La sala de espera ultramoderna resultó más
inhóspita que el hospital del tercer mundo. La gente a su alrededor sufría en
otro idioma. Ver aparecer a Alejandra, después de dejar los chicos en el
colegio, fue una bendición. Los convenció y fueron a desayunar juntos. Horas
por delante. Porque no tenían que arreglarle las piernas, tenían que hacérselas
de nuevo. Mientras intentaba tragar el té, a Francisco se le aparecía, con
obstinación, la imagen del corazón de su hijo sometido a tantas horas de
anestesia y solo a fuerza de voluntad lograba alejarla. Alejandra se fue y ellos
siguieron esperando. En silencio. Para qué martirizarse mutuamente con el color
de sus pensamientos. Alejandra regresó y los encontró en el mismo sillón. Francisco
sintió que la tensión lo superaba. Se paró, comenzó a caminar en redondo y contó
rápido para hacer avanzar el tiempo. El método dio resultado porque en el
quinientos tres apareció el médico. Por fortuna Alejandra presente. El inglés
de Valeria y Francisco empantanado ante la angustia, impotente ante los
términos científicos. Cuando el cirujano terminó de hablar Alejandra sonreía. La
operación fue un éxito resumió.
¿Y eso que significa? exigió la impaciencia de Francisco. Eso
significa que en unos meses Camilo podrá caminar con muletas explicó su
cuñada. Francisco agresivo reclamó ¿cómo con muletas? Alejandra lo demolió
Francisco, sé realista, que tu hijo siga teniendo piernas es un milagro de
Dios. Dios. Qué Dios.
Verlo entre sondas y tubos fue regresar al
infierno. Regresar al infierno escucharlo gritar. Francisco reclamó morfina, en
la Argentina le habían dado, pero los médicos se negaron: el dolor iba a acompañar
a Camilo por mucho tiempo, demasiado alto el riesgo de aliviarlo ahora. Camilo
se fue resignando, sus gritos fueron
aplacándose pero el rictus de dolor pasó a formar parte de su carita tanto como
las pecas. Luego de diez días de
internación lo trasladaron a casa de Alejandra. Francisco regresaría
inmediatamente, los chicos y el trabajo reclamando; Camilo y Valeria, en cuanto
los médicos autorizaran.
Mujeres y niños de compras, Francisco, la tarde
antes de irse, quedó a solas con su hijo. Estaban jugando al ajedrez cuando
Camilo, con un alfil en la mano, intempestivamente preguntó ¿cómo voy a
quedar? Francisco enmudeció. Aún no
habían decidido cuánto decirle. Los ojos de Camilo abiertos como platos
incrustados en los de él. Jaque mate.
Taladrándolo. Cómo explicarle los médicos
dicen que se le arruinó la vida que vas a necesitar no puede decírselo
mirándolo ayuda entonces baja los
ojos y de un tirón confiesa los médicos dicen que vas a necesitar
muletas para caminar y aprieta los párpados y todo gira y por suerte ya no
oigo ni siento a lo mejor estoy muerto y no tengo que ver a mi hijo
nunca más y puedo ir a la quinta y hacer casitas con los bloques y comer
buñuelos y que la abuela me diga pobrecito mi paquito pero le sube la
presión y escucha el sabonín siempre me alababa las piernas y decía este
chico sí que es bueno. Entonces se
da cuenta de que no es él quien necesita consuelo y abre los ojos, se cuelga
una sonrisa y afirma las maestras también dicen que sos bueno con
convicción porque además es cierto excepcionalmente bueno mientras
seca con el dorso de la mano las mejillas de su hijo. Para algo soy un Castillo; como el abuelo, como la tía Alicia, como
vos acota Camilo y eso, papi,
nadie me lo puede sacar, ni que me choque un camión me lo van a sacar. La piel de Francisco desgarrada de amor.
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