Los ojos de su secretaria lo recibieron
fulgurantes. Francisco escuchó pacientemente la retahíla de reproches. ¿Terminaste?
dijo al fin. Ella lo miró sorprendida. Mirá, Marcela, este es tu trabajo
y deberías ser capaz de tolerar mis deficiencias y aun más, de suplirlas. Es
que usted antes no era así se defendió, dolida. Él dijo rotundo habré
cambiado y se asiló en su escritorio. ¿Le preparo un té? la escuchó,
conciliadora, a través de la puerta cerrada. Quedó parado frente al plano
inconcluso. Y no era esa la peor tarea pendiente. Más de veinticuatro horas sin
comunicarse con su mujer. Encendió la computadora. Valeria puso y
Francisco descubrió en un instante el costo de la noche anterior. Desvastado.
Más y más a medida que transcurrían los minutos. Ayer no te llamé porque
tuve que ir a Luján a ver una obra y aproveché para visitar la quinta que
teníamos cuando éramos chicos inició el mail. Como no consiguió seguirlo,
lo guardo en borradores y pretextando un almuerzo que no
consumiría porque después de mucho tiempo volvía a estar nauseoso, fue a dar
una vuelta. En cuanto salió, la brisa sobre la piel lo devolvió al estado
alcanzado en el auto. La brusca exacerbación de todos los sentidos. Recordó El
perfume. Mientras caminaba intentó reordenarse. Había sido una conjunción
maléfica: mujer hermosa + noche de lluvia + esposa lejana. Cualquiera hubiera
sucumbido. Por qué no él. Un momento de debilidad que no tenía por qué poner en
riesgo su pareja, su familia. Un mal
momento. Francisco obvió recordar que la noche había sido de todo menos
mala y que el momento llevaba ya varias semanas. El aire fresco y el sol purificándolo,
él se sintió capaz de tomar la decisión. Lo lamentaba por Claudia, no había
sido su intención usarla, la apreciaba demasiado para eso, no quería herirla,
sin embargo, menos todavía quería lastimar a sus hijos, a su mujer.
Repentinamente aliviado regresó al estudio. Pasó ante Marcela sin mirarla, se
sentó frente a la computadora y cliqueó en borradores. Permutó Valeria
por mi amor y se juró que nunca más necesitaría mentirle. Agregó un
par de intrascendentes renglones y envió el mail, momento en el que la máquina
le avisó que tenía un mensaje nuevo. El remitente le aceleró el pulso. Tal
vez cometimos un error, pero gracias a eso los dos pudimos sacarnos veinticinco
años de ganas. Aunque te parezca que me
burlo de tu declaración de principios te admiro por ellos; yo también tengo los
míos, casi no me conocés. Valeria es tu mujer y vos sos mi paciente. Tratemos
de no hacernos daño. Todavía estamos a tiempo. Unos pocos renglones
cambiando la carátula. El macho bravío pero ennoblecido por sus remordimientos
transformado en un ingenuo intrascendente en la cama. Maldito el momento en que
la había encontrado. Que se guardara sus palmaditas en la espalda. Seducido
y abandonado. Qué se creía. Los golpes en la puerta lo sobresaltaron. Arquitecto,
la señora de Urquijo envió este croquis por fax. Instantes después
Francisco trabajaba. La bronca, fiel socia, trabajaba con él. La respiración
superficial, el pulso desparejo. De qué se las daba. Era él quien no quería
verla más.
Un par de horas después Francisco se plantea si
debe contestar ese mail. Luego piensa cómo. Hace varios borradores. En el
primero deja constancia de que él ya
había decidido la distancia. En el segundo le agradece que lo haya ayudado a
recuperar el pasado. En el tercero confiesa que le da muchísima bronca sentirse
usado. Después del cuarto fracaso decide que no contestará. Que se quede con
las ganas. Apaga con brusquedad la computadora y enfila para su casa.
Subió al auto y el perfume de Claudia fue un
golpe en la nuca. El cuerpo se le abrió en un deseo puro, elemental, casi
animal. Asido al volante, olvidó propósitos y mensajes, sucumbiendo ante ese
anhelo que exigía, irreflexivo, pronta satisfacción. Buscó el teléfono. Lo
atendió el contestador. Luego de insistir varias veces a intervalos ridículos,
dejó un mensaje. Minutos después su teléfono vibraba. Las manos le
temblaban al descifrar estoy atendiendo llamá luego 8. Francisco controló el reloj. Siete
menos cuarto. Puso el auto en marcha.
Sobre la mesa una nota de Carmen preparé una
tortilla llamó la señora Valeria llegó la factura de la luz mañana me retiro
más temprano porque tengo médico déjeme dinero para el sifonero. En cuanto
percibió el movimiento, comenzaron los ladridos de Pepe. Francisco escuchó el
ruido de su cuerpo abalanzándose contra la puerta. Levantó la cortina de
enrollar y le abrió. La imagen misma de la alegría. Tantos movimientos
simultáneos, imposibles de decodificar. Se agachaba, ya saltaba, ya golpeaba
con la cola, ladraba, lo lamía y volvía a ladrar. Como habitado por el
demonio pensó Francisco y le tocó la cabeza. El perro, súbitamente exorcizado, se echó
con las patas para arriba solicitando, ahora en tiempo y forma, caricias.
Francisco entonces, mientras Pepe cerraba los ojos y gemía, se las proporcionó.
Siete y media. Francisco abrió la
puerta del jardín y Pepe, con la cabeza gacha, la cola entre las patas, salió.
Francisco fue a la cocina, tomó soda en un vaso que no enjuagó, recuperó las
llaves que había dejado sobre la mesita, apagó la luz y salió. Como habitado
por el demonio.
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