Recién había hablado con Valeria. Alejandra ya
había vuelto del quirófano. El médico afirmaba que todo había salido bien pero que habían tenido que extirpar los
ganglios. Las voces de sus sobrinos, como fondo, a través del teléfono. No era
fácil lo que su mujer estaba atravesando. Le tocó bailar con la más fea ponderó
y se sintió agudamente culpable. Mientras Valeria se codeaba con la muerte
él se entretenía buceando en su interior. Quizás nunca en la vida había
dedicado tanto tiempo y tantas energías a ocuparse de sí mismo. También pensó
que había podido hacerlo gracias a la ausencia de Valeria. Sí, había
sido un día complicado. Con Claudia había estado casi grosero. Repasó la
despedida. Había estado muy grosero.
Fue a la cocina y se preparó un té pero la inquietud era insobornable.
Minutos después estaba frente a la computadora. Asunto: Perdón.
Cuando cliqueó en enviar las sienes le latían. Antes de apagar la
máquina reiteró los videos. Fou, fou, l’amour est fou.
Sentado frente a la mesa de dibujo, revisaba
las libretas que había descubierto Camilo. Eligió una de las más viejas.
Acarició la tapa ajada. Enfrentarse con la caligrafía de su madre lo conmovió.
La letra era como ella, rotunda, abierta,
expresiva. Buscó en la A. Le tomó un segundo reírse de sí mismo. Su
madre no los habría agendado como abuelos. La A le brindó a cambio Augusto.
En qué circunstancias habría ella trazado esa dirección, prueba irrefutable de
que los destinos de ambos se habían separado. 3 de febrero. Algo tímido
se agitó dentro de Francisco.
Barrio de Belgrano, caserón de tejas. Si obviaba el par de rascacielos y el
incesante tránsito, el tiempo parecía haberse detenido. No necesitó mirar las
chapas para reconocer la casa que creía no recordar. Estilo inglés, verja de hierro, entrada de
autos terminando en garaje y muchas
ventanas. En una de ellas un cartel: En venta, visitar con personal de la
firma.
La señora controló ampulosamente la hora en
clara muestra de impaciencia. Francisco iba a decirle que esperaran otros cinco
minutos cuando vio que un taxi se detenía frente a ellos. La puerta del auto se
abrió y lo primero que asomó fue un zapato de gamuza verde musgo enfundando un
pie inconfundible. Luego descendió ella, trajecito sastre, blusa de seda,
envuelta en su olor. La mujer de la inmobiliaria abrió la puerta de la reja y luego la de entrada.
Ingresaron a un recibidor. Los ambientes vacíos conservaban las marcas de
clavos y cuadros. Al frente, la arcada que comunicaba con un enorme salón.
Hacia la derecha la escalera y el comedor, y paralelo a todo su largo, un
pasillo desproporcionadamente ancho al que daba el baño de visitas y que
comunicaba con la cocina. Subieron por una escalerita angosta hacia el área de
servicio: el lavadero, dos piezas, un baño y una terraza atravesando la cual accedieron a una habitación
gigantesca y de allí a un hall distribuidor al que se abrían un baño señorial y
otros tres dormitorios. Descendieron por la escalera principal, de madera
tallada, y reingresaron para inspeccionar el sótano donde estaba instalada la
caldera. La señora los invitó a conocer
el garaje. No, no hace falta se apresuró a contestar Francisco y,
mientras la mujer cerraba las ventanas, recorrió nuevamente el dilatado pasillo.
Salieron caminando uno al lado del otro, en silencio, hasta que Claudia, ya en
Cabildo, lo sondeó. Es absurdo que
pretenda que las casas me hablen cuando debería obligar a hablar a los seres
humanos dijo él. Si la visita sirvió para eso me quedó más que
satisfecha Claudia se detuvo y miró su reloj no podremos ir al
consultorio, en media hora tengo una cita aquí cerca; mañana trabajaremos
fuerte, no te desanimes, algo lograremos recuperar. Francisco no estaba preparado para prescindir
de ella en los próximos minutos. Por culpa de una cita. Su cuerpo y su
alma eran una oquedad que necesitaba ser llenada. Te invito a tomar un café propuso
y después trató de justificarse ya
que tenés que esperar ella lo miró sorprendida prometo que no tendrás
que trabajar dijo él simulando poner
un cierre en su boca. Ella sonrió y se le iluminaron los ojos. Bleu comme le
ciel qui joue dans tes yeux.
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