miércoles, 24 de febrero de 2016

22

Imposible esperar veinticuatro horas. Por primera vez, quizás violando reglas nunca estipuladas, la llamó. Recurrió a  la imagen de una olla a presión para describirse. Ya en el estudio, siguiendo las instrucciones de Claudia, se sentó ante la mesa de dibujo, le pidió a Marcela un té, eligió una hoja grande y un lápiz de los blandos. Trazó, acariciándolas, cada una de las líneas que delimitaban los confines de sus recuerdos. Seis años de facultad y más de quince de carrera hallando justificación en la plasticidad y precisión con que iban surgiendo los contornos de cada habitación. A medida que podía plasmarlas recuperaba sus destinos. Armario de los guardapolvos, dormitorio de los abuelos, cuarto de planchado, baño de la tía. Supo que había compartido con Guillermo el desmedido dormitorio que daba a la terraza. Cuando terminó las plantas, decidió tomar ambiente por ambiente. Cerró los ojos y trató de evocarlos en tres dimensiones. Poco a poco los fue poblando. Muebles, alfombras, adornos, colores. Su mano dibujaba como en trance. Al fin del día había conseguido bosquejar elementos diversos de casi todas las estancias. Cuando miró el reloj, juntó los papeles en una carpeta y se encaminó hacia su casa. Los chicos esperaban.

Las instrucciones de Valeria habían abarcado cada uno de los treinta días que duraría su ausencia. Carmen había preparado tortilla de espinaca y Tobi se negaba a comer, los bracitos cruzados, la boca apretada con fuerza. Los mayores masticaban resignados. Francisco enfiló hacia la cocina. Regresó con pan lactal, jamón y queso y distribuyó los víveres sobre la mesa. Yo también reclamó Camilo. Se encontró confeccionando sándwiches a cuatro manos. Todo era algarabía, carcajadas. La tortilla, a medio comer, durmiendo en los platos. Sonó el teléfono. Seguro que es mamá dijo Luciana con cara de pavor. Él se incorporó a atender. Carolina recabando información sobre sus sobrinos. Al escuchar a los chicos peleando en la cocina, Francisco tuvo que cortar abruptamente. Cuando llegó, Camilo intentaba abrir el freezer  mientras Luciana lo tironeaba del brazo. Qué está pasando aquí y él mismo se sorprendió al descubrirse gritando. Carmen dijo que hoy tocaba fruta se  justificó Luciana  mientras Camilo, aprovechando el descuido de su hermana, concretaba su objetivo. ¿Si lo comemos del pote? sugirió la nena ya olvidado todo buen propósito  la abuela siempre nos dejaba.  Pusieron el envase sobre la mesita del living, los cuatro rodeándolo, arrodillados. Las cucharas ya rozaban el fondo cuando Camilo, con la cara chorreando chocolate, reflexionó para algunas cosas es mejor que no esté mamá.  Cuando los supo acostados Francisco se dio una ducha y se  metió en la cama, con la carpeta que había traído del estudio. Encendió la radio. Luego de un par de compases reconoció a Brahms. Un placer ser autónomo a la hora de dormir.  Para algunas cosas es mejor que no esté mamá. Abrió la carpeta.  Distribuyó los dibujos cara abajo sobre la colcha y sacó uno al azar. La cocina. Fijó la vista con intensidad. Abrió y cerró los ojos varias veces. Sintió olor a sopa. Y cuando creyó que las imágenes se precipitarían, todo desapareció. Exhausto, colocó los papeles sobre la mesita y apagó la luz.

Sos chiquito y estás en la cocina, aspirá con fuerza, profundamente, así, muy bien, es ese olor y ya no es vago, es muy intenso, tan intenso que te marea, ¿lo sentís? Él asiente con los ojos cerrados y le cuenta mamá me lleva alzado y me para en la puerta de la cocina. Mi silla alta volvió. Me suelto y corro hacia ella, ebrio de felicidad. A pocos centímetros me detengo. El olor de la paja recién cambiada me da arcadas. Es mi silla pero no es mi silla.  Mamá me alza y me sienta. Me revuelco, lloro y pataleo. Intento pararme y mamá me ata con el cinturón. Hay olor a sopa y a paja. Me pone el babero. La cuchara choca con mis dientes. Doy vuelta la cara. Me presiona los cachetes, la boca no me hace caso y se abre. Tres cucharadas, cuatro, cinco. Hasta que vomito sobre el plato con patitos. La cuchara recoge el vómito tibio y lo devuelve a mi boca. Son letras, es sopa de letras. Ya no me resisto. Termino mi sopa. Mamá me seca las lágrimas con el babero, me lo saca, desata el cinturón, me da un beso y me baja. Mientras Claudia relee lo que acaba de escribir, Francisco siente de nuevo olor a sopa. Está por alertarla, cuando al cerrar los ojos aparece bajo sus codos adolescentes la mesa de Jirafa. Los abre, desconcertado. ¿Algo nuevo? pregunta Claudia con la Mont Blanc suspendida en el aire. Y él niega. Mostrame lo que dibujaste ayer ordena.  Francisco, dócil, despliega ante ella las láminas. Claudia elige una y se la tiende cuarto matrimonial había puesto él en una esquina. Solo había logrado dibujar una cama, más por suponerla que por recordarla.  Observá el dibujo, concentrá tu atención en no pestañear, respirá lentamente, así, muy bien, no parpadees, como si quisieras descifrar un dibujo en 3D.


Se hizo de noche. Por la ventana se cuela un reflejo. Tengo sed. Me trepo a la baranda de la cuna. Me bajo con cuidado. Me acerco a la cama de Guillermo. Le toco la cara pero no se despierta. Tengo mucha sed. La lucecita del pasillo está encendida. Camino despacio, los pies descalzos. La puerta está entreabierta. Me asomo. La luna baña la cama. Papá está arriba de mamá y la empuja y la empuja. Mamá se queja. Quisiera ayudarla pero tengo miedo. Me doy vuelta y me escapo corriendo. Me acerco a la cama de Guillermo. Lo toco de nuevo pero no lo llamo porque no lo quiero despertar.  Me trepo a la cuna como puedo y me tiro sobre el colchón. El corazón me hace tac, tic tac. Las palpitaciones lo aturden. Estoy acá dice ella chasqueando los dedos. Aunque ya se sabe nuevamente adulto, Francisco sigue teniendo miedo. Entreabre los ojos, cauto. Vislumbra algo azul. ¿Estás bien? le pregunta Claudia. Él la mira. Ella le sonríe. El vestido es azul

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