viernes, 29 de abril de 2016

49

PRETÉRITO PERFECTO COMPUESTO

Hasta último momento él busca protegerse.  Ante peligro de descarga eléctrica jamás con la palma. Tiempos lejanos remotos lugares vacuas advertencias. Dedos ágiles botones dóciles dorso y palma fusionados cumpliendo ahora con premura, la misión encomendada cinco lustros atrás por los núbiles pezones, voceros de esos senos que ahora se desprenden de ella en un ángulo inverosímil, dorso y palma mutados en hueco buscando ampararlos de las gravitatorias leyes. Él se sabe más allá de su albedrío, rodearlos es una fatalidad,  echados al mundo para ser tomados, como el agua en el desierto, como la manzana del árbol de la sabiduría. Ya arrodillado las yemas aguzan los pezones aun más y luego manos labios lengua dientes se apropian, golosos, del fruto prohibido, ese, y él lo anticipa con claridad meridiana, que lo apartará por siempre del paraíso con tanto esmero construido. Salvo la ropa, Adán y Eva. Entonces, desnudándose mutuamente, se dejan caer sobre la angosta cama  de uno de los dos cuartos en vano contratados para socorrerlos.

Francisco está de nuevo en la estación, junto a la puerta del vagón de traje. Necesita bajar y no lo dejan. Quiere explicar que sus hijos lo están esperando. Se toca angustiado la garganta, no puede hablar. El tren está por arrancar, multitud de cuerpos presionan sobre el suyo. Golpea desesperado  y no le abren. Golpea y golpea. Son las ocho escucha decir a lo lejos. Un muchas gracias sospechoso por lo cercano lo aturde. Abre los ojos. A su lado, apoyada sobre el codo, los hombros desnudos emergiendo de las sábanas, Claudia le sonríe. Un único rayo se cuela por la ventana, iluminándola. El pelo revuelto, la boca húmeda, las mejillas sonrosadas. Tan hermosa que Francisco piensa estoy soñando y no se anima ni a rozarla por miedo a despertar. Buenos días dice ella y él descubre que es real y el paraíso y el infierno descienden al  mismo tiempo y mientras la abraza, súbitamente en llamas, piensa pobre Valeria hasta que deja de pensar porque ella rueda y él ya está adentro y ella lo cabalga y él a punto de precipitarse en el vacío se prende cómo de un ancla del duplicado fruto prohibido.


Claudia amaga levantarse y él le sujeta la mano. Son ocho y media informa ella. Él no entiende y la mira. Tengo un paciente. El infierno, ya sin atenuantes, se le instala. Cierra los ojos. Instantes después lo sobresalta el ruido de la ducha. Se incorpora y va recogiendo, una a una, las arrugadas prendas del amor diseminadas por el piso. Mira a través la ventana. Por suerte o lamentablemente ya no llueve. 

miércoles, 27 de abril de 2016

48

Me despierto y la cama es un horno y tengo ganas de hacer pis qué macana y trato de aguantarme pero no me aguanto y busco la linterna en el cajón de la mesa de luz y me levanto y me pongo las pantuflas porque a veces hay bichos y paso por el cuarto de Alicia que está abierto y la cama está deshecha pero vacía seguro que Germán también tuvo que hacer pis y paso por el cuarto de mamá que está cerrado y llego al baño que está abierto abierto y vacío y me acuerdo que las bolsas eran solo dos mientras el piyama se me va mojando.


Sale y con el corazón como una bomba golpea la puerta vecina. ¿Sí? contesta ella y él dice soy yo. Un buen rato después Francisco escucha el sonido de la llave descorriéndose. Perdoná la demora dice ella en el marco de la puerta, sosteniendo con la mano la blusa a medias abotonada acababa de ducharme. Perdoname vos pide él y se da cuenta de que ella está descalza. Tiene el pelo mojado y ahora huele sencillo, a shampoo, a jabón. ¿Pasó algo? pregunta ella preocupada. Quería contarte lo que acabo de recordar explica él ¿puedo entrar? Ella abre la puerta y luego la cierra. Los dos parados en la modesta habitación mirándose. Mi analista, qué ridículo piensa él y descubre que los pezones de ella liberados del corpiño perforan la blusa. ¿Tenés frío? le pregunta y ella habiendo acaso interceptado su mirada cruza los brazos y contesta un poco. Él la mira, turbado, y ella, lentamente, va bajando los brazos. Sus pezones son una ofrenda. Francisco los recuerda sobre el bremer y no tiene más remedio que rozarlos con el dorso de las manos mientras ella, con los ojos cerrados, arquea la columna y eleva el mentón. 

lunes, 25 de abril de 2016

47

Instalados en la pequeña cafetería Francisco la miraba comer un sándwich de milanesa. Sorprendido. Para ella néctar y ambrosía. Claudia le preguntó si había recordado algo y ante la negativa de él comentó, sonriente, nos falló el elemento topográfico. Francisco registró el nos y estuvo a punto de inventar un recuerdo para justificar el viaje pero desistió, otro el objetivo. Ella, entonces, trajo a colación la anécdota del desfile e hizo referencia a un presunto segundo triángulo edípico. Los minutos transcurrían sin que Francisco encontrara la manera de abordarla. Cuando ella miró el reloj él supo que tenía que actuar con presteza ¿vos recordás tu infancia? Con lujo de detalles contestó Claudia una niñez tipo de clase media, con un papá profesional, una mamá ama de casa, una hermano mayor y un perro salchicha;  la leche con Piluso, los amarillos de Robin Hood, helados Laponia, figuritas de brillantes, lapicera Muñeca, el Zorro en la tele y el teleteatro a la hora del té; no puedo contar nada que sorprenda o conmueva; tu niñez, es, decididamente, mucho más interesante y  aunque salieron cosas a la luz me parece que todavía queda mucho abajo.  Él va a decirle pero vos no querés ayudarme cuando se da cuenta de que debe apartar la conversación del consultorio porque ella ya le ha dicho que en ese terreno no va maaaás. Está a punto de perderla. Ceeerooo. Llegó el momento. ¿Y tu adolescencia? arriesga él  y ella contesta más todavía. Él insiste ¿de todo te acordás? y ella desconcertada dice creo que sí. Él, con el pulso acelerado, ruega no equivocarse ¿también de mí? Ella frunce el entrecejo ¿por qué me lo preguntás? Él , perdido por perdido, dice hace unos días que me azuza una canción. ¿Eso que tiene que ver conmigo? pregunta ella intrigada. Él la mira con fijeza El amor es azul. Ella baja levemente los párpados, inclina el cuello y al fin sonríe nunca entendí lo que quisiste decirme confiesa agitando la cabeza. Él va a explicarle cuando se acerca el conserje perdón, ya vamos a cerrar y empieza a apagar las luces. A Francisco le gustaría asesinarlo, ahorcarlo con una media de seda como diría su mamá. Busca la billetera pero el hombre dice lo cargo a su cuenta. El hombre los conduce hasta las respectivas habitaciones, les entrega las llaves y está por retirarse cuando Claudia le pide despiérteme a las ocho y mientras el hombre se va le explica a Francisco tengo un paciente a las once luego le dice buenas noches abre la puerta de su habitación y antes de que él pueda reaccionar la cierra. Francisco escucha el ruido de la llave. Desamparado entra a su cuarto. Mira entonces a través de la ventana. La tormenta arrecia. Tombe la pluie quand tu nes plus la.

 Prepará las cosas dice mamá y yo me pongo contento porque me encanta ir a la quinta y más todavía cuando vamos solos capaz que mamá me juega al chinchón y a los aros que me gusta tanto verla correr que cuando corre y se ríe parece casi como Alicia. Estoy poniendo en mi bolso sandokán que le rompí la tapa pero me falta poco y la caja de mis ladrillos que me compró papá cuando mamá me grita desde la puerta apuráte que Victorio se impacienta suerte Victorio que la lujanera tarda tanto y me hace vomitar y me subo y me siento adelante pero mamá me dice mejor andá atrás así podés descansar y vamos por la calle y todos nos miran porque Victorio no tiene techo de verdad sino capota capota negra y es rojo y Alicia dice que mamá está loca que a quién se le ocurre comprar un güilis del treinta que después la plata no le alcanza y pide pero mamá ahora trabaja y lo compró porque era el más barato que íbamos `por la calle y lo vimos con una lata y mamá se acercó y le habló al señor y después me preguntó qué te parece Francisco lo compramos y yo no lo podía creer y le dije que sí y entonces la culpa no es solo de ella y el señor me dejo subir y me mostró que las ventanas se ponen y se sacan y no son de vidrio aunque igual son transparentes y además arranca casi siempre y a Enrique le encanta y cuando viene mamá siempre nos lleva a dar una vuelta y en la calle nos miran por el auto sin techo y porque mamá maneja y las mamás casi no manejan y menos autos sin techo y mamá maneja y se ríe a carcajadas y nosotros  también. Me acuesto en el asiento de atrás y mamá me tapa con  su sacón que es de piel y yo lo llamo gato porque es suavecito como Minina que capaz nos está esperando en la quinta y cierro los ojos y pienso que a lo mejor Jacinta ya tuvo los chanchitos y estoy muy feliz porque vamos solos y seguro que mamá me juega a las cartas y a los aros y cierro los ojos y me da sueño porque ya está oscuro y a mí no me da miedo aunque Alicia diga qué inconciencia de noche en la ruta siete y con ese auto. Cuando abro los ojos ya no estoy tan contento porque el asiento de adelante está ocupado.

Francisco, parado en el cuarto de hotel, sigue mirando por la ventana. Su historia se está transformando como un rompecabezas en el que, de a una, las piezas hubieran sido cambiadas por otras de igual forma pero distinto dibujo que, al instalarse, cuestionaran con su presencia la validez de la ficha vecina que, a su vez, debería ser reemplazada, ¿hasta dónde?


 Llegamos y Germán enciende la chimenea y los faroles que se llaman sol de noche y mamá dice suerte que está Germán que nos ayuda siempre se necesita un hombre y pone la mesa en la cocina chica y saca las milanesas del paquete y ellos toman vino y Germán me dice te traje granadina y me pone unas gotas en el agua que se tiñe toda y mamá se ríe con su risa y yo no quiero pero me contagio y nos reímos los tres después mamá saca la pava del fuego y el agua hirviendo entra en la bolsa y Germán dice cuidado no te quemes y le saca la pava y llena la otra bolsa y cuando termina lleva su bolso al cuarto de Alicia total ella ya no viene y yo voy al mío y me meto en la cama y las sábanas están duras y húmedas y frías pero mamá me trae una bolsa y me ajusta las frazadas y me hace nidito que casi ni moverme puedo y me dice que duermas bien  que sueñes con los angelitos conmigo y con Germán aunque a mí me da como rabia cuando me dice con quien tengo que soñar.

Insoslayable necesidad. Descubre, aliviado, que ahora tiene un pretexto para verla. Gracias, mamá.

viernes, 22 de abril de 2016

46

Marcela fue a la librería y él aprovechó para justificarse voy a visitar a un posible cliente. Cuando  estaba dejando la notita sobre el escritorio de su secretaria, transformó el un en unos y añadió un par de eses que justificaran  el regreso tarde que agregaría luego. Ya en la puerta de calle miró para ambos lados. Divisó a Horacio doblando la esquina. Francisco escapó como un ladrón.

Después de mil consultas, caminos hechos y rehechos, barro, piedras y tumbos llegaron. Un portón de madera con dos entradas laterales, bancos adosados, techito de tejas, el nombre tallado en la piedra. Quinta Victorica. Al bajar del auto Francisco notó que ella tenía inverosímiles zapatillas, impecablemente blancas. Un jean ajustado marcándole las nalgas. Él empujó el portón, sin candado, que cedió entre crujidos. Golpeó las manos, agitó la campana. Sin resultado. Tal como les habían advertido, la quinta estaba abandonada. Quedaron frente al camino central; el soberbio pino a la derecha, el roble ya hacía décadas centenario, a la izquierda. Avanzaron entre malezas hasta el edificio principal. A Francisco se le contrajo el alma: techos rotos, puertas y ventanas arrancadas. Entraron por atrás. Un distribuidor al que daban  la cocina chica, el escritorio y un espacioso salón con ventanales hacia el parque, sobre el que se abrían tres dormitorios gigantes. Al fondo un pequeño hall que conducía a un arcaico baño. Recorrieron los ambientes abandonados casi de puntillas. Salieron por donde habían entrado y quedaron frente a la escalera externa que conducía a la torre. Subieron con cuidado porque la baranda se había desmoronado. En la terraza un gran bloque ciego. Francisco abandonó su mutismo y comenzó a contarle a Claudia la repentinamente nítida leyenda de los lugareños: esos dormitorios habían sido tapiados porque allí se había ahorcado el único hijo de los Victorica.  De esa terraza se accedía a la torre desde donde se había controlado la llegada de los indios. Bajaron. Avanzaron hacia otra construcción  rodeada de ventiluces: la gigantesca cocina y el enorme comedor. La rodearon. Mirá cuántos clavos comentó Claudia señalando la pared pero él no le prestó atención porque acababa de ver, a lo lejos, una tercera edificación. Se dirigieron hacia allí entre yuyos que les llegaban a las rodillas. Francisco lo lamentó por las impecables zapatillas blancas. La antigua caballeriza, luego transformada en garaje. De las vigas pendían argollas, trapecio, hamacas. Francisco acarició las cadenas oxidadas, eran las de su infancia. Salieron y recorrieron el parque. Junto al molino los restos del tanque australiano. Árboles, arbustos, plantas y ortigas creciendo en el más absoluto desorden. En la mente de Francisco, superponiéndose a tanta destrucción los ámbitos de su infancia. Estampas carentes de personas, de vida. Ascéticas.  Caminaron en silencio hasta la casa principal. Le echo un último vistazo y vamos, esperame acá indicó Francisco, precisando, de repente, estar solo. Entró por la galería al que había sido su cuarto. Se paró en el centro y cerró los ojos. Percibió vibraciones que no llegaban a transformarse en imágenes. Intentó inspirar como le había enseñado Claudia. Sin darse por vencido continuó inhalando y exhalando. Hasta que un indeterminado tiempo después lo sobresaltó una voz vamos, que ya es tarde y se está poniendo feo minuto en el que él descubrió sincrónicamente que el cielo estaba lleno de nubarrones y que estaba anocheciendo. Minuto en el que se desprendió de su pasado y tomó conciencia de que la pequeña tregua que había conseguido estaba a punto de finalizar. La carroza trocada en calabaza. Lamentó haberse distraído recordando. Segundos robados a Claudia. Subieron al auto y emprendieron el regreso. Ella encendió la radio, quizá para amortiguar el silencio que él no hallaba cómo romper. Solo habían hecho un par de kilómetros cuando comenzó a llover.  Alarma meteorológica anunció el informativo. Francisco, ya franca la tormenta, sorteó como pudo el camino de barro. Cuando llegaron a Luján granizaba.


¿Cama matrimonial? preguntó el conserje. Dos se apresuró Claudia a contestar mientras Francisco no terminaba de entender lo que estaba sucediendo. ¿Dos camas? el hombre parecía sorprendido. Dos habitaciones aclaró ella. El hotel quedaba frente a la basílica y aunque a  gatas llegaba a las dos estrellas, a Francisco le encantó. Tan antiguo que, de alguna manera, era una suerte de prolongación de la quinta. ¿Tenés hambre? preguntó él y ella asintió. En la otra cuadra hay un restaurante muy bueno informó el hombre. Ellos se asomaron a la puerta. Una cortina de agua y piedras. ¿Nos podrían preparar algo? 

miércoles, 20 de abril de 2016

45

Qué estás haciendo me pregunta mamá y yo desde el piso le contesto un rompecabezas entonces ella dice  no lo veo y yo le explico es que lo di vuelta porque del otro lado es muy fácil este Francisco dice mamá me toca la cabeza y después me ofrece  querés acompañarme a ver casas yo me paro de un salto y le pregunto nos vamos a mudar y ella me contesta no todavía hijo y los ojos se le ponen tristes en cuanto podamos y entonces qué casa vamos a ver le pregunto para distraerla vení que elegimos una me contesta y vamos al comedor y mamá abre la razón donde hay muchas columnas que se llaman clasificados y me lee flores petihotel en tres plantas cuatrocientos veinte metros cuadrados cubiertos amplia y suntuosa recepción cinco dormitorios  y yo digo esa traeme la guía peuser me pide mamá y se la traigo y la miramos juntos y después dice mirá este colectivo nos acerca. Me arrodillo en el asiento y voy mirando por la ventanilla y juego a mi juego que es contar todas las casas sin saltearme ninguna y cuando digo diez en esa voy a vivir cuando sea grande y voy a invitar a toda la familia a muchas fiestas distintas porque seguro que no se van a querer encontrar ocho nueve diez qué desgracia justo viene a tocarme la única fea de la cuadra pero capaz que si la pinto mejora y si la pinto y mejora lo puedo invitar hasta a papá.

Anómalo empezar el día sin luchar contra chicos y leche chocolatada. Chancho pancho gancho rancho pensó y después pensó que estaba pensando pavadas porque todavía no había conseguido decidir qué haría con Claudia. Un par de lindas piernas envueltas en perfume francés no eran suficientes para poner en peligro todo lo que había construido. Registró luego que su planteo era deshonesto porque partía de suponer que su vínculo con Claudia solo era imposible debido  a su noble renuncia obviando el hecho de que era ella la que había sugerido poner fin a la relación. El pulso se le agitó. Tanto que se cortó mientras se afeitaba. Tenía que inventar algo. Conseguir una prórroga. Una quincena, una semana, un par de días.

Arquitecto, el señor Horacio en el teléfono le avisó Marcela. Decíle que estoy ocupado, que luego lo llamo fue su visceral indicación mientras miraba un papel que no leía. Cuando la puerta se cerró tras su asombrada secretaria, Francisco se reclinó en el sillón. Veinticuatro horas.  


Ya instalados, ella lo mira sonriendo. Es más que linda. Es bella. Ella es bella. Mella, sella, paella piensa él y ella interrumpe sus divagaciones como te adelanté el viernes Francisco parpadea creo que los objetivos que nos propusimos al iniciar ella sonríe aun más este trabajo y surgen sus hoyuelos están ampliamente cumplidos, al menos desde lo que a mí me toca ella lo mira, ahora seria, y él se aterroriza no sé qué opinarás vos. Él necesita pensar pero ella lo presiona ¿se cumplieron tus expectativas? Él siente mi vida pende de un hilo y sabe que tiene que contestar algo entonces dice sí y no y ella lo mira con gesto interrogante y ante el silencio de él  le pide explicate. Francisco piensa sabio, necesito ser sabio y declara nunca me imaginé, te soy sincero y Francisco sabe que en esencia no lo es que serías capaz de despertar mis recuerdos, sin embargo lo lograste ella amaga hablar y él le hace un gesto sí, fuiste vos la responsable y ahora me decís que ya puedo arreglarme solo y eso no es cierto  ahora sí que él es sincero, no puede de ahí que no se cumplan mis expectativas intenta desesperadamente dar una vuelta de tuerca en realidad estoy peor que al principio porque ahora recuerdo cosas pero estoy seguro de que todavía no recordé lo fundamental. Ella, enfática, dice estoy de acuerdo, tu proceso recién empieza, tendrás que invertir toda tu energía en seguir pensando, vuelvo a decirte que el mecanismo de represión cayó, ahora solo es cuestión de tiempo. Y vos no tenés más tiempo para mí, claro para tu tesis alcanza y ya me dedicaste demasiado y a Francisco se le enciende una luz pero yo estoy dispuesto a pagarte como no se había dado cuenta antes. El gesto de ella es severo me estás ofendiendo. Él comprende que se equivocó y trata de reparar su error por qué habría de ofenderte este es tu trabajo y no pretende seguir robándote horas. Ella se toma unos segundos y luego, categórica, afirma mirá, Francisco, yo soy ante todo una profesional, y cuando percibo que mi trabajo se vuelve contraproducente soy la primera en dar un paso al costado él la mira, desolado si preferís seguir teniendo a alguien que te acompañe en el proceso puedo recomendarte un par de colegas de mi completa confianza, de hecho ya pensé en algunos, porque luego de que termines con la captura de información tendrás que afrontar la dura tarea de procesarla. Él le reclama ¿y por qué no podés ayudarme vos? Un tratamiento psicoanalítico requiere un marco específico en donde el vínculo entre paciente y profesional no esté contaminado por ningún tipo de relación personal, solo así puede llegar a producirse el fenómeno de transferencia explica, docta, ella. ¿De qué relación personal me hablás? reclama él enojado. Un analista no suele almorzar con sus pacientes los domingos. Él pierde el control te hartaste de mí, dejate de dar vueltas y decime la verdad. La mirada de ella se  hiela entonces él se apresura a decir perdoname, tal vez tengas razón, no quiero atentar contra tu ética profesional y no puede evitar sonreír con ironía. De eso se trata aclara ella cortante te pido que lo entiendas y que no hagas esto más difícil para los dos. Él se pregunta si para ella también es difícil y sabe que debería levantarse, agradecerle y solicitarle que le envíe una copia de la tesis pero no está capacitado para hacerlo entonces  escarba en sus neuronas buscando otro lugar. Está bien simula aceptar pero antes de poner el broche quisiera pedirte un favor ella se limita a mirarlo hace días que no puedo dejar de pensar y él que odia mentir de nuevo está mintiendo en la quinta que teníamos cuando éramos chicos Francisco vio hace días una foto y aquí viene el favor ¿me acompañarías a verla?; sé que lo que te estoy pidiendo no corresponde pero si, comprendiéndolo, te lo ruego, es porque es muy importante para mí. El corazón de él es una bomba y baja la vista porque ya no resiste seguir mirándola. Al cabo de un rato ella pregunta ¿dónde queda?

lunes, 18 de abril de 2016

44

Salgo del colegio y veo a mamá que me dice hola Francisco y yo le pregunto pasó algo porque ella nunca me viene a buscar y me contesta el día está tan lindo que sería un pecado encerrarse a cocinar te invito a almorzar y caminamos por la vereda al sol y los grupos de chicos se van dispersando y al fin llegamos al bar nevada y nos sentamos en la barra agarramos la lista hecha a mano y mientras la estudiamos el mozo se acerca y mamá le dice tráiganos un menú del día que por suerte es  milanesa con papas suflé y budín de pan la bebida aparte y como el mozo levanta las cejas mamá le aclara lo vamos a compartir y para tomar pregunta el señor y mamá le contesta una jarra de agua. El mozo trae los vasos y la jarra y brindamos y los bancos son altos y yo enrosco los pies al caño y mamá se ríe con su risa.

Están parados en la esquina. ¿Qué tenés ganas de comer? pregunta él.  Algo liviano porque estoy a dieta dice ella.  No sé por qué, estás espléndida. Me estás dando la razón, cuando un hombre nos ve espléndidas es porque estamos gordas dice ella y su sonrisa es irresistible tendré que duplicar mis horas de gimnasio. Francisco se da cuenta de que ella dijo hombre y le aclara no pienso discutir con vos, a esta altura de mi vida ya aprendí que toda discusión con una mujer está perdida de antemano y comienza a caminar conozco un lugar que hace unas ensaladas espectaculares, para que tu conciencia no se aflija, digo. Si le pongo mayonesa, ¿me voy al infierno? pregunta él, ya instalados frente a respectivos platos llenos de verde. Vos te vendés como santo así que no creo que te permitan la entrada. Él se acuerda de Osiris y dice cómo te gusta pelear conmigo mientras oprime el pote de mayonesa. Ella es una saeta me parece que últimamente sos vos el que necesita pelearse. A él se le para el corazón, se equivocó, otra vez se equivocó hagamos las paces dice. Ella entonces le pregunta por los chicos y él le cuenta que se fueron felices y le confiesa que le dolió un poco no vislumbrar en ellos ni un poquito de tristeza por dejarlo. Ponéte contento, eso significa que tus hijos se sienten seguros de sus afectos, que saben que siete días de lejanía no los ponen en peligro. Él va a dar un paso importante, por eso toma un trago de soda antes de preguntarle ¿y tu hija? Ella, bruscamente, cambia la inflexión de la voz hace una semana que está en Necochea, con el padre tan bruscamente que él insiste en el flanco herido ¿y el colegio? Ella trastabilla falta; si el padre se decidió a verla eso es lo único importante. Él sigue investigando ¿hace mucho que se separaron? Ella mira el mantel Rocío no tenía dos años y él dice qué chiquita con tanta genuina empatía que es como una llave que la abre no sabés cómo lo extraña; cada vez que su padre se va Rocío llora una semana entera y ni siquiera puedo prometerle que pronto volverá a verlo.  A él  se le escapa por eso te decía yo que no entraba en la categoría de lo posible pensar en separarme, me resulta inconcebible imaginar que mis hijos puedan sufrir por mi culpa. Ella dice mejor cambiemos de tema, no es agradable escuchar que la nena sufre por mi causa. Perdoname dice él midiendo el tamaño de su traspié y no sabiendo cómo repararlo pregunta ¿querés un postre? Ella niega con la cabeza  ¿un café? Ella vuelve a negar y Francisco descubre que se acaba el plazo que le concedieron pedí la cuenta dice ella confirmándoselo. Ella abre la cartera y él, ofendido, dictamina como Guillermo hoy invito yo y piensa que el adverbio de tiempo es superfluo. Salen y él ruega que ella no haya traído el auto. Cuando la ve buscar las llaves confirma la inexistencia de Dios. Claudia dice te espero mañana en el consultorio a la hora de siempre. Y los adverbios siguen trayéndole problemas porque sabe que ese siempre está a punto de convertirse en nunca, en nunca más. Se sube al auto y empieza a dar vueltas.

Llegó a su casa cerca de las ocho. Los ladridos sostenidos del perro le recordaron que no le había dado de comer. El contestador titilaba. Papaá papaá ¿estás por ahí? mi amor es la segunda vez que te llamo en cuanto puedas comunicáte necesito saber qué novedades hay de los chicos queríamos invitarte a almorzar Adriana preparó canelones papi  papaá se ve que no estás habla Guillermo me dijo Alicia que los chicos se fueron voy a andar cerca de tu casa y pensaba darme una vuelta querido de nuevo soy yo llamáme Francisco habla Carolina necesito saber si puedo darle a Tobi un antihistamínico porque lo comieron las hormigas ¡papá te llamamos mil veces y no nos contestás! ¿se puede saber dónde te metiste? Sin saber por dónde empezar, Francisco se dejó caer sobre el sillón. Pepe seguía ladrando.

Pese al cansancio no lograba conciliar el sueño. Necesitaba encontrar una estrategia que le permitiera prolongar el tratamiento porque le resultaba inconcebible aceptar que no iba a verla más. Francisco intentó entenderse. Independientemente de las decisiones y los deseos de Claudia, qué pretendía él. ¿Había modificado su opinión sobre la indestructibilidad del vínculo matrimonial? No. ¿Había dejado de considerar a la infidelidad como uno de los pecados capitales? Tampoco. Entonces, cómo conciliar su cataclismo interno con sus convicciones morales. No solo estaba caliente con Claudia, la cosa iba mucho más allá. No encontró otro verbo que reflejara mejor lo que le estaba pasando: la necesitaba. Era una necesidad primaria, insoslayable, elemental. Privado de ella no era capaz de respirar. No seas imbécil, se dijo ya estás demasiado grande para jugarla de Romeo. Intentó reposicionarse. Si a los quince había sido capaz de olvidarla cómo no podría hacerlo ahora con una mujer y tres hijos a los que no podía traicionar. Se alivió. Quizás solo era una calentura producto de veinte días de forzada abstinencia. Apagó la luz.


viernes, 15 de abril de 2016

43

Mamá me pone el pantalón nuevo y me peina con gomina y me dice vamos a ver el desfile. Vienen los chicos  pregunto y ella me contesta iremos los dos solos. Me da pena por Guillermo porque a él le gustan mucho los desfiles pero por Alicia no porque a ella le aburren hasta  los de modas. Mamá tiene un vestido negro y un sombrero con tul y está linda muy linda.  Esperamos un rato largo en la esquina hasta que levanto la mano y el taxi para y nos subimos. Me gusta cuando el chofer baja la banderita me arrodillo en el asiento y miro por la ventanilla. Mamá va fumando porque ahora fuma a mí no me gusta que fume pero no le digo Alicia sí le dice y a mamá le molesta que Alicia le diga. Por fin llegamos mamá paga y el chofer sube de nuevo la banderita que es roja y nos bajamos. Hay mucha gente y vamos a una esquina y nos quedamos parados mientras mamá fuma otro cigarrillo hasta que se acerca un señor y mamá dice qué casualidad y le da la mano con el guante negro que también es de tul. Este es Francisco dice mamá y yo miro para arriba y veo que el señor parece un muchacho y me sonríe y dice yo me llamo Germán. Caminamos por la calle y nos acercamos a una fila de personas que están de espaldas y de repente se escucha un tambor y siento el ruido de los pies de los soldados y lo único que veo es ropa. Querés que lo alce le pregunta el señor a mamá y ella dice  bueno y el señor me sienta sobre sus hombros y es un señor muy alto así que ahora veo lo más bien. Me gustan mucho las botas y los sombreros parecen mis soldaditos de plomo. El señor me agarra los dos pies con las manos los pies no los zapatos será para que no me caiga. Mamá a mí no me habla porque estoy muy alto pero habla mucho con el señor qué suerte que se encontraron. El desfile es muy largo y me duele la cola de estar así sentado y me aburro y me parece que no va a terminar nunca y además tengo sed y ya no me gusta que el señor me tenga alzado pero me aguanto. Por fin termina y me baja y  me cuesta caminar  porque se me durmieron los pies. Esperamos en una esquina hasta que pasa un taxi y lo para el señor  porque mamá no se acuerda de que soy yo el que siempre lo paro. El señor le da la mano y le dice a mamá después te llamo y a mí chau pibe y subimos al taxi. Mamá está colorada y los ojos le brillan se ve que el desfile le gustó. Cuando bajamos me dice mejor no cuentes nada porque Guillermo se va a poner celoso y después te va a fastidiar. A mí me gustaría contarle para que le dé envidia pero no se lo voy a contar para que no le dé pena y porque me pidió mamá. En cuanto entramos Guillermo pregunta adónde fueron y mamá le contesta al centro a ver vidrieras y me guiña un ojo. Yo no le guiño porque todavía  no sé y además porque tengo un poco de rabia. Por lo del taxi.


¿Ahora sabés quién era Germán? dice Claudia cuando se asegura de que él ya no seguirá hablando. Un muchacho que encontró en el desfile contesta Francisco, de repentino mal humor. ¿También de adulto vas a seguir creyendo que el encuentro fue fortuito? Él se está enojando el encuentro no tuvo nada de malo. Ella no parece notarlo e insiste ¿tampoco que tu mamá te hiciera mentir? Él se defiende yo no dije nada. Ella no ceja te cambio la pregunta, ¿tampoco te llama la atención que tu madre decidiera mentir? Y él se enfurece basta, Claudia, terminemos con esto, me hace mal; no me importa el desfile, ni Germán, ni nada que haya decidido olvidar. La mirada de ella se le incrusta ¿podés decirme entonces por qué domingo al mediodía  estás acá? Él quisiera confesarle porque estoy loco por vos pero se calla, debe ser cauto, cualquier error puede ser fatal. Perdoname le dice al cabo de un rato y baja la vista porque ya no soporta esa mirada tenés razón y controla el reloj  se hizo tardísimo y amaga incorporarse pero ella con un gesto lo detiene no tanto como para que dejemos sin aclarar cuál ha sido el rédito de esta experiencia. Francisco está desesperado y busca, al menos, una tregua tengo un día muy difícil, te ruego que hablemos del tema en otra oportunidad ella ladea la cabeza y lo mira y él decide jugarse el todo por el todo además estoy muerto de hambre,  ¿vos ya almorzaste?

miércoles, 13 de abril de 2016

42

Ya en el auto no se decidía a arrancar. Hasta que, de repente, su angustia cedió. Sonrió solo. Recién entendía por qué había ido. Sin darse tiempo a recapacitar buscó su teléfono.

Francisco atendé dice mamá y me pasa el tubo porque ahora tengo cuatro y ya aprendí a hablar por teléfono y me lo pongo en la oreja y digo hola y la abuela dice qué quiere que le prepare mi Paquito papas rellenas le pido porque con la abuela no me da vergüenza y me imagino las papas doraditas con el queso que se derrite y se me hace agua a la boca y quiero que sea domingo y le pregunto  puedo pedirte algo más y mamá me reta Francisco no seas pedigüeño entonces yo digo me equivoqué abuela ya no quiero los buñuelos de banana y ella se ríe y me dice entonces no habrá buñuelos para mi Paquito y yo igual me pongo contento porque sé que no es verdad a veces la abuela miente pero si miente ella eso no está mal la abuela no hace nunca nada mal.

Mientras el ascensor sube Francisco recuerda el parto de Tobi. Valeria había llegado al sanatorio con dilatación completa. Mientras los médicos se preparaban la partera le ordenó aguante, todavía no. Así se siente Francisco, a punto de estallar. Toca el timbre y ella abre la puerta, le da un beso y le indica acostáte. Él, aliviado, se deja caer sobre el diván.

Papas nevadas concluye Francisco y ahora, al entenderlo, experimenta una necesidad infinita de estar con su mamá. Cuando salga de aquí pasaré a verla piensa y cuando lo termina de pensar se da cuenta de su error y recién entiende en la piel que su madre está definitivamente muerta y se llena de culpa. No le cumplí confiesa y Claudia le dice no te entiendo. Entonces Francisco le cuenta que están en la puerta del 515 y que su madre le entrega las llaves a un señor. Se dan la mano y mamá sube al remís y se sienta a mi lado. Arrancamos y mamá se pone a llorar y llora tanto que le digo te prometo que cuando sea grande voy a ser rico y te la voy a comprar. Mamá me abraza y llora todavía más fuerte y Alicia le dice tranquilizáte no te das cuenta de que es una criatura y la está pasando muy mal. Entonces me salen las lágrimas. Guillermo dice che enano los hombres no lloran y yo trato porque encima me va cargar pero no puedo. Alicia me seca la cara con un pañuelo. Cuando lleguemos a la casa nueva te presto la máquina de sumar dice Guillermo y desde el asiento de adelante me revuelve el pelo. Y Francisco nuevamente trata pero no puede y se da cuenta de que es inútil que siga refaccionando casas, es Amenábar la que anhela, la que nunca podrá alcanzar, porque no solo ambiciona la casa, ambiciona lo que él fue allí adentro y lo que allí dentro fueron con él todos los demás. Claudia se acerca al diván y, como Alicia, le tiende un pañuelo. Él se seca los ojos y luego, agotado, los cierra. Aprieta el bollito de papel que lentamente cobra textura, consistencia. Es un repasador. Pongo agua en la pava y trato de encender la hornalla con un fósforo que se llama fragata pero no puedo. Enciendo otro y casi me quemo los dedos pero igual no puedo. Entonces me doy cuenta de que está cerrada la llave del gas y la abro y pruebo de nuevo y tengo suerte. Busco el saquito porque ahora el té viene en saquitos y preparo la bandeja con un mantelito como me enseñó mamá y agarro un limón y lo corto y me corto un dedo pero poco entonces voy al baño y saco una curita del botiquín. Cuando vuelvo el agua ya hirvió y eso está mal. Pongo el agua que hirvió en la taza y el saquito adentro y abro la lata de los amaretis para las visitas y coloco tres en un platito y pienso qué más falta y me acuerdo y busco la servilleta más chiquita y salgo con la bandeja. Golpeo la puerta  y mamá dice qué querés  y yo le pregunto puedo pasar y ella me dice espera un segundo y yo pienso que el té ya debe estar helado. Escucho pasá y abro la puerta y veo a mamá sentada en la cama con su robe. Feliz día de la madre digo y dejo la bandeja sobre su falda. El mantelito está todo chorreado. Mamá me abraza y dice Francisco sos mi sol no sé qué haría sin vos. Suena el teléfono y mamá me pide atendé rápido seguro son tus hermanos y yo corro y atiendo. Hola Francisco está tu madre y yo grito mamá es Germán mientras tapo el tubo con la mano como me enseñó la abuela. Mamá grita decíle que después lo llamo. Cuando vuelvo al dormitorio mamá está intentando tomar el té y le corren las lágrimas. Yo le digo tengo una sorpresa y ella se seca la cara con la palma de la mano. Voy a mi cuarto y cuando vuelvo ya se lo tomó todo. Entonces le alcanzo el boletín que dice Francisco Castillo tercer grado tercer bimestre primer puesto en el cuadro de honor. Mamá deja la bandeja sobre la cama y me felicita y me da un abrazo. Justo suena el teléfono y la cara le brilla y me pide de nuevo andá  a atender y yo voy corriendo porque seguro son los chicos. Con la familia López preguntan y yo contesto equivocado y corto. Quién era averigua mamá ansiosa y yo repito equivocado y los ojos se le llenan de nuevo de lágrimas y una cae sobre mi boletín. No te olvides de llamarlo a Germán le recuerdo y agarro el boletín y  salgo. Encima me borroneó dos diez concluye  Francisco. ¿Qué pensás sobre lo que me contaste? pregunta Claudia y él es bruscamente instalado en el presente. Es curioso, una vez que transmite sus recuerdos se escinde de ellos, se absuelve de analizarlos. ¿Me escuchaste? insiste Claudia y él se ve obligado a contestarle se confirma lo que siempre sospeché, el distanciamiento fue decidido por mis hermanos; y nada más, tanta conmoción no me sirvió para nada más. Termina de decirlo y se da cuenta de que le está dando pie para que ella vuelva a sugerir el fin del tratamiento. En un instante el pasado deja de importarle y recupera el estado de la noche anterior. Muere por ella. Me parece que te salteaste un dato interesante Claudia lo aparta de sus elucubraciones y Francisco no sabe de qué le está hablando. Ella, obviando su silencio, agrega nombraste a un tal Germán. Él pretérito prefecto simple de nuevo en acción, él no puede abarcarse y, no obstante, algo tiene que decir ¿sí?, no tengo la menor idea de quién puede haber sido. Ella acota alguien a quien tu madre apreciaba. Él sorprendido le pregunta ¿por qué lo suponés? Y ella contesta porque consideraste que charlar con él podría aliviar el dolor de tu mamá. Francisco admira su perspicacia. Germán. Quién sería Germán. Trata, desesperadamente de recordar algo. Si no, tendrá que levantarse e irse. Porque no es tan ruin como para inventar. Germán. Sin que ella se lo indique inspira y exhala. 

lunes, 11 de abril de 2016

41

Ni bien despertó se acercó a la computadora. Bandeja de entrada. Dos mensajes nuevos. Uno, como siempre, de Valeria. Ante el otro, el pulso se le aceleró. No te preocupes, no me ofendí, mañana lo charlaremos. Solo dos líneas empujándole el espíritu hasta el piso. Cómo llegar a mañana. Iba a abrir el mail de Valeria cuando sintió que no le interesaba lo que su mujer tuviera para contarle. No le interesaba nada de nada. Estaba invadido por Claudia, por una atroz necesidad de Claudia.  Una fiera enjaulada. Se duchó, se puso lo primero que encontró sobre la silla y salió. Subió al auto. Cuando se quiso acordar estaba junto al monumento al Cid Campeador. Qué hago yo en Caballito. Recién cuando el auto de atrás le tocó bocina descubrió adónde iba. Idas, vueltas y preguntas al fin llegó.  Arengreen 1001. Francisco podría haber hecho el plano de esa casa de esquina de una planta. Como si él mismo acabara de construirla. Estaba parado, observándola, cuando salió un viejito con una bolsa de compras en el codo. ¿Buscaba algo? preguntó. Él se acercó y le tendió la mano. Buenas tardes, mi nombre es Francisco Castillo, viví en esta casa cuando era un niño. El hombre lo miró con cierta desconfianza ¿y en qué puedo ayudarlo? Me gustaría echarle un vistazo, si para usted no es molestia. Luego de una larga negociación que incluyó la descripción minuciosa de la prefabricada que había en la terraza el hombre por fin se decidió pase, no más, disculpe, está un poco revuelto; desde que murió mi mujer, mañana hace dos años y tres meses, me resulta difícil mantener todo en condiciones. Una ancha puerta de entrada con vidrios con visillos los condujo a un pequeño hall al que daban dos habitaciones. Luego un patio central que articulaba dos dormitorios, la cocina y el baño. Todo lleno de muebles deteriorados y de olor a gato. Del patio saliendo una escalera caracol que conducía a la terraza. Francisco recordó a  Amenábar y se acongojó. ¿Cuánto hace que vive aquí? preguntó. Más de treinta años, se la compré a una señora que la tenía preciosa, con unos muebles que eran de llamar la atención; me parece que la estuviera viendo, toda una dama

Es mi cumpleaños y los chicos vinieron a tomar la leche y estamos en mi cuarto armando una pista de autos gigante con todas mis maderas cuando suena el timbre y al rato mamá empuja la puerta entreabierta y dice Enrique Claudio los vinieron a buscar y yo estoy sentado en el piso y me doy vuelta y la miro tiene un vestido negro con un cinturón muy ancho y  dorado y un collar de perlas y tacos altísimos y la boca pintada de rojo y los aros de perla también la miro demasiado y ella se da cuenta y me sonríe y yo me levanto rápido porque me da vergüenza  y vamos todos al comedor y las madres están paradas cerca de la puerta y mamá les pregunta quieren un poquito de torta  y antes de que le contesten va a la mesa y corta dos porciones de la torta en forma de ocho que me mandó la abuela y agarra las servilletas y las cucharas y vuelve con su sonrisa y yo la miro y miro a las otras madres con los zapatos bajos y las carteras colgadas del codo y no son como la mía como que brilla mi mamá.

Ya en el auto no se decidía a arrancar. Hasta que, de repente, su angustia cedió. Sonrió solo. Recién entendía por qué había ido. Sin darse tiempo a recapacitar buscó su teléfono.


viernes, 8 de abril de 2016

40

Mientras manejaba dictaminó la vida no es justa. Valeria lidiando con Alejandra mientras Carolina se iba de vacaciones. Era evidente que en cada familia había leyes implícitas que determinaban los roles, leyes incomprensibles para los de afuera.  Cuando llegaron ya estaban todos embarcados. La camioneta de sus cuñados parecía una pajarera y allí depositó a sus tres pajaritos munidos de respectivas mochilas. Un revuelo de gritos, carcajadas, ladridos y empujones. Solo falta Pepe lamentó Camilo. Francisco envidió la infancia que estaban viviendo sus hijos. Qué ilógico, la envidia era un sentimiento que él asociaba a la parte mezquina de su ser, esa de la que se avergonzaba. Que sus hijos le despertaran sentimientos mezquinos era algo inadmisible. Por lo visto, no era tan íntegro como siempre había creído.

Los chicos habían dejado un tendal. Recogió peluches y pijamas pero cuando iba a estirar las colchas decidió cerrar las puertas de los dormitorios. Se sacó los zapatos y se tiró sobre la cama. No recordaba cuánto hacía que no estaba solo en esa casa. Evocó una tarde en Madrid, cuando era muy joven. Por una serie de imprevistos había tenido que separarse por unos días de sus compañeros de viaje. Mientras caminaba por la Gran Vía pensaba que no había nadie que supiera dónde estaba en ese instante, nadie que tuviera manera de comunicarse con él. Había experimentado una salvaje sensación de libertad.  Hubiera querido desnudarse para comprobar su invisibilidad. Un átomo vagando en el cosmos. La situación actual era más modesta pero igualmente disfrutable. Para inaugurar el anonimato, buscó el libro de turno e invirtió unos minutos localizando el punto donde había interrumpido la lectura. Valeria se fastidiaba con él, no entendía porque no usaba los miles de señaladores que le había ido regalando. Él proponía excusas que soslayaban la verdad: buscar la palabra abandonada era su única manera de leer. El rastreo de las páginas precedentes le permitía retomar la atmósfera del libro antes de embarcarse en la lectura lineal. Encontró el renglón cuarto de la página treinta y cinco y leyó un par de hojas hasta que se dio cuenta de que no tenía ni la menor idea de lo que acababa de leer. Depositó el libro sobre la cama. Trató de pasar lista a las actividades que sus hijos le impedían realizar: dormir la siesta, escuchar música a todo volumen, caminar desnudo por la casa, comer en la cama, masturbarse con tranquilidad. Y no se le ocurrían muchas más. Se alarmó: era demasiado peligroso tener tanto tiempo disponible. Como si una biblioteca entera se hubiera desplomado sobre él, se sintió sepultado por sus temas pendientes. Analizándose ahora, descubría que hacía semanas que su pensamiento era fragmentario, trunco. Dedicaba horas a sentir algo con exquisita precisión y sin embargo, instantes después escindía lo experimentado y saltaba a otro tema. Como un estudiante que pese a saber cada bolilla no logra recordar el programa en su integridad. Las cosas parecían existir en diferentes dimensiones. Cómo podía ser que hubiera vivido con tanta intensidad su reencuentro con la Claudia adolescente y que horas después, frente a la adulta, lo olvidara por completo. Francisco dudó, ¿había vuelto a verla después de haber bailado con ella? El tiempo dejó de ser lineal.  Hacía poco, tomándoselas a Camilo, había refrescado las conjugaciones verbales. Una parte de su vida transcurría en presente coexistiendo con  varios pasados diferentes. Pretérito perfecto, imperfecto, pluscuamperfecto, anterior. Multitud de vidas simultáneas. Él era el nene al que obligaban a comer tortilla y era el padre que liberaba al nene de comerla; era el escolar conminado a leer en alta voz, el  angustiado analfabeto y el padre leyéndole a Tobi.  Vomitaba sopa y disfrutaba de la sopa de arroz. Era el paciente de Claudia y el adolescente que se le declaraba con torpeza. Alicia le hablaba de sucesiones en un palco del Colón. Guillermo lo ataba mientras comían panqueques. Era el padre de sus hijos y el hijo de sus padres. Se preciaba de su incondicional fidelidad y sin embargo no extrañaba a su mujer. Sintió como una bofetada. La madre del borrego. Cómo podía haberse hecho tanto el imbécil. Se incorporó en la cama súbitamente y se lo dijo con todas las palabras. Estoy loco por Claudia.

Al atardecer, luego de haber escuchado música a todo volumen, comido en la cama, dormido la siesta,  caminado desnudo por la casa y haberse masturbado con toda tranquilidad invocando las piernas de Claudia, seguía tirado sobre el colchón revuelto y era tanta la inquietud que por fin entendía a los consumidores de ansiolíticos. Su cabeza era un remolino y  ya no encontraba qué hacer. Se levantó y fue hasta la computadora. Jugó un par de solitarios que estuvieron lejos de devolverle la paz. Entonces abrió su correo y cliqueó en nuevo. Asunto: Otra vez perdón. Cuando miró por la ventana ya estaba oscuro noche en la ciudad, sábado. A intervalos de media hora revisó, sin suerte, su casilla de mail. La noche ya es día, y yo sin dormir

miércoles, 6 de abril de 2016

39

Mamá se inclina y me da un beso y me pregunta cómo te fue. Bien le digo mientras dejo arriba del sofá la valija nueva que es de cuero y tiene dos bolsillos con hebillas. Qué pasó que te cambiaron de curso averigua y yo le contesto  la maestra no sabe. Mañana iré al colegio y hablaré con el director dice mamá un alumno brillante como vos pasarlo al B dónde se ha visto debe haber un error no te preocupes que ya se va a solucionar y si hace falta le diré a tu padre que vaya  siempre a un hombre le hacen más caso y además tu papá es diputado y si no voy a hablar con la madre de Enrique ella es la presidenta de la cooperadora y tiene mucha influencia. Entonces entiendo y le digo dejá mamá  ya me hice de amigos y además la señorita Susana es muy buena y pienso que a Enrique lo veré en los recreos porque ahí la mamá no se da cuenta.

Francisco piensa que la relación con sus recuerdos es la misma que se establece con el presente; está uno tan imbuido del mismo que se carece de la capacidad de analizarlo. No había reparado en lo que Claudia le está marcando, la madre de Enrique, tal vez la punta del iceberg. Mientras él reflexiona ella continua hablando en lo que a mi tesis se refiere, el trabajo está terminado; gracias a tu colaboración y ella sonríe ya pude encontrar pruebas fehacientes de que los ámbitos fueron decisivos en el proceso de recuperación de tu historia. Él no puede creer lo que está escuchando ¿me estás despidiendo? logra articular y el rencor le estrangula la voz. En las últimas sesiones me limité a  escucharte dice ella ya se destrabó el mecanismo de represión, ahora todo depende de vos, mi presencia quizás sea hasta contraproducente. Francisco se da cuenta de que su autonomía fue un error fatal y se enfurece no me tomes de boludo,  ya obtuviste lo que buscabas y ahora mi minúscula historia te aburre; lamento no haber podido ofrecerte al menos un incesto. Suena el portero eléctrico y Claudia se incorpora  llegó otro paciente. Él también se para no podés dejarme así. Claudia se acerca a la puerta el lunes lo charlamos. Francisco sale sin despedirse y baja por la escalera porque el ascensor ya está subiendo y él no quiere cruzarse con el otro paciente. Llega a la calle y empieza a caminar. Sin rumbo determinado camina.


En cuanto entró a su casa Camilo apareció corriendo recién llamó mamá. Francisco miró el reloj: ocho y media. Que estén todos, por favor había pedido Valeria y a él se le había borrado de la cabeza el horario del llamado, la salud de su cuñada, la angustia de su mujer, Valeria misma. Osiris sería inclemente. Intentó comunicarse de inmediato pero no lo logró. Mientras la comida se calentaba fue al videoclub con Tobi a devolver una película. Regresaba cuando, desde la esquina, vio a Luciana tras la reja, esperándolo. Apuró el paso. ¿Qué hacés afuera? la retó. Llamó la tía Carolina, ¡es urgente! Alarmado, buscó el teléfono. Su cuñada iba a pasar una semana al campo e invitaba a los chicos,  Francisco dudó pero Carolina lo tranquilizó alegando Tobi me quiere mucho, no va a extrañar. Francisco se imaginó a sus hijos trepando a los árboles, andando a caballo, cazando mariposas, correteando con sus primos tras un cuis. Además, los mayores acababan de rendir los exámenes bimestrales. No había mucho que pensar. Les pregunto a ellos y te llamo enseguida Francisco al cortar agregó gracias desde ya, me encanta que los quieras y pensó que Alicia nunca los había llevado de paseo. La respuesta fue obvia: saltos, gritos, planes. Tobi, sin entender demasiado,  disfrutando del entusiasmo general. Cenó con los chicos incapaz de seguir el hilo de la charla entrecruzada, superpuesta, excitada. Preparó con ellos las mochilas y los mandó rápido a la cama. Intentó de nuevo comunicarse con Valeria. Como no lo logró le escribió un mail excusándose y se acostó. Recién al apagar la luz recordó la sesión. Claudia había sido clara, ya no lo necesitaba, se había agotado su utilidad. Sintió un dolor tan punzante que inspiró profundamente intentando aliviar la presión en los pulmones. Junto con el aire se coló el Francisco adolescente junto al wincofon. Está mirando a Claudia y nota que su vestido es azul. Entonces, mientras ella sigue bailando, él busca un disco, se afana, necesita encontrarlo a tiempo. Con los acordes finales de Los náufragos, alcanza a ponerlo en el pick up. Claudia se aparta de su compañero de baile y se arrima a la mesa. En cuanto suena la primera nota, Francisco se acerca rogando que no le ganen de mano. Llega junto a ella cuando Vicky arranca con doux, doux, lamor est doux. ¿Bailás? pregunta y ella asiente con la cabeza. Él la toma de la cintura y ella se apoya en su hombro, las manos enlazadas. Gradualmente él va disminuyendo las distancias hasta  que puede sentir sobre su bremer la presión de los pezones. Francisco espera a que Vicky repita bleu, bleu, lamour est blue y le susurra algo en el oído con el corazón hecho una orquesta. ¿Cómo? pregunta ella apartándose ligeramente. Él, con el alma en la boca, repite qué coincidencia pero Vicky ya canta gris, gris, lamour est gris. No te entiendo dice Claudia. Entonces él le dice  nada, no importa. Cuando la canción termina. Francisco se desprende y se aleja sin mirarla. Pleure mon coeur quand tu n’es plus la. Humillado, atrozmente dolorido. La imagen se deshace. Veinticinco años después la certeza de Francisco es absoluta: nunca en la vida deseó tanto a una mujer.

lunes, 4 de abril de 2016

38

Bajo la ducha Francisco pensaba en el vínculo entre sus hijos. Recordó las palabras del pediatra cuando, años atrás,  le habían planteado su inquietud por lo mucho que se peleaban. En mi experiencia las peleas entre chicos inmunizan contra las distancias entre grandes comentó el médico y ante la cara de sorpresa de ellos agregó cuando no se aprendió de pequeño que las infinitas peleas devienen en infinitas reconciliaciones, se temen tanto los enfrentamientos que, con tal de evitarlos, se reprimen por igual opiniones y afectos. Las palabras de Grieco cobraban ahora real magnitud. Francisco siempre había evitado el más mínimo choque con sus hermanos.   Más vale poco que nada. Ya en su cuarto, encendió el wincofón. Cuando apoyó la cabeza sobre la almohada, la imagen se reiteró. Él estaba junto al tocadiscos y observaba. ¿A quién? Cerró los ojos y ahora sí. A pocos metros de él, una chica bailaba. Los pequeños pechos levantando el vestido azul con brillitos en el cuello, apenas unos centímetros sobre las rodillas. Las medias transparentes ofreciendo las piernas ya impecables sobre los discretos taquitos. Tobillos de galgo pensó. El pelo largo, negro, lacio, brillante, oscilando al compás de la música. El lento giro de manos y antebrazos, los codos fijos, los brazos extendidos, los hombros impulsando el movimiento. Y en el delicado meneo de la cadera toda la sensualidad del mundo. Francisco, el corazón aleteándole, apagó el tocadiscos y se desplomó sobre el colchón. Evocó la imagen y logró repetirla. Una película muda. Apretó los ojos hasta que le dolieron. El sonido irrumpió, estrepitoso. Noche en la ciudad, sábado, gente que viene y que va. El dolor bajó a los testículos.

Suena la campana y la maestra dice niños pueden pararse silencio por favor salgan en orden y cuando llegamos al patio me arrimo a la pared y se me acerca un chico alto que dice hola me llamó Ricardo pero todos me dicen Jirafa y yo me presento soy Francisco y el sonríe y me dice ya nos dimos cuenta y tengo miedo de ponerme de nuevo colorado y él me pregunta por qué te pasaron y yo le contesto no sé y él averigua eras de los burros y yo niego con la cabeza pero él insiste te portabas mal y yo tengo que negar de nuevo mientras veo que se acerca otro chico y como se nos queda mirando Jirafa le pregunta qué te pasa Rafa tenemos monos en la cara y Rafa contesta quería ver de cerca al nuevo y me palmea el brazo viejo se la hiciste gorda a la seño seguro que todavía está violeta de la rabia y Jirafa dice es un grande y me pasa la mano sobre el hombro entonces suena la campana y formamos fila y entramos al aula y  me siento en mi lugar que es al lado de Horacio.

Antes de salir controló el correo electrónico. Alejandra no está bien, ayer amaneció con mucha temperatura y decidieron internarla para hacerle estudios. La tuve que dejar sola porque no tenía qué hacer con los chicos. Brian se durmió llorando, pidiendo por la mamá; me acordé tanto de Tobi.  No sé cuánto voy a resistir, los extraño más de lo soportable. Perdoname, no estoy en un buen día. Esta noche llamaré por teléfono alrededor de las ocho, que estén todos, por favor. A medida que leía, el estado de ánimo de Francisco se iba deteriorando. Un anzuelo enganchado al alma lo jalaba hacia abajo. En un instante sus modestas preocupaciones rebajadas a la categoría de boludeces. Agradecía que todavía no existieran máquinas que le permitieran a Valeria conocer los desfiladeros por donde caminaban los pensamientos de su marido. Ella horadada  por el dolor, la soledad, las responsabilidades y él dedicando tiempo y energías a meditar sobre las exigencias de Alicia, el egocentrismo de su madre, la indiferencia de su padre. Ojalá hubiera sido solo eso. Horas de su vida escuchando a Vicky. Prefirió no pensar en Claudia. Además se le estaba haciendo tarde. Apago la computadora y partió.


Suena la campana y salimos de nuevo al recreo justo cuando aparecen los del A y Claudio me pregunta che Francisco por qué te cambiaron y yo le digo no sé y Adrián dice por algo será y me dan ganas de trompearlo entonces lo veo a Enrique y me acerco y le digo viste lo que me pasó y él  mira el piso y en eso Horacio me hace señas  y yo voy y me pregunta si quiero cambiar figuritas y le digo bueno  y también está Jirafa que averigua tenés la treinta y cuatro y por suerte la tengo y se la cambio  por la diecisiete que es la única que me falta para completar la página y me pongo contento pero lo sigo mirando a  Enrique que mira el piso.

viernes, 1 de abril de 2016

37

Es el primer día de clases y estoy contento porque papá me compró útiles nuevos  y Alicia me forró los cuadernos rivadavia con un papel araña que recién salió y que se llama plastificado entonces suena la campana y una maestra que no conozco dice formen fila aquí cuarto A y estoy yendo cuando viene la señorita Susana y dice Castillo venga lo cambiaron al B y me agarra de la manga y yo siento que me corre la transpiración  y le pregunto por qué y la señorita me dice son las órdenes que me dieron y me lleva hasta la fila de cuarto B y me pone delante de todo porque sigo siendo el más petiso y cuando me doy vuelta   todo el A me está mirando entonces busco a lo lejos y veo a mamá que me hace señas y yo digo señorita quiero hablar con mi mamá pero ella me contesta ahora no ya van a tocar el himno y es cierto porque empieza el oíd mortales pero yo no canto y la miro a mamá que levanta las cejas.

Estaban cenando cuando Luciana dejó el tenedor suspendido y preguntó ¿la extrañás a mamá? Francisco quedó inmovilizado hasta que Tobi salió en su ayuda ¡mamá, mamá! Francisco se levantó y lo agarró en brazos. Camilo también colaboró siempre tan tarada, lo hiciste llorar. La nena, la pregunta olvidada, le tiró la servilleta por la cabeza más tarado serás vos. Con Tobi colgado del cuello Francisco se interrogó cuánto la extraño mientras Camilo y Luciana se corrían por el living. Quiero irme de aquí se permitió reconocer.


Nos hacen pasar al aula que no es un aula común porque no tiene bancos tiene gradas y por supuesto me toca la primera fila y soy el tercero empezando de la punta al chico que tengo a mi derecha lo conozco del patio al otro nunca  lo vi y la señorita Susana se para en el frente y dice bienvenidos niños este año trabajaremos juntos  quiero presentarles a un alumno nuevo Castillo por favor póngase de pie y el que conozco del patio me tira de la manga y me dice paráte y yo me paro y sé que tengo la cara roja y encima los de atrás protestan no lo veo no lo veo entonces la señorita dice adelante Castillo y me hace una seña y los dos chicos de la punta se paran y me dejan pasar y yo salgo de la fila y avanzo hacia el frente y además de colorado sudo y la señorita dice les presento a Francisco y miles de ojos me miran y escucho risitas y murmullos y la señorita ordena silencio y después dice Castillo deseo que se encuentre cómodo entre nosotros ahora vuelva a su lugar y yo subo a mi escalón los dos chicos se paran de nuevo y después nos sentamos los tres y el de la derecha dice me llamo Horacio y entonces la señorita ordena alumnos saquen el libro de lectura y como se escucha el ruido de todos los portafolios abriéndose ella pide silencio niños y saco mi libro y Horacio me dice qué buen forro dónde lo compraste y el de la izquierda también lo mira y la maestra indica abran el libro en la página cinco y hay ruido de hojas y la maestra ahora grita silencio y después pregunta quién quiere leer y  como nadie se ofrece dice voy a tener que elegir y nos mira a todos y después dice Castillo póngase de pie y como yo me quedo sentado Horacio me tira de la manga y yo no puedo creerlo  debe ser una pesadilla y la maestra repite Castillo lo estoy esperando y yo me paro sí pero para decirle con un hilo de voz no voy a leer y ella me dice no lo escucho y se me va todo el miedo y solo me queda una rabia gorda y digo fuerte no voy a leer y ella me mira fijo hasta que Horacio se para y pregunta  puedo leer y la señorita duda y al fin le hace una seña y a mí me dice Castillo siéntese luego hablaré con usted y Horacio comienza yo adoro a mi madre querida yo adoro a mi padre también ninguno me quiere en la vida como ellos me saben querer y la señorita lo felicita y él se sienta y yo pienso que por suerte Alicia me dio una hoja de papel plastificado de repuesto.