miércoles, 10 de febrero de 2016

16

Hasta las desgracias tenían beneficios secundarios. Valeria estaba tan preocupada por la hermana y tan ocupada buscando la mejor manera de paliar su ausencia en la facultad y en el hogar, que no le quedaban demasiadas energías para estar pendiente de él. Y menos aún para rencores. ¿Cómo te fue? le preguntó distraída mientras confeccionaba con letra de maestra una larga lista de números telefónicos. Nada por el momento, está recopilando datos; hasta que terminemos con esto, entrevistas de admisión, las llama, iré dos veces por semana. Francisco se sorprendió de ver surgir un Guillermo de las manos de su esposa. ¿Y después? siguió inquiriendo Valeria sin mirarlo. Francisco se preguntó cómo resultaría vivir sin ella.

Controló la lista de los mandados elaborada por Valeria. Iba a tomar el teléfono, obediente, cuando decidió que le daría una sorpresa. Cuando llegó, las oficinas de Alicia eran un enjambre de clientes, papeles y empleados.  Tuvo que recordarle a la secretaria quien era. Perdóneme, no lo reconocí, tome asiento que ya lo anuncio. ¿Necesitará Tobi alguna vez ser anunciado ante Luciana? pensó mientras se retiraba. En cuanto regresó al estudio sonó el teléfono. ¿Por qué te fuiste? fueron las primeras palabras de la gran abogada. No quise importunarte contestó él, intentando sonar displicente.  No digas tonterías, ¿necesitabas algo? Cómo confesarle que había tenido ganas de verla. Valeria tiene que hacer el poder dijo. Cuando cortó, la opresión en el pecho no había disminuido. Porque tengo en el alma cicatrices, imposibles de olvidar.

La lapicera de ella se desliza sobre la libreta cuando comenta sin mirarlo qué valiente tu mujer. No entiendo dice él desconcertado. Debe estar muy segura de sí misma para dejarte solo durante un mes. Francisco necesita pensar qué responder pero ella lo interrumpe sonriendo admisión terminada; prepárese, señor, porque el rescate de su memoria acaba de empezar. Francisco descubre que cuando ella sonríe francamente se le hacen hoyuelos.

Concluido  el trámite, Alicia los invitó a tomar algo enfrente. Francisco observó a su esposa y a su hermana. Envidiaba la capacidad de las mujeres de comunicarse a pesar de las discrepancias. Él sabía que su mujer  juzgaba a Alicia, fría y egoísta. Intuía que Valeria había bajado varios puntos en la estima de su hermana cuando decidió, hijos mediante, relegar su hasta entonces exitosa profesión. Mirándolas charlar, tan animadas, parecían harina del mismo costal. Francisco notó que hacía días que las frases hechas acudían a sus labios. Almas gemelas. Sacudió levemente la cabeza. Valeria y Alicia charlaban. ¿Habrían conversado alguna vez sobre él? ¿Cuánto  le importo a mi hermana? De pronto sintió que iba menguando sobre la silla. Soy invisible. Después de un largo rato Alicia pareció reparar en su existencia ¿querés otro té?

Francisco se mira en el espejo. Abre la boca. Se pasa un dedo por los dientes. Patina. Los raspa con la uña. Se arregla el cabello. Ya tiene algunas canas. Se abrocha el saco y luego se lo desabrocha. Controla el reloj. La puerta se abre. Sale del ascensor.

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