lunes, 18 de abril de 2016

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Salgo del colegio y veo a mamá que me dice hola Francisco y yo le pregunto pasó algo porque ella nunca me viene a buscar y me contesta el día está tan lindo que sería un pecado encerrarse a cocinar te invito a almorzar y caminamos por la vereda al sol y los grupos de chicos se van dispersando y al fin llegamos al bar nevada y nos sentamos en la barra agarramos la lista hecha a mano y mientras la estudiamos el mozo se acerca y mamá le dice tráiganos un menú del día que por suerte es  milanesa con papas suflé y budín de pan la bebida aparte y como el mozo levanta las cejas mamá le aclara lo vamos a compartir y para tomar pregunta el señor y mamá le contesta una jarra de agua. El mozo trae los vasos y la jarra y brindamos y los bancos son altos y yo enrosco los pies al caño y mamá se ríe con su risa.

Están parados en la esquina. ¿Qué tenés ganas de comer? pregunta él.  Algo liviano porque estoy a dieta dice ella.  No sé por qué, estás espléndida. Me estás dando la razón, cuando un hombre nos ve espléndidas es porque estamos gordas dice ella y su sonrisa es irresistible tendré que duplicar mis horas de gimnasio. Francisco se da cuenta de que ella dijo hombre y le aclara no pienso discutir con vos, a esta altura de mi vida ya aprendí que toda discusión con una mujer está perdida de antemano y comienza a caminar conozco un lugar que hace unas ensaladas espectaculares, para que tu conciencia no se aflija, digo. Si le pongo mayonesa, ¿me voy al infierno? pregunta él, ya instalados frente a respectivos platos llenos de verde. Vos te vendés como santo así que no creo que te permitan la entrada. Él se acuerda de Osiris y dice cómo te gusta pelear conmigo mientras oprime el pote de mayonesa. Ella es una saeta me parece que últimamente sos vos el que necesita pelearse. A él se le para el corazón, se equivocó, otra vez se equivocó hagamos las paces dice. Ella entonces le pregunta por los chicos y él le cuenta que se fueron felices y le confiesa que le dolió un poco no vislumbrar en ellos ni un poquito de tristeza por dejarlo. Ponéte contento, eso significa que tus hijos se sienten seguros de sus afectos, que saben que siete días de lejanía no los ponen en peligro. Él va a dar un paso importante, por eso toma un trago de soda antes de preguntarle ¿y tu hija? Ella, bruscamente, cambia la inflexión de la voz hace una semana que está en Necochea, con el padre tan bruscamente que él insiste en el flanco herido ¿y el colegio? Ella trastabilla falta; si el padre se decidió a verla eso es lo único importante. Él sigue investigando ¿hace mucho que se separaron? Ella mira el mantel Rocío no tenía dos años y él dice qué chiquita con tanta genuina empatía que es como una llave que la abre no sabés cómo lo extraña; cada vez que su padre se va Rocío llora una semana entera y ni siquiera puedo prometerle que pronto volverá a verlo.  A él  se le escapa por eso te decía yo que no entraba en la categoría de lo posible pensar en separarme, me resulta inconcebible imaginar que mis hijos puedan sufrir por mi culpa. Ella dice mejor cambiemos de tema, no es agradable escuchar que la nena sufre por mi causa. Perdoname dice él midiendo el tamaño de su traspié y no sabiendo cómo repararlo pregunta ¿querés un postre? Ella niega con la cabeza  ¿un café? Ella vuelve a negar y Francisco descubre que se acaba el plazo que le concedieron pedí la cuenta dice ella confirmándoselo. Ella abre la cartera y él, ofendido, dictamina como Guillermo hoy invito yo y piensa que el adverbio de tiempo es superfluo. Salen y él ruega que ella no haya traído el auto. Cuando la ve buscar las llaves confirma la inexistencia de Dios. Claudia dice te espero mañana en el consultorio a la hora de siempre. Y los adverbios siguen trayéndole problemas porque sabe que ese siempre está a punto de convertirse en nunca, en nunca más. Se sube al auto y empieza a dar vueltas.

Llegó a su casa cerca de las ocho. Los ladridos sostenidos del perro le recordaron que no le había dado de comer. El contestador titilaba. Papaá papaá ¿estás por ahí? mi amor es la segunda vez que te llamo en cuanto puedas comunicáte necesito saber qué novedades hay de los chicos queríamos invitarte a almorzar Adriana preparó canelones papi  papaá se ve que no estás habla Guillermo me dijo Alicia que los chicos se fueron voy a andar cerca de tu casa y pensaba darme una vuelta querido de nuevo soy yo llamáme Francisco habla Carolina necesito saber si puedo darle a Tobi un antihistamínico porque lo comieron las hormigas ¡papá te llamamos mil veces y no nos contestás! ¿se puede saber dónde te metiste? Sin saber por dónde empezar, Francisco se dejó caer sobre el sillón. Pepe seguía ladrando.

Pese al cansancio no lograba conciliar el sueño. Necesitaba encontrar una estrategia que le permitiera prolongar el tratamiento porque le resultaba inconcebible aceptar que no iba a verla más. Francisco intentó entenderse. Independientemente de las decisiones y los deseos de Claudia, qué pretendía él. ¿Había modificado su opinión sobre la indestructibilidad del vínculo matrimonial? No. ¿Había dejado de considerar a la infidelidad como uno de los pecados capitales? Tampoco. Entonces, cómo conciliar su cataclismo interno con sus convicciones morales. No solo estaba caliente con Claudia, la cosa iba mucho más allá. No encontró otro verbo que reflejara mejor lo que le estaba pasando: la necesitaba. Era una necesidad primaria, insoslayable, elemental. Privado de ella no era capaz de respirar. No seas imbécil, se dijo ya estás demasiado grande para jugarla de Romeo. Intentó reposicionarse. Si a los quince había sido capaz de olvidarla cómo no podría hacerlo ahora con una mujer y tres hijos a los que no podía traicionar. Se alivió. Quizás solo era una calentura producto de veinte días de forzada abstinencia. Apagó la luz.


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