viernes, 4 de marzo de 2016

26

Milanesas con puré y flan decía la lista, los chicos contentos. Terminaron de cenar y Francisco les contó que había ido a visitar la casa de su infancia. Lo acribillaron a preguntas. Lo sorprendió la agudeza de sus observaciones. Acostó a Tobi y cuando fue a darle un beso a Camilo lo encontró sentado en la cama, muy serio. Parecés un señor, ¿en qué estás pensando?  Le revolvió el pelo, todavía mojado y se sentó a su lado. Cuando ustedes se mueran, ¿qué va a pasar con esta casa? Esta casa será de los tres contestó Francisco desconcertado la venderán y cada uno recibirá su parte; a ver, ¿qué porcentaje te correspondería? Camilo contestó no seas hincha, papá, el treinta y tres con treinta y tres por ciento pero después agregó que no se podía vender la casa porque en los marcos de las puertas están las rayitas que hacés cada vez que nos medís. Resolvió, entonces, que les compraría a sus hermanos el sesenta y seis con sesenta y seis por ciento restante para que cuando fueran a visitarlo pudieran ver la casa sin pedirle permiso a un extraño; porque esta casa no es lujosa como la que vos tenías pero igual es grande y linda  y está llena de sol y a mí me encanta. El cuerpo de Francisco se estremeció de amor y como no supo decírselo lo abrazó. ¿Ya te acostumbraste a no tener mamá ni papá? le preguntó Camilo separándose. Francisco, mientras intentaba aflojar el nudo en la garganta, tuvo cabal registro de que era la primera vez que conversaba con su hijo de igual a igual. Ni mayores ni menores, solo dos seres sensibles, inteligentes, buscando comunicarse. Pienso tanto en ellos que los tengo más presentes que cuando todavía estaban acá. ¿El abuelo nos quería? interrogó Camilo intempestivamente y Francisco descubrió que  pese a creerse tan próximo había estado muy ajeno al crecimiento interno de su hijo no era como la abuela, él nunca nos venía a visitar; me gustaba su casa porque en un hueco en un placard, la gruta lo llamaba, tenía golosinas,  revistas, libros  y podíamos agarrar lo que quisiéramos sin abusar, como él nos decía; un día me regaló el ajedrez, yo era chiquito y el abuelo me regaló un ajedrez; me explicó cómo se movían las piezas y yo le dije que había entendido pero era mentira Camilo hizo una pausa  cuando me salen mal las cosas, ¿vos me querés igual? Doce años de  incondicional amor no habían alcanzado para desterrar la inseguridad que quizás le había transmitido a Camilo con los genes.  Sabio, necesito ser sabio. No,  te quiero más el nene  lo miro inquisitivo porque cuando te equivocás es cuando más me precisás. Camilo se escurrió dentro de la cama tengo sueño, hasta mañana, papá. Tan valioso y tan frágil, como todo niño. Francisco, apagó la luz y mientras salía del cuarto, se sintió, él también,  imprevistamente frágil. Cada centímetro de piel precisando ser tocado. La ausencia de contacto hacía peligrar su existencia, su continuidad.

Desayunó en el bar pero no logró pasar de la primera hoja del diario. Zozobraba. Fue al estudio. La inquietud, de tan punzante, lo inhabilitaba. Buscó en la billetera. Se sentó frente a la computadora, puso la tarjeta sobre el teclado y transcribió con cuidado la dirección. Asunto. Francisco dudó. ¿Necesidad?, ¿urgencia? Decreto de necesidad y urgencia. Adelanto de horario por fin se decidió. Francisco, más cobarde que sus manos, las dejó deslizarse por el teclado. Envió el mensaje sin atreverse a releerlo. Necesitaba caminar.

¿Llamó alguien? preguntó en cuanto regresó al estudio. Horacio y la licenciada Ordóñez. Francisco trató de controlar la sonrisa que como una burbuja ascendía desde su abdomen.  Miró a través de la ventana. A pesar de que venía de la calle, recién notaba que había sol.


Una hora después, Francisco sube. Está por llegar y aunque ansía llegar tiene miedo. Últimamente suele tener miedo. Como de costumbre, y Francisco comprende que ya es una costumbre, el repiqueteo de sus tacos la antecede. Se pregunta si alguna vez se los sacará. Le resulta absurdo imaginarla en zapatillas. Descalza sí. Todo o nada. Los pies de ella no tienen otra opción. Mientras él divaga la puerta se abre. ¿Cómo estás?, me preocupaste ella  se eleva levemente sobre sus tacos y lo besa en la mejilla. Como la aureola a los santos, su perfume la rodea. La beatifica. Francisco se da cuenta de que hoy le cuesta mucho pensar con claridad. Ansioso, algo me bulle por dentro, y solo vos podés domar mis recuerdos. Ella frunce el entrecejo tus recuerdos son solo tuyos, no te confundas; ya se destrabó la inhibición, si de veras te lo proponés, las imágenes acudirán prescindiendo de mí. Francisco necesitaría decirle que cada vez menos puede prescindir de ella pero no dice nada y espera. Parado espera. ¿Te querés acostar? Él se acuesta y, sin verla, la escucha, bebe sus instrucciones.  

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