viernes, 6 de mayo de 2016

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Dio mil vueltas hasta que consiguió estacionar al otro lado de la calle, justo enfrente. Mientras maniobraba se vio en el espejo retrovisor. Pálido, ojeroso, veinticuatro horas de barba. Vaya con el galán pensó. Ocho y tres vio salir a un hombre impecablemente trajeado, de mediana edad. Mario determinó. Ocho y cuarto Francisco era un amasijo de palpitaciones y sudor. Se dio plazo hasta las ocho y veinte y a las ocho y veintiuno lo renovó. Ocho y media la vio aparecer. El corazón de Francisco se encabritó. Segundos después, mientras ella caminaba hacia la esquina, se le acercó. Al escuchar pasos tras de sí, ella redobló el ritmo de los propios. Claudia gritó él. Ella se detuvo, sin darse vuelta. Él cubrió la breve distancia que los separaba y le puso una mano en la cintura. Ella entonces giró, la boca entreabierta. Francisco se supo definitivamente perdido.

La intensidad del deseo recuperando la adolescencia. Como entonces, casi un instrumento el otro para descubrir las propias posibilidades. Labios piel pliegues rugosidades tersuras. Humedad, sudor. Orfebres laboriosos, artistas engarzando salientes y oquedades. Lujo de pobres. Sonidos ignorados brotando de la propia voz. Celebración de la naturaleza. Tomad, comed; esto es mi cuerpo. Banquete efímero y perpetuo de los sentidos.

Cuando salimos apenas lloviznaba pero ahora se largó con todo y el agua se cuela por la capota de Victorio y mamá me dice Francisco está lloviendo demasiado es peligroso seguir qué te parece intentamos volver a la quinta o nos quedamos a dormir en un hotel yo no lo puedo creer a un hotel nunca fui con mamá  un hotel cuesta mucha plata le digo y ella me tranquiliza no te preocupes por el dinero entonces digo  si se puede prefiero el hotel.

El sonido de la ducha cesó. Minutos después ingresaba Claudia, fragante y húmeda. Envuelta en una robe azul. Qué coincidencia dijo él. Ella lo miró sorprendida no te entiendo. Él cabeceo, sonriendo, se levantó de la cama y tiró del cinturón, saboreando por anticipado el privado espectáculo.

Un señor agarra el bolso y nos acompaña por las escaleras este hotel es enorme me parece que es de lujo el señor abre la puerta y entrega las llaves y se va hay dos camas una mesa de luz y hasta tiene placar y yo abro mi bolso y empiezo a guardar la ropa y mamá me dice no te entusiasmes hijo y se ríe con su risa y después me pregunta tenés hambre y yo le contesto un poco pero me puedo aguantar Francisco sos demasiado bueno dice entonces salimos a comprar y cuando volvemos mamá esconde el paquete en su bolsito porque hay un cartel que dice prohibido ingresar alimentos y bebidas y yo tengo miedo pero mamá me tranquiliza y cuando el señor de la entrada mira para otro lado subimos la escalera y llegamos y mamá abre la puerta y dice salvados y estamos tentados de la risa. 

Mientras Claudia se afanaba en la cocina, Francisco, usurpando una bata color salmón, portadora de su olor, recorría la casa, apreciando muebles y dimensiones. Deformación profesional pensó. Todo lo que la rodeaba la traslucía. Glamour. Empujó una puerta entornada. Pese a la penumbra distinguió la cama con volados. Peluches, muñecas, muchos almohadones. El corazón se le encogió. Apuráte que se enfría. Claudia lo esperaba sonriente, orgullosa. La mesa puesta con esmero. El tiempo de la ducha de él, le había alcanzado a ella para agasajarlo. Canapés de champignon. Francisco se descubrió hambriento. Inspiró profundamente y el olor de las especies lo embriagó. Claudia le ofreció una botella que él descorchó mientras ella partía el pan. Comed y bebed, dichosos los invitados a esta cena.

Mamá pone un repasador sobre la mesa de luz y saca dos vasitos plegables que siempre llevamos abre el paquete de las empanadas y con el papel arma platitos siéntese señor me dice y me señala mi cama y yo le digo las damas primero y mamá se ríe y se sienta y saca del bolso una botella de cocacola que me compró de sorpresa y las empanadas son riquísimas y mamá compró seis y nos las comemos todas y de repente me doy cuenta de que al día siguiente hay clase pero mamá  me tranquiliza no te preocupes hijo con lo que vos sabés podés faltar un mes  y juntamos los papeles y los tiramos en el cesto y mamá lava los vasos y yo los seco y después doblo el repasador.

Él, revolviendo el café comprende que es incapaz de prescindir de ella y le pregunta ¿puedo quedarme? No podría tolerar que te fueras. Como él esperaba el rechazo, la respuesta absurdamente lo asusta. Claudia dice.  Ella, con un dedo sobre los labios lo frena ni una palabra, Francisco, esta noche no.

  Cuando vuelvo del baño mamá me abrió la cama y me dobló la sábana como solo ella sabe y yo le digo no tengo pijama y ella me dice no importa desvestíte yo no te miro y me saco los zapatos y las medias y ella se da vuelta y me saco los pantalones y me meto rápido en la cama con mi remera y ella me pide ahora date vuelta vos y cierro los ojos y mamá me avisa listo y está acostada con la combinación y apaga la luz y me pregunta querés que te cuente un cuento y yo le digo que sí y le agradezco a Dios por la lluvia.

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