viernes, 22 de abril de 2016

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Marcela fue a la librería y él aprovechó para justificarse voy a visitar a un posible cliente. Cuando  estaba dejando la notita sobre el escritorio de su secretaria, transformó el un en unos y añadió un par de eses que justificaran  el regreso tarde que agregaría luego. Ya en la puerta de calle miró para ambos lados. Divisó a Horacio doblando la esquina. Francisco escapó como un ladrón.

Después de mil consultas, caminos hechos y rehechos, barro, piedras y tumbos llegaron. Un portón de madera con dos entradas laterales, bancos adosados, techito de tejas, el nombre tallado en la piedra. Quinta Victorica. Al bajar del auto Francisco notó que ella tenía inverosímiles zapatillas, impecablemente blancas. Un jean ajustado marcándole las nalgas. Él empujó el portón, sin candado, que cedió entre crujidos. Golpeó las manos, agitó la campana. Sin resultado. Tal como les habían advertido, la quinta estaba abandonada. Quedaron frente al camino central; el soberbio pino a la derecha, el roble ya hacía décadas centenario, a la izquierda. Avanzaron entre malezas hasta el edificio principal. A Francisco se le contrajo el alma: techos rotos, puertas y ventanas arrancadas. Entraron por atrás. Un distribuidor al que daban  la cocina chica, el escritorio y un espacioso salón con ventanales hacia el parque, sobre el que se abrían tres dormitorios gigantes. Al fondo un pequeño hall que conducía a un arcaico baño. Recorrieron los ambientes abandonados casi de puntillas. Salieron por donde habían entrado y quedaron frente a la escalera externa que conducía a la torre. Subieron con cuidado porque la baranda se había desmoronado. En la terraza un gran bloque ciego. Francisco abandonó su mutismo y comenzó a contarle a Claudia la repentinamente nítida leyenda de los lugareños: esos dormitorios habían sido tapiados porque allí se había ahorcado el único hijo de los Victorica.  De esa terraza se accedía a la torre desde donde se había controlado la llegada de los indios. Bajaron. Avanzaron hacia otra construcción  rodeada de ventiluces: la gigantesca cocina y el enorme comedor. La rodearon. Mirá cuántos clavos comentó Claudia señalando la pared pero él no le prestó atención porque acababa de ver, a lo lejos, una tercera edificación. Se dirigieron hacia allí entre yuyos que les llegaban a las rodillas. Francisco lo lamentó por las impecables zapatillas blancas. La antigua caballeriza, luego transformada en garaje. De las vigas pendían argollas, trapecio, hamacas. Francisco acarició las cadenas oxidadas, eran las de su infancia. Salieron y recorrieron el parque. Junto al molino los restos del tanque australiano. Árboles, arbustos, plantas y ortigas creciendo en el más absoluto desorden. En la mente de Francisco, superponiéndose a tanta destrucción los ámbitos de su infancia. Estampas carentes de personas, de vida. Ascéticas.  Caminaron en silencio hasta la casa principal. Le echo un último vistazo y vamos, esperame acá indicó Francisco, precisando, de repente, estar solo. Entró por la galería al que había sido su cuarto. Se paró en el centro y cerró los ojos. Percibió vibraciones que no llegaban a transformarse en imágenes. Intentó inspirar como le había enseñado Claudia. Sin darse por vencido continuó inhalando y exhalando. Hasta que un indeterminado tiempo después lo sobresaltó una voz vamos, que ya es tarde y se está poniendo feo minuto en el que él descubrió sincrónicamente que el cielo estaba lleno de nubarrones y que estaba anocheciendo. Minuto en el que se desprendió de su pasado y tomó conciencia de que la pequeña tregua que había conseguido estaba a punto de finalizar. La carroza trocada en calabaza. Lamentó haberse distraído recordando. Segundos robados a Claudia. Subieron al auto y emprendieron el regreso. Ella encendió la radio, quizá para amortiguar el silencio que él no hallaba cómo romper. Solo habían hecho un par de kilómetros cuando comenzó a llover.  Alarma meteorológica anunció el informativo. Francisco, ya franca la tormenta, sorteó como pudo el camino de barro. Cuando llegaron a Luján granizaba.


¿Cama matrimonial? preguntó el conserje. Dos se apresuró Claudia a contestar mientras Francisco no terminaba de entender lo que estaba sucediendo. ¿Dos camas? el hombre parecía sorprendido. Dos habitaciones aclaró ella. El hotel quedaba frente a la basílica y aunque a  gatas llegaba a las dos estrellas, a Francisco le encantó. Tan antiguo que, de alguna manera, era una suerte de prolongación de la quinta. ¿Tenés hambre? preguntó él y ella asintió. En la otra cuadra hay un restaurante muy bueno informó el hombre. Ellos se asomaron a la puerta. Una cortina de agua y piedras. ¿Nos podrían preparar algo? 

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