Ni bien despertó se acercó a la computadora.
Bandeja de entrada. Dos mensajes nuevos. Uno, como siempre, de Valeria. Ante el
otro, el pulso se le aceleró. No te preocupes, no me ofendí, mañana lo
charlaremos. Solo dos líneas empujándole el espíritu hasta el piso. Cómo
llegar a mañana. Iba a abrir el mail de Valeria cuando sintió que no le
interesaba lo que su mujer tuviera para contarle. No le interesaba nada de
nada. Estaba invadido por Claudia, por una atroz necesidad de Claudia. Una fiera enjaulada. Se duchó, se puso
lo primero que encontró sobre la silla y salió. Subió al auto. Cuando se quiso
acordar estaba junto al monumento al Cid Campeador. Qué hago yo en Caballito.
Recién cuando el auto de atrás le tocó bocina descubrió adónde iba. Idas,
vueltas y preguntas al fin llegó. Arengreen
1001. Francisco podría haber hecho el plano de esa casa de esquina de una
planta. Como si él mismo acabara de construirla. Estaba parado, observándola,
cuando salió un viejito con una bolsa de compras en el codo. ¿Buscaba algo? preguntó.
Él se acercó y le tendió la mano. Buenas tardes, mi nombre es Francisco Castillo,
viví en esta casa cuando era un niño. El hombre lo miró con cierta
desconfianza ¿y en qué puedo ayudarlo? Me gustaría echarle un
vistazo, si para usted no es molestia. Luego de una larga negociación que
incluyó la descripción minuciosa de la prefabricada que había en la terraza el
hombre por fin se decidió pase, no más, disculpe, está un poco revuelto;
desde que murió mi mujer, mañana hace dos años y tres meses, me resulta difícil
mantener todo en condiciones. Una ancha puerta de entrada con vidrios con
visillos los condujo a un pequeño hall al que daban dos habitaciones. Luego un
patio central que articulaba dos dormitorios, la cocina y el baño. Todo lleno
de muebles deteriorados y de olor a gato. Del patio saliendo una escalera
caracol que conducía a la terraza. Francisco recordó a Amenábar y se acongojó. ¿Cuánto hace que
vive aquí? preguntó. Más de treinta años, se la compré a una
señora que la tenía preciosa, con unos muebles que eran de llamar la atención;
me parece que la estuviera viendo, toda una dama
Es mi cumpleaños y los chicos vinieron a tomar la leche y
estamos en mi cuarto armando una pista de autos gigante con todas mis maderas cuando
suena el timbre y al rato mamá empuja la puerta entreabierta y dice Enrique
Claudio los vinieron a buscar y yo estoy sentado en el piso y me doy vuelta y
la miro tiene un vestido negro con un cinturón muy ancho y dorado y un collar de perlas y tacos
altísimos y la boca pintada de rojo y los aros de perla también la miro
demasiado y ella se da cuenta y me sonríe y yo me levanto rápido porque me da
vergüenza y vamos todos al comedor y las
madres están paradas cerca de la puerta y mamá les pregunta quieren un poquito
de torta y antes de que le contesten va
a la mesa y corta dos porciones de la torta en forma de ocho que me mandó la
abuela y agarra las servilletas y las cucharas y vuelve con su sonrisa y yo la
miro y miro a las otras madres con los zapatos bajos y las carteras colgadas
del codo y no son como la mía como que brilla mi mamá.
Ya en el auto no se decidía a arrancar. Hasta
que, de repente, su angustia cedió. Sonrió solo. Recién entendía por qué había
ido. Sin darse tiempo a recapacitar buscó su teléfono.
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