lunes, 5 de septiembre de 2016

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La sala de espera ultramoderna resultó más inhóspita que el hospital del tercer mundo. La gente a su alrededor sufría en otro idioma. Ver aparecer a Alejandra, después de dejar los chicos en el colegio, fue una bendición. Los convenció y fueron a desayunar juntos. Horas por delante. Porque no tenían que arreglarle las piernas, tenían que hacérselas de nuevo. Mientras intentaba tragar el té, a Francisco se le aparecía, con obstinación, la imagen del corazón de su hijo sometido a tantas horas de anestesia y solo a fuerza de voluntad lograba alejarla. Alejandra se fue y ellos siguieron esperando. En silencio. Para qué martirizarse mutuamente con el color de sus pensamientos. Alejandra regresó y los encontró en el mismo sillón. Francisco sintió que la tensión lo superaba. Se paró, comenzó a caminar en redondo y contó rápido para hacer avanzar el tiempo. El método dio resultado porque en el quinientos tres apareció el médico. Por fortuna Alejandra presente. El inglés de Valeria y Francisco empantanado ante la angustia, impotente ante los términos científicos. Cuando el cirujano terminó de hablar Alejandra sonreía. La operación fue un éxito resumió.  ¿Y eso que significa? exigió la impaciencia de Francisco. Eso significa que en unos meses Camilo podrá caminar con muletas explicó su cuñada. Francisco agresivo reclamó ¿cómo con muletas? Alejandra lo demolió Francisco, sé realista, que tu hijo siga teniendo piernas es un milagro de Dios. Dios. Qué Dios.

Verlo entre sondas y tubos fue regresar al infierno. Regresar al infierno escucharlo gritar. Francisco reclamó morfina, en la Argentina le habían dado, pero los médicos se negaron: el dolor iba a acompañar a Camilo por mucho tiempo, demasiado alto el riesgo de aliviarlo ahora. Camilo se fue resignando,  sus gritos fueron aplacándose pero el rictus de dolor pasó a formar parte de su carita tanto como las pecas.  Luego de diez días de internación lo trasladaron a casa de Alejandra. Francisco regresaría inmediatamente, los chicos y el trabajo reclamando; Camilo y Valeria, en cuanto los médicos autorizaran.


Mujeres y niños de compras, Francisco, la tarde antes de irse, quedó a solas con su hijo. Estaban jugando al ajedrez cuando Camilo, con un alfil en la mano, intempestivamente preguntó ¿cómo voy a quedar?  Francisco enmudeció. Aún no habían decidido cuánto decirle. Los ojos de Camilo abiertos como platos incrustados en los de él. Jaque mate. Taladrándolo. Cómo explicarle los médicos dicen que se le arruinó la  vida que vas a necesitar no puede decírselo mirándolo ayuda entonces baja los ojos  y de un tirón confiesa los médicos dicen que vas a necesitar muletas para caminar y aprieta los párpados y todo gira y por suerte ya no  oigo ni siento a lo mejor estoy muerto y no tengo que ver a mi hijo nunca más y puedo ir a la quinta y hacer casitas con los bloques y comer buñuelos y que la abuela me diga pobrecito mi paquito pero le sube la presión y escucha el sabonín siempre me alababa las piernas y decía este chico sí que es bueno. Entonces se da cuenta de que no es él quien necesita consuelo y abre los ojos, se cuelga una sonrisa y afirma las maestras también dicen que sos bueno con convicción porque además es cierto excepcionalmente bueno mientras seca con el dorso de la mano las mejillas de su hijo. Para algo soy un Castillo; como el abuelo, como la tía Alicia, como vos  acota Camilo y eso, papi, nadie me lo puede sacar, ni que me choque un camión me lo van a sacar. La piel de Francisco desgarrada de amor. 

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