Dejó a los chicos en el colegio y se dirigió al
trabajo, el informativo de las ocho y treinta en la radio del auto. ¿Cómo se
llamaba la hermana de Jirafa? se preguntó en voz alta, intempestivamente.
Cuando se quiso acordar estaba por Cabildo. No tenía el menor registro de cómo
había llegado hasta allí. Arrimó el auto a la vereda, las sienes palpitándole,
asustado. Arrancó, dobló por Federico Lacroze y retomó Cabildo, en
dirección contraria. Las nueve ya. Manejó prestando mucha atención. Al llegar,
por fin, al estudio, Marcela le comunicó que había llamado su hermana. Francisco
le pidió un té digestivo. Mientras lo revolvía, discó el número del despacho de
Alicia. Hay que iniciar la sucesión.
Los trámites lo desesperaban. Le dio carta blanca. Para algo ella vivía rodeada
de expedientes. Como papá.
Fue a buscar a los chicos al colegio, los dejó
frente a la puerta. Cuando estaba por arrancar Carmen lo detuvo. El
señor Ricardo le dejó este teléfono. Antes de agarrar el papel, Francisco
por fin recordó Claudia, se llamaba
Claudia.
Mientras decidía qué hacer, barajó los sobres sin
abrir apoyados sobre el escritorio. Miró los remitentes. Uno le produjo un
pellizco interno. Sobre los pulgares el mentón, la punta de los índices
sosteniendo la cabeza, cerró los ojos. Amenábar. Imágenes que sin llegar
ya se alejaban. Se los restregó. Al abrirlos miró por la ventana. Anochecía. Se
quedó unos instantes inmóvil y después agarró el teléfono. Cuando cortó, en el
tubo quedó la huella de su mano.
Un beso sin sustancia en los labios de Valeria. Las
preguntas de rutina, mientras de la cacelora ascendía un promisorio aroma. Él eligió contestar me llamó Alicia por
la sucesión. Desde arriba la vocecita de Tobi. Cuidame la salsa que voy a ver
qué quiere el nene. Francisco depositó las carpetas sobre la mesada
y tomó la posta. Por lo visto y por suerte Carmen no había comentado el llamado
de Jirafa. Levantó la cuchara de madera y probó el tuco.
Quince minutos eran demasiados para simular que
miraba vidrieras. Moría por un café. Veneno para su gastritis lo había
alertado el médico. Si vos dejás, te
prometo que yo no fumaré nunca fue él único recurso que el miedo de sus
catorce años había encontrado para convencer a su madre internada por un
principio de enfisema. Para justificar el repentino rechazo a los cotidianos
cigarrillos compartidos en el baño del colegio, había inventado una alergia en
la que finalmente terminó creyendo. Mamá dijo sin darse cuenta. Entró a
la confitería de la esquina. Desde la boca del estómago le subió un malestar
ajeno al café.
Cuando
el ascensor se detuvo no le quedo más remedio que salir. Se secó las manos en
el pañuelo y tocó el timbre. Instantes después escuchó el repiqueteo de unos
tacos altos que se iban acercando. Si la memoria, y de eso se trataba, no lo
traicionaba, había sido una chiquilina flacucha y con aparatos. La puerta se
abrió. Los años habían completado su desarrollo y corregido todos sus defectos.
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