miércoles, 2 de marzo de 2016

25

 La tía trajo de estados unidos unas botellitas con un líquido marrón que se llama cocacola y es muy dulce y muy rico. Cada domingo Guillermo y yo compartimos una.  A mí no me da asco tomar de la misma pajita porque se toma con pajita pero a Guillermo sí por eso él toma primero  por eso y porque es más grande. Cuando empieza a tomar yo tengo miedo de que se pase de la rayita y siempre se pasa un poco y eso me hace enojar pero después es mejor porque yo tomo y él ya no tiene nada. Me gustaría llevarla al colegio para mostrársela a  los chicos porque no me creen nadie en la argentina tomó nunca cocacola solo Guillermo y yo. La tía trajo montones de cosas maravillosas algunas me las mostró pero otras no quiso y las guardó. Francisco se reacomoda. Ella carraspea. Él continúa. Estoy frente al ropero de la tía. Sé que no lo tengo que abrir pero lo abro. Me sacude el olor a nuevo y  a plástico. Me descompone de felicidad. Hay muchas cajas. En el estante de arriba veo el camión más maravilloso que nunca haya existido. Es verde. Cierro rápido la puerta. Miré y estuvo mal pero no toqué. Francisco abre los ojos. Se incorpora desconcertado. Está temblando. Tranquilo, Francisco, todo está bien y yo estoy acá le llega una voz desde sus espaldas. Él vuelve a acostarse. Los párpados le pesan. Tiene que cerrarlos. La manzana es roja, lustrosa, perfumada. Clavo mis dientes con regocijo. Disfruto del ruido. Es dura jugosa. Muerdo de nuevo y siento algo raro. Aparto la manzana de mi boca. La manzana está sangrando. Tardo un segundo en entender que la sangre me sale a mí. Escupo. En el piso, entre trozos de manzana mordisqueados y coágulos de sangre descubro mi primer diente. Lo agarro y corro hacia mamá. La lengua de Francisco presiona, buscando oquedades. Hasta que encuentra el agujero. Me lavo los dientes con cuidado porque todavía me duele. Voy a mi cuarto. Sobre la mesa de luz está mi diente. Entra mamá. La hice para vos me dice y me da una almohadita con bolsillo. Tenés que poner en el bolsillito el diente dice mamá los ratones se lo van a llevar y te van a dejar a cambio una moneda. Pongo el diente en el bolsillo. Mamá me arropa  me dice que sueñes con los angelitos me da un beso y apaga la luz. No tengo sueño. Cuándo vendrán los ratones. Si me despierto mientras me están cambiando el diente capaz que se enojan y no me dejan nada. Y si me muerden. Y si me tocan la cara con la cola cuando buscan en el bolsillo. Enrique me dijo que no te hacen nada.  Capaz que es solo uno. Seguro que mi ratón va a ser bueno como el de la lámina del libro. No sé si el mío será Pérez para mí que se llama Pepe. Sí, Pepe. Francisco aprieta fuerte los párpados. Despertáte dice mamá tenés que ir al jardín. Me siento y me restriego los ojos. Cómo se portaron los ratones pregunta sentada en mi cama. Entonces me acuerdo de la almohadita. El corazón me hace ruido. Meto la mano en el bolsillo.  Por qué  tenés esa cara me pregunta Alicia desde el marco de la puerta. No hay nada digo con un hilo de voz. Fijáte bien dice mamá. Abro el bolsillo y miro. Hay un papelito doblado. Seguro que Pepe me avisa que no me dejó nada porque el otro día me hice pis en el jardín. Agarro el papelito y lo desdoblo. Es un billete. Un billete de cinco pesos porque los números sí que me los sé. Qué adinerado que estaba Pérez dice Alicia sonriendo. Mi ratón se llama Pepe le digo. Ah sí me pregunta mamá y me abraza. Yo le tiro los brazos al cuello.  Alicia se va. A Alicia no le gusta que la abrace a mamá. Un silencio abrumador se instala. Silencio burlado luego por un leve crujido que Francisco atribuye a las medias de seda. Cruzó las piernas piensa. Ligeramente alterado, continúa.  Le muestro mi agujero a papá y él me dice que se llama portillo y que los ratones también me dejaron algo en casa de los abuelos. El viaje se hace larguísimo pero al fin llegamos. Los abuelos y la tía me besan y me felicitan y yo no me animo a preguntar dónde está lo que me trajo Pepe aunque a lo mejor en este barrio trabaja un hermano. Francisco vení dice papá. Entramos todos al escritorio. Entonces veo al camión verde. Las lágrimas me corren por los cachetes. La tía dice le gusta tanto que se emocionó. La odio a la tía. Y a Pepe también. Para mí Pepe se murió. Francisco empuja de nuevo la lengua contra los dientes. Ya no están flojos. Las lágrimas empiezan a resbalar por sus mejillas. Sentáte le dice Claudia tendiéndole un pañuelo de papel. Él obedece. Las lágrimas siguen deslizándose, silenciosas. Ella se incorpora y se sienta a su lado. Estoy muy cansado dice. Acostáte sugiere Claudia. Él ansía acostarse pero tiene miedo entonces le pide  no te vayas.  Acostáte tranquilo insiste ella me quedo aquí, con vos. Él se acuesta. Ella le toma la mano. Él cierra los ojos. Están sentados alrededor de la mesa. Mamá toca la campanilla. Llega Rosa. Empieza a levantar los platos vacíos y cuando llega junto al mío duda. La miro implorante. Me hace un pequeño gesto con las cejas y lo agarra. Deje Rosa dice mamá. Francisco comé tu tortilla me ordena con su voz. Sé que estoy perdido. Pincho un pedazo y me lo meto en la boca y la acelga me da arcadas. No empecemos me reta mamá. No martirices al pobre chico dice Alicia. Ya mismo vas a acostarte dice mamá furiosa pero más con Alicia. Me levanto en silencio. Salgo del comedor y llego hasta el pie de la escalera. Está oscuro y no alcanzo hasta la llave de luz. Me agarro del pasamanos y subo, escalón a escalón. Llego arriba. Me pego a la pared y avanzo lentamente. El corazón me late como una bomba.  Llegó a la puerta del cuarto de Alicia. Sigo. La puerta del baño. Sigo. La puerta del cuarto de mamá. Sigo. Casi no tengo miedo. Llego hasta mi puerta. Tanteo buscando la manija. Abro. Avanzo hasta mi cama y por suerte encuentro la perilla del velador. Me saco la ropa y me pongo el piyama. Tengo ganas de hacer pis pero no me animo a ir al baño. Me meto en la cama.  Si dejo el velador encendido mamá me va a retar. Saco una mano fuera de la colcha y apago. Me tapo hasta las orejas. Hoy no voy a rezar. Francisco abre los ojos y la ve. Ella le sonríe y aumenta la presión del contacto. Francisco siente una columna de aire tibio que le corre por dentro. Quisiera quedarse así eternamente. Él ahora observa la mano de ella, las largas uñas pintadas de rojo, los anillos. Porque tiene varios anillos. Los contempla con atención. Ninguno es una alianza. Levanta la vista y la mira, ahora a los ojos, con intensidad. Claudia le suelta la mano y se incorpora. Vamos a dejar acá, ya fue demasiado por hoy indica y no sonríe. Luego lo acompaña hasta la puerta. Francisco se inclina y la besa en la mejilla. Tiene un impulso. Le aprieta fuerte ambos hombros dice gracias y sale rápido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario