viernes, 5 de febrero de 2016

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¿Qué novedades? Obviar la entrevista hubiera cambiado la carátula de omisión por la de ocultamiento. Es largo, después de comer te cuento. La cara de sorpresa de Valeria mientras él enfilaba hacia la escalera. Media hora después Francisco, sentado a la mesa, observaba a sus hijos. Con detenimiento. Tobi, en la silla alta,  aprovechando que su madre estaba en la cocina, metía las manos en el puré de calabaza y con cara de suma satisfacción se chupaba los dedos uno por uno, mano tras mano. Los cachetes transformados en engrudo naranja. Francisco se encontró deslizando un pulgar interrogativo sobre las yemas restantes. Como la lengua con los dientes flojos, reparó en que sus manos eran huérfanas de pastosidades. Valeria regresó con una fuente y al ver el enchastre puso el grito en el cielo. Francisco, intempestivamente rugió dejalo. La escena se congeló. Valeria parada, los mayores con los cubiertos suspendidos, Tobi con los dedos culpables en la boca. Cuatro pares de ojos desorientados sobre Francisco. Dejó la servilleta sobre la mesa y se levantó. El estómago dado vuelta.

Estaba arropando a Tobi cuando lo sobresaltó la voz de Valeria desde la cocina. Francisco  besó al nene y, pese a sus protestas, bajó. Dos tazas sobre la mesita del living. Valeria esperándolo en el sillón apoyada sobre un codo, las piernas recogidas, la otro mano sobre los tobillos. Una posición tan suya. Su voz sonó crispada ¿se puede saber qué mosca te picó? Francisco se ubicó en el sillón de enfrente. Cruzando los antebrazos sobre las rodillas separadas, mirando el piso, la espalda combada, ante una Valeria que lo miraba desorbitada, confesó su ocultamiento de años. Amnesia disociativa.

La tensión entre ambos solía incrementar la calidad de los encuentros. Y esa noche no necesito que Valeria se le aproximara para abrasarse. La tomó sin pedir consentimiento. Se internó en ella con desesperación. Como si aventurándose en su matriz pudiera encontrar todo lo que de sí mismo había perdido. Acabaron juntos. Valeria se desprendió del abrazo y rodó hacia su costado. Instantes después su respiración se hizo más lenta, acompasada. Francisco hubiera necesitado reclinarse sobre sus pechos para escucharle el corazón. Fuerte y rara necesidad de escuchar un corazón de mujer que  disciplinara el suyo. Que lo meciera. Para adelante, para atrás.

Tengo que retirar a los chicos del colegio. Avanzo por la calle en patineta. Me deslizo con facilidad. Llego a la estación y voy a la boletería. Una adolescente me da un cartón que dice Mar del Plata-Luján. Sobre las vías avanza un auto rojo muy antiguo con capota negra que hace mucho ruido. Le hago señas pero no se detiene. Le pregunto a un hombre que lleva una caña de pescar si esta es una estación de trenes. Me dice que sí pero que las vías están muertas. Llega un colectivo destartalado de la línea 515 y me subo pero me dicen que mi boleto es para un vagón de traje. Me bajo. Voy corriendo a la boletería desesperado porque sé que los chicos están en peligro. Le pregunto a la adolescente que ya es una mujer por qué me dio para un tren de traje si yo le había pedido para el que saliera primero. Le digo que por su culpa perdí a mis hijos, inexorablemente. Le grito. Ella me dice que lo siente mucho por mí. Le pido que me acompañe. Vamos caminando de la mano. Ella detiene un auto. Yo subo. Ella le dice al remisero: saque ya mismo a este hombre de aquí. El coche arranca. Sé que es julio.  Abro la ventanilla y agito un pañuelo azul. En el momento en que despertó, sobresaltado, recordaba el sueño con exquisita precisión. Apretó los párpados para no perderlo porque tenía la certeza de que su pasado y su futuro estaban metidos allí. Hasta que la presión en la vejiga se hizo insostenible. Tuvo que abrir los ojos y encender la luz. El sueño comenzó a desvanecerse. Los cerró bruscamente pero fue inútil. Cuando por fin llegó al baño a gatas consiguió orinar. Tenía taquicardia. Recorrió los dormitorios de los chicos.  Tapó a Tobi y cuando estaba destapando a Camilo, sepultado bajo su acolchado, recuperó  una frase. Vía muerta. Se le oprimió la garganta. Fue hasta el living, se recostó en el sofá  y encendió, sin sonido, el televisor.  Después de un rato lo apagó. Quedó reflexionando sobre la propuesta de Claudia hasta las cinco de la mañana.

Estaba en el estudio, intentando terminar un presupuesto pese a los bostezos, cuando Marcela le pasó un llamado de Valeria. Con solo dos horas de sueño reunirse a conversar era casi el peor de los programas.  Sin embargo, el horno no estaba para bollos. En cuanto el mozo depositó ante ellos pan y manteca, Valeria atacó más lo pienso y más me indigno, en quince años no encontraste el momento para comunicarme que tu infancia era un agujero negro; no sé cómo no me di cuenta, no puedo creerlo. Él la interrumpió lo único que no necesito es que me retes. A ella se le llenaron los ojos de lágrimas y retiro la mano que él intentó tomarle. La llegada del mozo con las bebidas fue un alivio. Cuando se alejó, Valeria, ya repuesta, preguntó ¿qué pensás hacer? Él le explicitó la propuesta de Claudia. A pesar de que Valeria se mostró interesada, Francisco percibió su velada hostilidad. El mozo trajo las papas soufflé. Mientras decía gracias acudió a su mente la palabra nevada. Papas nevadas.

Horas después,  Horacio pasó por el estudio. Francisco tuvo ganas de comentarle a que no sabés con quién me encontré pero una cosa llevaría a la otra y no estaba en condiciones de escuchar los reclamos de Valeria trasladados a los labios de su amigo. Estaban charlando de política cuando Horacio lo sorprendió decime, ¿por qué tus hermanos no se ocupaban de tu vieja?, Adriana me lo preguntó en el entierro y no supe qué contestarle.  Aunque era un buen pie para confesarle su ignorancia de años Francisco solo contestó no estoy de ánimo para hablar de mi mamá. Horacio cabeceó y reanudaron la conversación interrumpida. Su amigo se fue y lo dejó a solas con la necesidad de decidirse. El planteo de Claudia había sido claro: ambos se precisaban. A ella, para redondear la tesis, le hacía falta solo otro caso. Él precisaba recuperar su infancia para restablecer el sentido del yo. Arancel cero. Como anillo al dedo topa con toparías tal para cual un roto para un descosido. Pero Francisco tenía miedo.


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