lunes, 11 de abril de 2016

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Ni bien despertó se acercó a la computadora. Bandeja de entrada. Dos mensajes nuevos. Uno, como siempre, de Valeria. Ante el otro, el pulso se le aceleró. No te preocupes, no me ofendí, mañana lo charlaremos. Solo dos líneas empujándole el espíritu hasta el piso. Cómo llegar a mañana. Iba a abrir el mail de Valeria cuando sintió que no le interesaba lo que su mujer tuviera para contarle. No le interesaba nada de nada. Estaba invadido por Claudia, por una atroz necesidad de Claudia.  Una fiera enjaulada. Se duchó, se puso lo primero que encontró sobre la silla y salió. Subió al auto. Cuando se quiso acordar estaba junto al monumento al Cid Campeador. Qué hago yo en Caballito. Recién cuando el auto de atrás le tocó bocina descubrió adónde iba. Idas, vueltas y preguntas al fin llegó.  Arengreen 1001. Francisco podría haber hecho el plano de esa casa de esquina de una planta. Como si él mismo acabara de construirla. Estaba parado, observándola, cuando salió un viejito con una bolsa de compras en el codo. ¿Buscaba algo? preguntó. Él se acercó y le tendió la mano. Buenas tardes, mi nombre es Francisco Castillo, viví en esta casa cuando era un niño. El hombre lo miró con cierta desconfianza ¿y en qué puedo ayudarlo? Me gustaría echarle un vistazo, si para usted no es molestia. Luego de una larga negociación que incluyó la descripción minuciosa de la prefabricada que había en la terraza el hombre por fin se decidió pase, no más, disculpe, está un poco revuelto; desde que murió mi mujer, mañana hace dos años y tres meses, me resulta difícil mantener todo en condiciones. Una ancha puerta de entrada con vidrios con visillos los condujo a un pequeño hall al que daban dos habitaciones. Luego un patio central que articulaba dos dormitorios, la cocina y el baño. Todo lleno de muebles deteriorados y de olor a gato. Del patio saliendo una escalera caracol que conducía a la terraza. Francisco recordó a  Amenábar y se acongojó. ¿Cuánto hace que vive aquí? preguntó. Más de treinta años, se la compré a una señora que la tenía preciosa, con unos muebles que eran de llamar la atención; me parece que la estuviera viendo, toda una dama

Es mi cumpleaños y los chicos vinieron a tomar la leche y estamos en mi cuarto armando una pista de autos gigante con todas mis maderas cuando suena el timbre y al rato mamá empuja la puerta entreabierta y dice Enrique Claudio los vinieron a buscar y yo estoy sentado en el piso y me doy vuelta y la miro tiene un vestido negro con un cinturón muy ancho y  dorado y un collar de perlas y tacos altísimos y la boca pintada de rojo y los aros de perla también la miro demasiado y ella se da cuenta y me sonríe y yo me levanto rápido porque me da vergüenza  y vamos todos al comedor y las madres están paradas cerca de la puerta y mamá les pregunta quieren un poquito de torta  y antes de que le contesten va a la mesa y corta dos porciones de la torta en forma de ocho que me mandó la abuela y agarra las servilletas y las cucharas y vuelve con su sonrisa y yo la miro y miro a las otras madres con los zapatos bajos y las carteras colgadas del codo y no son como la mía como que brilla mi mamá.

Ya en el auto no se decidía a arrancar. Hasta que, de repente, su angustia cedió. Sonrió solo. Recién entendía por qué había ido. Sin darse tiempo a recapacitar buscó su teléfono.


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