viernes, 19 de febrero de 2016

20

Ahora parate ordena ella y él desconcertado obedece cerrá los ojos, aflojá los hombros. Luego de unos segundos de un silencio tan profundo que él puede escuchar las dos respiraciones, ella determina el piso damero está bajo tus pies. Él siente que cae, parado cae, el vacío lo chupa, siente pavor hasta que, violentamente, vuelve a afirmarse. Los hombros contra la pared, el cuerpo proyectado hacia delante, las manos hacia atrás, sosteniéndose una a otra. Los ojos muy abiertos, como si solo aumentando su circunferencia pudiera absorber lo que estoy viendo. No veo lo que estaba viendo. Busco indicios. Los labios fruncidos, minimizando la boca. Los cachetes colorados. Me enternece el contraste entre la profundidad de la mirada y la humedad de los labios frescos. Boca de leche, ojos de pozo. Quisiera abrazarme. Me escondo entre las manos y espiando a través de las rendijas de los dedos sudados me arriesgo a atravesar el piso en damero. Mi certeza es absoluta: tengo que no estar. El corazón me late fuerte. Un pie en un cuadro blanco, el otro en uno negro. Zapatitos de charol, medias con pompones.  Avanzo muy despacio pegado a la pared hasta que alcanzo la alfombra. La alfombra sofoca mi existencia. Estoy salvado. He descubierto la única manera de sobrevivir. Francisco abre los ojos. Instintivamente se mira los pies. Los zapatitos de charol trocados en mocasines. Los contempla con atención. Marrones, cuarenta y dos. Debajo de la suela de goma, una mullida alfombra blanca.

Salió del consultorio desvalido.  Necesito que me abracen. Valeria ausente, los chicos en el colegio, improbable que sus deseos se hicieran realidad. Tendría que visitar a mi hermana se rió de sí mismo. Decidió ir al estudio caminando, quizás el aire frío lo energizara. Estaba a pocas cuadras cuando resolvió que pasar por el negocio de  Horacio sería mejor programa. En cuanto lo vio, su amigo abandonó a la cliente que estaba atendiendo y con sus pasos largos se dirigió hacia él. Una sonrisa de oreja a oreja. Viejo, me salvaste, esta bruja me tenía las bolas por el piso, vamos a tomar algo. La empleada heredó a la mujer  y salieron juntos. ¿Cómo te trata la soltería? preguntó  Horacio minutos después mientras revolvía un café. Francisco le contó que todo transcurría con bastante normalidad. Valeria dejó todo tan organizado que por momentos parece estar sentada a la mesa con nosotros. No me extraña acotó burlón Horacio. Además, la familia ayuda; el domingo Moira llevó a los dos mayores al cine; sin Valeria para retarme ni Luciana para ponerse celosa me empaché de mimar a Tobi; te diría que, en líneas generales, los chicos se la bancan mejor de lo que me imaginaba; sí, están bien. ¿Y vos? preguntó Horacio mientras le hacía señas al mozo ¿ya superaste lo de tu vieja? Otra vez la charla dando pie para blanquear amnesia y terapia. Del trabajo a casa y de casa al trabajo, como diría el general arrugó Francisco tengo demasiadas obligaciones para ponerme a pensar. Horacio cerró el encuentro comentando me encargó Adriana que te preguntara qué querés que les cocine el domingo. Francisco se desdobló. A una parte suya solían hacerle esa pregunta. La otra contestó canelones, tu mujer es la única que los prepara casi iguales a los de mamá.

Llegó a su casa demolido, se sacó los zapatos y se desplomó sobre la cama. Me pasó una topadora por encima. Claudia y el piso damero le resultaron tan lejanos como si hubiera transcurrido un mes desde que me despedí de ambos. Repitió me despedí de ambos y le rugió en las vísceras una necesidad infinita. Escuchó entonces un llanto apagado. Aguzó el oído. Tobi. Seguramente los hermanos lo habían estado molestando. Maldiciendo se levantó, descalzo. Lo encontró en su cuarto, sentado en el piso, el dedo en la boca, sollozando. Hijito, ¿qué te pasó? El nene levantó hacia él unos ojos tristísimos. Francisco se acuclilló en el piso. ¡Mamá! dijo Tobi entre hipos. Francisco se sentó y lo tomó en brazos. Sin intentar siquiera consolarlo lo apretó fuerte. Cómo paliar con palabras la necesidad infinita de Tobi de estar con su mamá.

Después de la vorágine que significaba lidiar con la leche, los guardapolvos y las mochilas, desayunar en el bar de la esquina del estudio era un lujo casi asiático. Se ubicó en la mesa de siempre y el té con leche, las medialunas y el diario llegaron sin necesidad de ser pedidos. Recorrió los titulares sin prestarles mayor atención.  Zumbando en su cabeza el piso y la voz que lo había parado sobre él. La decisión fue súbita. Llamó al mozo.

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