miércoles, 4 de mayo de 2016

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Los ojos de su secretaria lo recibieron fulgurantes. Francisco escuchó pacientemente la retahíla de reproches. ¿Terminaste? dijo al fin. Ella lo miró sorprendida. Mirá, Marcela, este es tu trabajo y deberías ser capaz de tolerar mis deficiencias y aun más, de suplirlas. Es que usted antes no era así se defendió, dolida. Él dijo rotundo habré cambiado y se asiló en su escritorio. ¿Le preparo un té? la escuchó, conciliadora, a través de la puerta cerrada. Quedó parado frente al plano inconcluso. Y no era esa la peor tarea pendiente. Más de veinticuatro horas sin comunicarse con su mujer. Encendió la computadora. Valeria puso y Francisco descubrió en un instante el costo de la noche anterior. Desvastado. Más y más a medida que transcurrían los minutos. Ayer no te llamé porque tuve que ir a Luján a ver una obra y aproveché para visitar la quinta que teníamos cuando éramos chicos inició el mail. Como no consiguió seguirlo, lo guardo en borradores y pretextando un almuerzo que no consumiría porque después de mucho tiempo volvía a estar nauseoso, fue a dar una vuelta. En cuanto salió, la brisa sobre la piel lo devolvió al estado alcanzado en el auto. La brusca exacerbación de todos los sentidos. Recordó El perfume. Mientras caminaba intentó reordenarse. Había sido una conjunción maléfica: mujer hermosa + noche de lluvia + esposa lejana. Cualquiera hubiera sucumbido. Por qué no él. Un momento de debilidad que no tenía por qué poner en riesgo su pareja, su familia. Un mal momento. Francisco obvió recordar que la noche había sido de todo menos mala y que el momento llevaba ya varias semanas. El aire fresco y el sol purificándolo, él se sintió capaz de tomar la decisión. Lo lamentaba por Claudia, no había sido su intención usarla, la apreciaba demasiado para eso, no quería herirla, sin embargo, menos todavía quería lastimar a sus hijos, a su mujer. Repentinamente aliviado regresó al estudio. Pasó ante Marcela sin mirarla, se sentó frente a la computadora y cliqueó en borradores. Permutó Valeria por mi amor y se juró que nunca más necesitaría mentirle. Agregó un par de intrascendentes renglones y envió el mail, momento en el que la máquina le avisó que tenía un mensaje nuevo. El remitente le aceleró el pulso. Tal vez cometimos un error, pero gracias a eso los dos pudimos sacarnos veinticinco años de ganas. Aunque te parezca que  me burlo de tu declaración de principios te admiro por ellos; yo también tengo los míos, casi no me conocés. Valeria es tu mujer y vos sos mi paciente. Tratemos de no hacernos daño. Todavía estamos a tiempo. Unos pocos renglones cambiando la carátula. El macho bravío pero ennoblecido por sus remordimientos transformado en un ingenuo intrascendente en la cama. Maldito el momento en que la había encontrado. Que se guardara sus palmaditas en la espalda. Seducido y abandonado. Qué se creía. Los golpes en la puerta lo sobresaltaron. Arquitecto, la señora de Urquijo envió este croquis por fax. Instantes después Francisco trabajaba. La bronca, fiel socia, trabajaba con él. La respiración superficial, el pulso desparejo. De qué se las daba. Era él quien no quería verla más.

Un par de horas después Francisco se plantea si debe contestar ese mail. Luego piensa cómo. Hace varios borradores. En el primero deja constancia de que  él ya había decidido la distancia. En el segundo le agradece que lo haya ayudado a recuperar el pasado. En el tercero confiesa que le da muchísima bronca sentirse usado. Después del cuarto fracaso decide que no contestará. Que se quede con las ganas. Apaga con brusquedad la computadora y enfila para su casa.

Subió al auto y el perfume de Claudia fue un golpe en la nuca. El cuerpo se le abrió en un deseo puro, elemental, casi animal. Asido al volante, olvidó propósitos y mensajes, sucumbiendo ante ese anhelo que exigía, irreflexivo, pronta satisfacción. Buscó el teléfono. Lo atendió el contestador. Luego de insistir varias veces a intervalos ridículos, dejó un mensaje. Minutos después su teléfono vibraba. Las manos le temblaban al descifrar estoy atendiendo llamá luego 8.  Francisco controló el reloj. Siete menos cuarto. Puso el auto en marcha.


Sobre la mesa una nota de Carmen preparé una tortilla llamó la señora Valeria llegó la factura de la luz mañana me retiro más temprano porque tengo médico déjeme dinero para el sifonero. En cuanto percibió el movimiento, comenzaron los ladridos de Pepe. Francisco escuchó el ruido de su cuerpo abalanzándose contra la puerta. Levantó la cortina de enrollar y le abrió. La imagen misma de la alegría. Tantos movimientos simultáneos, imposibles de decodificar. Se agachaba, ya saltaba, ya golpeaba con la cola, ladraba, lo lamía y volvía a ladrar. Como habitado por el demonio pensó Francisco y le tocó la cabeza.  El perro, súbitamente exorcizado, se echó con las patas para arriba solicitando, ahora en tiempo y forma, caricias. Francisco entonces, mientras Pepe cerraba los ojos y gemía, se las proporcionó. Siete y media. Francisco abrió la puerta del jardín y Pepe, con la cabeza gacha, la cola entre las patas, salió. Francisco fue a la cocina, tomó soda en un vaso que no enjuagó, recuperó las llaves que había dejado sobre la mesita, apagó la luz y salió. Como habitado por el demonio.

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