El vuelo fue pésimo. Llegó a pensar que era el
capítulo que faltaba a la hilera de sus desgracias. Desaparecer. A lo mejor, la única solución. Ya en el aeropuerto de
Houston buscó entre los rostros ansiando encontrar el de su mujer pero tuvo que
conformarse con una réplica imperfecta. Alejandra, y a Francisco lo sorprendió
verla tan repuesta, le informó que Valeria había quedado a cargo de hijo y
sobrinos. A Camilo es difícil movilizarlo aclaró como si él pudiera
olvidar por un segundo el estado del chico. La camioneta de Alejandra se
desplazó por autopistas que le confirmaron a Francisco su llegada al primer
mundo. Aparcaron en un barrio de
casas bajas que parecía escapado de una serie de televisión. Después de la
euforia inicial, la realidad imponiéndose. Camilo asustado, Valeria angustiada.
Nadie podía ayudar a Francisco a creer, aunque fuera por horas, que ese era un
viaje de placer.
Camilo no puede dormir. Francisco lo siente dar
infinitas vueltas. Tantas como Valeria. A las cuatro de la mañana Francisco
decide terminar con la farsa y enciende la luz. Al instante madre e hijo se
sientan en las respectivas camas. Francisco en el colchón. Minutos después los
tres charlan animadamente. ¿Cómo están los chicos? pregunta Camilo. Francisco comienza a
contar anécdotas y Valeria pone el grito en el cielo a medida que se va
enterando de las travesuras. Media hora después Camilo duerme. Francisco se
levanta y lo tapa. Abandona su colchón y se acuesta al lado de su mujer.
Esperarán que amanezca en silencio, abrazados.
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