A mis tres hermaos
Uno recordaba una línea de acontecimientos y fechas, desde donde uno se encontraba en aquel momento y hacia atrás. Es decir, una línea temporal (…) cuando se llegaba a la infancia ya no había línea; entonces, más bien aparecía un paisaje de acontecimientos, era imposible recordar el orden, su cronología, tal vez, éstos no siguieran orden alguno, sino que estaban dispersos, como sobre una planicie.
PETER HOEG
Los
fronterizos
PRETERITO
PERFECTO SIMPLE
.
Francisco levantó la vista del libro. Un esfuerzo
leer con tan poca luz. Lo apoyó a los pies de la cama y se incorporó. Controló
el goteo del suero y la mascarilla del oxígeno. Ya las dos de la mañana. Quizás
Valeria estuviera en lo cierto: su presencia allí no tenía razón de ser. Su
madre no había abierto un ojo ni movido un músculo en toda la noche. Francisco
alisó las sábanas, apartó ligeramente la silla de la cama, recuperó el libro y
volvió a sentarse. Libro que depositó sobre su pantalón arrugado. Una masa de
horas, indiscriminada, agobiante. Su madre había empezado a sentirse mal el día
del cumpleaños de la nena. Náuseas que se fueron transformando en vómitos
incoercibles sin que los médicos entendieran qué estaba pasando. Radiografías
de aquí, análisis de allá. Todo encuadrado en la burocracia resultante de su
condición de jubilada. Cada práctica médica se realizaba en un lugar
diferente, en horarios imposibles que nunca eran respetados. Recuerda con
precisión la primera visita al gastroenterólogo. Cuando llegaron, la sala de
espera estaba repleta. Decenas de representantes de la tercera edad sentados, una al lado del otro, en
lamentable exposición. Pasen y elijan su anciano favorito. Se ubicaron
entre ellos. Después de media hora Francisco comenzó a impacientarse. A las
cinco tenía que retirar a los chicos del colegio. Le preguntó a una viejita con
bastón sentada a su derecha a qué hora la habían citado. 15 y 30. Algo
no andaba bien. Le preguntó, entonces, a un hombre gordísimo instalado al lado
de su madre. 15 y 30. Se paró y, recorriendo la sala, repitió
infinitamente la pregunta. Increpó,
furioso, a la secretaria ¿por qué todos 15 y 30? Es la hora en que llega el
doctor fue la lacónica respuesta y ante la cara desorbitada de Francisco
agregó además, ellos no tienen nada que hacer. Hubiera querido
trompearla pero tuvo que conformarse con solicitar el libro de quejas. Se
acercó a su madre y sin explicaciones la agarró del brazo, la izó y pese a sus
ruegos, la arrancó del consultorio, descargando la indignación contra la
puerta. Un vía crucis. Encima, escuchar las protestas de Valeria contra
sus hermanos. Un diálogo entre las enfermeras, a viva voz, en el pasillo, lo
despegó de sus pensamientos. ¿No podían tener más cuidado? No. En el transcurso
de esas semanas había llegado a la conclusión de que la mayor parte de los
profesionales de la salud perdían de vista que el objeto de sus
manipulaciones eran seres de carne y hueso. Cada estudio había representado
para Francisco una odisea. Dar mil vueltas hasta conseguir estacionar justo enfrente.
Subir a buscarla. Tocar el timbre y esperar, con el corazón galopando por causa
de la demora, que le abriera. Más deteriorada, más sucia que el día anterior. Comprobar que cada vez le costaba más
movilizarla. ¿Podía la artrosis avanzar tanto en veinticuatro horas? Subirla al
ascensor pensando que tenía que conseguir una empleada. Llegar a la planta baja
diciéndose que ya hacía una semana que se lo había propuesto. Mientras la
arrastraba hasta la puerta decidir que la situación ya había llegado al límite,
su madre no podía estar sola ni un día más. Luego montarla en el asiento
rogando llegar a destino sin que vomitara. Francisco se daba cuenta ahora,
mientras seguía sosteniendo el libro cerrado sobre las piernas, que en esos
momentos no le había quedado espacio
para preguntarse qué habría estado pensando ella, transportada como un objeto,
quizás consciente del fastidio de su hijo, luchando contra las náuseas.
Náuseas, él sí que sabía de náuseas.
Cerró los ojos. Otra vez pensando en sí mismo. Inspiró profundamente. Mirá
todos los trastornos que te causo se disculpaba permanentemente su madre y él no había buscado
palabras para confortarla. Hasta el día en que, después de suspender una reunión
importante, llegó al hospital con los zapatos nuevos vomitados y la enfermera
les comunicó que el ecografista había tenido que retirarse, Francisco estalló. Minutos
después los médicos se arremolinaron y lo que parecía imposible se produjo:
placas y análisis encadenados en el mismo momento, en el mismo lugar. Francisco
se encendió de rabia, ahora al lado de su madre inmóvil, al recordar al
traumatólogo blandiendo la radiografía junto a la camilla al tiempo que decía con
estas rodillas, que se despida de volver a caminar. Y así fue. Cuando le
comunicó que habían decidido internarla, su madre se limitó a encoger los
hombros. Francisco no se atrevió a leerle la mirada. La dejó allí. Sola. Llegó
a su casa y presionado por Valeria, llamó a Alicia. Si puedo mañana me doy
una vuelta, fue su respuesta. El ruido de la puerta abriéndose lo
sobresaltó. Un camillero que seguramente había arribado al lugar equivocado
porque, sin excusarse, cerró con brusquedad y desapareció. Era él mismo que le
había recomendado a la enfermera que tuvo que contratar para que acompañara a
su madre. También tuvo que pagar la diferencia para que la trasladaran a una
habitación inLdividual. Él iba un par de veces por día, pero permanecer más de
diez minutos le resultaba intolerable. Le habían tenido que poner pañales y de solo
recordarlo, las náuseas lo amenazaban. Su madre había sido la estampa misma del
pudor. Impensable verla ni siquiera en camisón. Tal vez desconectarse fue el
único recurso que había encontrado para poder sobrellevar tamaña humillación.
Porque hacía unos días que al intentar que su madre tomara la cuchara su
impaciente mamá, comé obtuvo un ¿para qué?, que fue lo último que
escuchó de ella, y fue también la última vez en que su madre movió alguna parte
de sí misma. Los médicos resolvieron la situación fácilmente: no quiere
comer igual suero. Recién ayer había conseguido que la viera un neurólogo
que después de revisarla y comprobar que pese a la inmovilidad conservaba los
reflejos, indicó una tomografía de cerebro. Francisco sintió que esa noche sí
debería quedarse. ¿Por qué hoy? había preguntado Valeria. Y aunque no lo
sabía, se encontró justificándose con el estudio que le harían en cuanto
amaneciera. Además, le vendría bien estar solo. Hacía semanas que se había
transformado en una máquina que intentaba, a duras penas, conciliar
obligaciones. Estaba cansado, demasiado cansado. Se reacomodó.
Se despertó sobresaltado. Las cuatro de la mañana.
Se paró. El goteo del suero era normal. Se acercó a la cama y reacomodó la
mascarilla. Su madre abrió los ojos. El corazón de Francisco se aceleró. Ella
lo miró. ¿Qué había en esos ojos? Él le apoyó la mano en la frente. Dos
lágrimas pesadas rodaron por la cara de la madre. Dios, ¿había estado consciente durante esa eternidad de horas muertas?
La mascarilla comenzó a agitarse. Hecho un impulso, se la quitó. Su madre movió
los labios, resecos por el oxígeno. Francisco buscó un algodón en la mesa de
luz, lo embebió en agua y se lo acercó a la boca. Ella lo buscó con la lengua.
No tenía la dentadura. Hubiera querido golpearla para devolverla a las
tinieblas pero se encontró prometiéndole ya va a estar todo bien, mamá.
Ella, los ojos fijos, ladeó casi imperceptiblemente la cabeza y emitió un
sonido desarticulado. Lo invadió un terror irracional. Tranquila, mamá.
Su mano volvió a la frente. Los sonidos se arrastraban indescifrables,
guturales, pero en los ojos de su madre
había una intención. Estaba seguro. Hubiese necesitado ser sabio y solo se le
ocurrían tonterías. Su madre inspiró hondo y logró articular prometeme… ¿Qué, mamá, por favor qué? Esto no podía estar pasándole.
Quería escapar. Que alguien viniera a salvarlo. Valeria, Horacio murmuró
mientras humedecía los labios de su madre que continuaba esforzándose. Después
cerró los ojos, tal vez vencida. Francisco se apartó de la cama. El estómago
revuelto. Se acercó a la ventana y apoyó la frente sobre el vidrio. Un hombre
cruzaba la calle. Instantes después regresó junto a su madre, que seguía con
los párpados cerrados. Estoy aquí, ¿me escuchás, mamá? Le apretó ambas manos con fuerza sin
obtener respuesta. Entonces volvió a ajustarle la mascarilla. Después se sentó
en la silla, se apretó a sí mismo con los brazos cruzados, bajó la cabeza e,
involuntariamente, comenzó a balancearse. Para adelante, para atrás.
La pasaron a una camilla y de la camilla a una
ambulancia. Francisco con ella por la calle todavía oscura. Era la primera vez
que se subía a una ambulancia. La sirena no sonaba, qué extraño. A Camilo le
hubiera gustado estar allí, en su colección de autitos la ambulancia era la
preferida. Ahí estaba él, acompañando a su madre mientras pensaba en su hijo.
Su madre y su hijo. Cerró los ojos hasta que lo sorprendió el chirrido de una
frenada. Recién entonces juntó coraje para mirarla. Parecía dormida. La bajaron
con brusquedad. Vio como la cabeza le retumbaba sobre la almohada. Luego la
metieron atada, en un tubo que comenzó a girar. Por favor, mamá, no te
despiertes. A la tarde le dieron los
resultados. Un cerebro acorde a su edad. El hemograma perfecto, el pulso
parejo, la respiración, ya sin oxígeno, normal. Nada de que preocuparse. Que
los médicos dijeran lo que quisieran: su madre se estaba muriendo. Y él sabía
que no la iba a poder acompañar.
Acercó al oído su reloj. La pila no se había
detenido, lo que estaba detenido era el tiempo. Miró a su alrededor. A pesar
del trajinar de médicos y enfermeras, estaba solo. Le dolía el alma, ontológico
término que lo remitía, casi con exclusividad, a los labios de su madre. ¿Era
el alma ese hueco delimitado por las costillas transformado, ahora, en un punto
de dolor? Y no era la misma categoría de dolor que recorría su columna, sus
huesos todos. Al cerrar los ojos sus otros sentidos se exacerbaron y el rodar
de las camillas se transformó en estruendo, el olor a sopa y a desinfectante en
provocación. Volvió a abrirlos. Tomó de pronto conciencia de lo absurdo de la
situación. Estaba sentado esperando que muriera su madre. Sentado en el duro
banco del pasillo porque tenía la certeza de que si ella intentaba de nuevo
hablarle el sistema nervioso de él iba a estallar. Logró serenarse. Quizás los
médicos tenían razón y era él el loco. Sí, seguramente era así y no había nada
que esperar. Entraría a buscar sus cosas. Empujó la puerta con cuidado y,
conteniendo el aliento, de puntillas, se acercó a la cama. Su madre parecía
estar esperándolo porque en cuanto lo percibió abrió los ojos, movió los labios
y, cuando Francisco estaba a punto de escapar, la madre, con los ojos abiertos,
mirándolo, dejó de respirar.
Un ruido lo sorprendió. La puerta frente a la cual
aguardaba se abría. Francisco miró a su alrededor, ansioso. Hubiera querido
pedirle al hombre corpulento que se acercaba que esperaran unos minutos pero no
se atrevió. Le llamó la atención que no tuviera uniforme. Hacía días que estaba
rodeado de uniformados. El hombre lo condujo por el pasillo hasta que chocaron
con una camilla tapada con una sábana inmaculadamente blanca. El hombre la
descorrió. Francisco tragó saliva y miró a su madre. Un alivió comprobar que le
habían cerrado los ojos. La observó con atención. La piel amarillenta, el
cabello pegoteado a la cabeza, profusión de arrugas alrededor de los párpados,
de la boca, un rosario de manchas marrones salpicando el rostro, un hilo de
baba en la comisura de los labios agrietados. En eso se había transformado su mamá.
Sin poder soportarlo, cerró los ojos. Y, entonces, detrás de las pupilas se le
superpuso otro rostro. Se resquebrajaron una a una las capas que recubrían a esa anciana que no era su mamá y
la piel se estiró hasta restablecer su tersura, los ojos se deshicieron del
velo que los cubría, recuperaron sus contornos nítidos y comenzaron a brillar,
la boca volvió a ser su boca y los labios pintados de rojo estallaron en
carcajadas. Esa risa se le adentró, hasta colocarse en el centro de su ser.
Recobrar la deslumbrante madre de su infancia lo descontroló. Casi corrió por
el pasillo. Atravesó la puerta. Valeria ya estaba allí. La abrazó. Ella lo
apretó fuerte. Un punto de apoyo; en la vida, hijo, todo se reduce a
encontrar un punto de apoyo.
¿Oscuro o claro? ¿herrajes dorados o plateados?
fíjese, aquel, por una pequeña diferencia, es notablemente superior, observe el
lustre. Ojalá hubiera dedicado tanto tiempo a elegirle un
vestido, un regalo. Ni hablar de la cantidad de dinero. Qué más daba. Porque se
pudriría tanto en uno como en otro. No obstante, se encontró intentando
recordar la madera preferida de su madre. Y no se permitió elegir el más
barato. Su mamá no merecía el peor cajón.
Francisco, sentado en otra silla dura, de alguna
manera seguía esperando. Y ahora era la mezcla del olor a flores y a cigarrillo
lo que provocaba su malestar. Apoyado en la pared, entornó los párpados. Hasta
que percibir una respiración a su lado lo obligó a abrirlos. Sin saber por qué,
se incorporó. Quizás solo por buena educación, porque una vez que se encontró
de pie se le terminaron las intenciones. Me acabo de enterar dijo
Guillermo. La expresión de sus ojos increíblemente verdes lo condensaba.
Guillermo era como un gato. Libre, seductor y profundamente egoísta. Sin
embargo, Francisco no lograba tenerle rencor. Su hermano estaba demasiado
desligado de todo y de todos como para ser juzgado con las mismas leyes que se
aplicaban al resto de los mortales. Francisco sin decir una palabra, lo abrazó.
Guillermo le palmeó la espalda y luego de un instante se apartó, giró sobre sí
mismo, en silencio, y se alejó. Francisco, con un solo movimiento, se dejó caer
sobre la butaca. Escondió la cabeza entre las manos. Así quedó, hasta que unos pasos le anticiparon la
cercanía de su mujer. Se descubrió la cara. Valeria se sentó a su lado y le
tomó la mano, gesto que en lugar de aliviarlo, aumentó su angustia. Apretó los párpados y cuando los abrió
comprobó que Alicia estaba atravesando la puerta. La esperó de pie. Ella caminó
hacia él, imponente pese a ser tan menuda. De negro. Aunque siempre vestía de
negro. Cómo fue preguntó mientras lo besaba en la mejilla. Francisco se
encogió de hombros. ¿Sufrió? Alicia se sentó junto a él y le pasó el
brazo sobre el hombro como si fuera una criatura. Francisco no recordaba la
última vez que habían estado tan próximos. Instantes después percibió la
rigidez de ambos cuerpos. Porque su
familia de origen no había sido afecta a los contactos. Sin saber tampoco cómo separarse permanecían
en silencio. Le quedaba claro que a Alicia solo le daba lástima la lástima del
hermano menor. El hermanito. El cuerpo se le aflojó. Cerró los ojos y se
entregó al contacto.
Qué distinto el velorio de su padre. Francisco no
había podido encontrar un lugar en medio de la caravana de gente importante que
Alicia recibía con un aplomo admirable,
a pesar de que él sabía lo que había significado para su hermana esa
pérdida. Aplomo que también Guillermo supo demostrar. Francisco había vuelto a
ser el nene menor. Nunca consiguió sentirse un hombre frente a su padre. No
creía que hubiesen compartido una sola conversación que rozara los sentimientos
ni que su padre se hubiera interesado por alguna de las decisiones importantes
de su vida. Tenía la certeza de haber sido el menos querido de los tres. Quizás
el desconsuelo que experimentó ante su muerte más que por su pérdida fue por no
haberlo tenido nunca tanto como lo había necesitado. El intolerable dolor de
saber que no era protagonista del dolor.
Un deudo secundario.
Absurdo pero rotundo: los tres no estaban velando a
la misma madre. Francisco ya estaba acostumbrado a sentirse hijo único. La
hermana había decidido que el bienestar de la madre no era asunto que le
competiera. Alicia la llamaba para el
cumpleaños y para el día de la madre. Se reunían para Navidad. Pero de
responsabilidades, nada. Un día, ante un pálido reclamo, Alicia había
sentenciado mirá, Francisco, lo lamento por lo que a vos te toca, pero yo no
pienso hacerme cargo de mamá y ahí había concluido la conversación. A
Guillermo ni siquiera le había planteado el tema. Y Francisco, de alguna
manera, los habilitaba. Pese a las discusiones posteriores con Valeria, que no
entendía nada del vínculo entre ellos. ¿Sabés lo que son tus hermanos?, dos
vivos, eso es lo que son. Por eso, además de por los chicos, había
preferido que Valeria se fuera. Lo único que le faltaba era que el velorio se
transformara en una batalla verbal entre sus hermanos y su mujer. Ya con qué sentido.
La madre solía utilizar a Francisco para enviarles recados o para averiguar lo
que a sus primogénitos no se animaba a preguntar. Cualquier gesto que de ellos
procediera se convertía en una fiesta. Motivo por el cual Francisco se había
alegrado del par de fugaces visitas de Alicia al hospital. Sin embargo,
Guillermo no había ido, ni una sola vez había ido. Estaba tan enredado en sus
pensamientos que solo descubrió a Horacio cuando le habló. Se abrazaron
apretada y largamente.
La noche transcurrió lentísima. Valeria, pese a sus
indicaciones, apareció a las tres de la mañana con un termo y con su chocolate
favorito. Era curioso, el sentimiento predominante ante las muertes cercanas
era la vergüenza por sus necesidades vitales. Se convencía, entonces, de que no
podía tener hambre, sueño, sed. Pero fue tal la insistencia de su mujer que
terminó mordisqueando la tableta. Flanqueado por Valeria y por Horacio, vio
llegar el amanecer. A gatas contestaba y hasta le molestaba escucharlos
charlar. Su mujer y su mejor amigo tan próximos y sin embargo tan ajenos a sus
necesidades. Había una porción de sí mismo inmune a los acercamientos. Una
cáscara que al tiempo que lo aislaba le daba forma, evitando que se derramara. Como
la valva de un molusco. Buscando alivio en el movimiento se acercó al
cajón. Miró a su madre. Dentro de unas horas se acabarían, para siempre, las
posibilidades de observarla. Nunca había
reparado de dónde procedían las orejas de Luciana, la impecable curvatura de la
frente de Camilo, las cejas de Tobi. Jamás la había examinado tan intensamente.
Solo a alguien muerto o dormido se lo puede contemplar así. Se concentró
en la boca. Tanto que le pareció que los labios se despegaban. Huyó como del
diablo, y se reubicó junto a su mujer que dormitaba. Francisco entornó los
párpados. El chocolate le había caído mal, empezaba a tener náuseas. Y en esa
oscuridad privada descubrió que era huérfano. No por ser adulto dejaba de ser
huérfano. Se le ablandaron las costillas de desvalimiento. Valeria se reacomodó
y le apoyó una mano sobre el muslo. Francisco la tomó y con delicadeza palpó
los nudillos, delineó las uñas ovaladas, perfectas. Entre miles, aun a oscuras,
podría reconocer esos dedos. Ambos aumentaron la presión del contacto.
Con la luz del amanecer hizo su aparición una
anciana sacada de un libro de cuentos. Impecable cabello blanco, pañuelo de
seda anudado al cuello, zapatitos con
tacón, cartera colgada del codo. Le costó reconocer en ella a Delia. También su
abrazo lo conmocionó. Muchas horas de la vida de su madre se habían llenado con
las interminables conversaciones telefónicas con Delia, sobre todo cuando las
piernas les empezaron a fallar. Ella los necesitaba tanto, nunca aprendió a estar sola. Tu madre te
adoraba, siempre fuiste la luz de sus ojos. Mientras la ayudaba a subir al
taxi, una última frase Elisa fue una mujer excepcional, vos fuiste el único
que supo valorarla.
El frío de la muerte se encarnizó con los vivos. Los
huesos transformándose en escarcha a medida que bajaban escaleras y recorrían
galerías. Advirtió que, salvo los suegros de Alicia, no había representantes de
la generación de su madre. Una comitiva cercana a los cuarenta enterrando a su
mamá. Se felicito por no haber dejado que fueran los chicos. Además del frío
lacerante y del deseo de aliviarles dolores, no tenía espacio para ellos. Demasiado
hijo como para tener que ocuparse de ser padre. Parado frente al nicho
calibraba el tamaño de su angustia. Hacía tiempo que ya no precisaba a su
madre, que no ocupaba en pensar en ella más que un par de segundos diarios. Sin
embargo un agujero se le instalaba en las entrañas. Y así como al nacer su
primer hijo había descubierto que ya no ocupaba la punta de la rama,
ahora, al tocar por última vez el cajón
elegido con tanto esmero, supo que su árbol genealógico se quedaba sin raíz.
Bruscamente se cerró la tapa del nicho. Le entregaron una tarjetita. Galería
28, fila 4, 375. El nuevo domicilio de su mamá. Supo que jamás la
visitaría. Se aparto del grupo y salió. El viento arreciaba. Temió salir
volando. Sin raíz. Horacio se acercó y lo sujetó del brazo. Un punto
de apoyo.
Llegó y sin posibilidad de contener las preguntas de
los chicos, se dio una ducha y se acostó. Despertó, horas después, empapado.
Fue hasta el baño y vomitó. Se acostó nuevamente. Valeria le acercó una
buscapina y un termómetro. Treinta y nueve. Sin embargo, amaneció sin fiebre. Vamos a dar una vuelta te va a hacer
bien distraerte. Con qué fuerzas. Valeria salió con los chicos. Al
anochecer, cuando regresaron, él seguía en la cama.
Tuvo que levantarse y enfrentar de nuevo
obligaciones y rutinas. Todo agravado por el descalabro provocado por los días
de hospital. En el estudio los problemas lo esperaban en fila y los chicos,
como respuesta al primer abandono al que los había sometido, todavía más
demandantes que de costumbre. Se sentía fagocitado. Todos intentaban
acompañarlo pero él no se animaba a confesarles que lo agobiaban. Precisaba
estar solo. Revivir sus últimos instantes de hijo. Como si solo así pudiera
prolongar la vida de su madre unos instantes más. Porque ya lo había
experimentado con su padre: cada minuto que transcurría iba borrando, lenta
pero inexorablemente, las huellas. Y el olor de la ropa se iba diluyendo, el
recuerdo del sonido de la voz se iba opacando. Hasta que, en un proceso que
quizás demandara años, los últimos átomos de un muerto desaparecían el primer
día transcurrido sin que nadie, aunque fuese durante la milésima de un segundo,
lo recordara. Por omisión, cómplice uno de la muerte.
Después de
dejar a los chicos en el colegio, tras días de postergaciones, se dirigió al
departamento. Subió hasta el cuarto piso y tocó tres timbres. Durante unos
segundos quedó inmóvil esperando los pasos desparejos, el ruido de la mirilla.
Avergonzado, miró a su alrededor. Buscó en el bolsillo la llave que su madre
había marcado con esmalte de uñas. Un corazoncito rojo. Desde abajo de la
puerta lo asaltaron multitud de papeles amenazantes y antes de agacharse supo
que serían los dueños de muchas de sus horas. Impuestos, expensas, reuniones de
consorcio, notas del sifonero. Por suerte las persianas habían quedado
levantadas y se colaba el sol. Sin
sacarse la campera, se desplomó sobre un sillón, añorando la sonrisa con que se
iluminaba el rostro de su madre cuando lo veía llegar. Se reclinó sobre el
respaldo. Acudió a su boca el sabor del infaltable té con que ella intentaba agasajarlo. Agua pura en
porcelana. Por que nunca te pedí que lo
hicieras más cargado. Francisco se tocó las mejillas sorprendido: él jamás
lloraba. Las lágrimas se fueron transformando en sollozos, que lo sacudieron,
haciéndolo temblar.
Le tomó otros cuantos días juntar fuerzas para
regresar. Recorrió en cámara lenta los ambientes atiborrados. La madre nunca
había querido deshacerse de sus muebles y a medida que las mudanzas la habían
ido privando de metros cuadrados, los objetos se fueron concentrando. Pasó un
dedo por la biblioteca. Pese al aparente orden resultaba claro que hacía mucho
más de un mes que nadie limpiaba. Fue a la cocina a tomar agua. Sacó de la
alacena un vaso tan engrasado que tuvo que lavarlo. Con jabón blanco porque su
madre siempre había sostenido que el detergente le estropeaba las manos. Abrió
la heladera. Enfrentarse con los restos de huevo pegoteando la huevera fue la
confirmación. Él había supuesto que su madre estaba en condiciones de llevar
adelante esa casa y era obvio que no había podido. Él no había registrado las
condiciones reales en que había vivido su mamá. Siempre demasiado apurado, visitas
de médico decía ella. Solo para recoger un impuesto o
dejarle dinero. Porque los almuerzos en el comedor atestado de muebles habían
quedado atrás. Rememoró con nostalgia las cintas argentinas del 25 de mayo, los
churros del 9 de julio. El vermut
servido en el bar, Camilo agitando las piernas en los bancos altísimos
tomando granadina con pajita en una copa de cristal. Pero a medida que su
familia crecía fue resultando más fácil tocarle el portero eléctrico y venirla
a buscar. Casi todos los domingos. Aleatoriamente cuando faltaba Carmen. Aunque
en el último año habían ido prescindiendo de su ayuda. Demasiada carga para su
artrosis los tres nietos. Me contó mi Luciérnaga que el sábado están de
casamiento, ¿querés que me quede con los chicos? No hace falta, Valeria combinó con Carmen. Pero para mí es un gusto.
No, mamá, está todo arreglado. ¿Querés traerme a alguno? Por favor, no
insistas. ¿Ya ni para cuidar una criatura sirvo? Volvió al living. Sentado
en el sillón intentó recorrer con disciplina los empolvados estantes de la
biblioteca. Príncipe y mendigo, Sandokán, El pequeño lord, Corazón, Peter
Pan, La colina de los conejos. Se incorporó y se acercó a uno de los
estantes más altos, colmado de maltrechos libros de lectura. Upa,
Cogollitos, Pininos. Tomó uno. En la primera hoja una redonda cursiva
infantil germen de la inconfundible caligrafía de su hermana. Alicia
Cristina Castillo. 3ro A. Lo hojeó. Retratos y frases enérgicamente
tachados. Yo amo a Evita. Yo amo a Perón. Sonrió descubriendo qué
antigua era la vocación política de su hermana. Devolvió el libro al estante y
tomó otro. Pasó los dedos por el lomo desnudo surcado de hilos. Moroso, palpó
las esquinas redondeadas, los cantos raídos. Desde las yemas le subió
algo indefinible. Abrió el libro al azar. Un
señor lavando un auto. Lo cerró con violencia y lo abandonó sin guardarlo.
Se puso la campera y salió. Desde el ascensor le avisó a Marcela que iba para
el estudio.
No tuvo buen día. Un cruce de palabras con el dibujante.
Un presupuesto rechazado. Para ventilarse fue a comer en el bar de la esquina
pero le sirvieron un bife que resultó de cartón. Lo abandonó sobre el plato y
fue a dar una vuelta. Desazón decía su mamá. Hasta que las yemas de los dedos le enviaron texturas
ajenas al bolsillo. Recordó un artículo que comentaba que cuando a una persona
le cortan una mano, por cierto tiempo experimenta percepciones que parecen
provenir de ella. Francisco se detuvo. Sacó las manos del bolsillo y se las
miró. Y de pronto se dio cuenta de que estaba en la mitad de la calle, que la
gente caminaba sorteándolo y que él se miraba las manos. Las regresó a los
bolsillos. Tenía náuseas. El bife, seguramente.
Mientras cenaban Luciana comentó la manzana me
ayudó. Camilo acotó una fruta es una cosa, no puede ayudarte. Valeria
salió al cruce a mí fue una pera quien me ayudó. Mujer e hijos trenzados
en una fragorosa competencia verbal sobre la molestia de los dientes flojos,
los métodos para lograr que se cayeran, el caudal de la sangre, el monto de las
compensaciones. Francisco, suspendido, se escrutaba. Presionó la lengua contra
los incisivos, pero lo único que encontró fue resistencia. Su lengua solo
registraba resistencias, virgen de otras sensaciones. Los envidió. Luciana,
reafirmada, preguntó y a vos, papi, ¿alguna fruta te ayudó?
Intentó leer pero no pudo concentrarse. Una molestia
difusa le recorría el cuerpo. Apagó la luz, y se acomodó de cara a la pared.
Valeria entró al cuarto, a oscuras, y se acostó a su lado. Segundos después
Francisco reconoció en la espalda los pechos de su mujer, rodillas calzándose
en el hueco de las propias, una mano rodeándole la cintura. Pudo percibir su
morbidez, su tibieza. Morbidez y tibieza que tenían el poder rotundo de
provocarle una inmediata erección. Cualquiera otra noche. Porque esa, en lugar
de girar y comenzar con la fase dos del rito, Francisco intentó regular el
ritmo de la respiración. Lisa y llanamente, no encontró mejor remedio que
hacerse el dormido.
Iba tan ensimismado que no tuvo reflejos suficientes
para evitar el impacto. El suelo quedó tapizado de hojas que aunque no eran
suyas se agachó a recoger. Momento en que se encontró con su obstáculo humano que
se había agachado con idénticas intenciones. Recién entonces se miraron.
Café mediante, anécdotas del secundario fueron
surgiendo sobre la mesa como dados arrojados desde un cubilete que iba pasando
de mano. Ricardo agregaba un detalle a las imágenes evocadas por Francisco, este
precisaba un nombre o una fecha a las aportadas por el primero. Hasta que
Ricardo se retrotrajo al primario qué quilombo se armó cuando agarré uno de los gatos que
siempre merodeaba por la escuela y lo largué en el aula; la señorita Susana
casi se desmaya; me suspendieron una semana, vos todos los días me alcanzabas
las tareas hasta casa, ¿te acordás? El cerebro de Francisco en blanco.
Ricardo insistía ¿y cuando tu mamá nos llevó a dar una vuelta para probar el
auto que se había comprado? no tenía techo y todos nos miraban; cuando mi vieja
se enteró casi me mata, la tuya era la única madre que manejaba; a veces te dejaba arrancar el auto y todo;
cómo te envidiábamos; siempre fuiste el mejor, yo era un animal, si me habrás
soplado en las pruebas. Jirafa seguía, sin reparar en que hacía rato que
parloteaba solo. Porque Francisco no
tenía ni la menor idea de qué hablaba su amigo. Si le daba crédito a lo
que estaba escuchando, tenía que aceptar que otro sabía sobre él más que sí
mismo. Una angustia insidiosa. Ricardo continuaba pero Francisco solo en parte
lo escuchaba. Tratando de extraer de las neuronas alguna imagen contemporánea a
las que le evocaban. Tan inútil como intentar responder sobre el capítulo trece
de un libro que no alcanza la docena.
Finalmente Jirafa pareció advertir su silencio che, ¿qué te pasa? Francisco
se encontró confesándole lo que siempre
había ocultado, a capa y espada, ante padres, hermanos, mujer, hijos y
amigos. No recordaba nada de su infancia. Nada de nada.
Ricardo lo escuchó en silencio y se quedó
reflexionando. ¿Te acordás de mi hermana?
preguntó al cabo de unos instantes. La imagen difusa de una
adolescente acudió a Francisco que asintió. Es psicoanalista y en este
momento está terminando su tesis, que trata justamente sobre las amnesias; si
querés le pregunto, a lo mejor puede ayudarte.
Francisco esperó hasta el postre para comentar el
encuentro con un compañero del secundario. Los chicos se rieron con la
usurpada anécdota del gato. Cuando Valeria preguntó ¿volverán a verse?
Francisco recién reparó en que no le había pedido el teléfono. Se dio un
interminable baño de inmersión. Con éxito, porque cuando se metió en la cama,
Valeria ya dormía. Él apagó de inmediato el velador. Amnesia. Amaneció
con náuseas.
Dejó a los chicos en el colegio y se dirigió al
trabajo, el informativo de las ocho y treinta en la radio del auto. ¿Cómo se
llamaba la hermana de Jirafa? se preguntó en voz alta, intempestivamente.
Cuando se quiso acordar estaba por Cabildo. No tenía el menor registro de cómo
había llegado hasta allí. Arrimó el auto a la vereda, las sienes palpitándole,
asustado. Arrancó, dobló por Federico Lacroze y retomó Cabildo, en
dirección contraria. Las nueve ya. Manejó prestando mucha atención. Al llegar,
por fin, al estudio, Marcela le comunicó que había llamado su hermana. Francisco
le pidió un té digestivo. Mientras lo revolvía, discó el número del despacho de
Alicia. Hay que iniciar la sucesión.
Los trámites lo desesperaban. Le dio carta blanca. Para algo ella vivía rodeada
de expedientes. Como papá.
Fue a buscar a los chicos al colegio, los dejó
frente a la puerta, Cuando estaba por arrancar Carmen lo detuvo. El
señor Ricardo le dejó este teléfono. Antes de agarrar el papel, Francisco
por fin recordó Claudia, se llamaba
Claudia.
Mientras decidía qué hacer, barajó los sobres sin
abrir apoyados sobre el escritorio. Miró los remitentes. Uno le produjo un
pellizco interno. Sobre los pulgares el mentón, la punta de los índices
sosteniendo la cabeza, cerró los ojos. Amenábar. Imágenes que sin llegar
ya se alejaban. Se los restregó. Al abrirlos miró por la ventana. Anochecía. Se
quedó unos instantes inmóvil y después agarró el teléfono. Cuando cortó, en el
tubo quedó la huella de su mano.
Un beso sin sustancia en los labios de Valeria. Las
preguntas de rutina, mientras de la cacelora ascendía un promisorio aroma. Él eligió contestar me llamó Alicia por
la sucesión. Desde arriba la vocecita de Tobi. Cuidame la salsa que voy a ver
qué quiere el nene. Francisco depositó las carpetas sobre la mesada
y tomó la posta. Por lo visto y por suerte Carmen no había comentado el llamado
de Jirafa. Levantó la cuchara de madera y probó el tuco.
Quince minutos eran demasiados para simular que
miraba vidrieras. Moría por un café. Veneno para su gastritis lo había
alertado el médico. Si vos dejás, te
prometo que yo no fumaré nunca fue él único recurso que el miedo de sus
catorce años había encontrado para convencer a su madre internada por un
principio de enfisema. Para justificar el repentino rechazo a los cotidianos
cigarrillos compartidos en el baño del colegio, había inventado una alergia en
la que finalmente terminó creyendo. Mamá dijo sin darse cuenta. Entró a
la confitería de la esquina. Desde la boca del estómago le subió un malestar
ajeno al café.
Cuando
el ascensor se detuvo no le quedo más remedio que salir. Se secó las manos en
el pañuelo y tocó el timbre. Instantes después escuchó el repiqueteo de unos
tacos altos que se iban acercando. Si la memoria, y de eso se trataba, no lo
traicionaba, había sido una chiquilina flacucha y con aparatos. La puerta se
abrió. Los años habían completado su desarrollo y corregido todos sus defectos.
PRETÉRITO ANTERIOR
La
entrevista se inicia en el mismo tono de la conversación telefónica. Beso en la
mejilla, tuteo. Ninguna referencia al pasado compartido. Sin embargo, en la
inmediata cordialidad, el tácito reconocimiento de que no son por completo
desconocidos. Claudia le explica que como Ricardo te habrá contado está
completando su tesis sobre las amnesias. Francisco solo carraspea. Ella
lo mira fijo un instante y luego continúa la amnesia disociativa,
específicamente, es una incapacidad para recuperar información personal
importante, la cual es demasiado generalizada para considerarla un olvido
normal, digamos que es una falta de memoria autobiográfica; una persona puede
experimentar un conflicto interno tan insoportable que su mente es forzada a
escindir lo inaceptable; no obstante, la información olvidada sigue influyendo
sobre el comportamiento; ¿continúo? Francisco sentado en el borde de la
silla, bebe las palabras, casi anulando la respiración para escucharla mejor y
aunque quisiera decirle que sí, que por favor no se interrumpa, solo asiente.
Claudia sonríe perdoname, cuando comienzo no puedo detenerme y lo
mira el tema me apasiona; hace una pausa y modifica la inflexión de la
voz por lo que conversé con mi hermano y lo poco que me comentaste por
teléfono, creo que esta entidad te calza de perillas, de todos modos hay una
batería de pruebas que deberían confirmármelo. Francisco se decide a hablar
¿y si así fuera? Claudia se apoya en el respaldo del sillón, cruza las
piernas y la pollera trepa sobre sus rodillas, descubriendo los muslos, las
medias negras hay diferentes métodos para intentar recuperar la memoria, que
incluyen hasta el uso de fármacos. El rostro de Francisco se tensa y agita
la cabeza involuntariamente. No te asustes, lo que yo propongo es mucho
menos cruento de nuevo Claudia sonríe
hace años que vengo trabajando en la exposición del paciente a
referentes concretos de su pasado él
levanta las cejas objetos, fotos, personas, ámbitos sobre todo; lo que más me interesa es lo que
denomino el “elemento topográfico”, escenarios donde transcurrieron los hechos olvidados; para
facilitar el trabajo suelo aplicar técnicas de hipnosis. ¿Hipnosis? tantea
Francisco inquieto. Ella ignora sus temores y sigue
explicando la mayor dificultad es destrabar los primeros recuerdos, luego es
habitual que estos vayan surgiendo espontáneamente en los momentos menos
esperados; lo que hay que tener en cuenta es que las memorias recuperadas a
veces no reflejan acontecimientos reales; de todos modos el hecho de completar las lagunas, aun con
inexactitudes, contribuye a reforzar la
identidad descruza las piernas, apoya las manos en las rodillas y adelanta
el cuerpo hacia él que, instintivamente, se echa hacia atrás. Francisco, qué opinás pregunta y su mirada es tan intensa que a él le duele.
¿Qué
novedades? Obviar la entrevista hubiera cambiado la carátula
de omisión por la de ocultamiento. Es largo, después de comer te cuento.
La cara de sorpresa de Valeria mientras él enfilaba hacia la escalera. Media
hora después Francisco, sentado a la mesa, observaba a sus hijos. Con
detenimiento. Tobi, en la silla alta,
aprovechando que su madre estaba en la cocina, metía las manos en el
puré de calabaza y con cara de suma satisfacción se chupaba los dedos uno por
uno, mano tras mano. Los cachetes transformados en engrudo naranja. Francisco
se encontró deslizando un pulgar interrogativo sobre las yemas restantes. Como
la lengua con los dientes flojos, reparó en que sus manos eran huérfanas de
pastosidades. Valeria regresó con una fuente y al ver el enchastre puso el
grito en el cielo. Francisco, intempestivamente rugió dejalo. La escena
se congeló. Valeria parada, los mayores con los cubiertos suspendidos, Tobi con
los dedos culpables en la boca. Cuatro pares de ojos desorientados sobre
Francisco. Dejó la servilleta sobre la mesa y se levantó. El estómago dado
vuelta.
Estaba
arropando a Tobi cuando lo sobresaltó la voz de Valeria desde la cocina.
Francisco besó al nene y, pese a sus
protestas, bajó. Dos tazas sobre la mesita del living. Valeria esperándolo en
el sillón apoyada sobre un codo, las piernas recogidas, la otro mano sobre los
tobillos. Una posición tan suya. Su voz sonó crispada ¿se puede saber qué
mosca te picó? Francisco se ubicó en el sillón de enfrente. Cruzando los
antebrazos sobre las rodillas separadas, mirando el piso, la espalda combada,
ante una Valeria que lo miraba desorbitada, confesó su ocultamiento de años. Amnesia
disociativa.
La
tensión entre ambos solía incrementar la calidad de los encuentros. Y esa noche
no necesito que Valeria se le aproximara para abrasarse. La tomó sin pedir
consentimiento. Se internó en ella con desesperación. Como si aventurándose en
su matriz pudiera encontrar todo lo que de sí mismo había perdido. Acabaron
juntos. Valeria se desprendió del abrazo y rodó hacia su costado. Instantes
después su respiración se hizo más lenta, acompasada. Francisco hubiera
necesitado reclinarse sobre sus pechos para escucharle el corazón. Fuerte y
rara necesidad de escuchar un corazón de mujer que disciplinara el suyo. Que lo meciera. Para
adelante, para atrás.
Tengo que retirar a los chicos del colegio.
Avanzo por la calle en patineta. Me deslizo con facilidad. Llego a la estación
y voy a la boletería. Una adolescente me da un cartón que dice Mar del
Plata-Luján. Sobre las vías avanza un auto rojo muy antiguo con capota negra
que hace mucho ruido. Le hago señas pero no se detiene. Le pregunto a un hombre
que lleva una caña de pescar si esta es una estación de trenes. Me dice que sí
pero que las vías están muertas. Llega un colectivo destartalado de la línea
515 y me subo pero me dicen que mi boleto es para un vagón de traje. Me bajo.
Voy corriendo a la boletería desesperado porque sé que los chicos están en
peligro. Le pregunto a la adolescente que ya es una mujer por qué me dio para
un tren de traje si yo le había pedido para el que saliera primero. Le digo que
por su culpa perdí a mis hijos, inexorablemente. Le grito. Ella me dice que lo
siente mucho por mí. Le pido que me acompañe. Vamos caminando de la mano. Ella
detiene un auto. Yo subo. Ella le dice al remisero: saque ya mismo a este
hombre de aquí. El coche arranca. Sé que es julio. Abro la ventanilla y agito un pañuelo azul. En el momento en que despertó, sobresaltado,
recordaba el sueño con exquisita precisión. Apretó los párpados para no
perderlo porque tenía la certeza de que su pasado y su futuro estaban metidos
allí. Hasta que la presión en la vejiga se hizo insostenible. Tuvo que abrir
los ojos y encender la luz. El sueño comenzó a desvanecerse. Los cerró
bruscamente pero fue inútil. Cuando por fin llegó al baño a gatas consiguió
orinar. Tenía taquicardia. Recorrió los dormitorios de los chicos. Tapó a Tobi y cuando estaba destapando a
Camilo, sepultado bajo su acolchado, recuperó
una frase. Vía muerta. Se le oprimió la garganta. Fue hasta el
living, se recostó en el sofá y
encendió, sin sonido, el televisor.
Después de un rato lo apagó. Quedó reflexionando sobre la propuesta de
Claudia hasta las cinco de la mañana.
Estaba
en el estudio, intentando terminar un presupuesto pese a los bostezos, cuando
Marcela le pasó un llamado de Valeria. Con solo dos horas de sueño
reunirse a conversar era casi el peor de los programas. Sin embargo, el horno no estaba para bollos.
En cuanto el mozo depositó ante ellos pan y manteca, Valeria atacó más lo
pienso y más me indigno, en quince años no encontraste el momento para
comunicarme que tu infancia era un agujero negro; no sé cómo no me di cuenta,
no puedo creerlo. Él la interrumpió lo único que no necesito es que me
retes. A ella se le llenaron los ojos de lágrimas y retiro la mano que él
intentó tomarle. La llegada del mozo con las bebidas fue un alivio. Cuando se
alejó, Valeria, ya repuesta, preguntó ¿qué pensás hacer? Él le explicitó
la propuesta de Claudia. A pesar de que Valeria se mostró interesada, Francisco
percibió su velada hostilidad. El mozo trajo las papas soufflé. Mientras decía gracias
acudió a su mente la palabra nevada. Papas nevadas.
Horas
después, Horacio pasó por el estudio.
Francisco tuvo ganas de comentarle a que no sabés con quién me encontré pero
una cosa llevaría a la otra y no estaba en condiciones de escuchar los reclamos
de Valeria trasladados a los labios de su amigo. Estaban charlando de política
cuando Horacio lo sorprendió decime, ¿por qué tus hermanos no se ocupaban de
tu vieja?, Adriana me lo preguntó en el entierro y no supe qué
contestarle. Aunque era un buen pie
para confesarle su ignorancia de años Francisco solo contestó no estoy de
ánimo para hablar de mi mamá. Horacio cabeceó y reanudaron la conversación
interrumpida. Su amigo se fue y lo dejó a solas con la necesidad de decidirse.
El planteo de Claudia había sido claro: ambos se precisaban. A ella, para
redondear la tesis, le hacía falta solo otro caso. Él precisaba recuperar su
infancia para restablecer el sentido del yo. Arancel cero. Como
anillo al dedo topa con toparías tal para cual un roto para un descosido.
Pero Francisco tenía miedo.
Nuevamente
el taconeo acercándose a la puerta. Claudia lo besa en la mejilla y lo hace
pasar. Francisco piensa que aun a oscuras la estela de su perfume le
señalaría el camino. Se ubican como en la anterior ¿sesión? De nuevo medias negras, otra pollera corta.
¿Cuándo
se inició la sensación de extrañeza? Francisco reflexiona
durante unos instantes y luego comenta no sé si tiene relación, justo hoy se
cumple un mes del fallecimiento de mi madre. De qué murió pregunta Claudia. Una lesión en el píloro provocada por los
inflamatorios que tomaba a mansalva por su artrosis contesta él. No
parece causa suficiente insiste ella. Fue un paro cardiorrespiratorio, en realidad. Ella
no ceja sí, pero provocado por qué él
levanta los hombros o sea que desconocés el motivo de la muerte de tu
madre. Francisco queda en silencio y recién descubre que desde el primer
vómito, él supo que su mamá se había quebrado. Punto de no retorno. Mamá se
dejó morir afirma de pronto. ¿Vos querías que tu madre se muriera?
Sobre llovido, mojado. A Alejandra, su cuñada que
vivía en Estados Unidos, la tenían que operar de un tumor en la mama dentro de
quince días. Y estaba sola, con los dos nenes chiquitos, además. La otra
hermana, Carolina, con cinco hijos a cargo, el último un bebé. Valeria era la
única posibilidad y luego de muchas deliberaciones decidió que iría. Solo el
amor por su hermana podía lograr que se planteara separarse de los chicos por
primera vez. Además, no es momento para dejarte. Como si también pasara
por ella regular el momento en que las desgracias se presentaban.
Claudia deja la libreta sobre la falda y se
desabrocha el primer botón de la blusa. Francisco también tiene calor. Se saca
el suéter y se acomoda el cabello. ¿Profesión? continúa ella. Arquitecto.
¿Y a qué te dedicás? Francisco se relaja y arranca ni bien me recibí comencé a trabajar en uno de
los estudios más importantes de Buenos Aires
y me pusieron a diseñar los
primeros edificios gigantescos con piel de vidrio; me pagaban muy bien y
fui escalando posiciones, hasta que después de un par de años entré en crisis;
un buen día fui a trabajar y al sentarme frente al papel de calco descubrí que
me había quedado en blanco; estuve una tarde completa incapaz de trazar ni una
línea; y pateé el tablero, a pesar de las discusiones con mi mujer. Ella lo
interrumpe ¿estás casado? mientras
libera el segundo botón. Sí,
hace como quince años él se
apresura a continuar a pesar, te decía, de que a mi mujer le agarró el
ataque, al día siguiente presenté la renuncia; en el estudio no podían creerlo,
ofrecieron duplicarme el sueldo, la posibilidad de asociarme; pero fue un basta
para mí; pocas veces en mi historia me sentí mejor conmigo mismo que cuando
salí de ese mausoleo, metí mis cosas en el auto y me instalé en la Confitería
de las Artes; pedí un café y saqué una hoja, me acuerdo como si fuera hoy:
bueno Francisco, ahora qué querés hacer me pregunté; tuve una revelación: yo
quería arreglar casas viejas, casas con huellas del paso de generaciones;
detesto esas casas elegidas por catálogo, que parecen haber sido depositadas
por una grúa gigantesca sobre un césped de utilería, envueltas para regalo con
papel de celofán; cuando me topo con escaleras de mármol, molduras, azoteas, escondrijos, siento que eso es lo mío y
cuando meses después consigo que una casa arruinada adquiera el confort de la
modernidad conservando su esencia, siento que esa es la única manera que tengo
de luchar contra un supuesto progreso que para mí no es tal concluye satisfecho, seguro
de haberla impresionado. Claudia anota en la libreta y él está orgulloso
por eso se descoloca cuando ella acota quince años de matrimonio, casi un
prodigio en nuestra época. A él le molesta el comentario y necesita
justificarse para mí no entra en la
categoría de lo posible pensar en romperlo. Ella levanta la vista de la
hoja para preguntarle ¿se llevan mal? Él cabecea para nada, vivimos
en armonía. Ella ladea la cabeza y sonriendo añade curiosa manera de
calificar un vínculo amoroso. Francisco se siente torpe y está por decirle
que jamás discuten cuando Claudia relee lo escrito, levanta la mirada y le
pregunta ¿hiciste terapia alguna vez? No, creo que a la vida hay que
abarajarla como viene y tratar de amigarse con lo que a uno le toca; me parece
una puerilidad suponer que haya alguien con poderes para organizar nuestro
transcurrir; creo que es una suerte de religión de los ateos supuestamente
progresistas contesta
Francisco recuperando su autoestima, pero ella se la baja de un hondazo entonces,
¿por qué estás acá? Intenta defenderse Ricardo me comentó de tu
tesis mientras descubre que está
iniciando una terapia. Es loable que entregues tu tiempo para colaborar con
el trabajo de una desconocida. Él no sabe qué decir. Ella lo mira con
insistencia. Él se reacomoda en la silla. Ella no. El silencio es cada vez más
tenso y él sabe que ella no lo romperá. Creo que necesito ayuda por fin
dice y se da cuenta de que le duele que ella lo considere un desconocido.
Hasta las desgracias tenían beneficios secundarios.
Valeria estaba tan preocupada por la hermana y tan ocupada buscando la mejor
manera de paliar su ausencia en la facultad y en el hogar, que no le quedaban
demasiadas energías para estar pendiente de él. Y menos aún para rencores. ¿Cómo
te fue? le preguntó distraída mientras confeccionaba con letra de maestra
una larga lista de números telefónicos. Nada por el momento, está
recopilando datos; hasta que terminemos con esto, entrevistas de admisión las
llama, iré dos veces por semana. Francisco se sorprendió de ver surgir un Guillermo
de las manos de su esposa. ¿Y después? siguió inquiriendo Valeria sin
mirarlo. Francisco se preguntó cómo resultaría vivir sin ella.
Controló la lista de los mandados elaborada
por Valeria. Iba a tomar el teléfono, obediente, cuando decidió que le daría
una sorpresa. Cuando llegó, las oficinas de Alicia eran un enjambre de
clientes, papeles y empleados. Tuvo que
recordarle a la secretaria quien era. Perdóneme, no lo reconocí, tome
asiento que ya lo anuncio. ¿Necesitará Tobi alguna vez ser anunciado ante
Luciana? pensó mientras se
retiraba. En cuanto regresó al estudio sonó el teléfono. ¿Por qué te fuiste?
fueron las primeras palabras de la gran abogada. No quise importunarte
contestó él, intentando sonar displicente.
No digas tonterías, ¿necesitabas algo? Cómo confesarle que había
tenido ganas de verla. Valeria tiene que hacer el poder dijo. Cuando cortó, la opresión en el pecho
no había disminuido. Porque tengo en el alma cicatrices, imposibles de
olvidar.
La lapicera de ella se desliza sobre la libreta
cuando comenta sin mirarlo qué valiente tu mujer. No entiendo dice
él desconcertado. Debe estar muy segura de sí misma para dejarte solo
durante un mes. Francisco necesita pensar qué responder pero ella lo interrumpe
sonriendo admisión terminada; prepárese, señor, porque el rescate de su
memoria acaba de empezar. Francisco descubre que cuando ella sonríe
francamente se le hacen hoyuelos.
Concluido el trámite, Alicia los invitó a tomar algo
enfrente. Francisco observó a su esposa y a su hermana. Envidiaba la capacidad
de las mujeres de comunicarse a pesar de las discrepancias. Él sabía que su
mujer juzgaba a Alicia, fría y egoísta.
Intuía que Valeria había bajado varios puntos en la estima de su hermana cuando
decidió, hijos mediante, relegar su hasta entonces exitosa profesión.
Mirándolas charlar, tan animadas, parecían harina del mismo costal.
Francisco notó que hacía días que las frases hechas acudían a sus labios. Almas
gemelas. Sacudió levemente la cabeza. Valeria y Alicia charlaban. ¿Habrían
conversado alguna vez sobre él? ¿Cuánto
le importo a mi hermana? De pronto sintió que iba menguando sobre la
silla. Soy invisible. Después de un largo rato Alicia pareció reparar en
su existencia ¿querés otro té?
Francisco se mira en el espejo. Abre la boca.
Se pasa un dedo por los dientes. Patina. Los raspa con la uña. Se arregla el
cabello. Ya tiene algunas canas. Se abrocha el saco y luego se lo desabrocha.
Controla el reloj. La puerta se abre. Sale del ascensor.
Solo los he visto juntos en la foto de mi
bautismo contesta él. ¿Por
qué se separaron? Alguna vez escuché a mi madre diciendo “por esa mujer”. Ella aclara cuando un
matrimonio se rompe no es por culpa de “esa
mujer” y se agacha a recoger la suntuosa lapicera plateada. A través del
escote de la blusa de seda, Francisco ve el nacimiento de sus pechos. Redondos,
voluptuosos. Mirámela a la flacucha, piensa. Ella, ya reubicada, lo
observa, como esperando una respuesta. Sí, estoy seguro, en más de una
oportunidad la escuché hablar de “esa mujer” repite él, turbado, sin saber
si su reafirmación viene al caso. ¿Nunca
le preguntaste a quién se refería? Él niega con la cabeza ¿ni a
tu papá? Él niega por segunda vez ¿por qué? Él se toma unos segundos antes de arriesgar supongo que porque
presentía que no querían hablar de eso. Ella es una percutora ¿tu
madre tuvo otra pareja? Parece
que no entendieras se impacienta él no conservo recuerdos de mi época
del primario, ni de la anterior; en cambio, a partir de los doce años,
todo se ve absolutamente nítido. ¿Te pasó algo a esa edad? Él
recurre al humor a lo mejor me golpée
la cabeza para intentar disipar la
inquietud por eso quedé tonto, además
inquietud que rápidamente se transforma en sorda angustia. Llegó el
momento de hacer todas las preguntas que te has guardado durante tantos años.
La angustia de él ya no es sorda ¿querés que golpeé la puerta de los nichos?
Un presidente no hubiera tomado tantos recaudos para
delegar por unos días el poder. La agenda de Francisco quedó tachonada de
obligaciones: reuniones de padre, visitas al dentista, el taekwondo de Camilo,
las clases de danza de la nena. Francisco, responsable casi exclusivo de los
traslados escolares, estaba desentendido de todo lo demás y nunca hubiera podido
imaginar que fueran tantas las tareas que Valeria sobrellevaba. Con la
perfección que la caracterizaba. Su familia funcionaba como un reloj de
precisión. Lo asustó saber que, por un mes que esperaba no se extendiera, sería
el único responsable de darle cuerda. Francisco se encontró pensando que tendría que cambiar los horarios de terapia.
Se ubican en sus respectivos lugares. Curiosa
semisonrisa de Claudia, enigmática la califica Francisco. Mona Lisa
la de mística sonrisa. Él cruza los
brazos y su mirada vaga, sin detenerse. Resulta obvio que ella está esperando
que empiece a hablar pero él no sabe si
corresponde que le recuerde mañana Valeria se va. Cree entender que el
trato solo incluye el pasado. Qué podría importarle a Claudia que él esté asustado
porque mañana Valeria se va. ¿Nada por decir? indaga ella y él se
sobresalta. Las palabras se le atoran en la garganta. Ella lo sorprende ¿alguna
vez te hipnotizaron? él cabecea ¿querés que lo intentemos? Él traga
saliva y asiente con el mentón, casi imperceptiblemente. La sonrisa de
ella ahora es decidida y regresan los hoyuelos aflojá los brazos. Él
está arrepentido. Atemorizado. Ella no parece notarlo o lo nota y no le
importa, tiene sus propios objetivos piensa
Francisco mientras ella le ordena cerrá los ojos, inspirá, exhala,
concentráte en el ritmo de tu respiración, inspirás, exhalás, cada vez más
lento y más profundo, inspiración, exhalación, todo sigue estando bajo tu
control; los relojes se invirtieron y el tiempo y el espacio caminan hacia atrás,
muy despacio, dejate flotar en algún lugar, concentrate pero no te esfuerces,
un lugar, buscá un lugar, tu lugar. Francisco se siente peculiarmente
tranquilo. Está con Claudia, en el consultorio y tiene la clara noción de que todo depende de su voluntad. Aprieta fuerte los párpados. Un lugar.
Inspira con tanta profundidad que la respiración se le detiene. Percibe la mano
de Claudia sobre su antebrazo y siente vértigo. Imágenes que se acercan solo
para alejarse. Espacios, ámbitos, vacíos y llenos, alturas y proporciones.
Aires, olores, texturas. Ni un rostro. Hasta que blancos y negros se abalanzan
sobre él. Blancos y negros que se van geometrizando hasta transformarse en
rombos enlazados, alternados. No hay duda: eso es un piso. Vacío y brillante.
Se endereza en la silla, asustado, y espontáneamente abre los ojos. Mal don.
Las imágenes desaparecen. Vuelve a cerrarlos y aunque intenta relajarse es
inútil: un desierto, yermo, opaco, silencioso. Un agujero en su interior crece
y crece, succionándolo. La mano en su antebrazo aumenta la presión. Abrí los
ojos, Francisco, ya es suficiente. Él obedece. Ella está frente a él,
sonriéndole. La paz regresa. Está a punto de tomarle la mano cuando ella la
retira.
Partieron los cinco para Ezeiza. Cuando llegó el
momento de la despedida Tobi se aferró al cuello de su mamá. No hubo manera de
convencerlo. Francisco tuvo que desprenderle los bracitos a la fuerza. Ante los
alaridos de Tobi, Luciana, que ya se había despedido tranquila, se sumó al
concierto. Con Tobi en los brazos
retorciéndose y pateándolo, y la nena restregando la cara mojada contra la manga de su saco, Francisco solo
pudo agitar una mano mientras Valeria, desencajada, se alejaba caminando hacia
atrás. Ni mimos ni palabras alcanzaron para tranquilizarlos. Callate, tarada
fue la única ayuda que aportó Camilo. Francisco, pese a los principios de
Valeria, debió apelar a prosaicas golosinas que por supuesto tuvo que
triplicar. Consiguió, por fin, meter a su diezmada familia en el coche. Camilo
le preguntó puedo ir adelante y él
asintió con el consiguiente berrinche de la nena. Francisco logró convencerla
de que a ella la precisaba atrás, para cuidar a Tobi. Qué ruido hace este
auto informó el copiloto lo tendríamos que cambiar. Los autos no
importan intervino Luciana
hay que usarlos hasta que no den más. Vos callate que no sabés nada. Sí, papá
lo dijo, se lo dijo a mamá. Sos una mentirosa. Preguntale a mamá, ya vas a ver.
No puedo, tarada, ¡no te das cuenta de que mamá se fue! ¡Mamá!, ¡mamá!
recomenzó Tobi con un chupetín en la mano. Francisco, apretando fuerte el
volante, buscó, en medio de los bocinazos, un lugar donde detenerse.
Transpiraba. Para ese entonces Tobi ya había modificado su discurso ¡papá,
papá!
Los mayores excitados, Tobi haciendo pucheros, una
proeza lograr que se acostaran. Después de una ducha se desplomó en la cama.
Estiró al máximo brazos y piernas. Todo mal tiene un beneficio secundario. ¿Cuánto
hacía que no podía despatarrarse a su antojo? Apoyó la cabeza sobre las manos
cruzadas y sonrió, ligeramente culpable.
Salió de la obra y se subió al auto. Manejando
pensó en sus hermanos. El tema del pasado siempre había sido tabú entre los
tres y Francisco no sabía si el tácito
acuerdo respondía a motivos que formaban parte de todo lo olvidado. Al llegar a
su casa encontró titilando el contestador. Quería saber cómo se fue Valeria
y cómo quedaron los chicos Francisco empezaba a sorprenderse cuando el
mensaje continuó con respecto a la sucesión, yo ya consulté con un par de colegas de mi absoluta
confianza pero hay que decidirse, llamame por favor.
Los tres
no velamos a la misma madre pero los tres la
heredaremos en idéntica
proporción ponderó Francisco
mientras masticaba y se sintió mezquino. Al fin de cuentas, quizás siendo igualmente injusto, a él le
había tocado la tercera parte de su papá.
De los bienes de papá se
corrigió. Guillermo hizo uno de sus impecables chistes y Francisco, abandonando
elucubraciones, rió. Los tres rieron. Un
bife en cada plato. Una única fuente de papas fritas. Guillermo, sin consultarlos, le indicó al
mozo nosotros compartiremos un panqueque de manzana y para la señora un
café, bien cargado por favor. La
imagen del padre reemplazó a Guillermo. Ese almuerzo ya había existido.
El panqueque se extinguía sin que Francisco se
hubiera animado a encararlos. Tragó el último bocado. Les quiero hacer una
pregunta arrancó con
torpeza ¿por qué se separaron papá y mamá? Francisco interceptó un cruce
de sorprendidas miradas. No está en los planes de mi día hablar del tema
se escabulló Alicia. Y menos en los míos se sumó Guillermo llamando al
mozo. Francisco se sonrojó. El mozo llegó con la cuenta y Guillermo metió la
mano en el bolsillo hoy invitó yo. Se despidieron hablando de abogados y honorarios como si la
pregunta nunca hubiese existido. Sí, evidentemente él había atentado contra
algún remoto pacto que ellos habían demostrado saber defender. Se sintió ligado
a sus hermanos como nunca. Tres en uno. Uno en tres.
Alejandra internada, esperando que mejorara el
hemograma para encarar la operación. Valeria ya en funciones, su eficiencia
desplazada de hijos a sobrinos. Te
extraño dijo ella y él contestó mecánicamente yo también. Mientras
el teléfono iba pasando por los tres pares de manitos Francisco evaluó que
Valeria estaba a mucho más de los veinte mil kilómetros que indicaba el
mapa. En otra dimensión, a años luz de
su piso damero. Involuntariamente retuvo la respiración. Mañana vería a
Claudia y todavía no había cumplido con las indicaciones. Horas después,
acostado en el centro de la cama, se dispuso a
hacer los deberes. Respiro hondo, intentó relajarse. Sin embargo,
ninguna imagen acudió a su mente. Dependo
de su voz.
Llegó al estudio y, decidido, tomó el teléfono ¿sabés
la dirección de la casa en que nací? El tono de Alicia fue zumbón ¿a qué
viene tu súbito ataque de curiosidad?
Francisco se sorprendió de su propia brusquedad ¿la recordás o no?
La palabra se le deshacía en la boca como un
bombón de chocolate. La pronunció una y otra vez. Y se le aparecieron rostros
pronunciándola. Su madre, su padre, Alicia, sus abuelos. Rostros que serios,
muy serios, abrían la boca de la cual salía la palabra, una y otra vez.
Francisco agitó levemente la cabeza. Le avisó a Marcela que salía a almorzar. Amenábar.
Las manos caprichosas y las calles cortadas
parecían oponerse a su reencuentro con el 515. Harto de dar vueltas estacionó
el coche, resuelto a caminar. Finalmente llegó. Un petit hotel de los que
amaba. Se acercó a la puerta y rodeó la reja con la mano. Y fueron mil contactos.
Esa reja reconocía su mano y su mano reconocía la reja. Se apartó y caminó
hasta el cordón de la vereda para ampliar el conjunto. Fue insuficiente. Cruzó.
Ahora sí. La puerta de rejas y dos ventanas bajas. Otras tres en el primer
piso. Persianas metálicas, cortinas velando su curiosidad. Cerró los ojos.
Siguió viendo el frente pero en otros colores, otras las baldosas de la calle,
distintos los autos circulando. El pulso se le aceleró. Cruzó y tocó el timbre
con energía. Luego de unos segundos se abrió el postigo tras la reja. Una
anciana se asomó por la rendija. Buenos días, perdone la molestia; yo nací
aquí; mi madre murió hace poquito y tengo una gran necesidad de volver a ver la casa. La mujer
sosteniendo el postigo con firmeza contestó vuelva mañana por la mañana
cuando esté mi hija y se disponía a cerrarlo cuando Francisco la detuvo ¿le
puedo hacer una pregunta? Pregunte,
hijo. En algún lugar de la casa, ¿hay un piso a cuadros blancos y negros? La
viejita sonrió y abrió el postigo francamente ¿este?
Ahora parate ordena ella y él desconcertado obedece cerrá los ojos, aflojá los
hombros. Luego de unos segundos de un silencio tan profundo que él puede
escuchar las dos respiraciones, ella determina el piso damero está bajo tus
pies. Él siente que cae, parado cae, el vacío lo chupa, siente pavor hasta
que, violentamente, vuelve a afirmarse.
Avanzo muy despacio pegado a la pared hasta que alcanzo la alfombra. La
alfombra sofoca mi existencia. Estoy salvado. He descubierto la única manera de
sobrevivir. Francisco abre los ojos. Instintivamente se mira los pies. Los
zapatitos de charol trocados en mocasines. Los contempla con atención.
Marrones, cuarenta y dos. Debajo de la suela de goma, una mullida alfombra
blanca.
Salió del consultorio desvalido. Necesito que me abracen. Valeria
ausente, los chicos en el colegio, improbable que sus deseos se hicieran
realidad. Tendría que visitar a mi hermana se rió de sí mismo. Decidió ir al estudio caminando, quizás el
aire frío lo energizara. Estaba a pocas cuadras cuando resolvió que pasar por
el negocio de Horacio sería mejor
programa. En cuanto lo vio, su amigo abandonó a la cliente que estaba
atendiendo y con sus pasos largos se dirigió hacia él. Una sonrisa de oreja
a oreja. Viejo, me salvaste, esta bruja me tenía las bolas por el piso,
vamos a tomar algo. La empleada heredó a la mujer y salieron juntos. ¿Cómo te trata la
soltería? preguntó Horacio minutos
después mientras revolvía un café. Francisco le contó que todo transcurría con bastante normalidad.
Valeria dejó todo tan
organizado que por momentos parece estar sentada a la mesa con nosotros. No me extraña acotó burlón Horacio. Además, la familia ayuda; el
domingo Moira llevó a los dos mayores al cine; sin Valeria para retarme ni Luciana para ponerse celosa me
empaché de mimar a Tobi; te diría que, en líneas generales, los chicos se la
bancan mejor de lo que me imaginaba; sí, están bien. ¿Y vos? preguntó
Horacio mientras le hacía señas al mozo ¿ya superaste lo de tu vieja? Otra
vez la charla dando pie para blanquear amnesia y terapia. Del trabajo a casa
y de casa al trabajo, como diría el general arrugó Francisco
tengo demasiadas obligaciones para ponerme a pensar. Horacio cerró el
encuentro comentando me encargó Adriana que te preguntara qué querés que les
cocine el domingo. Francisco se desdobló. A una parte suya solían hacerle esa
pregunta. La otra contestó canelones, tu mujer es la única que los
prepara casi iguales a los de mamá.
Llegó a su casa demolido, se sacó los zapatos y
se desplomó sobre la cama. Me pasó una topadora por encima. Claudia y el
piso damero le resultaron tan lejanos como si hubiera transcurrido un mes desde
que me despedí de ambos. Repitió me despedí de ambos y le rugió
en las vísceras una necesidad infinita.
Escuchó entonces un llanto apagado. Aguzó el oído. Tobi. Seguramente los
hermanos lo habían estado molestando. Maldiciendo se levantó, descalzo. Lo
encontró en su cuarto, sentado en el piso, el dedo en la boca, sollozando. Hijito,
¿qué te pasó? El nene levantó hacia él unos ojos tristísimos. Francisco se
acuclilló en el piso. ¡Mamá! dijo Tobi entre hipos. Francisco se sentó y
lo tomó en brazos. Sin intentar siquiera consolarlo lo apretó fuerte. Cómo
paliar con palabras la necesidad infinita de Tobi de estar con su mamá.
Después de la vorágine que significaba lidiar
con la leche, los guardapolvos y las mochilas, desayunar en el bar de la
esquina del estudio era un lujo casi asiático. Se ubicó en la mesa de siempre y
el té con leche, las medialunas y el diario llegaron sin necesidad de ser
pedidos. Recorrió los titulares sin prestarles mayor atención. Zumbando en su cabeza el piso y la voz
que lo había parado sobre él. La decisión fue súbita. Llamó al mozo.
A las nueve y media se encontró tocando el
timbre. Una mujer de su edad entreabrió la ventana. Perdóneme, ayer estuve
aquí, una señora mayor me dijo que volviera en este horario; mi pedido podrá
parecerle insólito pero necesito ver esta casa. Ante el interrogatorio de
Francisco la mujer le contó que vivía allí desde que era niña y que solo habían
hecho las reformas imprescindibles a las casas, como a las personas, hay que
aceptarlas tal cual son; cambiar una ventana
provoca lo mismo que una cirugía estética, la nueva nariz no armoniza
con el tamaño de la boca. Francisco se sorprendió, era como escucharse a sí
mismo. Se lo pido por favor, preciso entrar; dígame cuáles son sus
condiciones, estoy dispuesto a pagar. La mujer rió francamente hombre,
qué desesperado está. Francisco insistió quisiera poder explicarme, yo
no recuerdo mi infancia y pienso que volver a ver esta casa me ayudaría, qué
puedo hacer para que me crea tanteó en los bolsillos mire, este es mi
documento. La mujer cerró el postigo, abrió la puerta ha dado con la
persona indicada, todos dicen que soy una inconsciente pero yo confío en mi
intuición e hizo un gesto invitándolo adelante. Los zapatos de
Francisco reconociendo el piso. Un pie en las blancas, un pie en las negras.
Al fondo una puerta vidriada a través de la cual se adivinaba un patio
interior; a la derecha tres escalones, una puerta tallada y dos pequeñas
ventanas con vitraux. ¿Puedo? preguntó Francisco, la mano en el
picaporte. Recórrala como quiera, tómese su tiempo. La puerta rechinó.
Ante sí el enorme hall con piso de roble de Eslavonia; al frente una soberbia
escalera de madera; a la derecha una puerta y una arcada que comunicaba con la
sala. Allí más vitraux, molduras en las paredes, lámparas y adornos en
profusión. Acostumbrado por su profesión, Francisco trató de prescindir de los
objetos: necesitaba recuperar la cáscara. Caminó en círculo y salió buscando la
otra puerta. Un escritorio. Se acercó a
la biblioteca empotrada con puertas de vidrio y la palpo. Salió. A la izquierda del hall otra arcada
comunicaba con el comedor. Lo atravesó y llegó a un pequeño hall al que
volcaban un baño de visitas y otra escalera, metálica y angosta esta. En la
pared, un armario que le llamó la atención. Siguió avanzando hasta
alcanzar un pasillo distribuidor. A la izquierda un dormitorio y a la derecha,
con salida hacia el jardín, la cocina, con piso de granito original, mesadas de
mármol, muebles de madera. Volvió al pasillo. Avanzando y de nuevo a la
derecha, el enorme comedor diario y
conectada, perpendicularmente, la sala de estar, abierta al frente al patio, al
fondo al jardín. Salió. Entre una araucaria y una higuera, un rectángulo de
lajas rodeado de bancos. Al fondo dos
habitaciones; al frente, el baño de servicio calzado en la cocina. Volvió a
entrar. Atravesó la sala de estar, el patio, el piso en damero y llegó al hall. Frente a él la escalera con
camino de terciopelo rojo, sujeto con varillas de bronce. Subió agarrándose del
pasamanos tallado. Su anfitriona detrás. Arriba un espacioso hall distribuidor.
A la izquierda, dos dormitorios que daban a la calle, separados por un baño
majestuoso: bañera con patas, inconmensurable lavatorio, balanza de pesas
amurada a la pared. Enfrente una habitación cubierta de placares y a la
izquierda otra, enorme, que daba a la terraza.
Unos escalones y otra terracita con una pérgola. Desde la terraza salió
por otra puerta hacia una minúscula cocina adonde desembocaba la escalera
interna. En ese distribuidor tres puertas. Un baño, una habitación absurdamente
pequeña y otra más grande ventaneando sobre el jardín. Se sintió mareado, le
faltaba el aliento. Aunque no hubiese sido su casa lo habría deslumbrado, un
vértigo saber que había comenzado a vivir deambulando por allí. Se despidió tan
aturdido que ni dio las gracias. Subió al auto. Un semáforo lo detuvo frente a
una florería. Estacionó, bajó y encargó dos docenas de rosas. ¿A nombre de
quién? Reparó en que no lo sabía. Escribió sobre la tarjeta que le
ofrecían: Señora del 515, en deuda eterna, el niño que fui.
Imposible esperar veinticuatro horas. Por
primera vez, quizás violando reglas nunca estipuladas, la llamó. Recurrió
a la imagen de una olla a presión para
describirse. Ya en el estudio, siguiendo las instrucciones de Claudia, se sentó
ante la mesa de dibujo, le pidió a Marcela un té, eligió una hoja grande y un lápiz
de los blandos. Trazó, acariciándolas, cada una de las líneas que delimitaban
los confines de sus recuerdos. Seis años de facultad y más de quince de carrera
hallando justificación en la plasticidad y precisión con que iban surgiendo los
contornos de cada habitación. A medida que podía plasmarlas recuperaba sus
destinos. Armario de los guardapolvos, dormitorio de los abuelos,
cuarto de planchado, baño de la tía. Supo que había compartido con
Guillermo el desmedido dormitorio que daba a la terraza. Cuando terminó las
plantas, decidió tomar ambiente por ambiente. Cerró los ojos y trató de
evocarlos en tres dimensiones. Poco a poco los fue poblando. Muebles,
alfombras, adornos, colores. Su mano dibujaba como en trance. Al fin del día
había conseguido bosquejar elementos diversos de casi todas las estancias.
Cuando miró el reloj, juntó los papeles en una carpeta y se encaminó hacia su
casa. Los chicos esperaban.
Las instrucciones de Valeria habían abarcado
cada uno de los treinta días que duraría su ausencia. Carmen había preparado
tortilla de espinaca y Tobi se negaba a comer, los bracitos cruzados, la boca
apretada con fuerza. Los mayores masticaban resignados. Francisco enfiló hacia
la cocina. Regresó con pan lactal, jamón y queso y distribuyó los víveres sobre
la mesa. Yo también reclamó
Camilo. Se encontró confeccionando sándwiches a cuatro manos.
Todo era algarabía, carcajadas. La tortilla, a medio comer, durmiendo en los
platos. Sonó el teléfono. Seguro que es mamá dijo Luciana con cara de
pavor. Él se incorporó a atender. Carolina recabando información sobre sus
sobrinos. Al escuchar a los chicos peleando en la cocina, Francisco tuvo que
cortar abruptamente. Cuando llegó, Camilo intentaba abrir el freezer mientras Luciana lo tironeaba del brazo. Qué
está pasando aquí y él mismo se sorprendió al descubrirse gritando.
Carmen dijo que hoy tocaba fruta se
justificó Luciana mientras
Camilo, aprovechando el descuido de su hermana, concretaba su objetivo. ¿Si
lo comemos del pote? sugirió la nena ya olvidado todo buen propósito la abuela siempre nos dejaba. Pusieron el envase sobre la mesita del living,
los cuatro rodeándolo, arrodillados. Las cucharas ya rozaban el fondo cuando
Camilo, con la cara chorreando chocolate, reflexionó para algunas cosas es
mejor que no esté mamá. Cuando los
supo acostados Francisco se dio una ducha y se
metió en la cama, con la carpeta que había traído del estudio. Encendió
la radio. Luego de un par de compases reconoció a Brahms. Un placer ser
autónomo a la hora de dormir. Para
algunas cosas es mejor que no esté mamá. Abrió la carpeta. Distribuyó los dibujos cara abajo sobre la
colcha y sacó uno al azar. La cocina. Fijó la vista con intensidad. Abrió y
cerró los ojos varias veces. Sintió olor a sopa. Y cuando creyó que las imágenes
se precipitarían, todo desapareció. Exhausto, colocó los papeles sobre la
mesita y apagó la luz.
Sos chiquito y estás en la cocina, aspirá con
fuerza, profundamente, así, muy bien, es ese olor y ya no es vago, es muy
intenso, tan intenso que te marea, ¿lo sentís? Él asiente con los ojos cerrados y le cuenta mamá me
lleva alzado y me para en la puerta de la cocina. Mi silla alta volvió. Me
suelto y corro hacia ella, ebrio de felicidad. A pocos centímetros me detengo.
El olor de la paja recién cambiada me da arcadas. Es mi silla pero no es mi
silla. Mamá me alza y me sienta. Me
revuelco, lloro y pataleo. Intento pararme y mamá me ata con el cinturón. Hay
olor a sopa y a paja. Me pone el babero. La cuchara choca con mis dientes. Doy
vuelta la cara. Me presiona los cachetes, la boca no me hace caso y se abre.
Tres cucharadas, cuatro, cinco. Hasta que vomito sobre el plato con patitos. La
cuchara recoge el vómito tibio y lo devuelve a mi boca. Son letras, es sopa de
letras. Ya no me resisto. Termino mi sopa. Mamá me seca las lágrimas con el
babero, me lo saca, desata el cinturón, me da un beso y me baja.
Mientras Claudia relee lo que acaba de escribir, Francisco siente de nuevo olor
a sopa. Está por alertarla, cuando al cerrar los ojos aparece bajo sus codos
adolescentes la mesa de Jirafa. Los abre, desconcertado. ¿Algo nuevo? pregunta
Claudia con la Mont Blanc suspendida
en el aire. Y él niega. Mostrame lo que dibujaste ayer ordena. Francisco, dócil, despliega ante ella las
láminas. Claudia elige una y se la tiende cuarto matrimonial había
puesto él en una esquina. Solo había logrado dibujar una cama, más por
suponerla que por recordarla. Observá
el dibujo, concentrá tu atención en no pestañear, respirá lentamente, así, muy
bien, no parpadees, como si quisieras descifrar un dibujo en 3D.
Se hizo de noche. Por la ventana se cuela un
reflejo. Tengo sed. Me trepo a la baranda de la cuna. Me bajo con cuidado. Me
acerco a la cama de Guillermo. Le toco la cara pero no se despierta. Tengo
mucha sed. La lucecita del pasillo está encendida. Camino despacio, los pies
descalzos. La puerta está entreabierta. Me asomo. La luna baña la cama. Papá
está arriba de mamá y la empuja y la empuja. Mamá se queja. Quisiera ayudarla
pero tengo miedo. Me doy vuelta y me escapo corriendo. Me acerco a la cama de
Guillermo. Lo toco de nuevo pero no lo llamo porque no lo quiero
despertar. Me trepo a la cuna como puedo
y me tiro sobre el colchón. El corazón me hace tac, tic tac. Las palpitaciones lo aturden. Estoy acá dice
ella chasqueando los dedos. Aunque ya se sabe nuevamente adulto, Francisco
sigue teniendo miedo. Entreabre los ojos, cauto. Vislumbra algo azul. ¿Estás
bien? le pregunta Claudia. Él la mira. Ella le sonríe. El vestido es azul.
Llegó diez minutos antes. Se apoyó en el
respaldo del auto y cerró los ojos. Una olla a presión. Intentó
concentrarse en la melodía interna. Odió
el tránsito, los bocinazos. Miró el reloj. Cerró el auto y bajó. Parado
ante la puerta esperó a que los chicos
salieran. Enjambres de madres cotorreaban a su alrededor conspirando contra las
notas difusas que llegaban solo para irse. Francisco intentaba
identificarlas pero se le escurrían. Qué sabés de Valeria le preguntó una
de las cotorras. Pestañeó, sobresaltado. Antes de que pudiera reaccionar se vio
sepultado por las mochilas de sus hijos.
Mientras iban en el auto Luciana contó estoy enojada con la maestra porque
la prueba estaba perfecta y me puso un nueve Francisco escuchaba distraído todo
porque marqué el sujeto en rojo y la muy boba lo quiere en azul Como tocado por un rayo Francisco exclamó
triunfal ¡el amor es azul! La nena lo miró desconcertada. Cómo
explicarle. Entonces se inclinó hacia atrás y le tiró de las trenzas, el buen
humor súbitamente recuperado. ¡Papi, que me despeinás!
Cumplió sin ganas pero con dedicación su ritual
de padre. Se disponía a acostarse cuando la melodía volvió a azuzarlo. Bajó y
se instaló frente a la computadora. Escribió en la ventana del buscador el
amor es azul. Operaciones cibernéticas mediante logró escuchar el tema por
la orquesta de Paul Mauriat. Varias veces lo escuchó. No era esa la versión que
repiqueteaba en sus oídos. Siendo las dos de la mañana decidió acostarse. Love
is blue
Estaba en la casa de música, revolviendo
cassetes viejos, cuando sonó su teléfono. Alicia reclamando títulos, impuestos,
escrituras que urgían para la sucesión. Los requerimientos de su hermana
recordándole que era un hombre grande con demasiadas obligaciones como para
entretenerse rastreando la discografía de su adolescencia. Guardó el teléfono y
salió. Con las manos vacías. Se las miró. Estaban sucias.
Regresó del estudio temprano y se puso ropa
cómoda. Papá, ¿adónde vas? lo detuvo Camilo cuando estaba abriendo la
puerta. A la casa de la abuela, a buscar unos documentos. ¿Te puedo
acompañar?
Entrar con Camilo fue un impacto. Siempre había
tenido la sensación de que no podía compatibilizar los roles. El Francisco que
había sobrellevado el vínculo con su madre no parecía ser el mismo que le
tocaba a sus tres hijos. Y se sentía tan molesto si su madre lo sorprendía
tirado en el piso jugando con los chicos,
como cuando debía conversar con ella frente a alguna cabecita curiosa. Qué
raro es tocar las cosas de la abuela sin pedirle permiso. La frase dio en
el blanco. Así se sentía cada vez que abría un cajón, tocando a su madre sin
permiso. Varios minutos después otro comentario de Camilo papá, ¿no te
parece que la abuela está acá, mirándonos? Aunque Francisco encontró
enseguida la escritura, la caja de los impuestos resultó un embrollo. A medida
que intentaba ordenarla aumentaba su agitación. En su interior bullían imágenes
que no se decidían a salir. Sintió que Claudia era la única que poseía la
llave. Que sepa abrir la puerta. La voz de Camilo ahora desde el
dormitorio lo apartó bruscamente de sus pensamientos hay una bolsa grande
con libretas en la cómoda, ¿qué hago? Demasiado para sus fuerzas. Hoy sí
que no. Dejala ahí que ya es tarde; andá a lavarte las manos y vamos.
Los chicos ya dormidos, abrió sus mails. No
te imaginás lo que me encariñé con mis sobrinos, parece que los hubiera visto
crecer, como bien dicen la sangre es más espesa que el agua. Valeria, daba
indicaciones, averiguaba, recordaba cumpleaños. Aun a la distancia seguía
intentando controlar todo y a todos. Preguntaba, además, por la terapia. Con
insistencia. Él no tenía ganas de contarle y solo le dijo va avanzando.
Hizo luego el reporte diario y concluyó yo también te extraño. Cumplido
su deber marital, abrió el buscador. El amor es azul. Desechó el
material escuchado la noche anterior y luego de investigaciones varias se
enteró de que el tema había sido
estrenado en el festival de Eurovisión. Bajó el video. Vicky Leandros, por
Luxemburgo. Una chiquilina de quince años. La tela liviana del vestido de
cuello Mao, pollera a la rodilla, anunciando los pequeños senos. Mangas largas
ensanchándose en la muñeca, zapatos con taquitos anchos, pelo lacio con
flequillo, ojos muy pintados. La adolescencia compartida con esa desconocida le
dolió en la piel. La chiquilina saludó y empezó a cantar doux, doux,
l’ amour est doux. Ahora sí, esta era la versión. Cuando llegó al bleu, bleu, l’amour est blue el alma se le desarmó y Francisco tuvo que
cerrar los ojos. Cuando los abrió Vicky bailaba. Los brazos extendidos, los
codos fijos, solo manos y antebrazos girando lentamente. Y en el delicado meneo
de la cadera, toda la sensualidad del mundo. A Francisco se le secó la boca, el
cuerpo ardiendo. Apagó la computadora y fue a acostarse. Como antes, no tuvo
otro recurso que aliviarse con las manos.
En cuanto Marcela salió hacia el banco,
Francisco se instaló frente a la computadora.
El nuevo milenio no era su época. Su estética era la de Vicky no la de
Madonna. La clave está en el deseo mucho más que en su satisfacción. Con
la música sonando obstinadamente, cerró los ojos. Entonces pudo verse junto a
un wincofon. Pantalón far west,
mocasines, pulóver bremer escote en V sobre una camisa escocesa. Era
obvio que observaba algo. Sin embargo, como le había sucedido días atrás sobre
el piso damero, era incapaz de detectar qué estaba mirando con tanta intención.
No logré recordar nada más, es increíble,
porque en cuanto salí de la casa las imágenes se me agolparon, hubiera
necesitado transmitírtelas en ese preciso instante comenta Francisco. ¿Querés que te acompañe? ofrece
ella. Él la mira desconcertado ¿harías eso por mí? pregunta incrédulo y
en cuanto se escucha sabe que se equivocó. Tan expuesto como un molusco sin
su valva. Ella le contesta lo
haría también por vos.
Salió del estudio rumbo a su casa pero a mitad
de camino recordó que había quedado en llevarle a Alicia la documentación. Tuvo
que dar un par de vueltas para estacionar, en medio del tránsito complicado del
regreso a casa. Subió, buscó la caja de los impuestos y salió. Cuando estaba
en el ascensor, ya bajando, advirtió en que en todo el trayecto no había
pensado en su mamá. Había estado en el departamento de su madre, revisando sus
cosas y sin embargo no se había acordado de ella. Anclado en el azul de la
adolescencia. Esa noche se sentó de nuevo frente a la computadora. Se conectó
con Valeria y luego, con Vicky.
La secretaria lo esperaba preocupada. El lunes
se iniciaba una refacción y estaban en veremos. Francisco le indicó que
contratara un volquete y que llamara al corralón para encargar los materiales.
Después fue hasta el baño solo buscando un pretexto para cerrar la puerta al
regresar. El plano parecía escurrirse bajo sus ojos. A media mañana Marcela le ofreció un té que él
rechazó. Mariposas en el estómago decía su mamá. Hizo un esfuerzo
y logró concentrarse. Cerca del mediodía, el teléfono tío, tengo la tarde
libre, ¿qué te parece si retiro a los chicos del colegio? El poder de las
palabras. Tío. Más de veinte años y seguía conmoviéndolo. La
confirmación de la existencia de un lazo que a través de Moira lo ligaba a
Alicia. Su sobrina era un sol. Francisco sos mi sol. Sacudió la cabeza y
siguió trabajando.
Sonó el portero eléctrico. Atiendo yo dijo
Francisco interceptando a una sorprendida Marcela. Frente al espejo del
ascensor se arregló el cabello y se ajustó el cinturón. Enderezó el cuello de
la camisa y al hacerlo percibió que la carótida le latía más de la cuenta.
Respiró hondo. Cerró la puerta del ascensor y giró. Claudia estaba de espaldas
y el viento le alborotaba el cabello. Le vent. Francisco reparó en que
era la primera vez que la veía en el exterior. Se quedó quieto, a unos pocos
pasos, observándola. Arriba de uno tacos
altísimos las piernas perfectas. Tobillos
de galgo pensó. La pollera angosta adherida a las caderas,
ofrendándolas. Cuando ella giró, él apuró el paso y abrió la puerta. A
pesar del frío era un hermoso día de sol. Se inclinó para besarla en la mejilla
y la olió.
Acababan de arrancar cuando Para Elisa irrumpió
en su teléfono. Me olvidé el trabajo de Sociales arriba de la mesa, si no lo
entrego me ponen un uno. Hijo,
estoy trabajando y sin el auto. Claudia le hacía señas. Papá, ¡por
favor! Él tapó con la mano el aparato.
Te llevo ofreció ella. Un
absurdo. Pasar por su casa, retirar el trabajo, ir al colegio, dejárselo al
nene. Todo con ella, manejando en silencio. La cara de alivio de Camilo yo sabía que
no me ibas a fallar. De la escuela directo a Amenábar. Ella resultó mejor
chofer porque sin dar una vuelta de más, estacionó frente al 515. Bajaron. Contemplaron
la fachada como si fuera un templo, durante un largo rato. Luego se acercaron a
la entrada dispuestos a espiar. En pésimo momento porque se abrió la puerta y
la señora casi se los lleva por delante. No pude resistir la tentación de echarle
otra mirada se excusó Francisco. Sus rosas todavía están preciosas, no
se hubiera molestado; tengo que contarle un secreto: me emocionó; espero que
mis declaraciones no le traigan problemas con la señorita. Francisco
recorrió nuevamente la casa. Claudia lo seguía en absoluto silencio. Mientras Francisco inspeccionaba
las distintas estancias las imágenes se le agolparon. Increíble que en décimas
de segundo cupieran caras, sentimientos, voces. Su cerebro, a punto de
estallar, trataba de atrapar las escenas que llegaban y se esfumaban sin que él
lograra asirlas. Tenía clara conciencia de que cada nuevo recuerdo tenía el
poder de borrar uno anterior. Mientras bajaba la escalera se recitaba los
reyes la tortilla el kiosco los dientes en un desesperado esfuerzo por
detener la hemorragia de su infancia. Sin darse cuenta ya estaba afuera.
Mientras el auto rueda él cierra los ojos y
trata de contabilizar las escenas, pero a medida que lo hace se le van
borrando. Un tesoro compuesto de oro líquido se le escurre entre los dedos al
tiempo que lo quema. El auto se detiene y él desciende sin fijarse en dónde
está. Ella lo hace entrar a un ascensor del que segundos después lo saca. Le
abre una puerta y lo conduce hacia el diván. Acostado, los ojos cerrados, deja
que las imágenes salgan por su boca. Un ventrílocuo del ayer.
La
tía trajo de estados unidos unas botellitas con un líquido marrón que se llama
cocacola y es muy dulce y muy rico. Cada domingo Guillermo y yo compartimos
una. A mí no me da asco tomar de la misma
pajita porque se toma con pajita pero a Guillermo sí por eso él toma primero por eso y porque es más grande. Cuando empieza
a tomar yo tengo miedo de que se pase de la rayita y siempre se pasa un poco y
eso me hace enojar pero después es mejor porque yo tomo y él ya no tiene nada.
Me gustaría llevarla al colegio para mostrársela a los chicos porque no me creen nadie en la
argentina tomó nunca cocacola solo Guillermo y yo. La tía trajo montones de
cosas maravillosas algunas me las mostró pero otras no quiso y las guardó. Francisco se reacomoda. Ella carraspea. Él
continúa. Estoy frente al ropero de la tía. Sé que no lo tengo que abrir
pero lo abro. Me sacude el olor a nuevo y
a plástico. Me descompone de felicidad. Hay muchas cajas. En el estante
de arriba veo el camión más maravilloso que nunca haya existido. Es verde.
Cierro rápido la puerta. Miré y estuvo mal pero no toqué. Francisco
abre los ojos. Se incorpora desconcertado. Está temblando. Tranquilo,
Francisco, todo está bien y yo estoy acá le llega una voz desde sus
espaldas. Él vuelve a acostarse. Los párpados le pesan. Tiene que cerrarlos. La
manzana es roja, lustrosa, perfumada. Clavo mis dientes con regocijo. Disfruto
del ruido. Es dura jugosa. Muerdo de nuevo y siento algo raro. Aparto la manzana
de mi boca. La manzana está sangrando. Tardo un segundo en entender que la
sangre me sale a mí. Escupo. En el piso, entre trozos de manzana mordisqueados
y coágulos de sangre descubro mi primer diente. Lo agarro y corro hacia mamá. La lengua de Francisco presiona, buscando
oquedades. Hasta que encuentra el agujero. Me lavo los dientes con cuidado
porque todavía me duele. Voy a mi cuarto. Sobre la mesa de luz está mi diente.
Entra mamá. La hice para vos me dice y me da una almohadita con bolsillo. Tenés
que poner en el bolsillito el diente dice mamá los ratones se lo van a llevar y
te van a dejar a cambio una moneda. Pongo el diente en el bolsillo. Mamá me
arropa me dice que sueñes con los
angelitos me da un beso y apaga la luz. No tengo sueño. Cuándo vendrán los
ratones. Si me despierto mientras me están cambiando el diente capaz que se
enojan y no me dejan nada. Y si me muerden. Y si me tocan la cara con la cola
cuando buscan en el bolsillo. Enrique me dijo que no te hacen nada. Capaz que es solo uno. Seguro que mi ratón va
a ser bueno como el de la lámina del libro. No sé si el mío será Pérez para mí
que se llama Pepe. Sí, Pepe. Francisco aprieta fuerte los párpados.
Despertáte dice mamá tenés que ir al jardín. Me siento y me restriego los ojos.
Cómo se portaron los ratones pregunta sentada en mi cama. Entonces me acuerdo
de la almohadita. El corazón me hace ruido. Meto la mano en el bolsillo. Por qué
tenés esa cara me pregunta Alicia desde el marco de la puerta. No hay
nada digo con un hilo de voz. Fijáte bien dice mamá. Abro el bolsillo y miro.
Hay un papelito doblado. Seguro que Pepe me avisa que no me dejó nada porque el
otro día me hice pis en el jardín. Agarro el papelito y lo desdoblo. Es un
billete. Un billete de cinco pesos porque los números sí que me los sé. Qué
adinerado que estaba Pérez dice Alicia sonriendo. Mi ratón se llama Pepe le
digo. Ah sí me pregunta mamá y me abraza. Yo le tiro los brazos al cuello. Alicia se va. A Alicia no le gusta que la
abrace a mamá. Un silencio abrumador se instala. Silencio burlado luego por
un leve crujido que Francisco atribuye a las medias de seda. Cruzó las
piernas piensa. Ligeramente alterado, continúa. Le muestro mi agujero a papá y él me dice
que se llama portillo y que los ratones también me dejaron algo en casa de los
abuelos. El viaje se hace larguísimo pero al fin llegamos. Los abuelos y la tía
me besan y me felicitan y yo no me animo a preguntar dónde está lo que me trajo
Pepe aunque a lo mejor en este barrio trabaja un hermano. Francisco vení dice
papá. Entramos todos al escritorio. Entonces veo al camión verde. Las lágrimas
me corren por los cachetes. La tía dice le gusta tanto que se emocionó. La odio
a la tía. Y a Pepe también. Para mí Pepe se murió. Francisco empuja
de nuevo la lengua contra los dientes. Ya no están flojos. Las lágrimas
empiezan a resbalar por sus mejillas. Sentáte le dice Claudia
tendiéndole un pañuelo de papel. Él obedece. Las lágrimas siguen deslizándose,
silenciosas. Ella se incorpora y se sienta a su lado. Estoy muy cansado dice.
Acostáte sugiere Claudia. Él ansía acostarse pero tiene miedo entonces
le pide no te vayas. Acostáte tranquilo insiste ella me
quedo aquí, con vos. Él se acuesta. Ella le toma la mano. Él cierra los
ojos. Están sentados alrededor de la mesa. Mamá toca la campanilla. Llega
Rosa. Empieza a levantar los platos vacíos y cuando llega junto al mío duda. La
miro implorante. Me hace un pequeño gesto con las cejas y lo agarra. Deje Rosa
dice mamá. Francisco comé tu tortilla me ordena con su voz. Sé que estoy
perdido. Pincho un pedazo y me lo meto en la boca y la acelga me da arcadas. No
empecemos me reta mamá. No martirices al pobre chico dice Alicia. Ya mismo vas
a acostarte dice mamá furiosa pero más con Alicia. Me levanto en silencio.
Salgo del comedor y llego hasta el pie de la escalera. Está oscuro y no alcanzo
hasta la llave de luz. Me agarro del pasamanos y subo, escalón a escalón. Llego
arriba. Me pego a la pared y avanzo lentamente. El corazón me late como una
bomba. Llegó a la puerta del cuarto de
Alicia. Sigo. La puerta del baño. Sigo. La puerta del cuarto de mamá. Sigo.
Casi no tengo miedo. Llego hasta mi puerta. Tanteo buscando la manija. Abro.
Avanzo hasta mi cama y por suerte encuentro la perilla del velador. Me saco la
ropa y me pongo el piyama. Tengo ganas de hacer pis pero no me animo a ir al
baño. Me meto en la cama. Si dejo el
velador encendido mamá me va a retar. Saco una mano fuera de la colcha y apago.
Me tapo hasta las orejas. Hoy no voy a rezar. Francisco abre los ojos y la
ve. Ella le sonríe y aumenta la presión del contacto. Francisco siente una
columna de aire tibio que le corre por dentro. Quisiera quedarse así
eternamente. Él ahora observa la mano de ella, las largas uñas pintadas de
rojo, los anillos. Porque tiene varios anillos. Los contempla con atención. Ninguno
es una alianza. Levanta la vista y la mira, ahora a los ojos, con intensidad.
Claudia le suelta la mano y se incorpora. Vamos a dejar acá, ya fue
demasiado por hoy indica y no sonríe. Luego lo acompaña hasta la puerta.
Francisco se inclina y la besa en la mejilla. Tiene un impulso. Le aprieta
fuerte ambos hombros dice gracias y sale rápido.
Milanesas con puré y flan decía la lista, los
chicos contentos. Terminaron de cenar y Francisco les contó que había ido a
visitar la casa de su infancia. Lo acribillaron a preguntas. Lo sorprendió la
agudeza de sus observaciones. Acostó a Tobi y cuando fue a darle un beso a
Camilo lo encontró sentado en la cama, muy serio. Parecés un señor, ¿en qué
estás pensando? Le revolvió el pelo,
todavía mojado y se sentó a su lado. Cuando ustedes se mueran, ¿qué va a
pasar con esta casa? Esta casa será de los tres contestó Francisco
desconcertado la venderán y cada uno recibirá su parte; a ver, ¿qué
porcentaje te correspondería? Camilo contestó no seas hincha, papá,
el treinta y tres con treinta y tres por ciento pero después agregó que
no se podía vender la casa porque en los marcos de las puertas están las
rayitas que hacés cada vez que nos medís. Resolvió, entonces, que les
compraría a sus hermanos el sesenta y seis con sesenta y seis por ciento
restante para que cuando fueran a visitarlo pudieran ver la casa sin
pedirle permiso a un extraño; porque esta casa no es lujosa como la que vos
tenías pero igual es grande y linda y
está llena de sol y a mí me encanta. El cuerpo de Francisco se estremeció
de amor y como no supo decírselo lo abrazó. ¿Ya te acostumbraste a no tener
mamá ni papá? le preguntó Camilo separándose. Francisco, mientras intentaba
aflojar el nudo en la garganta, tuvo cabal registro de que era la primera vez
que conversaba con su hijo de igual a igual. Ni mayores ni menores, solo dos
seres sensibles, inteligentes, buscando comunicarse. Pienso tanto en ellos
que los tengo más presentes que cuando todavía estaban acá. ¿El abuelo nos
quería? interrogó Camilo intempestivamente y Francisco descubrió que pese a creerse tan próximo había estado muy
ajeno al crecimiento interno de su hijo no era como la abuela, él nunca nos
venía a visitar; me gustaba su casa porque en un hueco en un placard, la gruta
lo llamaba, tenía golosinas, revistas,
libros y podíamos agarrar lo que
quisiéramos sin abusar, como él nos decía; un día me regaló el ajedrez, yo era
chiquito y el abuelo me regaló un ajedrez; me explicó cómo se movían las piezas
y yo le dije que había entendido pero era mentira Camilo hizo una
pausa cuando me salen mal las cosas,
¿vos me querés igual? Doce años de
incondicional amor no habían alcanzado para desterrar la inseguridad que
quizás le había transmitido a Camilo con los genes. Sabio, necesito
ser sabio. No, te quiero más el
nene lo miro inquisitivo porque
cuando te equivocás es cuando más me precisás. Camilo se escurrió dentro de
la cama tengo sueño, hasta mañana, papá. Tan valioso y tan frágil, como
todo niño. Francisco, apagó la luz y mientras salía del cuarto, se sintió, él
también, imprevistamente frágil. Cada
centímetro de piel precisando ser tocado. La ausencia de contacto hacía
peligrar su existencia, su continuidad.
Desayunó en el bar pero no logró pasar de la primera
hoja del diario. Zozobraba. Fue al estudio. La inquietud, de tan punzante, lo
inhabilitaba. Buscó en la billetera. Se sentó frente a la computadora, puso la
tarjeta sobre el teclado y transcribió con cuidado la dirección. Asunto. Francisco
dudó. ¿Necesidad?, ¿urgencia? Decreto de necesidad y urgencia. Adelanto
de horario por fin se decidió. Francisco, más cobarde que sus manos, las
dejó deslizarse por el teclado. Envió el mensaje sin atreverse a releerlo. Necesitaba
caminar.
¿Llamó alguien? preguntó en cuanto regresó al estudio. Horacio
y la licenciada Ordóñez. Francisco trató de controlar la sonrisa que como
una burbuja ascendía desde su abdomen.
Miró a través de la ventana. A pesar de que venía de la calle, recién notaba
que había sol.
Una hora después, Francisco sube. Está por
llegar y aunque ansía llegar tiene miedo. Últimamente suele tener miedo. Como
de costumbre, y Francisco comprende que ya es una costumbre, el repiqueteo de
sus tacos la antecede. Se pregunta si alguna vez se los sacará. Le resulta
absurdo imaginarla en zapatillas. Descalza sí. Todo o nada. Los pies de ella no tienen otra opción. Mientras él
divaga la puerta se abre. ¿Cómo estás?, me preocupaste ella se eleva levemente sobre sus tacos y lo besa en
la mejilla. Como la aureola a los santos, su perfume la rodea. La beatifica.
Francisco se da cuenta de que hoy le cuesta mucho pensar con claridad. Ansioso,
algo me bulle por dentro, y solo vos podés domar mis recuerdos. Ella
frunce el entrecejo tus recuerdos son solo tuyos, no te confundas; ya se
destrabó la inhibición, si de veras te lo proponés, las imágenes acudirán
prescindiendo de mí. Francisco necesitaría decirle que cada vez menos puede
prescindir de ella pero no dice nada y espera. Parado espera. ¿Te querés
acostar? Él se acuesta y sin verla la escucha, bebe sus instrucciones
Francisco tengo que hacer un trabajo para el
colegio y necesito que resuelvas unas pruebas
vení sentáte acá me dice Alicia y señala su escritorio en el que hay un
libro gordo que tiene un ojo en la tapa del que salen rayos y lo abre. Aquí hay
un rectángulo al que le falta una ventanita la ves me pregunta hago que sí con
la cabeza mirá aquí hay un montón de
ventanitas distintas y me las señala con el dedo tenés que decirme cuál te
parece que completa mejor la figura fijáte bien porque voy a anotar la primera
que digas y no te podés arrepentir estás listo pregunta sí le digo y aprieta un
reloj que cuando se lo compró me contó que se llama cronómetro y hace un ruido que me pone nervioso. Miro bien y como
el rectángulo es a cuadros y solo hay una ventanita con cuadros se la señalo y
le pregunto está bien y ella me contesta no te puedo decir porque es una prueba y da vuelta la hoja. Hay
otro rectángulo que es rayado y abajo hay muchas ventanitas rayadas y me fijo
bien y elijo la ventana con rayas más gruesas porque son más parecidas. Da
vuelta otra hoja y en la primera fila hay un cuadrado rojo grande un círculo
azul chiquito y un triángulo mediano verde
y en la segunda fila un cuadrado azul mediano un triángulo rojo chico y
un círculo verde grande y en la tercera hay un triángulo azul grande y un
círculo rojo mediano y por supuesto que falta el cuadrado verde chiquito y se
lo digo y da vuelta la hoja.
Francisco está demasiado cansado de pensar. Por eso abre los ojos, sin embargo,
luego de unos instantes, aun contra su voluntad, tiene que cerrarlos. Los
párpados son como la tapa de un cofre buscando proteger un tesoro. Escucha ruidos. Son los camellos que
están comiendo el pasto. Si estoy despierto no me van a traer regalos. A lo
mejor igual no me traen porque no soy tan bueno. Si no me traen voy a decir que fue porque
estaba despierto. Pero voy a mentir. Y si miento no me van a traer nada. Si me traen esta vez prometo que no me voy a
tocar más que no voy a abrir la heladera sin permiso. Ya no escucho ruidos me
parece que se fueron. Me voy a fijar si me trajeron algo pero no voy a mirar lo
que me trajeron porque eso está muy mal. Bajo la escalera con mucho cuidado. Por
suerte dejaron una luz encendida. Allá
están los zapatos de Guillermo y tienen un paquete enorme. Los de Alicia
también. Se llevaron los míos. No, ahí están, abajo de la mesa pero me pusieron
una caja chiquita y cuando la vean todos se van a dar cuenta de que me porté
mal. Agarro el paquete de Guillermo que es muy pesado y lo pongo en mis
zapatos. Total después le voy a dar a él lo que me tocó a mí que le tocaba a
él. Francisco presiente que algo anda mal. Se aclara la garganta y,
angustiado, prosigue. Guillermo me sacude y me dice apuráte que vinieron los
reyes. Me levanto descalzo y voy. Alicia
está sacando un par de patines profesionales de su gran paquete. Guillermo abre
el suyo que es el mío. Grita de alegría. Es el reloj que yo tanto quería.
Agarro el mío que es el suyo en realidad. Ya no es pesado qué raro. Desato el
moño y rompo el papel. Es una caja y la abro. Me late fuerte el corazón. Total
Guillermo ya tiene mi reloj. Qué te regalaron pregunta mamá y se sonríe raro. Busco
entre los bollos pero solo hay papel. Me escapo corriendo. Qué le pasó al enano
alcanzo a escuchar que dice Guillermo. Me meto en la cama y me tapo la cabeza
con las cobijas. No me voy a levantar nunca más. Francisco tiene
tanta vergüenza que quisiera taparse. Era tonto afirma y sabe que está
colorado. No eras tonto, eras chiquito dice ella no se daban cuenta
de que eras tan chiquito. Pero él sabe que no alcanza con ser chiquito. A
los tontos no se los quiere. Por eso busca y piensa. Hasta que se encuentra con su hermana que empezó un curso de arte
y se compró un libro y ahora me enseña. Dice que todos son impresionistas no
hacen bordes pintan con manchitas y
trabajan al aire libre. Me muestra láminas me tapa el título y tengo que
adivinar. Tiene mucha paciencia porque a veces me equivoco. Me gustan los cuadros
pero no me gusta que se ría cuando pronuncio mal porque tienen nombres
rarísimos no son de acá son de francia. El que sí se ríe cuando pasa es
Guillermo se ríe y dice estás entrenando al mono sabio para el circo porque
siempre me dice mono sabio. A veces me parece que me tiene rabia. Francisco la escucha estornudar. Qué raro
ella también estornuda. Está por decirle salud pero no puede porque
justo Alicia lo llama desde el escritorio. Estas son mis compañeras del
curso me dice. Todas que son como seis me dan besos y quisiera limpiarme los
cachetes mojados pero no lo hago porque mamá siempre dice que eso no corresponde.
Francisco me pide mostráles a las chicas todo lo que te enseñé. Tengo que hacer
los deberes digo porque además es cierto. Es un ratito dice después te ayudo.
No te hagas rogar me pide una rubia gordita. Vení dice Alicia mientras abre el
libro en la primera hoja contáles quién lo pintó y por suerte es una bailarina
de las lindas así que estoy seguro y digo delgas. Muy bien me felicita y da
vuelta la página y es de ese que pinta señoras y nenes y digo renuar y también
estoy seguro porque me encanta. Y esta me pregunta y hay una bailarina mala de
las que no se pueden nombrar y lo sé pero no quiero decirlo porque cuando lo
digo Alicia siempre se ríe pero insiste dale que lo sabés sí que me lo sé porque es el enano renguito y
me animo y digo tulo sotrec y por
supuesto todas se ríen y la gorda rubia dicen cállense. Y esta dice otra que no
es rubia pero que también es gordita y es la cama del loco de la oreja y digo
vangoj vicente y todas hacen ah pero una
flaca y anteojuda dice claro se los sabe de memoria porque es muy chico y no
los puede reconocer. Alicia pone la cara que le pone a mamá y dice mi hermano
es superdotado te lo digo yo que le hice un test. La otra saca de su bolso un
libro el doble de gordo que el de Alicia y dice te apuesto cinco pesos a que no acierta diez de diez.
Francisco dice Alicia mostrále a esta quién es mi hermano. Las manos me
empiezan a sudar y me quiero escapar. Dejalo pobrecito dice la rubia no lo
presiones más y Alicia dice ni que le fuéramos a pegar es un juego Francisco no
importa si te equivocás. Pero yo sé que sí le importa por los cinco pesos
además. La anteojuda abre el libro por la mitad. Es una bailarina buena y aunque
nunca la vi digo delgas y sé que está bien tuve suerte para empezar. Abre en
otro lado y aparecen unos zapatos viejos que no conozco pero como solo un loco
puede pintar zapatos digo vangoj vicente y Alicia me remueve el pelo que es lo
que hace cuando me quiere así que seguro que acerté. Ahora me toca un cogotudo
que cogotudos nunca vi pero cogotudas sí y digo modi nosecuanto y me la dan por
buena y la flaca agarra el libro y busca y hay una borracha tan triste que debe
ser de tulo sotrec y ya no se ríen cuando lo digo y después hay mujeres en una
playa rosa y eso solo puede ser de goguén que era amigo del loco y después se
peleó y ahora me pasa volando una con gabriela de renuar y otra que ya conocía
de manet y una muy fácil con serpientes
de rusó. Ya está dice la rubia pero la flaca dice falta una y busca y busca y
elige una del final. Y me muestra un paisaje que son los más difíciles. Me
quedo callado y no vuela una mosca. Hay cuatro casitas y arbolitos sin hojas y Alicia sabe que esta nunca en mi vida me la
vi y me pone la mano sobre el hombro y me dice no importa Francisco estoy
orgullosa de vos estuviste genial. Las manos me chorrean y tengo miedo de mojar
el libro. Alicia me empuja con suavidad anda a hacer los deberes yo después te
ayudo. Me paro y la cabeza me da vueltas porque yo una vez vi unas casas
parecidas pero eran dos y llego a la puerta pongo la mano en la manija y Dios
me llena la boca y grito pizarrón camilo pizarrón camilo. Y se me doblan las
rodillas.
Francisco, caminando tras ella observa las
paredes buscando indicios. El consultorio es tan endiabladamente distinguido, como
ella piensa, que no deja espacio para ninguna marca personal, ni siquiera
una foto. La seguimos mañana dice Claudia y él sale. El ruido
de la puerta cerrándose lo deja inerme.
Ya no había quien le
marcara líneas de conducta, quien decretara, con certeza que de tan absoluta se
hacía sospechable, qué prohibir, qué prodigar, cuánto, cómo y hasta dónde.
Valeria nunca había dejaba resquicio para improvisaciones. La solución precedía
al problema. Alzálo, dejála, bañálo, leéle, retála, preguntále. La lista
de indicaciones con que había tratado de cubrir cualquier tipo de contingencia
que pudiera producirse durante su ausencia era casi pueril. Los primeros días
Francisco la consultaba con frecuencia, acercándose a ella con tanto respeto
cual si fuera la Biblia. Sin embargo, a medida que entraba en contacto real con
sus hijos Francisco descubría que eran mucho más complejos de lo que Valeria
consideraba. Y, en tanto les daba aire, manifestaban su espíritu crítico, la
agudeza de su sensibilidad. Durante esos diez días había charlado con ellos más
que en los diez años anteriores. Los había apretujado, los había consentido, se habían divertido juntos. También por
primera vez habían conseguido descontrolarlo. Y
les había gritado y se había arrepentido y les había pedido perdón.
Francisco se preguntó ¿alguna vez me habrá gritado mi papá? Volvió a
verse frente al kiosco con Guillermo. A lo mejor esas cuarenta y tres revistas
habían sido las responsables de que jamás hubieran podido cumplir con las
expectativas de su padre. Dios te salve Alicia, llena eres de gracia.
Ayer, cuando salí de aquí, me sentí
repentinamente en paz, dormí como hacía días que no lograba hacerlo comenta él entusiasmado. Señal de que hay
que recomenzar dice ella y Francisco la mira sorprendido ¿por qué otros
lugares ha transcurrido tu infancia? Él siente que el pecho se le junta con
la espalda y se avergüenza de haber sido tan ingenuo, lo único que le importa a
ella es que sus recuerdos broten del elemento topográfico. Francisco se
quiere ir, por primera vez quiere irse. Para Elisa. Él atiende. ¿A
qué hora vas a venir?, necesito
que me ayudes con la tarea. Él aprovecha y le informa mi hija me
reclama. Ella también se para y junto a la puerta le indica pensá en lo
que te pregunté. Él dice no te preocupes, ya sé que tu tesis urge y
no la besa. La puerta se cierra tras él. De ella solo queda el perfume.
En cuanto lo escucha, la chiquilina aparece en el living y se le
para delante, los brazos en jarra ¿será posible?, hace como dos horas que te
espero. La réplica de Valeria en miniatura le causa tanta gracia que la
agarra por la cintura y la hace girar. El revuelo atrae a Tobi. Desde los
dormitorios llega la voz de Camilo papá, ¿me trajiste la revista? Esto
es lo que justifica su existencia. Más
allá de Valeria pero gracias a ella. Mientras sigue revoleando a Luciana con
Tobi colgado de los pantalones recuerda un incidente. Se habían mudado hacía un
par de días. Estaba solo con Luciana, dándole la papilla, cuando la beba
manoteó y el plato se estrelló contra el piso. Ni una fruta en la heladera.
Luciana empezó a llorar. Francisco, a través de la ventana, vio el bananero.
Alzó a la nena, salió al jardín y arrancó una banana del árbol. Entraron. Dejó
a la nena en la sillita alta y peló y pisó la banana. Le agregó azúcar. Cuando
estaba cargando la primera cucharada, dudó. Era una banana rara, más chica,
moteada. Luciana retomó el llanto con tanta intensidad que él olvidó sus
escrúpulos. El plato quedó vacío y la nena contenta. Media hora después Luciana
vomitaba. Francisco, alarmado, la estaba limpiando cuando sonó el teléfono. Teníamos
unas iguales en el jardín pero mamá nos decía que eran venenosas fue
el feliz comentario de Horacio. Francisco cortó y con la nena en brazos
salió al jardín. Allí mismo, junto al árbol, comió dos bananas. Minutos después recuperó la lucidez y llamó al pediatra. He comido bananas de esas
a reventar y todavía duro informó
Grieco. Cortó y se abrazó a Luciana. Dos sobrevivientes. La voz
de la nena lo sobresalta ¡basta, papá, estoy mareada! Mientras la está
bajando Luciana reclama no me salen los problemas con fracciones, ¿vos te
los sabés? Francisco piensa que él jamás ha sido imprescindible para su
padre.
Recién había hablado con Valeria. Alejandra ya
había vuelto del quirófano. El médico afirmaba que todo había salido bien pero que habían tenido que extirpar los
ganglios. Las voces de sus sobrinos, como fondo, a través del teléfono. No era
fácil lo que su mujer estaba atravesando. Le tocó bailar con la más fea ponderó
y se sintió agudamente culpable. Mientras Valeria se codeaba con la muerte
él se entretenía buceando en su interior. Quizás nunca en la vida había
dedicado tanto tiempo y tantas energías a ocuparse de sí mismo. También pensó
que había podido hacerlo gracias a la ausencia de Valeria. Sí, había
sido un día complicado. Con Claudia había estado casi grosero. Repasó la
despedida. Había estado muy grosero.
Fue a la cocina y se preparó un té pero la inquietud era insobornable.
Minutos después estaba frente a la computadora. Asunto: Perdón.
Cuando cliqueó en enviar las sienes le latían. Antes de apagar la
máquina reiteró los videos. Fou, fou, l’amour est fou.
Sentado frente a la mesa de dibujo, revisaba
las libretas que había descubierto Camilo. Eligió una de las más viejas.
Acarició la tapa ajada. Enfrentarse con la caligrafía de su madre lo conmovió.
La letra era como ella, rotunda, abierta,
expresiva. Buscó en la A. Le tomó un segundo reírse de sí mismo. Su
madre no los habría agendado como abuelos. La A le brindó a cambio Augusto.
En qué circunstancias habría ella trazado esa dirección, prueba irrefutable de
que los destinos de ambos se habían separado. 3 de febrero. Algo tímido se
agitó dentro de Francisco.
Barrio de Belgrano, caserón de tejas. Si obviaba el par de rascacielos y el
incesante tránsito, el tiempo parecía haberse detenido. No necesitó mirar las
chapas para reconocer la casa que creía no recordar. Estilo inglés, verja de hierro, entrada de
autos terminando en garaje y muchas
ventanas. En una de ellas un cartel: En venta, visitar con personal de la
firma.
La señora controló ampulosamente la hora en
clara muestra de impaciencia. Francisco iba a decirle que esperaran otros cinco
minutos cuando vio que un taxi se detenía frente a ellos. La puerta del auto se
abrió y lo primero que asomó fue un zapato de gamuza verde musgo enfundando un
pie inconfundible. Luego descendió ella, trajecito sastre, blusa de seda,
envuelta en su olor. La mujer de la inmobiliaria abrió la puerta de la reja y luego la de entrada.
Ingresaron a un recibidor. Los ambientes vacíos conservaban las marcas de
clavos y cuadros. Al frente, la arcada que comunicaba con un enorme salón.
Hacia la derecha la escalera y el comedor, y paralelo a todo su largo, un
pasillo desproporcionadamente ancho, al que daba el baño de visitas y que
comunicaba con la cocina. Subieron por una escalerita angosta hacia el área de
servicio: el lavadero, dos piezas, un baño y una terraza atravesando la cual accedieron a una habitación
gigantesca y de allí a un hall distribuidor al que se abrían un baño señorial y
otros tres dormitorios. Descendieron por la escalera principal, de madera
tallada, y reingresaron para inspeccionar el sótano donde estaba instalada la
caldera. La señora los invitó a conocer
el garaje. No, no hace falta se apresuró a contestar Francisco y,
mientras la mujer cerraba las ventanas, recorrió nuevamente el dilatado pasillo.
Salieron caminando uno al lado del otro, en silencio, hasta que Claudia, ya en
Cabildo, lo sondeó. Es absurdo que
pretenda que las casas me hablen cuando debería obligar a hablar a los seres
humanos dijo él. Si la visita sirvió para eso me quedó más que
satisfecha Claudia se detuvo y miró su reloj no podremos ir al
consultorio, en media hora tengo una cita aquí cerca; mañana trabajaremos
fuerte, no te desanimes, algo lograremos recuperar. Francisco no estaba preparado para prescindir
de ella en los próximos minutos. Por culpa de una cita. Su cuerpo y su
alma eran una oquedad que necesitaba ser llenada. Te invito a tomar un café propuso
y después trató de justificarse ya
que tenés que esperar ella lo miró sorprendida prometo que no tendrás
que trabajar dijo él simulando poner
un cierre en su boca. Ella sonrió y se le iluminaron los ojos. Bleu comme le
ciel qui joue dans tes yeux.
Francisco aspiró con fuerza, el aroma del café
lo embriagó. El sabor de lo prohibido. ¿Te arreglás bien con los chicos? abrió
la conversación Claudia, marcando las
reglas del juego: tiempo presente, modo indicativo. Ella acotó a la respuesta de Francisco las criaturas
siempre nos sorprenden, por eso son tan maravillosas. Él se animó ¿tenés hijos?
Ella miró el reloj y dijo me voy volando, se
hizo tarde. También era tarde para él sin embargo se quedó. Allá su
gastritis, necesitaba otro café. Apoyado en la ventana la vio cruzar Cabildo,
casi corriendo pese a los tacos finitos. Comme l’eau, comme
l’eau qui court, moi, mon coeur court apres ton amour.
Francisco escuchó
con placer el retumbe de sus pisadas sobre la pinotea. Observó luego la marca que iban dejando los
zapatos sobre el polvo. La trayectoria es la curva que se obtiene al unir
los puntos que el móvil va ocupando a medida que transcurre el tiempo absurdamente
le dictó la remota cinemática. A medida que transcurre el
tiempo se repitió y luego solo el tiempo. ¿Le parece que el piso se
podrá salvar? indagó la señora de Urquijo. Francisco aseguró con
esfuerzo todo puede recuperarse.
Me saqué un diez en las fracciones comentó Luciana
orgullosa mientras cenaban. Se lo habrá sacado papá corrigió Camilo. Vos qué te
metés, papi no me las hizo, me explicó se defendió la nena. Mientras la
discusión amenazaba prolongarse al
infinito Francisco se planteó si alguno de sus hijos pensaría soy el menos
querido de los tres. Peor vos que siempre te olvidás las cosas y te
las llevan alegaba Luciana. ¿Era mensurable el cariño que se sentía por los
hijos? Upa, papá reclamó Tobi, la cara sucia de puré. ¿Cómo se había
bajado de la silla? Francisco, alarmado, lo alzó. Con la otra mano buscó una
servilleta.
Sus piernas no merecen un pantalón piensa Francisco en la silla y luego se
rectifica soy yo el que no merezco verme privado de sus piernas. ¿Qué
estás pensando? pregunta Claudia y él instintivamente levanta los hombros
rogando no ponerse colorado. Vení
conmigo ordena ella. Él la sigue, estupefacto, hasta el pasillo
que conduce al baño. Paráte en el medio, extendé los brazos hasta que
tus manos toquen las paredes, ahora presioná porque tenés que apartarlas, el
pasillo es ancho, demasiado ancho y vos sos chiquito y te gusta estar acá sigue hablando ella mientras las
paredes se alejan de las manos de Francisco que ya no alcanza a tocarlas.
Siente un ruido que no puede descifrar. Rítmico e incesante. Aguza los oídos.
Ahora sí, es la abuela que cose a máquina en el pasillo. Sostiene la tela
con las dos manos y la va deslizando
debajo de la aguja que se mueve con mucha velocidad. Es muy peligroso pero la
abuela sabe, sabe todo, todo lo de la
casa. Te estoy haciendo una camisa porque
tenés toda la ropa a la miseria dice y yo le pregunto te puedo ayudar.
Ella me indica paráte a mi lado ahora poné un pie en el pedal apretálo así muy bien de nuevo más
rápido para adelante para atrás qué
fuerte es mi Paquito. La abuela silba y yo la ayudo. Para adelante, para atrás.
Francisco amaga abrir los ojos pero Claudia ordena no, todavía no, sentáte
en el piso, así, muy bien; la abuela dice que tenés la ropa a la miseria; pensá
en tu ropa, las camisas, los pantalones, los zapatos, los calzoncillos, las
medias, el abrigo Francisco hace una mueca es el abrigo entonces, ¿qué
pasa con tu abrigo, Paquito? Está roñoso. Este sobretodo está roñoso
dice Alicia no sé cómo no te da vergüenza decíle a mamá que lo lleve a la
tintorería. Entra papá a buscarme pero Alicia dice con esa facha no puede ir al
cine. No importa vamos que se hace tarde dice papá. Igual tengo calor digo y me
saco el sobretodo y me agarro de su mano. Francisco grita Alicia pero yo no la
escucho porque ya salimos. Hace mucho frío. En el remis está Guillermo que
pregunta y a este qué le pasa que tiembla como una mariquita. Qué rápido pasa el tiempo piensa Francisco
porque ya es domingo otra vez y llego con un bleicer azul que me aprieta. Y
tu sobretodo dice Alicia. Mamá lo llevó a la tintorería contesto. Era hora dice y sale y entra Guillermo y me dice qué
te pasa que te disfrazaste de tripa. Tripa tripa grita Guillermo. Quisiera ser
un cuchillo para cortarle la lengua. Viene la abuela y pregunta qué pasa.
Entonces corro y la abrazo. El bebé el bebé corea Guillermo. Basta dice la
abuela. Francisco nota que
la abuela huele como Delia. A violetas. Y también nota que suena el timbre.
Chau grito y cuando estoy abriendo la puerta de calle aparece mamá con mi
sobretodo y dice no podés salir así hace un frío terrible y sin que me pueda
resistir me lo pone, lo abotona hasta arriba y me besa. Entro al auto y papá me
hace preguntas y yo le contesto cortito. No tengo calor pero sudo y la ropa se
me pegotea al cuerpo. Llegamos. Justo cuando me estoy desabotonando el sobretodo apurado
entra Alicia. No era que mamá lo había llevado a la tintorería pregunta. Sí
pero se ensució de nuevo le contesto y aunque no quiero se me empiezan a salir
las lágrimas. No llorés Francisco dice
Alicia la culpa es de mamá. La abuela desde la cocina grita Paquito vení que te preparé buñuelos. Primero me meto en
el baño y me lavo la cara para que la abuela no se ponga triste. Francisco
percibe que el olor a violetas se va transformando. Toma cuerpo, densidad, color. Es el olor de su mamá que le pregunta cómo
te fue. Bien contesto. Cómo están tus hermanos. Muy bien digo. Claro ellos
estarán contentos allá pura farra. En realidad más o menos digo. Les pasó algo
me pregunta preocupada. No, están lo más bien digo. Y tu sobretodo pregunta
mamá. Lo perdí contesto. Y me lo decís así como si me sobrara la plata claro
para vos todo es muy fácil. Francisco cansadísimo, intenta dormirse. Está por lograrlo cuando el timbre tintinea. Chau digo abriendo la puerta. Mamá se acerca
con el bleicer pero yo digo no hace frío y salgo corriendo. Papá ya abrió el remis. Mamá se queda en el
marco de la puerta y levanta una mano y
papá también qué raro nunca se saludan. Ya en el auto pienso que en cuanto
entremos voy a rescatar el sobretodo
y a la hora de la siesta lo voy a
tirar en el baldío. Por fin llegamos y papá abre y yo dejo mi bolsito y voy
corriendo hasta el cuarto de Guillermo. Cierro la puerta y busco debajo de la
cama pero no lo encuentro. Abren sin golpear y yo me levanto como flecha.
Alicia trae mi sobretodo adentro de una flamante bolsa de nailon. Decíle a mamá
que era así de fácil dice y cuelga la percha en el ropero y sale. Por suerte
viene el verano pienso. Francisco siente mucho calor. Se pone la
mano en el cuello y se afloja la camisa. Le duele el cuerpo. Me duele el
cuerpo dice. Claudia lo ayuda a levantarse, lo conduce de la mano hasta el
diván y le dice estás adentro del garaje, ya sé que no te gusta sin
embargo ahora estás en el garaje él cierra los ojos y justo llega Guillermo
y le cuenta que leyó un libro sobre Houdini y que ahora tiene que practicar los
nudos vení me dice y me mete en el garaje.
Para mí que era una broma termina él y siente una mano sobre la cabeza. Levantáte,
Francisco, es suficiente. Él se incorpora y, sin pensarlo, se sacude el
pantalón. Está temblando. ¿Te sentís mal? pregunta ella. Tengo frío.
Ella ofrece ¿querés un café? Francisco, atónito, asiente. Ella va hacia
la cocina y aunque él quisiera seguirla sabe que no corresponde. Entonces se
sienta y contempla su entorno. Por primera vez, se da cuenta, observa todo con
ojos de arquitecto. Impecable, quizás demasiado impecable. Ella desde la cocina consulta vos le ponés
tres, ¿no? Él repara en que ella registró que él le pone tres. Minutos
después Claudia reaparece con dos jarritos sobre la bandeja. Él se pregunta si
ella también tendrá frío. Claudia se sienta frente a él, rodea la taza con
ambas manos y comenta qué sesión, yo también necesitaba un café.
Francisco nunca había pensado que ella, tan imperturbable, experimentara
emociones trabajando porque para ella es un trabajo reflexiona cobra
por esto. El café está caliente, caliente y demasiado dulce, douce
est ma vie, ma vie pres de toi. Enseguida recupera la línea de
pensamiento a mí no me cobra y se obliga a añadir porque le sirve, le
sirve para la tesis. Permanecen un largo rato en silencio. Por la ventana
del consultorio ven el anochecer. Hasta que Claudia se levanta y enciende la
luz el lunes me viene mejor a la mañana, ¿podrás? Francisco, desolado, descubre
que recién es viernes.
Paráte ahí me ordena Guillermo y señala una columna
de metal. Me apoyo me pone las manos para atrás y me las ata del otro lado de
la columna y lucha y resopla un rato largo hasta que dice ya está ahora tenés
que intentar soltarte y se aleja. No te vayas le pido yo no sé lo que tengo
hacer. Probá me dice enseguida vuelvo. Trato de mover las manos. Con el dedo
grande alcanzo a tocar una punta de la soga y tiro las manos hacia fuera porque
pienso que a lo mejor no ató el nudo pero sí lo ató. Empiezo a transpirar. Me
duelen las muñecas. Guillermo grito y no me contesta. Espero un rato y vuelvo a
llamarlo pero Guillermo no viene. El garaje está cada vez más oscuro. Grito
Guillermo Alicia papá abuela y nadie me escucha porque la puerta está cerrada.
Está casi oscuro. Pateo el piso estoy
empapado. Ya está oscuro del todo. Al rato aparece Guillermo che qué te pasa a
qué viene tanto escándalo dice. Desatáme le digo furioso me duele todo el
cuerpo. Si querés te leo el libro donde
Houdini explica como liberarse dice. Lo único que quiero es que me desates ya
mismo. Está bien dice Guillermo mientras enciende la luz si te das por vencido
te desato esperáme que voy
a buscar con qué. No te vayas le pido. Tenés miedo me pregunta sonriendo y
sale. Un rato después vuelve con la cuchilla de la cocina y se coloca a mis
espaldas. Siento el filo en las muñecas
y le grito estás loco me vas a cortar las manos. Su cabeza reaparece frente a
mí lo odio nunca odié a nadie tanto en la vida. Te estás poniendo histérico si
te viera Houdini y después me avisa voy a buscar otra cosa y sale y cierra la
puerta. Tarda bastante vuelve con una caja de fósforos y se pone a mis espaldas
y dice voy a quemar la soga. Estás loco me vas a quemar grito. Se aparece ante
mí. Quién te entiende querés que te suelte o no. Le voy a contar a papá a mamá
a los abuelos al cura digo. Parála enano porque te voy a dejar atado para toda
la vida concentráte y hacé lo que te digo girá la muñeca derecha. Cuál es la
derecha pregunto y ya casi la voz no me sale. Esta bruto me dice y me la
toca ahora levantá los codos agarra la
punta del piolín con la otra mano tirá para atrás y para abajo. No puedo digo.
Calláte y no te desconcentres dice ahora volvé a bajar los codos separá las
manos hace fuerza. Mis manos están libres y no puedo creerlo. Enano sos un
campeón estoy orgulloso de vos.
Guillermo me revuelve el pelo y me ofrece hoy te regalo mi parte de la coca. Para
mí que lo hizo de broma.
Se despertó a las siete. Intentó dormir otro
rato pero le resultó imposible. Saber que era sábado, el lugar de alegrarlo lo
agobiaba. Cuarenta y ocho horas por delante cuyos exclusivos destinatarios
serían los chicos. Y lo que según sus
cánones debería constituirse en el mejor de los programas, le supo como una
piedra colgada del cuello. No estaba en condiciones de atender a nadie, era él
quien precisaba ser asistido. Soy un estuche. Dentro, necesidades,
intensas pero difusas. Le recorrían la
piel y, al tiempo, atravesaban la epidermis aventurándose hasta la médula, la
médula de los huesos pensó.
Era una necesidad que arrancaba del pasado. La voz de Tobi lo estampó en el
presente papá, ¡pis!
El almuerzo en lo de Horacio y Adriana contribuyó a paliar el día. Más allá de los
canelones, la charla con su amigo lo alivió. Mientras los seis chicos jugaban,
Francisco se había animado a blanquear la terapia y, lo que era aún más
importante, el motivo por el cual la había encarado. A diferencia de Valeria, Horacio,
aunque se mostró muy sorprendido, no le hizo reproches. ¿Cómo está Claudia? fue
lo primero que preguntó. Bien contestó
Francisco extrañado de que recordara
hasta el nombre. No te hagas el
boludo, me refiero a cómo está físicamente y sus manos modelaban curvas.
Francisco se quedó reflexionando, cómo hacer un juicio objetivo. Linda, se
puso muy linda consiguió decir luego
de descartar magnética, elegante, sensual, distinguida. Me lo imaginaba, esa borrega prometía
tener buen lomo, mi olfato siempre fue
infalible; decí que Adriana ya me había enganchado que si no… Las
carcajadas de Horacio. Cómo podemos ser amigos siendo tan distintos pensó
Francisco. Adriana se acercó con una bandeja y dos tazas ¿en qué andan
ustedes? Otras dos tazas.
Horacio, revolviendo
el café preguntó ¿está casada? Francisco fue parco solo sé que tiene
una hija de ocho años porque esa conversación ya estaba fastidiándolo.
Cuidáte recomendó Horacio, jocoso. Francisco, irritado, luego de controlar
la lejanía de Adriana le aclaró no te preocupes, no soy como vos. Porque
odiaba las bromas idiotas de su amigo. Odiaba, sobre todo, su falta de
escrúpulos. Adriana no lo merecía y él
no se merecía a Adriana.
¿Cómo andan tus náuseas? le preguntó Adriana, intempestivamente y
Francisco descubrió, extrañado, que habían desaparecido. Camilo dijo papá
vamos y él olvidó divagaciones y empezó a recolectar chicos y bártulos.
Estaban en la puerta cuando Francisco al
fin se animó Adriana, vos que guardás todo, a lo mejor podés ayudarme. Al
llegar a su casa fue derecho al galponcito del fondo y desempolvó el wincofón.
Pantalón far
west, mocasines de Guido, pulóver Bremer, camisa escocesa.
Francisco seguía viéndose sin poder descifrar qué estaba observando.
Camilo descalzo y en piyama entró con un
dedo entre las hojas de su Harry Potter inaugurando la mañana del
domingo. Vengo a leer con vos informó y al ver que Francisco apresurado apagaba
el tocadiscos le preguntó qué estabas escuchando. Una canción de mi adolescencia contestó
Francisco ligeramente molesto. Qué raro acotó Camilo ubicándose en el
lado de Valeria. Francisco le acomodó las almohadas. Luego se recostó junto a
él y cerró los ojos. Ponéla, papi, no me molesta Camilo desdobló la
punta de la hoja señalada era linda además. Linda, tan linda.
Al mediodía llamó Alicia invitándolos a tomar
el té. En cuanto transmitió la propuesta los chicos empezaron a los saltos.
Amaban a sus primos adolescentes; los admiraban sobre todo. Francisco se
preguntó si él también había admirado a su hermana más de lo que la había
amado. Ella, ¿lo había amado tal cual era o había fabricado un niño al que
poder admirar? Francisco descubrió que no tenía ganas de ir a merendar. No
obstante lo cual, a las cinco de la tarde tocó,
puntual, el timbre. Luciana sostenía, orgullosa, un paquete de facturas.
La conversación de Alicia no presentó fisuras. De política nacional a
internacional, de economía a policiales. Ridículo hablarle del sobretodo, de
los impresionistas, del oso que Susi mimaba.
Francisco, mirándose en el espejo, tararea. Bleu,
bleu. Piensa si debería comentarle a Claudia su nueva obsesión. Para
qué a ella solo le interesa el
elemento topográfico. El ascensor se detiene y él sale. Llegó el lunes y
sin embargo no está contento. Tiene bronca.
Ayer fui a la casa de mi hermana dice intentando apartarse del pasado pero
Claudia no se lo permite ¿le comentaste tus recuerdos? Ni un solo
milímetro le permite y él, demasiado irritado para hablar, niega con la cabeza ¿cómo te sentiste junto a ella? él levanta
los hombros, despectivo me parece que hoy estás enojado, con ella también. Francisco
siente ganas de trompearla. Tengo ganas de trompearla se dice
sorprendido. Quedáte donde estás pero intentá relajarte. Él no le va a
dar el gusto, él no es un perro amaestrado. Se endereza en la silla. Cerrá
los ojos dice ella pero él los abre aún más. Ella lo mira fijamente y él le
sostiene la mirada. ¿Querés un café? ofrece y él se descoloca. Ella va
hacia la cocina. Regresa enseguida y toman el café en completo silencio. Francisco
siente que la bronca se le disuelve al mismo tiempo que el azúcar en el
café. Minutos después ella le quita de las manos el pocillo vacío y lo
coloca sobre la bandeja. Cuando regresa de la cocina ordena acostáte en el
diván y él, domado, acata cerrá los ojos Francisco siente en su
brazo un golpeteo rítmico, quiere despegar los párpados para ver con qué le
está pegando pero no lo obedecen estás enojado con Alicia, con ella todavía
no te amigaste; pero ella te quiere, ella también te quiere. Francisco registra
el también y quiere preguntarle sin embargo ya no puede porque el
golpeteo lo aturde y además Alicia le está hablando. Mirá lo que te compré.
Colgado de una percha que dice casa braulio hay un traje gris. Antonio y yo te
queremos llevar al teatro colón a ver el lago de los cisnes y nunca tenés nada
decente que ponerte. Me hace probar el traje y dice te queda fantástico. Entra
la abuela con otra percha. Esta camisa era de tu padre y te la achiqué dice
sacáte los zapatos Paquito que el abuelo te los va a lustrar buena falta les
hace. Guillermo va pregunto. Es un bruto dice Alicia a él dale river no colón.
Boca la corrijo. Es lo mismo dice y está contenta. Francisco ve el traje,
la camisa, los zapatos, preparados arriba de la cama y empieza a ponérselos
hasta que Alicia lo toma de una mano y
Antonio de la otra. Hay mucha gente
luces trajes sombreros perfume. Nos acomodamos
en el palco que nos consiguió papá. Parezco un duque. Apagan las luces. Francisco escucha la música, las bailarinas
parecen cisnes de veras y cuando Alicia pregunta te gustó asiente con la cabeza. Vos siempre tan
expresivo qué te pareció el argumento insiste. Si le digo que no lo
entendí va a pensar que soy un tonto con
todo el trabajo que se tomó para traerme entonces digo interesante. Tenés razón este
hermano tuyo es un fenómeno se ríe Antonio yo ni me enteré de qué se trataba.
Si serás ignorante le dice Alicia pero
está radiante siempre con él está radiante. Francisco está fundido. Necesita dormir. Empieza a
sacarse la ropa con cuidado cuando Alicia entra sin tocar la
puerta. El traje queda acá dice y lo agarra lo cuelga en una percha y se lo lleva. Me
quedo en medias y calzoncillo. Ya soy
grande y no me gusta que me vea así. Francisco abre los ojos.
Inmediatamente se reanuda el golpeteo, ahora en la pierna. Es una varita. Una varita recorriendo su
muslo, su rodilla, llegando hasta el empeine. Incorporándolo frente al
espejo. Todo me queda chico y parezco un payaso. Lo mejor es el pantalón marrón
opina mamá y después me dice tenés que avisarle a tu padre. Voy hasta el teléfono.
Me atiende Alicia y yo le digo avisále a papá que el domingo no venga a
buscarme porque es la comunión de Clarita. Qué lástima te iba a llevar al san
martín a ver a maria elena guolsh dice y
después me pregunta qué te vas a poner.
Un pantalón marrón que me queda fantástico digo. Francisco siente pena. De sí mismo siente
pena. Quisiera detener las imágenes pero lo arrastran, lo sojuzgan y suena el
timbre y mamá me dice andá a abrir. Voy y espío por la mirilla y abro y Julio dice hola Francisco esto lo
manda la señorita Alicia y me da una percha concluye Francisco .
Del consultorio fue directo a lo de su madre.
Dejó el auto mal estacionado y subió. Ya no había posibilidad de reproches ni
de reclamos. No solo para preguntas está el nicho cerrado pensó y
también pensó que sus hermanos todavía vivían.
Cuando abrió la puerta lo abrumaron muebles y objetos de los que tendría
que deshacerse. Quién si no él. Pero en ese momento estaba absolutamente
discapacitado para ocuparse de su hemisferio izquierdo. Invadido por el otro,
el emocional, buscó en placares y estantes, aumentando aún más el caos. Hasta
que encontró la caja con las fotos. Al salir se miró en el espejo del ascensor.
Tenía la ropa a la miseria.
Estoy recortando animales de una
revista para pegarlos en el bloc el nene que me regaló el abuelo. Entra Guillermo y
me dice dentro de un rato va a venir papá y te va a invitar a la cancha pero yo
quiero ir solo con papá así que vas a decirle que no tenés ganas de ir
entendiste bien y no se te ocurra contarle que yo te comenté nada. Entonces
entra papá y con su sonrisa luminosa dice tengo una sorpresa para vos Francisco.
Acababa de regresar del estudio, los chicos peleando entre sí para acaparar su
atención, cuando sonó el teléfono. ¿Cómo te trata mi hermanita? se
presentó Jirafa. Francisco recién advirtió que debería haberlo llamado y no
tuvo más remedio que invitarlo a tomar un café. Terminaría mal si seguía
tomando café. El café es el
menor de los riesgos evaluó.
Estaba cenando con sus hijos la sopa de arroz
indicada por Valeria. Francisco aspiró profundamente y el olor le llegó más
allá de la nariz, hasta las vísceras. Tuvo que cerrar los ojos. Papi, ¿qué
te pasa? preguntó Luciana, siempre atenta. No puede contestarle porque está
sentado al lado de Jirafa. Suena el timbre y minutos después una adolescente de
jumper gris, medias tres cuartos y pelo recogido pasa ante ellos sin saludar,
deja libros y carpetas sujetos con un elástico sobre el sofá y desaparece por el pasillo cerrando la
puerta tras de sí. ¿Y esa quién es? pregunta Francisco. ¿Quién va a
ser, imbécil? ¡mi hermana! Francisco se da cuenta de que hace mucho que no
va a lo de su amigo porque a la nena flacucha y con trencitas ahora se le
levantan las tablas del jumper. Arriba, por delante; abajo, por detrás.
Instantes después reaparece, sin corbata, la camisa arremangada, el pelo
suelto, oliendo a jazmines y se sienta frente a él. Francisco, ¿te acordás
de Claudita? pregunta la madre con el cucharón alzado frente al plato de su
hija. La chica lo mira sonriendo con desenvoltura pese a sus aparatos y él
observa que se le hacen hoyitos. Para mi mamá siempre seré Claudita dice
meneando la cabeza, provocadora. Mirámela
a la flacucha piensa Francisco y tiene, por suerte debajo de la mesa, una
tímida erección. Luciana insistió papá, ¿qué te pasa? Por aquí todo bien le
escribió a Valeria aunque no puedas creerlo ayer Alicia nos invitó a tomar
el té, Nicolás no estaba pero Moira se lució con los chicos. Llamaron de la facultad, ya te extendieron la
licencia. A Lulú se le cayó otro diente, no te preocupes que Pérez ya está
preparado. Camilo se sacó diez en un
oral de sistema nervioso, la maestra me comentó que un médico no lo hubiese
explicado mejor. Tobi se pilló dos veces. El trabajo sin novedades. Me alegra
que Alejandra se esté recuperando. Besos para todos. Te quiero. Yo. Después
se acostó. Puso bajito el disco y rememorando la sopa tuvo otra erección. Ahora
poderosa.
Lo miro a Guillermo que parpadea rápido
entonces digo gracias papá prefiero quedarme. Él me pregunta sorprendido por
qué y yo le explico tengo que pegar todas las figuritas que recorté. A estos
chicos quién los entiende dice papá fastidiado y se van sin saludarme. Me
parece que se enojó conmigo. Suerte que
la abuela me preparó mucho engrudo.
Mientras subía recordó un comentario de Claudia
las memorias recuperadas a veces no reflejan acontecimientos reales y en
lugar de plantearse si habrían existido el garaje, la cancha y el sobretodo se
inquietó pensando que tal vez había inventado la sopa de arroz.
Francisco abre la caja y desparrama fotos sobre
el escritorio. Separá las del colegio ordena Claudia. Alicia, Guillermo
y él, alternándose. Este soy yo. De un lado la foto grupal, del otro el
primer plano de un niño con delantal blanco y
moño a lunares.
La inútil sesión solo tuvo dos réditos. Para
ella, comprobar, satisfecha, que él solo respondía al elemento topográfico. Para él, haber gozado durante cincuenta
minutos del espectáculo del corpiño color malva insinuándose a través del
encaje blanco de la blusa.
¿Te bancás el celibato? le preguntó Horacio
y ante el silencio de Francisco insistió ¿le das mucho a las manos? Mirá
que sos boludo intentó él defenderse quizás temiendo que su amigo pudiera descubrirle en la cara quién
era su fuente de inspiración.
Fue a la cocina a
buscar el salero. Cuando regresó, se detuvo a unos pasos de la mesa. Contempló
a sus hijos. Piyamas, el cabello mojado, parloteando con la boca llena. Tan
endiabladamente vitales que Francisco tuvo miedo.
Su secretaria intentó que entrara en razones. La señora del petit hotel está con el herrero y necesita decidir el diseño de
las rejas. Decíle que confíe en su
buen gusto Marcela lo miraba, disgustada y si no, aconsejála vos
dijo Francisco cerrando la puerta tras de sí. Arrancó con el motor
aún frío. Minutos después tocaba el portero eléctrico. La esperó en el coche. Buen momento para un cigarrillo pensó.
Pocas veces en su vida había atravesado una
situación tan ridícula. Buscando con su analista colegio para nuestros hijos. Si no hubiera estado tan
conmocionado se habría reído. A través del vidrio de la puerta pudo contemplar
las salas llenas de pequeños con delantal a cuadritos. Después se dirigieron
hacia el patio de la primaria. Era la hora del recreo. Una bandada de pibes
gritando, riéndose, corriendo. Las blancas palomitas. Como con la bomba
neutrónica las aulas, aunque vacías, exhibían las características de sus
ocupantes. Les mostraron un salón con
gradas. El aula de ciencias naturales. Salieron. Él se disponía a
invitarla a tomar un café cuando ella dictaminó vamos al consultorio.
Francisco comprobó, alarmado, que estaba muy decepcionado. Tenía una
gran decepción.
Claudia, señalando
un almohadón sobre el piso, le ordena sentáte.
Francisco obedece. La sensación de que las piernas le sobran. Claudia lo
percibe y le indica sentáte como un indio. Él la obedece, en todo la
obedece. Mientras ella habla la
voluntad de Francisco se va achicando. De pronto se siente molesto.
Tiene urgentes ganas de orinar. Levanto la mano y la señorita me
pregunta Francisco qué querés. Puedo ir al baño pregunto y ella dice saben bien
que al baño se va en el recreo ya no son bebés pueden esperar. Sigo plegando el
papel glasé metalizado. Tengo muchas ganas de hacer pis. Junto fuerzas y levanto de nuevo la mano.
Francisco ahora qué te pasa dice la señorita y yo le pregunto puedo ir al baño.
Los chicos se ríen y la señorita ordena silencio y por suerte toca la campana. Nos levantamos
agarramos las bolsitas del perchero
guardamos los útiles y salimos.
Frente al aula formamos fila tomando distancia y me parece que no
aguanto más. A una orden de la maestra avanzamos. Mientras camino el pis va
corriendo por mis piernas hasta que
llega a mis medias a los zapatos al piso. Señorita Francisco se hizo pis dice
Adrián. Los chicos se ríen y se detiene la fila. Qué vergüenza Francisco un
chico grande dice la señorita cállense y avancen. En la puerta está Alicia que
se acerca se agacha para darme un beso y me pregunta cómo te fue y yo le digo
lo más bien. Alicia me mira mejor y dice Francisco qué pasó con tus medias y yo
le contesto sin mirarla abrí la canilla del patio y me salpiqué. Estás
seguro me pregunta y justo Enrique se
acerca y dice es cierto yo lo vi. Alicia sonríe mueve suavecito la cabeza y me tiende la mano. No quiero a
volver a la escuela nunca más. Llegamos a casa. Alicia abre y yo corro hasta mi
cuarto. Cierro la puerta. Me saco el delantal tan rápido que arranco dos
botones. Me saco los zapatos las medias el pantalón el calzoncillo abro el segundo cajón y busco
un calzoncillo limpio y cuando me lo estoy poniendo se abre la puerta.
Claudia le aprieta el hombro y él abre
lentamente los ojos. Se pasa la mano por la cara y comprueba que la tiene
mojada. Alarmado, se mira la entrepierna. Ella le alcanza un pañuelo de papel.
Él lo agarra. Quisiera ser como Peter Pan piensa. Se para farfullando
pretextos, tiene que irse, está tan avergonzado. Antes de cerrar la puerta ella
le roza la mejilla con extrema suavidad. Doux.
Ya en el bar, esperando a Jirafa, se le ocurrió
avisarle a Horacio. Quizás su presencia ayudara. Media hora después los tres
revivían anécdotas. Hasta que, pese a los esfuerzos de Francisco, el presente
se montó sobre la mesa. ¿Cómo va tu tratamiento? preguntó Jirafa. Increíble,
recordé un montón de momentos de mi infancia atinó a decir. Estaba
seguro afirmó Ricardo con énfasis mi hermana es un fenómeno. Horacio
acotó me comentó nuestro común amigo, que tu hermanita, por si fuera poco,
no está nada mal mientras diseñaba
nuevamente curvas en el aire. Francisco tuvo ganas de matarlo.
Ojo, que con la analista no se jode le advirtió jocoso Jirafa además
acordáte que vos estás casado. ¿Ella no? preguntó Horacio. Francisco
retuvo la respiración. Se separó hace años, una historia bastante
desgraciada Ricardo de repente se echó atrás si Claudia se entera de que
estoy ventilando sus intimidades frente a un paciente me castra cabeceó
indicándolo a Francisco cuando se vaya este te cuento.
Por qué te estás cambiando enano pregunta Guillermo
y yo mientras termino de subirme el calzoncillo que encima se enrolla le
contesto sin mirarlo me salpiqué con una canilla. Ahora lo llaman canilla dice
divertido no te habrás hecho pis y yo niego con la cabeza y él me provoca vamos enano confesálo te
hiciste pis y a mí me da furia y me abalanzo sobre él y trato de golpearlo. Guillermo
me embroma bueno bueno se enojó el enano que hace pis. Las lágrimas me resbalan
estoy transpirado y pateo y manoteo al aire. Guillermo levanta el brazo para atajar mis golpes y me amenaza parála que
voy a tener que devolvértela. Entra mamá y pregunta qué está pasando aquí. El
enano está furioso porque se hizo pis le cuenta. No lo mortifiques más ordena mamá. El bebé
siempre necesita que lo defiendan se burla Guillermo mientras sale. Yo me quedo
solo con mamá que se agacha y me abraza. Yo no porque soy piterpan y me fui
volando.
Alejandra ya en su casa. Valeria alternándose
entre hermana y sobrinos. Por momentos siento que no soporto más, pero ya
sabés como soy, rápido me recupero. Vaya si Francisco conocía la
resistencia de Valeria, su voluntad a toda prueba. Tu mujer vale oro solía
decirle su mamá cuidála que otra así no vas a encontrar. Francisco se
descubrió pensando que Valeria era tan perfecta que a veces daba trabajo
quererla. Apagó la luz. De a poco se adormeció. Tanto que creyó que ya estaba
soñando.
Francisco quiere demostrarle que no la
necesita. Que a veces no la necesita. Que a veces tanto no la necesita.
Carraspea y le informa anoche recordé.
Mirá lo que compré dice Guillermo y me muestra
un sacapuntas en forma de elefantito. Es
japonés me explica y yo le pido me lo dejás tener. Solo un rato porque se puede
romper y es el único que existe en el país. Lo sostengo sobre la palma de la
mano y lo toco con mucho cuidado. Es gris tiene orejas enormes un poco más
oscuras dos ojitos muy negros y un agujero para meter el lápiz. Dámelo me dice
te voy a mostrar cómo funciona. Obedezco y Guillermo pone un lápiz rojo en el
agujero y gira al elefante con movimientos cortos y firmes y después saca de
adentro un lápiz con la punta más afilada que haya existido jamás. Pasan muchos días y no me animo pero ahora
Guillermo está sentado frente a su escritorio y yo doy vueltas a su alrededor hasta que él
explota y me grita se puede saber qué cornos te pasa. Puedo llevar el
elefantito a la escuela le pido con un hilo de voz. Qué dice Guillermo no te
escucho. Que si puedo llevar el elefantito al jardín repito muy fuerte ya está
ya me animé. Estás loco dice Guillermo. Te juro que lo voy a cuidar como un
tesoro por favor prestámelo. No sé lo tengo que pensar dice Guillermo y yo le
ofrezco si me lo prestás te doy mi alcancía. Está bien pero no quiero nada dice
me gustaría verle la cara a Adrián. Yo después te cuento. Hecho campeón dice y
chocamos las manos.
Estoy en el tranvía con Alicia como todas las
mañanas. Adentro de la bolsita a cuadritos celeste y blanca envuelto en la
servilleta que me hizo la abuela está el elefantito. Alicia me deja tirar del
cordel del tranvía que para y nos bajamos. Camino por la calle una mano en la
mano de Alicia y la otra sosteniendo con fuerza mi bolsita. Nunca tuve tantas
ganas de ir al colegio. Cuando llega la hora de la merienda abro la bolsita y saco el mantelito y le digo
a Enrique mirá lo que traje y desdoblo la servilleta. Un elefante dice Enrique
y qué. No es un elefante común fijáte bien es un sacapuntas. Un sacapuntas no
puede ser dice Enrique y entonces le muestro el agujero y los ojos se le abren
como uvas y los otros chicos se acercan. Ahora les voy a mostrar como funciona
digo y saco el lápiz que me preparó Guillermo para la demostración y lo meto y
empiezo a mover el elefante con movimientos cortos y firmes. Todos se quedan
callados hasta que digo ya está y saco el lápiz y es impresionante porque
parece un clavo de filoso y Adrián me pide dejáme probar pero yo le digo no
puedo porque sos muy chico y podés romperlo. A qué viene tanto revuelo nos reta
la maestra y yo escondo rápido el elefante porque está prohibido traer juguetes
al jardín. Cada uno se sienta en su sillita y
saco mi alfajor y lo como y nunca
fui tan feliz. Cuando suena la campana descuelgo la bolsita del perchero me la cuelgo del codo y ocupo mi lugar
en la fila. Tomamos distancia
y esperamos que la directora nos diga hasta mañana niños y cuando lo dice
nosotros le cantamos hasta mañana señorita y salimos. Estoy primero en la fila
porque soy el más petiso papá dice que el también era chiquito y que después
creció. Las mamás se van acercando de a una y nos retiran de la fila. Llega
Alicia me da un beso y me agarra de la mano. Yo me suelto y le digo espera un
poco y abro la bolsita porque le dije a Enrique que afuera se lo dejaba usar.
Meto la mano y no encuentro nada duro. Saco el mantel y la servilleta se cae al
suelo y la bolsita queda vacía. Me sudo todo. No puede ser digo. Qué pasa
pregunta Alicia. El elefantito no está le contesto sin poder creerlo. Alicia
agarra la bolsa la da vuelta sacude el mantel y la servilleta y no cae nada el elefante desapareció. Las lágrimas me
brotan a borbotones. No llores dice Alicia ya lo vamos a encontrar. Me agarra
de la mano y entramos al colegio. Me doy vuelta y me choco con los ojos de
Enrique que parece que se le salen. Alicia habla con la portera y nos deja
pasar al aula. Alicia se agacha y busca debajo de las mesitas. Yo lloro
desesperado. La portera trae la escoba y barre toda el aula si lo encuentro te
lo guardo dice y me pellizca el cachete. Entra la maestra y Alicia le cuenta.
Eso pasa por traer juguetes al colegio encima me reta. Alicia me da la mano y
dice Francisco vamos. Yo no quiero pero me tironea. Salimos a la calle y ya se
fueron todos. No puedo parar de llorar. Alicia se agacha y me abraza y después
me alza y yo me aferro a su cuello y escondo la cabeza y le digo yo a casa no
vuelvo. No digas pavadas dice y para un
taxi y subimos y me siento a su lado y me apoyo en su falda y ella me acaricia
la cabeza. Llegamos a casa. Alicia pone la llave en la cerradura y justo cruza
Guillermo y pregunta a este qué le pasa.
Escondo la cabeza en la pollera de Alicia que dice le robaron el elefantito.
Aprieto fuerte los ojos porque no quiero escucharlo.
Francisco concluye de hablar, orgulloso de
haber podido mantener la emoción a raya. Que Claudia guardara sus pañuelos, no
volvería a pasarle, se lo juraba, él no era Tobi. Ella queda en silencio un
rato largo, mientras él mira por la
ventana simulando indiferencia. Seguís sin poder decírselo afirma ella. Francisco siente que los ojos se le llenan de
lágrimas. Simula un estornudo, mira el reloj y se levanta. Se me hace tarde anuncia.
Vamos campeón los hombres no lloran dice
Guillermo y me tira del pelo pero despacito contame qué cara puso el tarado de
Adrián. Me aparto de la pollera de Alicia y le cuento casi revienta de la
envidia. Seguro que te lo robo él dice Guillermo y me empuja el hombro pero
suavecito. Entramos los tres. Me gustaría poder decirles cuanto los quiero.
Los pasos no retumban porque ahora el piso está
lleno de bolsas de arena, de cemento, de
cal. Francisco está eufórico, como
siempre que inicia una obra. El rescate acaba de empezar. Es más que euforia. Está excitado.
Es el primer día de clases y estoy contento
porque papá me compró útiles nuevos y
Alicia me forró los cuadernos rivadavia con un papel araña que recién salió y
que se llama plastificado entonces suena la campana y una maestra que no
conozco dice formen fila aquí cuarto A y estoy yendo cuando viene la señorita
Susana y dice Castillo venga lo cambiaron al B y me agarra de la manga y yo
siento que me corre la transpiración y
le pregunto por qué y la señorita me dice son las órdenes que me dieron y me
lleva hasta la fila de cuarto B y me pone delante de todo porque sigo siendo el
más petiso y cuando me doy vuelta todo
el A me está mirando entonces busco a lo lejos y veo a mamá que me hace señas y
yo digo señorita quiero hablar con mi mamá pero ella me contesta ahora no ya
van a tocar el himno y es cierto porque empieza el oíd mortales pero yo no
canto y la miro a mamá que levanta las cejas.
Estaban cenando cuando Luciana dejó el tenedor
suspendido y preguntó ¿la extrañás a mamá? Francisco quedó inmovilizado
hasta que Tobi salió en su ayuda ¡mamá, mamá! Francisco se levantó y lo
agarró en brazos. Camilo también colaboró siempre tan tarada, lo hiciste
llorar. La nena, la pregunta olvidada, le tiró la servilleta por la cabeza más
tarado serás vos. Con Tobi colgado del cuello Francisco se interrogó cuánto
la extraño mientras Camilo y Luciana se corrían por el living. Quiero
irme de aquí se permitió reconocer.
Nos hacen pasar al aula que no es un aula común
porque no tiene bancos tiene gradas y por supuesto me toca la primera fila y
soy el tercero empezando de la punta al chico que tengo a mi derecha lo conozco
del patio al otro nunca lo vi y la
señorita Susana se para en el frente y dice bienvenidos niños este año
trabajaremos juntos quiero presentarles
a un alumno nuevo Castillo por favor póngase de pie y el que conozco del patio
me tira de la manga y me dice paráte y yo me paro y sé que tengo la cara roja y
encima los de atrás protestan no lo veo no lo veo entonces la señorita dice
adelante Castillo y me hace una seña y los dos chicos de la punta se paran y me
dejan pasar y yo salgo de la fila y avanzo hacia el frente y además de colorado
sudo y la señorita dice les presento a Francisco y miles de ojos me miran y
escucho risitas y murmullos y la señorita ordena silencio y después dice
Castillo deseo que se encuentre cómodo entre nosotros ahora vuelva a su lugar y
yo subo a mi escalón los dos chicos se paran de nuevo y después nos sentamos
los tres y el de la derecha dice me llamo Horacio y entonces la señorita ordena
alumnos saquen el libro de lectura y como se escucha el ruido de todos los
portafolios abriéndose ella pide silencio niños y saco mi libro y Horacio me
dice qué buen forro dónde lo compraste y el de la izquierda también lo mira y
la maestra indica abran el libro en la página cinco y hay ruido de hojas y la
maestra ahora grita silencio y después pregunta quién quiere leer y como nadie se ofrece dice voy a tener que
elegir y nos mira a todos y después dice Castillo póngase de pie y como yo me
quedo sentado Horacio me tira de la manga y yo no puedo creerlo debe ser una pesadilla y la maestra repite
Castillo lo estoy esperando y yo me paro sí pero para decirle con un hilo de
voz no voy a leer y ella me dice no lo escucho y se me va todo el miedo y solo
me queda una rabia gorda y digo fuerte no voy a leer y ella me mira fijo hasta
que Horacio se para y pregunta puedo
leer y la señorita duda y al fin le hace una seña y a mí me dice Castillo
siéntese luego hablaré con usted y Horacio comienza yo adoro a mi madre querida
yo adoro a mi padre también ninguno me quiere en la vida como ellos me saben
querer y la señorita lo felicita y él se sienta y yo pienso que por suerte Alicia
me dio una hoja de papel plastificado de repuesto.
Bajo la ducha Francisco pensaba en el vínculo
entre sus hijos. Recordó las palabras del pediatra cuando, años atrás, le habían planteado su inquietud por lo mucho
que se peleaban. En mi experiencia las peleas entre chicos inmunizan contra
las distancias entre grandes comentó el médico y ante la cara de
sorpresa de ellos agregó cuando no se aprendió de pequeño que las infinitas
peleas devienen en infinitas reconciliaciones, se temen tanto los
enfrentamientos que, con tal de evitarlos, se reprimen por igual opiniones y afectos.
Las palabras de Grieco cobraban ahora real magnitud. Francisco siempre
había evitado el más mínimo choque con sus hermanos. Más
vale poco que nada. Ya en su cuarto, encendió el wincofón. Cuando
apoyó la cabeza sobre la almohada, la imagen se reiteró. Él estaba junto al
tocadiscos y observaba. ¿A quién? Cerró
los ojos y ahora sí. A pocos metros de él, una chica bailaba. Los
pequeños pechos levantando el vestido azul con brillitos en el cuello, apenas
unos centímetros sobre las rodillas. Las medias transparentes ofreciendo las
piernas ya impecables sobre los discretos taquitos. Tobillos de galgo pensó.
El pelo largo, negro, lacio, brillante, oscilando al compás de la música. El
lento giro de manos y antebrazos, los codos fijos, los brazos extendidos, los
hombros impulsando el movimiento. Y en el delicado meneo de la cadera toda la
sensualidad del mundo. Francisco, el corazón aleteándole, apagó el tocadiscos y
se desplomó sobre el colchón. Evocó la imagen y logró repetirla. Una película
muda. Apretó los ojos hasta que le dolieron. El sonido irrumpió, estrepitoso. Noche
en la ciudad, sábado, gente que viene y que va. El dolor bajó a los
testículos.
Suena la campana y la maestra dice niños pueden
pararse silencio por favor salgan en orden y cuando llegamos al patio me arrimo
a la pared y se me acerca un chico alto que dice hola me llamó Ricardo pero
todos me dicen Jirafa y yo me presento soy Francisco y el sonríe y me dice ya
nos dimos cuenta y tengo miedo de ponerme de nuevo colorado y él me pregunta
por qué te pasaron y yo le contesto no sé y él averigua eras de los burros y yo
niego con la cabeza pero él insiste te portabas mal y yo tengo que negar de
nuevo mientras veo que se acerca otro chico y como se nos queda mirando Jirafa
le pregunta qué te pasa Rafa tenemos monos en la cara y Rafa contesta quería
ver de cerca al nuevo y me palmea el brazo viejo se la hiciste gorda a la ceño
seguro que todavía está violeta de la rabia y Jirafa dice es un grande y me
pasa la mano sobre el hombro entonces suena la campana y formamos fila y
entramos al aula y me siento en mi lugar
que es al lado de Horacio.
Antes de salir controló el correo electrónico. Alejandra
no está bien, ayer amaneció con mucha temperatura y decidieron internarla para
hacerle estudios. La tuve que dejar sola porque no tenía qué hacer con los
chicos. Brian se durmió llorando, pidiendo por la mamá; me acordé tanto de
Tobi. No sé cuánto voy a resistir, los
extraño más de lo soportable. Perdoname, no estoy en un buen día. Esta noche
llamaré por teléfono alrededor de las ocho, que estén todos, por favor. A
medida que leía, el estado de ánimo de Francisco se iba deteriorando. Un
anzuelo enganchado al alma lo jalaba hacia abajo. En un instante sus modestas
preocupaciones rebajadas a la categoría de boludeces. Agradecía que
todavía no existieran máquinas que le permitieran a Valeria conocer los
desfiladeros por donde caminaban los pensamientos de su marido. Ella
horadada por el dolor, la soledad, las
responsabilidades y él dedicando tiempo y energías a meditar sobre las
exigencias de Alicia, el egocentrismo de su madre, la indiferencia de su padre.
Ojalá hubiera sido solo eso. Horas de su vida escuchando a Vicky. Prefirió no
pensar en Claudia. Además se le estaba haciendo tarde. Apago la computadora y
partió.
Suena la campana y salimos de nuevo al recreo
justo cuando aparecen los del A y Claudio me pregunta che Francisco por qué te
cambiaron y yo le digo no sé y Adrián dice por algo será y me dan ganas de
trompearlo entonces lo veo a Enrique y me acerco y le digo viste lo que me pasó
y él mira el piso y en eso Horacio me
hace señas y yo voy y me pregunta si
quiero cambiar figuritas y le digo bueno
y también está Jirafa que averigua tenés la treinta y cuatro y por
suerte la tengo y se la cambio por la
diecisiete que es la única que me falta para completar la página y me pongo
contento pero lo sigo mirando a Enrique
que mira el piso.
Francisco recuerda al Tribunal de Osiris. Para
alcanzar la salvación eterna el peso del corazón del difunto debía ser menor
que el de una pluma. Mientras el ascensor sube Francisco siente que el suyo es
cada vez más pesado. Ammit lo devorará con su cabeza de cocodrilo. ¿Cómo
estás? lo saluda Claudia y cuando él se dispone a hablarle de Vicky, de Los
Náufragos, de Ammit y de su culpa ella le pregunta ¿recordaste algo más?
Mamá se
inclina y me da un beso y me pregunta cómo te fue. Bien le digo mientras dejo
arriba del sofá la valija nueva que es de cuero y tiene dos bolsillos con
hebillas. Qué pasó que te cambiaron de curso averigua y yo le contesto la maestra no sabe. Mañana iré al colegio y
hablaré con el director dice mamá un alumno brillante como vos pasarlo al B
dónde se ha visto debe haber un error no te preocupes que ya se va a solucionar
y si hace falta le diré a tu padre que vaya
siempre a un hombre le hacen más caso y además tu papá es diputado y si
no voy a hablar con la madre de Enrique ella es la presidenta de la cooperadora
y tiene mucha influencia. Entonces entiendo y le digo dejá mamá ya me hice de amigos y además la señorita
Susana es muy buena y pienso que a Enrique lo veré en los recreos porque ahí la
mamá no se da cuenta.
Francisco piensa que la relación con sus
recuerdos es la misma que se establece con el presente; está uno tan imbuido del mismo que se carece de la capacidad de
analizarlo. No había reparado en lo que Claudia le está marcando,
la madre de Enrique, tal vez la punta del iceberg. Mientras él reflexiona ella
continua hablando en lo que a mi tesis se refiere, el trabajo está
terminado; gracias a tu colaboración y ella sonríe ya pude encontrar
pruebas fehacientes de que los ámbitos fueron decisivos en el proceso de
recuperación de tu historia. Él no puede creer lo que está escuchando ¿me
estás despidiendo? logra articular y el rencor le estrangula la voz. En
las últimas sesiones me limité a
escucharte dice ella ya se destrabó el mecanismo de represión,
ahora todo depende de vos, mi presencia quizás sea hasta contraproducente. Francisco
se da cuenta de que su autonomía fue un error fatal y se enfurece no me
tomes de boludo, ya obtuviste lo que
buscabas y ahora mi minúscula historia te aburre; lamento no haber podido
ofrecerte al menos un incesto. Suena el portero eléctrico y Claudia se
incorpora llegó otro paciente. Él
también se para no podés dejarme así. Claudia se acerca a la puerta el
lunes lo charlamos. Francisco sale sin despedirse y baja por la escalera porque
el ascensor ya está subiendo y él no quiere cruzarse con el otro paciente.
Llega a la calle y empieza a caminar. Sin rumbo determinado camina.
En cuanto entró a su casa Camilo apareció
corriendo recién llamó mamá. Francisco miró el reloj: ocho y media. Que
estén todos, por favor había pedido Valeria y a él se le había borrado de
la cabeza el horario del llamado, la salud de su cuñada, la angustia de su
mujer, Valeria misma. Osiris sería inclemente. Intentó comunicarse de inmediato
pero no lo logró. Mientras la comida se calentaba fue al videoclub con Tobi a
devolver una película. Regresaba cuando, desde la esquina, vio a Luciana tras
la reja, esperándolo. Apuró el paso. ¿Qué hacés afuera? la retó. Llamó
la tía Carolina, ¡es urgente! Alarmado, buscó el teléfono. Su cuñada iba a
pasar una semana al campo e invitaba a los chicos, Francisco dudó pero Carolina lo tranquilizó
alegando Tobi me quiere mucho,
no va a extrañar. Francisco se imaginó a sus hijos trepando a los
árboles, andando a caballo, cazando mariposas, correteando con sus primos tras
un cuis. Además, los mayores acababan de rendir los exámenes bimestrales. No
había mucho que pensar. Les pregunto a ellos y te llamo enseguida
Francisco al cortar agregó gracias desde ya, me encanta que los quieras
y pensó que Alicia nunca los había llevado de paseo. La respuesta fue obvia:
saltos, gritos, planes. Tobi, sin entender demasiado, disfrutando del entusiasmo general. Cenó con
los chicos incapaz de seguir el hilo de la charla entrecruzada, superpuesta,
excitada. Preparó con ellos las mochilas y los mandó rápido a la cama. Intentó
de nuevo comunicarse con Valeria. Como no lo logró le escribió un mail
excusándose y se acostó. Recién al apagar la luz recordó la sesión. Claudia
había sido clara, ya no lo necesitaba, se había agotado su utilidad. Sintió un
dolor tan punzante que inspiró profundamente intentando aliviar la presión en
los pulmones. Junto con el aire se coló el Francisco adolescente junto al wincofon.
Está mirando a Claudia y nota que su vestido es azul. Entonces, mientras ella
sigue bailando, él busca un disco, se afana, necesita encontrarlo a tiempo. Con
los acordes finales de Los náufragos, alcanza a ponerlo en el pick up.
Claudia se aparta de su compañero de baile y se arrima a la mesa. En cuanto
suena la primera nota, Francisco se acerca rogando que no le ganen de mano.
Llega junto a ella cuando Vicky arranca con doux, doux, l‘amor est doux. ¿Bailás? pregunta y ella asiente con la cabeza.
Él la toma de la cintura y ella se apoya en su hombro, las manos enlazadas.
Gradualmente él va disminuyendo las distancias hasta que puede sentir sobre su bremer la
presión de los pezones. Francisco espera a que Vicky repita bleu, bleu, l‘amour est blue y le susurra algo en el oído con el corazón
hecho una orquesta. ¿Cómo? pregunta ella apartándose ligeramente. Él,
con el alma en la boca, repite qué coincidencia pero Vicky ya canta gris,
gris, l’amour
est gris. No te entiendo dice
Claudia. Entonces él le dice nada,
no importa. Cuando la canción termina. Francisco se desprende y se aleja
sin mirarla. Pleure mon coeur quand tu n’es plus la. Humillado, atrozmente dolorido. La
imagen se deshace. Veinticinco años después la certeza de Francisco es
absoluta: nunca en la vida deseó tanto a una mujer.
Mientras manejaba dictaminó la vida no es
justa. Valeria lidiando con Alejandra mientras Carolina se iba de
vacaciones. Era evidente que en cada familia había leyes implícitas que
determinaban los roles, leyes incomprensibles para los de afuera. Cuando llegaron ya estaban todos embarcados.
La camioneta de sus cuñados parecía una pajarera y allí depositó a sus tres
pajaritos munidos de respectivas mochilas. Un revuelo de gritos, carcajadas,
ladridos y empujones. Solo falta Pepe lamentó Camilo. Francisco envidió
la infancia que estaban viviendo sus hijos. Qué ilógico, la envidia era un
sentimiento que él asociaba a la parte mezquina de su ser, esa de la que se
avergonzaba. Que sus hijos le despertaran sentimientos mezquinos era algo
inadmisible. Por lo visto, no era tan íntegro como siempre había creído.
Los chicos habían dejado un tendal. Recogió
peluches y pijamas pero cuando iba a estirar las colchas decidió cerrar las
puertas de los dormitorios. Se sacó los zapatos y se tiró sobre la cama. No
recordaba cuánto hacía que no estaba solo en esa casa. Evocó una tarde en
Madrid, cuando era muy joven. Por una serie de imprevistos había tenido que
separarse por unos días de sus compañeros de viaje. Mientras caminaba por la
Gran Vía pensaba que no había nadie que supiera dónde estaba en ese instante,
nadie que tuviera manera de comunicarse con él. Había experimentado una salvaje
sensación de libertad. Hubiera querido
desnudarse para comprobar su invisibilidad. Un átomo vagando en el cosmos. La
situación actual era más modesta pero igualmente disfrutable. Para inaugurar el
anonimato, buscó el libro de turno e invirtió unos minutos localizando el punto
donde había interrumpido la lectura. Valeria se fastidiaba con él, no entendía
porque no usaba los miles de señaladores que le había ido regalando. Él
proponía excusas que soslayaban la verdad: buscar la palabra abandonada era su
única manera de leer. El rastreo de las páginas precedentes le permitía retomar
la atmósfera del libro antes de embarcarse en la lectura lineal. Encontró el renglón
cuarto de la página treinta y cinco y leyó un par de hojas hasta que se dio
cuenta de que no tenía ni la menor idea de lo que acababa de leer. Depositó el
libro sobre la cama. Trató de pasar lista a las actividades que sus hijos le
impedían realizar: dormir la siesta, escuchar música a todo volumen, caminar
desnudo por la casa, comer en la cama, masturbarse con tranquilidad. Y no se le
ocurrían muchas más. Se alarmó: era demasiado peligroso tener tanto tiempo
disponible. Como si una biblioteca entera se hubiera desplomado sobre él, se
sintió sepultado por sus temas pendientes. Analizándose ahora, descubría
que hacía semanas que su pensamiento era fragmentario, trunco. Dedicaba horas a
sentir algo con exquisita precisión y sin embargo, instantes después escindía
lo experimentado y saltaba a otro tema. Como un estudiante que pese a saber
cada bolilla no logra recordar el programa en su integridad. Las cosas parecían
existir en diferentes dimensiones. Cómo podía ser que hubiera vivido con tanta
intensidad su reencuentro con la Claudia adolescente y que horas después,
frente a la adulta, lo olvidara por completo. Francisco dudó, ¿había vuelto a
verla después de haber bailado con ella? El tiempo dejó de ser lineal. Hacía poco, tomándoselas a Camilo, había refrescado
las conjugaciones verbales. Una parte de su vida transcurría en presente
coexistiendo con varios pasados
diferentes. Pretérito perfecto, imperfecto, pluscuamperfecto, anterior.
Multitud de vidas simultáneas. Él era el nene al que obligaban a comer tortilla
y era el padre que liberaba al nene de comerla; era el escolar conminado a leer
en alta voz, el angustiado analfabeto y
el padre leyéndole a Tobi. Vomitaba sopa
y disfrutaba de la sopa de arroz. Era el paciente de Claudia y el adolescente
que se le declaraba con torpeza. Alicia le hablaba de sucesiones en un palco
del Colón. Guillermo lo ataba mientras comían panqueques. Era el padre de sus
hijos y el hijo de sus padres. Se preciaba de su incondicional fidelidad y sin
embargo no extrañaba a su mujer. Sintió como una bofetada. La madre del
borrego. Cómo podía haberse hecho tanto el imbécil. Se incorporó en la cama
súbitamente y se lo dijo con todas las palabras. Estoy loco por Claudia.
Al atardecer, luego de haber escuchado música a
todo volumen, comido en la cama, dormido la siesta, caminado desnudo por la casa y haberse
masturbado con toda tranquilidad invocando las piernas de Claudia, seguía
tirado sobre el colchón revuelto y era tanta la inquietud que por fin entendía
a los consumidores de ansiolíticos. Su cabeza era un remolino y ya no encontraba qué hacer. Se levantó y fue
hasta la computadora. Jugó un par de solitarios que estuvieron lejos de
devolverle la paz. Entonces abrió su correo y cliqueó en nuevo. Asunto: Otra
vez perdón. Cuando miró por la ventana ya estaba oscuro noche en la
ciudad, sábado. A intervalos de media hora revisó, sin suerte, su casilla
de mail. La noche ya es día, y yo sin dormir.
Ni bien despertó se acercó a la computadora.
Bandeja de entrada. Dos mensajes nuevos. Uno, como siempre, de Valeria. Ante el
otro, el pulso se le aceleró. No te preocupes, no me ofendí, mañana lo
charlaremos. Solo dos líneas empujándole el espíritu hasta el piso. Cómo
llegar a mañana. Iba a abrir el mail de Valeria cuando sintió que no le interesaba
lo que su mujer tuviera para contarle. No le interesaba nada de nada. Estaba
invadido por Claudia, por una atroz necesidad de Claudia. Una fiera enjaulada. Se duchó, se puso
lo primero que encontró sobre la silla y salió. Subió al auto. Cuando se quiso
acordar estaba junto al monumento al Cid Campeador. Qué hago yo en Caballito.
Recién cuando el auto de atrás le tocó bocina descubrió adónde iba. Idas,
vueltas y preguntas al fin llegó. Arengreen
1001. Francisco podría haber hecho el plano de esa casa de esquina de una
planta. Como si él mismo acabara de construirla. Estaba parado, observándola,
cuando salió un viejito con una bolsa de compras en el codo. ¿Buscaba algo? preguntó.
Él se acercó y le tendió la mano. Buenas tardes, mi nombre es Francisco
Castillo, viví en esta casa cuando era un niño. El hombre lo miró con
cierta desconfianza ¿y en qué puedo ayudarlo? Me gustaría echarle un
vistazo, si para usted no es molestia. Luego de una larga negociación que
incluyó la descripción minuciosa de la prefabricada que había en la terraza el
hombre por fin se decidió pase, no más, disculpe, está un poco revuelto;
desde que murió mi mujer, mañana hace dos años y tres meses, me resulta difícil
mantener todo en condiciones. Una ancha puerta de entrada con vidrios con
visillos los condujo a un pequeño hall al que daban dos habitaciones. Luego un
patio central que articulaba dos dormitorios, la cocina y el baño. Todo lleno
de muebles deteriorados y de olor a gato. Del patio saliendo una escalera
caracol que conducía a la terraza. Francisco recordó a Amenábar y se acongojó. ¿Cuánto hace que
vive aquí? preguntó. Más de treinta años, se la compré a una
señora que la tenía preciosa, con unos muebles que eran de llamar la atención;
me parece que la estuviera viendo, toda una dama
Es mi cumpleaños y los chicos vinieron a tomar la leche y
estamos en mi cuarto armando una pista de autos gigante con todas mis maderas cuando
suena el timbre y al rato mamá empuja la puerta entreabierta y dice Enrique
Claudio los vinieron a buscar y yo estoy sentado en el piso y me doy vuelta y
la miro tiene un vestido negro con un cinturón muy ancho y dorado y un collar de perlas y tacos
altísimos y la boca pintada de rojo y los aros de perla también la miro
demasiado y ella se da cuenta y me sonríe y yo me levanto rápido porque me da
vergüenza y vamos todos al comedor y las
madres están paradas cerca de la puerta y mamá les pregunta quieren un poquito
de torta y antes de que le contesten va
a la mesa y corta dos porciones de la torta en forma de ocho que me mandó la
abuela y agarra las servilletas y las cucharas y vuelve con su sonrisa y yo la
miro y miro a las otras madres con los zapatos bajos y las carteras colgadas
del codo y no son como la mía como que brilla mi mamá.
Ya en el auto no se decidía a arrancar. Hasta
que, de repente, su angustia cedió. Sonrió solo. Recién entendía por qué había
ido. Sin darse tiempo a recapacitar buscó su teléfono.
Francisco atendé dice mamá y me pasa el tubo
porque ahora tengo cuatro y ya aprendí a hablar por teléfono y me lo pongo en
la oreja y digo hola y la abuela dice qué quiere que le prepare mi Paquito
papas rellenas le pido porque con la abuela no me da vergüenza y me imagino las
papas doraditas con el queso que se derrite y se me hace agua a la boca y
quiero que sea domingo y le pregunto
puedo pedirte algo más y mamá me reta Francisco no seas pedigüeño entonces
yo digo me equivoqué abuela ya no quiero los buñuelos de banana y ella se ríe y
me dice entonces no habrá buñuelos para mi Paquito y yo igual me pongo contento
porque sé que no es verdad a veces la abuela miente pero si miente ella eso no
está mal la abuela no hace nunca nada mal.
Mientras el ascensor sube Francisco recuerda el
parto de Tobi. Valeria había llegado al sanatorio con dilatación completa.
Mientras los médicos se preparaban la partera le ordenó aguante, todavía no.
Así se siente Francisco, a punto de estallar. Toca el timbre y ella abre la
puerta, le da un beso y le indica acostáte. Él, aliviado, se deja caer
sobre el diván.
Papas nevadas concluye Francisco y ahora, al entenderlo,
experimenta una necesidad infinita de
estar con su mamá. Cuando salga de aquí pasaré a verla piensa y cuando
lo termina de pensar se da cuenta de su error y recién entiende en la piel que
su madre está definitivamente muerta y se llena de culpa. No le cumplí confiesa y
Claudia le dice no te entiendo.
Entonces Francisco le cuenta que están en
la puerta del 515 y que su madre le entrega las llaves a un señor. Se
dan la mano y mamá sube al remís y se sienta a mi lado. Arrancamos y mamá se
pone a llorar y llora tanto que le digo te prometo que cuando sea grande voy a
ser rico y te la voy a comprar. Mamá me abraza y llora todavía más fuerte y
Alicia le dice tranquilizáte no te das cuenta de que es una criatura y la está
pasando muy mal. Entonces me salen las lágrimas. Guillermo dice che enano los
hombres no lloran y yo trato porque encima me va cargar pero no puedo. Alicia
me seca la cara con un pañuelo. Cuando lleguemos a la casa nueva te presto la
máquina de sumar dice Guillermo y desde el asiento de adelante me revuelve el
pelo. Y Francisco nuevamente trata pero no puede y se da cuenta de
que es inútil que siga refaccionando casas, es Amenábar la que anhela, la que
nunca podrá alcanzar, porque no solo ambiciona la casa, ambiciona lo que él fue
allí adentro y lo que allí dentro fueron con él todos los demás. Claudia se
acerca al diván y, como Alicia, le tiende un pañuelo. Él se seca los ojos y
luego, agotado, los cierra. Aprieta el bollito de papel que lentamente cobra
textura, consistencia. Es un repasador. Pongo agua en la pava y trato de encender la
hornalla con un fósforo que se llama fragata pero no puedo. Enciendo otro y
casi me quemo los dedos pero igual no puedo. Entonces me doy cuenta de que está
cerrada la llave del gas y la abro y pruebo de nuevo y tengo suerte. Busco el
saquito porque ahora el té viene en saquitos y preparo la bandeja con un
mantelito como me enseñó mamá y agarro un limón y lo corto y me corto un dedo
pero poco entonces voy al baño y saco una curita del botiquín. Cuando vuelvo el
agua ya hirvió y eso está mal. Pongo el agua que hirvió en la taza y el saquito
adentro y abro la lata de los amaretis para las visitas y coloco tres en un
platito y pienso qué más falta y me acuerdo y busco la servilleta más chiquita
y salgo con la bandeja. Golpeo la puerta y mamá dice qué querés y yo le pregunto puedo pasar y ella me dice
espera un segundo y yo pienso que el té ya debe estar helado. Escucho pasá y
abro la puerta y veo a mamá sentada en la cama con su robe. Feliz día de la
madre digo y dejo la bandeja sobre su falda. El mantelito está todo chorreado.
Mamá me abraza y dice Francisco sos mi sol no sé qué haría sin vos. Suena el
teléfono y mamá me pide atendé rápido seguro son tus hermanos y yo corro y
atiendo. Hola Francisco está tu madre y yo grito mamá es Germán mientras tapo
el tubo con la mano como me enseñó la abuela. Mamá grita decíle que después lo
llamo. Cuando vuelvo al dormitorio mamá está intentando tomar el té y le corren
las lágrimas. Yo le digo tengo una sorpresa y ella se seca la cara con la palma
de la mano. Voy a mi cuarto y cuando vuelvo ya se lo tomó todo. Entonces le
alcanzo el boletín que dice Francisco Castillo tercer grado tercer bimestre
primer puesto en el cuadro de honor. Mamá deja la bandeja sobre la cama y me
felicita y me da un abrazo. Justo suena el teléfono y la cara le brilla y me
pide de nuevo andá a atender y yo voy
corriendo porque seguro son los chicos. Con la familia López preguntan y yo
contesto equivocado y corto. Quién era averigua mamá ansiosa y yo repito
equivocado y los ojos se le llenan de nuevo de lágrimas y una cae sobre mi
boletín. No te olvides de llamarlo a Germán le recuerdo y agarro el boletín
y salgo. Encima me borroneó dos diez concluye
Francisco. ¿Qué pensás sobre lo que me contaste? pregunta
Claudia y él es bruscamente instalado en el presente. Es curioso, una vez que
transmite sus recuerdos se escinde de ellos, se absuelve de analizarlos. ¿Me
escuchaste? insiste Claudia y él se ve obligado a contestarle se
confirma lo que siempre sospeché, el distanciamiento fue decidido por mis
hermanos; y nada más, tanta conmoción no me sirvió para nada más. Termina
de decirlo y se da cuenta de que le está dando pie para que ella vuelva a
sugerir el fin del tratamiento. En un instante el pasado deja de importarle y
recupera el estado de la noche anterior. Muere por ella. Me parece que te
salteaste un dato interesante Claudia lo aparta de sus elucubraciones y
Francisco no sabe de qué le está hablando. Ella, obviando su silencio, agrega nombraste
a un tal Germán. Él pretérito prefecto simple de nuevo en acción, él no
puede abarcarse y, no obstante, algo tiene que decir ¿sí?, no tengo la menor
idea de quién puede haber sido. Ella acota alguien a quien tu madre
apreciaba. Él sorprendido le pregunta ¿por qué lo suponés? Y ella
contesta porque consideraste que charlar con él podría aliviar el dolor de
tu mamá. Francisco admira su perspicacia. Germán. Quién sería Germán.
Trata, desesperadamente de recordar algo. Si no, tendrá que levantarse e irse.
Porque no es tan ruin como para inventar. Germán.
Sin que ella se lo indique inspira y exhala.
Mamá me pone el pantalón nuevo y me peina con
gomina y me dice vamos a ver el desfile. Vienen los chicos pregunto y ella me contesta iremos los dos
solos. Me da pena por Guillermo porque a él le gustan mucho los desfiles pero
por Alicia no porque a ella le aburren hasta
los de modas. Mamá tiene un vestido negro y un sombrero con tul y está
linda muy linda. Esperamos un rato largo
en la esquina hasta que levanto la mano y el taxi para y nos subimos. Me gusta
cuando el chofer baja la banderita me arrodillo en el asiento y miro por la
ventanilla. Mamá va fumando porque ahora fuma a mí no me gusta que fume pero no
le digo Alicia sí le dice y a mamá le molesta que Alicia le diga. Por fin
llegamos mamá paga y el chofer sube de nuevo la banderita que es roja y nos
bajamos. Hay mucha gente y vamos a una esquina y nos quedamos parados mientras
mamá fuma otro cigarrillo hasta que se acerca un señor y mamá dice qué
casualidad y le da la mano con el guante negro que también es de tul. Este es
Francisco dice mamá y yo miro para arriba y veo que el señor parece un muchacho
y me sonríe y dice yo me llamo Germán. Caminamos por la calle y nos acercamos a
una fila de personas que están de espaldas y de repente se escucha un tambor y
siento el ruido de los pies de los soldados y lo único que veo es ropa. Querés
que lo alce le pregunta el señor a mamá y ella dice bueno y el señor me sienta sobre sus hombros
y es un señor muy alto así que ahora veo lo más bien. Me gustan mucho las botas
y los sombreros parecen mis soldaditos de plomo. El señor me agarra los dos
pies con las manos los pies no los zapatos será para que no me caiga. Mamá a mí
no me habla porque estoy muy alto pero habla mucho con el señor qué suerte que
se encontraron. El desfile es muy largo y me duele la cola de estar así sentado
y me aburro y me parece que no va a terminar nunca y además tengo sed y ya no
me gusta que el señor me tenga alzado pero me aguanto. Por fin termina y me
baja y me cuesta caminar porque se me durmieron los pies. Esperamos en
una esquina hasta que pasa un taxi y lo para el señor porque mamá no se acuerda de que soy yo el
que siempre lo paro. El señor le da la mano y le dice a mamá después te llamo y
a mí chau pibe y subimos al taxi. Mamá está colorada y los ojos le brillan se
ve que el desfile le gustó. Cuando bajamos me dice mejor no cuentes nada porque
Guillermo se va a poner celoso y después te va a fastidiar. A mí me gustaría
contarle para que le dé envidia pero no se lo voy a contar para que no le dé
pena y porque me pidió mamá. En cuanto entramos Guillermo pregunta adónde
fueron y mamá le contesta al centro a ver vidrieras y me guiña un ojo. Yo no le
guiño porque todavía no sé y además porque
tengo un poco de rabia. Por lo del taxi.
¿Ahora sabés quién era Germán? dice Claudia cuando se asegura de que él ya no
seguirá hablando. Un muchacho que encontró en el desfile contesta
Francisco, de repentino mal humor. ¿También de adulto vas a seguir creyendo
que el encuentro fue fortuito? Él se está enojando el encuentro no tuvo
nada de malo. Ella no parece notarlo e insiste ¿tampoco que tu mamá te
hiciera mentir? Él se defiende yo no dije nada. Ella no ceja te
cambio la pregunta, ¿tampoco te llama la atención que tu madre decidiera
mentir? Y él se enfurece basta, Claudia, terminemos con esto, me hace
mal; no me importa el desfile, ni Germán, ni nada que haya decidido olvidar. La
mirada de ella se le incrusta ¿podés decirme entonces por qué domingo al
mediodía estás acá? Él quisiera
confesarle porque estoy loco por vos pero se calla, debe ser
cauto, cualquier error puede ser fatal. Perdoname le dice al cabo de un
rato y baja la vista porque ya no soporta esa mirada tenés razón y
controla el reloj se hizo tardísimo y
amaga incorporarse pero ella con un gesto lo detiene no tanto como para que
dejemos sin aclarar cuál ha sido el rédito de esta experiencia. Francisco
está desesperado y busca, al menos, una tregua tengo un día muy difícil, te
ruego que hablemos del tema en otra oportunidad ella ladea la cabeza y lo
mira y él decide jugarse el todo por el todo además estoy muerto de
hambre, ¿vos ya almorzaste?
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