Entradas acumuladas

A mis tres hermanos
Uno recordaba una línea de acontecimientos y fechas, desde donde uno se encontraba en aquel momento y hacia atrás. Es decir, una línea temporal (…) cuando se llegaba a la infancia ya no había línea; entonces, más bien aparecía un paisaje de acontecimientos, era imposible recordar el orden, su cronología, tal vez, éstos no siguieran orden alguno, sino que estaban dispersos, como sobre una planicie.

PETER HOEG
Los fronterizos




PRETERITO PERFECTO SIMPLE
.

Francisco levantó la vista del libro. Un esfuerzo leer con tan poca luz. Lo apoyó a los pies de la cama y se incorporó. Controló el goteo del suero y la mascarilla del oxígeno. Ya las dos de la mañana. Quizás Valeria estuviera en lo cierto: su presencia allí no tenía razón de ser. Su madre no había abierto un ojo ni movido un músculo en toda la noche. Francisco alisó las sábanas, apartó ligeramente la silla de la cama, recuperó el libro y volvió a sentarse. Libro que depositó sobre su pantalón arrugado. Una masa de horas, indiscriminada, agobiante. Su madre había empezado a sentirse mal el día del cumpleaños de la nena. Náuseas que se fueron transformando en vómitos incoercibles sin que los médicos entendieran qué estaba pasando. Radiografías de aquí, análisis de allá. Todo encuadrado en la burocracia resultante de su condición de jubilada. Cada práctica médica se realizaba en un lugar diferente, en horarios imposibles que nunca eran respetados. Recuerda con precisión la primera visita al gastroenterólogo. Cuando llegaron, la sala de espera estaba repleta. Decenas de representantes de la tercera edad  sentados, una al lado del otro, en lamentable exposición. Pasen y elijan su anciano favorito. Se ubicaron entre ellos. Después de media hora Francisco comenzó a impacientarse. A las cinco tenía que retirar a los chicos del colegio. Le preguntó a una viejita con bastón sentada a su derecha a qué hora la habían citado. 15 y 30. Algo no andaba bien. Le preguntó, entonces, a un hombre gordísimo instalado al lado de su madre. 15 y 30. Se paró y, recorriendo la sala, repitió infinitamente la pregunta.  Increpó, furioso, a la secretaria ¿por qué todos 15 y 30? Es la hora en que llega el doctor fue la lacónica respuesta y ante la cara desorbitada de Francisco agregó además, ellos no tienen nada que hacer. Hubiera querido trompearla pero tuvo que conformarse con solicitar el libro de quejas. Se acercó a su madre y sin explicaciones la agarró del brazo, la izó y pese a sus ruegos, la arrancó del consultorio, descargando la indignación contra la puerta. Un vía crucis. Encima, escuchar las protestas de Valeria contra sus hermanos. Un diálogo entre las enfermeras, a viva voz, en el pasillo, lo despegó de sus pensamientos. ¿No podían tener más cuidado? No. En el transcurso de esas semanas había llegado a la conclusión de que la mayor parte de los profesionales de la salud perdían de vista que el objeto de sus manipulaciones eran seres de carne y hueso. Cada estudio había representado para Francisco una odisea. Dar mil vueltas hasta conseguir estacionar justo enfrente. Subir a buscarla. Tocar el timbre y esperar, con el corazón galopando por causa de la demora, que le abriera. Más deteriorada, más sucia que el día anterior.  Comprobar que cada vez le costaba más movilizarla. ¿Podía la artrosis avanzar tanto en veinticuatro horas? Subirla al ascensor pensando que tenía que conseguir una empleada. Llegar a la planta baja diciéndose que ya hacía una semana que se lo había propuesto. Mientras la arrastraba hasta la puerta decidir que la situación ya había llegado al límite, su madre no podía estar sola ni un día más. Luego montarla en el asiento rogando llegar a destino sin que vomitara. Francisco se daba cuenta ahora, mientras seguía sosteniendo el libro cerrado sobre las piernas, que en esos momentos  no le había quedado espacio para preguntarse qué habría estado pensando ella, transportada como un objeto, quizás consciente del fastidio de su hijo, luchando contra las náuseas. Náuseas,  él sí que sabía de náuseas. Cerró los ojos. Otra vez pensando en sí mismo. Inspiró profundamente. Mirá todos los trastornos que te causo se disculpaba permanentemente su madre y él no había buscado palabras para confortarla. Hasta el día en que, después de suspender una reunión importante, llegó al hospital con los zapatos nuevos vomitados y la enfermera les comunicó que el ecografista había tenido que retirarse, Francisco estalló. Minutos después los médicos se arremolinaron y lo que parecía imposible se produjo: placas y análisis encadenados en el mismo momento, en el mismo lugar. Francisco se encendió de rabia, ahora al lado de su madre inmóvil, al recordar al traumatólogo blandiendo la radiografía junto a la camilla al tiempo que decía con estas rodillas, que se despida de volver a caminar. Y así fue. Cuando le comunicó que habían decidido internarla, su madre se limitó a encoger los hombros. Francisco no se atrevió a leerle la mirada. La dejó allí. Sola. Llegó a su casa y presionado por Valeria, llamó a Alicia. Si puedo mañana me doy una vuelta, fue su respuesta. El ruido de la puerta abriéndose lo sobresaltó. Un camillero que seguramente había arribado al lugar equivocado porque, sin excusarse, cerró con brusquedad y desapareció. Era él mismo que le había recomendado a la enfermera que tuvo que contratar para que acompañara a su madre. También tuvo que pagar la diferencia para que la trasladaran a una habitación inLdividual. Él iba un par de veces por día, pero permanecer más de diez minutos le resultaba intolerable. Le habían tenido que poner pañales y de solo recordarlo, las náuseas lo amenazaban. Su madre había sido la estampa misma del pudor. Impensable verla ni siquiera en camisón. Tal vez desconectarse fue el único recurso que había encontrado para poder sobrellevar tamaña humillación. Porque hacía unos días que al intentar que su madre tomara la cuchara su impaciente mamá, comé obtuvo un ¿para qué?, que fue lo último que escuchó de ella, y fue también la última vez en que su madre movió alguna parte de sí misma. Los médicos resolvieron la situación fácilmente: no quiere comer igual suero. Recién ayer había conseguido que la viera un neurólogo que después de revisarla y comprobar que pese a la inmovilidad conservaba los reflejos, indicó una tomografía de cerebro. Francisco sintió que esa noche sí debería quedarse. ¿Por qué hoy? había preguntado Valeria. Y aunque no lo sabía, se encontró justificándose con el estudio que le harían en cuanto amaneciera. Además, le vendría bien estar solo. Hacía semanas que se había transformado en una máquina que intentaba, a duras penas, conciliar obligaciones. Estaba cansado, demasiado cansado. Se reacomodó.

Se despertó sobresaltado. Las cuatro de la mañana. Se paró. El goteo del suero era normal. Se acercó a la cama y reacomodó la mascarilla. Su madre abrió los ojos. El corazón de Francisco se aceleró. Ella lo miró. ¿Qué había en esos ojos? Él le apoyó la mano en la frente. Dos lágrimas pesadas rodaron por la cara de la madre. Dios, ¿había estado consciente durante esa eternidad de horas muertas? La mascarilla comenzó a agitarse. Hecho un impulso, se la quitó. Su madre movió los labios, resecos por el oxígeno. Francisco buscó un algodón en la mesa de luz, lo embebió en agua y se lo acercó a la boca. Ella lo buscó con la lengua. No tenía la dentadura. Hubiera querido golpearla para devolverla a las tinieblas pero se encontró prometiéndole ya va a estar todo bien, mamá. Ella, los ojos fijos, ladeó casi imperceptiblemente la cabeza y emitió un sonido desarticulado. Lo invadió un terror irracional. Tranquila, mamá. Su mano volvió a la frente. Los sonidos se arrastraban indescifrables, guturales,  pero en los ojos de su madre había una intención. Estaba seguro. Hubiese necesitado ser sabio y solo se le ocurrían tonterías. Su madre inspiró hondo y logró articular prometeme… ¿Qué, mamá, por favor qué? Esto no podía estar pasándole. Quería escapar. Que alguien viniera a salvarlo. Valeria, Horacio murmuró mientras humedecía los labios de su madre que continuaba esforzándose. Después cerró los ojos, tal vez vencida. Francisco se apartó de la cama. El estómago revuelto. Se acercó a la ventana y apoyó la frente sobre el vidrio. Un hombre cruzaba la calle. Instantes después regresó junto a su madre, que seguía con los párpados cerrados. Estoy aquí, ¿me escuchás, mamá? Le apretó ambas manos con fuerza sin obtener respuesta. Entonces volvió a ajustarle la mascarilla. Después se sentó en la silla, se apretó a sí mismo con los brazos cruzados, bajó la cabeza e, involuntariamente, comenzó a balancearse. Para adelante, para atrás.

La pasaron a una camilla y de la camilla a una ambulancia. Francisco con ella por la calle todavía oscura. Era la primera vez que se subía a una ambulancia. La sirena no sonaba, qué extraño. A Camilo le hubiera gustado estar allí, en su colección de autitos la ambulancia era la preferida. Ahí estaba él, acompañando a su madre mientras pensaba en su hijo. Su madre y su hijo. Cerró los ojos hasta que lo sorprendió el chirrido de una frenada. Recién entonces juntó coraje para mirarla. Parecía dormida. La bajaron con brusquedad. Vio como la cabeza le retumbaba sobre la almohada. Luego la metieron atada, en un tubo que comenzó a girar. Por favor, mamá, no te despiertes.  A la tarde le dieron los resultados. Un cerebro acorde a su edad. El hemograma perfecto, el pulso parejo, la respiración, ya sin oxígeno, normal. Nada de que preocuparse. Que los médicos dijeran lo que quisieran: su madre se estaba muriendo. Y él sabía que no la iba a poder acompañar.

Acercó al oído su reloj. La pila no se había detenido, lo que estaba detenido era el tiempo. Miró a su alrededor. A pesar del trajinar de médicos y enfermeras, estaba solo. Le dolía el alma, ontológico término que lo remitía, casi con exclusividad, a los labios de su madre. ¿Era el alma ese hueco delimitado por las costillas transformado, ahora, en un punto de dolor? Y no era la misma categoría de dolor que recorría su columna, sus huesos todos. Al cerrar los ojos sus otros sentidos se exacerbaron y el rodar de las camillas se transformó en estruendo, el olor a sopa y a desinfectante en provocación. Volvió a abrirlos. Tomó de pronto conciencia de lo absurdo de la situación. Estaba sentado esperando que muriera su madre. Sentado en el duro banco del pasillo porque tenía la certeza de que si ella intentaba de nuevo hablarle el sistema nervioso de él iba a estallar. Logró serenarse. Quizás los médicos tenían razón y era él el loco. Sí, seguramente era así y no había nada que esperar. Entraría a buscar sus cosas. Empujó la puerta con cuidado y, conteniendo el aliento, de puntillas, se acercó a la cama. Su madre parecía estar esperándolo porque en cuanto lo percibió abrió los ojos, movió los labios y, cuando Francisco estaba a punto de escapar, la madre, con los ojos abiertos, mirándolo, dejó de respirar.

Un ruido lo sorprendió. La puerta frente a la cual aguardaba se abría. Francisco miró a su alrededor, ansioso. Hubiera querido pedirle al hombre corpulento que se acercaba que esperaran unos minutos pero no se atrevió. Le llamó la atención que no tuviera uniforme. Hacía días que estaba rodeado de uniformados. El hombre lo condujo por el pasillo hasta que chocaron con una camilla tapada con una sábana inmaculadamente blanca. El hombre la descorrió. Francisco tragó saliva y miró a su madre. Un alivió comprobar que le habían cerrado los ojos. La observó con atención. La piel amarillenta, el cabello pegoteado a la cabeza, profusión de arrugas alrededor de los párpados, de la boca, un rosario de manchas marrones salpicando el rostro, un hilo de baba en la comisura de los labios agrietados. En eso se había transformado su mamá. Sin poder soportarlo, cerró los ojos. Y, entonces, detrás de las pupilas se le superpuso otro rostro. Se resquebrajaron una a una las capas que  recubrían a esa anciana que no era su mamá y la piel se estiró hasta restablecer su tersura, los ojos se deshicieron del velo que los cubría, recuperaron sus contornos nítidos y comenzaron a brillar, la boca volvió a ser su boca y los labios pintados de rojo estallaron en carcajadas. Esa risa se le adentró, hasta colocarse en el centro de su ser. Recobrar la deslumbrante madre de su infancia lo descontroló. Casi corrió por el pasillo. Atravesó la puerta. Valeria ya estaba allí. La abrazó. Ella lo apretó fuerte. Un punto de apoyo; en la vida, hijo, todo se reduce a encontrar un punto de apoyo.

¿Oscuro o claro? ¿herrajes dorados o plateados? fíjese, aquel, por una pequeña diferencia, es notablemente superior, observe el lustre. Ojalá hubiera dedicado tanto tiempo a elegirle un vestido, un regalo. Ni hablar de la cantidad de dinero. Qué más daba. Porque se pudriría tanto en uno como en otro. No obstante, se encontró intentando recordar la madera preferida de su madre. Y no se permitió elegir el más barato. Su mamá no merecía el peor cajón.

Francisco, sentado en otra silla dura, de alguna manera seguía esperando. Y ahora era la mezcla del olor a flores y a cigarrillo lo que provocaba su malestar. Apoyado en la pared, entornó los párpados. Hasta que percibir una respiración a su lado lo obligó a abrirlos. Sin saber por qué, se incorporó. Quizás solo por buena educación, porque una vez que se encontró de pie se le terminaron las intenciones. Me acabo de enterar dijo Guillermo. La expresión de sus ojos increíblemente verdes lo condensaba. Guillermo era como un gato. Libre, seductor y profundamente egoísta. Sin embargo, Francisco no lograba tenerle rencor. Su hermano estaba demasiado desligado de todo y de todos como para ser juzgado con las mismas leyes que se aplicaban al resto de los mortales. Francisco sin decir una palabra, lo abrazó. Guillermo le palmeó la espalda y luego de un instante se apartó, giró sobre sí mismo, en silencio, y se alejó. Francisco, con un solo movimiento, se dejó caer sobre la butaca. Escondió la cabeza entre las manos. Así quedó,  hasta que unos pasos le anticiparon la cercanía de su mujer. Se descubrió la cara. Valeria se sentó a su lado y le tomó la mano, gesto que en lugar de aliviarlo, aumentó su angustia.  Apretó los párpados y cuando los abrió comprobó que Alicia estaba atravesando la puerta. La esperó de pie. Ella caminó hacia él, imponente pese a ser tan menuda. De negro. Aunque siempre vestía de negro. Cómo fue preguntó mientras lo besaba en la mejilla. Francisco se encogió de hombros. ¿Sufrió? Alicia se sentó junto a él y le pasó el brazo sobre el hombro como si fuera una criatura. Francisco no recordaba la última vez que habían estado tan próximos. Instantes después percibió la rigidez de ambos cuerpos. Porque su  familia de origen no había sido afecta a los contactos.  Sin saber tampoco cómo separarse permanecían en silencio. Le quedaba claro que a Alicia solo le daba lástima la lástima del hermano menor. El hermanito. El cuerpo se le aflojó. Cerró los ojos y se entregó al contacto.

Qué distinto el velorio de su padre. Francisco no había podido encontrar un lugar en medio de la caravana de gente importante que Alicia recibía con un aplomo admirable,  a pesar de que él sabía lo que había significado para su hermana esa pérdida. Aplomo que también Guillermo supo demostrar. Francisco había vuelto a ser el nene menor. Nunca consiguió sentirse un hombre frente a su padre. No creía que hubiesen compartido una sola conversación que rozara los sentimientos ni que su padre se hubiera interesado por alguna de las decisiones importantes de su vida. Tenía la certeza de haber sido el menos querido de los tres. Quizás el desconsuelo que experimentó ante su muerte más que por su pérdida fue por no haberlo tenido nunca tanto como lo había necesitado. El intolerable dolor de saber que no era protagonista del dolor.  Un deudo secundario.

Absurdo pero rotundo: los tres no estaban velando a la misma madre. Francisco ya estaba acostumbrado a sentirse hijo único. La hermana había decidido que el bienestar de la madre no era asunto que le competiera.  Alicia la llamaba para el cumpleaños y para el día de la madre. Se reunían para Navidad. Pero de responsabilidades, nada. Un día, ante un pálido reclamo, Alicia había sentenciado mirá, Francisco, lo lamento por lo que a vos te toca, pero yo no pienso hacerme cargo de mamá y ahí había concluido la conversación. A Guillermo ni siquiera le había planteado el tema. Y Francisco, de alguna manera, los habilitaba. Pese a las discusiones posteriores con Valeria, que no entendía nada del vínculo entre ellos. ¿Sabés lo que son tus hermanos?, dos vivos, eso es lo que son. Por eso, además de por los chicos, había preferido que Valeria se fuera. Lo único que le faltaba era que el velorio se transformara en una batalla verbal entre sus hermanos y su mujer. Ya con qué sentido. La madre solía utilizar a Francisco para enviarles recados o para averiguar lo que a sus primogénitos no se animaba a preguntar. Cualquier gesto que de ellos procediera se convertía en una fiesta. Motivo por el cual Francisco se había alegrado del par de fugaces visitas de Alicia al hospital. Sin embargo, Guillermo no había ido, ni una sola vez había ido. Estaba tan enredado en sus pensamientos que solo descubrió a Horacio cuando le habló. Se abrazaron apretada y largamente.

La noche transcurrió lentísima. Valeria, pese a sus indicaciones, apareció a las tres de la mañana con un termo y con su chocolate favorito. Era curioso, el sentimiento predominante ante las muertes cercanas era la vergüenza por sus necesidades vitales. Se convencía, entonces, de que no podía tener hambre, sueño, sed. Pero fue tal la insistencia de su mujer que terminó mordisqueando la tableta. Flanqueado por Valeria y por Horacio, vio llegar el amanecer. A gatas contestaba y hasta le molestaba escucharlos charlar. Su mujer y su mejor amigo tan próximos y sin embargo tan ajenos a sus necesidades. Había una porción de sí mismo inmune a los acercamientos. Una cáscara que al tiempo que lo aislaba le daba forma, evitando que se derramara. Como la valva de un molusco. Buscando alivio en el movimiento se acercó al cajón. Miró a su madre. Dentro de unas horas se acabarían, para siempre, las posibilidades de observarla.  Nunca había reparado de dónde procedían las orejas de Luciana, la impecable curvatura de la frente de Camilo, las cejas de Tobi. Jamás la había examinado tan intensamente. Solo a alguien muerto o dormido se lo puede contemplar así. Se concentró en la boca. Tanto que le pareció que los labios se despegaban. Huyó como del diablo, y se reubicó junto a su mujer que dormitaba. Francisco entornó los párpados. El chocolate le había caído mal, empezaba a tener náuseas. Y en esa oscuridad privada descubrió que era huérfano. No por ser adulto dejaba de ser huérfano. Se le ablandaron las costillas de desvalimiento. Valeria se reacomodó y le apoyó una mano sobre el muslo. Francisco la tomó y con delicadeza palpó los nudillos, delineó las uñas ovaladas, perfectas. Entre miles, aun a oscuras, podría reconocer esos dedos. Ambos aumentaron la presión del contacto.

Con la luz del amanecer hizo su aparición una anciana sacada de un libro de cuentos. Impecable cabello blanco, pañuelo de seda anudado al cuello,  zapatitos con tacón, cartera colgada del codo. Le costó reconocer en ella a Delia. También su abrazo lo conmocionó. Muchas horas de la vida de su madre se habían llenado con las interminables conversaciones telefónicas con Delia, sobre todo cuando las piernas les empezaron a fallar. Ella los necesitaba tanto,  nunca aprendió a estar sola. Tu madre te adoraba, siempre fuiste la luz de sus ojos. Mientras la ayudaba a subir al taxi, una última frase Elisa fue una mujer excepcional, vos fuiste el único que supo valorarla.

El frío de la muerte se encarnizó con los vivos. Los huesos transformándose en escarcha a medida que bajaban escaleras y recorrían galerías. Advirtió que, salvo los suegros de Alicia, no había representantes de la generación de su madre. Una comitiva cercana a los cuarenta enterrando a su mamá. Se felicito por no haber dejado que fueran los chicos. Además del frío lacerante y del deseo de aliviarles dolores, no tenía espacio para ellos. Demasiado hijo como para tener que ocuparse de ser padre. Parado frente al nicho calibraba el tamaño de su angustia. Hacía tiempo que ya no precisaba a su madre, que no ocupaba en pensar en ella más que un par de segundos diarios. Sin embargo un agujero se le instalaba en las entrañas. Y así como al nacer su primer hijo había descubierto que ya no ocupaba la punta de la rama, ahora,  al tocar por última vez el cajón elegido con tanto esmero, supo que su árbol genealógico se quedaba sin raíz. Bruscamente se cerró la tapa del nicho. Le entregaron una tarjetita. Galería 28, fila 4, 375. El nuevo domicilio de su mamá. Supo que jamás la visitaría. Se aparto del grupo y salió. El viento arreciaba. Temió salir volando. Sin raíz. Horacio se acercó y lo sujetó del brazo. Un punto de apoyo.

Llegó y sin posibilidad de contener las preguntas de los chicos, se dio una ducha y se acostó. Despertó, horas después, empapado. Fue hasta el baño y vomitó. Se acostó nuevamente. Valeria le acercó una buscapina y un termómetro. Treinta y nueve. Sin embargo, amaneció sin fiebre. Vamos a dar una vuelta te va a hacer bien distraerte. Con qué fuerzas. Valeria salió con los chicos. Al anochecer, cuando regresaron, él seguía en la cama.                                                 

Tuvo que levantarse y enfrentar de nuevo obligaciones y rutinas. Todo agravado por el descalabro provocado por los días de hospital. En el estudio los problemas lo esperaban en fila y los chicos, como respuesta al primer abandono al que los había sometido, todavía más demandantes que de costumbre. Se sentía fagocitado. Todos intentaban acompañarlo pero él no se animaba a confesarles que lo agobiaban. Precisaba estar solo. Revivir sus últimos instantes de hijo. Como si solo así pudiera prolongar la vida de su madre unos instantes más. Porque ya lo había experimentado con su padre: cada minuto que transcurría iba borrando, lenta pero inexorablemente, las huellas. Y el olor de la ropa se iba diluyendo, el recuerdo del sonido de la voz se iba opacando. Hasta que, en un proceso que quizás demandara años, los últimos átomos de un muerto desaparecían el primer día transcurrido sin que nadie, aunque fuese durante la milésima de un segundo, lo recordara. Por omisión, cómplice uno de la muerte.

 Después de dejar a los chicos en el colegio, tras días de postergaciones, se dirigió al departamento. Subió hasta el cuarto piso y tocó tres timbres. Durante unos segundos quedó inmóvil esperando los pasos desparejos, el ruido de la mirilla. Avergonzado, miró a su alrededor. Buscó en el bolsillo la llave que su madre había marcado con esmalte de uñas. Un corazoncito rojo. Desde abajo de la puerta lo asaltaron multitud de papeles amenazantes y antes de agacharse supo que serían los dueños de muchas de sus horas. Impuestos, expensas, reuniones de consorcio, notas del sifonero. Por suerte las persianas habían quedado levantadas y  se colaba el sol. Sin sacarse la campera, se desplomó sobre un sillón, añorando la sonrisa con que se iluminaba el rostro de su madre cuando lo veía llegar. Se reclinó sobre el respaldo. Acudió a su boca el sabor del infaltable té con que  ella intentaba agasajarlo. Agua pura en porcelana. Por que nunca te pedí que lo hicieras más cargado. Francisco se tocó las mejillas sorprendido: él jamás lloraba. Las lágrimas se fueron transformando en sollozos, que lo sacudieron, haciéndolo temblar.

Le tomó otros cuantos días juntar fuerzas para regresar. Recorrió en cámara lenta los ambientes atiborrados. La madre nunca había querido deshacerse de sus muebles y a medida que las mudanzas la habían ido privando de metros cuadrados, los objetos se fueron concentrando. Pasó un dedo por la biblioteca. Pese al aparente orden resultaba claro que hacía mucho más de un mes que nadie limpiaba. Fue a la cocina a tomar agua. Sacó de la alacena un vaso tan engrasado que tuvo que lavarlo. Con jabón blanco porque su madre siempre había sostenido que el detergente le estropeaba las manos. Abrió la heladera. Enfrentarse con los restos de huevo pegoteando la huevera fue la confirmación. Él había supuesto que su madre estaba en condiciones de llevar adelante esa casa y era obvio que no había podido. Él no había registrado las condiciones reales en que había vivido su mamá. Siempre demasiado apurado, visitas de médico decía ella. Solo para recoger un impuesto o dejarle dinero. Porque los almuerzos en el comedor atestado de muebles habían quedado atrás. Rememoró con nostalgia las cintas argentinas del 25 de mayo, los churros del 9 de julio. El vermut  servido en el bar, Camilo agitando las piernas en los bancos altísimos tomando granadina con pajita en una copa de cristal. Pero a medida que su familia crecía fue resultando más fácil tocarle el portero eléctrico y venirla a buscar. Casi todos los domingos. Aleatoriamente cuando faltaba Carmen. Aunque en el último año habían ido prescindiendo de su ayuda. Demasiada carga para su artrosis  los tres nietos.  Me contó mi Luciérnaga que el sábado están de casamiento, ¿querés que me quede con los chicos? No hace falta, Valeria  combinó con Carmen. Pero para mí es un gusto. No, mamá, está todo arreglado. ¿Querés traerme a alguno? Por favor, no insistas. ¿Ya ni para cuidar una criatura sirvo? Volvió al living. Sentado en el sillón intentó recorrer con disciplina los empolvados estantes de la biblioteca. Príncipe y mendigo, Sandokán, El pequeño lord, Corazón, Peter Pan, La colina de los conejos. Se incorporó y se acercó a uno de los estantes más altos, colmado de maltrechos libros de lectura. Upa, Cogollitos, Pininos. Tomó uno. En la primera hoja una redonda cursiva infantil germen de la inconfundible caligrafía de su hermana. Alicia Cristina Castillo. 3ro A. Lo hojeó. Retratos y frases enérgicamente tachados. Yo amo a Evita. Yo amo a Perón. Sonrió descubriendo qué antigua era la vocación política de su hermana. Devolvió el libro al estante y tomó otro. Pasó los dedos por el lomo desnudo surcado de hilos. Moroso,  palpó  las esquinas redondeadas, los cantos raídos. Desde las yemas le subió algo indefinible. Abrió el libro al azar. Un señor lavando un auto. Lo cerró con violencia y lo abandonó sin guardarlo. Se puso la campera y salió. Desde el ascensor le avisó a Marcela que iba para el estudio.

No tuvo buen día. Un cruce de palabras con el dibujante. Un presupuesto rechazado. Para ventilarse fue a comer en el bar de la esquina pero le sirvieron un bife que resultó de cartón. Lo abandonó sobre el plato y fue a dar una vuelta. Desazón decía su mamá.  Hasta que las yemas de los dedos le enviaron texturas ajenas al bolsillo. Recordó un artículo que comentaba que cuando a una persona le cortan una mano, por cierto tiempo experimenta percepciones que parecen provenir de ella. Francisco se detuvo. Sacó las manos del bolsillo y se las miró. Y de pronto se dio cuenta de que estaba en la mitad de la calle, que la gente caminaba sorteándolo y que él se miraba las manos. Las regresó a los bolsillos. Tenía náuseas. El bife, seguramente.

Mientras cenaban Luciana comentó la manzana me ayudó. Camilo acotó una fruta es una cosa, no puede ayudarte. Valeria salió al cruce a mí fue una pera quien me ayudó. Mujer e hijos trenzados en una fragorosa competencia verbal sobre la molestia de los dientes flojos, los métodos para lograr que se cayeran, el caudal de la sangre, el monto de las compensaciones. Francisco, suspendido, se escrutaba. Presionó la lengua contra los incisivos, pero lo único que encontró fue resistencia. Su lengua solo registraba resistencias, virgen de otras sensaciones. Los envidió. Luciana, reafirmada, preguntó y a vos, papi, ¿alguna  fruta te ayudó?

Intentó leer pero no pudo concentrarse. Una molestia difusa le recorría el cuerpo. Apagó la luz, y se acomodó de cara a la pared. Valeria entró al cuarto, a oscuras, y se acostó a su lado. Segundos después Francisco reconoció en la espalda los pechos de su mujer, rodillas calzándose en el hueco de las propias, una mano rodeándole la cintura. Pudo percibir su morbidez, su tibieza. Morbidez y tibieza que tenían el poder rotundo de provocarle una inmediata erección. Cualquiera otra noche. Porque esa, en lugar de girar y comenzar con la fase dos del rito, Francisco intentó regular el ritmo de la respiración. Lisa y llanamente, no encontró mejor remedio que hacerse el dormido.

Iba tan ensimismado que no tuvo reflejos suficientes para evitar el impacto. El suelo quedó tapizado de hojas que aunque no eran suyas se agachó a recoger. Momento en que se encontró con su obstáculo humano que se había agachado con idénticas intenciones. Recién entonces se miraron.

Café mediante, anécdotas del secundario fueron surgiendo sobre la mesa como dados arrojados desde un cubilete que iba pasando de mano. Ricardo agregaba un detalle a las imágenes evocadas por Francisco, este precisaba un nombre o una fecha a las aportadas por el primero. Hasta que Ricardo se retrotrajo al primario qué quilombo  se armó cuando agarré uno de los gatos que siempre merodeaba por la escuela y lo largué en el aula; la señorita Susana casi se desmaya; me suspendieron una semana, vos todos los días me alcanzabas las tareas hasta casa, ¿te acordás? El cerebro de Francisco en blanco. Ricardo insistía ¿y cuando tu mamá nos llevó a dar una vuelta para probar el auto que se había comprado? no tenía techo y todos nos miraban; cuando mi vieja se enteró casi me mata, la tuya era la única madre que manejaba;  a veces te dejaba arrancar el auto y todo; cómo te envidiábamos; siempre fuiste el mejor, yo era un animal, si me habrás soplado en las pruebas. Jirafa seguía, sin reparar en que hacía rato que parloteaba solo. Porque Francisco no  tenía ni la menor idea de qué hablaba su amigo. Si le daba crédito a lo que estaba escuchando, tenía que aceptar que otro sabía sobre él más que sí mismo. Una angustia insidiosa. Ricardo continuaba pero Francisco solo en parte lo escuchaba. Tratando de extraer de las neuronas alguna imagen contemporánea a las que le evocaban. Tan inútil como intentar responder sobre el capítulo trece de un libro que no alcanza la docena.   Finalmente Jirafa pareció advertir su silencio che, ¿qué te pasa? Francisco se encontró confesándole lo que siempre  había ocultado, a capa y espada, ante padres, hermanos, mujer, hijos y amigos. No recordaba nada de su infancia. Nada de nada.

Ricardo lo escuchó en silencio y se quedó reflexionando. ¿Te acordás de mi hermana?  preguntó al cabo de unos instantes. La imagen difusa de una adolescente acudió a Francisco que asintió. Es psicoanalista y en este momento está terminando su tesis, que trata justamente sobre las amnesias; si querés le pregunto, a lo mejor puede ayudarte.

Francisco esperó hasta el postre para comentar el encuentro con un compañero del secundario. Los chicos se rieron con la usurpada anécdota del gato. Cuando Valeria preguntó ¿volverán a verse? Francisco recién reparó en que no le había pedido el teléfono. Se dio un interminable baño de inmersión. Con éxito, porque cuando se metió en la cama, Valeria ya dormía. Él apagó de inmediato el velador. Amnesia. Amaneció con náuseas.

Dejó a los chicos en el colegio y se dirigió al trabajo, el informativo de las ocho y treinta en la radio del auto. ¿Cómo se llamaba la hermana de Jirafa? se preguntó en voz alta, intempestivamente. Cuando se quiso acordar estaba por Cabildo. No tenía el menor registro de cómo había llegado hasta allí. Arrimó el auto a la vereda, las sienes palpitándole, asustado. Arrancó, dobló por Federico Lacroze y retomó Cabildo, en dirección contraria. Las nueve ya. Manejó prestando mucha atención. Al llegar, por fin, al estudio, Marcela le comunicó que había llamado su hermana. Francisco le pidió un té digestivo. Mientras lo revolvía, discó el número del despacho de Alicia. Hay que iniciar la sucesión. Los trámites lo desesperaban. Le dio carta blanca. Para algo ella vivía rodeada de expedientes. Como papá.

Fue a buscar a los chicos al colegio, los dejó frente a la puerta, Cuando estaba por arrancar Carmen lo detuvo. El señor Ricardo le dejó este teléfono. Antes de agarrar el papel, Francisco por fin  recordó Claudia, se llamaba Claudia.

Mientras decidía qué hacer, barajó los sobres sin abrir apoyados sobre el escritorio. Miró los remitentes. Uno le produjo un pellizco interno. Sobre los pulgares el mentón, la punta de los índices sosteniendo la cabeza, cerró los ojos. Amenábar. Imágenes que sin llegar ya se alejaban. Se los restregó. Al abrirlos miró por la ventana. Anochecía. Se quedó unos instantes inmóvil y después agarró el teléfono. Cuando cortó, en el tubo quedó la huella de su mano.

Un beso sin sustancia en los labios de Valeria. Las preguntas de rutina, mientras de la cacelora ascendía un promisorio aroma.  Él eligió contestar me llamó Alicia por la sucesión. Desde arriba la vocecita de Tobi. Cuidame la salsa que voy a ver qué quiere el nene. Francisco depositó las carpetas sobre la mesada y tomó la posta. Por lo visto y por suerte Carmen no había comentado el llamado de Jirafa. Levantó la cuchara de madera y probó el tuco.

Quince minutos eran demasiados para simular que miraba vidrieras. Moría por un café. Veneno para su gastritis lo había alertado el médico.  Si vos dejás, te prometo que yo no fumaré nunca fue él único recurso que el miedo de sus catorce años había encontrado para convencer a su madre internada por un principio de enfisema. Para justificar el repentino rechazo a los cotidianos cigarrillos compartidos en el baño del colegio, había inventado una alergia en la que finalmente terminó creyendo. Mamá dijo sin darse cuenta. Entró a la confitería de la esquina. Desde la boca del estómago le subió un malestar ajeno al café.

Cuando el ascensor se detuvo no le quedo más remedio que salir. Se secó las manos en el pañuelo y tocó el timbre. Instantes después escuchó el repiqueteo de unos tacos altos que se iban acercando. Si la memoria, y de eso se trataba, no lo traicionaba, había sido una chiquilina flacucha y con aparatos. La puerta se abrió. Los años habían completado su desarrollo y corregido todos sus defectos.




PRETÉRITO ANTERIOR

La entrevista se inicia en el mismo tono de la conversación telefónica. Beso en la mejilla, tuteo. Ninguna referencia al pasado compartido. Sin embargo, en la inmediata cordialidad, el tácito reconocimiento de que no son por completo desconocidos. Claudia le explica que como Ricardo te habrá contado está completando su tesis sobre las amnesias. Francisco solo carraspea. Ella lo mira fijo un instante y luego continúa la amnesia disociativa, específicamente, es una incapacidad para recuperar información personal importante, la cual es demasiado generalizada para considerarla un olvido normal, digamos que es una falta de memoria autobiográfica; una persona puede experimentar un conflicto interno tan insoportable que su mente es forzada a escindir lo inaceptable; no obstante, la información olvidada sigue influyendo sobre el comportamiento; ¿continúo? Francisco sentado en el borde de la silla, bebe las palabras, casi anulando la respiración para escucharla mejor y aunque quisiera decirle que sí, que por favor no se interrumpa, solo asiente. Claudia sonríe perdoname, cuando comienzo no puedo detenerme y lo mira el tema me apasiona; hace una pausa y modifica la inflexión de la voz por lo que conversé con mi hermano y lo poco que me comentaste por teléfono, creo que esta entidad te calza de perillas, de todos modos hay una batería de pruebas que deberían confirmármelo. Francisco se decide a hablar ¿y si así fuera? Claudia se apoya en el respaldo del sillón, cruza las piernas y la pollera trepa sobre sus rodillas, descubriendo los muslos, las medias negras hay diferentes métodos para intentar recuperar la memoria, que incluyen hasta el uso de fármacos. El rostro de Francisco se tensa y agita la cabeza involuntariamente. No te asustes, lo que yo propongo es mucho menos cruento de nuevo Claudia sonríe  hace años que vengo trabajando en la exposición del paciente a referentes  concretos de su pasado él levanta las cejas objetos, fotos, personas, ámbitos  sobre todo; lo que más me interesa es lo que denomino elelemento topográfico”, escenarios donde  transcurrieron los hechos olvidados; para facilitar el trabajo suelo aplicar técnicas de hipnosis. ¿Hipnosis? tantea Francisco inquietoElla ignora sus temores y sigue explicando la mayor dificultad es destrabar los primeros recuerdos, luego es habitual que estos vayan surgiendo espontáneamente en los momentos menos esperados; lo que hay que tener en cuenta es que las memorias recuperadas a veces no reflejan acontecimientos reales; de todos modos el  hecho de completar las lagunas, aun con inexactitudes,  contribuye a reforzar la identidad descruza las piernas, apoya las manos en las rodillas y adelanta el cuerpo hacia él que, instintivamente, se echa hacia atrás.  Francisco, qué opinás pregunta  y su mirada es tan intensa que a él le duele.

¿Qué novedades? Obviar la entrevista hubiera cambiado la carátula de omisión por la de ocultamiento. Es largo, después de comer te cuento. La cara de sorpresa de Valeria mientras él enfilaba hacia la escalera. Media hora después Francisco, sentado a la mesa, observaba a sus hijos. Con detenimiento. Tobi, en la silla alta,  aprovechando que su madre estaba en la cocina, metía las manos en el puré de calabaza y con cara de suma satisfacción se chupaba los dedos uno por uno, mano tras mano. Los cachetes transformados en engrudo naranja. Francisco se encontró deslizando un pulgar interrogativo sobre las yemas restantes. Como la lengua con los dientes flojos, reparó en que sus manos eran huérfanas de pastosidades. Valeria regresó con una fuente y al ver el enchastre puso el grito en el cielo. Francisco, intempestivamente rugió dejalo. La escena se congeló. Valeria parada, los mayores con los cubiertos suspendidos, Tobi con los dedos culpables en la boca. Cuatro pares de ojos desorientados sobre Francisco. Dejó la servilleta sobre la mesa y se levantó. El estómago dado vuelta.

Estaba arropando a Tobi cuando lo sobresaltó la voz de Valeria desde la cocina. Francisco  besó al nene y, pese a sus protestas, bajó. Dos tazas sobre la mesita del living. Valeria esperándolo en el sillón apoyada sobre un codo, las piernas recogidas, la otro mano sobre los tobillos. Una posición tan suya. Su voz sonó crispada ¿se puede saber qué mosca te picó? Francisco se ubicó en el sillón de enfrente. Cruzando los antebrazos sobre las rodillas separadas, mirando el piso, la espalda combada, ante una Valeria que lo miraba desorbitada, confesó su ocultamiento de años. Amnesia disociativa.

La tensión entre ambos solía incrementar la calidad de los encuentros. Y esa noche no necesito que Valeria se le aproximara para abrasarse. La tomó sin pedir consentimiento. Se internó en ella con desesperación. Como si aventurándose en su matriz pudiera encontrar todo lo que de sí mismo había perdido. Acabaron juntos. Valeria se desprendió del abrazo y rodó hacia su costado. Instantes después su respiración se hizo más lenta, acompasada. Francisco hubiera necesitado reclinarse sobre sus pechos para escucharle el corazón. Fuerte y rara necesidad de escuchar un corazón de mujer que  disciplinara el suyo. Que lo meciera. Para adelante, para atrás.

Tengo que retirar a los chicos del colegio. Avanzo por la calle en patineta. Me deslizo con facilidad. Llego a la estación y voy a la boletería. Una adolescente me da un cartón que dice Mar del Plata-Luján. Sobre las vías avanza un auto rojo muy antiguo con capota negra que hace mucho ruido. Le hago señas pero no se detiene. Le pregunto a un hombre que lleva una caña de pescar si esta es una estación de trenes. Me dice que sí pero que las vías están muertas. Llega un colectivo destartalado de la línea 515 y me subo pero me dicen que mi boleto es para un vagón de traje. Me bajo. Voy corriendo a la boletería desesperado porque sé que los chicos están en peligro. Le pregunto a la adolescente que ya es una mujer por qué me dio para un tren de traje si yo le había pedido para el que saliera primero. Le digo que por su culpa perdí a mis hijos, inexorablemente. Le grito. Ella me dice que lo siente mucho por mí. Le pido que me acompañe. Vamos caminando de la mano. Ella detiene un auto. Yo subo. Ella le dice al remisero: saque ya mismo a este hombre de aquí. El coche arranca. Sé que es julio.  Abro la ventanilla y agito un pañuelo azul. En el momento en que despertó, sobresaltado, recordaba el sueño con exquisita precisión. Apretó los párpados para no perderlo porque tenía la certeza de que su pasado y su futuro estaban metidos allí. Hasta que la presión en la vejiga se hizo insostenible. Tuvo que abrir los ojos y encender la luz. El sueño comenzó a desvanecerse. Los cerró bruscamente pero fue inútil. Cuando por fin llegó al baño a gatas consiguió orinar. Tenía taquicardia. Recorrió los dormitorios de los chicos.  Tapó a Tobi y cuando estaba destapando a Camilo, sepultado bajo su acolchado, recuperó  una frase. Vía muerta. Se le oprimió la garganta. Fue hasta el living, se recostó en el sofá  y encendió, sin sonido, el televisor.  Después de un rato lo apagó. Quedó reflexionando sobre la propuesta de Claudia hasta las cinco de la mañana.

Estaba en el estudio, intentando terminar un presupuesto pese a los bostezos, cuando Marcela le pasó un llamado de Valeria. Con solo dos horas de sueño reunirse a conversar era casi el peor de los programas.  Sin embargo, el horno no estaba para bollos. En cuanto el mozo depositó ante ellos pan y manteca, Valeria atacó más lo pienso y más me indigno, en quince años no encontraste el momento para comunicarme que tu infancia era un agujero negro; no sé cómo no me di cuenta, no puedo creerlo. Él la interrumpió lo único que no necesito es que me retes. A ella se le llenaron los ojos de lágrimas y retiro la mano que él intentó tomarle. La llegada del mozo con las bebidas fue un alivio. Cuando se alejó, Valeria, ya repuesta, preguntó ¿qué pensás hacer? Él le explicitó la propuesta de Claudia. A pesar de que Valeria se mostró interesada, Francisco percibió su velada hostilidad. El mozo trajo las papas soufflé. Mientras decía gracias acudió a su mente la palabra nevada. Papas nevadas.

Horas después,  Horacio pasó por el estudio. Francisco tuvo ganas de comentarle a que no sabés con quién me encontré pero una cosa llevaría a la otra y no estaba en condiciones de escuchar los reclamos de Valeria trasladados a los labios de su amigo. Estaban charlando de política cuando Horacio lo sorprendió decime, ¿por qué tus hermanos no se ocupaban de tu vieja?, Adriana me lo preguntó en el entierro y no supe qué contestarle.  Aunque era un buen pie para confesarle su ignorancia de años Francisco solo contestó no estoy de ánimo para hablar de mi mamá. Horacio cabeceó y reanudaron la conversación interrumpida. Su amigo se fue y lo dejó a solas con la necesidad de decidirse. El planteo de Claudia había sido claro: ambos se precisaban. A ella, para redondear la tesis, le hacía falta solo otro caso. Él precisaba recuperar su infancia para restablecer el sentido del yo. Arancel cero. Como anillo al dedo topa con toparías tal para cual un roto para un descosido. Pero Francisco tenía miedo.

Nuevamente el taconeo acercándose a la puerta. Claudia lo besa en la mejilla y lo hace pasar. Francisco piensa que aun a oscuras la estela de su perfume le señalaría el camino. Se ubican como en la anterior ¿sesión? De nuevo medias negras, otra pollera corta.

¿Cuándo se inició la sensación de extrañeza? Francisco reflexiona durante unos instantes y luego comenta no sé si tiene relación, justo hoy se cumple un mes del fallecimiento de mi madre. De qué murió pregunta Claudia. Una lesión en el píloro provocada por los inflamatorios que tomaba a mansalva por su artrosis contesta él. No parece causa suficiente insiste ella. Fue un  paro cardiorrespiratorio, en realidad. Ella no ceja sí, pero provocado por qué él  levanta los hombros o sea que desconocés el motivo de la muerte de tu madre. Francisco queda en silencio y recién descubre que desde el primer vómito, él supo que su mamá se había quebrado. Punto de no retorno. Mamá se dejó morir afirma de pronto. ¿Vos querías que tu madre se muriera?

Sobre llovido, mojado. A Alejandra, su cuñada que vivía en Estados Unidos, la tenían que operar de un tumor en la mama dentro de quince días. Y estaba sola, con los dos nenes chiquitos, además. La otra hermana, Carolina, con cinco hijos a cargo, el último un bebé. Valeria era la única posibilidad y luego de muchas deliberaciones decidió que iría. Solo el amor por su hermana podía lograr que se planteara separarse de los chicos por primera vez. Además, no es momento para dejarte. Como si también pasara por ella regular el momento en que las desgracias se presentaban.

Claudia deja la libreta sobre la falda y se desabrocha el primer botón de la blusa. Francisco también tiene calor. Se saca el suéter y se acomoda el cabello. ¿Profesión? continúa ella. Arquitecto. ¿Y a qué te dedicás? Francisco se relaja y arranca ni bien me recibí comencé a trabajar en uno de los estudios más importantes de Buenos Aires  y me pusieron a diseñar los  primeros edificios gigantescos con piel de vidrio; me pagaban muy bien y fui escalando posiciones, hasta que después de un par de años entré en crisis; un buen día fui a trabajar y al sentarme frente al papel de calco descubrí que me había quedado en blanco; estuve una tarde completa incapaz de trazar ni una línea; y pateé el tablero, a pesar de las discusiones con mi mujer. Ella lo interrumpe ¿estás casado? mientras libera el segundo botón. Sí, hace como quince años él se apresura a continuar a pesar, te decía, de que a mi mujer le agarró el ataque, al día siguiente presenté la renuncia; en el estudio no podían creerlo, ofrecieron duplicarme el sueldo, la posibilidad de asociarme; pero fue un basta para mí; pocas veces en mi historia me sentí mejor conmigo mismo que cuando salí de ese mausoleo, metí mis cosas en el auto y me instalé en la Confitería de las Artes; pedí un café y saqué una hoja, me acuerdo como si fuera hoy: bueno Francisco, ahora qué querés hacer me pregunté; tuve una revelación: yo quería arreglar casas viejas, casas con huellas del paso de generaciones; detesto esas casas elegidas por catálogo, que parecen haber sido depositadas por una grúa gigantesca sobre un césped de utilería, envueltas para regalo con papel de celofán;  cuando me topo con  escaleras de mármol,  molduras, azoteas,  escondrijos, siento que eso es lo mío y cuando meses después consigo que una casa arruinada adquiera el confort de la modernidad conservando su esencia, siento que esa es la única manera que tengo de luchar contra un supuesto progreso que para mí  no es tal concluye satisfecho, seguro de haberla impresionado. Claudia anota en la libreta y él está orgulloso por eso se descoloca cuando ella acota quince años de matrimonio, casi un prodigio en nuestra época. A él le molesta el comentario y necesita justificarse  para mí no entra en la categoría de lo posible pensar en romperlo. Ella levanta la vista de la hoja para preguntarle ¿se llevan mal? Él cabecea para nada, vivimos en armonía. Ella ladea la cabeza y sonriendo añade curiosa manera de calificar un vínculo amoroso. Francisco se siente torpe y está por decirle que jamás discuten cuando Claudia relee lo escrito, levanta la mirada y le pregunta ¿hiciste terapia alguna vez? No, creo que a la vida hay que abarajarla como viene y tratar de amigarse con lo que a uno le toca; me parece una puerilidad suponer que haya alguien con poderes para organizar nuestro transcurrir; creo que es una suerte de religión de los ateos supuestamente progresistas contesta Francisco recuperando su autoestima, pero ella se la baja de un hondazo entonces, ¿por qué estás acá? Intenta defenderse Ricardo me comentó de tu tesis mientras descubre que está iniciando una terapia. Es loable que entregues tu tiempo para colaborar con el trabajo de una desconocida. Él no sabe qué decir. Ella lo mira con insistencia. Él se reacomoda en la silla. Ella no. El silencio es cada vez más tenso y él sabe que ella no lo romperá. Creo que necesito ayuda por fin dice y se da cuenta de que le duele que ella lo considere un desconocido.

Hasta las desgracias tenían beneficios secundarios. Valeria estaba tan preocupada por la hermana y tan ocupada buscando la mejor manera de paliar su ausencia en la facultad y en el hogar, que no le quedaban demasiadas energías para estar pendiente de él. Y menos aún para rencores. ¿Cómo te fue? le preguntó distraída mientras confeccionaba con letra de maestra una larga lista de números telefónicos. Nada por el momento, está recopilando datos; hasta que terminemos con esto, entrevistas de admisión las llama, iré dos veces por semana. Francisco se sorprendió de ver surgir un Guillermo de las manos de su esposa. ¿Y después? siguió inquiriendo Valeria sin mirarlo. Francisco se preguntó cómo resultaría vivir sin ella.

Controló la lista de los mandados elaborada por Valeria. Iba a tomar el teléfono, obediente, cuando decidió que le daría una sorpresa. Cuando llegó, las oficinas de Alicia eran un enjambre de clientes, papeles y empleados.  Tuvo que recordarle a la secretaria quien era. Perdóneme, no lo reconocí, tome asiento que ya lo anuncio. ¿Necesitará Tobi alguna vez ser anunciado ante Luciana? pensó mientras se retiraba. En cuanto regresó al estudio sonó el teléfono. ¿Por qué te fuiste? fueron las primeras palabras de la gran abogada. No quise importunarte contestó él, intentando sonar displicente.  No digas tonterías, ¿necesitabas algo? Cómo confesarle que había tenido ganas de verla. Valeria tiene que hacer el poder dijo. Cuando cortó, la opresión en el pecho no había disminuido. Porque tengo en el alma cicatrices, imposibles de olvidar.

La lapicera de ella se desliza sobre la libreta cuando comenta sin mirarlo qué valiente tu mujer. No entiendo dice él desconcertado. Debe estar muy segura de sí misma para dejarte solo durante un mes. Francisco necesita pensar qué responder pero ella lo interrumpe sonriendo admisión terminada; prepárese, señor, porque el rescate de su memoria acaba de empezar. Francisco descubre que cuando ella sonríe francamente se le hacen hoyuelos.

Concluido  el trámite, Alicia los invitó a tomar algo enfrente. Francisco observó a su esposa y a su hermana. Envidiaba la capacidad de las mujeres de comunicarse a pesar de las discrepancias. Él sabía que su mujer  juzgaba a Alicia, fría y egoísta. Intuía que Valeria había bajado varios puntos en la estima de su hermana cuando decidió, hijos mediante, relegar su hasta entonces exitosa profesión. Mirándolas charlar, tan animadas, parecían harina del mismo costal. Francisco notó que hacía días que las frases hechas acudían a sus labios. Almas gemelas. Sacudió levemente la cabeza. Valeria y Alicia charlaban. ¿Habrían conversado alguna vez sobre él? ¿Cuánto  le importo a mi hermana? De pronto sintió que iba menguando sobre la silla. Soy invisible. Después de un largo rato Alicia pareció reparar en su existencia ¿querés otro té?

Francisco se mira en el espejo. Abre la boca. Se pasa un dedo por los dientes. Patina. Los raspa con la uña. Se arregla el cabello. Ya tiene algunas canas. Se abrocha el saco y luego se lo desabrocha. Controla el reloj. La puerta se abre. Sale del ascensor.

Solo los he visto juntos en la foto de mi bautismo contesta él. ¿Por qué se separaron? Alguna vez escuché a mi madre diciendopor esa mujer”. Ella aclara cuando un matrimonio se rompe no es por culpa de “esa mujer” y se agacha a recoger la suntuosa lapicera plateada. A través del escote de la blusa de seda, Francisco ve el nacimiento de sus pechos. Redondos, voluptuosos. Mirámela a la flacucha, piensa. Ella, ya reubicada, lo observa, como esperando una respuesta. Sí, estoy seguro, en más de una oportunidad la escuché hablar de esa mujer” repite él, turbado, sin saber si su reafirmación viene al caso. ¿Nunca  le preguntaste a quién se refería? Él niega con la cabeza ¿ni a tu papá? Él niega por segunda vez ¿por qué? Él se toma unos segundos antes de arriesgar supongo que porque presentía que no querían hablar de eso. Ella es una percutora ¿tu madre tuvo otra pareja?  Parece que no entendieras se impacienta él no conservo recuerdos de mi época del primario, ni de la anterior; en cambio, a partir de los doce años, todo se ve absolutamente nítido. ¿Te pasó algo a esa edad? Él recurre al humor  a lo mejor me golpée la cabeza  para intentar disipar la inquietud  por eso quedé tonto, además inquietud que rápidamente se transforma en sorda angustia. Llegó el momento de hacer todas las preguntas que te has guardado durante tantos años. La angustia de él ya no es sorda ¿querés que golpeé la puerta de los nichos?

Un presidente no hubiera tomado tantos recaudos para delegar por unos días el poder. La agenda de Francisco quedó tachonada de obligaciones: reuniones de padre, visitas al dentista, el taekwondo de Camilo, las clases de danza de la nena. Francisco, responsable casi exclusivo de los traslados escolares, estaba desentendido de todo lo demás y nunca hubiera podido imaginar que fueran tantas las tareas que Valeria sobrellevaba. Con la perfección que la caracterizaba. Su familia funcionaba como un reloj de precisión. Lo asustó saber que, por un mes que esperaba no se extendiera, sería el único responsable de darle cuerda. Francisco se encontró pensando que  tendría que cambiar los horarios de terapia.

Se ubican en sus respectivos lugares. Curiosa semisonrisa de Claudia, enigmática la califica Francisco. Mona Lisa la de mística sonrisa. Él  cruza los brazos y su mirada vaga, sin detenerse. Resulta obvio que ella está esperando que empiece a hablar pero él  no sabe si corresponde que le recuerde mañana Valeria se va. Cree entender que el trato solo incluye el pasado. Qué podría importarle a Claudia que él esté asustado porque mañana Valeria se va. ¿Nada por decir? indaga ella y él se sobresalta. Las palabras se le atoran en la garganta. Ella lo sorprende ¿alguna vez te hipnotizaron? él cabecea ¿querés que lo intentemos? Él traga saliva y asiente con el mentón, casi imperceptiblemente. La sonrisa de ella ahora es decidida y regresan los hoyuelos aflojá los brazos. Él está arrepentido. Atemorizado. Ella no parece notarlo o lo nota y no le importa, tiene sus propios objetivos  piensa Francisco mientras ella le ordena cerrá los ojos, inspirá, exhala, concentráte en el ritmo de tu respiración, inspirás, exhalás, cada vez más lento y más profundo, inspiración, exhalación, todo sigue estando bajo tu control; los relojes se invirtieron y el tiempo y el espacio caminan hacia atrás, muy despacio, dejate flotar en algún lugar, concentrate pero no te esfuerces, un lugar, buscá un lugar, tu lugar. Francisco se siente peculiarmente tranquilo. Está con Claudia, en el consultorio y tiene la clara noción de que todo depende de su voluntad.  Aprieta fuerte los párpados. Un lugar. Inspira con tanta profundidad que la respiración se le detiene. Percibe la mano de Claudia sobre su antebrazo y siente vértigo. Imágenes que se acercan solo para alejarse. Espacios, ámbitos, vacíos y llenos, alturas y proporciones. Aires, olores, texturas. Ni un rostro. Hasta que blancos y negros se abalanzan sobre él. Blancos y negros que se van geometrizando hasta transformarse en rombos enlazados, alternados. No hay duda: eso es un piso. Vacío y brillante. Se endereza en la silla, asustado, y espontáneamente abre los ojos. Mal don. Las imágenes desaparecen. Vuelve a cerrarlos y aunque intenta relajarse es inútil: un desierto, yermo, opaco, silencioso. Un agujero en su interior crece y crece, succionándolo. La mano en su antebrazo aumenta la presión. Abrí los ojos, Francisco, ya es suficiente. Él obedece. Ella está frente a él, sonriéndole. La paz regresa. Está a punto de tomarle la mano cuando ella la retira.

Partieron los cinco para Ezeiza. Cuando llegó el momento de la despedida Tobi se aferró al cuello de su mamá. No hubo manera de convencerlo. Francisco tuvo que desprenderle los bracitos a la fuerza. Ante los alaridos de Tobi, Luciana, que ya se había despedido tranquila, se sumó al concierto.  Con Tobi en los brazos retorciéndose y pateándolo, y la nena restregando la cara mojada  contra la manga de su saco, Francisco solo pudo agitar una mano mientras Valeria, desencajada, se alejaba caminando hacia atrás. Ni mimos ni palabras alcanzaron para tranquilizarlos. Callate, tarada fue la única ayuda que aportó Camilo. Francisco, pese a los principios de Valeria, debió apelar a prosaicas golosinas que por supuesto tuvo que triplicar. Consiguió, por fin, meter a su diezmada familia en el coche. Camilo le preguntó puedo ir adelante y él asintió con el consiguiente berrinche de la nena. Francisco logró convencerla de que a ella la precisaba atrás, para cuidar a Tobi. Qué ruido hace este auto informó el copiloto lo tendríamos que cambiar. Los autos no importan intervino Luciana hay que usarlos hasta que no den más. Vos callate que no sabés nada. Sí, papá lo dijo, se lo dijo a mamá. Sos una mentirosa. Preguntale a mamá, ya vas a ver. No puedo, tarada, ¡no te das cuenta de que mamá se fue! ¡Mamá!, ¡mamá! recomenzó Tobi con un chupetín en la mano. Francisco, apretando fuerte el volante, buscó, en medio de los bocinazos, un lugar donde detenerse. Transpiraba. Para ese entonces Tobi ya había modificado su discurso ¡papá, papá!

Los mayores excitados, Tobi haciendo pucheros, una proeza lograr que se acostaran. Después de una ducha se desplomó en la cama. Estiró al máximo brazos y piernas. Todo mal tiene un beneficio secundario. ¿Cuánto hacía que no podía despatarrarse a su antojo? Apoyó la cabeza sobre las manos cruzadas y sonrió, ligeramente culpable.

Salió de la obra y se subió al auto. Manejando pensó en sus hermanos. El tema del pasado siempre había sido tabú entre los tres y  Francisco no sabía si el tácito acuerdo respondía a motivos que formaban parte de todo lo olvidado. Al llegar a su casa encontró titilando el contestador. Quería saber cómo se fue Valeria y cómo quedaron los chicos Francisco empezaba a sorprenderse cuando el mensaje continuó con respecto a la sucesión, yo ya consulté  con un par de colegas de mi absoluta confianza pero hay que decidirse, llamame por favor.

Los  tres no velamos a la misma madre pero los tres la  heredaremos en  idéntica proporción ponderó Francisco mientras masticaba y se sintió mezquino. Al fin de cuentas,  quizás siendo igualmente injusto, a él le había tocado la tercera parte de su papá.  De los bienes de  papá se corrigió. Guillermo hizo uno de sus impecables chistes y Francisco, abandonando elucubraciones,  rió. Los tres rieron. Un bife en cada plato. Una única fuente de papas fritas.  Guillermo, sin consultarlos, le indicó al mozo nosotros compartiremos un panqueque de manzana y para la señora un café, bien cargado por favor.  La  imagen del padre reemplazó a Guillermo. Ese almuerzo ya había existido.

El panqueque se extinguía sin que Francisco se hubiera animado a encararlos. Tragó el último bocado. Les quiero hacer una pregunta arrancó con torpeza ¿por qué se separaron papá y mamá? Francisco interceptó un cruce de sorprendidas miradas. No está en los planes de mi día hablar del tema se escabulló Alicia. Y menos en los míos se sumó Guillermo llamando al mozo. Francisco se sonrojó. El mozo llegó con la cuenta y Guillermo metió la mano en el bolsillo hoy invitó yo. Se despidieron  hablando de abogados y honorarios como si la pregunta nunca hubiese existido. Sí, evidentemente él había atentado contra algún remoto pacto que ellos habían demostrado saber defender. Se sintió ligado a sus hermanos como nunca. Tres en uno. Uno en tres.

Alejandra internada, esperando que mejorara el hemograma para encarar la operación. Valeria ya en funciones, su eficiencia desplazada de hijos a sobrinos.  Te extraño dijo ella y él contestó mecánicamente yo también. Mientras el teléfono iba pasando por los tres pares de manitos Francisco evaluó que Valeria estaba a mucho más de los veinte mil kilómetros que indicaba el mapa.  En otra dimensión, a años luz de su piso damero. Involuntariamente retuvo la respiración. Mañana vería a Claudia y todavía no había cumplido con las indicaciones. Horas después, acostado en el centro de la cama, se dispuso a  hacer los deberes. Respiro hondo, intentó relajarse. Sin embargo, ninguna imagen acudió a su mente. Dependo de su voz.

Llegó al estudio y, decidido, tomó el teléfono ¿sabés la dirección de la casa en que nací? El tono de Alicia fue zumbón ¿a qué viene tu súbito ataque de curiosidad?  Francisco se sorprendió de su propia brusquedad ¿la recordás o no?  

La palabra se le deshacía en la boca como un bombón de chocolate. La pronunció una y otra vez. Y se le aparecieron rostros pronunciándola. Su madre, su padre, Alicia, sus abuelos. Rostros que serios, muy serios, abrían la boca de la cual salía la palabra, una y otra vez. Francisco agitó levemente la cabeza. Le avisó a Marcela que salía a almorzar. Amenábar.

Las manos caprichosas y las calles cortadas parecían oponerse a su reencuentro con el 515. Harto de dar vueltas estacionó el coche, resuelto a caminar. Finalmente llegó. Un petit hotel de los que amaba. Se acercó a la puerta y rodeó la reja con la mano. Y fueron mil contactos. Esa reja reconocía su mano y su mano reconocía la reja. Se apartó y caminó hasta el cordón de la vereda para ampliar el conjunto. Fue insuficiente. Cruzó. Ahora sí. La puerta de rejas y dos ventanas bajas. Otras tres en el primer piso. Persianas metálicas, cortinas velando su curiosidad. Cerró los ojos. Siguió viendo el frente pero en otros colores, otras las baldosas de la calle, distintos los autos circulando. El pulso se le aceleró. Cruzó y tocó el timbre con energía. Luego de unos segundos se abrió el postigo tras la reja. Una anciana se asomó por la rendija. Buenos días, perdone la molestia; yo nací aquí; mi madre murió hace poquito y tengo una gran necesidad  de volver a ver la casa. La mujer sosteniendo el postigo con firmeza contestó vuelva mañana por la mañana cuando esté mi hija y se disponía a cerrarlo cuando Francisco la detuvo ¿le puedo hacer una pregunta?  Pregunte, hijo. En algún lugar de la casa, ¿hay un piso a cuadros blancos y negros? La viejita sonrió y abrió el postigo francamente ¿este?  

Ahora parate ordena ella y él desconcertado obedece cerrá los ojos, aflojá los hombros. Luego de unos segundos de un silencio tan profundo que él puede escuchar las dos respiraciones, ella determina el piso damero está bajo tus pies. Él siente que cae, parado cae, el vacío lo chupa, siente pavor hasta que, violentamente, vuelve a afirmarse.  Avanzo muy despacio pegado a la pared hasta que alcanzo la alfombra. La alfombra sofoca mi existencia. Estoy salvado. He descubierto la única manera de sobrevivir. Francisco abre los ojos. Instintivamente se mira los pies. Los zapatitos de charol trocados en mocasines. Los contempla con atención. Marrones, cuarenta y dos. Debajo de la suela de goma, una mullida alfombra blanca.

Salió del consultorio desvalido.  Necesito que me abracen. Valeria ausente, los chicos en el colegio, improbable que sus deseos se hicieran realidad. Tendría que visitar a mi hermana se rió de sí mismo. Decidió ir al estudio caminando, quizás el aire frío lo energizara. Estaba a pocas cuadras cuando resolvió que pasar por el negocio de  Horacio sería mejor programa. En cuanto lo vio, su amigo abandonó a la cliente que estaba atendiendo y con sus pasos largos se dirigió hacia él. Una sonrisa de oreja a oreja. Viejo, me salvaste, esta bruja me tenía las bolas por el piso, vamos a tomar algo. La empleada heredó a la mujer  y salieron juntos. ¿Cómo te trata la soltería? preguntó  Horacio minutos después mientras revolvía un café. Francisco le contó que todo transcurría con bastante normalidad. Valeria dejó todo tan organizado que por momentos parece estar sentada a la mesa con nosotros. No me extraña acotó burlón Horacio. Además, la familia ayuda; el domingo Moira llevó a los dos mayores al cine; sin Valeria para retarme ni Luciana para ponerse celosa me empaché de mimar a Tobi; te diría que, en líneas generales, los chicos se la bancan mejor de lo que me imaginaba; sí, están bien. ¿Y vos? preguntó Horacio mientras le hacía señas al mozo ¿ya superaste lo de tu vieja? Otra vez la charla dando pie para blanquear amnesia y terapia. Del trabajo a casa y de casa al trabajo, como diría el general arrugó Francisco tengo demasiadas obligaciones para ponerme a pensar. Horacio cerró el encuentro comentando me encargó Adriana que te preguntara qué querés que les cocine el domingo. Francisco se desdobló. A una parte suya solían hacerle esa pregunta. La otra contestó canelones, tu mujer es la única que los prepara casi iguales a los de mamá.

Llegó a su casa demolido, se sacó los zapatos y se desplomó sobre la cama. Me pasó una topadora por encima. Claudia y el piso damero le resultaron tan lejanos como si hubiera transcurrido un mes desde que me despedí de ambos. Repitió me despedí de ambos y le rugió en las vísceras una necesidad infinita. Escuchó entonces un llanto apagado. Aguzó el oído. Tobi. Seguramente los hermanos lo habían estado molestando. Maldiciendo se levantó, descalzo. Lo encontró en su cuarto, sentado en el piso, el dedo en la boca, sollozando. Hijito, ¿qué te pasó? El nene levantó hacia él unos ojos tristísimos. Francisco se acuclilló en el piso. ¡Mamá! dijo Tobi entre hipos. Francisco se sentó y lo tomó en brazos. Sin intentar siquiera consolarlo lo apretó fuerte. Cómo paliar con palabras la necesidad infinita de Tobi de estar con su mamá.

Después de la vorágine que significaba lidiar con la leche, los guardapolvos y las mochilas, desayunar en el bar de la esquina del estudio era un lujo casi asiático. Se ubicó en la mesa de siempre y el té con leche, las medialunas y el diario llegaron sin necesidad de ser pedidos. Recorrió los titulares sin prestarles mayor atención.  Zumbando en su cabeza el piso y la voz que lo había parado sobre él. La decisión fue súbita. Llamó al mozo.

A las nueve y media se encontró tocando el timbre. Una mujer de su edad entreabrió la ventana. Perdóneme, ayer estuve aquí, una señora mayor me dijo que volviera en este horario; mi pedido podrá parecerle insólito pero necesito ver esta casa. Ante el interrogatorio de Francisco la mujer le contó que vivía allí desde que era niña y que solo habían hecho las reformas imprescindibles a las casas, como a las personas, hay que aceptarlas tal cual son; cambiar una ventana  provoca lo mismo que una cirugía estética, la nueva nariz no armoniza con el tamaño de la boca. Francisco se sorprendió, era como escucharse a sí mismo. Se lo pido por favor, preciso entrar; dígame cuáles son sus condiciones, estoy dispuesto a pagar. La mujer rió francamente hombre, qué desesperado está. Francisco insistió quisiera poder explicarme, yo no recuerdo mi infancia y pienso que volver a ver esta casa me ayudaría, qué puedo hacer para que me crea tanteó en los bolsillos mire, este es mi documento. La mujer cerró el postigo, abrió la puerta ha dado con la persona indicada, todos dicen que soy una inconsciente pero yo confío en mi intuición e hizo un gesto invitándolo adelante. Los zapatos de Francisco reconociendo el piso. Un pie en las blancas, un pie en las negras. Al fondo una puerta vidriada a través de la cual se adivinaba un patio interior; a la derecha tres escalones, una puerta tallada y dos pequeñas ventanas con vitraux. ¿Puedo? preguntó Francisco, la mano en el picaporte. Recórrala como quiera, tómese su tiempo. La puerta rechinó. Ante sí el enorme hall con piso de roble de Eslavonia; al frente una soberbia escalera de madera; a la derecha una puerta y una arcada que comunicaba con la sala. Allí más vitraux, molduras en las paredes, lámparas y adornos en profusión. Acostumbrado por su profesión, Francisco trató de prescindir de los objetos: necesitaba recuperar la cáscara. Caminó en círculo y salió buscando la otra puerta.  Un escritorio. Se acercó a la biblioteca empotrada con puertas de vidrio y la palpo. Salió.  A la izquierda del hall otra arcada comunicaba con el comedor. Lo atravesó y llegó a un pequeño hall al que volcaban un baño de visitas y otra escalera, metálica y angosta esta. En la pared, un armario que le llamó la atención. Siguió avanzando hasta alcanzar un pasillo distribuidor. A la izquierda un dormitorio y a la derecha, con salida hacia el jardín, la cocina, con piso de granito original, mesadas de mármol, muebles de madera. Volvió al pasillo. Avanzando y de nuevo a la derecha, el enorme comedor diario  y conectada, perpendicularmente, la sala de estar, abierta al frente al patio, al fondo al jardín. Salió. Entre una araucaria y una higuera, un rectángulo de lajas rodeado de bancos.  Al fondo dos habitaciones; al frente, el baño de servicio calzado en la cocina. Volvió a entrar. Atravesó la sala de estar, el patio, el piso en damero y llegó al hall. Frente a él la escalera con camino de terciopelo rojo, sujeto con varillas de bronce. Subió agarrándose del pasamanos tallado. Su anfitriona detrás. Arriba un espacioso hall distribuidor. A la izquierda, dos dormitorios que daban a la calle, separados por un baño majestuoso: bañera con patas, inconmensurable lavatorio, balanza de pesas amurada a la pared. Enfrente una habitación cubierta de placares y a la izquierda otra, enorme, que daba a la terraza.   Unos escalones y otra terracita con una pérgola. Desde la terraza salió por otra puerta hacia una minúscula cocina adonde desembocaba la escalera interna. En ese distribuidor tres puertas. Un baño, una habitación absurdamente pequeña y otra más grande ventaneando sobre el jardín. Se sintió mareado, le faltaba el aliento. Aunque no hubiese sido su casa lo habría deslumbrado, un vértigo saber que había comenzado a vivir deambulando por allí. Se despidió tan aturdido que ni dio las gracias. Subió al auto. Un semáforo lo detuvo frente a una florería. Estacionó, bajó y encargó dos docenas de rosas. ¿A nombre de quién? Reparó en que no lo sabía. Escribió sobre la tarjeta que le ofrecían: Señora del 515, en deuda eterna, el niño que fui.

Imposible esperar veinticuatro horas. Por primera vez, quizás violando reglas nunca estipuladas, la llamó. Recurrió a  la imagen de una olla a presión para describirse. Ya en el estudio, siguiendo las instrucciones de Claudia, se sentó ante la mesa de dibujo, le pidió a Marcela un té, eligió una hoja grande y un lápiz de los blandos. Trazó, acariciándolas, cada una de las líneas que delimitaban los confines de sus recuerdos. Seis años de facultad y más de quince de carrera hallando justificación en la plasticidad y precisión con que iban surgiendo los contornos de cada habitación. A medida que podía plasmarlas recuperaba sus destinos. Armario de los guardapolvos, dormitorio de los abuelos, cuarto de planchado, baño de la tía. Supo que había compartido con Guillermo el desmedido dormitorio que daba a la terraza. Cuando terminó las plantas, decidió tomar ambiente por ambiente. Cerró los ojos y trató de evocarlos en tres dimensiones. Poco a poco los fue poblando. Muebles, alfombras, adornos, colores. Su mano dibujaba como en trance. Al fin del día había conseguido bosquejar elementos diversos de casi todas las estancias. Cuando miró el reloj, juntó los papeles en una carpeta y se encaminó hacia su casa. Los chicos esperaban.

Las instrucciones de Valeria habían abarcado cada uno de los treinta días que duraría su ausencia. Carmen había preparado tortilla de espinaca y Tobi se negaba a comer, los bracitos cruzados, la boca apretada con fuerza. Los mayores masticaban resignados. Francisco enfiló hacia la cocina. Regresó con pan lactal, jamón y queso y distribuyó los víveres sobre la mesa. Yo también reclamó Camilo. Se encontró confeccionando sándwiches a cuatro manos. Todo era algarabía, carcajadas. La tortilla, a medio comer, durmiendo en los platos. Sonó el teléfono. Seguro que es mamá dijo Luciana con cara de pavor. Él se incorporó a atender. Carolina recabando información sobre sus sobrinos. Al escuchar a los chicos peleando en la cocina, Francisco tuvo que cortar abruptamente. Cuando llegó, Camilo intentaba abrir el freezer  mientras Luciana lo tironeaba del brazo. Qué está pasando aquí y él mismo se sorprendió al descubrirse gritando. Carmen dijo que hoy tocaba fruta se  justificó Luciana  mientras Camilo, aprovechando el descuido de su hermana, concretaba su objetivo. ¿Si lo comemos del pote? sugirió la nena ya olvidado todo buen propósito  la abuela siempre nos dejaba.  Pusieron el envase sobre la mesita del living, los cuatro rodeándolo, arrodillados. Las cucharas ya rozaban el fondo cuando Camilo, con la cara chorreando chocolate, reflexionó para algunas cosas es mejor que no esté mamá.  Cuando los supo acostados Francisco se dio una ducha y se  metió en la cama, con la carpeta que había traído del estudio. Encendió la radio. Luego de un par de compases reconoció a Brahms. Un placer ser autónomo a la hora de dormir.  Para algunas cosas es mejor que no esté mamá. Abrió la carpeta.  Distribuyó los dibujos cara abajo sobre la colcha y sacó uno al azar. La cocina. Fijó la vista con intensidad. Abrió y cerró los ojos varias veces. Sintió olor a sopa. Y cuando creyó que las imágenes se precipitarían, todo desapareció. Exhausto, colocó los papeles sobre la mesita y apagó la luz.

Sos chiquito y estás en la cocina, aspirá con fuerza, profundamente, así, muy bien, es ese olor y ya no es vago, es muy intenso, tan intenso que te marea, ¿lo sentís? Él asiente con los ojos cerrados y le cuenta mamá me lleva alzado y me para en la puerta de la cocina. Mi silla alta volvió. Me suelto y corro hacia ella, ebrio de felicidad. A pocos centímetros me detengo. El olor de la paja recién cambiada me da arcadas. Es mi silla pero no es mi silla.  Mamá me alza y me sienta. Me revuelco, lloro y pataleo. Intento pararme y mamá me ata con el cinturón. Hay olor a sopa y a paja. Me pone el babero. La cuchara choca con mis dientes. Doy vuelta la cara. Me presiona los cachetes, la boca no me hace caso y se abre. Tres cucharadas, cuatro, cinco. Hasta que vomito sobre el plato con patitos. La cuchara recoge el vómito tibio y lo devuelve a mi boca. Son letras, es sopa de letras. Ya no me resisto. Termino mi sopa. Mamá me seca las lágrimas con el babero, me lo saca, desata el cinturón, me da un beso y me baja. Mientras Claudia relee lo que acaba de escribir, Francisco siente de nuevo olor a sopa. Está por alertarla, cuando al cerrar los ojos aparece bajo sus codos adolescentes la mesa de Jirafa. Los abre, desconcertado. ¿Algo nuevo? pregunta Claudia con la Mont Blanc suspendida en el aire. Y él niega. Mostrame lo que dibujaste ayer ordena.  Francisco, dócil, despliega ante ella las láminas. Claudia elige una y se la tiende cuarto matrimonial había puesto él en una esquina. Solo había logrado dibujar una cama, más por suponerla que por recordarla.  Observá el dibujo, concentrá tu atención en no pestañear, respirá lentamente, así, muy bien, no parpadees, como si quisieras descifrar un dibujo en 3D.

Se hizo de noche. Por la ventana se cuela un reflejo. Tengo sed. Me trepo a la baranda de la cuna. Me bajo con cuidado. Me acerco a la cama de Guillermo. Le toco la cara pero no se despierta. Tengo mucha sed. La lucecita del pasillo está encendida. Camino despacio, los pies descalzos. La puerta está entreabierta. Me asomo. La luna baña la cama. Papá está arriba de mamá y la empuja y la empuja. Mamá se queja. Quisiera ayudarla pero tengo miedo. Me doy vuelta y me escapo corriendo. Me acerco a la cama de Guillermo. Lo toco de nuevo pero no lo llamo porque no lo quiero despertar.  Me trepo a la cuna como puedo y me tiro sobre el colchón. El corazón me hace tac, tic tac. Las palpitaciones lo aturden. Estoy acá dice ella chasqueando los dedos. Aunque ya se sabe nuevamente adulto, Francisco sigue teniendo miedo. Entreabre los ojos, cauto. Vislumbra algo azul. ¿Estás bien? le pregunta Claudia. Él la mira. Ella le sonríe. El vestido es azul.

Llegó diez minutos antes. Se apoyó en el respaldo del auto y cerró los ojos. Una olla a presión. Intentó concentrarse en la melodía interna.  Odió el tránsito, los bocinazos. Miró el reloj. Cerró el auto y bajó. Parado ante  la puerta esperó a que los chicos salieran. Enjambres de madres cotorreaban a su alrededor conspirando contra las notas difusas que llegaban solo para irse. Francisco intentaba identificarlas pero se le escurrían. Qué sabés de Valeria le preguntó una de las cotorras. Pestañeó, sobresaltado. Antes de que pudiera reaccionar se vio sepultado por las  mochilas de sus hijos. Mientras iban en el auto Luciana contó estoy enojada con la maestra porque la prueba estaba perfecta y me puso un nueve Francisco escuchaba distraído todo porque marqué el sujeto en rojo y la muy boba lo quiere en azul  Como tocado por un rayo Francisco exclamó triunfal ¡el amor es azul! La nena lo miró desconcertada. Cómo explicarle. Entonces se inclinó hacia atrás y le tiró de las trenzas, el buen humor súbitamente recuperado. ¡Papi, que me despeinás!

Cumplió sin ganas pero con dedicación su ritual de padre. Se disponía a acostarse cuando la melodía volvió a azuzarlo. Bajó y se instaló frente a la computadora. Escribió en la ventana del buscador el amor es azul. Operaciones cibernéticas mediante logró escuchar el tema por la orquesta de Paul Mauriat. Varias veces lo escuchó. No era esa la versión que repiqueteaba en sus oídos. Siendo las dos de la mañana decidió acostarse. Love is blue

Estaba en la casa de música, revolviendo cassetes viejos, cuando sonó su teléfono. Alicia reclamando títulos, impuestos, escrituras que urgían para la sucesión. Los requerimientos de su hermana recordándole que era un hombre grande con demasiadas obligaciones como para entretenerse rastreando la discografía de su adolescencia. Guardó el teléfono y salió. Con las manos vacías. Se las miró. Estaban sucias.

Regresó del estudio temprano y se puso ropa cómoda. Papá, ¿adónde vas? lo detuvo Camilo cuando estaba abriendo la puerta. A la casa de la abuela, a buscar unos documentos. ¿Te puedo acompañar?

Entrar con Camilo fue un impacto. Siempre había tenido la sensación de que no podía compatibilizar los roles. El Francisco que había sobrellevado el vínculo con su madre no parecía ser el mismo que le tocaba a sus tres hijos. Y se sentía tan molesto si su madre lo sorprendía tirado en el piso jugando con los chicos,  como cuando debía conversar con ella frente a alguna cabecita curiosa. Qué raro es tocar las cosas de la abuela sin pedirle permiso. La frase dio en el blanco. Así se sentía cada vez que abría un cajón, tocando a su madre sin permiso. Varios minutos después otro comentario de Camilo papá, ¿no te parece que la abuela está acá, mirándonos? Aunque Francisco encontró enseguida la escritura, la caja de los impuestos resultó un embrollo. A medida que intentaba ordenarla aumentaba su agitación. En su interior bullían imágenes que no se decidían a salir. Sintió que Claudia era la única que poseía la llave. Que sepa abrir la puerta. La voz de Camilo ahora desde el dormitorio lo apartó bruscamente de sus pensamientos hay una bolsa grande con libretas en la cómoda, ¿qué hago? Demasiado para sus fuerzas. Hoy sí que no. Dejala ahí que ya es tarde; andá a lavarte las manos y vamos.

Los chicos ya dormidos, abrió sus mails. No te imaginás lo que me encariñé con mis sobrinos, parece que los hubiera visto crecer, como bien dicen la sangre es más espesa que el agua. Valeria, daba indicaciones, averiguaba, recordaba cumpleaños. Aun a la distancia seguía intentando controlar todo y a todos. Preguntaba, además, por la terapia. Con insistencia. Él no tenía ganas de contarle y solo le dijo va avanzando. Hizo luego el reporte diario y concluyó yo también te extraño. Cumplido su deber marital, abrió el buscador. El amor es azul. Desechó el material escuchado la noche anterior y luego de investigaciones varias se enteró de que el tema  había sido estrenado en el festival de Eurovisión. Bajó el video. Vicky Leandros, por Luxemburgo. Una chiquilina de quince años. La tela liviana del vestido de cuello Mao, pollera a la rodilla, anunciando los pequeños senos. Mangas largas ensanchándose en la muñeca, zapatos con taquitos anchos, pelo lacio con flequillo, ojos muy pintados. La adolescencia compartida con esa desconocida le dolió en la piel. La chiquilina saludó y empezó a cantar doux, doux, l amour  est doux. Ahora sí, esta era la versión. Cuando llegó al bleu, bleu, lamour est blue el alma se le desarmó y Francisco tuvo que cerrar los ojos. Cuando los abrió Vicky bailaba. Los brazos extendidos, los codos fijos, solo manos y antebrazos girando lentamente. Y en el delicado meneo de la cadera, toda la sensualidad del mundo. A Francisco se le secó la boca, el cuerpo ardiendo. Apagó la computadora y fue a acostarse. Como antes, no tuvo otro recurso que aliviarse con las manos.

En cuanto Marcela salió hacia el banco, Francisco se instaló frente a la computadora.  El nuevo milenio no era su época. Su estética era la de Vicky no la de Madonna. La clave está en el deseo mucho más que en su satisfacción. Con la música sonando obstinadamente, cerró los ojos. Entonces pudo verse junto a un wincofon. Pantalón far west, mocasines, pulóver bremer escote en V sobre una camisa escocesa. Era obvio que observaba algo. Sin embargo, como le había sucedido días atrás sobre el piso damero, era incapaz de detectar qué estaba mirando con tanta intención.

No logré recordar nada más, es increíble, porque en cuanto salí de la casa las imágenes se me agolparon, hubiera necesitado transmitírtelas en ese preciso instante comenta Francisco. ¿Querés que te acompañe? ofrece ella. Él la mira desconcertado ¿harías eso por mí? pregunta incrédulo y en cuanto se escucha sabe que se equivocó. Tan expuesto como un molusco sin su valva. Ella le contesta  lo haría también por vos.

Salió del estudio rumbo a su casa pero a mitad de camino recordó que había quedado en llevarle a Alicia la documentación. Tuvo que dar un par de vueltas para estacionar, en medio del tránsito complicado del regreso a casa. Subió, buscó la caja de los impuestos y salió. Cuando estaba en el ascensor, ya bajando, advirtió en que en todo el trayecto no había pensado en su mamá. Había estado en el departamento de su madre, revisando sus cosas y sin embargo no se había acordado de ella. Anclado en el azul de la adolescencia. Esa noche se sentó de nuevo frente a la computadora. Se conectó con Valeria y luego, con Vicky.

La secretaria lo esperaba preocupada. El lunes se iniciaba una refacción y estaban en veremos. Francisco le indicó que contratara un volquete y que llamara al corralón para encargar los materiales. Después fue hasta el baño solo buscando un pretexto para cerrar la puerta al regresar. El plano parecía escurrirse bajo sus ojos.  A media mañana Marcela le ofreció un  té que él  rechazó. Mariposas en el estómago decía su mamá. Hizo un esfuerzo y logró concentrarse. Cerca del mediodía, el teléfono tío, tengo la tarde libre, ¿qué te parece si retiro a los chicos del colegio? El poder de las palabras. Tío. Más de veinte años y seguía conmoviéndolo. La confirmación de la existencia de un lazo que a través de Moira lo ligaba a Alicia. Su sobrina era un sol. Francisco sos mi sol. Sacudió la cabeza y siguió trabajando.

Sonó el portero eléctrico. Atiendo yo dijo Francisco interceptando a una sorprendida Marcela. Frente al espejo del ascensor se arregló el cabello y se ajustó el cinturón. Enderezó el cuello de la camisa y al hacerlo percibió que la carótida le latía más de la cuenta. Respiró hondo. Cerró la puerta del ascensor y giró. Claudia estaba de espaldas y el viento le alborotaba el cabello. Le vent. Francisco reparó en que era la primera vez que la veía en el exterior. Se quedó quieto, a unos pocos pasos, observándola. Arriba de uno  tacos altísimos  las piernas perfectas. Tobillos de galgo pensó. La pollera angosta adherida a las caderas, ofrendándolas. Cuando ella giró, él apuró el paso y abrió la puerta. A pesar del frío era un hermoso día de sol. Se inclinó para besarla en la mejilla y la olió.

Acababan de arrancar cuando Para Elisa irrumpió en su teléfono. Me olvidé el trabajo de Sociales arriba de la mesa, si no lo entrego me ponen un uno.  Hijo, estoy trabajando y sin el auto. Claudia le hacía señas. Papá, ¡por favor!  Él tapó con la mano el aparato. Te llevo ofreció ella.  Un absurdo. Pasar por su casa, retirar el trabajo, ir al colegio, dejárselo al nene. Todo con ella, manejando en silencio.  La cara de alivio de Camilo yo sabía que no me ibas a fallar. De la escuela directo a Amenábar. Ella resultó mejor chofer porque sin dar una vuelta de más, estacionó frente al 515. Bajaron. Contemplaron la fachada como si fuera un templo, durante un largo rato. Luego se acercaron a la entrada dispuestos a espiar. En pésimo momento porque se abrió la puerta y la señora casi se los lleva por delante. No pude resistir la tentación de echarle otra mirada se excusó Francisco. Sus rosas todavía están preciosas, no se hubiera molestado; tengo que contarle un secreto: me emocionó; espero que mis declaraciones no le traigan problemas con la señorita. Francisco recorrió nuevamente la casa. Claudia lo seguía en absoluto  silencio. Mientras Francisco inspeccionaba las distintas estancias las imágenes se le agolparon. Increíble que en décimas de segundo cupieran caras, sentimientos, voces. Su cerebro, a punto de estallar, trataba de atrapar las escenas que llegaban y se esfumaban sin que él lograra asirlas. Tenía clara conciencia de que cada nuevo recuerdo tenía el poder de borrar uno anterior. Mientras bajaba la escalera se recitaba los reyes la tortilla el kiosco los dientes en un desesperado esfuerzo por detener la hemorragia de su infancia. Sin darse cuenta ya estaba afuera.

Mientras el auto rueda él cierra los ojos y trata de contabilizar las escenas, pero a medida que lo hace se le van borrando. Un tesoro compuesto de oro líquido se le escurre entre los dedos al tiempo que lo quema. El auto se detiene y él desciende sin fijarse en dónde está. Ella lo hace entrar a un ascensor del que segundos después lo saca. Le abre una puerta y lo conduce hacia el diván. Acostado, los ojos cerrados, deja que las imágenes salgan por su boca. Un ventrílocuo del ayer.

 La tía trajo de estados unidos unas botellitas con un líquido marrón que se llama cocacola y es muy dulce y muy rico. Cada domingo Guillermo y yo compartimos una.  A mí no me da asco tomar de la misma pajita porque se toma con pajita pero a Guillermo sí por eso él toma primero  por eso y porque es más grande. Cuando empieza a tomar yo tengo miedo de que se pase de la rayita y siempre se pasa un poco y eso me hace enojar pero después es mejor porque yo tomo y él ya no tiene nada. Me gustaría llevarla al colegio para mostrársela a  los chicos porque no me creen nadie en la argentina tomó nunca cocacola solo Guillermo y yo. La tía trajo montones de cosas maravillosas algunas me las mostró pero otras no quiso y las guardó. Francisco se reacomoda. Ella carraspea. Él continúa. Estoy frente al ropero de la tía. Sé que no lo tengo que abrir pero lo abro. Me sacude el olor a nuevo y  a plástico. Me descompone de felicidad. Hay muchas cajas. En el estante de arriba veo el camión más maravilloso que nunca haya existido. Es verde. Cierro rápido la puerta. Miré y estuvo mal pero no toqué. Francisco abre los ojos. Se incorpora desconcertado. Está temblando. Tranquilo, Francisco, todo está bien y yo estoy acá le llega una voz desde sus espaldas. Él vuelve a acostarse. Los párpados le pesan. Tiene que cerrarlos. La manzana es roja, lustrosa, perfumada. Clavo mis dientes con regocijo. Disfruto del ruido. Es dura jugosa. Muerdo de nuevo y siento algo raro. Aparto la manzana de mi boca. La manzana está sangrando. Tardo un segundo en entender que la sangre me sale a mí. Escupo. En el piso, entre trozos de manzana mordisqueados y coágulos de sangre descubro mi primer diente. Lo agarro y corro hacia mamá. La lengua de Francisco presiona, buscando oquedades. Hasta que encuentra el agujero. Me lavo los dientes con cuidado porque todavía me duele. Voy a mi cuarto. Sobre la mesa de luz está mi diente. Entra mamá. La hice para vos me dice y me da una almohadita con bolsillo. Tenés que poner en el bolsillito el diente dice mamá los ratones se lo van a llevar y te van a dejar a cambio una moneda. Pongo el diente en el bolsillo. Mamá me arropa  me dice que sueñes con los angelitos me da un beso y apaga la luz. No tengo sueño. Cuándo vendrán los ratones. Si me despierto mientras me están cambiando el diente capaz que se enojan y no me dejan nada. Y si me muerden. Y si me tocan la cara con la cola cuando buscan en el bolsillo. Enrique me dijo que no te hacen nada.  Capaz que es solo uno. Seguro que mi ratón va a ser bueno como el de la lámina del libro. No sé si el mío será Pérez para mí que se llama Pepe. Sí, Pepe. Francisco aprieta fuerte los párpados. Despertáte dice mamá tenés que ir al jardín. Me siento y me restriego los ojos. Cómo se portaron los ratones pregunta sentada en mi cama. Entonces me acuerdo de la almohadita. El corazón me hace ruido. Meto la mano en el bolsillo.  Por qué  tenés esa cara me pregunta Alicia desde el marco de la puerta. No hay nada digo con un hilo de voz. Fijáte bien dice mamá. Abro el bolsillo y miro. Hay un papelito doblado. Seguro que Pepe me avisa que no me dejó nada porque el otro día me hice pis en el jardín. Agarro el papelito y lo desdoblo. Es un billete. Un billete de cinco pesos porque los números sí que me los sé. Qué adinerado que estaba Pérez dice Alicia sonriendo. Mi ratón se llama Pepe le digo. Ah sí me pregunta mamá y me abraza. Yo le tiro los brazos al cuello.  Alicia se va. A Alicia no le gusta que la abrace a mamá. Un silencio abrumador se instala. Silencio burlado luego por un leve crujido que Francisco atribuye a las medias de seda. Cruzó las piernas piensa. Ligeramente alterado, continúa.  Le muestro mi agujero a papá y él me dice que se llama portillo y que los ratones también me dejaron algo en casa de los abuelos. El viaje se hace larguísimo pero al fin llegamos. Los abuelos y la tía me besan y me felicitan y yo no me animo a preguntar dónde está lo que me trajo Pepe aunque a lo mejor en este barrio trabaja un hermano. Francisco vení dice papá. Entramos todos al escritorio. Entonces veo al camión verde. Las lágrimas me corren por los cachetes. La tía dice le gusta tanto que se emocionó. La odio a la tía. Y a Pepe también. Para mí Pepe se murió. Francisco empuja de nuevo la lengua contra los dientes. Ya no están flojos. Las lágrimas empiezan a resbalar por sus mejillas. Sentáte le dice Claudia tendiéndole un pañuelo de papel. Él obedece. Las lágrimas siguen deslizándose, silenciosas. Ella se incorpora y se sienta a su lado. Estoy muy cansado dice. Acostáte sugiere Claudia. Él ansía acostarse pero tiene miedo entonces le pide  no te vayas.  Acostáte tranquilo insiste ella me quedo aquí, con vos. Él se acuesta. Ella le toma la mano. Él cierra los ojos. Están sentados alrededor de la mesa. Mamá toca la campanilla. Llega Rosa. Empieza a levantar los platos vacíos y cuando llega junto al mío duda. La miro implorante. Me hace un pequeño gesto con las cejas y lo agarra. Deje Rosa dice mamá. Francisco comé tu tortilla me ordena con su voz. Sé que estoy perdido. Pincho un pedazo y me lo meto en la boca y la acelga me da arcadas. No empecemos me reta mamá. No martirices al pobre chico dice Alicia. Ya mismo vas a acostarte dice mamá furiosa pero más con Alicia. Me levanto en silencio. Salgo del comedor y llego hasta el pie de la escalera. Está oscuro y no alcanzo hasta la llave de luz. Me agarro del pasamanos y subo, escalón a escalón. Llego arriba. Me pego a la pared y avanzo lentamente. El corazón me late como una bomba.  Llegó a la puerta del cuarto de Alicia. Sigo. La puerta del baño. Sigo. La puerta del cuarto de mamá. Sigo. Casi no tengo miedo. Llego hasta mi puerta. Tanteo buscando la manija. Abro. Avanzo hasta mi cama y por suerte encuentro la perilla del velador. Me saco la ropa y me pongo el piyama. Tengo ganas de hacer pis pero no me animo a ir al baño. Me meto en la cama.  Si dejo el velador encendido mamá me va a retar. Saco una mano fuera de la colcha y apago. Me tapo hasta las orejas. Hoy no voy a rezar. Francisco abre los ojos y la ve. Ella le sonríe y aumenta la presión del contacto. Francisco siente una columna de aire tibio que le corre por dentro. Quisiera quedarse así eternamente. Él ahora observa la mano de ella, las largas uñas pintadas de rojo, los anillos. Porque tiene varios anillos. Los contempla con atención. Ninguno es una alianza. Levanta la vista y la mira, ahora a los ojos, con intensidad. Claudia le suelta la mano y se incorpora. Vamos a dejar acá, ya fue demasiado por hoy indica y no sonríe. Luego lo acompaña hasta la puerta. Francisco se inclina y la besa en la mejilla. Tiene un impulso. Le aprieta fuerte ambos hombros dice gracias y sale rápido.

Milanesas con puré y flan decía la lista, los chicos contentos. Terminaron de cenar y Francisco les contó que había ido a visitar la casa de su infancia. Lo acribillaron a preguntas. Lo sorprendió la agudeza de sus observaciones. Acostó a Tobi y cuando fue a darle un beso a Camilo lo encontró sentado en la cama, muy serio. Parecés un señor, ¿en qué estás pensando?  Le revolvió el pelo, todavía mojado y se sentó a su lado. Cuando ustedes se mueran, ¿qué va a pasar con esta casa? Esta casa será de los tres contestó Francisco desconcertado la venderán y cada uno recibirá su parte; a ver, ¿qué porcentaje te correspondería? Camilo contestó no seas hincha, papá, el treinta y tres con treinta y tres por ciento pero después agregó que no se podía vender la casa porque en los marcos de las puertas están las rayitas que hacés cada vez que nos medís. Resolvió, entonces, que les compraría a sus hermanos el sesenta y seis con sesenta y seis por ciento restante para que cuando fueran a visitarlo pudieran ver la casa sin pedirle permiso a un extraño; porque esta casa no es lujosa como la que vos tenías pero igual es grande y linda  y está llena de sol y a mí me encanta. El cuerpo de Francisco se estremeció de amor y como no supo decírselo lo abrazó. ¿Ya te acostumbraste a no tener mamá ni papá? le preguntó Camilo separándose. Francisco, mientras intentaba aflojar el nudo en la garganta, tuvo cabal registro de que era la primera vez que conversaba con su hijo de igual a igual. Ni mayores ni menores, solo dos seres sensibles, inteligentes, buscando comunicarse. Pienso tanto en ellos que los tengo más presentes que cuando todavía estaban acá. ¿El abuelo nos quería? interrogó Camilo intempestivamente y Francisco descubrió que  pese a creerse tan próximo había estado muy ajeno al crecimiento interno de su hijo no era como la abuela, él nunca nos venía a visitar; me gustaba su casa porque en un hueco en un placard, la gruta lo llamaba, tenía golosinas,  revistas, libros  y podíamos agarrar lo que quisiéramos sin abusar, como él nos decía; un día me regaló el ajedrez, yo era chiquito y el abuelo me regaló un ajedrez; me explicó cómo se movían las piezas y yo le dije que había entendido pero era mentira Camilo hizo una pausa  cuando me salen mal las cosas, ¿vos me querés igual? Doce años de  incondicional amor no habían alcanzado para desterrar la inseguridad que quizás le había transmitido a Camilo con los genes.  Sabio, necesito ser sabio. No,  te quiero más el nene  lo miro inquisitivo porque cuando te equivocás es cuando más me precisás. Camilo se escurrió dentro de la cama tengo sueño, hasta mañana, papá. Tan valioso y tan frágil, como todo niño. Francisco, apagó la luz y mientras salía del cuarto, se sintió, él también,  imprevistamente frágil. Cada centímetro de piel precisando ser tocado. La ausencia de contacto hacía peligrar su existencia, su continuidad.

Desayunó en el bar pero no logró pasar de la primera hoja del diario. Zozobraba. Fue al estudio. La inquietud, de tan punzante, lo inhabilitaba. Buscó en la billetera. Se sentó frente a la computadora, puso la tarjeta sobre el teclado y transcribió con cuidado la dirección. Asunto. Francisco dudó. ¿Necesidad?, ¿urgencia? Decreto de necesidad y urgencia. Adelanto de horario por fin se decidió. Francisco, más cobarde que sus manos, las dejó deslizarse por el teclado. Envió el mensaje sin atreverse a releerlo. Necesitaba caminar.

¿Llamó alguien? preguntó en cuanto regresó al estudio. Horacio y la licenciada Ordóñez. Francisco trató de controlar la sonrisa que como una burbuja ascendía desde su abdomen.  Miró a través de la ventana. A pesar de que venía de la calle, recién notaba que había sol.

Una hora después, Francisco sube. Está por llegar y aunque ansía llegar tiene miedo. Últimamente suele tener miedo. Como de costumbre, y Francisco comprende que ya es una costumbre, el repiqueteo de sus tacos la antecede. Se pregunta si alguna vez se los sacará. Le resulta absurdo imaginarla en zapatillas. Descalza sí. Todo o nada. Los pies de ella no tienen otra opción. Mientras él divaga la puerta se abre. ¿Cómo estás?, me preocupaste ella  se eleva levemente sobre sus tacos y lo besa en la mejilla. Como la aureola a los santos, su perfume la rodea. La beatifica. Francisco se da cuenta de que hoy le cuesta mucho pensar con claridad. Ansioso, algo me bulle por dentro, y solo vos podés domar mis recuerdos. Ella frunce el entrecejo tus recuerdos son solo tuyos, no te confundas; ya se destrabó la inhibición, si de veras te lo proponés, las imágenes acudirán prescindiendo de mí. Francisco necesitaría decirle que cada vez menos puede prescindir de ella pero no dice nada y espera. Parado espera. ¿Te querés acostar? Él se acuesta y sin verla la escucha, bebe sus instrucciones  

Francisco tengo que hacer un trabajo para el colegio y necesito que resuelvas unas pruebas  vení sentáte acá me dice Alicia y señala su escritorio en el que hay un libro gordo que tiene un ojo en la tapa del que salen rayos y lo abre. Aquí hay un rectángulo al que le falta una ventanita la ves me pregunta hago que sí con la cabeza  mirá aquí hay un montón de ventanitas distintas y me las señala con el dedo tenés que decirme cuál te parece que completa mejor la figura fijáte bien porque voy a anotar la primera que digas y no te podés arrepentir estás listo pregunta sí le digo y aprieta un reloj que cuando se lo compró me contó que se llama cronómetro y hace un  ruido que me pone nervioso. Miro bien y como el rectángulo es a cuadros y solo hay una ventanita con cuadros se la señalo y le pregunto está bien y ella me contesta no te puedo decir  porque es una prueba y da vuelta la hoja. Hay otro rectángulo que es rayado y abajo hay muchas ventanitas rayadas y me fijo bien y elijo la ventana con rayas más gruesas porque son más parecidas. Da vuelta otra hoja y en la primera fila hay un cuadrado rojo grande un círculo azul chiquito y un triángulo mediano verde  y en la segunda fila un cuadrado azul mediano un triángulo rojo chico y un círculo verde grande y en la tercera hay un triángulo azul grande y un círculo rojo mediano y por supuesto que falta el cuadrado verde chiquito y se lo digo y da vuelta la hoja. Francisco está demasiado cansado de pensar. Por eso abre los ojos, sin embargo, luego de unos instantes, aun contra su voluntad, tiene que cerrarlos. Los párpados son como la tapa de un cofre buscando proteger un tesoro. Escucha ruidos. Son los camellos que están comiendo el pasto. Si estoy despierto no me van a traer regalos. A lo mejor igual no me traen porque no soy tan bueno.  Si no me traen voy a decir que fue porque estaba despierto. Pero voy a mentir. Y si miento no me van a traer nada.  Si me traen esta vez prometo que no me voy a tocar más que no voy a abrir la heladera sin permiso. Ya no escucho ruidos me parece que se fueron. Me voy a fijar si me trajeron algo pero no voy a mirar lo que me trajeron porque eso está muy mal. Bajo la escalera con mucho cuidado. Por suerte dejaron una luz encendida.  Allá están los zapatos de Guillermo y tienen un paquete enorme. Los de Alicia también. Se llevaron los míos. No, ahí están, abajo de la mesa pero me pusieron una caja chiquita y cuando la vean todos se van a dar cuenta de que me porté mal. Agarro el paquete de Guillermo que es muy pesado y lo pongo en mis zapatos. Total después le voy a dar a él lo que me tocó a mí que le tocaba a él. Francisco presiente que algo anda mal. Se aclara la garganta y, angustiado, prosigue. Guillermo me sacude y me dice apuráte que vinieron los reyes.  Me levanto descalzo y voy. Alicia está sacando un par de patines profesionales de su gran paquete. Guillermo abre el suyo que es el mío. Grita de alegría. Es el reloj que yo tanto quería. Agarro el mío que es el suyo en realidad. Ya no es pesado qué raro. Desato el moño y rompo el papel. Es una caja y la abro. Me late fuerte el corazón. Total Guillermo ya tiene mi reloj. Qué te regalaron pregunta mamá y se sonríe raro. Busco entre los bollos pero solo hay papel. Me escapo corriendo. Qué le pasó al enano alcanzo a escuchar que dice Guillermo. Me meto en la cama y me tapo la cabeza con las cobijas. No me voy a levantar nunca más. Francisco tiene tanta vergüenza que quisiera taparse. Era tonto afirma y sabe que está colorado. No eras tonto, eras chiquito dice ella no se daban cuenta de que eras tan chiquito. Pero él sabe que no alcanza con ser chiquito. A los tontos no se los quiere. Por eso busca y piensa. Hasta que se encuentra con  su hermana que empezó un curso de arte y se compró un libro y ahora me enseña. Dice que todos son impresionistas no hacen bordes  pintan con manchitas y trabajan al aire libre. Me muestra láminas me tapa el título y tengo que adivinar. Tiene mucha paciencia porque a veces me equivoco. Me gustan los cuadros pero no me gusta que se ría cuando pronuncio mal porque tienen nombres rarísimos no son de acá son de francia. El que sí se ríe cuando pasa es Guillermo se ríe y dice estás entrenando al mono sabio para el circo porque siempre me dice mono sabio. A veces me parece que me tiene rabia. Francisco la escucha estornudar. Qué raro ella también estornuda. Está por decirle salud pero no puede porque justo Alicia lo llama desde el escritorio. Estas son mis compañeras del curso me dice. Todas que son como seis me dan besos y quisiera limpiarme los cachetes mojados pero no lo hago porque mamá siempre dice que eso no corresponde. Francisco me pide mostráles a las chicas todo lo que te enseñé. Tengo que hacer los deberes digo porque además es cierto. Es un ratito dice después te ayudo. No te hagas rogar me pide una rubia gordita. Vení dice Alicia mientras abre el libro en la primera hoja contáles quién lo pintó y por suerte es una bailarina de las lindas así que estoy seguro y digo delgas. Muy bien me felicita y da vuelta la página y es de ese que pinta señoras y nenes y digo renuar y también estoy seguro porque me encanta. Y esta me pregunta y hay una bailarina mala de las que no se pueden nombrar y lo sé pero no quiero decirlo porque cuando lo digo Alicia siempre se ríe pero insiste dale que lo sabés  sí que me lo sé porque es el enano renguito y me animo y digo tulo sotrec  y por supuesto todas se ríen y la gorda rubia dicen cállense. Y esta dice otra que no es rubia pero que también es gordita y es la cama del loco de la oreja y digo vangoj vicente  y todas hacen ah pero una flaca y anteojuda dice claro se los sabe de memoria porque es muy chico y no los puede reconocer. Alicia pone la cara que le pone a mamá y dice mi hermano es superdotado te lo digo yo que le hice un test. La otra saca de su bolso un libro el doble de gordo que el de Alicia y dice te apuesto  cinco pesos a que no acierta diez de diez. Francisco dice Alicia mostrále a esta quién es mi hermano. Las manos me empiezan a sudar y me quiero escapar. Dejalo pobrecito dice la rubia no lo presiones más y Alicia dice ni que le fuéramos a pegar es un juego Francisco no importa si te equivocás. Pero yo sé que sí le importa por los cinco pesos además. La anteojuda abre el libro por la mitad. Es una bailarina buena y aunque nunca la vi digo delgas y sé que está bien tuve suerte para empezar. Abre en otro lado y aparecen unos zapatos viejos que no conozco pero como solo un loco puede pintar zapatos digo vangoj vicente y Alicia me remueve el pelo que es lo que hace cuando me quiere así que seguro que acerté. Ahora me toca un cogotudo que cogotudos nunca vi pero cogotudas sí y digo modi nosecuanto y me la dan por buena y la flaca agarra el libro y busca y hay una borracha tan triste que debe ser de tulo sotrec y ya no se ríen cuando lo digo y después hay mujeres en una playa rosa y eso solo puede ser de goguén que era amigo del loco y después se peleó y ahora me pasa volando una con gabriela de renuar y otra que ya conocía de manet y una muy fácil  con serpientes de rusó. Ya está dice la rubia pero la flaca dice falta una y busca y busca y elige una del final. Y me muestra un paisaje que son los más difíciles. Me quedo callado y no vuela una mosca. Hay cuatro casitas  y arbolitos sin hojas y  Alicia sabe que esta nunca en mi vida me la vi y me pone la mano sobre el hombro y me dice no importa Francisco estoy orgullosa de vos estuviste genial. Las manos me chorrean y tengo miedo de mojar el libro. Alicia me empuja con suavidad anda a hacer los deberes yo después te ayudo. Me paro y la cabeza me da vueltas porque yo una vez vi unas casas parecidas pero eran dos y llego a la puerta pongo la mano en la manija y Dios me llena la boca y grito pizarrón camilo pizarrón camilo. Y se me doblan las rodillas. 

Francisco, caminando tras ella observa las paredes buscando indicios. El consultorio es tan endiabladamente distinguido, como ella piensa, que no deja espacio para ninguna marca personal, ni siquiera una foto. La seguimos mañana dice Claudia y él sale. El ruido de la puerta cerrándose lo deja inerme.

Ya no había quien le marcara líneas de conducta, quien decretara, con certeza que de tan absoluta se hacía sospechable, qué prohibir, qué prodigar, cuánto, cómo y hasta dónde. Valeria nunca había dejaba resquicio para improvisaciones. La solución precedía al problema. Alzálo, dejála, bañálo, leéle, retála, preguntále. La lista de indicaciones con que había tratado de cubrir cualquier tipo de contingencia que pudiera producirse durante su ausencia era casi pueril. Los primeros días Francisco la consultaba con frecuencia, acercándose a ella con tanto respeto cual si fuera la Biblia. Sin embargo, a medida que entraba en contacto real con sus hijos Francisco descubría que eran mucho más complejos de lo que Valeria consideraba. Y, en tanto les daba aire, manifestaban su espíritu crítico, la agudeza de su sensibilidad. Durante esos diez días había charlado con ellos más que en los diez años anteriores. Los había apretujado, los había consentido, se habían divertido juntos. También por primera vez habían conseguido descontrolarlo. Y  les había gritado y se había arrepentido y les había pedido perdón. Francisco se preguntó ¿alguna vez me habrá gritado mi papá? Volvió a verse frente al kiosco con Guillermo. A lo mejor esas cuarenta y tres revistas habían sido las responsables de que jamás hubieran podido cumplir con las expectativas de su padre. Dios te salve Alicia, llena eres de gracia.

Ayer, cuando salí de aquí, me sentí repentinamente en paz, dormí como hacía días que no lograba hacerlo comenta él entusiasmado. Señal de que hay que recomenzar dice ella y Francisco la mira sorprendido ¿por qué otros lugares ha transcurrido tu infancia? Él siente que el pecho se le junta con la espalda y se avergüenza de haber sido tan ingenuo, lo único que le importa a ella es que sus recuerdos broten del elemento topográfico. Francisco se quiere ir, por primera vez quiere irse. Para Elisa. Él atiende. ¿A qué hora vas a venir?necesito que me ayudes con la tarea. Él aprovecha y le informa mi hija me reclama. Ella también se para y junto a la puerta le indica pensá en lo que te pregunté. Él dice no te preocupes, ya sé que tu tesis urge y no la besa. La puerta se cierra tras él. De ella solo queda el perfume.

En cuanto lo escucha,  la chiquilina aparece en el living y se le para delante, los brazos en jarra ¿será posible?, hace como dos horas que te espero. La réplica de Valeria en miniatura le causa tanta gracia que la agarra por la cintura y la hace girar. El revuelo atrae a Tobi. Desde los dormitorios llega la voz de Camilo papá, ¿me trajiste la revista? Esto es lo que justifica su existencia.  Más allá de Valeria pero gracias a ella. Mientras sigue revoleando a Luciana con Tobi colgado de los pantalones recuerda un incidente. Se habían mudado hacía un par de días. Estaba solo con Luciana, dándole la papilla, cuando la beba manoteó y el plato se estrelló contra el piso. Ni una fruta en la heladera. Luciana empezó a llorar. Francisco, a través de la ventana, vio el bananero. Alzó a la nena, salió al jardín y arrancó una banana del árbol. Entraron. Dejó a la nena en la sillita alta y peló y pisó la banana. Le agregó azúcar. Cuando estaba cargando la primera cucharada, dudó. Era una banana rara, más chica, moteada. Luciana retomó el llanto con tanta intensidad que él olvidó sus escrúpulos. El plato quedó vacío y la nena contenta. Media hora después Luciana vomitaba. Francisco, alarmado, la estaba limpiando cuando sonó el teléfono. Teníamos unas iguales en el jardín pero mamá nos decía que eran venenosas fue el feliz comentario de Horacio. Francisco cortó y con la nena en brazos salió al jardín. Allí mismo, junto al árbol, comió dos bananas.  Minutos después recuperó la lucidez y  llamó al pediatra. He comido bananas de esas a reventar y todavía duro informó Grieco. Cortó y se abrazó a Luciana. Dos sobrevivientes. La voz de la nena lo sobresalta ¡basta, papá, estoy mareada! Mientras la está bajando Luciana reclama no me salen los problemas con fracciones, ¿vos te los sabés? Francisco piensa que él jamás ha sido imprescindible para su padre.

Recién había hablado con Valeria. Alejandra ya había vuelto del quirófano. El médico afirmaba que todo había salido bien  pero que habían tenido que extirpar los ganglios. Las voces de sus sobrinos, como fondo, a través del teléfono. No era fácil lo que su mujer estaba atravesando. Le tocó bailar con la más fea ponderó y se sintió agudamente culpable. Mientras Valeria se codeaba con la muerte él se entretenía buceando en su interior. Quizás nunca en la vida había dedicado tanto tiempo y tantas energías a ocuparse de sí mismo. También pensó que había podido hacerlo gracias a la ausencia de Valeria. Sí, había sido un día complicado. Con Claudia había estado casi grosero. Repasó la despedida. Había estado muy grosero.  Fue a la cocina y se preparó un té pero la inquietud era insobornable. Minutos después estaba frente a la computadora. Asunto: Perdón. Cuando cliqueó en enviar las sienes le latían. Antes de apagar la máquina reiteró los videos. Fou, fou, lamour est fou.

Sentado frente a la mesa de dibujo, revisaba las libretas que había descubierto Camilo. Eligió una de las más viejas. Acarició la tapa ajada. Enfrentarse con la caligrafía de su madre lo conmovió. La letra era como ella, rotunda, abierta,  expresiva. Buscó en la A. Le tomó un segundo reírse de sí mismo. Su madre no los habría agendado como abuelos. La A le brindó a cambio Augusto. En qué circunstancias habría ella trazado esa dirección, prueba irrefutable de que los destinos de ambos se habían separado. 3 de febrero. Algo tímido se agitó dentro de Francisco.

Barrio de Belgrano, caserón de tejas. Si obviaba el par de rascacielos y el incesante tránsito, el tiempo parecía haberse detenido. No necesitó mirar las chapas para reconocer la casa que creía no recordar.  Estilo inglés, verja de hierro, entrada de autos  terminando en garaje y muchas ventanas. En una de ellas un cartel: En venta, visitar con personal de la firma.

La señora controló ampulosamente la hora en clara muestra de impaciencia. Francisco iba a decirle que esperaran otros cinco minutos cuando vio que un taxi se detenía frente a ellos. La puerta del auto se abrió y lo primero que asomó fue un zapato de gamuza verde musgo enfundando un pie inconfundible. Luego descendió ella, trajecito sastre, blusa de seda, envuelta en su olor. La mujer de la inmobiliaria abrió  la puerta de la reja y luego la de entrada. Ingresaron a un recibidor. Los ambientes vacíos conservaban las marcas de clavos y cuadros. Al frente, la arcada que comunicaba con un enorme salón. Hacia la derecha la escalera y el comedor, y paralelo a todo su largo, un pasillo desproporcionadamente ancho, al que daba el baño de visitas y que comunicaba con la cocina. Subieron por una escalerita angosta hacia el área de servicio: el lavadero, dos piezas, un baño y una terraza  atravesando la cual accedieron a una habitación gigantesca y de allí a un hall distribuidor al que se abrían un baño señorial y otros tres dormitorios. Descendieron por la escalera principal, de madera tallada, y reingresaron para inspeccionar el sótano donde estaba instalada la caldera.  La señora los invitó a conocer el garaje. No, no hace falta se apresuró a contestar Francisco y, mientras la mujer cerraba las ventanas, recorrió nuevamente el dilatado pasillo. Salieron caminando uno al lado del otro, en silencio, hasta que Claudia, ya en Cabildo, lo sondeó.  Es absurdo que pretenda que las casas me hablen cuando debería obligar a hablar a los seres humanos dijo él. Si la visita sirvió para eso me quedó más que satisfecha Claudia se detuvo y miró su reloj no podremos ir al consultorio, en media hora tengo una cita aquí cerca; mañana trabajaremos fuerte, no te desanimes, algo lograremos recuperar.  Francisco no estaba preparado para prescindir de ella en los próximos minutos. Por culpa de una cita. Su cuerpo y su alma eran una oquedad que necesitaba ser llenada. Te invito a tomar un café propuso y después trató de justificarse  ya que tenés que esperar ella lo miró sorprendida prometo que no tendrás que trabajar  dijo él simulando poner un cierre en su boca. Ella sonrió y se le iluminaron los ojos. Bleu comme le ciel qui joue dans tes yeux.

Francisco aspiró con fuerza, el aroma del café lo embriagó. El sabor de lo prohibido. ¿Te arreglás bien con los chicos? abrió la conversación Claudia,  marcando las reglas del juego: tiempo presente, modo indicativo. Ella acotó  a la respuesta de Francisco las criaturas siempre nos sorprenden, por eso son tan maravillosas. Él se animó  ¿tenés hijos?

Ella miró el reloj y dijo me voy volando, se hizo tarde. También era tarde para él sin embargo se quedó. Allá su gastritis, necesitaba otro café. Apoyado en la ventana la vio cruzar Cabildo, casi corriendo pese a los tacos finitos. Comme l’eau, comme l’eau qui court, moi, mon coeur court apres ton amour.

Francisco escuchó con placer el retumbe de sus pisadas sobre la pinotea.  Observó luego la marca que iban dejando los zapatos sobre el polvo. La trayectoria es la curva que se obtiene al unir los puntos que el móvil va ocupando a medida que transcurre el tiempo absurdamente le dictó la remota cinemática. A medida que transcurre el tiempo se repitió y luego solo el tiempo. ¿Le parece que el piso se podrá salvar? indagó la señora de Urquijo. Francisco aseguró con esfuerzo todo puede recuperarse.

Me saqué un diez en las fracciones comentó Luciana orgullosa mientras cenaban. Se lo habrá sacado  papá corrigió Camilo. Vos qué te metés, papi no me las hizo, me explicó se defendió la nena. Mientras la discusión amenazaba  prolongarse al infinito Francisco se planteó si alguno de sus hijos pensaría soy el menos querido de los tres. Peor vos que siempre te olvidás las cosas y te las llevan alegaba Luciana. ¿Era mensurable el cariño que se sentía por los hijos? Upa, papá reclamó Tobi, la cara sucia de puré. ¿Cómo se había bajado de la silla? Francisco, alarmado, lo alzó. Con la otra mano buscó una servilleta.

Sus piernas no merecen un pantalón piensa Francisco en la silla y luego se rectifica soy yo el que no merezco verme privado de sus piernas. ¿Qué estás pensando? pregunta Claudia y él instintivamente levanta los hombros rogando no ponerse colorado.  Vení conmigo ordena ella. Él la sigue, estupefacto, hasta el pasillo que conduce al baño. Paráte en el medio, extendé los brazos hasta que tus manos toquen las paredes, ahora presioná porque tenés que apartarlas, el pasillo es ancho, demasiado ancho y vos sos chiquito y te gusta estar acá sigue hablando ella mientras las paredes se alejan de las manos de Francisco que ya no alcanza a tocarlas. Siente un ruido que no puede descifrar. Rítmico e incesante. Aguza los oídos. Ahora sí, es la abuela que cose a máquina en el pasillo. Sostiene la tela con las dos manos  y la va deslizando debajo de la aguja que se mueve con mucha velocidad. Es muy peligroso pero la abuela  sabe, sabe todo, todo lo de la casa. Te estoy haciendo una camisa porque  tenés toda la ropa a la miseria dice y yo le pregunto te puedo ayudar. Ella me indica paráte a mi lado ahora poné un pie en el  pedal apretálo así muy bien de nuevo más rápido para adelante para atrás  qué fuerte es mi Paquito. La abuela silba y yo la ayudo. Para adelante, para atrás. Francisco amaga abrir los ojos pero Claudia ordena no, todavía no, sentáte en el piso, así, muy bien; la abuela dice que tenés la ropa a la miseria; pensá en tu ropa, las camisas, los pantalones, los zapatos, los calzoncillos, las medias, el abrigo Francisco hace una mueca es el abrigo entonces, ¿qué pasa con tu abrigo, Paquito? Está roñoso. Este sobretodo está roñoso dice Alicia no sé cómo no te da vergüenza decíle a mamá que lo lleve a la tintorería. Entra papá a buscarme pero Alicia dice con esa facha no puede ir al cine. No importa vamos que se hace tarde dice papá. Igual tengo calor digo y me saco el sobretodo y me agarro de su mano. Francisco grita Alicia pero yo no la escucho porque ya salimos. Hace mucho frío. En el remis está Guillermo que pregunta y a este qué le pasa que tiembla como una mariquita. Qué rápido pasa el tiempo piensa Francisco porque ya es domingo otra vez y llego con un bleicer azul que me aprieta. Y tu sobretodo dice Alicia. Mamá lo llevó a la tintorería contesto. Era hora  dice y sale y entra Guillermo y me dice qué te pasa que te disfrazaste de tripa. Tripa tripa grita Guillermo. Quisiera ser un cuchillo para cortarle la lengua. Viene la abuela y pregunta qué pasa. Entonces corro y la abrazo. El bebé el bebé corea Guillermo. Basta dice la abuela. Francisco nota que la abuela huele como Delia. A violetas. Y también nota que suena el timbre. Chau grito y cuando estoy abriendo la puerta de calle aparece mamá con mi sobretodo y dice no podés salir así hace un frío terrible y sin que me pueda resistir me lo pone, lo abotona hasta arriba y me besa. Entro al auto y papá me hace preguntas y yo le contesto cortito. No tengo calor pero sudo y la ropa se me  pegotea al cuerpo. Llegamos. Justo  cuando me estoy desabotonando el sobretodo apurado entra Alicia. No era que mamá lo había llevado a la tintorería pregunta. Sí pero se ensució de nuevo le contesto y aunque no quiero se me empiezan a salir las lágrimas. No llorés Francisco  dice Alicia la culpa es de mamá. La abuela desde la cocina grita Paquito vení  que te preparé buñuelos. Primero me meto en el baño y me lavo la cara para que la abuela no se ponga triste. Francisco percibe que el olor a violetas se va transformando. Toma cuerpo, densidad,  color. Es el olor de su mamá que le pregunta cómo te fue. Bien contesto. Cómo están tus hermanos. Muy bien digo. Claro ellos estarán contentos allá pura farra. En realidad más o menos digo. Les pasó algo me pregunta preocupada. No, están lo más bien digo. Y tu sobretodo pregunta mamá. Lo perdí contesto. Y me lo decís así como si me sobrara la plata claro para vos todo es muy fácil. Francisco cansadísimo, intenta dormirse. Está  por lograrlo cuando el timbre tintinea.  Chau digo abriendo la puerta. Mamá se acerca con el bleicer pero yo digo no hace frío y salgo corriendo.  Papá ya abrió el remis. Mamá se queda en el marco de la puerta y levanta  una mano y papá también qué raro nunca se saludan. Ya en el auto pienso que en cuanto entremos voy a rescatar el sobretodo  y  a la hora de la siesta lo voy a tirar en el baldío. Por fin llegamos y papá abre y yo dejo mi bolsito y voy corriendo hasta el cuarto de Guillermo. Cierro la puerta y busco debajo de la cama pero no lo encuentro. Abren sin golpear y yo me levanto como flecha. Alicia trae mi sobretodo adentro de una flamante bolsa de nailon. Decíle a mamá que era así de fácil dice y cuelga la percha en el ropero y sale. Por suerte viene el verano pienso. Francisco siente mucho calor. Se pone la mano en el cuello y se afloja la camisa. Le duele el cuerpo. Me duele el cuerpo dice. Claudia lo ayuda a levantarse, lo conduce de la mano hasta el diván y le dice estás adentro del garaje, ya sé que no te gusta sin embargo ahora estás en el garaje él cierra los ojos y justo llega Guillermo y le cuenta que leyó un libro sobre Houdini y que ahora tiene que practicar los nudos vení me dice y me mete en el garaje.

Para mí que era una broma termina él y siente una mano sobre la cabeza. Levantáte, Francisco, es suficiente. Él se incorpora y, sin pensarlo, se sacude el pantalón. Está temblando. ¿Te sentís mal? pregunta ella. Tengo frío. Ella ofrece ¿querés un café? Francisco, atónito, asiente. Ella va hacia la cocina y aunque él quisiera seguirla sabe que no corresponde. Entonces se sienta y contempla su entorno. Por primera vez, se da cuenta, observa todo con ojos de arquitecto. Impecable, quizás demasiado impecable.  Ella desde la cocina consulta vos le ponés tres, ¿no? Él repara en que ella registró que él le pone tres. Minutos después Claudia reaparece con dos jarritos sobre la bandeja. Él se pregunta si ella también tendrá frío. Claudia se sienta frente a él, rodea la taza con ambas manos y comenta qué sesión, yo también necesitaba un café. Francisco nunca había pensado que ella, tan imperturbable, experimentara emociones trabajando porque para ella es un trabajo reflexiona cobra por esto. El café está caliente, caliente y demasiado dulce, douce est ma vie, ma vie pres de toi. Enseguida recupera la línea de pensamiento a mí no me cobra y se obliga a añadir porque le sirve, le sirve para la tesis. Permanecen un largo rato en silencio. Por la ventana del consultorio ven el anochecer. Hasta que Claudia se levanta y enciende la luz el lunes me viene mejor a la mañana, ¿podrás? Francisco, desolado, descubre que recién es viernes.

Paráte ahí me ordena Guillermo y señala una columna de metal. Me apoyo me pone las manos para atrás y me las ata del otro lado de la columna y lucha y resopla un rato largo hasta que dice ya está ahora tenés que intentar soltarte y se aleja. No te vayas le pido yo no sé lo que tengo hacer. Probá me dice enseguida vuelvo. Trato de mover las manos. Con el dedo grande alcanzo a tocar una punta de la soga y tiro las manos hacia fuera porque pienso que a lo mejor no ató el nudo pero sí lo ató. Empiezo a transpirar. Me duelen las muñecas. Guillermo grito y no me contesta. Espero un rato y vuelvo a llamarlo pero Guillermo no viene. El garaje está cada vez más oscuro. Grito Guillermo Alicia papá abuela y nadie me escucha porque la puerta está cerrada. Está casi oscuro. Pateo  el piso estoy empapado. Ya está oscuro del todo. Al rato aparece Guillermo che qué te pasa a qué viene tanto escándalo dice. Desatáme le digo furioso me duele todo el cuerpo. Si querés  te leo el libro donde Houdini explica como liberarse dice. Lo único que quiero es que me desates ya mismo. Está bien dice Guillermo mientras enciende la luz si te das por vencido te desato esperáme que voy a buscar con qué. No te vayas le pido. Tenés miedo me pregunta sonriendo y sale. Un rato después vuelve con la cuchilla de la cocina y se coloca a mis espaldas.  Siento el filo en las muñecas y le grito estás loco me vas a cortar las manos. Su cabeza reaparece frente a mí lo odio nunca odié a nadie tanto en la vida. Te estás poniendo histérico si te viera Houdini y después me avisa voy a buscar otra cosa y sale y cierra la puerta. Tarda bastante vuelve con una caja de fósforos y se pone a mis espaldas y dice voy a quemar la soga. Estás loco me vas a quemar grito. Se aparece ante mí. Quién te entiende querés que te suelte o no. Le voy a contar a papá a mamá a los abuelos al cura digo. Parála enano porque te voy a dejar atado para toda la vida concentráte y hacé lo que te digo girá la muñeca derecha. Cuál es la derecha pregunto y ya casi la voz no me sale. Esta bruto me dice y me la toca  ahora levantá los codos agarra la punta del piolín con la otra mano tirá para atrás y para abajo. No puedo digo. Calláte y no te desconcentres dice ahora volvé a bajar los codos separá las manos hace fuerza. Mis manos están libres y no puedo creerlo. Enano sos un campeón  estoy orgulloso de vos. Guillermo me revuelve el pelo y me ofrece hoy te regalo mi parte de la coca. Para mí que lo hizo de broma.

Se despertó a las siete. Intentó dormir otro rato pero le resultó imposible. Saber que era sábado, el lugar de alegrarlo lo agobiaba. Cuarenta y ocho horas por delante cuyos exclusivos destinatarios serían  los chicos. Y lo que según sus cánones debería constituirse en el mejor de los programas, le supo como una piedra colgada del cuello. No estaba en condiciones de atender a nadie, era él quien precisaba ser asistido. Soy un estuche. Dentro, necesidades, intensas pero difusas.  Le recorrían la piel y, al tiempo, atravesaban la epidermis aventurándose hasta la médula, la médula de los huesos pensó. Era una necesidad que arrancaba del pasado. La voz de Tobi lo estampó en el presente papá, ¡pis!

El almuerzo en lo de  Horacio y Adriana  contribuyó a paliar el día. Más allá de los canelones, la charla con su amigo lo alivió. Mientras los seis chicos jugaban, Francisco se había animado a blanquear la terapia y, lo que era aún más importante, el motivo por el cual la había encarado. A diferencia de Valeria, Horacio, aunque se mostró muy sorprendido, no le hizo reproches. ¿Cómo está Claudia? fue lo primero que preguntó.  Bien contestó Francisco extrañado de que  recordara hasta el nombre.  No te hagas el boludo, me refiero a cómo está físicamente y sus manos modelaban curvas. Francisco se quedó reflexionando, cómo hacer un juicio objetivo. Linda, se puso muy linda consiguió  decir luego de descartar magnética, elegante, sensual, distinguida.  Me lo imaginaba, esa borrega prometía tener buen lomo,  mi olfato siempre fue infalible; decí que Adriana ya me había enganchado que si no… Las carcajadas de Horacio. Cómo podemos ser amigos siendo tan distintos pensó Francisco. Adriana se acercó con una bandeja y dos tazas ¿en qué andan ustedes? Otras dos tazas.  Horacio, revolviendo el café preguntó ¿está casada? Francisco fue parco solo sé que tiene una hija de ocho años porque esa conversación ya estaba fastidiándolo. Cuidáte recomendó Horacio, jocoso. Francisco, irritado, luego de controlar la lejanía de Adriana le aclaró no te preocupes, no soy como vos. Porque odiaba las bromas idiotas de su amigo. Odiaba, sobre todo, su falta de escrúpulos. Adriana no lo merecía y él  no se merecía a Adriana.

¿Cómo andan tus náuseas? le preguntó Adriana, intempestivamente y Francisco descubrió, extrañado, que habían desaparecido. Camilo dijo papá vamos y él olvidó divagaciones y empezó a recolectar chicos y bártulos. Estaban en la puerta  cuando Francisco al fin se animó Adriana, vos que guardás todo, a lo mejor podés ayudarme. Al llegar a su casa fue derecho al galponcito del fondo y desempolvó el wincofón.

Pantalón far west, mocasines de Guido, pulóver Bremer, camisa escocesa. Francisco seguía viéndose sin poder descifrar qué estaba observando. Camilo  descalzo y en piyama entró con un dedo entre las hojas de su Harry Potter inaugurando la mañana del domingo. Vengo a leer con vos informó y al ver que Francisco apresurado apagaba el tocadiscos le preguntó qué estabas escuchandoUna canción de mi adolescencia contestó Francisco ligeramente molesto. Qué raro acotó Camilo ubicándose en el lado de Valeria. Francisco le acomodó las almohadas. Luego se recostó junto a él y cerró los ojos. Ponéla, papi, no me molesta Camilo desdobló la punta de la hoja señalada era linda además. Linda, tan linda.

Al mediodía llamó Alicia invitándolos a tomar el té. En cuanto transmitió la propuesta los chicos empezaron a los saltos. Amaban a sus primos adolescentes; los admiraban sobre todo. Francisco se preguntó si él también había admirado a su hermana más de lo que la había amado. Ella, ¿lo había amado tal cual era o había fabricado un niño al que poder admirar? Francisco descubrió que no tenía ganas de ir a merendar. No obstante lo cual, a las cinco de la tarde tocó,  puntual, el timbre. Luciana sostenía, orgullosa, un paquete de facturas. La conversación de Alicia no presentó fisuras. De política nacional a internacional, de economía a policiales. Ridículo hablarle del sobretodo, de los impresionistas, del oso que Susi mimaba.

Francisco, mirándose en el espejo, tararea. Bleu, bleu. Piensa si debería comentarle a Claudia su nueva obsesión. Para qué a  ella solo le interesa el elemento topográfico. El ascensor se detiene y él sale. Llegó el lunes y sin embargo no está contento. Tiene bronca.

Ayer fui a la casa de mi hermana dice intentando apartarse del pasado pero Claudia no se lo permite ¿le comentaste tus recuerdos? Ni un solo milímetro le permite y él, demasiado irritado para hablar, niega con la cabeza  ¿cómo te sentiste junto a ella? él levanta los hombros, despectivo me parece que hoy estás enojado, con ella también. Francisco siente ganas de trompearla. Tengo ganas de trompearla se dice sorprendido. Quedáte donde estás pero intentá relajarte. Él no le va a dar el gusto, él no es un perro amaestrado. Se endereza en la silla. Cerrá los ojos dice ella pero él los abre aún más. Ella lo mira fijamente y él le sostiene la mirada. ¿Querés un café? ofrece y él se descoloca. Ella va hacia la cocina. Regresa enseguida y toman el café en completo silencio. Francisco siente que la bronca se le disuelve al mismo tiempo que el azúcar en el café. Minutos después ella le quita de las manos el pocillo vacío y lo coloca sobre la bandeja. Cuando regresa de la cocina ordena acostáte en el diván y él, domado, acata cerrá los ojos Francisco siente en su brazo un golpeteo rítmico, quiere despegar los párpados para ver con qué le está pegando pero no lo obedecen estás enojado con Alicia, con ella todavía no te amigaste; pero ella te quiere, ella también te quiere. Francisco registra el también y quiere preguntarle sin embargo ya no puede porque el golpeteo lo aturde y además Alicia le está hablando. Mirá lo que te compré. Colgado de una percha que dice casa braulio hay un traje gris. Antonio y yo te queremos llevar al teatro colón a ver el lago de los cisnes y nunca tenés nada decente que ponerte. Me hace probar el traje y dice te queda fantástico. Entra la abuela con otra percha. Esta camisa era de tu padre y te la achiqué dice sacáte los zapatos Paquito que el abuelo te los va a lustrar buena falta les hace. Guillermo va pregunto. Es un bruto dice Alicia a él dale river no colón. Boca la corrijo. Es lo mismo dice y está contenta. Francisco ve el traje, la camisa, los zapatos, preparados arriba de la cama y empieza a ponérselos hasta que Alicia lo toma de una mano  y Antonio de la otra.  Hay mucha gente luces trajes sombreros perfume. Nos acomodamos  en el palco que nos consiguió papá. Parezco un duque. Apagan las luces. Francisco escucha la música, las bailarinas parecen cisnes de veras y cuando Alicia pregunta te gustó  asiente con la cabeza. Vos siempre tan expresivo qué te pareció el argumento insiste. Si le digo que no lo entendí  va a pensar que soy un tonto con todo el trabajo que se tomó para traerme  entonces digo interesante. Tenés razón este hermano tuyo es un fenómeno se ríe Antonio yo ni me enteré de qué se trataba. Si serás ignorante le dice Alicia  pero está radiante siempre con él está radiante. Francisco está  fundido. Necesita dormir. Empieza a sacarse la ropa con cuidado cuando Alicia entra sin tocar la puerta. El traje queda acá dice y lo agarra  lo cuelga en una percha y se lo lleva. Me quedo en medias  y calzoncillo. Ya soy grande y no me gusta que me vea así. Francisco abre los ojos. Inmediatamente se reanuda el golpeteo, ahora en la pierna.  Es una varita. Una varita recorriendo su muslo, su rodilla, llegando hasta el empeine. Incorporándolo frente al espejo. Todo me queda chico y parezco un payaso. Lo mejor es el pantalón marrón opina mamá y después me dice tenés que avisarle a tu padre. Voy hasta el teléfono. Me atiende Alicia y yo le digo avisále a papá que el domingo no venga a buscarme porque es la comunión de Clarita. Qué lástima te iba a llevar al san martín a ver a  maria elena guolsh dice y después me pregunta qué te vas a poner.  Un pantalón marrón que me queda fantástico digo. Francisco siente pena. De sí mismo siente pena. Quisiera detener las imágenes pero lo arrastran, lo sojuzgan y suena el timbre y mamá me dice andá a abrir. Voy y espío por la mirilla  y abro y Julio dice hola Francisco esto lo manda la señorita Alicia y me da una percha concluye Francisco .

Del consultorio fue directo a lo de su madre. Dejó el auto mal estacionado y subió. Ya no había posibilidad de reproches ni de reclamos. No solo para preguntas está el nicho cerrado pensó y también pensó que sus hermanos todavía vivían.  Cuando abrió la puerta lo abrumaron muebles y objetos de los que tendría que deshacerse. Quién si no él. Pero en ese momento estaba absolutamente discapacitado para ocuparse de su hemisferio izquierdo. Invadido por el otro, el emocional, buscó en placares y estantes, aumentando aún más el caos. Hasta que encontró la caja con las fotos. Al salir se miró en el espejo del ascensor. Tenía la ropa a la miseria.

Estoy recortando animales de una revista para pegarlos en el bloc el nene que me regaló el abuelo. Entra Guillermo y me dice dentro de un rato va a venir papá y te va a invitar a la cancha pero yo quiero ir solo con papá así que vas a decirle que no tenés ganas de ir entendiste bien y no se te ocurra contarle que yo te comenté nada. Entonces entra papá y con su sonrisa luminosa dice tengo una sorpresa para vos Francisco.

Acababa de regresar del estudio,  los chicos peleando entre sí para acaparar su atención, cuando sonó el teléfono. ¿Cómo te trata mi hermanita? se presentó Jirafa. Francisco recién advirtió que debería haberlo llamado y no tuvo más remedio que invitarlo a tomar un café. Terminaría mal si seguía tomando café.  El café es el menor de los riesgos evaluó.

Estaba cenando con sus hijos la sopa de arroz indicada por Valeria. Francisco aspiró profundamente y el olor le llegó más allá de la nariz, hasta las vísceras. Tuvo que cerrar los ojos. Papi, ¿qué te pasa? preguntó Luciana, siempre atenta. No puede contestarle porque está sentado al lado de Jirafa. Suena el timbre y minutos después una adolescente de jumper gris, medias tres cuartos y pelo recogido pasa ante ellos sin saludar, deja libros y carpetas sujetos con un elástico sobre el sofá  y desaparece por el pasillo cerrando la puerta tras de sí. ¿Y esa quién es? pregunta Francisco. ¿Quién va a ser, imbécil? ¡mi hermana! Francisco se da cuenta de que hace mucho que no va a lo de su amigo porque a la nena flacucha y con trencitas ahora se le levantan las tablas del jumper. Arriba, por delante; abajo, por detrás. Instantes después reaparece, sin corbata, la camisa arremangada, el pelo suelto, oliendo a jazmines y se sienta frente a él. Francisco, ¿te acordás de Claudita? pregunta la madre con el cucharón alzado frente al plato de su hija. La chica lo mira sonriendo con desenvoltura pese a sus aparatos y él observa que se le hacen hoyitos. Para mi mamá siempre seré Claudita dice meneando la cabeza, provocadora.  Mirámela a la flacucha piensa Francisco y tiene, por suerte debajo de la mesa, una tímida erección. Luciana insistió papá, ¿qué te pasa? Por aquí todo bien le escribió a Valeria aunque no puedas creerlo ayer Alicia nos invitó a tomar el té, Nicolás no estaba pero Moira se lució con los chicos.  Llamaron de la facultad, ya te extendieron la licencia. A Lulú se le cayó otro diente, no te preocupes que Pérez ya está preparado. Camilo se sacó  diez en un oral de sistema nervioso, la maestra me comentó que un médico no lo hubiese explicado mejor. Tobi se pilló dos veces. El trabajo sin novedades. Me alegra que Alejandra se esté recuperando. Besos para todos. Te quiero. Yo. Después se acostó. Puso bajito el disco y rememorando la sopa tuvo otra erección. Ahora poderosa.

Lo miro a Guillermo que parpadea rápido entonces digo gracias papá prefiero quedarme. Él me pregunta sorprendido por qué y yo le explico tengo que pegar todas las figuritas que recorté. A estos chicos quién los entiende dice papá fastidiado y se van sin saludarme. Me parece que se enojó conmigo.  Suerte que la abuela me preparó mucho engrudo.

Mientras subía recordó un comentario de Claudia las memorias recuperadas a veces no reflejan acontecimientos reales y en lugar de plantearse si habrían existido el garaje, la cancha y el sobretodo se inquietó pensando que tal vez había inventado la sopa de arroz.

Francisco abre la caja y desparrama fotos sobre el escritorio. Separá las del colegio ordena Claudia. Alicia, Guillermo y él, alternándose. Este soy yo. De un lado la foto grupal, del otro el primer plano de un niño con delantal blanco y  moño a lunares.

La inútil sesión solo tuvo dos réditos. Para ella, comprobar, satisfecha, que él solo respondía al elemento topográfico. Para él, haber gozado durante cincuenta minutos del espectáculo del corpiño color malva insinuándose a través del encaje blanco de la blusa.

¿Te bancás el celibato? le preguntó Horacio y ante el silencio de Francisco insistió ¿le das mucho a las manos? Mirá que sos boludo intentó él defenderse quizás temiendo que  su amigo pudiera descubrirle en la cara quién era su fuente de inspiración.

Fue a la cocina a buscar el salero. Cuando regresó, se detuvo a unos pasos de la mesa. Contempló a sus hijos. Piyamas, el cabello mojado, parloteando con la boca llena. Tan endiabladamente vitales que Francisco tuvo miedo.

Su secretaria intentó que entrara en razones. La señora del petit hotel está con el herrero y necesita decidir el diseño de las rejas. Decíle que confíe en su buen gusto Marcela lo miraba, disgustada y si no, aconsejála vos dijo Francisco cerrando la puerta tras de sí. Arrancó con el motor aún frío. Minutos después tocaba el portero eléctrico. La esperó en el coche. Buen momento para un cigarrillo pensó.

Pocas veces en su vida había atravesado una situación tan ridícula. Buscando con su analista colegio para nuestros hijos. Si no hubiera estado tan conmocionado se habría reído. A través del vidrio de la puerta pudo contemplar las salas llenas de pequeños con delantal a cuadritos. Después se dirigieron hacia el patio de la primaria. Era la hora del recreo. Una bandada de pibes gritando, riéndose, corriendo. Las blancas palomitas. Como con la bomba neutrónica las aulas, aunque vacías, exhibían las características de sus ocupantes. Les mostraron  un salón con gradas. El aula de ciencias naturales. Salieron. Él se disponía a invitarla a tomar un café cuando ella dictaminó vamos al consultorio. Francisco comprobó, alarmado, que estaba muy decepcionado. Tenía una gran decepción.

Claudia, señalando un almohadón sobre el piso, le ordena  sentáte. Francisco obedece. La sensación de que las piernas le sobran. Claudia lo percibe y le indica sentáte como un indio. Él la obedece, en todo la obedece. Mientras ella habla la voluntad de Francisco se va achicando. De pronto se siente molesto. Tiene urgentes ganas de orinar. Levanto la mano y la señorita me pregunta Francisco qué querés. Puedo ir al baño pregunto y ella dice saben bien que al baño se va en el recreo ya no son bebés pueden esperar. Sigo plegando el papel glasé metalizado. Tengo muchas ganas de hacer pis.  Junto fuerzas y levanto de nuevo la mano. Francisco ahora qué te pasa dice la señorita y yo le pregunto puedo ir al baño. Los chicos se ríen y la señorita ordena silencio y  por suerte toca la campana. Nos levantamos agarramos las bolsitas del perchero  guardamos los útiles y salimos.  Frente al aula formamos fila tomando distancia y me parece que no aguanto más. A una orden de la maestra avanzamos. Mientras camino el pis va corriendo por mis piernas  hasta que llega a mis medias a los zapatos al piso. Señorita Francisco se hizo pis dice Adrián. Los chicos se ríen y se detiene la fila. Qué vergüenza Francisco un chico grande dice la señorita cállense y avancen. En la puerta está Alicia que se acerca se agacha para darme un beso y me pregunta cómo te fue y yo le digo lo más bien. Alicia me mira mejor y dice Francisco qué pasó con tus medias y yo le contesto sin mirarla abrí la canilla del patio y me salpiqué. Estás seguro  me pregunta y justo Enrique se acerca y dice es cierto yo lo vi. Alicia sonríe mueve suavecito  la cabeza y me tiende la mano. No quiero a volver a la escuela nunca más. Llegamos a casa. Alicia abre y yo corro hasta mi cuarto. Cierro la puerta. Me saco el delantal tan rápido que arranco dos botones. Me saco los zapatos las medias el pantalón  el calzoncillo abro el segundo cajón y busco un calzoncillo limpio y cuando me lo estoy poniendo se abre la puerta.

Claudia le aprieta el hombro y él abre lentamente los ojos. Se pasa la mano por la cara y comprueba que la tiene mojada. Alarmado, se mira la entrepierna. Ella le alcanza un pañuelo de papel. Él lo agarra. Quisiera ser como Peter Pan piensa. Se para farfullando pretextos, tiene que irse, está tan avergonzado. Antes de cerrar la puerta ella le roza la mejilla con extrema suavidad. Doux.

Ya en el bar, esperando a Jirafa, se le ocurrió avisarle a Horacio. Quizás su presencia ayudara. Media hora después los tres revivían anécdotas. Hasta que, pese a los esfuerzos de Francisco, el presente se montó sobre la mesa. ¿Cómo va tu tratamiento? preguntó Jirafa. Increíble, recordé un montón de momentos de mi infancia atinó a decir. Estaba seguro afirmó Ricardo con énfasis mi hermana es un fenómeno. Horacio acotó me comentó nuestro común amigo, que tu hermanita, por si fuera poco, no está nada mal mientras diseñaba nuevamente curvas en el aire. Francisco tuvo ganas de matarlo. Ojo, que con la analista no se jode le advirtió jocoso Jirafa además acordáte que vos estás casado. ¿Ella no? preguntó Horacio. Francisco retuvo la respiración. Se separó hace años, una historia bastante desgraciada Ricardo de repente se echó atrás si Claudia se entera de que estoy ventilando sus intimidades frente a un paciente me castra cabeceó indicándolo a Francisco cuando se vaya este te cuento.

Por qué te estás cambiando enano pregunta Guillermo y yo mientras termino de subirme el calzoncillo que encima se enrolla le contesto sin mirarlo me salpiqué con una canilla. Ahora lo llaman canilla dice divertido no te habrás hecho pis y yo niego con la cabeza  y él me provoca vamos enano confesálo te hiciste pis y a mí me da furia y me abalanzo sobre él y trato de golpearlo. Guillermo me embroma bueno bueno se enojó el enano que hace pis. Las lágrimas me resbalan estoy transpirado y pateo y manoteo al aire. Guillermo levanta el brazo para atajar mis golpes y me amenaza parála que voy a tener que devolvértela. Entra mamá y pregunta qué está pasando aquí. El enano está furioso porque se hizo pis le cuenta.  No lo mortifiques más ordena mamá. El bebé siempre necesita que lo defiendan se burla Guillermo mientras sale. Yo me quedo solo con mamá que se agacha y me abraza. Yo no porque soy piterpan y me fui volando.

Alejandra ya en su casa. Valeria alternándose entre hermana y sobrinos. Por momentos siento que no soporto más, pero ya sabés como soy, rápido me recupero. Vaya si Francisco conocía la resistencia de Valeria, su voluntad a toda prueba. Tu mujer vale oro solía decirle su mamá cuidála que otra así no vas a encontrar. Francisco se descubrió pensando que Valeria era tan perfecta que a veces daba trabajo quererla. Apagó la luz. De a poco se adormeció. Tanto que creyó que ya estaba soñando.

Francisco quiere demostrarle que no la necesita. Que a veces no la necesita. Que a veces tanto no la necesita. Carraspea y le informa anoche recordé.

Mirá lo que compré dice Guillermo y me muestra un sacapuntas en forma de elefantito.  Es japonés me explica y yo le pido me lo dejás tener. Solo un rato porque se puede romper y es el único que existe en el país. Lo sostengo sobre la palma de la mano y lo toco con mucho cuidado. Es gris tiene orejas enormes un poco más oscuras dos ojitos muy negros y un agujero para meter el lápiz. Dámelo me dice te voy a mostrar cómo funciona. Obedezco y Guillermo pone un lápiz rojo en el agujero y gira al elefante con movimientos cortos y firmes y después saca de adentro un lápiz con la punta más afilada que haya existido jamás.  Pasan muchos días y no me animo pero ahora Guillermo está sentado frente a su escritorio y yo doy vueltas a su alrededor hasta que él explota y me grita se puede saber qué cornos te pasa. Puedo llevar el elefantito a la escuela le pido con un hilo de voz. Qué dice Guillermo no te escucho. Que si puedo llevar el elefantito al jardín repito muy fuerte ya está ya me animé. Estás loco dice Guillermo. Te juro que lo voy a cuidar como un tesoro por favor prestámelo. No sé lo tengo que pensar dice Guillermo y yo le ofrezco si me lo prestás te doy mi alcancía. Está bien pero no quiero nada dice me gustaría verle la cara a Adrián. Yo después te cuento. Hecho campeón dice y chocamos las manos. 

Estoy en el tranvía con Alicia como todas las mañanas. Adentro de la bolsita a cuadritos celeste y blanca envuelto en la servilleta que me hizo la abuela está el elefantito. Alicia me deja tirar del cordel del tranvía que para y nos bajamos. Camino por la calle una mano en la mano de Alicia y la otra sosteniendo con fuerza mi bolsita. Nunca tuve tantas ganas de ir al colegio. Cuando llega la hora de la merienda abro la bolsita y saco el mantelito y le digo a Enrique mirá lo que traje y desdoblo la servilleta. Un elefante dice Enrique y qué. No es un elefante común fijáte bien es un sacapuntas. Un sacapuntas no puede ser dice Enrique y entonces le muestro el agujero y los ojos se le abren como uvas y los otros chicos se acercan. Ahora les voy a mostrar como funciona digo y saco el lápiz que me preparó Guillermo para la demostración y lo meto y empiezo a mover el elefante con movimientos cortos y firmes. Todos se quedan callados hasta que digo ya está y saco el lápiz y es impresionante porque parece un clavo de filoso y Adrián me pide dejáme probar pero yo le digo no puedo porque sos muy chico y podés romperlo. A qué viene tanto revuelo nos reta la maestra y yo escondo rápido el elefante porque está prohibido traer juguetes al jardín. Cada uno se sienta en su sillita y  saco mi alfajor y lo como y  nunca fui tan feliz. Cuando suena la campana descuelgo la bolsita del perchero me la cuelgo del codo y ocupo mi lugar en la fila. Tomamos distancia y esperamos que la directora nos diga hasta mañana niños y cuando lo dice nosotros le cantamos hasta mañana señorita y salimos. Estoy primero en la fila porque soy el más petiso papá dice que el también era chiquito y que después creció. Las mamás se van acercando de a una y nos retiran de la fila. Llega Alicia me da un beso y me agarra de la mano. Yo me suelto y le digo espera un poco y abro la bolsita porque le dije a Enrique que afuera se lo dejaba usar. Meto la mano y no encuentro nada duro. Saco el mantel y la servilleta se cae al suelo y la bolsita queda vacía. Me sudo todo. No puede ser digo. Qué pasa pregunta Alicia. El elefantito no está le contesto sin poder creerlo. Alicia agarra la bolsa la da vuelta sacude el mantel y la servilleta y no cae  nada el elefante desapareció. Las lágrimas me brotan a borbotones. No llores dice Alicia ya lo vamos a encontrar. Me agarra de la mano y entramos al colegio. Me doy vuelta y me choco con los ojos de Enrique que parece que se le salen. Alicia habla con la portera y nos deja pasar al aula. Alicia se agacha y busca debajo de las mesitas. Yo lloro desesperado. La portera trae la escoba y barre toda el aula si lo encuentro te lo guardo dice y me pellizca el cachete. Entra la maestra y Alicia le cuenta. Eso pasa por traer juguetes al colegio encima me reta. Alicia me da la mano y dice Francisco vamos. Yo no quiero pero me tironea. Salimos a la calle y ya se fueron todos. No puedo parar de llorar. Alicia se agacha y me abraza y después me alza y yo me aferro a su cuello y escondo la cabeza y le digo yo a casa no vuelvo. No digas pavadas dice y  para un taxi y subimos y me siento a su lado y me apoyo en su falda y ella me acaricia la cabeza. Llegamos a casa. Alicia pone la llave en la cerradura y justo cruza Guillermo y pregunta  a este qué le pasa. Escondo la cabeza en la pollera de Alicia que dice le robaron el elefantito. Aprieto fuerte los ojos porque no quiero escucharlo.

Francisco concluye de hablar, orgulloso de haber podido mantener la emoción a raya. Que Claudia guardara sus pañuelos, no volvería a pasarle, se lo juraba, él no era Tobi. Ella queda en silencio un rato largo, mientras él  mira por la ventana simulando indiferencia. Seguís sin poder decírselo afirma ella.  Francisco siente que los ojos se le llenan de lágrimas. Simula un estornudo, mira el reloj y se levanta. Se me hace tarde anuncia.

Vamos campeón los hombres no lloran dice Guillermo y me tira del pelo pero despacito contame qué cara puso el tarado de Adrián. Me aparto de la pollera de Alicia y le cuento casi revienta de la envidia. Seguro que te lo robo él dice Guillermo y me empuja el hombro pero suavecito. Entramos los tres. Me gustaría poder decirles cuanto los quiero.

Los pasos no retumban porque ahora el piso está lleno de  bolsas de arena, de cemento, de cal.  Francisco está eufórico, como siempre que inicia una obra. El rescate acaba de empezar. Es más que euforia. Está excitado.

Es el primer día de clases y estoy contento porque papá me compró útiles nuevos  y Alicia me forró los cuadernos rivadavia con un papel araña que recién salió y que se llama plastificado entonces suena la campana y una maestra que no conozco dice formen fila aquí cuarto A y estoy yendo cuando viene la señorita Susana y dice Castillo venga lo cambiaron al B y me agarra de la manga y yo siento que me corre la transpiración  y le pregunto por qué y la señorita me dice son las órdenes que me dieron y me lleva hasta la fila de cuarto B y me pone delante de todo porque sigo siendo el más petiso y cuando me doy vuelta   todo el A me está mirando entonces busco a lo lejos y veo a mamá que me hace señas y yo digo señorita quiero hablar con mi mamá pero ella me contesta ahora no ya van a tocar el himno y es cierto porque empieza el oíd mortales pero yo no canto y la miro a mamá que levanta las cejas.

Estaban cenando cuando Luciana dejó el tenedor suspendido y preguntó ¿la extrañás a mamá? Francisco quedó inmovilizado hasta que Tobi salió en su ayuda ¡mamá, mamá! Francisco se levantó y lo agarró en brazos. Camilo también colaboró siempre tan tarada, lo hiciste llorar. La nena, la pregunta olvidada, le tiró la servilleta por la cabeza más tarado serás vos. Con Tobi colgado del cuello Francisco se interrogó cuánto la extraño mientras Camilo y Luciana se corrían por el living. Quiero irme de aquí se permitió reconocer.

Nos hacen pasar al aula que no es un aula común porque no tiene bancos tiene gradas y por supuesto me toca la primera fila y soy el tercero empezando de la punta al chico que tengo a mi derecha lo conozco del patio al otro nunca  lo vi y la señorita Susana se para en el frente y dice bienvenidos niños este año trabajaremos juntos  quiero presentarles a un alumno nuevo Castillo por favor póngase de pie y el que conozco del patio me tira de la manga y me dice paráte y yo me paro y sé que tengo la cara roja y encima los de atrás protestan no lo veo no lo veo entonces la señorita dice adelante Castillo y me hace una seña y los dos chicos de la punta se paran y me dejan pasar y yo salgo de la fila y avanzo hacia el frente y además de colorado sudo y la señorita dice les presento a Francisco y miles de ojos me miran y escucho risitas y murmullos y la señorita ordena silencio y después dice Castillo deseo que se encuentre cómodo entre nosotros ahora vuelva a su lugar y yo subo a mi escalón los dos chicos se paran de nuevo y después nos sentamos los tres y el de la derecha dice me llamo Horacio y entonces la señorita ordena alumnos saquen el libro de lectura y como se escucha el ruido de todos los portafolios abriéndose ella pide silencio niños y saco mi libro y Horacio me dice qué buen forro dónde lo compraste y el de la izquierda también lo mira y la maestra indica abran el libro en la página cinco y hay ruido de hojas y la maestra ahora grita silencio y después pregunta quién quiere leer y  como nadie se ofrece dice voy a tener que elegir y nos mira a todos y después dice Castillo póngase de pie y como yo me quedo sentado Horacio me tira de la manga y yo no puedo creerlo  debe ser una pesadilla y la maestra repite Castillo lo estoy esperando y yo me paro sí pero para decirle con un hilo de voz no voy a leer y ella me dice no lo escucho y se me va todo el miedo y solo me queda una rabia gorda y digo fuerte no voy a leer y ella me mira fijo hasta que Horacio se para y pregunta  puedo leer y la señorita duda y al fin le hace una seña y a mí me dice Castillo siéntese luego hablaré con usted y Horacio comienza yo adoro a mi madre querida yo adoro a mi padre también ninguno me quiere en la vida como ellos me saben querer y la señorita lo felicita y él se sienta y yo pienso que por suerte Alicia me dio una hoja de papel plastificado de repuesto.

Bajo la ducha Francisco pensaba en el vínculo entre sus hijos. Recordó las palabras del pediatra cuando, años atrás,  le habían planteado su inquietud por lo mucho que se peleaban. En mi experiencia las peleas entre chicos inmunizan contra las distancias entre grandes comentó el médico y ante la cara de sorpresa de ellos agregó cuando no se aprendió de pequeño que las infinitas peleas devienen en infinitas reconciliaciones, se temen tanto los enfrentamientos que, con tal de evitarlos, se reprimen por igual opiniones y afectos. Las palabras de Grieco cobraban ahora real magnitud. Francisco siempre había evitado el más mínimo choque con sus hermanos.   Más vale poco que nada. Ya en su cuarto, encendió el wincofón. Cuando apoyó la cabeza sobre la almohada, la imagen se reiteró. Él estaba junto al tocadiscos y observaba. ¿A quién? Cerró los ojos y ahora sí. A pocos metros de él, una chica bailaba. Los pequeños pechos levantando el vestido azul con brillitos en el cuello, apenas unos centímetros sobre las rodillas. Las medias transparentes ofreciendo las piernas ya impecables sobre los discretos taquitos. Tobillos de galgo pensó. El pelo largo, negro, lacio, brillante, oscilando al compás de la música. El lento giro de manos y antebrazos, los codos fijos, los brazos extendidos, los hombros impulsando el movimiento. Y en el delicado meneo de la cadera toda la sensualidad del mundo. Francisco, el corazón aleteándole, apagó el tocadiscos y se desplomó sobre el colchón. Evocó la imagen y logró repetirla. Una película muda. Apretó los ojos hasta que le dolieron. El sonido irrumpió, estrepitoso. Noche en la ciudad, sábado, gente que viene y que va. El dolor bajó a los testículos.

Suena la campana y la maestra dice niños pueden pararse silencio por favor salgan en orden y cuando llegamos al patio me arrimo a la pared y se me acerca un chico alto que dice hola me llamó Ricardo pero todos me dicen Jirafa y yo me presento soy Francisco y el sonríe y me dice ya nos dimos cuenta y tengo miedo de ponerme de nuevo colorado y él me pregunta por qué te pasaron y yo le contesto no sé y él averigua eras de los burros y yo niego con la cabeza pero él insiste te portabas mal y yo tengo que negar de nuevo mientras veo que se acerca otro chico y como se nos queda mirando Jirafa le pregunta qué te pasa Rafa tenemos monos en la cara y Rafa contesta quería ver de cerca al nuevo y me palmea el brazo viejo se la hiciste gorda a la ceño seguro que todavía está violeta de la rabia y Jirafa dice es un grande y me pasa la mano sobre el hombro entonces suena la campana y formamos fila y entramos al aula y  me siento en mi lugar que es al lado de Horacio.

Antes de salir controló el correo electrónico. Alejandra no está bien, ayer amaneció con mucha temperatura y decidieron internarla para hacerle estudios. La tuve que dejar sola porque no tenía qué hacer con los chicos. Brian se durmió llorando, pidiendo por la mamá; me acordé tanto de Tobi.  No sé cuánto voy a resistir, los extraño más de lo soportable. Perdoname, no estoy en un buen día. Esta noche llamaré por teléfono alrededor de las ocho, que estén todos, por favor. A medida que leía, el estado de ánimo de Francisco se iba deteriorando. Un anzuelo enganchado al alma lo jalaba hacia abajo. En un instante sus modestas preocupaciones rebajadas a la categoría de boludeces. Agradecía que todavía no existieran máquinas que le permitieran a Valeria conocer los desfiladeros por donde caminaban los pensamientos de su marido. Ella horadada  por el dolor, la soledad, las responsabilidades y él dedicando tiempo y energías a meditar sobre las exigencias de Alicia, el egocentrismo de su madre, la indiferencia de su padre. Ojalá hubiera sido solo eso. Horas de su vida escuchando a Vicky. Prefirió no pensar en Claudia. Además se le estaba haciendo tarde. Apago la computadora y partió.

Suena la campana y salimos de nuevo al recreo justo cuando aparecen los del A y Claudio me pregunta che Francisco por qué te cambiaron y yo le digo no sé y Adrián dice por algo será y me dan ganas de trompearlo entonces lo veo a Enrique y me acerco y le digo viste lo que me pasó y él  mira el piso y en eso Horacio me hace señas  y yo voy y me pregunta si quiero cambiar figuritas y le digo bueno  y también está Jirafa que averigua tenés la treinta y cuatro y por suerte la tengo y se la cambio  por la diecisiete que es la única que me falta para completar la página y me pongo contento pero lo sigo mirando a  Enrique que mira el piso.

Francisco recuerda al Tribunal de Osiris. Para alcanzar la salvación eterna el peso del corazón del difunto debía ser menor que el de una pluma. Mientras el ascensor sube Francisco siente que el suyo es cada vez más pesado. Ammit lo devorará con su cabeza de cocodrilo. ¿Cómo estás? lo saluda Claudia y cuando él se dispone a hablarle de Vicky, de Los Náufragos, de Ammit y de su culpa ella le pregunta ¿recordaste algo más?

 Mamá se inclina y me da un beso y me pregunta cómo te fue. Bien le digo mientras dejo arriba del sofá la valija nueva que es de cuero y tiene dos bolsillos con hebillas. Qué pasó que te cambiaron de curso averigua y yo le contesto  la maestra no sabe. Mañana iré al colegio y hablaré con el director dice mamá un alumno brillante como vos pasarlo al B dónde se ha visto debe haber un error no te preocupes que ya se va a solucionar y si hace falta le diré a tu padre que vaya  siempre a un hombre le hacen más caso y además tu papá es diputado y si no voy a hablar con la madre de Enrique ella es la presidenta de la cooperadora y tiene mucha influencia. Entonces entiendo y le digo dejá mamá  ya me hice de amigos y además la señorita Susana es muy buena y pienso que a Enrique lo veré en los recreos porque ahí la mamá no se da cuenta.

Francisco piensa que la relación con sus recuerdos es la misma que se establece con el presente; está uno tan imbuido del mismo que se carece de la capacidad de analizarlo. No había reparado en lo que Claudia le está marcando, la madre de Enrique, tal vez la punta del iceberg. Mientras él reflexiona ella continua hablando en lo que a mi tesis se refiere, el trabajo está terminado; gracias a tu colaboración y ella sonríe ya pude encontrar pruebas fehacientes de que los ámbitos fueron decisivos en el proceso de recuperación de tu historia. Él no puede creer lo que está escuchando ¿me estás despidiendo? logra articular y el rencor le estrangula la voz. En las últimas sesiones me limité a  escucharte dice ella ya se destrabó el mecanismo de represión, ahora todo depende de vos, mi presencia quizás sea hasta contraproducente. Francisco se da cuenta de que su autonomía fue un error fatal y se enfurece no me tomes de boludo,  ya obtuviste lo que buscabas y ahora mi minúscula historia te aburre; lamento no haber podido ofrecerte al menos un incesto. Suena el portero eléctrico y Claudia se incorpora  llegó otro paciente. Él también se para no podés dejarme así. Claudia se acerca a la puerta el lunes lo charlamos. Francisco sale sin despedirse y baja por la escalera porque el ascensor ya está subiendo y él no quiere cruzarse con el otro paciente. Llega a la calle y empieza a caminar. Sin rumbo determinado camina.

En cuanto entró a su casa Camilo apareció corriendo recién llamó mamá. Francisco miró el reloj: ocho y media. Que estén todos, por favor había pedido Valeria y a él se le había borrado de la cabeza el horario del llamado, la salud de su cuñada, la angustia de su mujer, Valeria misma. Osiris sería inclemente. Intentó comunicarse de inmediato pero no lo logró. Mientras la comida se calentaba fue al videoclub con Tobi a devolver una película. Regresaba cuando, desde la esquina, vio a Luciana tras la reja, esperándolo. Apuró el paso. ¿Qué hacés afuera? la retó. Llamó la tía Carolina, ¡es urgente! Alarmado, buscó el teléfono. Su cuñada iba a pasar una semana al campo e invitaba a los chicos,  Francisco dudó pero Carolina lo tranquilizó alegando Tobi me quiere mucho, no va a extrañar. Francisco se imaginó a sus hijos trepando a los árboles, andando a caballo, cazando mariposas, correteando con sus primos tras un cuis. Además, los mayores acababan de rendir los exámenes bimestrales. No había mucho que pensar. Les pregunto a ellos y te llamo enseguida Francisco al cortar agregó gracias desde ya, me encanta que los quieras y pensó que Alicia nunca los había llevado de paseo. La respuesta fue obvia: saltos, gritos, planes. Tobi, sin entender demasiado,  disfrutando del entusiasmo general. Cenó con los chicos incapaz de seguir el hilo de la charla entrecruzada, superpuesta, excitada. Preparó con ellos las mochilas y los mandó rápido a la cama. Intentó de nuevo comunicarse con Valeria. Como no lo logró le escribió un mail excusándose y se acostó. Recién al apagar la luz recordó la sesión. Claudia había sido clara, ya no lo necesitaba, se había agotado su utilidad. Sintió un dolor tan punzante que inspiró profundamente intentando aliviar la presión en los pulmones. Junto con el aire se coló el Francisco adolescente junto al wincofon. Está mirando a Claudia y nota que su vestido es azul. Entonces, mientras ella sigue bailando, él busca un disco, se afana, necesita encontrarlo a tiempo. Con los acordes finales de Los náufragos, alcanza a ponerlo en el pick up. Claudia se aparta de su compañero de baile y se arrima a la mesa. En cuanto suena la primera nota, Francisco se acerca rogando que no le ganen de mano. Llega junto a ella cuando Vicky arranca con doux, doux, lamor est doux. ¿Bailás? pregunta y ella asiente con la cabeza. Él la toma de la cintura y ella se apoya en su hombro, las manos enlazadas. Gradualmente él va disminuyendo las distancias hasta  que puede sentir sobre su bremer la presión de los pezones. Francisco espera a que Vicky repita bleu, bleu, lamour est blue y le susurra algo en el oído con el corazón hecho una orquesta. ¿Cómo? pregunta ella apartándose ligeramente. Él, con el alma en la boca, repite qué coincidencia pero Vicky ya canta gris, gris, lamour est gris. No te entiendo dice Claudia. Entonces él le dice  nada, no importa. Cuando la canción termina. Francisco se desprende y se aleja sin mirarla. Pleure mon coeur quand tu n’es plus la. Humillado, atrozmente dolorido. La imagen se deshace. Veinticinco años después la certeza de Francisco es absoluta: nunca en la vida deseó tanto a una mujer.

Mientras manejaba dictaminó la vida no es justa. Valeria lidiando con Alejandra mientras Carolina se iba de vacaciones. Era evidente que en cada familia había leyes implícitas que determinaban los roles, leyes incomprensibles para los de afuera.  Cuando llegaron ya estaban todos embarcados. La camioneta de sus cuñados parecía una pajarera y allí depositó a sus tres pajaritos munidos de respectivas mochilas. Un revuelo de gritos, carcajadas, ladridos y empujones. Solo falta Pepe lamentó Camilo. Francisco envidió la infancia que estaban viviendo sus hijos. Qué ilógico, la envidia era un sentimiento que él asociaba a la parte mezquina de su ser, esa de la que se avergonzaba. Que sus hijos le despertaran sentimientos mezquinos era algo inadmisible. Por lo visto, no era tan íntegro como siempre había creído.

Los chicos habían dejado un tendal. Recogió peluches y pijamas pero cuando iba a estirar las colchas decidió cerrar las puertas de los dormitorios. Se sacó los zapatos y se tiró sobre la cama. No recordaba cuánto hacía que no estaba solo en esa casa. Evocó una tarde en Madrid, cuando era muy joven. Por una serie de imprevistos había tenido que separarse por unos días de sus compañeros de viaje. Mientras caminaba por la Gran Vía pensaba que no había nadie que supiera dónde estaba en ese instante, nadie que tuviera manera de comunicarse con él. Había experimentado una salvaje sensación de libertad.  Hubiera querido desnudarse para comprobar su invisibilidad. Un átomo vagando en el cosmos. La situación actual era más modesta pero igualmente disfrutable. Para inaugurar el anonimato, buscó el libro de turno e invirtió unos minutos localizando el punto donde había interrumpido la lectura. Valeria se fastidiaba con él, no entendía porque no usaba los miles de señaladores que le había ido regalando. Él proponía excusas que soslayaban la verdad: buscar la palabra abandonada era su única manera de leer. El rastreo de las páginas precedentes le permitía retomar la atmósfera del libro antes de embarcarse en la lectura lineal. Encontró el renglón cuarto de la página treinta y cinco y leyó un par de hojas hasta que se dio cuenta de que no tenía ni la menor idea de lo que acababa de leer. Depositó el libro sobre la cama. Trató de pasar lista a las actividades que sus hijos le impedían realizar: dormir la siesta, escuchar música a todo volumen, caminar desnudo por la casa, comer en la cama, masturbarse con tranquilidad. Y no se le ocurrían muchas más. Se alarmó: era demasiado peligroso tener tanto tiempo disponible. Como si una biblioteca entera se hubiera desplomado sobre él, se sintió sepultado por sus temas pendientes. Analizándose ahora, descubría que hacía semanas que su pensamiento era fragmentario, trunco. Dedicaba horas a sentir algo con exquisita precisión y sin embargo, instantes después escindía lo experimentado y saltaba a otro tema. Como un estudiante que pese a saber cada bolilla no logra recordar el programa en su integridad. Las cosas parecían existir en diferentes dimensiones. Cómo podía ser que hubiera vivido con tanta intensidad su reencuentro con la Claudia adolescente y que horas después, frente a la adulta, lo olvidara por completo. Francisco dudó, ¿había vuelto a verla después de haber bailado con ella? El tiempo dejó de ser lineal.  Hacía poco, tomándoselas a Camilo, había refrescado las conjugaciones verbales. Una parte de su vida transcurría en presente coexistiendo con  varios pasados diferentes. Pretérito perfecto, imperfecto, pluscuamperfecto, anterior. Multitud de vidas simultáneas. Él era el nene al que obligaban a comer tortilla y era el padre que liberaba al nene de comerla; era el escolar conminado a leer en alta voz, el  angustiado analfabeto y el padre leyéndole a Tobi.  Vomitaba sopa y disfrutaba de la sopa de arroz. Era el paciente de Claudia y el adolescente que se le declaraba con torpeza. Alicia le hablaba de sucesiones en un palco del Colón. Guillermo lo ataba mientras comían panqueques. Era el padre de sus hijos y el hijo de sus padres. Se preciaba de su incondicional fidelidad y sin embargo no extrañaba a su mujer. Sintió como una bofetada. La madre del borrego. Cómo podía haberse hecho tanto el imbécil. Se incorporó en la cama súbitamente y se lo dijo con todas las palabras. Estoy loco por Claudia.

Al atardecer, luego de haber escuchado música a todo volumen, comido en la cama, dormido la siesta,  caminado desnudo por la casa y haberse masturbado con toda tranquilidad invocando las piernas de Claudia, seguía tirado sobre el colchón revuelto y era tanta la inquietud que por fin entendía a los consumidores de ansiolíticos. Su cabeza era un remolino y  ya no encontraba qué hacer. Se levantó y fue hasta la computadora. Jugó un par de solitarios que estuvieron lejos de devolverle la paz. Entonces abrió su correo y cliqueó en nuevo. Asunto: Otra vez perdón. Cuando miró por la ventana ya estaba oscuro noche en la ciudad, sábado. A intervalos de media hora revisó, sin suerte, su casilla de mail. La noche ya es día, y yo sin dormir.

Ni bien despertó se acercó a la computadora. Bandeja de entrada. Dos mensajes nuevos. Uno, como siempre, de Valeria. Ante el otro, el pulso se le aceleró. No te preocupes, no me ofendí, mañana lo charlaremos. Solo dos líneas empujándole el espíritu hasta el piso. Cómo llegar a mañana. Iba a abrir el mail de Valeria cuando sintió que no le interesaba lo que su mujer tuviera para contarle. No le interesaba nada de nada. Estaba invadido por Claudia, por una atroz necesidad de Claudia.  Una fiera enjaulada. Se duchó, se puso lo primero que encontró sobre la silla y salió. Subió al auto. Cuando se quiso acordar estaba junto al monumento al Cid Campeador. Qué hago yo en Caballito. Recién cuando el auto de atrás le tocó bocina descubrió adónde iba. Idas, vueltas y preguntas al fin llegó.  Arengreen 1001. Francisco podría haber hecho el plano de esa casa de esquina de una planta. Como si él mismo acabara de construirla. Estaba parado, observándola, cuando salió un viejito con una bolsa de compras en el codo. ¿Buscaba algo? preguntó. Él se acercó y le tendió la mano. Buenas tardes, mi nombre es Francisco Castillo, viví en esta casa cuando era un niño. El hombre lo miró con cierta desconfianza ¿y en qué puedo ayudarlo? Me gustaría echarle un vistazo, si para usted no es molestia. Luego de una larga negociación que incluyó la descripción minuciosa de la prefabricada que había en la terraza el hombre por fin se decidió pase, no más, disculpe, está un poco revuelto; desde que murió mi mujer, mañana hace dos años y tres meses, me resulta difícil mantener todo en condiciones. Una ancha puerta de entrada con vidrios con visillos los condujo a un pequeño hall al que daban dos habitaciones. Luego un patio central que articulaba dos dormitorios, la cocina y el baño. Todo lleno de muebles deteriorados y de olor a gato. Del patio saliendo una escalera caracol que conducía a la terraza. Francisco recordó a  Amenábar y se acongojó. ¿Cuánto hace que vive aquí? preguntó. Más de treinta años, se la compré a una señora que la tenía preciosa, con unos muebles que eran de llamar la atención; me parece que la estuviera viendo, toda una dama

Es mi cumpleaños y los chicos vinieron a tomar la leche y estamos en mi cuarto armando una pista de autos gigante con todas mis maderas cuando suena el timbre y al rato mamá empuja la puerta entreabierta y dice Enrique Claudio los vinieron a buscar y yo estoy sentado en el piso y me doy vuelta y la miro tiene un vestido negro con un cinturón muy ancho y  dorado y un collar de perlas y tacos altísimos y la boca pintada de rojo y los aros de perla también la miro demasiado y ella se da cuenta y me sonríe y yo me levanto rápido porque me da vergüenza  y vamos todos al comedor y las madres están paradas cerca de la puerta y mamá les pregunta quieren un poquito de torta  y antes de que le contesten va a la mesa y corta dos porciones de la torta en forma de ocho que me mandó la abuela y agarra las servilletas y las cucharas y vuelve con su sonrisa y yo la miro y miro a las otras madres con los zapatos bajos y las carteras colgadas del codo y no son como la mía como que brilla mi mamá.

Ya en el auto no se decidía a arrancar. Hasta que, de repente, su angustia cedió. Sonrió solo. Recién entendía por qué había ido. Sin darse tiempo a recapacitar buscó su teléfono.

Francisco atendé dice mamá y me pasa el tubo porque ahora tengo cuatro y ya aprendí a hablar por teléfono y me lo pongo en la oreja y digo hola y la abuela dice qué quiere que le prepare mi Paquito papas rellenas le pido porque con la abuela no me da vergüenza y me imagino las papas doraditas con el queso que se derrite y se me hace agua a la boca y quiero que sea domingo y le pregunto  puedo pedirte algo más y mamá me reta Francisco no seas pedigüeño entonces yo digo me equivoqué abuela ya no quiero los buñuelos de banana y ella se ríe y me dice entonces no habrá buñuelos para mi Paquito y yo igual me pongo contento porque sé que no es verdad a veces la abuela miente pero si miente ella eso no está mal la abuela no hace nunca nada mal.

Mientras el ascensor sube Francisco recuerda el parto de Tobi. Valeria había llegado al sanatorio con dilatación completa. Mientras los médicos se preparaban la partera le ordenó aguante, todavía no. Así se siente Francisco, a punto de estallar. Toca el timbre y ella abre la puerta, le da un beso y le indica acostáte. Él, aliviado, se deja caer sobre el diván.

Papas nevadas concluye Francisco y ahora, al entenderlo, experimenta una necesidad infinita de estar con su mamá. Cuando salga de aquí pasaré a verla piensa y cuando lo termina de pensar se da cuenta de su error y recién entiende en la piel que su madre está definitivamente muerta y se llena de culpa. No le cumplí confiesa y Claudia le dice no te entiendo. Entonces Francisco le cuenta que están en la puerta del 515 y que su madre le entrega las llaves a un señor. Se dan la mano y mamá sube al remís y se sienta a mi lado. Arrancamos y mamá se pone a llorar y llora tanto que le digo te prometo que cuando sea grande voy a ser rico y te la voy a comprar. Mamá me abraza y llora todavía más fuerte y Alicia le dice tranquilizáte no te das cuenta de que es una criatura y la está pasando muy mal. Entonces me salen las lágrimas. Guillermo dice che enano los hombres no lloran y yo trato porque encima me va cargar pero no puedo. Alicia me seca la cara con un pañuelo. Cuando lleguemos a la casa nueva te presto la máquina de sumar dice Guillermo y desde el asiento de adelante me revuelve el pelo. Y Francisco nuevamente trata pero no puede y se da cuenta de que es inútil que siga refaccionando casas, es Amenábar la que anhela, la que nunca podrá alcanzar, porque no solo ambiciona la casa, ambiciona lo que él fue allí adentro y lo que allí dentro fueron con él todos los demás. Claudia se acerca al diván y, como Alicia, le tiende un pañuelo. Él se seca los ojos y luego, agotado, los cierra. Aprieta el bollito de papel que lentamente cobra textura, consistencia. Es un repasador. Pongo agua en la pava y trato de encender la hornalla con un fósforo que se llama fragata pero no puedo. Enciendo otro y casi me quemo los dedos pero igual no puedo. Entonces me doy cuenta de que está cerrada la llave del gas y la abro y pruebo de nuevo y tengo suerte. Busco el saquito porque ahora el té viene en saquitos y preparo la bandeja con un mantelito como me enseñó mamá y agarro un limón y lo corto y me corto un dedo pero poco entonces voy al baño y saco una curita del botiquín. Cuando vuelvo el agua ya hirvió y eso está mal. Pongo el agua que hirvió en la taza y el saquito adentro y abro la lata de los amaretis para las visitas y coloco tres en un platito y pienso qué más falta y me acuerdo y busco la servilleta más chiquita y salgo con la bandeja. Golpeo la puerta  y mamá dice qué querés  y yo le pregunto puedo pasar y ella me dice espera un segundo y yo pienso que el té ya debe estar helado. Escucho pasá y abro la puerta y veo a mamá sentada en la cama con su robe. Feliz día de la madre digo y dejo la bandeja sobre su falda. El mantelito está todo chorreado. Mamá me abraza y dice Francisco sos mi sol no sé qué haría sin vos. Suena el teléfono y mamá me pide atendé rápido seguro son tus hermanos y yo corro y atiendo. Hola Francisco está tu madre y yo grito mamá es Germán mientras tapo el tubo con la mano como me enseñó la abuela. Mamá grita decíle que después lo llamo. Cuando vuelvo al dormitorio mamá está intentando tomar el té y le corren las lágrimas. Yo le digo tengo una sorpresa y ella se seca la cara con la palma de la mano. Voy a mi cuarto y cuando vuelvo ya se lo tomó todo. Entonces le alcanzo el boletín que dice Francisco Castillo tercer grado tercer bimestre primer puesto en el cuadro de honor. Mamá deja la bandeja sobre la cama y me felicita y me da un abrazo. Justo suena el teléfono y la cara le brilla y me pide de nuevo andá  a atender y yo voy corriendo porque seguro son los chicos. Con la familia López preguntan y yo contesto equivocado y corto. Quién era averigua mamá ansiosa y yo repito equivocado y los ojos se le llenan de nuevo de lágrimas y una cae sobre mi boletín. No te olvides de llamarlo a Germán le recuerdo y agarro el boletín y  salgo. Encima me borroneó dos diez concluye  Francisco. ¿Qué pensás sobre lo que me contaste? pregunta Claudia y él es bruscamente instalado en el presente. Es curioso, una vez que transmite sus recuerdos se escinde de ellos, se absuelve de analizarlos. ¿Me escuchaste? insiste Claudia y él se ve obligado a contestarle se confirma lo que siempre sospeché, el distanciamiento fue decidido por mis hermanos; y nada más, tanta conmoción no me sirvió para nada más. Termina de decirlo y se da cuenta de que le está dando pie para que ella vuelva a sugerir el fin del tratamiento. En un instante el pasado deja de importarle y recupera el estado de la noche anterior. Muere por ella. Me parece que te salteaste un dato interesante Claudia lo aparta de sus elucubraciones y Francisco no sabe de qué le está hablando. Ella, obviando su silencio, agrega nombraste a un tal Germán. Él pretérito prefecto simple de nuevo en acción, él no puede abarcarse y, no obstante, algo tiene que decir ¿sí?, no tengo la menor idea de quién puede haber sido. Ella acota alguien a quien tu madre apreciaba. Él sorprendido le pregunta ¿por qué lo suponés? Y ella contesta porque consideraste que charlar con él podría aliviar el dolor de tu mamá. Francisco admira su perspicacia. Germán. Quién sería Germán. Trata, desesperadamente de recordar algo. Si no, tendrá que levantarse e irse. Porque no es tan ruin como para inventar. Germán. Sin que ella se lo indique inspira y exhala.

Mamá me pone el pantalón nuevo y me peina con gomina y me dice vamos a ver el desfile. Vienen los chicos  pregunto y ella me contesta iremos los dos solos. Me da pena por Guillermo porque a él le gustan mucho los desfiles pero por Alicia no porque a ella le aburren hasta  los de modas. Mamá tiene un vestido negro y un sombrero con tul y está linda muy linda.  Esperamos un rato largo en la esquina hasta que levanto la mano y el taxi para y nos subimos. Me gusta cuando el chofer baja la banderita me arrodillo en el asiento y miro por la ventanilla. Mamá va fumando porque ahora fuma a mí no me gusta que fume pero no le digo Alicia sí le dice y a mamá le molesta que Alicia le diga. Por fin llegamos mamá paga y el chofer sube de nuevo la banderita que es roja y nos bajamos. Hay mucha gente y vamos a una esquina y nos quedamos parados mientras mamá fuma otro cigarrillo hasta que se acerca un señor y mamá dice qué casualidad y le da la mano con el guante negro que también es de tul. Este es Francisco dice mamá y yo miro para arriba y veo que el señor parece un muchacho y me sonríe y dice yo me llamo Germán. Caminamos por la calle y nos acercamos a una fila de personas que están de espaldas y de repente se escucha un tambor y siento el ruido de los pies de los soldados y lo único que veo es ropa. Querés que lo alce le pregunta el señor a mamá y ella dice  bueno y el señor me sienta sobre sus hombros y es un señor muy alto así que ahora veo lo más bien. Me gustan mucho las botas y los sombreros parecen mis soldaditos de plomo. El señor me agarra los dos pies con las manos los pies no los zapatos será para que no me caiga. Mamá a mí no me habla porque estoy muy alto pero habla mucho con el señor qué suerte que se encontraron. El desfile es muy largo y me duele la cola de estar así sentado y me aburro y me parece que no va a terminar nunca y además tengo sed y ya no me gusta que el señor me tenga alzado pero me aguanto. Por fin termina y me baja y  me cuesta caminar  porque se me durmieron los pies. Esperamos en una esquina hasta que pasa un taxi y lo para el señor  porque mamá no se acuerda de que soy yo el que siempre lo paro. El señor le da la mano y le dice a mamá después te llamo y a mí chau pibe y subimos al taxi. Mamá está colorada y los ojos le brillan se ve que el desfile le gustó. Cuando bajamos me dice mejor no cuentes nada porque Guillermo se va a poner celoso y después te va a fastidiar. A mí me gustaría contarle para que le dé envidia pero no se lo voy a contar para que no le dé pena y porque me pidió mamá. En cuanto entramos Guillermo pregunta adónde fueron y mamá le contesta al centro a ver vidrieras y me guiña un ojo. Yo no le guiño porque todavía  no sé y además porque tengo un poco de rabia. Por lo del taxi.


¿Ahora sabés quién era Germán? dice Claudia cuando se asegura de que él ya no seguirá hablando. Un muchacho que encontró en el desfile contesta Francisco, de repentino mal humor. ¿También de adulto vas a seguir creyendo que el encuentro fue fortuito? Él se está enojando el encuentro no tuvo nada de malo. Ella no parece notarlo e insiste ¿tampoco que tu mamá te hiciera mentir? Él se defiende yo no dije nada. Ella no ceja te cambio la pregunta, ¿tampoco te llama la atención que tu madre decidiera mentir? Y él se enfurece basta, Claudia, terminemos con esto, me hace mal; no me importa el desfile, ni Germán, ni nada que haya decidido olvidar. La mirada de ella se le incrusta ¿podés decirme entonces por qué domingo al mediodía  estás acá? Él quisiera confesarle porque estoy loco por vos pero se calla, debe ser cauto, cualquier error puede ser fatal. Perdoname le dice al cabo de un rato y baja la vista porque ya no soporta esa mirada tenés razón y controla el reloj  se hizo tardísimo y amaga incorporarse pero ella con un gesto lo detiene no tanto como para que dejemos sin aclarar cuál ha sido el rédito de esta experiencia. Francisco está desesperado y busca, al menos, una tregua tengo un día muy difícil, te ruego que hablemos del tema en otra oportunidad ella ladea la cabeza y lo mira y él decide jugarse el todo por el todo además estoy muerto de hambre,  ¿vos ya almorzaste?

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