viernes, 26 de febrero de 2016

23

Llegó diez minutos antes. Se apoyó en el respaldo del auto y cerró los ojos. Una olla a presión. Intentó concentrarse en la melodía interna.  Odió el tránsito, los bocinazos. Miró el reloj. Cerró el auto y bajó. Parado ante  la puerta esperó a que los chicos salieran. Enjambres de madres cotorreaban a su alrededor conspirando contra las notas difusas que llegaban solo para irse. Francisco intentaba identificarlas pero se le escurrían. Qué sabés de Valeria le preguntó una de las cotorras. Pestañeó, sobresaltado. Antes de que pudiera reaccionar se vio sepultado por las  mochilas de sus hijos. Mientras iban en el auto Luciana contó estoy enojada con la maestra porque la prueba estaba perfecta y me puso un nueve Francisco escuchaba distraído todo porque marqué el sujeto en rojo y la muy boba lo quiere en azul  Como tocado por un rayo Francisco exclamó triunfal ¡el amor es azul! La nena lo miró desconcertada. Cómo explicarle. Entonces se inclinó hacia atrás y le tiró de las trenzas, el buen humor súbitamente recuperado. ¡Papi, que me despeinás!

Cumplió sin ganas pero con dedicación su ritual de padre. Se disponía a acostarse cuando la melodía volvió a azuzarlo. Bajó y se instaló frente a la computadora. Escribió en la ventana del buscador el amor es azul. Operaciones cibernéticas mediante logró escuchar el tema por la orquesta de Paul Mauriat. Varias veces lo escuchó. No era esa la versión que repiqueteaba en sus oídos. Siendo las dos de la mañana decidió acostarse. Love is blue

Estaba en la casa de música, revolviendo cassetes viejos, cuando sonó su teléfono. Alicia reclamando títulos, impuestos, escrituras que urgían para la sucesión. Los requerimientos de su hermana recordándole que era un hombre grande con demasiadas obligaciones como para entretenerse rastreando la discografía de su adolescencia. Guardó el teléfono y salió. Con las manos vacías. Se las miró. Estaban sucias.

Regresó del estudio temprano y se puso ropa cómoda. Papá, ¿adónde vas? lo detuvo Camilo cuando estaba abriendo la puerta. A la casa de la abuela, a buscar unos documentos. ¿Te puedo acompañar?

Entrar con Camilo fue un impacto. Siempre había tenido la sensación de que no podía compatibilizar los roles. El Francisco que había sobrellevado el vínculo con su madre no parecía ser el mismo que le tocaba a sus tres hijos. Y se sentía tan molesto si su madre lo sorprendía tirado en el piso jugando con los chicos,  como cuando debía conversar con ella frente a alguna cabecita curiosa. Qué raro es tocar las cosas de la abuela sin pedirle permiso. La frase dio en el blanco. Así se sentía cada vez que abría un cajón, tocando a su madre sin permiso. Varios minutos después otro comentario de Camilo papá, ¿no te parece que la abuela está acá, mirándonos? Aunque Francisco encontró enseguida la escritura, la caja de los impuestos resultó un embrollo. A medida que intentaba ordenarla aumentaba su agitación. En su interior bullían imágenes que no se decidían a salir. Sintió que Claudia era la única que poseía la llave. Que sepa abrir la puerta. La voz de Camilo ahora desde el dormitorio lo apartó bruscamente de sus pensamientos hay una bolsa grande con libretas en la cómoda, ¿qué hago? Demasiado para sus fuerzas. Hoy sí que no. Dejala ahí que ya es tarde; andá a lavarte las manos y vamos.

Los chicos ya dormidos, abrió sus mails. No te imaginás lo que me encariñé con mis sobrinos, parece que los hubiera visto crecer, como bien dicen la sangre es más espesa que el agua. Valeria, daba indicaciones, averiguaba, recordaba cumpleaños. Aun a la distancia seguía intentando controlar todo y a todos. Preguntaba, además, por la terapia. Con insistencia. Él no tenía ganas de contarle y solo le dijo va avanzando. Hizo luego el reporte diario y concluyó yo también te extraño. Cumplido su deber marital, abrió el buscador. El amor es azul. Desechó el material escuchado la noche anterior y luego de investigaciones varias se enteró de que el tema  había sido estrenado en el festival de Eurovisión. Bajó el video. Vicky Leandros, por Luxemburgo. Una chiquilina de quince años. La tela liviana del vestido de cuello Mao, pollera a la rodilla, anunciando los pequeños senos. Mangas largas ensanchándose en la muñeca, zapatos con taquitos anchos, pelo lacio con flequillo, ojos muy pintados. La adolescencia compartida con esa desconocida le dolió en la piel. La chiquilina saludó y empezó a cantar doux, doux, l amour  est doux. Ahora sí, esta era la versión. Cuando llegó al bleu, bleu, lamour est blue el alma se le desarmó y Francisco tuvo que cerrar los ojos. Cuando los abrió Vicky bailaba. Los brazos extendidos, los codos fijos, solo manos y antebrazos girando lentamente. Y en el delicado meneo de la cadera, toda la sensualidad del mundo. A Francisco se le secó la boca, el cuerpo ardiendo. Apagó la computadora y fue a acostarse. Como antes, no tuvo otro recurso que aliviarse con las manos.

En cuanto Marcela salió hacia el banco, Francisco se instaló frente a la computadora.  El nuevo milenio no era su época. Su estética era la de Vicky no la de Madonna. La clave está en el deseo mucho más que en su satisfacción. Con la música sonando obstinadamente, cerró los ojos. Entonces pudo verse junto a un wincofon. Pantalón far west, mocasines, pulóver bremer escote en V sobre una camisa escocesa. Era obvio que observaba algo. Sin embargo, como le había sucedido días atrás sobre el piso damero, era incapaz de detectar qué estaba mirando con tanta intención.

No logré recordar nada más, es increíble, porque en cuanto salí de la casa las imágenes se me agolparon, hubiera necesitado transmitírtelas en ese preciso instante comenta Francisco. ¿Querés que te acompañe? ofrece ella. Él la mira desconcertado ¿harías eso por mí? pregunta incrédulo y en cuanto se escucha sabe que se equivocó. Tan expuesto como un molusco sin su valva. Ella le contesta  lo haría también por vos.

Salió del estudio rumbo a su casa pero a mitad de camino recordó que había quedado en llevarle a Alicia la documentación. Tuvo que dar un par de vueltas para estacionar, en medio del tránsito complicado del regreso a casa. Subió, buscó la caja de los impuestos y salió. Cuando estaba en el ascensor, ya bajando, advirtió en que en todo el trayecto no había pensado en su mamá. Había estado en el departamento de su madre, revisando sus cosas y sin embargo no se había acordado de ella. Anclado en el azul de la adolescencia. Esa noche se sentó de nuevo frente a la computadora. Se conectó con Valeria y luego, con Vicky.

La secretaria lo esperaba preocupada. El lunes se iniciaba una refacción y estaban en veremos. Francisco le indicó que contratara un volquete y que llamara al corralón para encargar los materiales. Después fue hasta el baño solo buscando un pretexto para cerrar la puerta al regresar. El plano parecía escurrirse bajo sus ojos.  A media mañana Marcela le ofreció un  té que él  rechazó. Mariposas en el estómago decía su mamá. Hizo un esfuerzo y logró concentrarse. Cerca del mediodía, el teléfono tío, tengo la tarde libre, ¿qué te parece si retiro a los chicos del colegio? El poder de las palabras. Tío. Más de veinte años y seguía conmoviéndolo. La confirmación de la existencia de un lazo que a través de Moira lo ligaba a Alicia. Su sobrina era un sol. Francisco sos mi sol. Sacudió la cabeza y siguió trabajando.

Sonó el portero eléctrico. Atiendo yo dijo Francisco interceptando a una sorprendida Marcela. Frente al espejo del ascensor se arregló el cabello y se ajustó el cinturón. Enderezó el cuello de la camisa y al hacerlo percibió que la carótida le latía más de la cuenta. Respiró hondo. Cerró la puerta del ascensor y giró. Claudia estaba de espaldas y el viento le alborotaba el cabello. Le vent. Francisco reparó en que era la primera vez que la veía en el exterior. Se quedó quieto, a unos pocos pasos, observándola. Arriba de unos  tacos altísimos  las piernas perfectas. Tobillos de galgo pensó. La pollera angosta adherida a las caderas, ofrendándolas. Cuando ella giró, él apuró el paso y abrió la puerta. A pesar del frío era un hermoso día de sol. Se inclinó para besarla en la mejilla y la olió.

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