Cuando entró, los chicos dormían. Carmen se
acercó a saludarlo, le dio el parte y le preguntó si podía retirarse. Era una
mañana preciosa. A pesar de que había manejado toda la noche, no estaba
cansado. Se dio una ducha, se afeitó y se dispuso a leer el diario que había
estado esperándolo debajo de la puerta. No superó la tercera página. Bajó la
hoja. Había abandonado el mundo paralelo y lo recibía el real. Un mundo que a
pesar de ser real había sido casi idílico hasta la muerte de su madre. La
familia modelo convertida en un manojo de dolores. El descubrimiento de las
angustias de su infancia, su infidelidad, la reticencia irreversible de
Valeria, las piernas de Camilo, las pesadillas de Luciana. Y por si fuera poco,
Azul. Involuntariamente sonrió al recordarla. Buscó en la biblioteca el álbum
de Tobi. Sí, era igualita. Como una aparición entró el nene. El pijama de
Mickey, los piecitos descalzos, colgando de la mano el oso Peloso, corrió hacia
Francisco que lo subió a sus rodillas. Estaba mirando tu álbum, este bebé
tan lindo sos vos. Tobi abandonó a Peloso, se metió un pulgar en la boca y
con la otra mano se colgó del cuello de Francisco. Lo había tenido muy
abandonado. Lo apretó fuerte, lo besó en el cuello y lo olfateó. Él también
todavía tenía olor a bebé.
Francisco prefirió que los chicos no fueran a
Ezeiza. Los abrazó temiendo un llanto que no llegó. Sin embargo, la resignación
de sus hijos lo lastimó más que las anteriores lágrimas, índice claro de que ya
se habían acostumbrado a los dolores. Guillermo, en la vereda, tocó la bocina.
Se estaba haciendo tarde.
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