Se ubican en sus respectivos lugares. Curiosa
semisonrisa de Claudia, enigmática la califica Francisco. Mona Lisa
la de mística sonrisa. Él cruza los
brazos y su mirada vaga, sin detenerse. Resulta obvio que ella está esperando
que empiece a hablar pero él no sabe si
corresponde que le recuerde mañana Valeria se va. Cree entender que el
trato solo incluye el pasado. Qué podría importarle a Claudia que él esté asustado
porque mañana Valeria se va. ¿Nada por decir? indaga ella y él se
sobresalta. Las palabras se le atoran en la garganta. Ella lo sorprende ¿alguna
vez te hipnotizaron? él cabecea ¿querés que lo intentemos? Él traga
saliva y asiente con el mentón, casi imperceptiblemente. La sonrisa de
ella ahora es decidida y regresan los hoyuelos aflojá los brazos. Él
está arrepentido. Atemorizado. Ella no parece notarlo o lo nota y no le
importa, tiene sus propios objetivos piensa
Francisco mientras ella le ordena cerrá los ojos, inspirá, exhala,
concentrate en el ritmo de tu respiración, inspirás, exhalás, cada vez más
lento y más profundo, inspiración, exhalación, todo sigue estando bajo tu
control; los relojes se invirtieron y el tiempo y el espacio caminan hacia atrás,
muy despacio, dejate flotar en algún lugar, concentrate pero no te esfuerces,
un lugar, buscá un lugar, tu lugar. Francisco se siente peculiarmente
tranquilo. Está con Claudia, en el consultorio y tiene la clara noción de que todo depende de su voluntad. Aprieta fuerte los párpados. Un lugar.
Inspira con tanta profundidad que la respiración se le detiene. Percibe la mano
de Claudia sobre su antebrazo y siente vértigo. Imágenes que se acercan solo
para alejarse. Espacios, ámbitos, vacíos y llenos, alturas y proporciones.
Aires, olores, texturas. Ni un rostro. Hasta que blancos y negros se abalanzan
sobre él. Blancos y negros que se van geometrizando hasta transformarse en
rombos enlazados, alternados. No hay duda: eso es un piso. Vacío y brillante.
Se endereza en la silla, asustado, y espontáneamente abre los ojos. Mal don.
Las imágenes desaparecen. Vuelve a cerrarlos y aunque intenta relajarse es
inútil: un desierto, yermo, opaco, silencioso. Un agujero en su interior crece
y crece, succionándolo. La mano en su antebrazo aumenta la presión. Abrí los
ojos, Francisco, ya es suficiente. Él obedece. Ella está frente a él,
sonriéndole. La paz regresa. Está a punto de tomarle la mano cuando ella la
retira.
Partieron los cinco para Ezeiza. Cuando llegó el
momento de la despedida Tobi se aferró al cuello de su mamá. No hubo manera de
convencerlo. Francisco tuvo que desprenderle los bracitos a la fuerza. Ante los
alaridos de Tobi, Luciana, que ya se había despedido tranquila, se sumó al
concierto. Con Tobi en los brazos
retorciéndose y pateándolo, y la nena restregando la cara mojada contra la manga de su saco, Francisco solo
pudo agitar una mano mientras Valeria, desencajada, se alejaba caminando hacia
atrás. Ni mimos ni palabras alcanzaron para tranquilizarlos. Callate, tarada
fue la única ayuda que aportó Camilo. Francisco, pese a los principios de
Valeria, debió apelar a prosaicas golosinas que por supuesto tuvo que
triplicar. Consiguió, por fin, meter a su diezmada familia en el coche. Camilo
le preguntó puedo ir adelante y él
asintió con el consiguiente berrinche de la nena. Francisco logró convencerla
de que a ella la precisaba atrás, para cuidar a Tobi. Qué ruido hace este
auto informó el copiloto lo tendríamos que cambiar. Los autos no
importan intervino Luciana
hay que usarlos hasta que no den más. Vos callate que no sabés nada. Sí, papá
lo dijo, se lo dijo a mamá. Sos una mentirosa. Preguntale a mamá, ya vas a ver.
No puedo, tarada, ¡no te das cuenta de que mamá se fue! ¡Mamá!, ¡mamá!
recomenzó Tobi con un chupetín en la mano. Francisco, apretando fuerte el
volante, buscó, en medio de los bocinazos, un lugar donde detenerse.
Transpiraba. Para ese entonces Tobi ya había modificado su discurso ¡papá,
papá!
Los mayores excitados, Tobi haciendo pucheros, una
proeza lograr que se acostaran. Después de una ducha se desplomó en la cama.
Estiró al máximo brazos y piernas. Todo mal tiene un beneficio secundario. ¿Cuánto
hacía que no podía despatarrarse a su antojo? Apoyó la cabeza sobre las manos
cruzadas y sonrió, ligeramente culpable.
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