Mientras manejaba dictaminó la vida no es
justa. Valeria lidiando con Alejandra mientras Carolina se iba de
vacaciones. Era evidente que en cada familia había leyes implícitas que
determinaban los roles, leyes incomprensibles para los de afuera. Cuando llegaron ya estaban todos embarcados.
La camioneta de sus cuñados parecía una pajarera y allí depositó a sus tres
pajaritos munidos de respectivas mochilas. Un revuelo de gritos, carcajadas,
ladridos y empujones. Solo falta Pepe lamentó Camilo. Francisco envidió
la infancia que estaban viviendo sus hijos. Qué ilógico, la envidia era un
sentimiento que él asociaba a la parte mezquina de su ser, esa de la que se
avergonzaba. Que sus hijos le despertaran sentimientos mezquinos era algo
inadmisible. Por lo visto, no era tan íntegro como siempre había creído.
Los chicos habían dejado un tendal. Recogió
peluches y pijamas pero cuando iba a estirar las colchas decidió cerrar las
puertas de los dormitorios. Se sacó los zapatos y se tiró sobre la cama. No
recordaba cuánto hacía que no estaba solo en esa casa. Evocó una tarde en
Madrid, cuando era muy joven. Por una serie de imprevistos había tenido que
separarse por unos días de sus compañeros de viaje. Mientras caminaba por la
Gran Vía pensaba que no había nadie que supiera dónde estaba en ese instante,
nadie que tuviera manera de comunicarse con él. Había experimentado una salvaje
sensación de libertad. Hubiera querido
desnudarse para comprobar su invisibilidad. Un átomo vagando en el cosmos. La
situación actual era más modesta pero igualmente disfrutable. Para inaugurar el
anonimato, buscó el libro de turno e invirtió unos minutos localizando el punto
donde había interrumpido la lectura. Valeria se fastidiaba con él, no entendía
porque no usaba los miles de señaladores que le había ido regalando. Él
proponía excusas que soslayaban la verdad: buscar la palabra abandonada era su
única manera de leer. El rastreo de las páginas precedentes le permitía retomar
la atmósfera del libro antes de embarcarse en la lectura lineal. Encontró el renglón
cuarto de la página treinta y cinco y leyó un par de hojas hasta que se dio
cuenta de que no tenía ni la menor idea de lo que acababa de leer. Depositó el
libro sobre la cama. Trató de pasar lista a las actividades que sus hijos le
impedían realizar: dormir la siesta, escuchar música a todo volumen, caminar
desnudo por la casa, comer en la cama, masturbarse con tranquilidad. Y no se le
ocurrían muchas más. Se alarmó: era demasiado peligroso tener tanto tiempo
disponible. Como si una biblioteca entera se hubiera desplomado sobre él, se
sintió sepultado por sus temas pendientes. Analizándose ahora, descubría
que hacía semanas que su pensamiento era fragmentario, trunco. Dedicaba horas a
sentir algo con exquisita precisión y sin embargo, instantes después escindía
lo experimentado y saltaba a otro tema. Como un estudiante que pese a saber
cada bolilla no logra recordar el programa en su integridad. Las cosas parecían
existir en diferentes dimensiones. Cómo podía ser que hubiera vivido con tanta
intensidad su reencuentro con la Claudia adolescente y que horas después,
frente a la adulta, lo olvidara por completo. Francisco dudó, ¿había vuelto a
verla después de haber bailado con ella? El tiempo dejó de ser lineal. Hacía poco, tomándoselas a Camilo, había refrescado
las conjugaciones verbales. Una parte de su vida transcurría en presente
coexistiendo con varios pasados
diferentes. Pretérito perfecto, imperfecto, pluscuamperfecto, anterior.
Multitud de vidas simultáneas. Él era el nene al que obligaban a comer tortilla
y era el padre que liberaba al nene de comerla; era el escolar conminado a leer
en alta voz, el angustiado analfabeto y
el padre leyéndole a Tobi. Vomitaba sopa
y disfrutaba de la sopa de arroz. Era el paciente de Claudia y el adolescente
que se le declaraba con torpeza. Alicia le hablaba de sucesiones en un palco
del Colón. Guillermo lo ataba mientras comían panqueques. Era el padre de sus
hijos y el hijo de sus padres. Se preciaba de su incondicional fidelidad y sin
embargo no extrañaba a su mujer. Sintió como una bofetada. La madre del
borrego. Cómo podía haberse hecho tanto el imbécil. Se incorporó en la cama
súbitamente y se lo dijo con todas las palabras. Estoy loco por Claudia.
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