viernes, 29 de abril de 2016

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PRETÉRITO PERFECTO COMPUESTO

Hasta último momento él busca protegerse.  Ante peligro de descarga eléctrica jamás con la palma. Tiempos lejanos remotos lugares vacuas advertencias. Dedos ágiles botones dóciles dorso y palma fusionados cumpliendo ahora con premura, la misión encomendada cinco lustros atrás por los núbiles pezones, voceros de esos senos que ahora se desprenden de ella en un ángulo inverosímil, dorso y palma mutados en hueco buscando ampararlos de las gravitatorias leyes. Él se sabe más allá de su albedrío, rodearlos es una fatalidad,  echados al mundo para ser tomados, como el agua en el desierto, como la manzana del árbol de la sabiduría. Ya arrodillado las yemas aguzan los pezones aun más y luego manos labios lengua dientes se apropian, golosos, del fruto prohibido, ese, y él lo anticipa con claridad meridiana, que lo apartará por siempre del paraíso con tanto esmero construido. Salvo la ropa, Adán y Eva. Entonces, desnudándose mutuamente, se dejan caer sobre la angosta cama  de uno de los dos cuartos en vano contratados para socorrerlos.

Francisco está de nuevo en la estación, junto a la puerta del vagón de traje. Necesita bajar y no lo dejan. Quiere explicar que sus hijos lo están esperando. Se toca angustiado la garganta, no puede hablar. El tren está por arrancar, multitud de cuerpos presionan sobre el suyo. Golpea desesperado  y no le abren. Golpea y golpea. Son las ocho escucha decir a lo lejos. Un muchas gracias sospechoso por lo cercano lo aturde. Abre los ojos. A su lado, apoyada sobre el codo, los hombros desnudos emergiendo de las sábanas, Claudia le sonríe. Un único rayo se cuela por la ventana, iluminándola. El pelo revuelto, la boca húmeda, las mejillas sonrosadas. Tan hermosa que Francisco piensa estoy soñando y no se anima ni a rozarla por miedo a despertar. Buenos días dice ella y él descubre que es real y el paraíso y el infierno descienden al  mismo tiempo y mientras la abraza, súbitamente en llamas, piensa pobre Valeria hasta que deja de pensar porque ella rueda y él ya está adentro y ella lo cabalga y él a punto de precipitarse en el vacío se prende cómo de un ancla del duplicado fruto prohibido.


Claudia amaga levantarse y él le sujeta la mano. Son ocho y media informa ella. Él no entiende y la mira. Tengo un paciente. El infierno, ya sin atenuantes, se le instala. Cierra los ojos. Instantes después lo sobresalta el ruido de la ducha. Se incorpora y va recogiendo, una a una, las arrugadas prendas del amor diseminadas por el piso. Mira a través la ventana. Por suerte o lamentablemente ya no llueve. 

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