lunes, 15 de agosto de 2016

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Estaba en el estudio dando vueltas frente a un presupuesto que debería haber entregado hacía días. Entró Marcela arquitecto, está en el teléfono la señora de  Crespi, dice que hace tres horas que tiene a los albañiles esperando para descargar el material. Francisco recordó que no había llamado para confirmar la entrega no me la pasés, decile que me disculpe, que yo me hago cargo de los jornales; después, por favor, llamá al corralón a ver en qué andan. Intentó volver a su trabajo. Cinco minutos después reapareció Marcela  arquitecto, vino el ingeniero Mercader a buscar los datos para el cómputo. Francisco había estado trabajando en eso la otra tarde mientras esperaba que Luciana saliera del sicólogo, pero no tenía la menor idea de dónde había dejado los papeles. Decile que estoy en una reunión que en cuanto pueda se los alcanzo. Para Elisa lo sobresaltó. Valeria preguntándole si había hablado a la obra social por los reintegros. Él le comunicó que sí, que ya había hablado y que le habían dado un teléfono. Empezó a buscarlo entre sus papeles sin éxito. Cortó prometiendo que la llamaría. Vació los bolsillos, los cajones. No apareció él número  para los reintegros pero sí encontró los datos para Mercader. Le pidió a Marcela que le avisara al ingeniero. Para Elisa de nuevo.  Horacio preocupado por su lejanía, haciéndole planteos, reclamando. Francisco cortó prometiéndole que pronto tomarían un café. Siguió buscando el número de teléfono. Momento en el que se le cayó la carpeta de los contratistas y se mezclaron todas las hojas. Las levantó como pudo. Arquitecto, tiene que retirar a Luciana, ya son las cuatro y media informó Marcela. Francisco buscó las llaves del coche.  Las manos le sudaban, las sienes le latían como si su cabeza fuera a explotar. Se asustó. Las llaves no aparecían. Cinco menos cuarto. Nunca más los haría esperar. Salió temblando. El calor de la calle lo golpeó. Paró un taxi y se subió. Se dejó caer sobre el asiento y cerró los ojos. La camisa empapada.

El salón de actos colmado. Un calor insoportable. El ruido inútil de los ventiladores sumándose al estrépito general. Sentado junto a Valeria, Francisco espera. Mira hacia adelante. Entre sus compañeros de coro, Luciana lo saluda. Mira hacia atrás. Sentados entre la multitud, hermanos, cuñados, Tobi en brazos de Carmen, Horacio, Marcela, Laura. El micrófono solicitando silencio, la bandera de ceremonia, el himno nacional. El discurso de la directora, aplausos. El coro que canta, el telón que se corre y en la gradas, sentado en el extremo de la primera fila, entre sus compañeros parados, Camilo en su silla. Las palabras de la maestra. Álvarez, Julio. Aplausos. Padres que suben, niño que baja, el rollito atado con la cinta argentina que cambia de mano. La rosa para la madre. El grupo para la foto. Los padres que bajan y Álvarez que vuelve a su lugar. Astolfi. Bermúdez. Burstein, Canale. El estómago de Francisco hecho un nudo. Castillo. Francisco y Valeria suben. Camilo arranca con la silla. Llega hasta la mitad. Se detiene. Se acerca un compañero que le entrega las muletas. Se incorpora con esfuerzo. Paso a paso, la cara crispada, avanza. Un aplauso. Dos, diez. El público se pone de pie y lo ovaciona. Valeria se quiebra y solloza. Francisco recibe el diploma que le dan y se lo entrega a su hijo. Se abrazan.


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