lunes, 23 de mayo de 2016

59

Terminan sendas medialunas mientras los propósitos de Francisco se van disolviendo como el azúcar en el café con leche. Tenía hambre dice Claudia. Señal de que estás bien, el hambre no convive con la desesperación. Ella deja la taza sobre el plato estoy mejor porque ya tomé una resolución él, se pregunta, alarmado, si la resolución lo incluirá cada vez que Rocío va a ver a su padre terminamos así y después me lleva un  par de semanas recomponerla; si él quiere verla tendrá que molestarse; y si no viene, Rocío aprenderá a prescindir de él. Francisco se indigna lo que estás diciendo es durísimo, por malo que sea es el padre, Rocío lo necesita. Claudia es categórica en estas condiciones, le hace más mal que bien, ya lo hablé con ella y está de acuerdo. Francisco experimenta una impropia violencia Claudia, es una criatura, no está en condiciones de resolver. Ella no está dispuesta a reconocer su error Rocío es una nena muy madura y Francisco la increpa durante días te dedicaste a criticar a quienes manejaron mi infancia y ahora estás cometiendo los mismos errores; no puedo creerlo, vos, la analista omnisciente, involucrando a tu hija en semejante decisión. Ella, impertérrita,  intenta calmarlo te ruego que te comportes como una persona civilizada sin embargo solo consigue enojarlo aun más. No puedo tolerar esta conversación sentencia él que un instante después dejará un billete sobre la mesa y se levantará.

Francisco subió al auto profundamente alterado, incapaz de procesar lo que acaba de suceder. Dentro de él, despedazándolo, la bronca, el deseo, el amor. Estaba cerca de su casa cuando, por fin, empezó a entenderse. Estacionó donde pudo. Cerró los párpados, y se recostó contra el asiento.

Un incalculable tiempo después, abrió los ojos. Tuvo la cabal certeza de que esa escena lo constituía. Diáfana, cristalina, transparente y dura. Un antes y un después. Subió a su boca la bilis del rencor. Alicia lo había arrojado irreversiblemente hacia la condena del libre albedrío. Nunca se lo perdonaría. Un par de bocinazos lo arrancaron de su angustia. Estaba frente a un garaje. No tuvo otra opción que arrancar.

Cuando entró, el teléfono sonaba con insistencia. Se apresuró a atender. ¿Se puede saber qué te pasó?  Él recordó la confitería y a Rocío y  dijo preferiría hablar en otro momento, te llamo luego. La voz de ella es dura creo que te tomaste demasiado en serio el protagonismo, ¿no te parece que en este momento mis necesidades deberían ser prioritarias? Claudia estaba accionando sobre su punto débil. No en vano se había desnudado, en presente y en pasado, en cuerpo y alma, frente a ella. Dáme tiempo pidió Francisco. No obstante, media hora después sonaba el timbre. ¿Puedo pasar? Y como él se quedó en el marco de la puerta bloqueando la entrada ella agregó por lo visto, no; parece que mi presencia contamina tu casto hogar. Francisco la desconoció, qué había quedado de su hierática analista. Prefiero que vayamos  a tomar un café atinó a decir. Casualmente conocés un lugar encantador que queda a mil cuadras de aquí. Está descontrolada pensó Francisco, incrédulo, y dijo Claudia sin saber cómo seguir.

Él espera a que el mozo se retire antes de decir lamento lo que pasó pero las situaciones que está atravesando tu hija me retrotraen a mi infancia ella lo mira, dolida  me gustaría que el daño que me hicieron sirviera al menos para evitar que sigan lastimando a Rocío.  Claudia se toma unos segundos y luego dice no es fácil asumir la responsabilidad total; cómo saber si lo que estoy eligiendo para ella con la mejor de las intenciones redundará en su beneficio o en su perjuicio. Nada será peor que obligarla a que decida entre su mamá o su papá afirma él, tajanteLa mirada de ella se hace punzante y recuperando su tono de analista inquiere ¿recordaste algo más? Él asiente y ella reclama contame. Él calla y ella lo observa en silencio, sin insistir, solo esperando; sabe que es la dueña de su pasado, le corresponde, se lo ha ganado en legítimo derecho. Un largo rato después él empieza a contarle que está en la silla y los pies no le llegan al suelo y los ojos se le llenan de lágrimas y Claudia llama al mozo que se acerca cuando las lágrimas empiezan a caer  y se retira cuando Francisco, tapándose la cara con las manos, intenta en vano ocultar los sollozos y Claudia entonces lo toma del brazo, instándolo a incorporarse. Luego lo conduce como a un autómata hasta el auto que ella manejará rumbo al consultorio.


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