Imposible esperar veinticuatro horas. Por
primera vez, quizás violando reglas nunca estipuladas, la llamó. Recurrió
a la imagen de una olla a presión para
describirse. Ya en el estudio, siguiendo las instrucciones de Claudia, se sentó
ante la mesa de dibujo, le pidió a Marcela un té, eligió una hoja grande y un
lápiz de los blandos. Trazó, acariciándolas, cada una de las líneas que
delimitaban los confines de sus recuerdos. Seis años de facultad y más de
quince de carrera hallando justificación en la plasticidad y precisión con que
iban surgiendo los contornos de cada habitación. A medida que podía plasmarlas
recuperaba sus destinos. Armario de los guardapolvos, dormitorio de
los abuelos, cuarto de planchado, baño de la tía. Supo que había compartido
con Guillermo el desmedido dormitorio que daba a la terraza. Cuando terminó las
plantas, decidió tomar ambiente por ambiente. Cerró los ojos y trató de
evocarlos en tres dimensiones. Poco a poco los fue poblando. Muebles,
alfombras, adornos, colores. Su mano dibujaba como en trance. Al fin del día
había conseguido bosquejar elementos diversos de casi todas las estancias.
Cuando miró el reloj, juntó los papeles en una carpeta y se encaminó hacia su
casa. Los chicos esperaban.
Las instrucciones de Valeria habían abarcado
cada uno de los treinta días que duraría su ausencia. Carmen había preparado
tortilla de espinaca y Tobi se negaba a comer, los bracitos cruzados, la boca
apretada con fuerza. Los mayores masticaban resignados. Francisco enfiló hacia
la cocina. Regresó con pan lactal, jamón y queso y distribuyó los víveres sobre
la mesa. Yo también reclamó
Camilo. Se encontró confeccionando sándwiches a cuatro manos.
Todo era algarabía, carcajadas. La tortilla, a medio comer, durmiendo en los
platos. Sonó el teléfono. Seguro que es mamá dijo Luciana con cara de
pavor. Él se incorporó a atender. Carolina recabando información sobre sus
sobrinos. Al escuchar a los chicos peleando en la cocina, Francisco tuvo que
cortar abruptamente. Cuando llegó, Camilo intentaba abrir el freezer mientras Luciana lo tironeaba del brazo. Qué
está pasando aquí y él mismo se sorprendió al descubrirse gritando.
Carmen dijo que hoy tocaba fruta se
justificó Luciana mientras
Camilo, aprovechando el descuido de su hermana, concretaba su objetivo. ¿Si
lo comemos del pote? sugirió la nena ya olvidado todo buen propósito la abuela siempre nos dejaba. Pusieron el envase sobre la mesita del living,
los cuatro rodeándolo, arrodillados. Las cucharas ya rozaban el fondo cuando
Camilo, con la cara chorreando chocolate, reflexionó para algunas cosas es
mejor que no esté mamá. Cuando los
supo acostados Francisco se dio una ducha y se
metió en la cama, con la carpeta que había traído del estudio. Encendió
la radio. Luego de un par de compases reconoció a Brahms. Un placer ser
autónomo a la hora de dormir. Para
algunas cosas es mejor que no esté mamá. Abrió la carpeta. Distribuyó los dibujos cara abajo sobre la
colcha y sacó uno al azar. La cocina. Fijó la vista con intensidad. Abrió y
cerró los ojos varias veces. Sintió olor a sopa. Y cuando creyó que las imágenes
se precipitarían, todo desapareció. Exhausto, colocó los papeles sobre la
mesita y apagó la luz.
Sos chiquito y estás en la cocina, aspirá con
fuerza, profundamente, así, muy bien, es ese olor y ya no es vago, es muy
intenso, tan intenso que te marea, ¿lo sentís? Él asiente con los ojos cerrados y le cuenta mamá me
lleva alzado y me para en la puerta de la cocina. Mi silla alta volvió. Me
suelto y corro hacia ella, ebrio de felicidad. A pocos centímetros me detengo.
El olor de la paja recién cambiada me da arcadas. Es mi silla pero no es mi
silla. Mamá me alza y me sienta. Me
revuelco, lloro y pataleo. Intento pararme y mamá me ata con el cinturón. Hay
olor a sopa y a paja. Me pone el babero. La cuchara choca con mis dientes. Doy
vuelta la cara. Me presiona los cachetes, la boca no me hace caso y se abre.
Tres cucharadas, cuatro, cinco. Hasta que vomito sobre el plato con patitos. La
cuchara recoge el vómito tibio y lo devuelve a mi boca. Son letras, es sopa de
letras. Ya no me resisto. Termino mi sopa. Mamá me seca las lágrimas con el
babero, me lo saca, desata el cinturón, me da un beso y me baja.
Mientras Claudia relee lo que acaba de escribir, Francisco siente de nuevo olor
a sopa. Está por alertarla, cuando al cerrar los ojos aparece bajo sus codos
adolescentes la mesa de Jirafa. Los abre, desconcertado. ¿Algo nuevo? pregunta
Claudia con la Mont Blanc suspendida
en el aire. Y él niega. Mostrame lo que dibujaste ayer ordena. Francisco, dócil, despliega ante ella las
láminas. Claudia elige una y se la tiende cuarto matrimonial había
puesto él en una esquina. Solo había logrado dibujar una cama, más por
suponerla que por recordarla. Observá
el dibujo, concentrá tu atención en no pestañear, respirá lentamente, así, muy
bien, no parpadees, como si quisieras descifrar un dibujo en 3D.
Se hizo de noche. Por la ventana se cuela un
reflejo. Tengo sed. Me trepo a la baranda de la cuna. Me bajo con cuidado. Me
acerco a la cama de Guillermo. Le toco la cara pero no se despierta. Tengo
mucha sed. La lucecita del pasillo está encendida. Camino despacio, los pies
descalzos. La puerta está entreabierta. Me asomo. La luna baña la cama. Papá
está arriba de mamá y la empuja y la empuja. Mamá se queja. Quisiera ayudarla
pero tengo miedo. Me doy vuelta y me escapo corriendo. Me acerco a la cama de
Guillermo. Lo toco de nuevo pero no lo llamo porque no lo quiero
despertar. Me trepo a la cuna como puedo
y me tiro sobre el colchón. El corazón me hace tac, tic tac. Las palpitaciones lo aturden. Estoy acá dice
ella chasqueando los dedos. Aunque ya se sabe nuevamente adulto, Francisco
sigue teniendo miedo. Entreabre los ojos, cauto. Vislumbra algo azul. ¿Estás
bien? le pregunta Claudia. Él la mira. Ella le sonríe. El vestido es azul.
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