lunes, 8 de febrero de 2016

15

Nuevamente el taconeo acercándose a la puerta. Claudia lo besa en la mejilla y lo hace pasar. Francisco piensa que aun a oscuras la estela de su perfume le señalaría el camino. Se ubican como en la anterior ¿sesión? De nuevo medias negras, otra pollera corta.

¿Cuándo se inició la sensación de extrañeza? Francisco reflexiona durante unos instantes y luego comenta no sé si tiene relación, justo hoy se cumple un mes del fallecimiento de mi madre. De qué murió pregunta Claudia. Una lesión en el píloro provocada por los inflamatorios que tomaba a mansalva por su artrosis contesta él. No parece causa suficiente insiste ella. Fue un  paro cardiorrespiratorio, en realidad. Ella no ceja sí, pero provocado por qué él  levanta los hombros o sea que desconocés el motivo de la muerte de tu madre. Francisco queda en silencio y recién descubre que desde el primer vómito, él supo que su mamá se había quebrado. Punto de no retorno. Mamá se dejó morir afirma de pronto. ¿Vos querías que tu madre se muriera?

Sobre llovido, mojado. A Alejandra, su cuñada que vivía en Estados Unidos, la tenían que operar de un tumor en la mama dentro de quince días. Y estaba sola, con los dos nenes chiquitos, además. La otra hermana, Carolina, con cinco hijos a cargo, el último un bebé. Valeria era la única posibilidad y luego de muchas deliberaciones decidió que iría. Solo el amor por su hermana podía lograr que se planteara separarse de los chicos por primera vez. Además, no es momento para dejarte. Como si también pasara por ella regular el momento en que las desgracias se presentaban.


Claudia deja la libreta sobre la falda y se desabrocha el primer botón de la blusa. Francisco también tiene calor. Se saca el suéter y se acomoda el cabello. ¿Profesión? continúa ella. Arquitecto. ¿Y a qué te dedicás? Francisco se relaja y arranca ni bien me recibí comencé a trabajar en uno de los estudios más importantes de Buenos Aires  y me pusieron a diseñar los  primeros edificios gigantescos con piel de vidrio; me pagaban muy bien y fui escalando posiciones, hasta que después de un par de años entré en crisis; un buen día fui a trabajar y al sentarme frente al papel de calco descubrí que me había quedado en blanco; estuve una tarde completa incapaz de trazar ni una línea; y pateé el tablero, a pesar de las discusiones con mi mujer. Ella lo interrumpe ¿estás casado? mientras libera el segundo botón. Sí, hace como quince años él se apresura a continuar a pesar, te decía, de que a mi mujer le agarró el ataque, al día siguiente presenté la renuncia; en el estudio no podían creerlo, ofrecieron duplicarme el sueldo, la posibilidad de asociarme; pero fue un basta para mí; pocas veces en mi historia me sentí mejor conmigo mismo que cuando salí de ese mausoleo, metí mis cosas en el auto y me instalé en la Confitería de las Artes; pedí un café y saqué una hoja, me acuerdo como si fuera hoy: bueno Francisco, ahora qué querés hacer me pregunté; tuve una revelación: yo quería arreglar casas viejas, casas con huellas del paso de generaciones; detesto esas casas elegidas por catálogo, que parecen haber sido depositadas por una grúa gigantesca sobre un césped de utilería, envueltas para regalo con papel de celofán;  cuando me topo con  escaleras de mármol,  molduras, azoteas,  escondrijos, siento que eso es lo mío y cuando meses después consigo que una casa arruinada adquiera el confort de la modernidad conservando su esencia, siento que esa es la única manera que tengo de luchar contra un supuesto progreso que para mí  no es tal concluye satisfecho, seguro de haberla impresionado. Claudia anota en la libreta y él está orgulloso por eso se descoloca cuando ella acota quince años de matrimonio, casi un prodigio en nuestra época. A él le molesta el comentario y necesita justificarse  para mí no entra en la categoría de lo posible pensar en romperlo. Ella levanta la vista de la hoja para preguntarle ¿se llevan mal? Él cabecea para nada, vivimos en armonía. Ella ladea la cabeza y sonriendo añade curiosa manera de calificar un vínculo amoroso. Francisco se siente torpe y está por decirle que jamás discuten cuando Claudia relee lo escrito, levanta la mirada y le pregunta ¿hiciste terapia alguna vez? No, creo que a la vida hay que abarajarla como viene y tratar de amigarse con lo que a uno le toca; me parece una puerilidad suponer que haya alguien con poderes para organizar nuestro transcurrir; creo que es una suerte de religión de los ateos supuestamente progresistas contesta Francisco recuperando su autoestima, pero ella se la baja de un hondazo entonces, ¿por qué estás acá? Intenta defenderse Ricardo me comentó de tu tesis mientras descubre que está iniciando una terapia. Es loable que entregues tu tiempo para colaborar con el trabajo de una desconocida. Él no sabe qué decir. Ella lo mira con insistencia. Él se reacomoda en la silla. Ella no. El silencio es cada vez más tenso y él sabe que ella no lo romperá. Creo que necesito ayuda por fin dice y se da cuenta de que le duele que ella lo considere un desconocido.

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