miércoles, 3 de agosto de 2016

89

Se lavó las manos, se puso la bata y siguió a la enfermera. Entre caños y tubos, conectado como una máquina, Camilo. La vista de Francisco viajó instintivamente hacia el extremo de la cama. Dos elevaciones le arrancaron un suspiro de alivio. Recién entonces miró la cabecera. La cara sin rastros sobre la almohada. La nariz respingada, la impecable curvatura de la frente, las pecas, las pestañas espesas, el cabello rubio de Valeria, la marca de la varicela arriba de la ceja izquierda. Francisco le rozó la mejilla con el dorso de la mano. Camilo abrió los ojos la culpa fue mía, soy un tonto. Esos labios hablando de culpas. Francisco lo amó con una profundidad desconocida. Más que a nada en el mundo. Me duele tanto. Francisco, impotente, le acaricia la mano sin suero. Camilo se la aprieta fuerte no aguanto más ayudáme, papá.

Francisco salió de terapia tambaleándose. Un remolino humano precipitándose hacia él, preguntándole. Valeria, hermanos, cuñados, Horacio. Francisco sintió que se le nublaba la vista y con delicadeza se fue desmayando.


Si alguna vez creyó estar pasando un momento difícil, la propia vida se encargó de demostrarle qué solo habían sido preparativos. Asistir, impotente, a los gritos de dolor de su hijo, presenciar las curaciones agarrándole la mano, pasar noches enteras a su lado escuchándolo llorar, saber que, más allá de las palabras de consuelo, los daños de Camilo eran irreversibles. Valeria intentando repartirse entre Camilo, Luciana, que no conseguía reanudar su vida normal y Tobi que, aunque nada reclamaba, era chiquito y precisaba atención.  Francisco la admiró. Y si en más de una oportunidad había asociado el control que ejercía sobre cada uno de sus actos con frialdad, verla desenvolverse en las actuales circunstancias le demostraba que había estado equivocado. Él, sin que ella lo advirtiera, la había descubierto tirada en el piso, en posición fetal, sollozando. Instantes después, ante un llamado de Tobi se había levantado como un resorte, secándose las lágrimas. Nunca le había reprochado  su demora, motivo del accidente, ni había inquirido por los motivos. Estoica, así era. Tu mujer vale oro. Muerta por dentro y repartiendo sonrisas a su alrededor. Para todos, meses de infierno.

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