¿Qué
novedades? Obviar la entrevista hubiera cambiado la carátula
de omisión por la de ocultamiento. Es largo, después de comer te cuento.
La cara de sorpresa de Valeria mientras él enfilaba hacia la escalera. Media
hora después Francisco, sentado a la mesa, observaba a sus hijos. Con
detenimiento. Tobi, en la silla alta,
aprovechando que su madre estaba en la cocina, metía las manos en el
puré de calabaza y con cara de suma satisfacción se chupaba los dedos uno por
uno, mano tras mano. Los cachetes transformados en engrudo naranja. Francisco
se encontró deslizando un pulgar interrogativo sobre las yemas restantes. Como
la lengua con los dientes flojos, reparó en que sus manos eran huérfanas de
pastosidades. Valeria regresó con una fuente y al ver el enchastre puso el
grito en el cielo. Francisco, intempestivamente rugió dejalo. La escena
se congeló. Valeria parada, los mayores con los cubiertos suspendidos, Tobi con
los dedos culpables en la boca. Cuatro pares de ojos desorientados sobre
Francisco. Dejó la servilleta sobre la mesa y se levantó. El estómago dado
vuelta.
Estaba
arropando a Tobi cuando lo sobresaltó la voz de Valeria desde la cocina.
Francisco besó al nene y, pese a sus
protestas, bajó. Dos tazas sobre la mesita del living. Valeria esperándolo en
el sillón apoyada sobre un codo, las piernas recogidas, la otro mano sobre los
tobillos. Una posición tan suya. Su voz sonó crispada ¿se puede saber qué
mosca te picó? Francisco se ubicó en el sillón de enfrente. Cruzando los
antebrazos sobre las rodillas separadas, mirando el piso, la espalda combada,
ante una Valeria que lo miraba desorbitada, confesó su ocultamiento de años. Amnesia
disociativa.
La
tensión entre ambos solía incrementar la calidad de los encuentros. Y esa noche
no necesito que Valeria se le aproximara para abrasarse. La tomó sin pedir
consentimiento. Se internó en ella con desesperación. Como si aventurándose en
su matriz pudiera encontrar todo lo que de sí mismo había perdido. Acabaron
juntos. Valeria se desprendió del abrazo y rodó hacia su costado. Instantes
después su respiración se hizo más lenta, acompasada. Francisco hubiera
necesitado reclinarse sobre sus pechos para escucharle el corazón. Fuerte y
rara necesidad de escuchar un corazón de mujer que disciplinara el suyo. Que lo meciera. Para
adelante, para atrás.
Tengo que retirar a los chicos del colegio.
Avanzo por la calle en patineta. Me deslizo con facilidad. Llego a la estación
y voy a la boletería. Una adolescente me da un cartón que dice Mar del
Plata-Luján. Sobre las vías avanza un auto rojo muy antiguo con capota negra
que hace mucho ruido. Le hago señas pero no se detiene. Le pregunto a un hombre
que lleva una caña de pescar si esta es una estación de trenes. Me dice que sí
pero que las vías están muertas. Llega un colectivo destartalado de la línea
515 y me subo pero me dicen que mi boleto es para un vagón de traje. Me bajo.
Voy corriendo a la boletería desesperado porque sé que los chicos están en
peligro. Le pregunto a la adolescente que ya es una mujer por qué me dio para
un tren de traje si yo le había pedido para el que saliera primero. Le digo que
por su culpa perdí a mis hijos, inexorablemente. Le grito. Ella me dice que lo
siente mucho por mí. Le pido que me acompañe. Vamos caminando de la mano. Ella
detiene un auto. Yo subo. Ella le dice al remisero: saque ya mismo a este
hombre de aquí. El coche arranca. Sé que es julio. Abro la ventanilla y agito un pañuelo azul. En el momento en que despertó, sobresaltado,
recordaba el sueño con exquisita precisión. Apretó los párpados para no
perderlo porque tenía la certeza de que su pasado y su futuro estaban metidos
allí. Hasta que la presión en la vejiga se hizo insostenible. Tuvo que abrir
los ojos y encender la luz. El sueño comenzó a desvanecerse. Los cerró
bruscamente pero fue inútil. Cuando por fin llegó al baño a gatas consiguió
orinar. Tenía taquicardia. Recorrió los dormitorios de los chicos. Tapó a Tobi y cuando estaba destapando a
Camilo, sepultado bajo su acolchado, recuperó
una frase. Vía muerta. Se le oprimió la garganta. Fue hasta el
living, se recostó en el sofá y
encendió, sin sonido, el televisor.
Después de un rato lo apagó. Quedó reflexionando sobre la propuesta de
Claudia hasta las cinco de la mañana.
Estaba
en el estudio, intentando terminar un presupuesto pese a los bostezos, cuando
Marcela le pasó un llamado de Valeria. Con solo dos horas de sueño
reunirse a conversar era casi el peor de los programas. Sin embargo, el horno no estaba para bollos.
En cuanto el mozo depositó ante ellos pan y manteca, Valeria atacó más lo
pienso y más me indigno, en quince años no encontraste el momento para
comunicarme que tu infancia era un agujero negro; no sé cómo no me di cuenta,
no puedo creerlo. Él la interrumpió lo único que no necesito es que me
retes. A ella se le llenaron los ojos de lágrimas y retiro la mano que él
intentó tomarle. La llegada del mozo con las bebidas fue un alivio. Cuando se
alejó, Valeria, ya repuesta, preguntó ¿qué pensás hacer? Él le explicitó
la propuesta de Claudia. A pesar de que Valeria se mostró interesada, Francisco
percibió su velada hostilidad. El mozo trajo las papas soufflé. Mientras decía gracias
acudió a su mente la palabra nevada. Papas nevadas.
Horas
después, Horacio pasó por el estudio.
Francisco tuvo ganas de comentarle a que no sabés con quién me encontré pero
una cosa llevaría a la otra y no estaba en condiciones de escuchar los reclamos
de Valeria trasladados a los labios de su amigo. Estaban charlando de política
cuando Horacio lo sorprendió decime, ¿por qué tus hermanos no se ocupaban de
tu vieja?, Adriana me lo preguntó en el entierro y no supe qué
contestarle. Aunque era un buen pie
para confesarle su ignorancia de años Francisco solo contestó no estoy de
ánimo para hablar de mi mamá. Horacio cabeceó y reanudaron la conversación
interrumpida. Su amigo se fue y lo dejó a solas con la necesidad de decidirse.
El planteo de Claudia había sido claro: ambos se precisaban. A ella, para
redondear la tesis, le hacía falta solo otro caso. Él precisaba recuperar su
infancia para restablecer el sentido del yo. Arancel cero. Como
anillo al dedo topa con toparías tal para cual un roto para un descosido.
Pero Francisco tenía miedo.
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