Marcela fue a la
librería y él aprovechó para justificarse voy a visitar a un posible
cliente. Cuando estaba dejando la
notita sobre el escritorio de su secretaria, transformó el un en unos
y añadió un par de eses que justificaran
el regreso tarde que agregaría luego. Ya en la puerta de
calle miró para ambos lados. Divisó a Horacio doblando la esquina. Francisco
escapó como un ladrón.
Después de mil consultas, caminos hechos y
rehechos, barro, piedras y tumbos llegaron. Un portón de madera con dos
entradas laterales, bancos adosados, techito de tejas, el nombre tallado en la
piedra. Quinta Victorica. Al bajar del auto Francisco notó que ella
tenía inverosímiles zapatillas, impecablemente blancas. Un jean ajustado
marcándole las nalgas. Él empujó el portón, sin candado, que cedió entre
crujidos. Golpeó las manos, agitó la campana. Sin resultado. Tal como les
habían advertido, la quinta estaba abandonada. Quedaron frente al camino
central; el soberbio pino a la derecha, el roble ya hacía décadas centenario, a
la izquierda. Avanzaron entre malezas hasta el edificio principal. A Francisco
se le contrajo el alma: techos rotos, puertas y ventanas arrancadas. Entraron
por atrás. Un distribuidor al que daban
la cocina chica, el escritorio y un espacioso salón con ventanales hacia
el parque, sobre el que se abrían tres dormitorios gigantes. Al fondo un
pequeño hall que conducía a un arcaico baño. Recorrieron los ambientes
abandonados casi de puntillas. Salieron por donde habían entrado y quedaron
frente a la escalera externa que conducía a la torre. Subieron con cuidado
porque la baranda se había desmoronado. En la terraza un gran bloque ciego.
Francisco abandonó su mutismo y comenzó a contarle a Claudia la repentinamente
nítida leyenda de los lugareños: esos dormitorios habían sido tapiados porque
allí se había ahorcado el único hijo de los Victorica. De esa terraza se accedía a la torre desde
donde se había controlado la llegada de los indios. Bajaron. Avanzaron hacia
otra construcción rodeada de ventiluces:
la gigantesca cocina y el enorme comedor. La rodearon. Mirá cuántos clavos comentó
Claudia señalando la pared pero él no le prestó atención porque acababa de ver,
a lo lejos, una tercera edificación. Se dirigieron hacia allí entre yuyos que
les llegaban a las rodillas. Francisco lo lamentó por las impecables zapatillas
blancas. La antigua caballeriza, luego transformada en garaje. De las vigas
pendían argollas, trapecio, hamacas. Francisco acarició las cadenas oxidadas,
eran las de su infancia. Salieron y recorrieron el parque. Junto al molino los
restos del tanque australiano. Árboles, arbustos, plantas y ortigas creciendo
en el más absoluto desorden. En la mente de Francisco, superponiéndose a tanta
destrucción los ámbitos de su infancia. Estampas carentes de personas, de vida.
Ascéticas. Caminaron en silencio
hasta la casa principal. Le echo un último vistazo y vamos, esperame acá indicó
Francisco, precisando, de repente, estar solo. Entró por la galería al que
había sido su cuarto. Se paró en el centro y cerró los ojos. Percibió
vibraciones que no llegaban a transformarse en imágenes. Intentó inspirar como
le había enseñado Claudia. Sin darse por vencido continuó inhalando y
exhalando. Hasta que un indeterminado tiempo después lo sobresaltó una voz vamos,
que ya es tarde y se está poniendo feo minuto en el que él descubrió
sincrónicamente que el cielo estaba lleno de nubarrones y que estaba
anocheciendo. Minuto en el que se desprendió de su pasado y tomó conciencia de
que la pequeña tregua que había conseguido estaba a punto de finalizar. La carroza trocada en calabaza. Lamentó
haberse distraído recordando. Segundos robados a Claudia. Subieron al auto y
emprendieron el regreso. Ella encendió la radio, quizá para amortiguar el
silencio que él no hallaba cómo romper. Solo habían hecho un par de kilómetros
cuando comenzó a llover. Alarma
meteorológica anunció el informativo. Francisco, ya franca la tormenta,
sorteó como pudo el camino de barro. Cuando llegaron a Luján granizaba.
¿Cama matrimonial? preguntó el conserje. Dos se apresuró
Claudia a contestar mientras Francisco no terminaba de entender lo que estaba sucediendo.
¿Dos camas? el hombre parecía sorprendido. Dos habitaciones aclaró
ella. El hotel quedaba frente a la basílica y aunque a gatas llegaba a las dos estrellas, a Francisco
le encantó. Tan antiguo que, de alguna manera, era una suerte de prolongación
de la quinta. ¿Tenés hambre? preguntó él y ella asintió. En la otra
cuadra hay un restaurante muy bueno informó el hombre. Ellos se asomaron a
la puerta. Una cortina de agua y piedras. ¿Nos podrían preparar algo?
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