lunes, 15 de febrero de 2016

18

Se ubican en sus respectivos lugares. Curiosa semisonrisa de Claudia, enigmática la califica Francisco. Mona Lisa la de mística sonrisa. Él  cruza los brazos y su mirada vaga, sin detenerse. Resulta obvio que ella está esperando que empiece a hablar pero él  no sabe si corresponde que le recuerde mañana Valeria se va. Cree entender que el trato solo incluye el pasado. Qué podría importarle a Claudia que él esté asustado porque mañana Valeria se va. ¿Nada por decir? indaga ella y él se sobresalta. Las palabras se le atoran en la garganta. Ella lo sorprende ¿alguna vez te hipnotizaron? él cabecea ¿querés que lo intentemos? Él traga saliva y asiente con el mentón, casi imperceptiblemente. La sonrisa de ella ahora es decidida y regresan los hoyuelos aflojá los brazos. Él está arrepentido. Atemorizado. Ella no parece notarlo o lo nota y no le importa, tiene sus propios objetivos  piensa Francisco mientras ella le ordena cerrá los ojos, inspirá, exhala, concentrate en el ritmo de tu respiración, inspirás, exhalás, cada vez más lento y más profundo, inspiración, exhalación, todo sigue estando bajo tu control; los relojes se invirtieron y el tiempo y el espacio caminan hacia atrás, muy despacio, dejate flotar en algún lugar, concentrate pero no te esfuerces, un lugar, buscá un lugar, tu lugar. Francisco se siente peculiarmente tranquilo. Está con Claudia, en el consultorio y tiene la clara noción de que todo depende de su voluntad.  Aprieta fuerte los párpados. Un lugar. Inspira con tanta profundidad que la respiración se le detiene. Percibe la mano de Claudia sobre su antebrazo y siente vértigo. Imágenes que se acercan solo para alejarse. Espacios, ámbitos, vacíos y llenos, alturas y proporciones. Aires, olores, texturas. Ni un rostro. Hasta que blancos y negros se abalanzan sobre él. Blancos y negros que se van geometrizando hasta transformarse en rombos enlazados, alternados. No hay duda: eso es un piso. Vacío y brillante. Se endereza en la silla, asustado, y espontáneamente abre los ojos. Mal don. Las imágenes desaparecen. Vuelve a cerrarlos y aunque intenta relajarse es inútil: un desierto, yermo, opaco, silencioso. Un agujero en su interior crece y crece, succionándolo. La mano en su antebrazo aumenta la presión. Abrí los ojos, Francisco, ya es suficiente. Él obedece. Ella está frente a él, sonriéndole. La paz regresa. Está a punto de tomarle la mano cuando ella la retira.

Partieron los cinco para Ezeiza. Cuando llegó el momento de la despedida Tobi se aferró al cuello de su mamá. No hubo manera de convencerlo. Francisco tuvo que desprenderle los bracitos a la fuerza. Ante los alaridos de Tobi, Luciana, que ya se había despedido tranquila, se sumó al concierto.  Con Tobi en los brazos retorciéndose y pateándolo, y la nena restregando la cara mojada  contra la manga de su saco, Francisco solo pudo agitar una mano mientras Valeria, desencajada, se alejaba caminando hacia atrás. Ni mimos ni palabras alcanzaron para tranquilizarlos. Callate, tarada fue la única ayuda que aportó Camilo. Francisco, pese a los principios de Valeria, debió apelar a prosaicas golosinas que por supuesto tuvo que triplicar. Consiguió, por fin, meter a su diezmada familia en el coche. Camilo le preguntó puedo ir adelante y él asintió con el consiguiente berrinche de la nena. Francisco logró convencerla de que a ella la precisaba atrás, para cuidar a Tobi. Qué ruido hace este auto informó el copiloto lo tendríamos que cambiar. Los autos no importan intervino Luciana hay que usarlos hasta que no den más. Vos callate que no sabés nada. Sí, papá lo dijo, se lo dijo a mamá. Sos una mentirosa. Preguntale a mamá, ya vas a ver. No puedo, tarada, ¡no te das cuenta de que mamá se fue! ¡Mamá!, ¡mamá! recomenzó Tobi con un chupetín en la mano. Francisco, apretando fuerte el volante, buscó, en medio de los bocinazos, un lugar donde detenerse. Transpiraba. Para ese entonces Tobi ya había modificado su discurso ¡papá, papá!

Los mayores excitados, Tobi haciendo pucheros, una proeza lograr que se acostaran. Después de una ducha se desplomó en la cama. Estiró al máximo brazos y piernas. Todo mal tiene un beneficio secundario. ¿Cuánto hacía que no podía despatarrarse a su antojo? Apoyó la cabeza sobre las manos cruzadas y sonrió, ligeramente culpable.


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