PRETÉRITO PERFECTO COMPUESTO
Hasta último momento él busca protegerse. Ante peligro de descarga eléctrica jamás
con la palma. Tiempos lejanos remotos lugares vacuas advertencias. Dedos
ágiles botones dóciles dorso y palma fusionados cumpliendo ahora con premura,
la misión encomendada cinco lustros atrás por los núbiles pezones, voceros de
esos senos que ahora se desprenden de ella en un ángulo inverosímil, dorso y
palma mutados en hueco buscando ampararlos de las gravitatorias leyes. Él se
sabe más allá de su albedrío, rodearlos es una fatalidad, echados al mundo para ser tomados, como el
agua en el desierto, como la manzana del árbol de la sabiduría. Ya arrodillado
las yemas aguzan los pezones aun más y luego manos labios lengua dientes se
apropian, golosos, del fruto prohibido, ese, y él lo anticipa con claridad
meridiana, que lo apartará por siempre del paraíso con tanto esmero construido.
Salvo la ropa, Adán y Eva. Entonces, desnudándose mutuamente, se dejan caer sobre
la angosta cama de uno de los dos
cuartos en vano contratados para socorrerlos.
Francisco está de nuevo en la estación, junto a
la puerta del vagón de traje. Necesita bajar y no lo dejan. Quiere
explicar que sus hijos lo están esperando. Se toca angustiado la garganta, no
puede hablar. El tren está por arrancar, multitud de cuerpos presionan sobre el
suyo. Golpea desesperado y no le abren.
Golpea y golpea. Son las ocho escucha decir a lo lejos. Un muchas
gracias sospechoso por lo cercano lo aturde. Abre los ojos. A su lado,
apoyada sobre el codo, los hombros desnudos emergiendo de las sábanas, Claudia
le sonríe. Un único rayo se cuela por la ventana, iluminándola. El pelo
revuelto, la boca húmeda, las mejillas sonrosadas. Tan hermosa que Francisco piensa
estoy soñando y no se anima ni a rozarla por miedo a despertar. Buenos
días dice ella y él descubre que es real y el paraíso y el infierno
descienden al mismo tiempo y mientras la
abraza, súbitamente en llamas, piensa pobre Valeria hasta que deja de
pensar porque ella rueda y él ya está adentro y ella lo cabalga y él a punto de
precipitarse en el vacío se prende cómo de un ancla del duplicado fruto
prohibido.
Claudia amaga levantarse y él le sujeta la
mano. Son ocho y media informa ella. Él no entiende y la mira. Tengo
un paciente. El infierno, ya sin atenuantes, se le instala. Cierra
los ojos. Instantes después lo sobresalta el ruido de la ducha. Se incorpora y
va recogiendo, una a una, las arrugadas prendas del amor diseminadas por el
piso. Mira a través la ventana. Por suerte o lamentablemente ya no llueve.
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