viernes, 18 de marzo de 2016

31

Se despertó a las siete. Intentó dormir otro rato pero le resultó imposible. Saber que era sábado, el lugar de alegrarlo lo agobiaba. Cuarenta y ocho horas por delante cuyos exclusivos destinatarios serían  los chicos. Y lo que según sus cánones debería constituirse en el mejor de los programas, le supo como una piedra colgada del cuello. No estaba en condiciones de atender a nadie, era él quien precisaba ser asistido. Soy un estuche. Dentro, necesidades, intensas pero difusas.  Le recorrían la piel y, al tiempo, atravesaban la epidermis aventurándose hasta la médula, la médula de los huesos pensó. Era una necesidad que arrancaba del pasado. La voz de Tobi lo estampó en el presente papá, ¡pis!

El almuerzo en lo de  Horacio y Adriana  contribuyó a paliar el día. Más allá de los canelones, la charla con su amigo lo alivió. Mientras los seis chicos jugaban, Francisco se había animado a blanquear la terapia y, lo que era aún más importante, el motivo por el cual la había encarado. A diferencia de Valeria, Horacio, aunque se mostró muy sorprendido, no le hizo reproches. ¿Cómo está Claudia? fue lo primero que preguntó.  Bien contestó Francisco extrañado de que  recordara hasta el nombre.  No te hagas el boludo, me refiero a cómo está físicamente y sus manos modelaban curvas. Francisco se quedó reflexionando, cómo hacer un juicio objetivo. Linda, se puso muy linda consiguió  decir luego de descartar magnética, elegante, sensual, distinguida.  Me lo imaginaba, esa borrega prometía tener buen lomo,  mi olfato siempre fue infalible; decí que Adriana ya me había enganchado que si no… Las carcajadas de Horacio. Cómo podemos ser amigos siendo tan distintos pensó Francisco. Adriana se acercó con una bandeja y dos tazas ¿en qué andan ustedes? Otras dos tazas.  Horacio, revolviendo el café preguntó ¿está casada? Francisco fue parco solo sé que tiene una hija de ocho años porque esa conversación ya estaba fastidiándolo. Cuidate recomendó Horacio, jocoso. Francisco, irritado, luego de controlar la lejanía de Adriana le aclaró no te preocupes, no soy como vos. Porque odiaba las bromas idiotas de su amigo. Odiaba, sobre todo, su falta de escrúpulos. Adriana no lo merecía y él  no se merecía a Adriana.

¿Cómo andan tus náuseas? le preguntó Adriana, intempestivamente y Francisco descubrió, extrañado, que habían desaparecido. Camilo dijo papá vamos y él olvidó divagaciones y empezó a recolectar chicos y bártulos. Estaban en la puerta  cuando Francisco al fin se animó Adriana, vos que guardás todo, a lo mejor podés ayudarme. Al llegar a su casa fue derecho al galponcito del fondo y desempolvó el wincofón.

Pantalón far west, mocasines de Guido, pulóver Bremer, camisa escocesa. Francisco seguía viéndose sin poder descifrar qué estaba observando. Camilo  descalzo y en piyama entró con un dedo entre las hojas de su Harry Potter inaugurando la mañana del domingo. Vengo a leer con vos informó y al ver que Francisco apresurado apagaba el tocadiscos le preguntó qué estabas escuchandoUna canción de mi adolescencia contestó Francisco ligeramente molesto. Qué raro acotó Camilo ubicándose en el lado de Valeria. Francisco le acomodó las almohadas. Luego se recostó junto a él y cerró los ojos. Ponéla, papi, no me molesta Camilo desdobló la punta de la hoja señalada era linda además. Linda, tan linda.

Al mediodía llamó Alicia invitándolos a tomar el té. En cuanto transmitió la propuesta los chicos empezaron a los saltos. Amaban a sus primos adolescentes; los admiraban sobre todo. Francisco se preguntó si él también había admirado a su hermana más de lo que la había amado. Ella, ¿lo había amado tal cual era o había fabricado un niño al que poder admirar? Francisco descubrió que no tenía ganas de ir a merendar. No obstante lo cual, a las cinco de la tarde tocó,  puntual, el timbre. Luciana sostenía, orgullosa, un paquete de facturas. La conversación de Alicia no presentó fisuras. De política nacional a internacional, de economía a policiales. Ridículo hablarle del sobretodo, de los impresionistas, del oso que Susi mimaba.


Francisco, mirándose en el espejo, tararea. Bleu, bleu. Piensa si debería comentarle a Claudia su nueva obsesión. Para qué a  ella solo le interesa el elemento topográfico. El ascensor se detiene y él sale. Llegó el lunes y sin embargo no está contento. Tiene bronca.

No hay comentarios:

Publicar un comentario