miércoles, 6 de abril de 2016

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Mamá se inclina y me da un beso y me pregunta cómo te fue. Bien le digo mientras dejo arriba del sofá la valija nueva que es de cuero y tiene dos bolsillos con hebillas. Qué pasó que te cambiaron de curso averigua y yo le contesto  la maestra no sabe. Mañana iré al colegio y hablaré con el director dice mamá un alumno brillante como vos pasarlo al B dónde se ha visto debe haber un error no te preocupes que ya se va a solucionar y si hace falta le diré a tu padre que vaya  siempre a un hombre le hacen más caso y además tu papá es diputado y si no voy a hablar con la madre de Enrique ella es la presidenta de la cooperadora y tiene mucha influencia. Entonces entiendo y le digo dejá mamá  ya me hice de amigos y además la señorita Susana es muy buena y pienso que a Enrique lo veré en los recreos porque ahí la mamá no se da cuenta.

Francisco piensa que la relación con sus recuerdos es la misma que se establece con el presente; está uno tan imbuido del mismo que se carece de la capacidad de analizarlo. No había reparado en lo que Claudia le está marcando, la madre de Enrique, tal vez la punta del iceberg. Mientras él reflexiona ella continua hablando en lo que a mi tesis se refiere, el trabajo está terminado; gracias a tu colaboración y ella sonríe ya pude encontrar pruebas fehacientes de que los ámbitos fueron decisivos en el proceso de recuperación de tu historia. Él no puede creer lo que está escuchando ¿me estás despidiendo? logra articular y el rencor le estrangula la voz. En las últimas sesiones me limité a  escucharte dice ella ya se destrabó el mecanismo de represión, ahora todo depende de vos, mi presencia quizás sea hasta contraproducente. Francisco se da cuenta de que su autonomía fue un error fatal y se enfurece no me tomes de boludo,  ya obtuviste lo que buscabas y ahora mi minúscula historia te aburre; lamento no haber podido ofrecerte al menos un incesto. Suena el portero eléctrico y Claudia se incorpora  llegó otro paciente. Él también se para no podés dejarme así. Claudia se acerca a la puerta el lunes lo charlamos. Francisco sale sin despedirse y baja por la escalera porque el ascensor ya está subiendo y él no quiere cruzarse con el otro paciente. Llega a la calle y empieza a caminar. Sin rumbo determinado camina.


En cuanto entró a su casa Camilo apareció corriendo recién llamó mamá. Francisco miró el reloj: ocho y media. Que estén todos, por favor había pedido Valeria y a él se le había borrado de la cabeza el horario del llamado, la salud de su cuñada, la angustia de su mujer, Valeria misma. Osiris sería inclemente. Intentó comunicarse de inmediato pero no lo logró. Mientras la comida se calentaba fue al videoclub con Tobi a devolver una película. Regresaba cuando, desde la esquina, vio a Luciana tras la reja, esperándolo. Apuró el paso. ¿Qué hacés afuera? la retó. Llamó la tía Carolina, ¡es urgente! Alarmado, buscó el teléfono. Su cuñada iba a pasar una semana al campo e invitaba a los chicos,  Francisco dudó pero Carolina lo tranquilizó alegando Tobi me quiere mucho, no va a extrañar. Francisco se imaginó a sus hijos trepando a los árboles, andando a caballo, cazando mariposas, correteando con sus primos tras un cuis. Además, los mayores acababan de rendir los exámenes bimestrales. No había mucho que pensar. Les pregunto a ellos y te llamo enseguida Francisco al cortar agregó gracias desde ya, me encanta que los quieras y pensó que Alicia nunca los había llevado de paseo. La respuesta fue obvia: saltos, gritos, planes. Tobi, sin entender demasiado,  disfrutando del entusiasmo general. Cenó con los chicos incapaz de seguir el hilo de la charla entrecruzada, superpuesta, excitada. Preparó con ellos las mochilas y los mandó rápido a la cama. Intentó de nuevo comunicarse con Valeria. Como no lo logró le escribió un mail excusándose y se acostó. Recién al apagar la luz recordó la sesión. Claudia había sido clara, ya no lo necesitaba, se había agotado su utilidad. Sintió un dolor tan punzante que inspiró profundamente intentando aliviar la presión en los pulmones. Junto con el aire se coló el Francisco adolescente junto al wincofon. Está mirando a Claudia y nota que su vestido es azul. Entonces, mientras ella sigue bailando, él busca un disco, se afana, necesita encontrarlo a tiempo. Con los acordes finales de Los náufragos, alcanza a ponerlo en el pick up. Claudia se aparta de su compañero de baile y se arrima a la mesa. En cuanto suena la primera nota, Francisco se acerca rogando que no le ganen de mano. Llega junto a ella cuando Vicky arranca con doux, doux, lamor est doux. ¿Bailás? pregunta y ella asiente con la cabeza. Él la toma de la cintura y ella se apoya en su hombro, las manos enlazadas. Gradualmente él va disminuyendo las distancias hasta  que puede sentir sobre su bremer la presión de los pezones. Francisco espera a que Vicky repita bleu, bleu, lamour est blue y le susurra algo en el oído con el corazón hecho una orquesta. ¿Cómo? pregunta ella apartándose ligeramente. Él, con el alma en la boca, repite qué coincidencia pero Vicky ya canta gris, gris, lamour est gris. No te entiendo dice Claudia. Entonces él le dice  nada, no importa. Cuando la canción termina. Francisco se desprende y se aleja sin mirarla. Pleure mon coeur quand tu n’es plus la. Humillado, atrozmente dolorido. La imagen se deshace. Veinticinco años después la certeza de Francisco es absoluta: nunca en la vida deseó tanto a una mujer.

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