viernes, 8 de abril de 2016

40

Mientras manejaba dictaminó la vida no es justa. Valeria lidiando con Alejandra mientras Carolina se iba de vacaciones. Era evidente que en cada familia había leyes implícitas que determinaban los roles, leyes incomprensibles para los de afuera.  Cuando llegaron ya estaban todos embarcados. La camioneta de sus cuñados parecía una pajarera y allí depositó a sus tres pajaritos munidos de respectivas mochilas. Un revuelo de gritos, carcajadas, ladridos y empujones. Solo falta Pepe lamentó Camilo. Francisco envidió la infancia que estaban viviendo sus hijos. Qué ilógico, la envidia era un sentimiento que él asociaba a la parte mezquina de su ser, esa de la que se avergonzaba. Que sus hijos le despertaran sentimientos mezquinos era algo inadmisible. Por lo visto, no era tan íntegro como siempre había creído.

Los chicos habían dejado un tendal. Recogió peluches y pijamas pero cuando iba a estirar las colchas decidió cerrar las puertas de los dormitorios. Se sacó los zapatos y se tiró sobre la cama. No recordaba cuánto hacía que no estaba solo en esa casa. Evocó una tarde en Madrid, cuando era muy joven. Por una serie de imprevistos había tenido que separarse por unos días de sus compañeros de viaje. Mientras caminaba por la Gran Vía pensaba que no había nadie que supiera dónde estaba en ese instante, nadie que tuviera manera de comunicarse con él. Había experimentado una salvaje sensación de libertad.  Hubiera querido desnudarse para comprobar su invisibilidad. Un átomo vagando en el cosmos. La situación actual era más modesta pero igualmente disfrutable. Para inaugurar el anonimato, buscó el libro de turno e invirtió unos minutos localizando el punto donde había interrumpido la lectura. Valeria se fastidiaba con él, no entendía porque no usaba los miles de señaladores que le había ido regalando. Él proponía excusas que soslayaban la verdad: buscar la palabra abandonada era su única manera de leer. El rastreo de las páginas precedentes le permitía retomar la atmósfera del libro antes de embarcarse en la lectura lineal. Encontró el renglón cuarto de la página treinta y cinco y leyó un par de hojas hasta que se dio cuenta de que no tenía ni la menor idea de lo que acababa de leer. Depositó el libro sobre la cama. Trató de pasar lista a las actividades que sus hijos le impedían realizar: dormir la siesta, escuchar música a todo volumen, caminar desnudo por la casa, comer en la cama, masturbarse con tranquilidad. Y no se le ocurrían muchas más. Se alarmó: era demasiado peligroso tener tanto tiempo disponible. Como si una biblioteca entera se hubiera desplomado sobre él, se sintió sepultado por sus temas pendientes. Analizándose ahora, descubría que hacía semanas que su pensamiento era fragmentario, trunco. Dedicaba horas a sentir algo con exquisita precisión y sin embargo, instantes después escindía lo experimentado y saltaba a otro tema. Como un estudiante que pese a saber cada bolilla no logra recordar el programa en su integridad. Las cosas parecían existir en diferentes dimensiones. Cómo podía ser que hubiera vivido con tanta intensidad su reencuentro con la Claudia adolescente y que horas después, frente a la adulta, lo olvidara por completo. Francisco dudó, ¿había vuelto a verla después de haber bailado con ella? El tiempo dejó de ser lineal.  Hacía poco, tomándoselas a Camilo, había refrescado las conjugaciones verbales. Una parte de su vida transcurría en presente coexistiendo con  varios pasados diferentes. Pretérito perfecto, imperfecto, pluscuamperfecto, anterior. Multitud de vidas simultáneas. Él era el nene al que obligaban a comer tortilla y era el padre que liberaba al nene de comerla; era el escolar conminado a leer en alta voz, el  angustiado analfabeto y el padre leyéndole a Tobi.  Vomitaba sopa y disfrutaba de la sopa de arroz. Era el paciente de Claudia y el adolescente que se le declaraba con torpeza. Alicia le hablaba de sucesiones en un palco del Colón. Guillermo lo ataba mientras comían panqueques. Era el padre de sus hijos y el hijo de sus padres. Se preciaba de su incondicional fidelidad y sin embargo no extrañaba a su mujer. Sintió como una bofetada. La madre del borrego. Cómo podía haberse hecho tanto el imbécil. Se incorporó en la cama súbitamente y se lo dijo con todas las palabras. Estoy loco por Claudia.

Al atardecer, luego de haber escuchado música a todo volumen, comido en la cama, dormido la siesta,  caminado desnudo por la casa y haberse masturbado con toda tranquilidad invocando las piernas de Claudia, seguía tirado sobre el colchón revuelto y era tanta la inquietud que por fin entendía a los consumidores de ansiolíticos. Su cabeza era un remolino y  ya no encontraba qué hacer. Se levantó y fue hasta la computadora. Jugó un par de solitarios que estuvieron lejos de devolverle la paz. Entonces abrió su correo y cliqueó en nuevo. Asunto: Otra vez perdón. Cuando miró por la ventana ya estaba oscuro noche en la ciudad, sábado. A intervalos de media hora revisó, sin suerte, su casilla de mail. La noche ya es día, y yo sin dormir

No hay comentarios:

Publicar un comentario