lunes, 29 de febrero de 2016

24


Acababan de arrancar cuando Para Elisa irrumpió en su teléfono. Me olvidé el trabajo de Sociales arriba de la mesa, si no lo entrego me ponen un uno.  Hijo, estoy trabajando y sin el auto. Claudia le hacía señas. Papá, ¡por favor!  Él tapó con la mano el aparato. Te llevo ofreció ella.  Un absurdo. Pasar por su casa, retirar el trabajo, ir al colegio, dejárselo al nene. Todo con ella, manejando en silencio.  La cara de alivio de Camilo yo sabía que no me ibas a fallar. De la escuela directo a Amenábar. Ella resultó mejor chofer porque sin dar una vuelta de más, estacionó frente al 515. Bajaron. Contemplaron la fachada como si fuera un templo, durante un largo rato. Luego se acercaron a la entrada dispuestos a espiar. En pésimo momento porque se abrió la puerta y la señora casi se los lleva por delante. No pude resistir la tentación de echarle otra mirada se excusó Francisco. Sus rosas todavía están preciosas, no se hubiera molestado; tengo que contarle un secreto: me emocionó; espero que mis declaraciones no le traigan problemas con la señorita. Francisco recorrió nuevamente la casa. Claudia lo seguía en absoluto  silencio. Mientras Francisco inspeccionaba las distintas estancias las imágenes se le agolparon. Increíble que en décimas de segundo cupieran caras, sentimientos, voces. Su cerebro, a punto de estallar, trataba de atrapar las escenas que llegaban y se esfumaban sin que él lograra asirlas. Tenía clara conciencia de que cada nuevo recuerdo tenía el poder de borrar uno anterior. Mientras bajaba la escalera se recitaba los reyes la tortilla el kiosco los dientes en un desesperado esfuerzo por detener la hemorragia de su infancia. Sin darse cuenta ya estaba afuera.

Mientras el auto rueda él cierra los ojos y trata de contabilizar las escenas, pero a medida que lo hace se le van borrando. Un tesoro compuesto de oro líquido se le escurre entre los dedos al tiempo que lo quema. El auto se detiene y él desciende sin fijarse en dónde está. Ella lo hace entrar a un ascensor del que segundos después lo saca. Le abre una puerta y lo conduce hacia el diván. Acostado, los ojos cerrados, deja que las imágenes salgan por su boca. Un ventrílocuo del ayer.



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