viernes, 2 de septiembre de 2016

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El vuelo fue pésimo. Llegó a pensar que era el capítulo que faltaba a la hilera de sus desgracias. Desaparecer. A lo mejor, la única solución. Ya en el aeropuerto de Houston buscó entre los rostros ansiando encontrar el de su mujer pero tuvo que conformarse con una réplica imperfecta. Alejandra, y a Francisco lo sorprendió verla tan repuesta, le informó que Valeria había quedado a cargo de hijo y sobrinos. A Camilo es difícil movilizarlo aclaró como si él pudiera olvidar por un segundo el estado del chico. La camioneta de Alejandra se desplazó por autopistas que le confirmaron a Francisco su llegada al primer mundo. Aparcaron en un barrio de casas bajas que parecía escapado de una serie de televisión. Después de la euforia inicial, la realidad imponiéndose. Camilo asustado, Valeria angustiada. Nadie podía ayudar a Francisco a creer, aunque fuera por horas, que ese era un viaje de placer.


Camilo no puede dormir. Francisco lo siente dar infinitas vueltas. Tantas como Valeria. A las cuatro de la mañana Francisco decide terminar con la farsa y enciende la luz. Al instante madre e hijo se sientan en las respectivas camas. Francisco en el colchón. Minutos después los tres charlan animadamente. ¿Cómo están los chicos?  pregunta Camilo. Francisco comienza a contar anécdotas y Valeria pone el grito en el cielo a medida que se va enterando de las travesuras. Media hora después Camilo duerme. Francisco se levanta y lo tapa. Abandona su colchón y se acuesta al lado de su mujer. Esperarán que amanezca en silencio, abrazados.

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