Bajo la ducha Francisco pensaba en el vínculo
entre sus hijos. Recordó las palabras del pediatra cuando, años atrás, le habían planteado su inquietud por lo mucho
que se peleaban. En mi experiencia las peleas entre chicos inmunizan contra
las distancias entre grandes comentó el médico y ante la cara de
sorpresa de ellos agregó cuando no se aprendió de pequeño que las infinitas
peleas devienen en infinitas reconciliaciones, se temen tanto los
enfrentamientos que, con tal de evitarlos, se reprimen por igual opiniones y afectos.
Las palabras de Grieco cobraban ahora real magnitud. Francisco siempre
había evitado el más mínimo choque con sus hermanos. Más
vale poco que nada. Ya en su cuarto, encendió el wincofón. Cuando
apoyó la cabeza sobre la almohada, la imagen se reiteró. Él estaba junto al
tocadiscos y observaba. ¿A quién? Cerró
los ojos y ahora sí. A pocos metros de él, una chica bailaba. Los
pequeños pechos levantando el vestido azul con brillitos en el cuello, apenas
unos centímetros sobre las rodillas. Las medias transparentes ofreciendo las
piernas ya impecables sobre los discretos taquitos. Tobillos de galgo pensó.
El pelo largo, negro, lacio, brillante, oscilando al compás de la música. El
lento giro de manos y antebrazos, los codos fijos, los brazos extendidos, los
hombros impulsando el movimiento. Y en el delicado meneo de la cadera toda la
sensualidad del mundo. Francisco, el corazón aleteándole, apagó el tocadiscos y
se desplomó sobre el colchón. Evocó la imagen y logró repetirla. Una película
muda. Apretó los ojos hasta que le dolieron. El sonido irrumpió, estrepitoso. Noche
en la ciudad, sábado, gente que viene y que va. El dolor bajó a los
testículos.
Suena la campana y la maestra dice niños pueden
pararse silencio por favor salgan en orden y cuando llegamos al patio me arrimo
a la pared y se me acerca un chico alto que dice hola me llamó Ricardo pero
todos me dicen Jirafa y yo me presento soy Francisco y el sonríe y me dice ya
nos dimos cuenta y tengo miedo de ponerme de nuevo colorado y él me pregunta
por qué te pasaron y yo le contesto no sé y él averigua eras de los burros y yo
niego con la cabeza pero él insiste te portabas mal y yo tengo que negar de
nuevo mientras veo que se acerca otro chico y como se nos queda mirando Jirafa
le pregunta qué te pasa Rafa tenemos monos en la cara y Rafa contesta quería
ver de cerca al nuevo y me palmea el brazo viejo se la hiciste gorda a la seño
seguro que todavía está violeta de la rabia y Jirafa dice es un grande y me
pasa la mano sobre el hombro entonces suena la campana y formamos fila y
entramos al aula y me siento en mi lugar
que es al lado de Horacio.
Antes de salir controló el correo electrónico. Alejandra
no está bien, ayer amaneció con mucha temperatura y decidieron internarla para
hacerle estudios. La tuve que dejar sola porque no tenía qué hacer con los
chicos. Brian se durmió llorando, pidiendo por la mamá; me acordé tanto de Tobi. No sé cuánto voy a resistir, los extraño más
de lo soportable. Perdoname, no estoy en un buen día. Esta noche llamaré por
teléfono alrededor de las ocho, que estén todos, por favor. A medida que
leía, el estado de ánimo de Francisco se iba deteriorando. Un anzuelo enganchado
al alma lo jalaba hacia abajo. En un instante sus modestas preocupaciones
rebajadas a la categoría de boludeces. Agradecía que todavía no
existieran máquinas que le permitieran a Valeria conocer los desfiladeros por
donde caminaban los pensamientos de su marido. Ella horadada por el dolor, la soledad, las
responsabilidades y él dedicando tiempo y energías a meditar sobre las
exigencias de Alicia, el egocentrismo de su madre, la indiferencia de su padre.
Ojalá hubiera sido solo eso. Horas de su vida escuchando a Vicky. Prefirió no
pensar en Claudia. Además se le estaba haciendo tarde. Apago la computadora y
partió.
Suena la campana y salimos de nuevo al recreo
justo cuando aparecen los del A y Claudio me pregunta che Francisco por qué te
cambiaron y yo le digo no sé y Adrián dice por algo será y me dan ganas de
trompearlo entonces lo veo a Enrique y me acerco y le digo viste lo que me pasó
y él mira el piso y en eso Horacio me
hace señas y yo voy y me pregunta si
quiero cambiar figuritas y le digo bueno
y también está Jirafa que averigua tenés la treinta y cuatro y por
suerte la tengo y se la cambio por la
diecisiete que es la única que me falta para completar la página y me pongo
contento pero lo sigo mirando a Enrique
que mira el piso.
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