Enero calcinando Buenos Aires. Valeria y los
chicos pasando unos días en el campo de Carolina. La promesa de visitarlos el
fin de semana. El trabajo relegado durante tantos meses absorbiéndolo. Una
refacción demorada que sí o sí debía entregar la semana próxima, dos nuevos
proyectos. El primer día que se encontró solo en su casa empezó como un regalo.
Insospechado poder tirarse en la cama a leer, a descansar, no tener que
montarse en la sonrisa y tapar la angustia que, día a día, le producía la
minusvalía de Camilo. La vida era un carrusel. Después de meses de vorágine
estar así, acostado, reflexionando. Y el pensamiento que noche a noche acudía a
su almohada y que a fuerza de voluntad y de cansancio lograba evitar,
abandonando la obediencia. Irrumpiendo. El bebé por llegar. ¿Nacería en marzo?
Ante la falta de certezas podía imaginar un embarazo eterno que le diera tiempo
para aclarar la situación. ¿Y si alguna vez resolvía verlo y Claudia se lo
prohibía? Francisco se alarmó. Desde el principio de la relación habían estado
en él, las decisiones, las condiciones, ella siempre dócil a lo que él pudiera
ofrecerle. Sin embargo, la
Claudia con la que se había enfrentado en la última
oportunidad no era la de siempre. Como una perra faldera que al ver en peligro
a su cachorro es capaz de saltar al cuello y cortar la yugular de quien durante
años la alimentó. Francisco se levantó. Fue a la cocina, se preparó un sándwich
y lo mordisqueó con pocas ganas. Encendió el televisor para apagar su cabeza
pero no lo logró. Se había comportado con Claudia como un cerdo. Y si, más allá
de lo que la lógica pudiera dictar, asociaba su traición a Valeria con el
accidente de Camilo, la traición a Claudia, ¿qué nueva desgracia aportaría?,
¿sobre cuál de sus hijos elegiría volcarse?, ¿sobre los legítimos o sobre ese
en el que se esforzaba en no pensar? Apagó el inútil televisor y empezó a caminar
por el living, de pared a pared, una vez y otra más. Se dio una ducha y armó el
bolso.
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