Hasta las desgracias tenían beneficios secundarios.
Valeria estaba tan preocupada por la hermana y tan ocupada buscando la mejor
manera de paliar su ausencia en la facultad y en el hogar, que no le quedaban
demasiadas energías para estar pendiente de él. Y menos aún para rencores. ¿Cómo
te fue? le preguntó distraída mientras confeccionaba con letra de maestra
una larga lista de números telefónicos. Nada por el momento, está
recopilando datos; hasta que terminemos con esto, entrevistas de admisión, las
llama, iré dos veces por semana. Francisco se sorprendió de ver surgir un Guillermo
de las manos de su esposa. ¿Y después? siguió inquiriendo Valeria sin
mirarlo. Francisco se preguntó cómo resultaría vivir sin ella.
Controló la lista de los mandados elaborada
por Valeria. Iba a tomar el teléfono, obediente, cuando decidió que le daría
una sorpresa. Cuando llegó, las oficinas de Alicia eran un enjambre de
clientes, papeles y empleados. Tuvo que
recordarle a la secretaria quien era. Perdóneme, no lo reconocí, tome
asiento que ya lo anuncio. ¿Necesitará Tobi alguna vez ser anunciado ante
Luciana? pensó mientras se
retiraba. En cuanto regresó al estudio sonó el teléfono. ¿Por qué te fuiste?
fueron las primeras palabras de la gran abogada. No quise importunarte
contestó él, intentando sonar displicente.
No digas tonterías, ¿necesitabas algo? Cómo confesarle que había
tenido ganas de verla. Valeria tiene que hacer el poder dijo. Cuando cortó, la opresión en el pecho
no había disminuido. Porque tengo en el alma cicatrices, imposibles de
olvidar.
La lapicera de ella se desliza sobre la libreta
cuando comenta sin mirarlo qué valiente tu mujer. No entiendo dice
él desconcertado. Debe estar muy segura de sí misma para dejarte solo
durante un mes. Francisco necesita pensar qué responder pero ella lo interrumpe
sonriendo admisión terminada; prepárese, señor, porque el rescate de su
memoria acaba de empezar. Francisco descubre que cuando ella sonríe
francamente se le hacen hoyuelos.
Concluido el trámite, Alicia los invitó a tomar algo
enfrente. Francisco observó a su esposa y a su hermana. Envidiaba la capacidad
de las mujeres de comunicarse a pesar de las discrepancias. Él sabía que su
mujer juzgaba a Alicia, fría y egoísta.
Intuía que Valeria había bajado varios puntos en la estima de su hermana cuando
decidió, hijos mediante, relegar su hasta entonces exitosa profesión.
Mirándolas charlar, tan animadas, parecían harina del mismo costal.
Francisco notó que hacía días que las frases hechas acudían a sus labios. Almas
gemelas. Sacudió levemente la cabeza. Valeria y Alicia charlaban. ¿Habrían
conversado alguna vez sobre él? ¿Cuánto
le importo a mi hermana? De pronto sintió que iba menguando sobre la
silla. Soy invisible. Después de un largo rato Alicia pareció reparar en
su existencia ¿querés otro té?
Francisco se mira en el espejo. Abre la boca.
Se pasa un dedo por los dientes. Patina. Los raspa con la uña. Se arregla el
cabello. Ya tiene algunas canas. Se abrocha el saco y luego se lo desabrocha.
Controla el reloj. La puerta se abre. Sale del ascensor.
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