Milanesas con puré y flan decía la lista, los
chicos contentos. Terminaron de cenar y Francisco les contó que había ido a
visitar la casa de su infancia. Lo acribillaron a preguntas. Lo sorprendió la
agudeza de sus observaciones. Acostó a Tobi y cuando fue a darle un beso a
Camilo lo encontró sentado en la cama, muy serio. Parecés un señor, ¿en qué
estás pensando? Le revolvió el pelo,
todavía mojado y se sentó a su lado. Cuando ustedes se mueran, ¿qué va a
pasar con esta casa? Esta casa será de los tres contestó Francisco
desconcertado la venderán y cada uno recibirá su parte; a ver, ¿qué
porcentaje te correspondería? Camilo contestó no seas hincha, papá,
el treinta y tres con treinta y tres por ciento pero después agregó que
no se podía vender la casa porque en los marcos de las puertas están las
rayitas que hacés cada vez que nos medís. Resolvió, entonces, que les
compraría a sus hermanos el sesenta y seis con sesenta y seis por ciento
restante para que cuando fueran a visitarlo pudieran ver la casa sin
pedirle permiso a un extraño; porque esta casa no es lujosa como la que vos
tenías pero igual es grande y linda y
está llena de sol y a mí me encanta. El cuerpo de Francisco se estremeció
de amor y como no supo decírselo lo abrazó. ¿Ya te acostumbraste a no tener
mamá ni papá? le preguntó Camilo separándose. Francisco, mientras intentaba
aflojar el nudo en la garganta, tuvo cabal registro de que era la primera vez
que conversaba con su hijo de igual a igual. Ni mayores ni menores, solo dos
seres sensibles, inteligentes, buscando comunicarse. Pienso tanto en ellos
que los tengo más presentes que cuando todavía estaban acá. ¿El abuelo nos
quería? interrogó Camilo intempestivamente y Francisco descubrió que pese a creerse tan próximo había estado muy
ajeno al crecimiento interno de su hijo no era como la abuela, él nunca nos
venía a visitar; me gustaba su casa porque en un hueco en un placard, la gruta
lo llamaba, tenía golosinas, revistas,
libros y podíamos agarrar lo que
quisiéramos sin abusar, como él nos decía; un día me regaló el ajedrez, yo era
chiquito y el abuelo me regaló un ajedrez; me explicó cómo se movían las piezas
y yo le dije que había entendido pero era mentira Camilo hizo una
pausa cuando me salen mal las cosas,
¿vos me querés igual? Doce años de
incondicional amor no habían alcanzado para desterrar la inseguridad que
quizás le había transmitido a Camilo con los genes. Sabio, necesito
ser sabio. No, te quiero más el
nene lo miro inquisitivo porque
cuando te equivocás es cuando más me precisás. Camilo se escurrió dentro de
la cama tengo sueño, hasta mañana, papá. Tan valioso y tan frágil, como
todo niño. Francisco, apagó la luz y mientras salía del cuarto, se sintió, él
también, imprevistamente frágil. Cada
centímetro de piel precisando ser tocado. La ausencia de contacto hacía
peligrar su existencia, su continuidad.
Desayunó en el bar pero no logró pasar de la
primera hoja del diario. Zozobraba. Fue al estudio. La inquietud, de tan
punzante, lo inhabilitaba. Buscó en la billetera. Se sentó frente a la
computadora, puso la tarjeta sobre el teclado y transcribió con cuidado la
dirección. Asunto. Francisco dudó. ¿Necesidad?, ¿urgencia? Decreto
de necesidad y urgencia. Adelanto de horario por fin se decidió.
Francisco, más cobarde que sus manos, las dejó deslizarse por el teclado. Envió
el mensaje sin atreverse a releerlo. Necesitaba caminar.
¿Llamó alguien? preguntó en cuanto regresó al estudio. Horacio
y la licenciada Ordóñez. Francisco trató de controlar la sonrisa que como
una burbuja ascendía desde su abdomen.
Miró a través de la ventana. A pesar de que venía de la calle, recién notaba
que había sol.
Una hora después, Francisco sube. Está por
llegar y aunque ansía llegar tiene miedo. Últimamente suele tener miedo. Como
de costumbre, y Francisco comprende que ya es una costumbre, el repiqueteo de
sus tacos la antecede. Se pregunta si alguna vez se los sacará. Le resulta
absurdo imaginarla en zapatillas. Descalza sí. Todo o nada. Los pies de ella no tienen otra opción. Mientras él
divaga la puerta se abre. ¿Cómo estás?, me preocupaste ella se eleva levemente sobre sus tacos y lo besa
en la mejilla. Como la aureola a los santos, su perfume la rodea. La beatifica.
Francisco se da cuenta de que hoy le cuesta mucho pensar con claridad. Ansioso,
algo me bulle por dentro, y solo vos podés domar mis recuerdos. Ella
frunce el entrecejo tus recuerdos son solo tuyos, no te confundas; ya se
destrabó la inhibición, si de veras te lo proponés, las imágenes acudirán
prescindiendo de mí. Francisco necesitaría decirle que cada vez menos puede
prescindir de ella pero no dice nada y espera. Parado espera. ¿Te querés
acostar? Él se acuesta y, sin verla, la escucha, bebe sus instrucciones.
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