Estoy con Quique jugando a nuestro juego que es
rodear la cocina que tiene un reborde del ancho de un ladrillo y para no
caernos nos agarramos de los clavos que clavamos en la pared con un martillo
estamos justo en la parte más difícil que es
la casa de Quique porque ahí el reborde es más finito y entonces
avanzamos sosteniéndonos con un palo que apoyamos en el piso pero como dejaron
los ventiluces abiertos la única solución es enrollar una soga en los clavos y
colgarnos con mucho cuidado porque abajo es el mar y si nos caemos nos ahogamos
y nos comen los tiburones pero por suerte ya terminamos la vuelta y subimos por
una escalera marinera al techo que es una isla y en la isla hay un árbol apoyado
y nos trepamos a una gran rama que nos lleva hasta el tronco y por el tronco
seguimos subiendo hasta otra rama donde está nuestra casa y allí nos sentamos
en dos gajos cruzados que son nuestros bancos
y tomamos el agua que llevo en la cantimplora y ya está.
Revuelven en silencio el café con leche.
Francisco piensa qué se dice en estas situaciones porque no tiene
experiencia. Mientras mastica sin ganas la tostada suena el ´móvil de Claudia. Hola,
Mario, cómo te va a Francisco se le atraganta la tostada te llamé para
cambiar el horario porque tuve un inconveniente el pan consigue iniciar su
curso pero ya lo solucioné; te espero a las once, como siempre aunque
vuelve a atrancarse, Francisco pretende remediarlo con un trago; solo consigue
atorarse y termina escupiendo por doquier café y cortezas. Ella se para e
intenta auxiliarlo pero él la frena con un gesto y piensa romántico momento mientras
se limpia con la servilleta. Por fin logra recuperarse. ¿Te preparo otra
tostada? ofrece ella hacía mucho que no comía mermelada casera de
ciruelas, está riquísima. Él niega con la cabeza, llama al mozo y aclara se está haciendo tarde con una
sonrisa inescrutable. Ella ladea apenas la cabeza. Por tu paciente, digo.
Justo estamos bajando cuando nos llama la mamá
de Quique y entramos a la cocina y sobre la
enorme mesa de mármol está servido el tody que aquí es más rico y estoy
por la mitad del vaso cuando escucho los gritos de mamá y voy al fondo y está
subida arriba de una escalera podando los frutales y me dice radiante probá
Francisco es la primera ciruela de la temporada y yo la agarro y la muerdo y el
jugo me corre por la cara y es tan dulce que cuento uno dos tres pero muy lento
para que el tiempo dure mucho y pueda quedarme siempre acá.
En la radio del auto, Rachmaninof, concierto
número dos. El sol se refleja sobre las calles todavía mojadas. Francisco
cuenta para adentro unoo doos trees. Sentada a su lado, Claudia. La mira
por el rabillo. El perfil perfecto es la imagen misma de la serenidad. Mona
Lisa. Francisco se va desprendiendo de la tensión del desayuno. Del
silencio, de la tostada y hasta de Mario. Observa todo con atención. Aprecia
los pequeños brotes de las plantas, la primavera ya en ciernes. Abre la
ventanilla y el aire fresco le acaricia la cara. Una onda eléctrica le recorre
la columna vertebral, aguzando sus sentidos todos. Percibe el aire, como si
tocara sus moléculas y sus moléculas lo tocaran. El canto de los pájaros ignora
las bocinas. Él se siente leve, puesto sobre el mundo solo para disfrutarlo.
Porque el mundo es bello. Ahora sí la mira. Claudia le sonríe. La mano de él
abandona el volante y se desliza hacia la rodilla vecina. Ella toma su mano.
Ella es bella. En ese instante él también se siente bello.
Vamos a tener que vender la quinta me avisa
mamá no puede ser le digo y por qué no puede ser me pregunta porque yo la
necesito contesto y ella me dice hijo yo también la necesito pero no la podemos
mantener y a quién se la vamos a vender averiguo y ella me responde a quién la quiera comprar entonces
digo vehemente yo la quiero comprar cuando sea grande voy a trabajar mucho y te
la voy a comprar primero voy a comprar amenábar y después la quinta te lo
prometo mamá
¿Dónde te dejo? Ella controla su reloj ya es tarde, lleváme
al consultorio. Francisco imagina el impacto de Mario al verla. Imposible
decide en cuanto llegue buscará una varita, y de las zapatillas brotarán
urgentes tacos y el pantalón trocará en falda y se borrarán de su piel,
centímetro a centímetro, cada una de mis huellas. El ánimo de Francisco
desciende, milímetro a milímetro, a medida que se acercan. Quisiera ser un
taxista inescrupuloso, dando rodeos, la banderita roja indefinidamente
baja, mientras los números se empujan hasta alcanzar una cifra tan astronómica
que al no poder ser jamás pagada transforme a la pasajera en su rehén. Te
pasaste la voz de Claudia casi un grito. Francisco parpadea, se detiene y
luego, sacando la mano, retrocede, paciente dócil y desahuciado. Cómo sigue
esto pregunta entonces quizás esperando un mañana lo charlamos. El
alma en la mirada, la mano en la manija del auto, ella solo dice debería no
seguir. Él no encuentra otro recurso que besarla suavemente en los labios y
preguntarle luego ¿vamos a poder? Ella abre la puerta y se baja.
Mamá
se acerca y me dice andá despidiéndote que ya nos vamos entonces junto todas
mis bolitas y se las pongo a Quique en la mano y salgo corriendo y me subo a
Victorio porque como soy un hombre no voy a llorar y mientras la espero pienso que mejor porque en la quinta hay gatas
peludas y avispas y mosquitos y queda lejos y a veces hace frío y a veces no
estoy solo con mamá mejor mucho mejor me digo mientras me sorbo los mocos.
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