcertado ¿harías eso por mí? pregunta incrédulo y en cuanto se escucha sabe que se equivocó. Tan expuesto como un molusco sin su valva. Ella le contesta  lo haría también por vos.

Salió del estudio rumbo a su casa pero a mitad de camino recordó que había quedado en llevarle a Alicia la documentación. Tuvo que dar un par de vueltas para estacionar, en medio del tránsito complicado del regreso a casa. Subió, buscó la caja de los impuestos y salió. Cuando estaba en el ascensor, ya bajando, advirtió en que en todo el trayecto no había pensado en su mamá. Había estado en el departamento de su madre, revisando sus cosas y sin embargo no se había acordado de ella. Anclado en el azul de la adolescencia. Esa noche se sentó de nuevo frente a la computadora. Se conectó con Valeria y luego, con Vicky.

La secretaria lo esperaba preocupada. El lunes se iniciaba una refacción y estaban en veremos. Francisco le indicó que contratara un volquete y que llamara al corralón para encargar los materiales. Después fue hasta el baño solo buscando un pretexto para cerrar la puerta al regresar. El plano parecía escurrirse bajo sus ojos.  A media mañana Marcela le ofreció un  té que él  rechazó. Mariposas en el estómago decía su mamá. Hizo un esfuerzo y logró concentrarse. Cerca del mediodía, el teléfono tío, tengo la tarde libre, ¿qué te parece si retiro a los chicos del colegio? El poder de las palabras. Tío. Más de veinte años y seguía conmoviéndolo. La confirmación de la existencia de un lazo que a través de Moira lo ligaba a Alicia. Su sobrina era un sol. Francisco sos mi sol. Sacudió la cabeza y siguió trabajando.

Sonó el portero eléctrico. Atiendo yo dijo Francisco interceptando a una sorprendida Marcela. Frente al espejo del ascensor se arregló el cabello y se ajustó el cinturón. Enderezó el cuello de la camisa y al hacerlo percibió que la carótida le latía más de la cuenta. Respiró hondo. Cerró la puerta del ascensor y giró. Claudia estaba de espaldas y el viento le alborotaba el cabello. Le vent. Francisco reparó en que era la primera vez que la veía en el exterior. Se quedó quieto, a unos pocos pasos, observándola. Arriba de unos  tacos altísimos  las piernas perfectas. Tobillos de galgo pensó. La pollera angosta adherida a las caderas, ofrendándolas. Cuando ella giró, él apuró el paso y abrió la puerta. A pesar del frío era un hermoso día de sol. Se inclinó para besarla en la mejilla y la olió.

miércoles, 24 de febrero de 2016

22

Imposible esperar veinticuatro horas. Por primera vez, quizás violando reglas nunca estipuladas, la llamó. Recurrió a  la imagen de una olla a presión para describirse. Ya en el estudio, siguiendo las instrucciones de Claudia, se sentó ante la mesa de dibujo, le pidió a Marcela un té, eligió una hoja grande y un lápiz de los blandos. Trazó, acariciándolas, cada una de las líneas que delimitaban los confines de sus recuerdos. Seis años de facultad y más de quince de carrera hallando justificación en la plasticidad y precisión con que iban surgiendo los contornos de cada habitación. A medida que podía plasmarlas recuperaba sus destinos. Armario de los guardapolvos, dormitorio de los abuelos, cuarto de planchado, baño de la tía. Supo que había compartido con Guillermo el desmedido dormitorio que daba a la terraza. Cuando terminó las plantas, decidió tomar ambiente por ambiente. Cerró los ojos y trató de evocarlos en tres dimensiones. Poco a poco los fue poblando. Muebles, alfombras, adornos, colores. Su mano dibujaba como en trance. Al fin del día había conseguido bosquejar elementos diversos de casi todas las estancias. Cuando miró el reloj, juntó los papeles en una carpeta y se encaminó hacia su casa. Los chicos esperaban.

Las instrucciones de Valeria habían abarcado cada uno de los treinta días que duraría su ausencia. Carmen había preparado tortilla de espinaca y Tobi se negaba a comer, los bracitos cruzados, la boca apretada con fuerza. Los mayores masticaban resignados. Francisco enfiló hacia la cocina. Regresó con pan lactal, jamón y queso y distribuyó los víveres sobre la mesa. Yo también reclamó Camilo. Se encontró confeccionando sándwiches a cuatro manos. Todo era algarabía, carcajadas. La tortilla, a medio comer, durmiendo en los platos. Sonó el teléfono. Seguro que es mamá dijo Luciana con cara de pavor. Él se incorporó a atender. Carolina recabando información sobre sus sobrinos. Al escuchar a los chicos peleando en la cocina, Francisco tuvo que cortar abruptamente. Cuando llegó, Camilo intentaba abrir el freezer  mientras Luciana lo tironeaba del brazo. Qué está pasando aquí y él mismo se sorprendió al descubrirse gritando. Carmen dijo que hoy tocaba fruta se  justificó Luciana  mientras Camilo, aprovechando el descuido de su hermana, concretaba su objetivo. ¿Si lo comemos del pote? sugirió la nena ya olvidado todo buen propósito  la abuela siempre nos dejaba.  Pusieron el envase sobre la mesita del living, los cuatro rodeándolo, arrodillados. Las cucharas ya rozaban el fondo cuando Camilo, con la cara chorreando chocolate, reflexionó para algunas cosas es mejor que no esté mamá.  Cuando los supo acostados Francisco se dio una ducha y se  metió en la cama, con la carpeta que había traído del estudio. Encendió la radio. Luego de un par de compases reconoció a Brahms. Un placer ser autónomo a la hora de dormir.  Para algunas cosas es mejor que no esté mamá. Abrió la carpeta.  Distribuyó los dibujos cara abajo sobre la colcha y sacó uno al azar. La cocina. Fijó la vista con intensidad. Abrió y cerró los ojos varias veces. Sintió olor a sopa. Y cuando creyó que las imágenes se precipitarían, todo desapareció. Exhausto, colocó los papeles sobre la mesita y apagó la luz.

Sos chiquito y estás en la cocina, aspirá con fuerza, profundamente, así, muy bien, es ese olor y ya no es vago, es muy intenso, tan intenso que te marea, ¿lo sentís? Él asiente con los ojos cerrados y le cuenta mamá me lleva alzado y me para en la puerta de la cocina. Mi silla alta volvió. Me suelto y corro hacia ella, ebrio de felicidad. A pocos centímetros me detengo. El olor de la paja recién cambiada me da arcadas. Es mi silla pero no es mi silla.  Mamá me alza y me sienta. Me revuelco, lloro y pataleo. Intento pararme y mamá me ata con el cinturón. Hay olor a sopa y a paja. Me pone el babero. La cuchara choca con mis dientes. Doy vuelta la cara. Me presiona los cachetes, la boca no me hace caso y se abre. Tres cucharadas, cuatro, cinco. Hasta que vomito sobre el plato con patitos. La cuchara recoge el vómito tibio y lo devuelve a mi boca. Son letras, es sopa de letras. Ya no me resisto. Termino mi sopa. Mamá me seca las lágrimas con el babero, me lo saca, desata el cinturón, me da un beso y me baja. Mientras Claudia relee lo que acaba de escribir, Francisco siente de nuevo olor a sopa. Está por alertarla, cuando al cerrar los ojos aparece bajo sus codos adolescentes la mesa de Jirafa. Los abre, desconcertado. ¿Algo nuevo? pregunta Claudia con la Mont Blanc suspendida en el aire. Y él niega. Mostrame lo que dibujaste ayer ordena.  Francisco, dócil, despliega ante ella las láminas. Claudia elige una y se la tiende cuarto matrimonial había puesto él en una esquina. Solo había logrado dibujar una cama, más por suponerla que por recordarla.  Observá el dibujo, concentrá tu atención en no pestañear, respirá lentamente, así, muy bien, no parpadees, como si quisieras descifrar un dibujo en 3D.


Se hizo de noche. Por la ventana se cuela un reflejo. Tengo sed. Me trepo a la baranda de la cuna. Me bajo con cuidado. Me acerco a la cama de Guillermo. Le toco la cara pero no se despierta. Tengo mucha sed. La lucecita del pasillo está encendida. Camino despacio, los pies descalzos. La puerta está entreabierta. Me asomo. La luna baña la cama. Papá está arriba de mamá y la empuja y la empuja. Mamá se queja. Quisiera ayudarla pero tengo miedo. Me doy vuelta y me escapo corriendo. Me acerco a la cama de Guillermo. Lo toco de nuevo pero no lo llamo porque no lo quiero despertar.  Me trepo a la cuna como puedo y me tiro sobre el colchón. El corazón me hace tac, tic tac. Las palpitaciones lo aturden. Estoy acá dice ella chasqueando los dedos. Aunque ya se sabe nuevamente adulto, Francisco sigue teniendo miedo. Entreabre los ojos, cauto. Vislumbra algo azul. ¿Estás bien? le pregunta Claudia. Él la mira. Ella le sonríe. El vestido es azul

lunes, 22 de febrero de 2016

21

A las nueve y media se encontró tocando el timbre. Una mujer de su edad entreabrió la ventana. Perdóneme, ayer estuve aquí, una señora mayor me dijo que volviera en este horario; mi pedido podrá parecerle insólito pero necesito ver esta casa. Ante el interrogatorio de Francisco la mujer le contó que vivía allí desde que era niña y que solo habían hecho las reformas imprescindibles a las casas, como a las personas, hay que aceptarlas tal cual son; cambiar una ventana  provoca lo mismo que una cirugía estética, la nueva nariz no armoniza con el tamaño de la boca. Francisco se sorprendió, era como escucharse a sí mismo. Se lo pido por favor, preciso entrar; dígame cuáles son sus condiciones, estoy dispuesto a pagar. La mujer rió francamente hombre, qué desesperado está. Francisco insistió quisiera poder explicarme, yo no recuerdo mi infancia y pienso que volver a ver esta casa me ayudaría, qué puedo hacer para que me crea tanteó en los bolsillos mire, este es mi documento. La mujer cerró el postigo, abrió la puerta ha dado con la persona indicada, todos dicen que soy una inconsciente pero yo confío en mi intuición e hizo un gesto invitándolo adelante. Los zapatos de Francisco reconociendo el piso. Un pie en las blancas, un pie en las negras. Al fondo una puerta vidriada a través de la cual se adivinaba un patio interior; a la derecha tres escalones, una puerta tallada y dos pequeñas ventanas con vitraux. ¿Puedo? preguntó Francisco, la mano en el picaporte. Recórrala como quiera, tómese su tiempo. La puerta rechinó. Ante sí el enorme hall con piso de roble de Eslavonia; al frente una soberbia escalera de madera; a la derecha una puerta y una arcada que comunicaba con la sala. Allí más vitraux, molduras en las paredes, lámparas y adornos en profusión. Acostumbrado por su profesión, Francisco trató de prescindir de los objetos: necesitaba recuperar la cáscara. Caminó en círculo y salió buscando la otra puerta.  Un escritorio. Se acercó a la biblioteca empotrada con puertas de vidrio y la palpo. Salió.  A la izquierda del hall otra arcada comunicaba con el comedor. Lo atravesó y llegó a un pequeño hall al que volcaban un baño de visitas y otra escalera, metálica y angosta esta. En la pared, un armario que le llamó la atención. Siguió avanzando hasta alcanzar un pasillo distribuidor. A la izquierda un dormitorio y a la derecha, con salida hacia el jardín, la cocina, con piso de granito original, mesadas de mármol, muebles de madera. Volvió al pasillo. Avanzando y de nuevo a la derecha, el enorme comedor diario  y conectada, perpendicularmente, la sala de estar, abierta al frente al patio, al fondo al jardín. Salió. Entre una araucaria y una higuera, un rectángulo de lajas rodeado de bancos.  Al fondo dos habitaciones; al frente, el baño de servicio calzado en la cocina. Volvió a entrar. Atravesó la sala de estar, el patio, el piso en damero y llegó al hall. Frente a él la escalera con camino de terciopelo rojo, sujeto con varillas de bronce. Subió agarrándose del pasamanos tallado. Su anfitriona detrás. Arriba un espacioso hall distribuidor. A la izquierda, dos dormitorios que daban a la calle, separados por un baño majestuoso: bañera con patas, inconmensurable lavatorio, balanza de pesas amurada a la pared. Enfrente una habitación cubierta de placares y a la izquierda otra, enorme, que daba a la terraza.   Unos escalones y otra terracita con una pérgola. Desde la terraza salió por otra puerta hacia una minúscula cocina adonde desembocaba la escalera interna. En ese distribuidor tres puertas. Un baño, una habitación absurdamente pequeña y otra más grande ventaneando sobre el jardín. Se sintió mareado, le faltaba el aliento. Aunque no hubiese sido su casa lo habría deslumbrado, un vértigo saber que había comenzado a vivir deambulando por allí. Se despidió tan aturdido que ni dio las gracias. Subió al auto. Un semáforo lo detuvo frente a una florería. Estacionó, bajó y encargó dos docenas de rosas. ¿A nombre de quién? Reparó en que no lo sabía. Escribió sobre la tarjeta que le ofrecían: Señora del 515, en deuda eterna, el niño que fui. 

viernes, 19 de febrero de 2016

20

Ahora parate ordena ella y él desconcertado obedece cerrá los ojos, aflojá los hombros. Luego de unos segundos de un silencio tan profundo que él puede escuchar las dos respiraciones, ella determina el piso damero está bajo tus pies. Él siente que cae, parado cae, el vacío lo chupa, siente pavor hasta que, violentamente, vuelve a afirmarse. Los hombros contra la pared, el cuerpo proyectado hacia delante, las manos hacia atrás, sosteniéndose una a otra. Los ojos muy abiertos, como si solo aumentando su circunferencia pudiera absorber lo que estoy viendo. No veo lo que estaba viendo. Busco indicios. Los labios fruncidos, minimizando la boca. Los cachetes colorados. Me enternece el contraste entre la profundidad de la mirada y la humedad de los labios frescos. Boca de leche, ojos de pozo. Quisiera abrazarme. Me escondo entre las manos y espiando a través de las rendijas de los dedos sudados me arriesgo a atravesar el piso en damero. Mi certeza es absoluta: tengo que no estar. El corazón me late fuerte. Un pie en un cuadro blanco, el otro en uno negro. Zapatitos de charol, medias con pompones.  Avanzo muy despacio pegado a la pared hasta que alcanzo la alfombra. La alfombra sofoca mi existencia. Estoy salvado. He descubierto la única manera de sobrevivir. Francisco abre los ojos. Instintivamente se mira los pies. Los zapatitos de charol trocados en mocasines. Los contempla con atención. Marrones, cuarenta y dos. Debajo de la suela de goma, una mullida alfombra blanca.

Salió del consultorio desvalido.  Necesito que me abracen. Valeria ausente, los chicos en el colegio, improbable que sus deseos se hicieran realidad. Tendría que visitar a mi hermana se rió de sí mismo. Decidió ir al estudio caminando, quizás el aire frío lo energizara. Estaba a pocas cuadras cuando resolvió que pasar por el negocio de  Horacio sería mejor programa. En cuanto lo vio, su amigo abandonó a la cliente que estaba atendiendo y con sus pasos largos se dirigió hacia él. Una sonrisa de oreja a oreja. Viejo, me salvaste, esta bruja me tenía las bolas por el piso, vamos a tomar algo. La empleada heredó a la mujer  y salieron juntos. ¿Cómo te trata la soltería? preguntó  Horacio minutos después mientras revolvía un café. Francisco le contó que todo transcurría con bastante normalidad. Valeria dejó todo tan organizado que por momentos parece estar sentada a la mesa con nosotros. No me extraña acotó burlón Horacio. Además, la familia ayuda; el domingo Moira llevó a los dos mayores al cine; sin Valeria para retarme ni Luciana para ponerse celosa me empaché de mimar a Tobi; te diría que, en líneas generales, los chicos se la bancan mejor de lo que me imaginaba; sí, están bien. ¿Y vos? preguntó Horacio mientras le hacía señas al mozo ¿ya superaste lo de tu vieja? Otra vez la charla dando pie para blanquear amnesia y terapia. Del trabajo a casa y de casa al trabajo, como diría el general arrugó Francisco tengo demasiadas obligaciones para ponerme a pensar. Horacio cerró el encuentro comentando me encargó Adriana que te preguntara qué querés que les cocine el domingo. Francisco se desdobló. A una parte suya solían hacerle esa pregunta. La otra contestó canelones, tu mujer es la única que los prepara casi iguales a los de mamá.

Llegó a su casa demolido, se sacó los zapatos y se desplomó sobre la cama. Me pasó una topadora por encima. Claudia y el piso damero le resultaron tan lejanos como si hubiera transcurrido un mes desde que me despedí de ambos. Repitió me despedí de ambos y le rugió en las vísceras una necesidad infinita. Escuchó entonces un llanto apagado. Aguzó el oído. Tobi. Seguramente los hermanos lo habían estado molestando. Maldiciendo se levantó, descalzo. Lo encontró en su cuarto, sentado en el piso, el dedo en la boca, sollozando. Hijito, ¿qué te pasó? El nene levantó hacia él unos ojos tristísimos. Francisco se acuclilló en el piso. ¡Mamá! dijo Tobi entre hipos. Francisco se sentó y lo tomó en brazos. Sin intentar siquiera consolarlo lo apretó fuerte. Cómo paliar con palabras la necesidad infinita de Tobi de estar con su mamá.

Después de la vorágine que significaba lidiar con la leche, los guardapolvos y las mochilas, desayunar en el bar de la esquina del estudio era un lujo casi asiático. Se ubicó en la mesa de siempre y el té con leche, las medialunas y el diario llegaron sin necesidad de ser pedidos. Recorrió los titulares sin prestarles mayor atención.  Zumbando en su cabeza el piso y la voz que lo había parado sobre él. La decisión fue súbita. Llamó al mozo.

miércoles, 17 de febrero de 2016

19

Salió de la obra y se subió al auto. Manejando pensó en sus hermanos. El tema del pasado siempre había sido tabú entre los tres y  Francisco no sabía si el tácito acuerdo respondía a motivos que formaban parte de todo lo olvidado. Al llegar a su casa encontró titilando el contestador. Quería saber cómo se fue Valeria y cómo quedaron los chicos Francisco empezaba a sorprenderse cuando el mensaje continuó con respecto a la sucesión, yo ya consulté  con un par de colegas de mi absoluta confianza pero hay que decidirse, llamame por favor.

Los  tres no velamos a la misma madre pero los tres la  heredaremos en  idéntica proporción ponderó Francisco mientras masticaba y se sintió mezquino. Al fin de cuentas,  quizá siendo igualmente injusto, a él le había tocado la tercera parte de su papá.  De los bienes de  papá se corrigió. Guillermo hizo uno de sus impecables chistes y Francisco, abandonando elucubraciones,  rió. Los tres rieron. Un bife en cada plato. Una única fuente de papas fritas.  Guillermo, sin consultarlos, le indicó al mozo nosotros compartiremos un panqueque de manzana y para la señora un café, bien cargado por favor.  La  imagen del padre reemplazó a Guillermo. Ese almuerzo ya había existido.

El panqueque se extinguía sin que Francisco se hubiera animado a encararlos. Tragó el último bocado. Les quiero hacer una pregunta arrancó con torpeza ¿por qué se separaron papá y mamá? Francisco interceptó un cruce de sorprendidas miradas. No está en los planes de mi día hablar del tema se escabulló Alicia. Y menos en los míos se sumó Guillermo llamando al mozo. Francisco se sonrojó. El mozo llegó con la cuenta y Guillermo metió la mano en el bolsillo hoy invito yo. Se despidieron  hablando de abogados y honorarios como si la pregunta nunca hubiese existido. Sí, evidentemente él había atentado contra algún remoto pacto que ellos habían demostrado saber defender. Se sintió ligado a sus hermanos como nunca. Tres en uno. Uno en tres.

Alejandra internada, esperando que mejorara el hemograma para encarar la operación. Valeria ya en funciones, su eficiencia desplazada de hijos a sobrinos.  Te extraño dijo ella y él contestó mecánicamente yo también. Mientras el teléfono iba pasando por los tres pares de manitos Francisco evaluó que Valeria estaba a mucho más de los veinte mil kilómetros que indicaba el mapa.  En otra dimensión, a años luz de su piso damero. Involuntariamente retuvo la respiración. Mañana vería a Claudia y todavía no había cumplido con las indicaciones. Horas después, acostado en el centro de la cama, se dispuso a  hacer los deberes. Respiro hondo, intentó relajarse. Sin embargo, ninguna imagen acudió a su mente. Dependo de su voz.

Llegó al estudio y, decidido, tomó el teléfono ¿sabés la dirección de la casa en que nací? El tono de Alicia fue zumbón ¿a qué viene tu súbito ataque de curiosidad?  Francisco se sorprendió de su propia brusquedad ¿la recordás o no?  

La palabra se le deshacía en la boca como un bombón de chocolate. La pronunció una y otra vez. Y se le aparecieron rostros pronunciándola. Su madre, su padre, Alicia, sus abuelos. Rostros que serios, muy serios, abrían la boca de la cual salía la palabra, una y otra vez. Francisco agitó levemente la cabeza. Le avisó a Marcela que salía a almorzar. Amenábar.


Las manos caprichosas y las calles cortadas parecían oponerse a su reencuentro con el 515. Harto de dar vueltas estacionó el coche, resuelto a caminar. Finalmente llegó. Un petit hotel de los que amaba. Se acercó a la puerta y rodeó la reja con la mano. Y fueron mil contactos. Esa reja reconocía su mano y su mano reconocía la reja. Se apartó y caminó hasta el cordón de la vereda para ampliar el conjunto. Fue insuficiente. Cruzó. Ahora sí. La puerta de rejas y dos ventanas bajas. Otras tres en el primer piso. Persianas metálicas, cortinas velando su curiosidad. Cerró los ojos. Siguió viendo el frente pero en otros colores, otras las baldosas de la calle, distintos los autos circulando. El pulso se le aceleró. Cruzó y tocó el timbre con energía. Luego de unos segundos se abrió el postigo tras la reja. Una anciana se asomó por la rendija. Buenos días, perdone la molestia; yo nací aquí; mi madre murió hace poquito y tengo una gran necesidad  de volver a ver la casa. La mujer sosteniendo el postigo con firmeza contestó vuelva mañana por la mañana cuando esté mi hija y se disponía a cerrarlo cuando Francisco la detuvo ¿le puedo hacer una pregunta?  Pregunte, hijo. En algún lugar de la casa, ¿hay un piso a cuadros blancos y negros? La viejita sonrió y abrió el postigo francamente ¿este?  

lunes, 15 de febrero de 2016

18

Se ubican en sus respectivos lugares. Curiosa semisonrisa de Claudia, enigmática la califica Francisco. Mona Lisa la de mística sonrisa. Él  cruza los brazos y su mirada vaga, sin detenerse. Resulta obvio que ella está esperando que empiece a hablar pero él  no sabe si corresponde que le recuerde mañana Valeria se va. Cree entender que el trato solo incluye el pasado. Qué podría importarle a Claudia que él esté asustado porque mañana Valeria se va. ¿Nada por decir? indaga ella y él se sobresalta. Las palabras se le atoran en la garganta. Ella lo sorprende ¿alguna vez te hipnotizaron? él cabecea ¿querés que lo intentemos? Él traga saliva y asiente con el mentón, casi imperceptiblemente. La sonrisa de ella ahora es decidida y regresan los hoyuelos aflojá los brazos. Él está arrepentido. Atemorizado. Ella no parece notarlo o lo nota y no le importa, tiene sus propios objetivos  piensa Francisco mientras ella le ordena cerrá los ojos, inspirá, exhala, concentrate en el ritmo de tu respiración, inspirás, exhalás, cada vez más lento y más profundo, inspiración, exhalación, todo sigue estando bajo tu control; los relojes se invirtieron y el tiempo y el espacio caminan hacia atrás, muy despacio, dejate flotar en algún lugar, concentrate pero no te esfuerces, un lugar, buscá un lugar, tu lugar. Francisco se siente peculiarmente tranquilo. Está con Claudia, en el consultorio y tiene la clara noción de que todo depende de su voluntad.  Aprieta fuerte los párpados. Un lugar. Inspira con tanta profundidad que la respiración se le detiene. Percibe la mano de Claudia sobre su antebrazo y siente vértigo. Imágenes que se acercan solo para alejarse. Espacios, ámbitos, vacíos y llenos, alturas y proporciones. Aires, olores, texturas. Ni un rostro. Hasta que blancos y negros se abalanzan sobre él. Blancos y negros que se van geometrizando hasta transformarse en rombos enlazados, alternados. No hay duda: eso es un piso. Vacío y brillante. Se endereza en la silla, asustado, y espontáneamente abre los ojos. Mal don. Las imágenes desaparecen. Vuelve a cerrarlos y aunque intenta relajarse es inútil: un desierto, yermo, opaco, silencioso. Un agujero en su interior crece y crece, succionándolo. La mano en su antebrazo aumenta la presión. Abrí los ojos, Francisco, ya es suficiente. Él obedece. Ella está frente a él, sonriéndole. La paz regresa. Está a punto de tomarle la mano cuando ella la retira.

Partieron los cinco para Ezeiza. Cuando llegó el momento de la despedida Tobi se aferró al cuello de su mamá. No hubo manera de convencerlo. Francisco tuvo que desprenderle los bracitos a la fuerza. Ante los alaridos de Tobi, Luciana, que ya se había despedido tranquila, se sumó al concierto.  Con Tobi en los brazos retorciéndose y pateándolo, y la nena restregando la cara mojada  contra la manga de su saco, Francisco solo pudo agitar una mano mientras Valeria, desencajada, se alejaba caminando hacia atrás. Ni mimos ni palabras alcanzaron para tranquilizarlos. Callate, tarada fue la única ayuda que aportó Camilo. Francisco, pese a los principios de Valeria, debió apelar a prosaicas golosinas que por supuesto tuvo que triplicar. Consiguió, por fin, meter a su diezmada familia en el coche. Camilo le preguntó puedo ir adelante y él asintió con el consiguiente berrinche de la nena. Francisco logró convencerla de que a ella la precisaba atrás, para cuidar a Tobi. Qué ruido hace este auto informó el copiloto lo tendríamos que cambiar. Los autos no importan intervino Luciana hay que usarlos hasta que no den más. Vos callate que no sabés nada. Sí, papá lo dijo, se lo dijo a mamá. Sos una mentirosa. Preguntale a mamá, ya vas a ver. No puedo, tarada, ¡no te das cuenta de que mamá se fue! ¡Mamá!, ¡mamá! recomenzó Tobi con un chupetín en la mano. Francisco, apretando fuerte el volante, buscó, en medio de los bocinazos, un lugar donde detenerse. Transpiraba. Para ese entonces Tobi ya había modificado su discurso ¡papá, papá!

Los mayores excitados, Tobi haciendo pucheros, una proeza lograr que se acostaran. Después de una ducha se desplomó en la cama. Estiró al máximo brazos y piernas. Todo mal tiene un beneficio secundario. ¿Cuánto hacía que no podía despatarrarse a su antojo? Apoyó la cabeza sobre las manos cruzadas y sonrió, ligeramente culpable.


viernes, 12 de febrero de 2016

17

Solo los he visto juntos en la foto de mi bautismo contesta él. ¿Por qué se separaron? Alguna vez escuché a mi madre diciendopor esa mujer”. Ella aclara cuando un matrimonio se rompe no es por culpa de “esa mujer” y se agacha a recoger la suntuosa lapicera plateada. A través del escote de la blusa de seda, Francisco ve el nacimiento de sus pechos. Redondos, voluptuosos. Mirámela a la flacucha, piensa. Ella, ya reubicada, lo observa, como esperando una respuesta. Sí, estoy seguro, en más de una oportunidad la escuché hablar de esa mujer” repite él, turbado, sin saber si su reafirmación viene al caso. ¿Nunca  le preguntaste a quién se refería? Él niega con la cabeza ¿ni a tu papá? Él niega por segunda vez ¿por qué? Él se toma unos segundos antes de arriesgar supongo que porque presentía que no querían hablar de eso. Ella es una percutora ¿tu madre tuvo otra pareja?  Parece que no entendieras se impacienta él no conservo recuerdos de mi época del primario, ni de la anterior; en cambio, a partir de los doce años, todo se ve absolutamente nítido. ¿Te pasó algo a esa edad? Él recurre al humor  a lo mejor me golpeé la cabeza  para intentar disipar la inquietud  por eso quedé tonto, además inquietud que rápidamente se transforma en sorda angustia. Llegó el momento de hacer todas las preguntas que te has guardado durante tantos años. La angustia de él ya no es sorda ¿querés que golpee la puerta de los nichos?


Un presidente no hubiera tomado tantos recaudos para delegar por unos días el poder. La agenda de Francisco quedó tachonada de obligaciones: reuniones de padre, visitas al dentista, el taekwondo de Camilo, las clases de danza de la nena. Francisco, responsable casi exclusivo de los traslados escolares, estaba desentendido de todo lo demás y nunca hubiera podido imaginar que fueran tantas las tareas que Valeria sobrellevaba. Con la perfección que la caracterizaba. Su familia funcionaba como un reloj de precisión. Lo asustó saber que, por un mes que esperaba no se extendiera, sería el único responsable de darle cuerda. Francisco se encontró pensando que  tendría que cambiar los horarios de terapia

miércoles, 10 de febrero de 2016

16

Hasta las desgracias tenían beneficios secundarios. Valeria estaba tan preocupada por la hermana y tan ocupada buscando la mejor manera de paliar su ausencia en la facultad y en el hogar, que no le quedaban demasiadas energías para estar pendiente de él. Y menos aún para rencores. ¿Cómo te fue? le preguntó distraída mientras confeccionaba con letra de maestra una larga lista de números telefónicos. Nada por el momento, está recopilando datos; hasta que terminemos con esto, entrevistas de admisión, las llama, iré dos veces por semana. Francisco se sorprendió de ver surgir un Guillermo de las manos de su esposa. ¿Y después? siguió inquiriendo Valeria sin mirarlo. Francisco se preguntó cómo resultaría vivir sin ella.

Controló la lista de los mandados elaborada por Valeria. Iba a tomar el teléfono, obediente, cuando decidió que le daría una sorpresa. Cuando llegó, las oficinas de Alicia eran un enjambre de clientes, papeles y empleados.  Tuvo que recordarle a la secretaria quien era. Perdóneme, no lo reconocí, tome asiento que ya lo anuncio. ¿Necesitará Tobi alguna vez ser anunciado ante Luciana? pensó mientras se retiraba. En cuanto regresó al estudio sonó el teléfono. ¿Por qué te fuiste? fueron las primeras palabras de la gran abogada. No quise importunarte contestó él, intentando sonar displicente.  No digas tonterías, ¿necesitabas algo? Cómo confesarle que había tenido ganas de verla. Valeria tiene que hacer el poder dijo. Cuando cortó, la opresión en el pecho no había disminuido. Porque tengo en el alma cicatrices, imposibles de olvidar.

La lapicera de ella se desliza sobre la libreta cuando comenta sin mirarlo qué valiente tu mujer. No entiendo dice él desconcertado. Debe estar muy segura de sí misma para dejarte solo durante un mes. Francisco necesita pensar qué responder pero ella lo interrumpe sonriendo admisión terminada; prepárese, señor, porque el rescate de su memoria acaba de empezar. Francisco descubre que cuando ella sonríe francamente se le hacen hoyuelos.

Concluido  el trámite, Alicia los invitó a tomar algo enfrente. Francisco observó a su esposa y a su hermana. Envidiaba la capacidad de las mujeres de comunicarse a pesar de las discrepancias. Él sabía que su mujer  juzgaba a Alicia, fría y egoísta. Intuía que Valeria había bajado varios puntos en la estima de su hermana cuando decidió, hijos mediante, relegar su hasta entonces exitosa profesión. Mirándolas charlar, tan animadas, parecían harina del mismo costal. Francisco notó que hacía días que las frases hechas acudían a sus labios. Almas gemelas. Sacudió levemente la cabeza. Valeria y Alicia charlaban. ¿Habrían conversado alguna vez sobre él? ¿Cuánto  le importo a mi hermana? De pronto sintió que iba menguando sobre la silla. Soy invisible. Después de un largo rato Alicia pareció reparar en su existencia ¿querés otro té?

Francisco se mira en el espejo. Abre la boca. Se pasa un dedo por los dientes. Patina. Los raspa con la uña. Se arregla el cabello. Ya tiene algunas canas. Se abrocha el saco y luego se lo desabrocha. Controla el reloj. La puerta se abre. Sale del ascensor.

lunes, 8 de febrero de 2016

15

Nuevamente el taconeo acercándose a la puerta. Claudia lo besa en la mejilla y lo hace pasar. Francisco piensa que aun a oscuras la estela de su perfume le señalaría el camino. Se ubican como en la anterior ¿sesión? De nuevo medias negras, otra pollera corta.

¿Cuándo se inició la sensación de extrañeza? Francisco reflexiona durante unos instantes y luego comenta no sé si tiene relación, justo hoy se cumple un mes del fallecimiento de mi madre. De qué murió pregunta Claudia. Una lesión en el píloro provocada por los inflamatorios que tomaba a mansalva por su artrosis contesta él. No parece causa suficiente insiste ella. Fue un  paro cardiorrespiratorio, en realidad. Ella no ceja sí, pero provocado por qué él  levanta los hombros o sea que desconocés el motivo de la muerte de tu madre. Francisco queda en silencio y recién descubre que desde el primer vómito, él supo que su mamá se había quebrado. Punto de no retorno. Mamá se dejó morir afirma de pronto. ¿Vos querías que tu madre se muriera?

Sobre llovido, mojado. A Alejandra, su cuñada que vivía en Estados Unidos, la tenían que operar de un tumor en la mama dentro de quince días. Y estaba sola, con los dos nenes chiquitos, además. La otra hermana, Carolina, con cinco hijos a cargo, el último un bebé. Valeria era la única posibilidad y luego de muchas deliberaciones decidió que iría. Solo el amor por su hermana podía lograr que se planteara separarse de los chicos por primera vez. Además, no es momento para dejarte. Como si también pasara por ella regular el momento en que las desgracias se presentaban.


Claudia deja la libreta sobre la falda y se desabrocha el primer botón de la blusa. Francisco también tiene calor. Se saca el suéter y se acomoda el cabello. ¿Profesión? continúa ella. Arquitecto. ¿Y a qué te dedicás? Francisco se relaja y arranca ni bien me recibí comencé a trabajar en uno de los estudios más importantes de Buenos Aires  y me pusieron a diseñar los  primeros edificios gigantescos con piel de vidrio; me pagaban muy bien y fui escalando posiciones, hasta que después de un par de años entré en crisis; un buen día fui a trabajar y al sentarme frente al papel de calco descubrí que me había quedado en blanco; estuve una tarde completa incapaz de trazar ni una línea; y pateé el tablero, a pesar de las discusiones con mi mujer. Ella lo interrumpe ¿estás casado? mientras libera el segundo botón. Sí, hace como quince años él se apresura a continuar a pesar, te decía, de que a mi mujer le agarró el ataque, al día siguiente presenté la renuncia; en el estudio no podían creerlo, ofrecieron duplicarme el sueldo, la posibilidad de asociarme; pero fue un basta para mí; pocas veces en mi historia me sentí mejor conmigo mismo que cuando salí de ese mausoleo, metí mis cosas en el auto y me instalé en la Confitería de las Artes; pedí un café y saqué una hoja, me acuerdo como si fuera hoy: bueno Francisco, ahora qué querés hacer me pregunté; tuve una revelación: yo quería arreglar casas viejas, casas con huellas del paso de generaciones; detesto esas casas elegidas por catálogo, que parecen haber sido depositadas por una grúa gigantesca sobre un césped de utilería, envueltas para regalo con papel de celofán;  cuando me topo con  escaleras de mármol,  molduras, azoteas,  escondrijos, siento que eso es lo mío y cuando meses después consigo que una casa arruinada adquiera el confort de la modernidad conservando su esencia, siento que esa es la única manera que tengo de luchar contra un supuesto progreso que para mí  no es tal concluye satisfecho, seguro de haberla impresionado. Claudia anota en la libreta y él está orgulloso por eso se descoloca cuando ella acota quince años de matrimonio, casi un prodigio en nuestra época. A él le molesta el comentario y necesita justificarse  para mí no entra en la categoría de lo posible pensar en romperlo. Ella levanta la vista de la hoja para preguntarle ¿se llevan mal? Él cabecea para nada, vivimos en armonía. Ella ladea la cabeza y sonriendo añade curiosa manera de calificar un vínculo amoroso. Francisco se siente torpe y está por decirle que jamás discuten cuando Claudia relee lo escrito, levanta la mirada y le pregunta ¿hiciste terapia alguna vez? No, creo que a la vida hay que abarajarla como viene y tratar de amigarse con lo que a uno le toca; me parece una puerilidad suponer que haya alguien con poderes para organizar nuestro transcurrir; creo que es una suerte de religión de los ateos supuestamente progresistas contesta Francisco recuperando su autoestima, pero ella se la baja de un hondazo entonces, ¿por qué estás acá? Intenta defenderse Ricardo me comentó de tu tesis mientras descubre que está iniciando una terapia. Es loable que entregues tu tiempo para colaborar con el trabajo de una desconocida. Él no sabe qué decir. Ella lo mira con insistencia. Él se reacomoda en la silla. Ella no. El silencio es cada vez más tenso y él sabe que ella no lo romperá. Creo que necesito ayuda por fin dice y se da cuenta de que le duele que ella lo considere un desconocido.

viernes, 5 de febrero de 2016

14

¿Qué novedades? Obviar la entrevista hubiera cambiado la carátula de omisión por la de ocultamiento. Es largo, después de comer te cuento. La cara de sorpresa de Valeria mientras él enfilaba hacia la escalera. Media hora después Francisco, sentado a la mesa, observaba a sus hijos. Con detenimiento. Tobi, en la silla alta,  aprovechando que su madre estaba en la cocina, metía las manos en el puré de calabaza y con cara de suma satisfacción se chupaba los dedos uno por uno, mano tras mano. Los cachetes transformados en engrudo naranja. Francisco se encontró deslizando un pulgar interrogativo sobre las yemas restantes. Como la lengua con los dientes flojos, reparó en que sus manos eran huérfanas de pastosidades. Valeria regresó con una fuente y al ver el enchastre puso el grito en el cielo. Francisco, intempestivamente rugió dejalo. La escena se congeló. Valeria parada, los mayores con los cubiertos suspendidos, Tobi con los dedos culpables en la boca. Cuatro pares de ojos desorientados sobre Francisco. Dejó la servilleta sobre la mesa y se levantó. El estómago dado vuelta.

Estaba arropando a Tobi cuando lo sobresaltó la voz de Valeria desde la cocina. Francisco  besó al nene y, pese a sus protestas, bajó. Dos tazas sobre la mesita del living. Valeria esperándolo en el sillón apoyada sobre un codo, las piernas recogidas, la otro mano sobre los tobillos. Una posición tan suya. Su voz sonó crispada ¿se puede saber qué mosca te picó? Francisco se ubicó en el sillón de enfrente. Cruzando los antebrazos sobre las rodillas separadas, mirando el piso, la espalda combada, ante una Valeria que lo miraba desorbitada, confesó su ocultamiento de años. Amnesia disociativa.

La tensión entre ambos solía incrementar la calidad de los encuentros. Y esa noche no necesito que Valeria se le aproximara para abrasarse. La tomó sin pedir consentimiento. Se internó en ella con desesperación. Como si aventurándose en su matriz pudiera encontrar todo lo que de sí mismo había perdido. Acabaron juntos. Valeria se desprendió del abrazo y rodó hacia su costado. Instantes después su respiración se hizo más lenta, acompasada. Francisco hubiera necesitado reclinarse sobre sus pechos para escucharle el corazón. Fuerte y rara necesidad de escuchar un corazón de mujer que  disciplinara el suyo. Que lo meciera. Para adelante, para atrás.

Tengo que retirar a los chicos del colegio. Avanzo por la calle en patineta. Me deslizo con facilidad. Llego a la estación y voy a la boletería. Una adolescente me da un cartón que dice Mar del Plata-Luján. Sobre las vías avanza un auto rojo muy antiguo con capota negra que hace mucho ruido. Le hago señas pero no se detiene. Le pregunto a un hombre que lleva una caña de pescar si esta es una estación de trenes. Me dice que sí pero que las vías están muertas. Llega un colectivo destartalado de la línea 515 y me subo pero me dicen que mi boleto es para un vagón de traje. Me bajo. Voy corriendo a la boletería desesperado porque sé que los chicos están en peligro. Le pregunto a la adolescente que ya es una mujer por qué me dio para un tren de traje si yo le había pedido para el que saliera primero. Le digo que por su culpa perdí a mis hijos, inexorablemente. Le grito. Ella me dice que lo siente mucho por mí. Le pido que me acompañe. Vamos caminando de la mano. Ella detiene un auto. Yo subo. Ella le dice al remisero: saque ya mismo a este hombre de aquí. El coche arranca. Sé que es julio.  Abro la ventanilla y agito un pañuelo azul. En el momento en que despertó, sobresaltado, recordaba el sueño con exquisita precisión. Apretó los párpados para no perderlo porque tenía la certeza de que su pasado y su futuro estaban metidos allí. Hasta que la presión en la vejiga se hizo insostenible. Tuvo que abrir los ojos y encender la luz. El sueño comenzó a desvanecerse. Los cerró bruscamente pero fue inútil. Cuando por fin llegó al baño a gatas consiguió orinar. Tenía taquicardia. Recorrió los dormitorios de los chicos.  Tapó a Tobi y cuando estaba destapando a Camilo, sepultado bajo su acolchado, recuperó  una frase. Vía muerta. Se le oprimió la garganta. Fue hasta el living, se recostó en el sofá  y encendió, sin sonido, el televisor.  Después de un rato lo apagó. Quedó reflexionando sobre la propuesta de Claudia hasta las cinco de la mañana.

Estaba en el estudio, intentando terminar un presupuesto pese a los bostezos, cuando Marcela le pasó un llamado de Valeria. Con solo dos horas de sueño reunirse a conversar era casi el peor de los programas.  Sin embargo, el horno no estaba para bollos. En cuanto el mozo depositó ante ellos pan y manteca, Valeria atacó más lo pienso y más me indigno, en quince años no encontraste el momento para comunicarme que tu infancia era un agujero negro; no sé cómo no me di cuenta, no puedo creerlo. Él la interrumpió lo único que no necesito es que me retes. A ella se le llenaron los ojos de lágrimas y retiro la mano que él intentó tomarle. La llegada del mozo con las bebidas fue un alivio. Cuando se alejó, Valeria, ya repuesta, preguntó ¿qué pensás hacer? Él le explicitó la propuesta de Claudia. A pesar de que Valeria se mostró interesada, Francisco percibió su velada hostilidad. El mozo trajo las papas soufflé. Mientras decía gracias acudió a su mente la palabra nevada. Papas nevadas.

Horas después,  Horacio pasó por el estudio. Francisco tuvo ganas de comentarle a que no sabés con quién me encontré pero una cosa llevaría a la otra y no estaba en condiciones de escuchar los reclamos de Valeria trasladados a los labios de su amigo. Estaban charlando de política cuando Horacio lo sorprendió decime, ¿por qué tus hermanos no se ocupaban de tu vieja?, Adriana me lo preguntó en el entierro y no supe qué contestarle.  Aunque era un buen pie para confesarle su ignorancia de años Francisco solo contestó no estoy de ánimo para hablar de mi mamá. Horacio cabeceó y reanudaron la conversación interrumpida. Su amigo se fue y lo dejó a solas con la necesidad de decidirse. El planteo de Claudia había sido claro: ambos se precisaban. A ella, para redondear la tesis, le hacía falta solo otro caso. Él precisaba recuperar su infancia para restablecer el sentido del yo. Arancel cero. Como anillo al dedo topa con toparías tal para cual un roto para un descosido. Pero Francisco tenía miedo.


miércoles, 3 de febrero de 2016

13

PRETÉRITO ANTERIOR


La entrevista se inicia en el mismo tono de la conversación telefónica. Beso en la mejilla, tuteo. Ninguna referencia al pasado compartido. Sin embargo, en la inmediata cordialidad, el tácito reconocimiento de que no son por completo desconocidos. Claudia le explica que como Ricardo te habrá contado está completando su tesis sobre las amnesias. Francisco solo carraspea. Ella lo mira fijo un instante y luego continúa la amnesia disociativa, específicamente, es una incapacidad para recuperar información personal importante, la cual es demasiado generalizada para considerarla un olvido normal, digamos que es una falta de memoria autobiográfica; una persona puede experimentar un conflicto interno tan insoportable que su mente es forzada a escindir lo inaceptable; no obstante, la información olvidada sigue influyendo sobre el comportamiento; ¿continúo? Francisco sentado en el borde de la silla, bebe las palabras, casi anulando la respiración para escucharla mejor y aunque quisiera decirle que sí, que por favor no se interrumpa, solo asiente. Claudia sonríe perdoname, cuando comienzo no puedo detenerme y lo mira el tema me apasiona; hace una pausa y modifica la inflexión de la voz por lo que conversé con mi hermano y lo poco que me comentaste por teléfono, creo que esta entidad te calza de perillas, de todos modos hay una batería de pruebas que deberían confirmármelo. Francisco se decide a hablar ¿y si así fuera? Claudia se apoya en el respaldo del sillón, cruza las piernas y la pollera trepa sobre sus rodillas, descubriendo los muslos, las medias negras hay diferentes métodos para intentar recuperar la memoria, que incluyen hasta el uso de fármacos. El rostro de Francisco se tensa y agita la cabeza involuntariamente. No te asustes, lo que yo propongo es mucho menos cruento de nuevo Claudia sonríe  hace años que vengo trabajando en la exposición del paciente a referentes  concretos de su pasado él levanta las cejas objetos, fotos, personas, ámbitos  sobre todo; lo que más me interesa es lo que denomino elelemento topográfico”, escenarios donde  transcurrieron los hechos olvidados; para facilitar el trabajo suelo aplicar técnicas de hipnosis. ¿Hipnosis? tantea Francisco inquietoElla ignora sus temores y sigue explicando la mayor dificultad es destrabar los primeros recuerdos, luego es habitual que estos vayan surgiendo espontáneamente en los momentos menos esperados; lo que hay que tener en cuenta es que las memorias recuperadas a veces no reflejan acontecimientos reales; de todos modos el  hecho de completar las lagunas, aun con inexactitudes,  contribuye a reforzar la identidad descruza las piernas, apoya las manos en las rodillas y adelanta el cuerpo hacia él que, instintivamente, se echa hacia atrás.  Francisco, qué opinás pregunta  y su mirada es tan intensa que a él le duele.

lunes, 1 de febrero de 2016

12

Dejó a los chicos en el colegio y se dirigió al trabajo, el informativo de las ocho y treinta en la radio del auto. ¿Cómo se llamaba la hermana de Jirafa? se preguntó en voz alta, intempestivamente. Cuando se quiso acordar estaba por Cabildo. No tenía el menor registro de cómo había llegado hasta allí. Arrimó el auto a la vereda, las sienes palpitándole, asustado. Arrancó, dobló por Federico Lacroze y retomó Cabildo, en dirección contraria. Las nueve ya. Manejó prestando mucha atención. Al llegar, por fin, al estudio, Marcela le comunicó que había llamado su hermana. Francisco le pidió un té digestivo. Mientras lo revolvía, discó el número del despacho de Alicia. Hay que iniciar la sucesión. Los trámites lo desesperaban. Le dio carta blanca. Para algo ella vivía rodeada de expedientes. Como papá.

Fue a buscar a los chicos al colegio, los dejó frente a la puerta. Cuando estaba por arrancar Carmen lo detuvo. El señor Ricardo le dejó este teléfono. Antes de agarrar el papel, Francisco por fin  recordó Claudia, se llamaba Claudia.

Mientras decidía qué hacer, barajó los sobres sin abrir apoyados sobre el escritorio. Miró los remitentes. Uno le produjo un pellizco interno. Sobre los pulgares el mentón, la punta de los índices sosteniendo la cabeza, cerró los ojos. Amenábar. Imágenes que sin llegar ya se alejaban. Se los restregó. Al abrirlos miró por la ventana. Anochecía. Se quedó unos instantes inmóvil y después agarró el teléfono. Cuando cortó, en el tubo quedó la huella de su mano.

Un beso sin sustancia en los labios de Valeria. Las preguntas de rutina, mientras de la cacelora ascendía un promisorio aroma.  Él eligió contestar me llamó Alicia por la sucesión. Desde arriba la vocecita de Tobi. Cuidame la salsa que voy a ver qué quiere el nene. Francisco depositó las carpetas sobre la mesada y tomó la posta. Por lo visto y por suerte Carmen no había comentado el llamado de Jirafa. Levantó la cuchara de madera y probó el tuco.

Quince minutos eran demasiados para simular que miraba vidrieras. Moría por un café. Veneno para su gastritis lo había alertado el médico.  Si vos dejás, te prometo que yo no fumaré nunca fue él único recurso que el miedo de sus catorce años había encontrado para convencer a su madre internada por un principio de enfisema. Para justificar el repentino rechazo a los cotidianos cigarrillos compartidos en el baño del colegio, había inventado una alergia en la que finalmente terminó creyendo. Mamá dijo sin darse cuenta. Entró a la confitería de la esquina. Desde la boca del estómago le subió un malestar ajeno al café.


Cuando el ascensor se detuvo no le quedo más remedio que salir. Se secó las manos en el pañuelo y tocó el timbre. Instantes después escuchó el repiqueteo de unos tacos altos que se iban acercando. Si la memoria, y de eso se trataba, no lo traicionaba, había sido una chiquilina flacucha y con aparatos. La puerta se abrió. Los años habían completado su desarrollo y corregido todos sus defectos.