Francisco tocó el portero eléctrico. Instantes
después vio que el ascensor se abría. Claudia avanzó por el pasillo, empujó la
puerta y, llenándolo de indicaciones, le entregó bolso y nena. Instantes
después, parado en la esquina esperando un taxi, Francisco tuvo la extraña
sensación de que su juventud había sido arrasada. Tanto que sintió que quien lo
viera lo supondría abuelo de su propia hija. Bajó del taxi sosteniendo a la
nena dormida entre los brazos. Entró a la confitería. Buscó a Valeria y la
encontró en el reservado del fondo. De espaldas, acodada en la mesa, los dedos
entrecruzados amparando la frente. Avanzó, silencioso, y se paró junto a ella.
Le apoyó su única mano libre en el hombro derecho. Ya llegó Azul anunció.
Los dedos de ella resbalaron, descubriendo el rostro. Como en cámara lenta, Valeria fue
girando la cabeza, elevó imperceptiblemente el mentón y por fin, abrió los
ojos.
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