Instalados en la pequeña cafetería Francisco la
miraba comer un sándwich de milanesa. Sorprendido. Para ella néctar y ambrosía. Claudia le preguntó si había recordado
algo y ante la negativa de él comentó, sonriente, nos falló el elemento
topográfico. Francisco registró el nos y estuvo a punto de inventar
un recuerdo para justificar el viaje pero desistió, otro el objetivo. Ella,
entonces, trajo a colación la anécdota del desfile e hizo referencia a un
presunto segundo triángulo edípico. Los minutos transcurrían sin que
Francisco encontrara la manera de abordarla. Cuando ella miró el reloj él supo
que tenía que actuar con presteza ¿vos recordás tu infancia? Con lujo de detalles
contestó Claudia una niñez tipo de clase media, con un papá profesional,
una mamá ama de casa, una hermano mayor y un perro salchicha; la leche con Piluso, los amarillos de Robin
Hood, helados Laponia, figuritas de brillantes, lapicera Muñeca, el Zorro en la
tele y el teleteatro a la hora del té; no puedo contar nada que sorprenda o
conmueva; tu niñez, es, decididamente, mucho más interesante y aunque salieron cosas a la luz me parece que
todavía queda mucho abajo. Él va a
decirle pero vos no querés ayudarme cuando se da cuenta de que debe
apartar la conversación del consultorio porque ella ya le ha dicho que en ese
terreno no va maaaás. Está a punto de perderla. Ceeerooo. Llegó
el momento. ¿Y tu adolescencia? arriesga él y ella contesta más todavía. Él
insiste ¿de todo te acordás? y ella desconcertada dice creo
que sí. Él, con el pulso acelerado, ruega no equivocarse ¿también de mí?
Ella frunce el entrecejo ¿por qué me lo preguntás? Él , perdido por
perdido, dice hace unos días que me azuza una canción. ¿Eso que tiene que
ver conmigo? pregunta ella intrigada. Él la mira con fijeza El amor es
azul. Ella baja levemente los párpados, inclina el cuello y al fin sonríe nunca
entendí lo que quisiste decirme confiesa agitando la cabeza. Él va a
explicarle cuando se acerca el conserje perdón, ya vamos a cerrar y
empieza a apagar las luces. A Francisco le gustaría asesinarlo, ahorcarlo
con una media de seda como diría su mamá. Busca la billetera pero el hombre
dice lo cargo a su cuenta. El hombre los conduce hasta las respectivas
habitaciones, les entrega las llaves y está por retirarse cuando Claudia le
pide despiérteme a las ocho y mientras el hombre se va le explica a
Francisco tengo un paciente a las once luego le dice buenas noches abre
la puerta de su habitación y antes de que él pueda reaccionar la cierra.
Francisco escucha el ruido de la llave. Desamparado entra a su cuarto.
Mira entonces a través de la ventana. La tormenta arrecia. Tombe la pluie
quand tu n’es plus
la.
Prepará
las cosas dice mamá y yo me pongo contento porque me encanta ir a la quinta y
más todavía cuando vamos solos capaz que mamá me juega al chinchón y a los aros
que me gusta tanto verla correr que cuando corre y se ríe parece casi como
Alicia. Estoy poniendo en mi bolso sandokán que le rompí la tapa pero me falta
poco y la caja de mis ladrillos que me compró papá cuando mamá me grita desde
la puerta apuráte que Victorio se impacienta suerte Victorio que la lujanera
tarda tanto y me hace vomitar y me subo y me siento adelante pero mamá me dice
mejor andá atrás así podés descansar y vamos por la calle y todos nos miran
porque Victorio no tiene techo de verdad sino capota capota negra y es rojo y
Alicia dice que mamá está loca que a quién se le ocurre comprar un güilis del
treinta que después la plata no le alcanza y pide pero mamá ahora trabaja y lo
compró porque era el más barato que íbamos `por la calle y lo vimos con una
lata y mamá se acercó y le habló al señor y después me preguntó qué te parece
Francisco lo compramos y yo no lo podía creer y le dije que sí y entonces la
culpa no es solo de ella y el señor me dejo subir y me mostró que las ventanas
se ponen y se sacan y no son de vidrio aunque igual son transparentes y además
arranca casi siempre y a Enrique le encanta y cuando viene mamá siempre nos
lleva a dar una vuelta y en la calle nos miran por el auto sin techo y porque
mamá maneja y las mamás casi no manejan y menos autos sin techo y mamá maneja y
se ríe a carcajadas y nosotros también.
Me acuesto en el asiento de atrás y mamá me tapa con su sacón que es de piel y yo lo llamo gato
porque es suavecito como Minina que capaz nos está esperando en la quinta y
cierro los ojos y pienso que a lo mejor Jacinta ya tuvo los chanchitos y estoy
muy feliz porque vamos solos y seguro que mamá me juega a las cartas y a los
aros y cierro los ojos y me da sueño porque ya está oscuro y a mí no me da
miedo aunque Alicia diga qué inconciencia de noche en la ruta siete y con ese
auto. Cuando abro los ojos ya no estoy tan contento porque el asiento de
adelante está ocupado.
Francisco, parado en el cuarto de hotel, sigue
mirando por la ventana. Su historia se está transformando como un rompecabezas
en el que, de a una, las piezas hubieran sido cambiadas por otras de igual
forma pero distinto dibujo que, al instalarse, cuestionaran con su presencia la
validez de la ficha vecina que, a su vez, debería ser reemplazada, ¿hasta
dónde?
Llegamos
y Germán enciende la chimenea y los faroles que se llaman sol de noche y mamá
dice suerte que está Germán que nos ayuda siempre se necesita un hombre y pone
la mesa en la cocina chica y saca las milanesas del paquete y ellos toman vino
y Germán me dice te traje granadina y me pone unas gotas en el agua que se tiñe
toda y mamá se ríe con su risa y yo no quiero pero me contagio y nos reímos los
tres después mamá saca la pava del fuego y el agua hirviendo entra en la bolsa
y Germán dice cuidado no te quemes y le saca la pava y llena la otra bolsa y
cuando termina lleva su bolso al cuarto de Alicia total ella ya no viene y yo
voy al mío y me meto en la cama y las sábanas están duras y húmedas y frías
pero mamá me trae una bolsa y me ajusta las frazadas y me hace nidito que casi
ni moverme puedo y me dice que duermas bien
que sueñes con los angelitos conmigo y con Germán aunque a mí me da como
rabia cuando me dice con quien tengo que soñar.
Insoslayable necesidad. Descubre, aliviado, que
ahora tiene un pretexto para verla. Gracias, mamá.
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