Me despierto y la cama es un horno y tengo
ganas de hacer pis qué macana y trato de aguantarme pero no me aguanto y busco
la linterna en el cajón de la mesa de luz y me levanto y me pongo las pantuflas
porque a veces hay bichos y paso por el cuarto de Alicia que está abierto y la
cama está deshecha pero vacía seguro que Germán también tuvo que hacer pis y
paso por el cuarto de mamá que está cerrado y llego al baño que está abierto
abierto y vacío y me acuerdo que las bolsas eran solo dos mientras el piyama se
me va mojando.
Sale y con el corazón como una bomba golpea la
puerta vecina. ¿Sí? contesta ella y él dice soy yo. Un buen rato
después Francisco escucha el sonido de la llave descorriéndose. Perdoná la
demora dice ella en el marco de la puerta, sosteniendo con la mano la blusa
a medias abotonada acababa de ducharme. Perdoname vos pide él y se da
cuenta de que ella está descalza. Tiene el pelo mojado y ahora huele sencillo,
a shampoo, a jabón. ¿Pasó algo? pregunta ella preocupada. Quería
contarte lo que acabo de recordar explica él ¿puedo entrar? Ella
abre la puerta y luego la cierra. Los dos parados en la modesta habitación
mirándose. Mi analista, qué ridículo piensa él y descubre que los
pezones de ella liberados del corpiño perforan la blusa. ¿Tenés frío? le
pregunta y ella habiendo acaso interceptado su mirada cruza los brazos y
contesta un poco. Él la mira, turbado, y ella, lentamente, va bajando
los brazos. Sus pezones son una ofrenda. Francisco los recuerda sobre el
bremer y no tiene más remedio que rozarlos con el dorso de las manos
mientras ella, con los ojos cerrados, arquea la columna y eleva el mentón.
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