Dio mil vueltas hasta que consiguió estacionar
al otro lado de la calle, justo enfrente. Mientras maniobraba se vio en el
espejo retrovisor. Pálido, ojeroso, veinticuatro horas de barba. Vaya con el
galán pensó. Ocho y tres vio salir a un hombre impecablemente trajeado, de
mediana edad. Mario determinó. Ocho y cuarto Francisco era un
amasijo de palpitaciones y sudor. Se dio plazo hasta las ocho y veinte y a las
ocho y veintiuno lo renovó. Ocho y media la vio aparecer. El corazón de Francisco
se encabritó. Segundos después, mientras ella caminaba hacia la esquina, se le
acercó. Al escuchar pasos tras de sí, ella redobló el ritmo de los propios. Claudia
gritó él. Ella se detuvo, sin darse vuelta. Él cubrió la breve distancia
que los separaba y le puso una mano en la cintura. Ella entonces giró, la boca
entreabierta. Francisco se supo definitivamente perdido.
La intensidad del deseo recuperando la
adolescencia. Como entonces, casi un instrumento el otro para descubrir las
propias posibilidades. Labios piel pliegues rugosidades tersuras. Humedad,
sudor. Orfebres laboriosos, artistas engarzando salientes y oquedades. Lujo de
pobres. Sonidos ignorados brotando de la propia voz. Celebración de la
naturaleza. Tomad, comed; esto es mi cuerpo. Banquete efímero y perpetuo
de los sentidos.
Cuando salimos apenas lloviznaba pero ahora se
largó con todo y el agua se cuela por la capota de Victorio y mamá me dice
Francisco está lloviendo demasiado es peligroso seguir qué te parece intentamos
volver a la quinta o nos quedamos a dormir en un hotel yo no lo puedo creer a
un hotel nunca fui con mamá un hotel
cuesta mucha plata le digo y ella me tranquiliza no te preocupes por el dinero
entonces digo si se puede prefiero el
hotel.
El sonido de la ducha cesó. Minutos después
ingresaba Claudia, fragante y húmeda. Envuelta en una robe azul. Qué
coincidencia dijo él. Ella lo miró sorprendida no te entiendo. Él
cabeceo, sonriendo, se levantó de la cama y tiró del cinturón, saboreando por
anticipado el privado espectáculo.
Un señor agarra el bolso y nos acompaña por las
escaleras este hotel es enorme me parece que es de lujo el señor abre la puerta
y entrega las llaves y se va hay dos camas una mesa de luz y hasta tiene placar
y yo abro mi bolso y empiezo a guardar la ropa y mamá me dice no te entusiasmes
hijo y se ríe con su risa y después me pregunta tenés hambre y yo le contesto
un poco pero me puedo aguantar Francisco sos demasiado bueno dice entonces
salimos a comprar y cuando volvemos mamá esconde el paquete en su bolsito
porque hay un cartel que dice prohibido ingresar alimentos y bebidas y yo tengo
miedo pero mamá me tranquiliza y cuando el señor de la entrada mira para otro
lado subimos la escalera y llegamos y mamá abre la puerta y dice salvados y estamos
tentados de la risa.
Mientras Claudia se afanaba en la cocina,
Francisco, usurpando una bata color salmón, portadora de su olor, recorría la
casa, apreciando muebles y dimensiones. Deformación profesional pensó.
Todo lo que la rodeaba la traslucía. Glamour. Empujó una puerta
entornada. Pese a la penumbra distinguió la cama con volados. Peluches,
muñecas, muchos almohadones. El corazón se le encogió. Apuráte que se
enfría. Claudia lo esperaba sonriente, orgullosa. La mesa puesta con
esmero. El tiempo de la ducha de él, le había alcanzado a ella para agasajarlo.
Canapés de champignon.
Francisco se descubrió hambriento. Inspiró profundamente y el olor de las
especies lo embriagó. Claudia le ofreció una botella que él descorchó mientras
ella partía el pan. Comed y bebed, dichosos los invitados a esta cena.
Mamá pone un repasador sobre la mesa de luz y
saca dos vasitos plegables que siempre llevamos abre el paquete de las
empanadas y con el papel arma platitos siéntese señor me dice y me señala mi
cama y yo le digo las damas primero y mamá se ríe y se sienta y saca del bolso
una botella de cocacola que me compró de sorpresa y las empanadas son
riquísimas y mamá compró seis y nos las comemos todas y de repente me doy
cuenta de que al día siguiente hay clase pero mamá me tranquiliza no te preocupes hijo con lo
que vos sabés podés faltar un mes y
juntamos los papeles y los tiramos en el cesto y mamá lava los vasos y yo los
seco y después doblo el repasador.
Él, revolviendo el café comprende que es
incapaz de prescindir de ella y le pregunta ¿puedo quedarme? No
podría tolerar que te fueras. Como él esperaba el rechazo, la respuesta
absurdamente lo asusta. Claudia… dice. Ella, con un dedo sobre
los labios lo frena ni una palabra, Francisco, esta noche no.
Cuando
vuelvo del baño mamá me abrió la cama y me dobló la sábana como solo ella sabe
y yo le digo no tengo pijama y ella me dice no importa desvestíte yo no te miro
y me saco los zapatos y las medias y ella se da vuelta y me saco los pantalones
y me meto rápido en la cama con mi remera y ella me pide ahora date vuelta vos
y cierro los ojos y mamá me avisa listo y está acostada con la combinación y
apaga la luz y me pregunta querés que te cuente un cuento y yo le digo que sí y
le agradezco a Dios por la lluvia.
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