miércoles, 31 de agosto de 2016

101

Cuando entró, los chicos dormían. Carmen se acercó a saludarlo, le dio el parte y le preguntó si podía retirarse. Era una mañana preciosa. A pesar de que había manejado toda la noche, no estaba cansado. Se dio una ducha, se afeitó y se dispuso a leer el diario que había estado esperándolo debajo de la puerta. No superó la tercera página. Bajó la hoja. Había abandonado el mundo paralelo y lo recibía el real. Un mundo que a pesar de ser real había sido casi idílico hasta la muerte de su madre. La familia modelo convertida en un manojo de dolores. El descubrimiento de las angustias de su infancia, su infidelidad, la reticencia irreversible de Valeria, las piernas de Camilo, las pesadillas de Luciana. Y por si fuera poco, Azul. Involuntariamente sonrió al recordarla. Buscó en la biblioteca el álbum de Tobi. Sí, era igualita. Como una aparición entró el nene. El pijama de Mickey, los piecitos descalzos, colgando de la mano el oso Peloso, corrió hacia Francisco que lo subió a sus rodillas. Estaba mirando tu álbum, este bebé tan lindo sos vos. Tobi abandonó a Peloso, se metió un pulgar en la boca y con la otra mano se colgó del cuello de Francisco. Lo había tenido muy abandonado. Lo apretó fuerte, lo besó en el cuello y lo olfateó. Él también todavía tenía olor a bebé.


Francisco prefirió que los chicos no fueran a Ezeiza. Los abrazó temiendo un llanto que no llegó. Sin embargo, la resignación de sus hijos lo lastimó más que las anteriores lágrimas, índice claro de que ya se habían acostumbrado a los dolores. Guillermo, en la vereda, tocó la bocina. Se estaba haciendo tarde.

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