Salió de la obra y se subió al auto. Manejando
pensó en sus hermanos. El tema del pasado siempre había sido tabú entre los
tres y Francisco no sabía si el tácito
acuerdo respondía a motivos que formaban parte de todo lo olvidado. Al llegar a
su casa encontró titilando el contestador. Quería saber cómo se fue Valeria
y cómo quedaron los chicos Francisco empezaba a sorprenderse cuando el
mensaje continuó con respecto a la sucesión, yo ya consulté con un par de colegas de mi absoluta
confianza pero hay que decidirse, llamame por favor.
Los tres
no velamos a la misma madre pero los tres la
heredaremos en idéntica
proporción ponderó Francisco
mientras masticaba y se sintió mezquino. Al fin de cuentas, quizá siendo igualmente injusto, a él le
había tocado la tercera parte de su papá.
De los bienes de papá se
corrigió. Guillermo hizo uno de sus impecables chistes y Francisco, abandonando
elucubraciones, rió. Los tres rieron. Un
bife en cada plato. Una única fuente de papas fritas. Guillermo, sin consultarlos, le indicó al
mozo nosotros compartiremos un panqueque de manzana y para la señora un
café, bien cargado por favor. La
imagen del padre reemplazó a Guillermo. Ese almuerzo ya había existido.
El panqueque se extinguía sin que Francisco se
hubiera animado a encararlos. Tragó el último bocado. Les quiero hacer una
pregunta arrancó con
torpeza ¿por qué se separaron papá y mamá? Francisco interceptó un cruce
de sorprendidas miradas. No está en los planes de mi día hablar del tema
se escabulló Alicia. Y menos en los míos se sumó Guillermo llamando al
mozo. Francisco se sonrojó. El mozo llegó con la cuenta y Guillermo metió la
mano en el bolsillo hoy invito yo. Se despidieron hablando de abogados y honorarios como si la
pregunta nunca hubiese existido. Sí, evidentemente él había atentado contra
algún remoto pacto que ellos habían demostrado saber defender. Se sintió ligado
a sus hermanos como nunca. Tres en uno. Uno en tres.
Alejandra internada, esperando que mejorara el
hemograma para encarar la operación. Valeria ya en funciones, su eficiencia
desplazada de hijos a sobrinos. Te
extraño dijo ella y él contestó mecánicamente yo también. Mientras
el teléfono iba pasando por los tres pares de manitos Francisco evaluó que
Valeria estaba a mucho más de los veinte mil kilómetros que indicaba el
mapa. En otra dimensión, a años luz de
su piso damero. Involuntariamente retuvo la respiración. Mañana vería a
Claudia y todavía no había cumplido con las indicaciones. Horas después,
acostado en el centro de la cama, se dispuso a
hacer los deberes. Respiro hondo, intentó relajarse. Sin embargo,
ninguna imagen acudió a su mente. Dependo
de su voz.
Llegó al estudio y, decidido, tomó el teléfono ¿sabés
la dirección de la casa en que nací? El tono de Alicia fue zumbón ¿a qué
viene tu súbito ataque de curiosidad?
Francisco se sorprendió de su propia brusquedad ¿la recordás o no?
La palabra se le deshacía en la boca como un
bombón de chocolate. La pronunció una y otra vez. Y se le aparecieron rostros
pronunciándola. Su madre, su padre, Alicia, sus abuelos. Rostros que serios,
muy serios, abrían la boca de la cual salía la palabra, una y otra vez.
Francisco agitó levemente la cabeza. Le avisó a Marcela que salía a almorzar. Amenábar.
Las manos caprichosas y las calles cortadas
parecían oponerse a su reencuentro con el 515. Harto de dar vueltas estacionó
el coche, resuelto a caminar. Finalmente llegó. Un petit hotel de los que
amaba. Se acercó a la puerta y rodeó la reja con la mano. Y fueron mil contactos.
Esa reja reconocía su mano y su mano reconocía la reja. Se apartó y caminó
hasta el cordón de la vereda para ampliar el conjunto. Fue insuficiente. Cruzó.
Ahora sí. La puerta de rejas y dos ventanas bajas. Otras tres en el primer
piso. Persianas metálicas, cortinas velando su curiosidad. Cerró los ojos.
Siguió viendo el frente pero en otros colores, otras las baldosas de la calle,
distintos los autos circulando. El pulso se le aceleró. Cruzó y tocó el timbre
con energía. Luego de unos segundos se abrió el postigo tras la reja. Una
anciana se asomó por la rendija. Buenos días, perdone la molestia; yo nací
aquí; mi madre murió hace poquito y tengo una gran necesidad de volver a ver la casa. La mujer
sosteniendo el postigo con firmeza contestó vuelva mañana por la mañana
cuando esté mi hija y se disponía a cerrarlo cuando Francisco la detuvo ¿le
puedo hacer una pregunta? Pregunte,
hijo. En algún lugar de la casa, ¿hay un piso a cuadros blancos y negros? La
viejita sonrió y abrió el postigo francamente ¿este?
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