Acababan de arrancar cuando Para Elisa irrumpió
en su teléfono. Me olvidé el trabajo de Sociales arriba de la mesa, si no lo
entrego me ponen un uno. Hijo,
estoy trabajando y sin el auto. Claudia le hacía señas. Papá, ¡por
favor! Él tapó con la mano el aparato.
Te llevo ofreció ella. Un
absurdo. Pasar por su casa, retirar el trabajo, ir al colegio, dejárselo al
nene. Todo con ella, manejando en silencio. La cara de alivio de Camilo yo sabía que
no me ibas a fallar. De la escuela directo a Amenábar. Ella resultó mejor
chofer porque sin dar una vuelta de más, estacionó frente al 515. Bajaron. Contemplaron
la fachada como si fuera un templo, durante un largo rato. Luego se acercaron a
la entrada dispuestos a espiar. En pésimo momento porque se abrió la puerta y
la señora casi se los lleva por delante. No pude resistir la tentación de
echarle otra mirada se excusó Francisco. Sus rosas todavía están
preciosas, no se hubiera molestado; tengo que contarle un secreto: me emocionó;
espero que mis declaraciones no le traigan problemas con la señorita. Francisco
recorrió nuevamente la casa. Claudia lo seguía en absoluto silencio. Mientras Francisco inspeccionaba
las distintas estancias las imágenes se le agolparon. Increíble que en décimas
de segundo cupieran caras, sentimientos, voces. Su cerebro, a punto de
estallar, trataba de atrapar las escenas que llegaban y se esfumaban sin que él
lograra asirlas. Tenía clara conciencia de que cada nuevo recuerdo tenía el
poder de borrar uno anterior. Mientras bajaba la escalera se recitaba los
reyes la tortilla el kiosco los dientes en un desesperado esfuerzo por
detener la hemorragia de su infancia. Sin darse cuenta ya estaba afuera.
Mientras el auto rueda él cierra los ojos y
trata de contabilizar las escenas, pero a medida que lo hace se le van
borrando. Un tesoro compuesto de oro líquido se le escurre entre los dedos al
tiempo que lo quema. El auto se detiene y él desciende sin fijarse en dónde
está. Ella lo hace entrar a un ascensor del que segundos después lo saca. Le
abre una puerta y lo conduce hacia el diván. Acostado, los ojos cerrados, deja
que las imágenes salgan por su boca. Un ventrílocuo del ayer.
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