Terminan sendas medialunas mientras los
propósitos de Francisco se van disolviendo como el azúcar en el café con
leche. Tenía hambre dice Claudia. Señal de que estás bien, el
hambre no convive con la desesperación. Ella deja la taza sobre el plato estoy
mejor porque ya tomé una resolución él, se pregunta, alarmado, si la
resolución lo incluirá cada vez que Rocío va a ver a su padre terminamos así
y después me lleva un par de semanas
recomponerla; si él quiere verla tendrá que molestarse; y si no viene, Rocío
aprenderá a prescindir de él. Francisco se indigna lo que estás diciendo
es durísimo, por malo que sea es el padre, Rocío lo necesita. Claudia es
categórica en estas condiciones, le hace más mal que bien, ya lo hablé con
ella y está de acuerdo. Francisco experimenta una impropia violencia Claudia,
es una criatura, no está en condiciones de resolver. Ella no está dispuesta
a reconocer su error Rocío es una nena muy madura y Francisco la
increpa durante días te dedicaste a criticar a quienes manejaron mi infancia
y ahora estás cometiendo los mismos errores; no puedo creerlo, vos, la analista
omnisciente, involucrando a tu hija en semejante decisión. Ella,
impertérrita, intenta calmarlo te
ruego que te comportes como una persona civilizada sin embargo solo
consigue enojarlo aun más. No puedo tolerar esta conversación sentencia
él que un instante después dejará
un billete sobre la mesa y se levantará.
Francisco subió al auto profundamente alterado,
incapaz de procesar lo que acaba de suceder. Dentro de él, despedazándolo, la
bronca, el deseo, el amor. Estaba cerca de su casa cuando, por fin, empezó a
entenderse. Estacionó donde pudo. Cerró los párpados, y se recostó contra el
asiento.
Un incalculable tiempo después, abrió los ojos.
Tuvo la cabal certeza de que esa escena lo constituía. Diáfana, cristalina,
transparente y dura. Un antes y un después. Subió a su boca la bilis del
rencor. Alicia lo había arrojado irreversiblemente hacia la condena del libre
albedrío. Nunca se lo perdonaría. Un par de bocinazos lo arrancaron de su
angustia. Estaba frente a un garaje. No tuvo otra opción que arrancar.
Cuando entró, el teléfono sonaba con
insistencia. Se apresuró a atender. ¿Se puede saber qué te pasó? Él recordó la confitería y a Rocío y dijo preferiría hablar en otro momento, te
llamo luego. La voz de ella es dura creo que te tomaste demasiado en
serio el protagonismo, ¿no te parece que en este momento mis necesidades
deberían ser prioritarias? Claudia estaba accionando sobre su punto débil.
No en vano se había desnudado, en presente y en pasado, en cuerpo y alma,
frente a ella. Dáme tiempo pidió Francisco. No obstante, media hora
después sonaba el timbre. ¿Puedo pasar? Y como él se quedó en el marco
de la puerta bloqueando la entrada ella agregó por lo visto, no; parece que
mi presencia contamina tu casto hogar. Francisco la desconoció, qué había
quedado de su hierática analista. Prefiero que vayamos a tomar un café atinó a decir.
Casualmente conocés un lugar encantador que queda a mil cuadras de aquí. Está
descontrolada pensó Francisco, incrédulo, y dijo Claudia sin saber
cómo seguir.
Él espera a que el mozo se retire antes de
decir lamento lo que pasó pero las situaciones que está atravesando tu hija
me retrotraen a mi infancia ella lo mira, dolida me gustaría que el daño que me hicieron sirviera
al menos para evitar que sigan lastimando a Rocío. Claudia se toma unos segundos y luego dice no
es fácil asumir la responsabilidad total; cómo saber si lo que estoy eligiendo
para ella con la mejor de las intenciones redundará en su beneficio o en su
perjuicio. Nada será peor que obligarla a que decida entre su mamá o su papá afirma él, tajante. La mirada de ella se hace punzante
y recuperando su tono de analista inquiere ¿recordaste algo más? Él
asiente y ella reclama contame. Él calla y ella lo observa en silencio,
sin insistir, solo esperando; sabe que es la dueña de su pasado, le
corresponde, se lo ha ganado en legítimo derecho. Un largo rato después él
empieza a contarle que está en la silla y los pies no le llegan al suelo y los
ojos se le llenan de lágrimas y Claudia llama al mozo que se acerca cuando las
lágrimas empiezan a caer y se retira
cuando Francisco, tapándose la cara con las manos, intenta en vano ocultar los
sollozos y Claudia entonces lo toma del brazo, instándolo a incorporarse. Luego
lo conduce como a un autómata hasta el auto que ella manejará rumbo al
consultorio.
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