Salgo del colegio y veo a mamá que me dice hola
Francisco y yo le pregunto pasó algo porque ella nunca me viene a buscar y me
contesta el día está tan lindo que sería un pecado encerrarse a cocinar te
invito a almorzar y caminamos por la vereda al sol y los grupos de chicos se
van dispersando y al fin llegamos al bar nevada y nos sentamos en la barra
agarramos la lista hecha a mano y mientras la estudiamos el mozo se acerca y
mamá le dice tráiganos un menú del día que por suerte es milanesa con papas suflé y budín de pan la
bebida aparte y como el mozo levanta las cejas mamá le aclara lo vamos a
compartir y para tomar pregunta el señor y mamá le contesta una jarra de agua.
El mozo trae los vasos y la jarra y brindamos y los bancos son altos y yo
enrosco los pies al caño y mamá se ríe con su risa.
Están parados en la esquina. ¿Qué tenés
ganas de comer? pregunta él. Algo
liviano porque estoy a dieta dice ella.
No sé por qué, estás espléndida. Me estás dando la razón, cuando un
hombre nos ve espléndidas es porque estamos gordas dice ella y su sonrisa es irresistible tendré que duplicar mis horas
de gimnasio. Francisco se da cuenta de que ella dijo hombre y
le aclara no pienso discutir con vos, a esta altura de mi vida ya aprendí
que toda discusión con una mujer está perdida de antemano y comienza
a caminar conozco un lugar que hace unas ensaladas espectaculares, para que
tu conciencia no se aflija, digo. Si le pongo mayonesa, ¿me voy al infierno? pregunta
él, ya instalados frente a respectivos platos llenos de verde. Vos te vendés
como santo así que no creo que te permitan la entrada. Él se acuerda de
Osiris y dice cómo te gusta pelear conmigo mientras oprime el pote de
mayonesa. Ella es una saeta me parece que últimamente sos vos el que
necesita pelearse. A él se le para el corazón, se equivocó, otra vez se
equivocó hagamos las paces dice. Ella entonces le pregunta por los
chicos y él le cuenta que se fueron felices y le confiesa que le dolió
un poco no vislumbrar en ellos ni un poquito de tristeza por dejarlo. Ponéte
contento, eso significa que tus hijos se sienten seguros de sus afectos, que
saben que siete días de lejanía no los ponen en peligro. Él va a dar un
paso importante, por eso toma un trago de soda antes de preguntarle ¿y tu
hija? Ella, bruscamente, cambia la inflexión de la voz hace una semana que está en Necochea, con el padre tan
bruscamente que él insiste en el flanco herido ¿y el colegio? Ella
trastabilla falta; si el padre se decidió a verla eso es lo único
importante. Él sigue investigando ¿hace mucho que se separaron? Ella
mira el mantel Rocío no tenía dos años y él dice qué chiquita con
tanta genuina empatía que es como una llave que la abre no sabés cómo lo
extraña; cada vez que su padre se va Rocío llora una semana entera y ni
siquiera puedo prometerle que pronto volverá a verlo. A él se
le escapa por eso te decía yo que no entraba en la categoría de lo posible
pensar en separarme, me resulta inconcebible imaginar que mis hijos puedan
sufrir por mi culpa. Ella dice mejor cambiemos de tema, no es agradable
escuchar que la nena sufre por mi causa. Perdoname dice él midiendo el
tamaño de su traspié y no sabiendo cómo repararlo pregunta ¿querés un
postre? Ella niega con la cabeza ¿un
café? Ella vuelve a negar y Francisco descubre que se acaba el plazo
que le concedieron pedí la cuenta dice ella confirmándoselo. Ella
abre la cartera y él, ofendido, dictamina como Guillermo hoy invito yo y
piensa que el adverbio de tiempo es superfluo. Salen y él ruega que ella no
haya traído el auto. Cuando la ve buscar las llaves confirma la inexistencia de
Dios. Claudia dice te espero mañana en el consultorio a la hora de siempre. Y
los adverbios siguen trayéndole problemas porque sabe que ese siempre está a
punto de convertirse en nunca, en nunca más. Se sube al auto y empieza a dar
vueltas.
Llegó a su casa cerca de las ocho. Los ladridos
sostenidos del perro le recordaron que no le había dado de comer. El
contestador titilaba. Papaá papaá ¿estás por ahí? mi amor es la segunda vez
que te llamo en cuanto puedas comunicáte necesito saber qué novedades hay de
los chicos queríamos invitarte a almorzar Adriana preparó canelones papi papaá se ve que no estás habla Guillermo me
dijo Alicia que los chicos se fueron voy a andar cerca de tu casa y pensaba
darme una vuelta querido de nuevo soy yo llamáme Francisco habla Carolina
necesito saber si puedo darle a Tobi un antihistamínico porque lo comieron las
hormigas ¡papá te llamamos mil veces y no nos contestás! ¿se puede saber dónde
te metiste? Sin saber por dónde empezar, Francisco se dejó caer sobre el sillón.
Pepe seguía ladrando.
Pese al cansancio no lograba conciliar el
sueño. Necesitaba encontrar una estrategia que le permitiera prolongar el tratamiento
porque le resultaba inconcebible aceptar que no iba a verla más. Francisco
intentó entenderse. Independientemente de las decisiones y los deseos de
Claudia, qué pretendía él. ¿Había modificado su opinión sobre la
indestructibilidad del vínculo matrimonial? No. ¿Había dejado de considerar a
la infidelidad como uno de los pecados capitales? Tampoco. Entonces, cómo
conciliar su cataclismo interno con sus convicciones morales. No solo estaba
caliente con Claudia, la cosa iba mucho más allá. No encontró otro verbo que
reflejara mejor lo que le estaba pasando: la necesitaba. Era una
necesidad primaria, insoslayable, elemental. Privado de ella no era capaz de
respirar. No seas imbécil, se dijo ya estás demasiado grande para
jugarla de Romeo. Intentó reposicionarse. Si a los quince había sido capaz
de olvidarla cómo no podría hacerlo ahora con una mujer y tres hijos a los que
no podía traicionar. Se alivió. Quizás solo era una calentura producto de
veinte días de forzada abstinencia. Apagó la luz.
No hay comentarios:
Publicar un comentario